massobreloslunes



La claridad es mucho más subversiva que la oscuridad.

Paul Auster.

lunes 19 de marzo de 2012

Copenhague


Creo que era en Quédate a dormir donde hablaban, hace mucho tiempo, de esos días en que todo va mal menos tu pelo. Tu mundo físico y emocional se desmorona, pero tu pelo está estupendo. Cuando llego hoy a la parada de autobús, mi reflejo en el escaparate me dice que es uno de esos días: me ha bajado la regla a medianoche, me duele todo el cuerpo y decir que he dormido mal es un eufemismo. Pero mi pelo está precioso.

Es fiesta en Cádiz, que no en Puerto Real y por eso yo sí que curro, así que las calles están desiertas e iluminadas por el sol brillante y claro de la mañana. Un puñado de estudiantes tan resignados como yo esperan el autobús a mi lado. Me debato entre buscar o no el mp3 en el bolso. La parte mala es que para eso tendría que sacar las manos de los bolsillos, y tengo frío; la buena, que una vez que me haya puesto los auriculares tendré las orejas calentitas. Así que me decido y saco el ipod. Pongo Copenhague, de Vetusta Morla; no por nada, sino porque así en esta mañana ventosa y solitaria, con las gaviotas paseando de fondo y mi pelo perfecto agitándose sobre mi abrigo oscuro, pienso que es una canción que pega.

Todo adquiere entonces una cualidad un poco de videoclip, de chica que espera el autobús con banda sonora incluida. Estoy triste hoy. Me da por pensar en los sentimientos inútiles. Esos que son inadecuados, raros. Como el arbolito que crece en una maceta porque alguien tiró un día un hueso. No sirven para nada porque nadie parece querer ese arbolito. Son sentimientos destinados a estar ahí, en el corazón perdido de alguien, debatiéndose entre el escondite y la pereza. Querer a quien no te quiere, odiar a quien te quiere. Querer a quien te quiere pero no puede ser porque es imposible, ser amigo de quien quiere ser más (o menos) que tu amigo.

Llega el bus y Copenhague todavía dura en mis oídos. Esta canción me estruja todas las veces. ¿Qué se hace con esos sentimientos, entonces? Recuerdo una expresión de un libro antiguo que leí hace mucho: "coge ese aire de tragedia, querida, y guárdalo en lavanda". Me imagino empaquetando el amor en papel de seda y rodeándolo de bolitas de naftalina para que no se lo coman las polillas. Cerrando bien algún arcón oculto y despiadado que lo mantenga en un sitio donde no pueda hacerme daño.

Dejarse llevar suena demasiado bien, dice el cabrón demagogo del cantante de Vetusta. Y un carajo, digo yo, que desde que incorporé esa palabra a mi vocabulario la uso mucho, porque te llena la boca. Y un carajo: dejarse llevar es una locura; suena bien, en efecto, y nunca sabes dónde puedes terminar. O empezar. Pero te tiras al muelle de digamos Copenhague, te dejas llevar y te vas a ir a tomar viento. Te arrastrará la marea y te vas a ahogar por gilipollas. Así que hoy no me importa lo bonito que esté mi pelo ni lo mucho que brille la bahía a ambos lados del puente de Carranza. Esta niña de aquí se piensa agarrar al embarcadero con toda la fuerza que le dan sus brazos de guerrera de la roca. Y quizá no sea la decisión más interesante. Ni la más provechosa. Pero ahora mismo parece la única posible.

domingo 18 de marzo de 2012

Lo que escribir no hace

Uno de los capítulos de El Gozo de Escribir se llama "No utilices la escritura para hacerte querer". No recuerdo muy bien de qué iba el capítulo, porque le dejé el libro a un colega y todavía no me lo ha devuelto. Sí sé que siempre me ha gustado mucho ese consejo.

Escribir no te hace mejor persona. Eso puede parecer muy obvio, pero a veces es fácil equivocarse. Es fácil creer que uno es lo que escribe porque, al fin y al cabo, hay tanto de mí aquí. Cuando eres capaz de crear cierta belleza con tus palabras te parece que podrías usarlas como arma de seducción. No me refiero sólo a seducir en plan deberías darte un pegue conmigo porque soy estupenda, sino a seducción como manera de atraer y de comunicar cosas. Te vuelves adicto a intentar expresar con tus palabras lo que tu vida entera, por una u otra razón, no puede terminar de expresar.

