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martes, 30 de septiembre de 2014

No toméis pastillas para el mareo

He de dejar de leer autoayuda anglosajona, sobre todo ahora que me he retirado (temporalmente) de la psicología. ¿Por qué? Pues porque esa pandilla de chungos millonarios que viven de sus ingresos pasivos te cuentan su vida como una sucesión de escalones sencillos y blancos hacia el desarrollo personal. Unas iStairs de la felicidad.

Yo me parezco más a la albahaca de mi balcón. Una semana la riego mucho y se pone estupenda. Luego se me olvida y amenaza con morir. Después un día, sin que haya habido ningún cambio en su régimen de regamiento-cuidados, decide mustiarse. Al siguiente se le pasa. Así soy yo.

Cuando empecé mi último reto de autosuperación, a saber: escribir mil palabras al día, estaba contenta. Aguanté las primeras tres semanas sin problema. Había cogido carrerilla con mi novela, y normalmente apretaba el botoncito de la app que he usado para llevar la cuenta a eso de las nueve de la mañana. Estaba contenta, orgullosa. "Así que he formado un hábito", me decía. Ya no era una albahaca ciclotímica. Me estaba convirtiendo en gurú.

Entonces me fui a Cancún, y decidí que allí también iba a seguir con mi reto. Establecí una rutina: cada noche llegábamos de ponernos como cerdos cenar en el bufé, Pablo se tendía con aire insinuante en la cama king size mientras sostenía en la boca una chocolatina del minibar y yo le decía: "Quieto ahí. Tengo que escribir". Me sentaba con el ordenador, divagaba durante un rato y para cuando terminaba, Pablo ya llevaba un rato roncando. Entonces yo me iba a dormir el sueño de los justos, sintiéndome muy satisfecha con mi fuerza de voluntad.

No iba mal hasta que apareció la biodramina. El tercer o cuarto día de nuestro viaje, decidimos hacer una excursión a Isla Mujeres, una isla cercana a Cancún, que incluía hacer snorkel con los corales y un paseo por un pueblito pintoresco. La excursión la haríamos en el Trimarán Lupita: un barco de aspecto dudoso cuya tripulación parecía estar formada por expresidiarios.

No he encontrado fotos de la tripulación

Antes de llegar al Trimarán Lupita, mi madre sacó de su bolso una caja de biodraminas: las pastillas para el mareo que me daba cuando era pequeña. Me la envolvía en un chicle Boomer de fresa ácida; a partir de entonces, los chicles Boomer me empezaron a dar mareo.
- ¿Quieres una? - me preguntó.

Reflexioné y recordé que el día anterior me había mareado por balancearme en la hamaca mientras leía.
- Sí, por favor.

Nos montamos en el Trimarán Lupita, donde saqué unas cuantas fotos a Pablo. Se había comprado una gorra y unas gafas de sol, y parecía un famoso al que persiguen los paparazzi. Era inevitable sacarle fotos.

Casi me hace pagar por la exclusiva

Aguanté sin mareo, bebiendo V8 como una posesa, hasta que llegamos a Isla Mujeres. Snorkeleamos sin estridencias y después atracamos en una calita para turistas, donde podríamos hacernos fotos con un tiburón y comer en un bufé libre.

El tiburón estaba encerrado en una piscina y medio muerto, así que boicoteamos la actividad no haciéndonos fotos con él. En comparación con nuestro hotel y sus cuatro tipos de melón, el bufé libre parecía el rancho de la cárcel de nuestra tripulación, pero comimos algo. Entonces empecé a sentir cierta somnolencia.
- Me caigo de sueño - dije -. ¿Será el jet-lag?
- Eso es la biodramina - dijo mi madre.
- ¿Qué? ¿La biodramina da sueño?

Entonces pasé de tener algo de modorra a estar casi en coma. Sentía el medicamento fluir por mi cerebro. Me sugestiono pronto.
- Necesito tumbarme.

Pablo me llevó a la última hamaca que quedaba libre. Mi madre se sentó en una silla a leer y él se echó en el suelo. Una parte de mi cerebro registró que debía cederle el sitio a mi madre, pero todo me daba igual. Me sentía DROGADA.

Medio segundo después, Pablo me llamó.
- Cariño - dijo -, el barco se va.
- Me da igual. Me quedo aquí a vivir. Dormiré en la tumbona y comeré bufé carcelario.

