massobreloslunes

jueves, 19 de enero de 2017

Ser el exterior de otros

Esta mañana he mandado un mail hablando de la próxima publicación de la novela. Para los que estáis interesados: os podéis apuntar aquí y os avisaré. Si has recibido el mail de esta mañana, no hace falta que te apuntes de nuevo. Ya te he fichado y no puedes escapar, muahahah

(A ver, mentira, sí puedes escapar. Estarás siempre a un clic de la libertad. Pero una de mis reglas para la vida es: no desperdicies nunca una oportunidad para la risa malvada)

He recibido muchos mails muy cariñosos y entusiastas sobre la publicación de la novela. Gracias a todos. En este momento trágico de mi vida, en que escribo solitaria en mi piso, rodeada de gatos, comiendo legumbres para ahorrar y pasando frío por las noches, publicar la novela es una satisfacción enorme. Me emociona mucho que os haga ilusión, y confío en no decepcionaros.

Uno de los mails que he recibido me ha llamado mucho la atención. Me escribía una lectora contándome la pena que le da saber que Pablo y yo nos hemos separado, porque para ella éramos un ideal de relación (cito de memoria).

Es curioso. En primer lugar, habla mucho del poder de las palabras para llevar belleza a los rincones de la vida. Yo he llevado en mis 31 años sobre la Tierra una existencia pavorosamente normal. No he hecho grandes viajes, ni completado proyectos fascinantes, ni tenido tórridas aventuras. Como mucho, he hecho viajes divertidos, proyectos que no están mal y aventuras con un grado de torridez que probablemente la mayoría de vosotros también habéis vivido.

Pero ah, las palabras. A mí me pasa, conmigo misma. Leo lo que escribía aquí hace tres, cinco o diez años, y pienso: pero qué vida más guay llevaba esa chica. Cuando en realidad en el momento, mientras lo vivía, mi rutina era de lo más común.

Esta mañana he leído una frase en The Daily Stoic que creo que encaja muy bien con todo esto:

There is clarity (and joy) in seeing what others can't see, in finding grace and harmony in places others overlook. Isn't that far better than seeing the world as some dark place?

Hay claridad (y alegría) en ver lo que otros no pueden ver, en encontrar gracia y armonía en lugares que a otros les pasan desapercibidos. ¿No es mucho mejor esto que ver el mundo como un lugar oscuro?

Los humanos somos criaturas increíbles. Contenemos el mundo entero en nuestra mente. Podemos traer al aquí y al ahora todo el dolor y la alegría que hemos experimentado o que creemos que vamos a vivir. Y eso tiene una cara oscura, claro: cuando sufres porque sí, sin ningún riesgo inminente para tu integridad, porque te estás acordando de aquel chico que te partió el corazón o porque te da mucha pena no saber si habrá una quinta temporada de Sherlock (le pasó a una amiga).

Pero tiene una cara fantástica, y es que uno puede entrenar la capacidad de traer luz al presente escribiendo sobre él. Eso es lo que he hecho yo en este blog para mí misma todos estos años. Escribes, y relacionas unas cosas con otras, y bañas tu realidad con la extraña belleza de una especie de poesía. Después la recuerdas así, con ese discreto halo de luz, y tu pasado se redime.

El efecto también es visible para algunas personas de tu alrededor, como supongo que le pasó a la chica del mail. A mí me ocurre con los poetas y los cantantes, cuando pienso que me encantaría ser la chica a la que Sabina le escribió Y sin embargo o A la orilla de la chimenea.

Luego está la realidad, claro, y la realidad siempre es menos poética de lo que parece. Pasa conmigo y con Pablo, y seguro que también con Sabina y sus mujeres; al fin y al cabo, lo que dice Y sin embargo es, básicamente: pienso en ti, pero me estoy acostando con otras.

Así que este post tiene dos moralejas (oh, my god, la psicoescritura se está apoderando de mi alma y ya no puedo escribir sin leccioncitas).

La primera es que no compares tu interior con el exterior de otros. Sobre esto escribí en Psicosupervivencia hace tiempo ya. Y, sobre todo, no compares tu interior con mi exterior, el de Marina, porque yo soy una persona muy normal con una vida interior muy rica que la salva del suicidio, sí, pero que a veces es difícil compatibilizar con la alegría.