Pero la gente te puede leer por muchas razones. Un bloguero reflexionaba una vez conmigo sobre por qué su novia no leía su blog. "Si la persona a la que amo tuviera un blog - me decía - yo fliparía. Me encantaría tener esa ventana de acceso a su mundo interior, a su sensibilidad". Yo le entiendo. A mí me gustaría que todo el mundo tuviera un blog para poder tener acceso a mis sensibilidades favoritas. Querría saber lo que le pasa por la cabeza a la gente a la que quiero, o incluso a la que no quiero, con la misma profundidad y lujo de detalles con que yo cuento aquí lo que me pasa a mí.

A veces creo que no es justo. Mi ex mejor amigo A., el que no me habla, se hizo un blog hace un tiempo. Lo descubrí sin buscarlo, lo juro, porque la blogosfera es un pañuelo, y durante el breve tiempo que duró abierto me encantó tener esa mínima ventana abierta al corazón que él me había cerrado. Después lo dejó y todo volvió a ser como antes.

La cuestión es que la gente te puede leer por muchas razones. Hay quien te lee porque quiere saber más de ti, porque le atraes o le llamas la atención. A veces esa persona te conoce en la vida real, a veces no. Lo que cuentas aquí puede hacer que alguien se sienta atraído por ti, porque sí que muestra algo de tu personalidad, de tus gustos, de las cosas que amas. Pero esa motivación no dura mucho, porque además tú no eres tu blog. O bien la persona termina por conocerte y le gustas, o el encanto del principio se diluye. Al final quien se queda lo hace porque independientemente de quien seas tú, de lo que hagas o de lo que sientas, quiere que le sigas contando historias.

Por eso no es tan raro cuando la gente te lee y no te habla (pasa) o cuando la gente te habla y no te lee (también pasa). A mí me gusta que sucedan las dos cosas a la vez. Me gusta que me lean mis amigos y me gusta conocer a mis lectores. Pero cuando no coinciden puede ser que las historias interesen más que la realidad, o viceversa. ¿Quién soy yo en medio de todo esto, de todas estas palabras? No lo tengo claro. Soy más real de carne y hueso, seguro. Soy más real cuando lloro, cuando me tropiezo andando o cuando me cabreo por gilipolleces. "Te he agrandado la cara en la pantalla para ver tu reacción", me dijo ayer un amigo hablando por el Skype, mientras me contaba algo delicado. Esa soy yo: la cara que reacciona deprisa, aunque sea a través de la pantalla.

No sé por qué he empezado a escribir esto hoy; ni siquiera sé si estoy sabiendo expresarme bien. Lo que quiero decir es que escribir te dará muchas cosas, pero no te dará el amor de nadie; eso va aparte. Que cuando el señor M. habla de por qué mi soltería es un misterio a la altura de la ubicación de la Atlántida, yo le digo: es que no tiene nada que ver. Lo que escribo aquí, el ser una persona estupenda y divertida y lista y tal, no tiene nada que ver con merecer amor; no es eso. Hoy, en Grazalema, mirábamos el sol al otro lado de las montañas desde el frío del pie de vía a la sombra. "Con lo bien que estaríamos al sol, calentitos", decía uno de los chicos que venía conmigo". "El sol hoy es como el amor - he contestado yo, filosófica -. Está ahí, pero no le llega a todo el mundo".

Ha sido un buen fin de semana, soleado y trepador. Creo que voy a volver a escribir todos los días, porque escribiendo uno de cada dos pierdo el sentido de algo y no sé muy bien de qué: pierdo cierto tipo de impulso, cierto fuelle. Me voy a dormir, que estoy muy cansadita. Mañana es lunes, día oficial de este blog, y sólo quedan tres días para que empiece la primavera. Que empecéis la semana con buen pie.

sábado 17 de marzo de 2012

Intención

De todos los días que me siento a escribir aquí, los de después de la escalada son los que más me cuestan. No sólo porque están llenos de un cansancio real y casi doloroso, sino porque lo único que me cruza la cabeza es escalar y no me parece que tenga mucho sentido hablar de otras cosas, y después pienso que os aburro y me siento culpable, y al final lo mando todo al carajo y termino por hablar de escalada. Cáracter enfermizo, que diría el Kpot.