Me arrastró de nuevo hacia el Trimarán Lupita, donde me tapé la cabeza con mi pareo y me quedé dormida en cubierta.

Mi tarde continuó como sigue:
- Visita a Isla Mujeres = arrastrarme a un bar y tomarme un sorbete de fresa bajo el ventilador.
- Regreso en el Trimarán Lupita = siesta.
- Llegada al hotel = ???
- Cena = ???

Entonces llegó el momento de las mil palabras. No iba a flaquear. Tenía que cumplir mi compromiso, aunque solo fuera por apuntarlo en mi app. Pablo, que estaba hecho polvo de sol y de arrastrarme por ahí, se quedó dormido enseguida, sin hacerme siquiera su numerito sexy. Yo me senté en la cama, coloqué el portátil en mis rodillas y empecé a escribir.

Lo que siguió fue seguramente la sesión de escritura más lamentable de mi vida. Consistía en escribir un párrafo, quedarme dormida, despertarme bruscamente y tener que releer el párrafo para recordar qué narices estaba escribiendo.

Después de luchar durante un rato, conseguí escribir las mil palabras y me fui a dormir. Al día siguiente, revisé el texto y encontré frases como esta:

"Me juraba que no iba a probar la rata de coco. Pero lo sigo probando."

¿Qué es la rata de coco? ¿Algún plato mexicano exótico? ¿Lo habría probado la noche anterior?

Mi error fue corregir sobre la marcha la mayoría de las burradas que escribí. Debería haberlas dejado y convertirme en una Jack Kerouac de las vacaciones de lujo.

Seguí con las mil palabras todos los días, y me mantuve alejada de los barcos y de las sustancias. El día de nuestra vuelta, con el desfase horario y el estrés del avión, me salté un día de mi desafío. Pensé: no pasa nada, ya lo recuperaré mañana.

Y hasta hoy.

Pero bueno, qué le vamos a hacer. Sigo siendo una plantita existencial. Tengo mis días y necesito un cuidado constante. Por otra parte, qué queréis que os diga: tiene mucho más encanto mi albahaca que una estúpida escalera de diseño.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cancún para gafapastas

¡Hola, queridos!

Por fin consigo sentarme a escribir algo coherente en mi retiro hedonista cancunés. En estos días he estado cumpliendo mi reto de las mil palabras con textos medio dormidos que escribo antes de irme a la cama, con la cabeza embotada de sol y bufé libre. El resultado es impublicable incluso para los estándares de este blog.

Hoy, sin embargo, ha habido tormenta a mediodía y he aprovechado para dormirme la siesta, así que me encuentro fresca y con ganas de charlar. Además, funciona la wifi en la habitación. Que un hotel que te sirve tres tipos de salmón en el desayuno tenga una wifi tan horrible es algo que escapa a mi entendimiento.

¿Qué opino de la experiencia Cancún-resort-de-lujo-todo-incluido? ¿Qué puede esperar una pseudointelectual de este parque temático para adultos?

Hoy iba con Pablo a alquilar un coche para visitar mañana los cenotes de Tulum y le he dicho que una cosa que me gusta de él es su capacidad para disfrutar de todos los planes, sean los que sean. Pablo es feliz en un hotel de cinco estrellas y en una tienda de campaña. En el ambiente hipster de mi generación, queda como mal meterse en un todo incluido a beber cocolocos. No te integras con la cultura local ni aspiras el ambiente del entorno. Pablo va por ahí tan contento, jugando al voley-playa y poniéndose de un bonito moreno dorado, y le da lo mismo ver ruinas que tirarse en la hamaca a leer Antifrágil. Y yo me enamoro más de él a cada día que pasa.

La experiencia está superando mis expectativas. Me imaginaba algo más bien cutre, con gente muy borracha y bufé libre de perritos calientes y pasta bolognesa. En cambio, el hotel es muy elegante, con un ejército de personal amabilísimo que mantiene por las nubes tus niveles de hidratación. Hay algunos huéspedes borrachuzos, pero no son la mayoría. Pablo y yo nos mantenemos fieles al agua con limón, y yo me he vuelto adicta a los V8: unos jugos vegetales parecidos al zumo de tomate. El primer día me dieron asco, y ahora ando persiguiendo por los pasillos a los del carrito del minibar para que me den latas extra.

