massobreloslunes



La claridad es mucho más subversiva que la oscuridad.

Paul Auster.

miércoles, 5 de junio de 2013

Objeto transicional

Queridos míos:

¡Os echo de menos! ¡¡¡AAARGHHH!!!

Se admiten porras acerca de cuánto aguanto sin volver.

No obstante, de momento me voy a mantener firme como la aldea gala, aunque sólo sea porque estoy invirtiendo mi tiempo en preparar el recopilatorio del que os hablé. Va a quedar chuli. La idea es reunir los mejores posts y añadir explicaciones y comentarios, como los directores famosos cuando proyectan su peli y van hablando, solo que sin peli y sin fama. También quiero incluir posts inéditos y otros materiales jugosos (¿Fotos guarras? ¿Secretos inconfesables?).

No quiero que andéis volviendo por aquí a cada rato como almas perdidas, así que he creado una lista de correo para que os apuntéis. Prometo no rayar y limitarme a avisar de las novedades respecto al libro: cómo va, cuándo estará listo, dónde y cómo se podrá comprar, etc. etc. A lo mejor también envío algún fragmento para que me digáis si os gusta el formato y cómo va quedando.

Os podéis apuntar aquí.

Nos vemos, guapetes.

domingo, 2 de junio de 2013

Tengo una noticia buena y una mala

[Edito: he creado una lista de correo para quien quiera información sobre el libro: cuando saldrá, qué formato tendrá, etc. Quizá también mande algún fragmento u os pida vuestra opinión sobre algo. Es una lista 100% spam-free que tiene como única misión permanecer en contacto, y borrarse es fácil. Os podéis apuntar aquí]

La buena es... bueno, la buena es que estamos vivos, que parece que sí habrá verano, que muero de amor de una forma ridícula, que he salido de Muertelandia, que voy a escribir todos los días y que vosotros lo podréis leer.

La mala es que voy a dejar de escribir aquí.

Sé que he dicho muchas veces que nunca me iría, que del barco de Chanquete no me iban a mover y tal, pero después de pensarlo un tiempo y de reflexionar sobre posibles cambios, creo que es el camino adecuado.

Algunas cosas han cambiado últimamente. Incluso antes del viaje, de conocer a P. y de pasarme las noches hablando por Skype y los días escribiendo mails de longitud agotadora, algo estaba cambiando. Los temas principales sobre los que he reflexionado estos meses han sido la autenticidad y la integración entre mis diferentes facetas. Además, cada vez crece más en mi mente (y un poco también en la realidad) el Proyecto Psicosupervivencia, y cada vez tengo más ganas de intentar hacer de la escritura online algo que pueda contribuir a sostenerme en un futuro.

A este blog le dedico entre media y una hora por cada entrada, y ahora mismo necesito ese mismo tiempo para avanzar en mis demás proyectos de forma consistente. Además, como ya os conté, me gustaría integrar parte del espíritu de Massobreloslunes en Psicosupervivencia: introducir más experiencias personales, más conexiones con la vida cotidiana y con la belleza que nos rodea. Quizá menos chorradas, pero bueno; últimamente no tengo tantas ganas de chorradas en el mal sentido de la palabra. Últimamente quiero escribir cosas que importen.

Pero creo que lo más importante es que todo este tiempo, y sobre todo durante los últimos dos años, yo me he sentado a escribir aquí con todo mi corazón. Mi alma estaba en este proyecto. No sabía dónde me llevaría, pero estaba aquí: totalmente presente y dispuesta a descubrir qué surgía. Ahora mi alma está en otros sitios. Quiero escribir sobre psicología, y también extraño escribir ficción. Quiero ir dando forma y profundidad a lo que escribo, en lugar de repetir un formato que ya tengo dominado.

Para que dé menos pena, y para darle un final merecido y por todo lo alto a este blog, he decidido recopilar los mejores posts y editarlos con material extra, algo así como un "making off", o como los extras de un DVD; después quiero formatearlo para Kindle y ponerlo a la venta en Amazon. El tema de venderlo no tiene que ver con nada más que con empezar a dar un valor a lo que escribo, más allá del inmenso cariño, alegría y agradecimiento que los lectores de este blog me habéis aportado siempre.