La segunda, la más importante, es que tú puedes traer a tu realidad, sea la que sea, esa misma belleza y esa luz que ves en las vidas de otros, y que muy probablemente el arte (o su sucedáneo) tenga mucho que ver con eso. Mis partes favoritas de mi vida son las que he escrito. Seguro que tú, lectora del mail de hoy, puedes escribir sobre el lugar donde quiera que estés ahora. O pintar, o hacerle fotos, o scrapbooks, o escribir con caligrafía bonita una frase que escuches hoy por la calle.

La belleza está a un paso de distancia. Y es lo más infravalorado y misericordioso de ser humano.

viernes, 6 de enero de 2017

Last Christmas I Gave You My Heart

Estoy sentada en el salón de mi piso, mirando con nostalgia anticipada las luces epileptógenas del árbol de navidad. El enchufe no hace bien contacto, así que cada dos por tres se reiniciar y se pone en modo variado, convirtiendo la esquina de mi salón en un momentáneo Las Vegas.

Este año me da pena que se acabe la navidad. En primer lugar, porque me he tomado mis primeras vacaciones totales (es decir, completamente desconectada del mail y del trabajo) en casi tres años. Esto no quiere decir que haya estado tres años trabajando sin parar; quiere decir que no me he tomado periodos de desconexión totales en este tiempo, lo que no me hace fuerte y trabajadora, sino poco organizada.

En realidad, son las primeras navidades completas y de verdad que tengo desde el instituto. Durante la universidad, los exámenes de febrero siempre planeaban amenazadores sobre mi cabeza. Tenía trabajos pendientes y libros que leer. Y durante el PIR casi nunca podía tomarme todos los días. Así que hacía mucho que no tenía unas navidades como cuando era pequeña: tiempo libre a espuertas para vaguear y desayunar mantecados con el pijama puesto.

Ahora estoy un poco triste. Creo que me doy miedo a mí misma. Me da miedo entrar otra vez en la espiral de no parar de trabajar y sentir que todo el peso del mundo recae sobre mis hombros.

Tengo intención de seguir escribiendo aquí. Pero estoy oxidada a niveles máximos, así que es posible que durante un tiempo solo veáis posts como este: desconectados y con bastante poca chicha.

Por otra parte, mi novela sale en breve ;) Esta vez de verdad. Y por "en breve" quiero decir "en menos de un mes". Así que stay tuned.

martes, 3 de enero de 2017

La pareja china (no tengo claro si este título es racista)

Anoche bajé al chino que hay enfrente de mi nueva casa a comprar leche semidesnatada. Dentro hacía un frío que pelaba: los chinos nunca ponen calefacción ni aire acondicionado, y supongo que es parte de lo que tienen de terrible y meritorio. Detrás del mostrador, un chico y una chica veían vídeos en un ordenador, embutidos en sus abrigos y cogidos de la mano.

Busqué la leche desnatada y la llevé al mostrador. "Uno con diez", me dijo la chica, muy sonriente; pagué, me dio el cambio y volvió a sentarse frente a la tele y a cogerse de la mano del chico.

Estaban muy bonitos desde mi posición: tan quietos, casi olvidados del mundo. Y seguro que no son la pareja perfecta. Seguro que se pelean y se ponen celosos y dudan. Pero ayer parecían tenerlo tan claro. Y brillaban con luz propia tras el mostrador de la tienda, tapados hasta las cejas, mientras un cantante gritaba en chino desde la pantalla del portátil.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El hijo de J.

Hace algún tiempo escribí esto.

Para quien no tenga ganas de hacer arqueología bloguera, hablo de mi ruptura con J., de cómo él "ganó" porque empezó antes con otra chica, y de una fantasía recurrente que tuve durante mucho tiempo en la que me encontraba con él, acompañada de un chulazo yanqui llamado Alan o Adam, y no solo iba a publicar mi segunda novela, sino que estaba embarazada de mi primer hijo.

Avancemos algo mas de cinco años desde ese post.

¿Listos? Ya.

Estoy sentada frente al mar en el Mandala, uno más de los bares modernitos que han conquistado el paseo marítimo de Pedregalejo. He quedado con J. casi por casualidad: esta mañana paseaba por aquí, me he acordado de él, le he escrito un whatsapp y de repente estamos el uno frente al otro, después de casi tres años de comunicarnos por medio del chat de Facebook y de llamadas de cumpleaños.

