massobreloslunes

lunes, 3 de agosto de 2015

Konmari 3: Papeles y Komonos

Cuando empecé Psicología le pregunté a mi madre: "Mamá, ¿tú guardabas los apuntes de tu carrera?". "Sí", contestó ella. "¿Y alguna vez los volviste a leer?". "No". En ese momento, tomé la decisión de tirar todos los apuntes de la carrera cuanto antes. Asignatura que aprobaba, asignatura que tiraba. Mis compañeros me miraban horrorizados. Es increíble el apego que uno puede tomarles a los apuntes: te ha costado un montón de horas recogerlos, subrayarlos, organizarlos, pasarlos a limpio si perteneces a la extraña raza que lo hace. Han sido tan importantes para ti... ¿y si te hacen falta en el futuro? A mí nunca me hicieron falta, y siempre agradecí no tener que acarrearlos por mis doscientos pisos de estudiantes.

Esta es una introducción que quiere decir que nunca he tenido problemas para tirar papeles. A pesar de eso, Marie Kondo también me ha dado valiosos insights sobre el tema.

El más importante es: no guardes el material de los cursos a los que vayas. Lo acumularás durante años, esperando el momento en que tengas tiempo para repasarlo, y no lo harás nunca. Lo importante de los cursos es el curso en sí, la oportunidad de estar cara a cara con el profesor o el ponente. Marie dice: "presta atención a los cursos sabiendo que vas a tirar el material", lo que no es más que una forma de recordarte que permanezcas presente y no confíes en que en el futuro serás capaz de sacar más jugo que ahora a lo que estás viviendo.

Los papeles, por supuesto, no dan felicidad, pero algunos tienes que guardarlos, incluso en el mundo happy-flower-guarda-lo-que-te-haga-feliz de Konmari. Ella te aconseja que los guardes todos juntos para que ocupen menos espacio, y para poder revisarlos cada vez que busques uno y tirar los que ya no te sirven (garantías caducadas, contratos antiguos, etc.).

Después de los papeles, vienen los Komono: los objetos varios que no pertenecen a ninguna categoría. Tú sabes cuáles son tus Komono. En un rincón de tu mente, eres consciente de que tienes guardadas unas 300 orquillas oxidadas, varias cajas de cosméticos que nunca usarás, los DVD's sobre la Guerra Civil que regalaban con el periódico y que nunca viste, esa hucha de monedas de céntimo que te va a costar la relación con el director de tu banco... etc. Marie te aconseja, de nuevo, que lo juntes todo, aunque esté en habitaciones diferentes, y sostengas cada objeto en tu mano haciéndote la clásica pregunta: "¿esto me hace feliz?".

Algo muy interesante de la visión de Marie tiene que ver con el dinero que te cuesta almacenar objetos. Según ella, si guardas algo "por si te sirve", y ese algo está ocupando espacio en tu piso, equivale a decir que te está costando dinero, y que te saldría más barato deshacerte de él y comprarlo de nuevo si vuelve a hacerte falta dentro de dos, tres o diez años. Si vives en un micro-piso japonés súper caro, imagino que esto tiene todo el sentido del mundo. Y si vives en una casa enorme, pero estás harta de guardar esa cajita de tornillos que compraste hace siglos y no has vuelto a utilizar, pues Marie te quita el sentimiento de culpa, que tampoco está mal.

Mi consejo para ordenar Komonos es: dales un par de vueltas. Hay objetos que sobreviven a una primera ronda y caen en la segunda como un escalador novato en una compe. También te recomiendo que los ordenes en algún lugar que te permita apartarlos hasta que puedas colocarlos todos: una montaña de objetos varios tirada durante días en tu cama/suelo no es agradable y te puede desmoralizar.

Ahora, mis fotos:


Libros y papeles, antes

Libros y papeles, después

Komonos, antes (sí, eso son condones, que os veo venir)

Komonos, después

Como comentaba Silvia en uno de los posts anteriores, vivir de alquiler + 50000 mudanzas + anti-Diógenes hace que en realidad mi situación de partida sea bastante buena. Aun así, ya veis que incluso siendo ya casi minimalista, el Konmarismo limpia, fija y da esplendor.