(Esto ya me lo hizo Bertín con el gazpacho. Si es que no aprendo)

La piedra filosofal de la experiencia pulseril es la falta de fricción. Una psiquiatra amiga mía de Cádiz decía que el problema de la vida es que está llena de detalles molestos. Aquí esos detalles no existen. Te quejas, por ejemplo, de que los postres son distintos cada día, y entonces no puedes repetir el que te gustó ayer; o de que con el sol se te calienta muy rápido la bebida que te acaban de traer a tu tumbona; o de que el agua de una de las tres piscinas no está lo bastante fresca.


Cosas así

Es decir: que mi recomendación es que mientras más descompresión necesite tu vida, mejor te sentará una estancia de todo incluido. Yo soñaba con algo así cuando me pasaba el día escuchando penas en Salud Mental. Ahora lo estoy disfrutando mucho, pero el contraste con el resto de mi vida es menor. No estoy deprimida pensando en volver al trabajo porque vuelvo a mi vida de escritora, escaladora y emprendedora full-time.

Ahora voy a contestar a una lista de FAQs que me he inventado, porque a nadie le importan tanto mis vacaciones como para preguntarme por ellas:

Pregunta: ¿No te aburres?
Respuesta: No. Al contrario. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo LIBROS. La mayor lujuria del mundo para mí es leer, y aquí estoy leyendo un montón. En una hamaca, en una tumbona, en la cama del hotel: leo, leo y leo, y eso me hace feliz.

Además, no solo estamos playeando; también hemos viajado en barco, visto ruinas, cenotes, arrecifes de coral y pintorescos puestecitos de artesanía.

P: ¿Vale lo que cuesta?
R: Me resulta difícil de juzgar, porque vengo invitada. Si fuera mi dinero, seguramente no lo haría, porque me sentiría culpable dejándome meses de subsistencia en una semana a todo trapo.

Opino que este tipo de viajes solo pueden (y deben) hacerse si no comprometen tu estabilidad económica. Yo casi me arruino cuando fui a EEUU, pero no me importaba porque era la ilusión de mi vida y me pasé tres semanas vagabundeando por allí. Además, me traje un souvenir interesante.

Fuck yeah.

P: ¿No te sientes mal porque otra gente limpie tu basura y te traiga cocolocos? ¿Acaso no es injusto?
R: A ratos tengo ráfagas de culpa, pero no es por eso. Es culpa porque considero que llevo una vida buenísima y que he tenido una suerte enorme, y no solo me veo más afortunada que los que trabajan en el hotel, sino que la mayoría de los huéspedes; esto quizá sea un sesgo egocéntrico, pero estoy muy satisfecha con mi vida últimamente. Por otra parte: ¿quién soy yo para juzgar las elecciones de los demás, o la felicidad que obtienen con lo que hacen? Así que me encojo de hombros y trato de aceptar que cada uno tiene su propio karma.

P: ¿Alguna queja?
R: Como siempre, mis quejas son de tipo acústico. Desde la mujer que consideró apropiado ponerle a su hijo "el Pollito Pío" en el móvil a todo trapo mientras los demás desayunábamos, hasta la competición entre hoteles de hoy por ver qué orquesta al aire libre tocaba más alto. Pero nada que no se pueda tolerar con paciencia, asertividad y tapones para los oídos.

P: ¿Recomiendas la experiencia?
R: En general, sí. Es divertido, y hace menos daño al medio ambiente que los pañales de los hijos de muchos hippies. Además, aunque no te aporte mucho en términos de conocer la cultura del país o de meterte hasta el último rincón sórdido o pintoresco, te da otras cosas. Las playas, por ejemplo, son brutales, y una playa semiprivada no es en absoluto lo mismo que la Caleta llena de maris jugando al bingo. La tranquilidad de no tener que decidir demasiado te ahorra broncas con tus compañeros de viaje, lo que está muy bien si tu grupo es tan dispar como el nuestro. La comida es deliciosa y sana, y te ahorra tener el estómago hecho mierda; cuando fui a EEUU acabé no pudiendo tomarme ni el café de Starbucks. En el hotel se lo curran para entretenerte, y si te dejas llevar por el ambientillo, te lo puedes pasar bien.

Eso es todo desde el hermoso Caribe. Además, este artículo ya tiene más de mil palabras y al final me ha entrado sueño.