J. está igual. No se ha quedado calvo, como soñaba yo en mis fantasías de venganza; quizá está más delgado, pero siempre ha sido flaco y nunca me importó. Me cuenta de su vida en Leipzig, sus proyectos, su nuevo blog. Yo hablo un poco de mi ruptura con Pablo, de mi nuevo piso en el centro de Granada y de mi catastrófica cena familiar en Nochebuena.

- ¿Qué tal tú con K.? Me habías dicho que tenías novedades -. K. es su novia alemana; la conocí hace tres años en Cádiz y me pareció una chica interesante y lo bastante buena persona como para aguantar que su novio se lleve bien con su ex.

- Pues verás - me dice -, te tengo que enseñar una foto un poco diferente.

Hay algo que aprendes rápido en la franja de edad que hay entre, digamos, los veintimuchos y los treintaypocos, y es a predecir rápidamente los anuncios de embarazo. Las posibilidades son limitadas, y mientras más tratan de sorprenderte, más los ves venir. Aun así, me sorprendo durante los dos segundos anteriores a que J. me enseñe una foto de un predictor. Ha dibujado un gato detrás, de forma que las dos rayas del positivo parecen los ojos.

- ¿Te gusta el gato? - me pregunta, sonriendo.

Me entusiasmo, le abrazo, le doy la enhorabuena. J. siempre había querido tener hijos. "Yo a la mujer de mi vida me la tengo que imaginar empujando un carrito", me decía. Va a ser un buen padre, entusiasta y un poco excéntrico; quizá acapare demasiado los juguetes de navidad de su hijo, pero será buen padre, seguro.

Seguimos hablando, del hijo (das Kind, me explica, con el artículo neutro delante, porque K. sabe el sexo, pero él no ha querido enterarse aún) y del resto de la vida. Para él, claro está, los dos conceptos están ya entremezclados: no hay vida sin das Kind, ni viceversa.

Después me voy a casa y reflexiono sobre el tema. Y ahora me vais a permitir que me cite a mí misma, porque de qué sirve tener un blog si una no puede hacer cosas como esa, y voy a pegar aquí un párrafo de la novela que no sobrevivió a una de las últimas revisiones.

Para que os pongáis en situación: al Joan, el protagonista, su ex (Irene) le acaba de decir que va a casarse:

Cuando vivían juntos e Irene compraba alguno de aquellos artículos de decoración que tanto le gustaban, como el enorme florero art decó o la mesita de centro de color fúcsia, siempre le decía a Joan que le diera una oportunidad. “Tu mente necesita adaptarse. En un tiempo ni la verás”. Imaginó que ahora su mente tenía que adaptarse a la idea de Irene casada con otro; por otra parte, la mesita fúcsia nunca había llegado a gustarle.

Mi mente trata de adaptarse a la mesita fucsia de das Kind, mientras me pregunto si esto me molesta o si debería molestarme.

No me molesta que J. vaya a tener un hijo con otra. No quiero tener los hijos de J., de verdad que no. No estoy celosa, ni arrepentida, ni quiero entrar en la iglesia el día de su boda mientras grito "¡deja a esa furcia teutona y vente conmigo!".

No me molesta que K. esté embarazada y yo no. Si empiezo a sufrir por todas las mujeres de mi edad que se quedan embarazadas, me espera una década fabulosa.

Bueno, seamos honestos: sí que hay una sombra molesta de "por qué ella sí y yo no". El problema es que tengo demasiado entrenada a la parte pragmática de mi cerebro, que me dice enseguida: pues porque ella tomó decisiones distintas. Eligió otros cruces en el camino que la han llevado a este lugar. Y la voz pragmática tiene razón, y me convence bastante pronto.

Además, cada vez percibo de una forma más clara que esto de la vida no es cuestión de "unos sí y otros no", sino que estamos todos en planos completamente distintos, con retos y aprendizajes individualizados, como el interior del despacho 101 o los peligros de Hunger Games. Así que compararme con J. o con K. no es como comparar peras con manzanas. Es como comparar peras con sonetos de Quevedo, o con el índice Nasdaq.