Hoy ha sido un día estupendo, con la Veredilla entera para dos cordadas. Hacía sol, pero el airecito fresco permitía trepar a gusto. Qué bien el cambio de tiempo, por cierto: dentro de una semana cambian la hora y vuelven los días largos. Ya puedo ir en moto sin el plumas y al mediodía me sobran los guantes. Cómo me gusta el sol, Señor, si es que me encanta. Cómo me gusta levantarme por las mañanas contando con el buen tiempo por defecto. El día 21 empezará la primavera y yo llevaré a cabo mi ritual de escuchar "La primavera trompetera" en bucle un montón de veces.

El otro día, no sé por qué, hablábamos de que escalar te lleva a un estado mental completamente primitivo. Lo que tú eres sale ahí arriba. El miedo que pasas es real e inmediato: lo único que quieres en este momento es agarrar un canto salvador y chapar la siguiente cinta, y todo lo demás: lo que piensas, lo que temes, lo que te importa... la crisis, la novela, tu ex... todo eso pasa a un segundo plano. De verdad, hay algo de viaje misterioso en el acto de amarrarse el nudo, ponerse los gatos y tirar hacia arriba. Estás solo. Tienes que tomar tus propias decisiones. Desde abajo te pueden echar un cable, pero son tus antebrazos los que tiran de tu cuerpo.

Yo últimamente intento trabajar mi intención y hacerla firme. Si uno observa cuidadosamente el estado que atraviesa la mente mientras escala, se da cuenta de que básicamente están la zona de confort y la de riesgo. Uno tiene que entrar en la de riesgo muchas veces a lo largo de una vía, por lo menos si hablamos de una que nos ofrezca un poco de desafío. No se trata sólo de riesgo amplio, entendido como estar lejos del seguro anterior y tener miedo de pegarse un vuelo. Se trata de que cada vez que apoyas un pie, tocas un agarre con la mano y traccionas hasta el siguiente, vives unos segundos de angustia breve que te pueden dejar bloqueado. Ya os dije que desde que me escoñé el tobillo voy con más miedo, y el miedo es justamente eso: que cuando estás en la zona de confort, en un buen reposo o justo después de chapar, cuesta reunir la energía para exponerse de nuevo.

Así que planteo una intención. Intento visualizar la secuencia. Calibro la posible caída. Después me digo: ahora tira y no te pares hasta que llegues o te caigas. Y de verdad, si no habéis escalado nunca no os podéis hacer una idea de lo difícil que es ser capaz de escalar hasta caerse, al menos al principio. Porque no te quieres caer: no quieres bajo ningún concepto, así que forzar tus límites hasta que tu cuerpo dice "hasta aquí hemos llegado", en lugar de pillarte cómodamente o destrepar hasta una repisa, es una decisión sólo apta para corazones samurais.

Os cuento todo esto porque si uno lo mira así no es tan rara esta enganchada que me ha dado con escalar. Como casi todas las cosas de la vida, si estamos muy muy atentos e intentamos permanecer conscientes nos enseña muchísimo de nosotros mismos. De nuestro miedo, nuestra debilidad; pero también nuestro valor, nuestra decisión. En días como hoy, con el suficiente silencio como para concentrarse y el aire fresco recorriendo los pasillos de roca, escalar no sólo es un deporte: es una manera intensa y reveladora de estar con uno mismo.

Por lo demás, qué puedo decir: me va bien. Estoy contenta. Extraño no escribir aquí a diario; quizá lo haga de nuevo, sobre todo porque los días de novela me cunden regular. Pero bueno. Por cierto, M.: escribir una novela NO es una forma de sublimar mi celibato. El celibato y el escribir son entes independientes que conviven sin molestarse. Sobre lo de J. y los potenciales polvos conmemorativos que podrían o no avecinarse en vacaciones: yo qué sé. Lo bastante que me apetece se da de bruces con la enorme pereza que me da.

Y con esto considero que he cumplido y me dispongo a publicar y dormir, por ese orden.

jueves 15 de marzo de 2012

La nieve

Le daba pena la cría. Por las mañanas, sobre todo. Porque él... bueno, él ya tenía una edad, debía trabajar para ganarse la vida, pero ¿la cría? Apenas cinco añitos de mocosa rubia y había que sacarla de la cama antes de que amaneciera para llevarla al colegio. Se recordó a sí mismo con su edad. El pelo corto y moreno, las rodillas moradas y cubiertas de costras y una incapacidad patológica para quedarse quieto. El colegio era una especie de cárcel obligatoria que no entendía. Podía enterarse bastante rápido de las cosas cuando le interesaban, pero le parecía que a aquel tormento sentado le sobraban horas.