Sois amor, de verdad que lo sois.

Se me parte el corazón por dejar esto, pero estoy convencida de que tienen que entrar cosas nuevas. Además, insisto: voy a seguir escribiendo. Seguiré estando presente y compartiendo por Internet, pero quiero encontrar una única voz que pueda integrar en los distintos formatos y dar a conocer.

Gracias a todos, en serio. Gracias por todos los comentarios de apoyo, los regalitos de cumpleaños, las quedadas en Cádiz, en Málaga, en Granada, en Madrid, en Gijón, en Zaragoza... por la amistad, el amor, hasta el sexo... por defenderme de los trolls, por apuntaros a listas de correo cada vez que he privatizado, por contarme que me leéis por la mañana con el café, o por la noche antes de dormir.

De momento, nos quedamos aquí. Voy a emplear mi tiempo las próximas semanas en hacer la recopilación de posts y escribir más material para el libro. No sé si actualizaré con algo en estos días, porque ya sabéis que cada vez que digo que no escribiré más aquí, cambio de idea y vuelvo muy loca. Pero me parece que esta vez es distinto. Ya llevo varios meses arrastrando la sensación de que debía dejar marchar esto.

No os perdáis Psicosupervivencia, en cualquier caso. En breve voy a cambiar el formato y a tratar de escribir allí todos los días, a ver qué sale. Escritura Psicológica Extrema. No sé si va a ser una muy buena idea o una idea terrible que me condenará al ostracismo profesional, pero hay que arriesgarse.

De nuevo: gracias. Y lo siento por quien me vaya a echar de menos en este rincón. Será insustituible, de verdad. Vendrán otras cosas que espero que sean buenas, pero este blog siempre estará en mi corazoncito.

Os quiero más de lo que vosotros pensáis.

Besitos,

Marina

jueves, 30 de mayo de 2013

Madrid impermeable

Vuelvo a casa después de cenar sushi con Toni. Escucho Vetusta Morla y canto todo lo alto que me permite mi sentido de la vergüenza, mientras me tapo con el paraguas y trato de ignorar este frío extraño de primavera anómala. Mi vida madrileña ha cambiado bastante desde que volví de EEUU. Rehúyo el metro, traumatizada por el transbordo entre la línea amarilla y la azul oscuro en Plaza de España. No salgo de cañas, no entreno y divido mi día entre trabajar, escribir, meditar y comunicarme de forma constante y compulsiva con P. Mientras camino sobre las baldosas mojadas, me viene a la mente que me siento impermeable. Como si esta ciudad me resbalara.

Me molesta el ojo derecho y llevo unos días con las gafas puestas; como están mal graduadas, no veo muy bien, así que bajo la cabeza y fijo la mirada un par de metros por delante de mí. Me recuerda a algo que me contó mi madre acerca de los monjes que están muy cerca de la iluminación: se supone que deben caminar mirando al suelo para no recibir nuevos estímulos que dificulten su progreso.

Yo estoy tan lejos de la iluminación como lo puede estar un ser humano y, aun así, me gusta esta mirada de monje. Después del entusiasmo inicial madrileño y posterior derrumbe y sufrimiento en el infierno de Muertelandia, he concluido que Madrid para mí no es buena ni mala; simplemente, es demasiado. Demasiada gente, demasiados bares, demasiadas tiendas. Todo podría estar bien en menor cantidad, o podría estar bien si a mí la vida me la soplara, pero soy sensible y esta sobreestimulación me agota.

Invierto mucho, ya lo sabéis todos. Invierto en general. Está bien, porque en general recibo beneficios, pero las operaciones que salen mal me dejan agotada. No es que Madrid haya salido mal. Lo que he aprendido aquí no podría haberlo aprendido en Cádiz. Pero estoy cansada de invertir. Quiero guardar mi energía y tratar por un momento de que las cosas me toquen lo justo.