Así que quizá la noticia no me molesta en absoluto. Quizá la Marina de hace cinco años, que fantaseaba con restregarle a J. a su maromo de los USA por delante, no es la misma que la de ahora. Quizá me he dado cuenta de que todo esto no va de ganar y de perder, sino de hacerlo lo mejor que uno puede con la información de que dispone en cada momento.

Puede que das Kind sea simplemente raro.

Pero está bien, eso. Puedo lidiar con lo raro.




miércoles, 8 de junio de 2016

Todo es mejor en Granada


Estoy en la terraza de mi casa de las afueras de Granada, y miro cómo cae despacio la oscuridad mientras la fresquita se mezcla con el calor que desprenden las paredes. Esta tarde la he pasado en la biblioteca de mi pueblo, dejando que el aire acondicionado me empapara los huesos. Salgo contenta, caminando entre el aire espeso, con el sol de media tarde rebotando en mis gafas, pensando que las bibliotecas son lugares esencialmente buenos.

En las bibliotecas del mundo está mi hogar, oh-ah-uh.

Estoy leyendo Skagboys, la precuela de Trainspotting. ¿Cómo yo, que soy dulce, y sensible, y casi rubia, he acabado leyéndome entera esta trilogía tan sórdida? Los personajes se dan palizas, se chutan y se prostituyen. Hace un par de semanas estuvo mi padre en casa, y cuando vio el libro sacudió la cabeza. "¿Está bien?", le pregunté yo. "Bueno... bien, bien, no es la palabra", contestó él, y se estremeció un poco.

Salgo de la biblioteca, entonces, con Skagboys pesándome en el bolso. Me he prometido que si escribía lo suficiente, me iría a tomar un batido al centro comercial del Serrallo. Resulta que hay un puesto de batidos de frutas, que es obviamente impersonal y que está en mitad del edificio, hecho de plástico, infestado de capitalismo satánico y tal, pero los batidos están riquísimos, y se está fresquito, y entra la luz por el techo, así que Pablo y yo vamos mucho.

Pero mientras camino hacia el coche me entra la duda: ¿y si cierran pronto? Así que me voy a casa y saludo a la gata, que se revuelca entusiasta contra el suelo de mármol, y abro las ventanas para que empiece a correr el aire: hay que aprovechar cuando cae el sol, como en una especie de Ramadán de la temperatura. Y me hago el batido que me pensaba pedir en el Serrallo: leche con plátano, miel y cacao en polvo.

Me tumbo en el sofá, batido en mano, con Skagboys sobre los muslos. Recuerdo que una compañera de piso traductora me dijo una vez que habían usado Trainspotting como proyecto de clase, y que era muy complejo. La edición de Anagrama está llena de notas al pie, muchas de ellas de argot rimado: utilizar una referencia que rima como sustituto de la palabra. Por ejemplo, "echar un Nat King" es echar un polvo (Nat King Cole = hole = polvo). Todo el libro está salpicado de oscuras expresiones escocesas, y pienso en que el traductor debe de tener un conocimiento muy profundo del dialecto y de la cultura  escocesa, y que resulta bonito cuando alguien conoce algo en profundidad. Y también que es un arte sutil traducir toda la jerga de Leith que vomita Welsh y convertirla en algo que no suene a Leticia Sabater puesta de coca. "Los traductores españoles son mejores que los escritores españoles", me dijo una vez mi madre. Quizá tenga razón. No leo a los suficientes autores españoles como para saberlo.

Después me levanto, doy un par de vueltas por la casa, saco el ordenador, contesto mails y finalmente decido salir a la terraza. No tengo claro que haga más fresco fuera que dentro, pero me da igual: se está bien aquí, con la mesa de plástico cubierta con un hule violeta, observando cómo se apaga el cielo y se encienden las farolas.

Estoy tan catetamente feliz de estar de vuelta en Andalucía que me da hasta vergüenza no querer vivir en otro sitio ni ser una nómada digital. Estoy feliz bajo este calor desenfrenado. Me gusta huir de él en las bibliotecas que pisaba cuando estudiaba aquí, y al salir de allí, en chanclas, con un libro bajo el brazo, me siento igual que entonces, cuando me iba a estudiar con una novela de Henning Mankell debajo de los apuntes.