Se os quiere.


miércoles, 17 de septiembre de 2014

El misterio de los perros fantasma



Estoy en el avión de camino a Cancún y, sin embargo, hoy quiero hablaros de algo que nos tiene intrigadísimos a Pablo y a mí: el misterio de los perros fantasma. Lo comparto con vosotros por si alguno sabe darle explicación.

Hace dos días fuimos a escalar por la mañana a Espadelles: una zona en la parte alta de las montañas que rodean Margalef. Eramos los únicos escaladores del sector, y solo se escuchaba el sonido leve del viento entre los matorrales. Trapamos un par de vías, y cuando Pablo estaba en la tercera, comenzamos a oír un ruido lejano de campanas.

“Deben de ser cencerros”, dije yo. A menudo, las zonas de escalada también son áreas de pastoreo. En Grazalema no es extraño ver invadido el sector por varias decenas de cabras y por un pastor que les grita: “¡’Vamos, cabra estúpida! ¡Me voy a cagar en tus muertos!”. [Yo también pensaba que los pastores eran gente sosegada, pero al menos el de Grazalema está muy loco]

Sin embargo, se escuchaba demasiado flojito como para que fuera un rebaño. Entonces aparecieron por detrás de unas plantas tres perros flacos con campanas en el cuello, merodeando despacio a nuestro alrededor. Miré en su dirección, esperando a ver a algún humano acompañante, pero estaban solos. Cuando se acercaron, pude ver que cada uno llevaba un collar naranja fluorescente, otro grueso de tela con un número de teléfono y un nombre, la campana y un dispositivo de plástico negro, parecido a lo que se le pone a la ropa para que no la roben.

Los perros se acercaron a mí, que estaba asegurando a Pablo desde el suelo. Tenían los ojos enrojecidos y el pelaje apagado. No me gustan mucho los perros, así que les solté un par de frases neutras (“¡Hola, perros-oveja!”) y seguí asegurando. Ellos no se detuvieron a mi alrededor, ni pidieron comida, ni ladraron; simplemente, se alejaron en la otra dirección, haciendo sonar sus campanitas.

Al cabo de un rato volvieron. Pablo ya estaba abajo, y como él no comparte mi ¿misocinia? ¿alergia perruna?, empezó a llamar a los perros oveja:
- Vengan-para-acá-gorditos-presiositos - decía. 

Los perros pasaban de él. No huían ni se acercaban; simplemente, seguían su extraño ritmo merodeador. Finalmente, se fueron por donde habían venido, hasta que el ruido de las campanas se perdió en la distancia.

Ahora, nuestra tranquila vida campestre está llena de preguntas. ¿Quiénes son esos perros? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? ¿Por qué llevan dos collares, una campana y una especie de antirrobo? ¿Por qué están tan flacos? ¿Por qué no interaccionan con los humanos? ¿Son perros-bomba? ¿Perros espía? ¿Practican en sectores de escalada, para después ser camuflados en misteriosas misiones secretas?

Ayer por la noche, mientras estábamos tumbados en la cama antes de dormir, Pablo dio un respingo y me dijo: 
- Boluda - lo sé: los perros son gorditos-presiositos, pero yo soy Boluda -, qué susto. Estaba quedándome dormido y pensé que el ruido del lavaplatos eran los perros de esta mañana, que habían entrado en casa.

Entre eso y Justin Bieber, me acojoné.

Ahora, a cada rato, cuando uno de los dos quiere inquietar al otro, nos decimos: “¡Qué miedo los perros fantasma! ¿Verdad? ¿Qué carajo era eso?”. Y nos morimos del susto.

Ya sé que en nuestra vida infraestimulada cualquier cosita puede sacarnos de quicio; a veces me entretengo en el puente de madera que hay frente a casa para hacer que las luces fotosensibles se enciendan cuando les pongo el pie encima. Pero ¿de qué iban esos perros? ¿Alguien lo sabe? ¿Va a convertirse Massobreloslunes en un blog de terror rural? Agradecería sinceramente la respuesta a todas o a alguna de esas preguntas.


Seguiremos informando.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Me voy a Cancún a bajarme el CI a fuerza de playa

Mañana nos vamos a Cancún. Todavía mejor: nos vamos a Cancún gratis. Mi madre nos invita a toda la familia a pasar ocho días en un resort de lujo.