K. y él se despertaban con la alarma del móvil. Él se levantaba despejado, casi hiperactivo; a veces, de hecho, para cuando sonaba la alarma ya llevaba un rato con los ojos abiertos. K. permanecía quieta y gruñía un poco, así que normalmente era él quien se acercaba al cuarto de Sandra para  despertarla.

A veces se quedaba un rato apoyado en la puerta mirando a la niña. Sandra se movía mucho durante la noche y siempre amanecía con las sábanas en el suelo o el edredón enredado entre las piernas. Apoyaba la cabeza en la almohada con un abandono que él envidiaba: jamás se despertaba antes de tiempo. Se daba cuenta de que ya hacía tiempo desde que había dejado de ser un bebé: al principio los cambios habían sido pequeños, como quitar el pañal de día o dejar definitivamente los biberones, pero ahora podía distinguir perfectamente su cuerpecito espigado de niña debajo de las sábanas. No es mía, pero como si lo fuera, se decía a veces; y, sin embargo, sabía que no era cierto. Sabía que entre K. y Sandra fluía una corriente mucho más poderosa que la que él podría nunca establecer con ninguna de ellas. Casi podía sentirlo ahora: como si incluso desde sus respectivos sueños profundos, cada una en una cama, K. y Sandra se miraran con los ojos cerrados sin ser capaces de torcer la cabeza en otra dirección.

Entonces suspiraba y pensaba en el quicio de la puerta, y se preguntaba a qué habitación pertenece: a la de dentro o a la de fuera. Se decía que es un sitio sin sitio, y que él en realidad estaba bien allí debajo. Después se acercaba y despertaba a Sandra con toda la suavidad de la que era capaz: vamos, pequeña, te espera el mundo. Lo siento, ojalá fuera de otra manera, pero es así como son las cosas.
***

Por la tarde iba a recoger a la cría a casa de su abuela. K. trabajaba hasta tarde, y aunque él también tenía que comer fuera de casa, podía salir antes y hacerse cargo de la niña hasta por la noche. Él también se daba un poco de pena cuando comía fuera de casa, en la escasa hora que le permitían para tragar el tupper que K. le preparaba por las noches. Le había propuesto un par de veces que quedaran para comer: ella tenía más tiempo al mediodía y no tardaba mucho en llegar a la obra en la que él estaba currando. Sabía que K. prefería almorzar con la niña en casa de sus padres porque era más cómodo, pero todos los días le entraba una ilusión estúpida por imaginarse comiendo con ella en un banco cualquiera, en tuppers gemelos con tortilla de patatas o filetes empanados. La escena era mucho más bonita en su mente que en la realidad: K. y él sentados en el respaldo, mirándose a los ojos, charlando, sonriendo. Ajenos a todo, en una especie de burbuja donde no sólo no cabía nadie más, sino que no les hacía la más mínima falta. Pero él sabía perfectamente que en la realidad K. y él siempre acababan estropeándolo todo.

Sandra estaba jugando con el ordenador en la mesa del salón. Estaba entusiasmada, y a él le hizo gracia darse cuenta de la soltura con que movía el cursor del ratón por la pantalla. "Es otra generación", se dijo, y se preguntó si para ellos mover un ratón sería tan intuitivo y básico como para él escribir con un lápiz.
- Vámonos, peque - se acercó por detrás a la niña y la agarró de las axilas, levantándola en volandas. Sandra protestó y comenzó a hacer pucheros.
- ¡No quiero irme!
- Pues nos tenemos que ir.
- ¿Está mamá en casa?
- No, Sandra, mamá no está. Estoy yo.

Se enfadó un poco. Sabía que el llanto no tenía que ver con el ordenador. Sabía que él era la frontera entre la bondad de los abuelos y la bondad de mamá: otra vez el quicio de la puerta. Sabía que Sandra le quería, y también que prefería estar con los demás a estar con él. Intentaba ponerle ciertos límites. Intentaba educar. Pero de alguna forma sabía que no estaba en la posición más adecuada, así que hacía lo que podía. Agarró a la niña prácticamente a la fuerza, se despidió de los padres de K. y se metió en el coche.