Hoy hablaba con Warren, un amigo de EEUU que vive en Almería. "The problem with Andalucía", me decía él, consternado, "es que durante tres meses no puedes hacer básicamente nada durante el día en el exterior". Ah, my friend, pero es que esa es la cuestión. That's the deal. Tienes que aprender a echar siesta y salir por la noche con la fresquita a la terraza de casa, a darte palmadas en los muslos para ahuyentar los mosquitos. Así te adaptas, como andaluz, igual que se adapta el resto de la humanidad a los rincones de este raro planeta.

Pero it's fucking worth it, man. O como se diga eso en argot rimado.


sábado, 21 de mayo de 2016

La diferencia entre los 20 y los 30

La razón por la que no escribo en este blog es que vivo con Pablo. Lo que no es ni bueno ni malo; él no tiene la culpa de que yo encuentre la forma de seguir escribiendo aquí y conviviendo con él. Pero en cuanto paso más de dos horas seguidas sin él, me empiezan a entrar ganas de escribir: es automático. No es solo una cuestión de tiempo ni de espacio: creo que el problema es que satisface demasiado bien mis necesidades de comunicación íntima.

Ahora, por ejemplo, estoy en Cádiz, en el piso de Soraya, mi R pequeña (es decir: una de las que empezó la residencia después de mí). Ella se ha ido a un curso en Madrid y me ha dejado las llaves de su fantástico piso en el centro: pintado de azul, con techos altos, cocina americana y miles de libros. Podría ser mi casa. Me he acordado de cuando vivía sola en la Viña y he pensado, como siempre que pienso en este tema, que debía haber aprovechado más aquel tiempo, haberlo saboreado mejor, porque ahora es probable que, si todo va bien, no vuelva a vivir sola nunca.

Por supuesto, es una trampa de la mente. Disfruté muchísimo aquellos dos años. Si releéis mis entradas de aquella época, se ve con mucha claridad. Y al mismo tiempo, tenía muchas ganas de encontrar a Pablo. Supongo que a posteriori es fácil pensar que no has disfrutado lo bastante de algo, que tenías que haber permanecido despierta por las noches pensando en lo fantástico que era poder ordenar las especias a tu manera.

Aquí, sentada en la mesa de Soraya, tengo ganas de escribir. Y el tema es el del título: la diferencia entre la veintena y la treintena. Apenas tengo un año de experiencia en la treintena, y algo me dice que tener 31 no es lo mismo que tener 39, pero ¿para qué está la blogosfera, si no es para escribir larguísimos textos sobre cosas sobre las que tampoco sabes tanto?

Asi que vamos allá.

Encuentro dos diferencias fundamentales, dos, entre los veinte y los treinta.

La primera es que a los veinte el coste de oportunidad de tu tiempo es muy relativo. Hay por ahí una tipa que escribe libros sobre cómo es importante tomar buenas decisiones en tu veintena, porque el tiempo se acaba y tictactictac. Sin embargo, no hay ninguna decisión que tomar en la veintena y que no tenga ningún tipo de arreglo en la siguiente década. A no ser que te amputes un brazo o algo por el estilo.

Puedes cambiar de carrera, de trabajo y de pareja. Puedes no pensar ni cinco minutos en si vas a reproducirte o no. Puedes vivir donde quieras, alquilar siempre y no comprarte un coche. Es una década muy liviana.

El primer shock de los treinta es que estos años tienen consecuencias más importantes para ti, al menos si eres mujer. Tienes que tomar decisiones sentimentales y reproductivas que podrían no tener vuelta atrás.

Lo importante no es lo que decidas. Yo creo que pueden llevarse vidas buenas en casi todas las circunstancias. Lo importante es que te das cuenta de que no eres inmortal y empiezas a tener la sensación de que las puertas se van cerrando frente a ti.

Es como ir a un buffet y empezar a picotear aquí y allá, saboreando los platos, sin demasiado interés... y cuando vas a servirte de nuevo, porque todavía tienes hambre, darte cuenta de que ya han empezado a retirar la comida y nadie te ha avisado.

Ya no tienes todo el tiempo del mundo. Ya no eres libre e inmortal. Tictactictac.