Cuando empecé a trabajar, en verano siempre me apetecía ir de pulsereo a un todo incluido, a tirarme en la playa en modo muerte cerebral. Es un sentimiento natural cuando eres psicóloga y te pasas el día oyendo las penas de la gente. Lo que pasa es que como siempre me las he dado de hippie y de alternativa, acababa yéndome por ahí con la furgo o a surfear sofás ajenos. Pero en mi interior había una Marina que soñaba con tirarse a leer en una hamaca con un cocoloco en la mano.

Ahora, por fin, mi sueño está a punto de hacerse realidad. Bueno, no Mi Sueño. Un sueño secundario y medio ridículo que tampoco me hubiera importado no cumplir. Las circunstancias han cambiado: ya no escucho penas de gente, e incluso me sorprendo leyendo los periódicos para mantener estables mis niveles de desgracia ajena. Vivo muy tranquila en un pueblito perdido y mi mayor fuente de estrés es la misteriosa pintada de Justin Bieber que hay en nuestro armario. A pesar de eso, me hace una ilusión tremenda el plan Cancún.

J., mi ex, decía que él no sería capaz de estar tirado en una playa y pensando "esto es México". Pues yo sí. No he comprado guía, ni me interesa la historia mexicana, ni la comida, ni conocer a coloridos personajes cancuneses. De verdad. Quiero ir a la playa, porque llevo dos meses sin tocarla, y quiero comer sushi en el restaurante japonés del hotel, porque con mi novio vegano solo voy de tofu en tofu, y quiero pedir servicio de habitaciones porque me hace ilusión, y quizá darme una sesión o dos de Spa. Quiero hacer snorkel, pero poco, porque el mar me da miedo (lo sé, lo sé, el nombre me lo pusieron regular), y no me importa que no me dé tiempo a sacarme la licencia para bucear, o lo que quiera que haga falta para ir con bombona porque, honestamente, el buceo me aterra.

Me da igual que irse a un resort de lujo en Cancún sea un poco decadente y nada, pero nada intelectual. ¡El hotel tiene un restaurante de algo llamado "comida molecular"! Y una cama gigantesca para compartir con Pablo, y ducha de lluvia, lo que quiera que sea eso, y cafetera en las habitaciones. Y playa, señores, PLAYA. De arena blanca, semiprivada, con aguas azules y... bah, me da igual cómo sea la playa, ¡¡es una playa!!

A veces me da la impresión de que llevo AÑOS esnifándome el mundo como si fuera coca, no queriendo más que abrirme a los demás, conocer nuevos lugares, nueva gente y ampliar mi zona de confort. Esta mañana hemos ido a escalar Pablo y yo a Espadelles, una hermosa zona de desplomes en la parte alta de la montaña que hay sobre el pantano. No os aburriré con grados y pegues, pero estoy escalando como una bestia. Paso un miedo que-te-cagas, claro, y me tiemblan los pies cada vez que los subo diez centímetros, y a cada nuevo paso pienso que los brazos me van a fallar. También escribo mucho, todos los días: este post es parte de mi desafío para escribir 1000 palabras diarias, y hoy es el 25º día consecutivo que lo cumplo. Avanzo a trompicones con mi novela y me pregunto si estoy escribiendo la mayor basura de la historia de la humanidad, y si tiene algún sentido pasarse diez años estudiando psicología y después retirarse a dárselas de artista.

Así que sí, de acuerdo: es probable que al segundo día esté hasta el potorro de playa y de sushi, o que mi estúpido fenotipo de falsa rubia me obligue a racionarme el sol, y que esté suplicando por una pirámide maya antes de que me dé tiempo a decir "otro cocoloco". Pero así a priori, unas vacaciones de relax decadente y diversión precocinada para turistas me parecen un plan estupendo.

Os dejo con una foto de mi maleta, con toda mi ropa enrollada para ocupar menos espacio. Es un truco que he aprendido hoy de Google y que está siendo la única luz divertida en el horrible túnel de hacer el equipaje.

Ni siquiera voy a llevarla como equipaje de mano. Es por entretenerme.

[Por cierto, me voy a llevar el ordenador y mi desafío de las 1000 palabras sigue en pie, así que lo más probable es que en estos días escriba para contar qué tal la comida molecular, el grado de mi moreno y otros asuntos importantes de nuestras aventuras cancunianas]

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Cómo se fomenta la lectura? ¿Y la masturbación?