De camino a casa, a Sandra se le pasó la llantina. Él le preguntó por el colegio y por sus amigos. La casa estaba lejos, ¿cuánto puede uno estirar una conversación con una niña de cinco años? Echaba mucho de menos a K., aunque supiera que a lo mejor verse poco tiempo al día era el ingrediente principal de la receta que les estaba permitiendo vivir juntos. La niña se quedó callada, y cuando él volvió de sus pensamientos se dio cuenta de que se estaba quedando dormida. Mierda, se dijo. Si había algo peor que Sandra enfadada era Sandra medio dormida: se la podía imaginar llorosa en sus brazos de camino al piso y pataleando luego sin dejar que le pusiera el pijama.
- Sandra.
- Mmm...
- Sandra, no te duermas.
- Tengo sueño...
- ¡Sandra!
- Queeeee...
- Venga, va, no te duermas... ¡Mira, gorda, mira la nieve! - y señaló al exterior con un dedo.
- ¿Dónde, dónde?

Por el retrovisor central podía ver los ojos soñolientos de la cría abriéndose esforzados en dirección al mar.
- ¡No la veo!
- Búscala bien, de verdad, verás como la encuentras.

Sandra estiraba el cuello y oteaba en todas direcciones, mientras él procuraba acelerar un poquito, lo justo, y acortar un poco el tiempo que quedaba para terminar el recorrido. Mientras la miraba buscar pensó que igual lo de educar no se le daba tan mal. Y así a lo mejor llegamos a casa, pensó. Buscando cosas que no existen para mantenernos despiertos.

martes 13 de marzo de 2012

¿Escribir una novela? Semana I

Queridos todos:

De momento, el Hecho En Sí (escribir una novela) va a ir entre interrogantes, porque quién sabe si al final será una novela, un conjunto de despropósitos o una bella manera de perder el tiempo. Dice mi amigo el Kpot que no lo llame novela: que lo llame libro, que suena mejor. He venido aquí a hablar de mi libro. El otro día estuvimos tomando café con baileys en el Mentidero. Las tardes ya alargan y no pesa tanto quedarse fuera para que él pueda fumar. Me preguntó por la novela el libro. Yo no quería contarle el argumento, porque contado me suena como MUY CUTRE, pero al final lo hice, porque cuando el Kpot quiere embaucarte, te embauca.
- Qué guay, ¿no? Lo de ser escritora. Te imagino así en tu casa, en bata, con una taza de café y un cigarro... deberías fumar para ser escritora, que lo sepas.

Yo a ratos también lo pienso, pero me desanima el cáncer y la disminución de mi ya justita capacidad pulmonar. Aun así, he aquí los cambios fundamentales que he hecho en mi vida desde que estoy escribiendo un libro.

En primer lugar, he aceptado que mi mesa del salón puede convertirse en escritorio sin que sufra su función como mesa del salón, dado que como yo sola un 99% de las veces. Así que he abierto sus alerones laterales, y ahora en vez de un bonito cuadrado es un rectángulo enorme que a J., con su pasión por la madera y los espacios despejados, le fascinaría. En ella he colocado la máquina de escribir rosa, unos cuantos libros sobre escritura creativa (lo siento, M.) una caja con fichas rayadas para ir anotando cosas interesantes y varios bolis. Y el portátil, claro, pero en realidad él ha estado allí siempre y es el epicentro sobre el que gravita mi vida hogareña.

Y ahora viene el núcleo del asunto. Por dónde coño empieza uno un proyecto así. Dice Anne Lamott que la trama surge de los personajes. Estupendo: creemos personajes. Es curioso, porque algunos se me aparecen super claros en mi cerebro: no porque se parezcan a alguien real, sino porque de alguna forma me llega claramente su esencia, el papel que podrían representar en el argumento. Otros me da la sensación de que los estoy construyendo como a Frankenstein: con trocitos absurdos de imaginación oxidada que van a parecer artificiales y fríos cuando les diga que se levanten y anden.

Voy a la biblioteca y releo mis libros favoritos. Intento entender cómo los autores han construido las historias, los recursos que utilizan y, sobre todo, cuál es la fuerza natural que impulsa a una persona a querer seguir leyendo un libro. Eso es lo que me parece más importante. Que sea o no una novela profunda, original, innovadora o de culto me da un poco más igual. Yo aspiro a que quien la empiece no la pueda soltar hasta que acabe. Que mire con pena las páginas que quedan, pensando que cada vez son menos. Que rechace fiestas y salidas para quedarse en casa leyendo el libro. O, por lo menos, que no se desespere en la página treinta y escriba una crítica demoledora en su blog.