La segunda diferencia fundamental entre los veinte y los treinta es la perspectiva. Con un poco de suerte, para cuando llegas a los treinta ya has vivido una o varias de estas experiencias:

  • Ideas que considerabas inamovibles han cambiado.
  • Te has dado cuenta de que sentirte vieja a los 23 era estúpido.
  • Has odiado a gente a la que antes amabas, y viceversa.
  • Te has sentido indiferente sobre personas y actividades que al principio te importaban muchísimo.
  • Te has dado cuenta de que no sabías nada sobre algo y antes pensabas que sí.
Eso está muy bien, porque durante la treintena puedes utilizar esa perspectiva para tu beneficio. Puedes elegir sentirte joven aquí y ahora, porque sabes que te quedan muchos lugares desde donde mirarte y darte cuenta de que realmente eres joven. 

Puedes aferrarte menos a las ideas y a las personas, y abrirte a la perspectiva de que tus opiniones cambien.

Puedes sentir que no sabes nada sobre algo, y es mucho más agradable de lo que parece.

Así que las dos diferencias fundamentales que he notado entre los 20 y los 30 son la falta de sensación de inmortalidad y la perspectiva. Creo que ambos cambios son buenos. Si consigues sacudirte de encima la melancolía de "el tiempo pasa y algún día estaré muerta", te es posible disfrutar más del presente que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos todos.

Otras diferencias, menos importantes pero también curiosas, son:

- Dejas de ser la más joven de cualquier sitio. Ya no eres precoz en prácticamente nada. De hecho, es fácil empezar a sentir que te estás quedando atrás. Pero es ilusorio: ¿atrás de quién? ¿En qué carrera te crees que te has metido?

- Tus amigos empiezan a casarse y tener hijos. Hasta los más hippies y alternativos están buscando maneras de vivir más o menos dentro de la norma. Quizá sea porque la norma no está tan mal. Probablemente tiene sentido vivir tus veinte sabiendo que en algún momento de tus treinta vas a desear lo que tienen todos los demás (¡ojalá alguien me hubiera dado este consejo antes!).

- Tu percepción de la edad de los demás cambia. Los de veintitantos te parecen jovencísimos. Los de cuarenta te parecen "casi de tu edad". Con suerte, tienes amigos de muchas edades.

- Todo te la suda más. Eso es fantástico. Hace unos días le decía a Pablo que estoy empezando a convertirme en la típica vieja impertinente que dice lo que se le pasa por la cabeza. ¡A los 31! Tengo la esperanza de que esto solo vaya en aumento. 

- Dejas de tomar a tu cuerpo por sentado. Te duelen algunas articulaciones. Ya no haces deporte para estar mona, sino para prevenir achaques (por otra parte, creo que escribí algo muy parecido cuando tenía 25 y empecé a nadar. Quizá siempre he tenido 30 en mi corazón. O 50).

- Te das cuenta de que miras a chicos que ya son demasiado jóvenes para ti o están demasiado buenos para ti. Esto es genérico: todos sabemos que existen Demi Moore y Madonna y que todo es ponerse. Y en realidad, yo no tengo ningún interés en buscarme un toyboy, gracias. Pero es curioso ponerte en los ojos del chico y saber que para él eres casi una señora. 

- En la misma línea: ves que la gente te trata como a alguien mayor, y que tú te sientes más o menos igual. En mi cabeza, tengo exactamente el mismo aspecto que cuando entraba en la facultad hace ya casi (gasp) diez años. Pero cuando veo a los estudiantes en Granada me doy cuenta de que NO, definitivamente ya no tengo ese aspecto. 

Los treinta es esa etapa en la que puedes seguir sintiéndote joven, siempre y cuando no te compares con jóvenes de verdad.


En general, mi balance es bueno. Y estoy convencida de que mientras más años cumpla, más a gusto me voy a sentir en mi piel. Solo tienes que aprender a vivir con las pérdidas, porque cada vez van a ser más y mayores hasta la Pérdida Definitiva (AKA La Muerte), y concentrarte en lo que tienes delante.

Porque no es verdad que las puertas se cierran, y nadie se ha llevado la comida. Las puertas se siguen abriendo, siempre y cuando cruces las que tienes enfrente con decisión.

lunes, 11 de abril de 2016

Werther's Original de avellana y almendra

Estoy sentada en el Pont, que es como le llamamos al bar del camping que abrieron en verano frente a nuestra casa. Tiene mesas de madera y estufa de leña, y me gusta tanto la música que ponen (pop-rock español de los últimos 30 años, AKA la duración de mi vida) que paro cada dos por tres para tararear y me cunde poquísimo. Paula, la dueña, se parte de risa conmigo porque dice que me las sé todas. "En serio - le contesto yo - es que esta podría ser mi lista de reproducción".