Una nota sobre los libros: como veis, los he almacenado de forma horizontal después de ordenarlos. Estoy segura de que Marie tendría algo que decir acerca de cómo así los de arriba aplastan a los de abajo y, en fin, se forma todo un injusto microcosmos capitalista, pero de la otra forma se les estaban deformando las tapas con la humedad. Así parecen mucho más felices.

A ver si en esta semana grabo el micro-vídeo de mi armario y ya termino con el Konmarismo extremo. ¡Prometo cambiar de tema pronto!

Se os quiere ;)

lunes, 27 de julio de 2015

Pelis

Ayer me acosté pensando que las relaciones más intensas y los momentos más románticos de mi vida solo han existido en mi cabeza. Quiero decir románticos de dramáticos, torturados y peliculeros. Si los participantes de esas fantasías supieran todo lo que hicieron en mi mente, se asustarían. Y no estoy hablando de fantasías sexuales. Imagino que las mujeres nos asustaríamos si viéramos las perversiones que hacemos en las cabezas masculinas; ellos se quedarían muertos si vieran lo cursis que son en las nuestras, o al menos en la mía.

Cuando era adolescente, por ejemplo, y todos (TODOS) mis amores eran platónicos, porque yo era fea y tímida y sosa, mi enamorado me salvaba la vida, o yo se la salvaba a él, y así me iba a dormir cada noche, imaginando una escena donde uno estaba arrodillado haciéndole al otro el boca a boca.

Después la cosa se puso más interesante, porque por fin empezaba a pasar algo en la vida real, y entonces las fantasías evolucionaron a relaciones complejas y fascinantes. Así, el tío con el que en la realidad me había dado dos besos y después había pasado de mí, se transformaba en un hombre profundo y comprometido que me decía que esos besos no le bastaban y no podía vivir sin mí.

Luego llegaron las propuestas de matrimonio. Recuerdo una particularmente compleja que tenía lugar en un saco de dormir, dentro de un refugio de montaña. Por aquel entonces, también fantaseaba con bodas, aunque después llegué a la conclusión de que imaginarme cómo arreglar la mesa principal con el desastre post-divorcio de mis padres era demasiado esfuerzo y no compensaba.

En un rincón particularmente oscuro están las pelis que me montaba con hombres que tenían pareja. Estas eran complicadas. Yo no quería rupturas ni divorcios, ni siquiera en mi cabeza, porque en el fondo me daba pena, así que a veces solo imaginaba que nos sentábamos de la mano sabiendo que lo que sentíamos el uno por el otro era profundo pero que, simplemente, no podía ser.

Y es curioso, porque a veces me doy cuenta de que recuerdo a las víctimas de mi mente con emociones que tienen más que ver con lo que sucedió en mi cabeza que en la realidad. Entonces me pregunto cuál es la diferencia, teniendo en cuenta que mi mundo es, de hecho, mi cerebro. Y me digo que me habría ahorrado muchos disgustos si el porcentaje de amor fantaseado hubiera sido todavía mayor.

viernes, 24 de julio de 2015

Konmari 2: Libros

Pues resulta que no nos va Internet porque la obra que están haciendo frente a casa ha tocado un cable, o algo así, por lo que no puedo adornar mis fascinantes (ejem) crónicas sobre el orden con fotos y vídeos, que sería lo suyo. Puedo conectarme a Internet, pero es por móvil y tengo que ahorrar megas. Así que vuelvo a la crónica verbal tradicional, y colgaré las fotos y vídeos cuando el de Telefónica se deje caer por el pueblo.

Varios días después de ordenar mi ropa, he de decir que el efecto del Konmarismo ya se deja sentir. Es curioso, porque tengo mucha menos ropa y, aun así, me da la sensación de que tengo más o, al menos, de que disfruto más la que tengo. Saber que todos los días me voy a poder poner ropa que me gusta, aunque sea más o menos la misma, se siente extrañamente lujoso.