Los momentos de ponerme a escribir son como de risa. Porque yo ya tenía controlado el género blog, ¿vale? Es sencillo. Tienes una idea, buscas las imágenes en tu cerebro y buceas a través de ellas hasta que encuentras alguna que te llame. La desarrollas, escribes sin parar, reordenas párrafos, recortas, borras. Buscas un final redondo, le das a "publicar" y te sientas a esperar los comentarios benevolentes.

Ahora lo que hago es más o menos esto. Me digo que me voy a poner a escribir. Me preparo un colacao. Abro el ordenador. Releo lo del día anterior. Pienso que me gusta. Abro el Facebook. Miro mis fotos y pienso que tengo una sonrisa bonita y que no entiendo por qué no me persiguen hordas de hombres guapos; algo como la antianorexia de la que habla Barbijaputa. Cierro el Safari. Ojeo algún libro sobre escritura a ver si me inspira. Escojo una escena aleatoria de mi novela libro. Escribo sobre eso durante un rato esforzado y doloroso con la sensación de que estoy limpiando un váter con un cepillo de dientes. Con suerte, al cabo de un rato encuentro la imagen que me atrapa o saco un par de frases que a mí misma me conmueven y hacen que las palabras "best" y "seller" aleteen delante de mis ojos ensimismados. Lo releo todo. Pienso que esto no es una novela: es una farsa, y cuando la termine, dentro de aproximadamente cinco millones de años, todo el mundo se dará cuenta. Me levanto, friego los platos, me siento. Apunto ideas para mi no-trama. Escribo otra escena. Releo, me frustro, respiro, hago estiramientos y pienso en escalada.

Y así, sin muchos cambios.

El Kpot, sin embargo, está entusiasmado con la idea de mi futura novela. "¿Qué has hecho hoy?", me preguntó ayer por la noche. "Escribir mi libro". "Así me gusta: si no entrenas, escribe". El día del café con Baileys le  propuse pasarle borradores de capítulos a medida que los fuera terminando. "Qué va, qué va, yo quiero esperar a que esté terminada. Y ese día me encenderé un cigarrito, me iré a un sitio tranquilo y disfrutaré de la lectura".

En realidad, si lo pienso bien, es por eso por lo que escribo. Porque algunas personas conocidas y con buen criterio dicen que les hace ilusión leer una novela mía. Y por el karma literario, creo que ya lo dije alguna vez: intentar devolver todo el placer que los libros me han dado. Así que aunque todavía no le he cogido el truco a lo de apuntar cosas en fichas, y aunque escribir una novela se parezca demasiado a estar perdido en la selva con una caja de cerillas y un trozo de chicle, continúo con ello. Pienso en los personajes durante las reuniones de equipo. Sigo sentádome al escritorio a batallar con la incertidumbre. Y bueno, creedme que si sale algo de aquí seréis los primeros en saberlo.

domingo 11 de marzo de 2012

Material de montaña (como si el post no fuera lo suficientemente friki, a mí no se me ocurre un título más atractivo)

He llegado a casa de finde escalador hace apenas una hora. Si hay algo que no me gusta de mí misma es que soy muy, muy, muy desordenada. Ojalá no lo fuera, de verdad, pero mantener el caos medio controlado me cuesta la misma vida. Así que cuando vuelvo de escalar los domingos, lo que hago normalmente es lo siguiente: lo tiro todo por el suelo de mi dormitorio, me ducho, me pongo a escribir/leer/comer/lo que sea, me acuesto y tardo en deshacer el equipaje toda la semana siguiente. Lo peor.

Así que hoy he decidido que no, que iba a deshacer las mochilas, echar la ropa a lavar, organizar el material y, en fin, convertirme en una persona mejor y más centrada. Por fin he comprado todo el material de escalada, que vaya ruina, por cierto, pero el caso es que ahora me quedo mirando mi cuerda de ochenta metros y mis preciosas cintas exprés Black Diamond con arrobo verdadero. Qué bonitas son, pienso, mientras abro y cierro los mosquetones. Que es un sonido tope de relajante, por cierto, porque te recuerda a cuando pasas la cuerda por el seguro y puedes respirar tranquilo un ratito más.