El Pont es probablemente lo tercero que más voy a echar de menos de aquí. Un lugar donde trabajar a gusto es un lujo cuando eres freelance. Me gusta venir y sentarme un rato en la barra con Paula o con Jose, su marido. Paula es catalana y Jose es sevillano. Son como un chiste con patas: él se ríe de la sardana y ella me cuenta, preocupada, que este verano va a ir a un festival de cante jondo y no sabe si va a gustarle.

Después vengo a una de las mesas y me pongo a trabajar con mi infusión, o mi colacao, y mordisqueo el caramelo que ponen siempre con las bebidas: los Werther's Original de avellana y almendra. A Pablo le encantan, así que para su cumpleaños le compré a Paula y a Jose la mitad de una de sus bolsas industriales. Esparcí doscientos cincuenta caramelos por toda la casa; cuando los vio, Pablo me dijo: "gracias, ¡me has regalado diabetes!".

¿Qué pasó con los doscientos cincuenta caramelos del cumpleaños de Pablo?

Nos comimos gran parte de ellos. Estaban demasiado accesibles.

También le regalamos un puñado a Ana, la que lleva la tienda del pueblo. Ana es rumana (rum-Ana!) y creo que está tan hasta el gorro del pueblo como yo. Ahora se está sacando el carnet de conducir, y temo que cuando lo consiga huya de aquí sin mirar atrás. Habla una mezcla muy curiosa de catalán y español, y a veces, cuando voy a comprar, me secuestra la compra detrás del mostrador para que me quede hablando un rato con ella.

Otros pocos se los llevó la hermana de Pablo, que vive en Madrid y nos cuida a Kalimera cuando estamos de viaje. Kalimera es la cosa número 1 que me llevo del pueblo, pero no es lo que más voy a echar de menos porque se viene con nosotros. Cuando paso por delante de la tubería donde la encontramos me acuerdo de cómo maullaba, pobrecita, como un pájaro histérico, y no me puedo creer que el culo gordo que tiene ahora le cupiera alguna vez en ese hueco.

Un gran porcentaje de los caramelos se los comieron Vane y Simón. Vane y Simón son lo segundo que más voy a echar de menos, aunque no viven aquí, sino en el pueblo de al lado. Si no fuera por ellos, nos habríamos muerto de pena. Aunque tardamos meses, a nuestro estilo, en quedar con ellos por primera vez, ahora somos asiduos a su casa a medio restaurar y a las cenas de verduras al horno que prepara Vane en honor de Pablo.

La última persona que comió caramelos de cumpleaños fue Oli, el hijo de Simón y Vane. Oli va a ser lo que más voy a echar de menos de aquí. Tiene trece años y es un librepensador. Le gustan los robots, las películas postapocalípticas y, más recientemente, una chica de Barcelona a la que conoció en un campamento. A veces se viene a cenar a casa, hacemos palomitas y las comemos en el sofá mientras vemos una peli en el proyector. Dice siempre lo que piensa, y cuando sonríe entrecerrando los ojos me derrito un poco.

El problema con Oli es que cuando volvamos a Margalef, de aquí a unos meses, o a un año, todo estará más o menos igual. Paula y Jose seguirán con sus bromas bilingües, Ana seguirá mezclando idiomas detrás de la barra y el perro loco de mi vecino seguirá ladrando como un chalado cada vez que nos lo encontramos al salir de casa. Vane seguirá teniendo su humor andaluz y su genio nórdico, y Simón seguirá haciendo juegos de palabras como "si el que cura los huesos es el osteópata, el que cura la psique qué es, ¿el psicópata?".

Pero Oli no. Oli estará más alto, quizá con la voz ronca, o con cuatro pelos tiesos en el bigote. Ya no querrá ver pelis postapocalípticas ni hablar de robots inventados. Y en unos años más se afeitará, y no dirá tres palabras seguidas, y nosotros, Pablo y yo, ya no seremos parte de su vida cotidiana, sino una gente que viene de vez en cuando y le dice "qué grande estás".

Así que quizá Oli no sea lo que más voy a echar de menos del pueblo. Quizá Oli, este Oli, sea lo único que de verdad va a quedarse aquí y a no volver nunca.