Así que camino impermeable, mirando al suelo y resistiéndome a esforzarme en los dos meses que me quedan. Negándome a querer hacerme un hueco. Renunciando a todo lo que sé que no voy a vivir aquí y abriendo los brazos a todo lo que quizá sí viva. Y, sobre todo, camino intentando aproximarme a uno de los dos lados de la acera, porque tengo que practicar para recordar cómo caminas cuando no vas sola.

miércoles, 29 de mayo de 2013

El amor perjudica seriamente la escritura

El amor, el Skype hasta altas horas... llámalo X.

Eso es asín.

PD: Viene el 6.

domingo, 26 de mayo de 2013

Sonrisas y lágrimas

Ayer fui con mi madre a ver el musical de Sonrisas y Lágrimas. SyL fue mi película favorita durante toda la infancia; después la reemplazó Dirty Dancing, que muy probablemente va a ocupar ese lugar hasta el día de mi muerte. A no ser, claro está, que me haga mayor e, igual que Patrick Swayze vino a sustituir a Friedrich, un seductor bailarín geriátrico conquiste mi corazón.

No entiendo muy bien por qué me gustaba tanto esa peli. Además, normalmente veía sólo la primera parte: hasta que María volvía del convento para culminar su amor por el capitán Von Trapp. A partir de ahí, la historia de amor, los nazis y la huida montañosa me la traían floja. Hoy reflexionaba sobre el musical (que, por cierto, es precioso) y trataba de enumerar los componentes posiblemente responsables de mi obsesión:

1) Familia numerosa. A mí de pequeña me gustaban las familias numerosas. No entiendo por qué; no aguantaba a mi hermano, así que no sé para qué quería más. Quizá para tener alternativas. El caso es que todos esos niños juntos, organizando teatros de marionetas, canciones por el pueblo y locos bailes regionales me parecían lo más.

2) Uniformes. Yo de pequeña quería llevar uniforme. Imagino que si lo hubiera llevado, habría querido ropa normal. El caso es que para mí levantarme de la cama y no tener que pensar qué ponerme era una maravilla.

3) Desfilar. Yo qué sé. Me parecía diver. Y dar pasos al frente, y decir mi nombre, y tener institutrices. Era una niña rara. Algún día os contaré lo de querer que estallara una guerra para poder escribir sobre ella como Ana Frank y hacerme famosa.

4) El campo. Yo soy campófila. En un entorno más apropiado, habría evolucionado como montañera hasta terminar enmarronándome hasta la muerte en los Himalayas. Cuando veía SyL quería vivir en Austria, corretear por las montañas, beber leche muy espesa que me dejara bigote y tener vacas. Todo el kit.

5) La música y los bailes. Obvio. Me encanta canturrear, y me encantan los musicales porque la gente se pone a cantar a lo chalao en mitad de la calle y a todo el mundo le parece normal. También me gustan los flashmobs, y versionar temas, y todavía echo de menos La Parodia Nacional. Verídico.

6) Friedrich. Ya os lo he contado. Ese chico me ponía palota. Después evolucioné y me gustaba Rolf, y ahora, como ya confesé en su momento, me está empezando a parecer atractivo el capitan Von Trapp. Qué triste es envejecer.

Sin embargo, si pienso en las tres películas vergonzosas que me han encantado a lo largo de mi vida (SyL, DD y Sister Act 2: de vuelta al convento), el elemento común podría llamarse... no sé... evolución, supongo. Posibilidad de cambio. Porque los niños Von Trapp no cantaban y de repente cantan genial; Baby era súper torpe y luego se vuelve una bailarina sexy y experta; los chicos del instituto St. Francis eran unos macarras chungos y tras mucha práctica asombran al mundo con una versión marchosa y noventera de "Joyful, joyful".*

Lo que me gusta de SyL es la posibilidad de la magia.

Yo siempre intento vivir mi vida así, con la posibilidad de la magia a un lado, y a veces la siento crecer calentita y emocionante en el fondo del corazón y me doy cuenta de que es porque he tomado demasiado café esa mañana. Después sigo adelante y pienso que la magia es una cuestión de probabilidad y de crear el entorno apropiado, como cuando ponía semillas en algodones húmedos dentro de botes de yogur.