Cuando era pequeña, todos los cuentos tradicionales me daban miedo. TODOS. Así que mi madre empezó a inventarse historias en las que solo pasaban cosas buenas. Un grupo de niños salía de excursión, celebraba un cumpleaños o iba a la playa, y todo iba estupendamente bien hasta llegar a la palabra FIN. Me grababa esas historias en un casette y me las ponía por las noches para que me durmiera.

Cómo saltó mi interés de las historias aconflictuadas de mi madre a los cuentos y libros de todo tipo, y después a querer escribir yo esos cuentos, es algo que se me escapa. Tampoco sé muy bien cómo empecé a leer, pero no recuerdo que nadie me obligara nunca. Más bien al contrario: yo quería leer todo el rato con una voracidad casi ridícula. Mis padres tenían que pedirme que leyera menos y que me relacionara con gente de verdad. Mi profesora me regañaba por pasar de sus explicaciones y leer mis libros debajo del pupitre. Mis habilidades sociales llegaban lo bastante lejos como para saber que pasar el recreo leyendo no era una buena idea, pero no me hubiera importado en absoluto.

Leía tanto que releía mis libros varias veces. Una vez aposté con mi primo a que era capaz de averiguar de qué libro se trataba, solo con que lo abriera al azar y me leyera un par de párrafos, y gané. Fulminé la biblioteca del colegio. Mi padre no me permitía comprar novelas con pocas páginas, porque "no me cundían", así que acabé leyendo Ben-Hur, Robin Hood o las obras casi completas de Julio Verne.

Toda esta introducción no es para vacilaros. Al fin y al cabo, a mí leer me gustaba. No tenía más mérito que mi amigo Maruchito Gamba, del que os hablaré otro día, y que se pasaba las tardes jugando a la Nintendo. Es para que entendáis hasta qué punto no empatizo con el concepto "campañas para el fomento de la lectura". Me sonarían igual de marcianas las campañas para el fomento de la masturbación adolescente.

Durante mucho tiempo, pensaba que nadie debería hacer campaña para que los demás leyeran: ¿por qué leer tenía que ser necesariamente bueno? A lo mejor los lectores estamos imbuidos de este aire de superioridad intelectual sin justificación ninguna. ¿Eres mejor persona por leer más que los demás? ¿Tienes más posibilidades de triunfar en la vida?

Hace un par de días, mientras íbamos en la furgo hacia Albarracín para hacer bloque con unos amigos, Pablo me preguntó si me gustaban más las películas o los libros. Yo me giré, lo miré fijamente y dije: "¿Eso es una pregunta de verdad?". Contestó que sabía que iba a responder eso, pero que le interesaba averiguar por qué; yo omití que era una forma muy rara de plantear la pregunta y me puse a pensar muy fuerte.

Escribir te permite imaginar más que las películas, claro. Es más portátil, y convierte cualquier lugar aburrido en una oportunidad maravillosa. Además, las historias te acompañan incluso mientras no las estás leyendo: sabes que tu protagonista espera con paciencia, incluso en mitad de la escena más emocionante, a que tengas un ratito para dedicarle.

Pero es que además leer es alucinógeno. Casi nunca estamos plenamente presentes en la vida real, pero sí que prestamos total atención a las novelas que nos absorben, así que, ¿quién sabe? Quizá la iluminación sea leer todo el rato. Además, leer te permite algo inaudito: meterte en la cabeza de la gente. Saber lo que piensan. Por muy bien que actúe alguien, es exactamente igual que mirar cómo habla tu vecina, o tu amiga, o tu compañero de trabajo. Deduces a partir de sus expresiones faciales. Con la lectura, entras en Matrix y ocupas su cerebro.

Ocupar cerebros ajenos debería permitirte entender cerebros ajenos, al menos en teoría. Debería darte más amplitud de miras. Porque ahora sé lo que es ser Marina, viviendo en un pueblito de Tarragona y compartiendo cama con un porteño igual de raro que ella, y también sé lo que es perderse en una isla desierta, enamorarse de una menor de edad, estar obsesionado con una estrella retirada del rock o morirse de cáncer. Más o menos, claro. Eso debería hacerme más sabia; lo que es seguro es que hace mi vida mucho más entretenida.

Volviendo al tema del principio: ¿cómo se fomenta la lectura? Porque leer es genial, esa es una afirmación con la que estoy 100% de acuerdo, y todos los niños deberían tener al menos un clima que fomente por igual su curiosidad hacia los libros. ¿Habría yo querido leer si mi madre no me hubiera contado historias felices a través del radiocasette de mi cuarto? ¿O si no hubiera visto a mi padre tirarse los veranos en la hamaca de la terraza, pasando páginas de sus gordísimas novelas (mi padre, como yo, piensa que si hay algo mejor que un buen libro corto es un buen libro largo)?