Desde que no voy a las rebajas y me gasto el dinero en material de montaña, reflexiono sobre el tema. En Madrid estuve en Fisura, una tiende que hay cerca de Bravo Murillo, porque tenía que recogerle unos gatos al Kpot y porque me apetecía olisquear. La atendía un señor calvo con bigote gris que se parecía mucho a Vicente del Bosque. En el tiempo que estuve esperando les vendió a una pareja material para irse a los Himalayas por valor de 500 euros. Luego otro señor se compró unas botas de trekking, y un chaval preguntó por los plumas, aunque al final no se llevó nada.

Es fascinante, ¿no? Hay muchas opciones para cualquier objeto. Hace un tiempo me enteré de que la calidad de un plumas se mide en cuins, que es algo así como el volumen que ocupa la pluma y que tiene que ver con su capacidad de almacenar aire. Y así todo. Miro los mosquetones de mis cintas, que así a priori son mosquetones, punto, pero hay un montón de sutilezas: el peso, el tipo de gatillo, la curvatura o si tienen o no una muesquita la mar de molesta que se engancha en los seguros cuando las quitas.


Cintas exprés, tus mejores amigas en la roca.


Mi mente analítica encuentra cierta belleza en estas diferencias pequeñas e importantes. Me gusta que haya gente que entienda del tema y que sepa aconsejarte. Que sepa cómo te vas a sentir en los Himalayas, qué cantidad de frío puedes tolerar y cuánto puedes sacrificar en otros aspectos (peso, dinero, etc) para estar cómodo. Tienen que conocer bien su trabajo y saber ponerse en el lugar del otro. Miro los piolets y los crampones colgados inocentemente de las repisas de la tienda y pienso en que su destino es clavarse en cascadas de hielo y ayudar a que suban por ellos los extraños y salvajes conquistadores de lo inútil. El desfase entre los estantes de productos con su agradable colorido y la realidad dolorosa de la naturaleza es curioso. Os lo digo desde mis dedos machacados contra la piedra caliza y afilada de las rocas de La Veredilla.

Sé que es un post mortal de friki este que os acabo de soltar. Pobres. Yo aquí actualizando menos que nada y cuando lo hago encima es para hablaros de mosquetones. MOSQUETONES. Cuando yo sé que lo que queréis saber es si ya me he decidido a apuntarme al Badoo para acabar con esta abstinencia sexual que me consume, o si J. de verdad me está roneando otra vez y qué coño pienso hacer al respecto. Pero eso, como dice Michael Ende, es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

jueves 8 de marzo de 2012

El mal laboral

Yo de política no entiendo un carajal. Debería, lo sé. Debería informarme, leer más periódicos, utilizar twitter, cabrearme y demás. Lo que pasa es que me da rabia. Me da rabia porque yo ya me paso siete u ocho horas al día trabajando e intentando convertir el mundo en un sitio mejor. Escucho a mis loquitos y a mis neuróticos, y hay días que mola y otros días que piensas que al próximo que te diga que se quiere tirar de una ventana se la vas a abrir con tus propias manos. Y se supone que hay gente que se dedica a la política porque le gusta, que deberían hacer bien su trabajo y ocuparse de guiar el país para los mejores intereses de sus ciudadanos. Pero no lo hacen porque son, en general, malos y corruptos, así que nosotros, los ciudadanos normales, los que pagamos impuestos e intentamos aportar a la sociedad nuestro granito de arena, también tenemos que echar un ojo a los que nos gobiernan porque no nos podemos fiar de ellos. Y protestar, y participar, y leer periódicos e implicarnos, y reciclar putas montañas de plástico y papel porque a nadie se le ocurre reducir la cantidad de envases. 

En fin.

La cuestión es que no sé quién tiene la culpa de la crisis, pero sé en qué consiste. Para los de más edad, los que tienen hipotecas, hijos, trabajos en la cuerda floja y coches por pagar, consiste en mirar atrás y preguntarse qué cojones han hecho mal y si de verdad estaban viviendo por encima de sus posibilidades. Consiste en tener miedo y en plantearse preguntas que no deberían pensar a una edad en la que deberían estar más concentrados en disfrutar de lo que han ganado, en lugar de preguntarse qué van a hacer cuando lo pierdan todo.