Ahora es curioso todo. Porque cuando alquilé el Acurrucoche en Boulder y enfilé hacia Moab con menos gasolina de la cuenta, pensaba: ¿y si conozco a un chico interesante, y se me va la olla, y cambio todo el plan, y nos vamos a escalar por ahí, y es todo como súper romántico, y después seguimos en contacto, y hacemos viajes transoceánicos, y volvemos a Utah después de veinte años para celebrar nuestro aniversario?

Luego pensaba: qué va. Yo no soy el tipo de chica al que le pasan esas cosas.

Entonces quedé para escalar con un chico de un foro y acabé muriendo de amor en Idaho. I-da-ho.

¿Moraleja? Quizá no todos estemos hechos para cantar en un coro, o quizá en nuestras próximas vacaciones no haya un profe de baile cañón que nos vaya a dar lecciones y bambú al mismo tiempo. Pero la posibilidad de la magia existe. Siempre. Aunque a veces haya que estar dispuesto a viajar hasta Utah, Idaho o cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios** para encontrarla.

* Me sigue encantando este vídeo. Si no se os pone la piel de gallina con la introducción de Lauryn Hill, es porque estáis muertos por dentro.
** En teoría, por otra parte, Utah no es precisamente un lugar dejado de la mano de Dios.

jueves, 23 de mayo de 2013

Obsesiones

"¿Cuáles son tus obsesiones?", me pregunta P. por mail. Se está leyendo "El gozo de escribir", y es el tipo de persona que hace las tareas de cada capítulo a medida que avanza. Le contesto que primero quiero saber las suyas. Me las manda, así que no me queda más remedio que hacer los deberes.

Se supone que las obsesiones son aquello que se filtra a través de lo que escribimos. Que vuelve una y otra vez y que está lleno de energía. Doy un repaso a las etiquetas del blog y a los relatos de ficción. Reflexiono sobre los programas que emite mi cadena mental a lo largo del día. No tengo claro si distingo bien entre gustos y obsesiones, entre intereses y obsesiones, pero aun así lo intento. Empiezo a escribir sin pensar demasiado y lo intento.

Me obsesiona escribir. Escribo todos los días. Me obsesiona hacerlo bien y encontrar la forma de utilizarlo para profundizar en mi cerebro y en las vidas de los demás.

Me obsesiona la psicoterapia. Hoy un párrafo de Mahoney sobre la profesión de psicoterapeuta ha hecho que se me saltaran las lágrimas. Hablaba de tocar a los demás y de dejar que te toquen, y del peso silencioso que uno lleva sobre sus hombros si se dedica profesionalmente a esto.

Me obsesiona el amor, o la posibilidad del amor, o la plausibilidad de la monogamia. ¿Por qué? Imagino que porque es una bonita promesa. Un Eldorado apetecible. Hace poco estuve pensando que igual la solución para mi efecto apio, a saber: mi capacidad para enamorarme de casi cualquier ser vivo, eran las relaciones abiertas, o el poliamor, o llámalo X. Dejando de lado lo que me cuesta encontrar siquiera a uno, claro. Pero en realidad no creo mucho en eso. Punto uno, porque me ocuparía demasiado tiempo y esfuerzo, y bastante tengo ya con lo mío. Punto dos, porque esto del amor a mí me recuerda un poco a las excursiones del colegio: cuando te cogías de la mano con alguien y era tu responsabilidad no soltar a esa persona, y él o ella se comprometía a no soltarte a ti. Somos muchos. Si unos nos encargamos de otros en grupitos de a dos, quizá la cosa sea menos complicada.

Aun así, insisto, me parece que el amor es una promesa ilusoria. Una de esas cosas que huelen mejor de lo que saben. Estoy leyendo sobre recompensa alimentaria para Psicosupervivencia, y me llama la atención que el concepto de recompensa no tiene que ver con que algo te guste o no: tiene que ver con hasta qué punto te sientes motivado para ir a buscar lo mismo una y otra vez.