Un artículo que he leído hoy habla de concienciar a los padres para que lean con sus hijos diez minutos al día. Creo que pretenden fomentar que al menos los niños lean bien. No te puede gustar leer si no sabes hacerlo. Pero leer diez minutos al día es igual que no leer. Si estás leyendo de verdad, si lees algo que te encanta, no te conformas con diez minutos. Te faltan horas. Estás como Bastian, acurrucado en una colchoneta vieja, quizá pasando frío o haciéndote pis, y preocupado solo por que no se terminen las páginas del libro que estás leyendo.

Esta imagen es para dar vidilla al post.
Por cierto: ¿por qué el Bastian de la peli no está gordo?
¿Qué clase de director de casting gordófobo se atreve a desafiar el criterio de Michel Ende?

Así que no sé cómo se fomenta la lectura en los niños. Creo que se fomenta dejándolos jugar. Porque un niño que juega es un niño (algo más) tranquilo, y un niño tranquilo quizá lea. Se fomenta eligiendo buenos cuentos y contándoselos con interés antes de dormir, aprovechando ese intervalo altamente sugestionable del que siempre me hablaba mi amigo Anxo. Un niño que sabe que las historias hacen que sus padres estén cerca quizá lea. Se fomenta escribiendo buenas historias, historias adictivas, divertidas y soñadoras. Un niño que se engancha a un libro quizá lea. Se fomenta apartando a la familia entera de las pantallas, y no solo al niño. Un niño que no ve la tele como una recompensa quizá lea.

Me ha quedado un post largo, abstracto y sin una intención clara. En realidad, mi única intención cuando escribo sobre libros es transmitir lo muchísimo que me gusta leer, lo enormemente que ha mejorado mi vida desde que era un micaco miedoso y lo contenta que estoy de seguir teniendo esa oportunidad a mi alcance. Hablo de leer porque sé que os gusta leer, y que por eso habéis llegado hasta aquí, como Forrest Gump. A los que nos gusta leer no nos importa que otros divaguen sobre nuestro vicio, porque lo entendemos.

En cualquier caso, ¿qué opináis vosotros? ¿Se puede fomentar la lectura? ¿Es necesario? ¿Es mucho  mejor ir al cine que leer un libro? (Massobreloslunes: animando a la interactividad desde 2005)

Os quiero, lectores. En todos los sentidos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre escritura y privacidad

Hoy he publicado un post en Vivir al Maximo sobre blogging. Básicamente, defiendo que (casi) cualquiera puede beneficiarse de abrir un blog, aunque sea un blog personal, misceláneo, no planificado y no remunerado como este.

Ha habido un par de comentarios acerca de la privacidad, y la conveniencia o no de contar tu vida por Internet. Ese tema me ha hecho pensar desde siempre. De alguna forma, siento que existe la creencia general de que contar tus historias o tus intimidades a) no es verdadera "literatura"; b) solo te sirve a ti para exorcizar tus neuras, y es hasta cierto punto egoísta y c) tiene terribles consecuencias negativas porque amenaza esa "privacidad" de la que todos hablamos.

Después de nueve años contando mi vida en Internet, y de poner cada vez menos barreras a que la gente que me conoce en la vida real pueda verlo, he aprendido varias cosas sobre el tema.

En primer lugar, sí que hay mérito literario en hacer atractivo un blog personal: hay miles de blogs personales, y unos se leen más y otros menos, así que algo tendrán. Hace poco empecé un diario, porque pensé que me ayudaría a mantener la cordura escribir un rato al día sin pensar que nadie iba a leerlo. Mi diario es una mierda, literariamente hablando. En serio, no aguantaríais ni dos entradas. Está lleno de frases tipo "hoy ha sido un día un poco raro... me siento un poco desmotivada, pero bueno; ya se me pasará, supongo. O no. Me duele mucho la cabeza últimamente, ¿por qué será? En fin, yo qué sé; si no pienso en ello, quizá me duela menos". Y así durante páginas y páginas.