Para mi generación la crisis es el estancamiento. Es una deformación de la realidad que nos hace pensar a todos que no nos van a dejar trabajar jamás. Es decir: tú estudias, te preparas y te esfuerzas, y luego no tienes ni idea de si alguien va a querer pagarte algo por aquello que tú tienes para ofrecer. Y eso es una mierda. El paro es el equivalente socioeconómico a la soltería: es darte cuenta de que estás mostrando lo mejor de ti y nadie lo quiere. Que podrías ser muy bueno si se te diera una oportunidad, pero es que nadie está dispuesto a concedértela.

Creo que trabajar es muy, muy importante. Trabajar así, en general, en algo. A partir de cierto punto, asúmelo: tienes que dejar de estudiar y empezar a intercambiar recursos con el medio. Tú aportas cosas, la sociedad te lo recompensa con dinero. Es la evolución natural de ti mismo como humano. Veo a mis amigos estudiando eternamente, apuntándose eternamente a másters, obteniendo eternamente títulos de idiomas, pidiendo eternamente becas y ayudas; esperando, esperando y esperando, preparándose para un momento que no termina de llegar, y me pregunto cuándo van a poder entrar en el mundo real. 

Yo me siento muy agradecida por poder trabajar. De verdad. Me gusta que el mundo reciba lo que tengo para darle. Es transitorio y lo sé; de aquí a dos años y pico estaré en la calle y a saber qué será de mí si para entonces si lo del best seller sigue estando sólo en mi imaginación. Pero de momento ahí estoy: con mi contrato, mi horario, mis nóminas. Con la sensación de que se me necesita un poco. La verdad es que si ahora tuviera que volver a la facultad, aunque fuera para hacer un master, creo que me pegaría un tiro. Me gusta lo real. Me gustan mis pacientes, cómo hablan, cómo saludan, las historias que tienen para contarme. Me gusta cuando me dan las gracias o hasta cuando se cabrean conmigo. Me gusta tener compañeros, las reuniones de trabajo, el relato de las incidencias que hace enfermería. Preparar los informes y las carpetitas de alta, con sus recetas y sus visados. Todo eso me parece muy real.

Los jóvenes necesitamos trabajar. Darnos cuenta de que la vida es un poco eso: hacer cosas por cojones que a veces te apetecen regular, pero encontrar la manera de amarlas. Seguir normas y horarios, pero también poder ser creativos e innovadores. Encontrar nuestra manera de mejorar las vidas de la gente. Ganar un sueldo fijo, poder hacer planes, acertar a imaginar un futuro. Necesitamos cierta estabilidad, ciertas garantías: saber por dónde empezar a construir una familia y un proyecto de vida. Este presente extraño de no saber por dónde va a salir la cosa nos tiene aturdidos y tristes.

Sigo hablando con J. por el Skype de vez en cuando. Me hace proposiciones indecentes que yo barajo con relativa frialdad por aquello de que está en Alemania. Me cuenta que se siente un poco "inmigrantillo": una mezcla entre solo y pobre. Lo que veo en sus ojos oscuros es la completa incapacidad para imaginarse qué va a ser de él en los próximos años, y por mucho que uno quiera ser ligero, aventurero y adaptativo, esa perspectiva deprime y sobrecoge a partes iguales.

En fin, que yo quería escribir sobre la mujer trabajadora y al final me ha salido esto. Sobre el joven trabajador, o el trabajador en general. Yo estoy agradecida por ser mujer y poder trabajar, claro que sí. Darme cuenta de que la mayoría de las cosas que tengo ahora: mi independencia, mi sueldo y todas las oportunidades que me ofrece la vida, podrían no estar ahí si hubiera nacido hace unas décadas o en otro país, me da un montón de miedo. Pero tal día como hoy creo que es importante darse cuenta de que la lucha se ha extendido y que prácticamente todos somos hoy en día una clase discriminada. Las mujeres, los jóvenes, los enfermos, los discapacitados, los mayores de cuarenta y cinco, los jubilados, los poco cualificados, los demasiado cualificados. Como en el poema de Bertolt Brecht, casi nadie se salva de la quema. Lo peor es que no sé muy bien cómo se lucha contra eso. Pero bueno, como siempre: nombrar las cosas, escribir sobre ellas, es un primer paso y, seguramente, no el más inútil de todos.