Como si el cerebro fuera incapaz de olvidar que la primera vez tampoco fue suficiente.

Me obsesiona mi piel, aunque ahora no, porque está estupenda. He recuperado mi cuello y mis mandíbulas y, sobre todo, el montón de espacio mental que hace unos meses dedicaba al acné. Pero sé que la obsesión desaparece cuando desaparece la causa, y que si mañana me levantara con la cara cubierta de granos, volvería a hacerme la vida imposible exactamente igual que antes.

Me obsesiona la alimentación, y comer, y estar bien nutrida, y que la comida sepa rica, y comer cuando me aburro, y preparar cosas para gente, y simplificar la comida, y comer lo mismo muchos días, o comer distinto cada día, y los macronutrientes, y los micronutrientes. Me obsesiona averiguar por qué comemos más de lo que debemos, o por qué la idea de privarme de algo para siempre me hace tener ganas de arrancarme los ojos. Igual que con el amor, me obsesiona la promesa de una vida mejor a través de una dieta mejor.

Me obsesiona la utilidad. Me obsesiona que los cambios se vean, y el concepto de cambio, y el concepto de posibilidad, y aprovechar bien mi tiempo y el de los demás.

Me obsesiona mirar las cosas. Me obsesionan los detalles y la certeza de que, por mucho que viva, la inmensa mayoría de este mundo se me va a escapar.

Me obsesionan las historias, las novelas, las buenas series de televisión, lo que me cuentan mis pacientes.

Me obsesiona la idea de progresar espiritualmente, entendiéndolo como un todo: la práctica y la ética. Me obsesiona ser capaz de meditar y desarrollar una mente firme. Me obsesiona, de hecho, la idea de fortaleza.

Me obsesiona la preocupación de morir sola y ser comida por los perros.

Me obsesiona comunicar y contactar. Me obsesiona abrirme hasta límites absurdos.

Me obsesiona evitar a toda costa construir una familia disfuncional, incluso si eso significa evitar a toda costa construir una familia. Me obsesiona la idea de no esparcir mi sufrimiento por el mundo. Me obsesiona la inocuidad.

Me obsesiona la escalada. Me obsesiona la posibilidad de poder pasar una época de mi vida escalando todos los días. Me obsesiona la fortaleza mental necesaria para seguir adelante, arriba, arriba, siempre arriba, y también el inmenso mundo que se me ha abierto desde que empecé a tocar la roca.

Me obsesionan las caras de la gente. Los retratos a lápiz, las fotografías de rostros, las descripciones y las miradas en el metro. Me obsesionan los nombres.

Me obsesiona la voluntad de construir una vida que sea mía y que nazca de la autenticidad. Me obsesiona evitar cumplir con los plazos fijos del ciclo vital estándar. Me obsesiona irme.

Me obsesionan, en menor medida, la infancia, la infidelidad, los recuerdos, el sexo. Granada, Cádiz, el chocolate. La locura, el cubo de Rubik, tirar a la basura lo que no sirve, las recetas de repostería desde un punto de vista teórico, las máquinas de escribir antiguas, la certeza de que voy a morirme, las siestas,  terminar las comidas con algo dulce, el olor de los colegios, las tazas bonitas, Estados Unidos, mi ex novio J., los baños calientes y la certeza de que todo podría ir peor todo el rato.

Me obsesiona este blog, siempre.

martes, 21 de mayo de 2013

Entre el jetlag y la nostalgia

Lo peor no es no estar de vacaciones. Ni siquiera no estar en USA o estar dramáticamente lejos de P. Lo peor es la sensación de que lo bueno de la vida, el relax, la fluidez y la alegría van a ser siempre sólo temporales; que lo normal, lo natural y lo que nos corresponde son los días llenos de momentos que no es que te disgusten, pero que tampoco elegirías si tuvieras opción.

Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.

El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.

Espera, repite:

Conocer y querer a pacientes nuevos.

Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.

Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.

Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.

(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).