A este blog le dedico mucho tiempo. Quiero decir tiempo por cada entrada, porque es cierto que últimamente publico con menos frecuencia. Pero escribo desde la certeza de que hay gente que va a leerme y no quiero que se aburra. Recorto, corrijo y me quedo un rato mirando al infinito para buscar la palabra adecuada. No es ficción, pero intenta ser buena escritura.

Lo segundo que he aprendido es que en mí, personalmente; en mi vida concreta, con mis circunstancias, ser abierta sobre mi mundo interior me ha traído muchas más consecuencias buenas que malas. Ahora mismo solo puedo listar un par de consecuencias negativas (enfados por veces que he metido la pata), por un millón y medio de consecuencias positivas. Y lo más positivo no es que los lectores me lleven a comprar pintaúñas, que es genial. Lo mejor, para mí, es cuando la gente me escribe al correo, o me comenta en una entrada, y me dice: "me encanta tu blog, me siento identificado/a, me ayuda a sentirme menos solo, me río mucho". A lo largo de estos años, mostrarme como soy en Internet ha ayudado a otra gente a sentirse menos sola, y para mí en eso se resume la gracia de la escritura y la lectura. Encuentras a gente que te importa y sigues sus andanzas. Que esa gente exista o no es secundario.

¿Me importa que los demás conozcan mis intimidades? En general, no. Al contrario. Me hace sentirme segura. Quiere decir que hay un montón de gente que sabe mucho de mí y, aun así, me aguanta e incluso me aprecia. No tengo grandes secretos que me hundirían la vida si se supieran. Lo único que me preocupa un poco es que algún ex-paciente encuentre algo que haya escrito sobre él y se sienta mal, y por eso he censurado o eliminado algunos posts antiguos sobre mi trabajo. También me preocupa, lógicamente, que gente de mi vida real se sienta expuesta porque escriba sobre ellos aquí, y últimamente soy un poco más cauta con eso. Pero ha sucedido pocas veces.

Leer la intimidad de otra gente ha sido importante para mí. Además de la ficción, por supuesto, ha habido personas ahí fuera capaces de desnudarse, en uno u otro sentido (y la ficción es otra forma de desnudarse, solo que un poco más sutil) y mostrarme que ellos también son humanos, son vulnerables y sufren. Me ha ayudado Geneen Roth hablando de comida y emociones, o Natalie Goldberg contando sus inseguridades después de ser una escritora publicada y famosa. Me ayuda Jonathan Franzen hablando de superar la vergüenza en un capítulo particular de su novela, o Murakami mostrándose discretamente a través de su afición a correr.

Creo que hay un deseo terrible de enseñarse en todos los escritores, incluso en los autores de ficción más recalcitrantes, y ni siquiera estoy segura de que eso sea malo. ¿Para qué estamos aquí, si no? ¿Para fingir que tenemos vidas perfectas y respetables? ¿Para estar seguros de que nadie encontrará nada "raro" buscándonos en Google? ¿Qué es raro? Cuando la gente se entera de algo sobre ti, no pasa nada grave. No se cae el mundo. Están demasiado ocupados con su propio ombligo como para dar demasiada importancia al tuyo.

Ahora que estoy escribiendo una novela, voy descubriendo lo divertido y gratificante que es crear esa misma conexión a través de un personaje que no existe. Quizá mientras mejor escritora de ficción vaya siendo, menos necesite escribir sobre mí misma. No lo sé. Pero ahora pienso que escribo sobre mí misma porque este blog es, de hecho, la novela de mi vida, y que a lo mejor no es el mayor ejercicio de creatividad del mundo, pero la gente parece disfrutarlo. A mí me gusta que me conozcáis. No me siento invadida. Además, a mi loca cabeza le queda demasiado mundo interior sin compartir como para creer de verdad que aquí lo cuento todo.

Así que bueno, por concluir algo: que cada cual haga lo que quiera con su vida y con su blog. La privacidad es como el culo: todo el mundo la tiene, y a los demás tampoco les importas tanto. Haz lo que te haga sentir mejor a ti. Es reconfortante y divertido convertir tu vida anodina en algo que los demás disfrutan; y si es ególatra, neurótico o cualquier otra denigrante palabra esdrújula, no debería obsesionarte. No creo que al final del camino nos preocupe si conseguimos mantenernos lo bastante blindados a los ojos de otros. Más bien, creo que pensaremos "¿quién me conoció lo suficiente? ¿A quién dejé entrar de verdad en este triste y cansado corazón?".

Pero no sé. Es solo una forma de verlo.

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.