Después de la ropa, Marie te dice que ataques la segunda fuente de acumulación de muchas personas, sobre todo los gafapasta como una servidora: los libros.

Yo tengo un interés personal por tener pocos libros que se resume en que pesan muchísimo en una mudanza, así que compro la mayoría en versión Kindle, tomo muchos prestados de la biblioteca y trato de deshacerme rápido de los que no me gustan. 

Teniendo esto en cuenta, ha sido una sorpresa deshacerme de 35 de los 75 libros míos que hay en casa. ¡¡35!! Si me hubieran dicho que me sobraban tantos libros, no lo hubiera creído.

Como buen seguidor del culto Konmariano, tienes que tirar todos tus libros al suelo y después cogerlos en tus manos uno por uno, preguntándote si te hacen feliz. Aconseja empezar primero por el "Salón de la fama": esos libros que no tirarías ni muerta porque quieres que estén conmigo. Mi salón de la fama está compuesto por:
- Juliet, desnuda, de Nick Hornby.
- El mundo después del cumpleaños, de Lionel Shriver.
- Libertad, de Jonathan Franzen. 
- El gozo de escribir, de Natalie Goldberg.
- No más dietas, de Geneen Roth.

Esos son los cinco libros que me llevaría a una isla desierta. Vale, quizá el de las dietas no, porque total: si solo vas a poder comer cocos y pescado, no te sirve de mucho un libro sobre dietas y atracones. En ese caso, lo cambiaría por Quién vive, quién muere y por qué, un libro con el que he dado tal por saco a mis pobres lectores en los últimos años que el autor debería darme royalties.

Después de esos, van otros libros que te encantan y te hacen disfrutar por distintas razones. Por ejemplo, el de Calvin y Hobbes, el de recetas de cocina de Marian Keyes o mi guía de los parques nacionales de EEUU Oeste.

Como soy escritora, también guardo los libros que me encantan porque de vez en cuando los consulto para tratar de aprender cómo se hace la buena literatura. Por ejemplo: los relatos de Alice Munro, David Benioff y Truman Capote; algunas novelas de Fante, John Irving y Nick Hornby; y algunos libros que podrían ser vergonzosos pero que a mí me gustan, como Bajo la Misma Estrella, de John Green.

[Paréntesis sobre John Green y su libro: aunque me gustó, creo que Green se ha beneficiado mucho del fenómeno fan de los vlogbrothers y la nerfighteria; como libro de adolescentes con cáncer, Antes de morirme, de Jenny Downham, es mejor y menos conocido]

Y como soy psicóloga, también tengo libros de terapia y psicología, aunque los libros técnicos tiendo a comprarlos en versión kindle desde que asumí que no tenía que demostrar nada a nadie apilando sesudos volúmenes en la estantería de mi consulta.

Los libros que se han ido, lo han hecho por muchas razones.

La mayoría, porque quería que los tuviera otra persona. Los mayores beneficiados van a ser mi amigo Anxo, que es un lector apasionado y voraz, y mi madre, que lee en modo cabra, es decir: lo que le echen. Pablo también se ha quedado con algunos, aunque le pasa como a mí y lleva mal que le den libros; prefiere ir buscando por su cuenta lo que le apetece en cada momento.

Ha habido también una pequeña sección de lo que Espido Freire llama "qué pena de árbol", que son libros que no deberían haber llegado nunca a la imprenta por el bien del Amazonas y nuestros cerebros. La estrella de esta sección la compré en una estación de autobús en un momento de crisis, y se llama "Single Story: 1001 noches sin sexo". Es el libro más deprimente que he leído en toda mi vida y habla de una escritora desquiciada que decide que su vida no tendrá sentido hasta que encuentre un marido que le haga un bombo. Lo dicho: qué pena de árbol.

La sección más interesante ha sido la de "libros que pensé que siempre querría que estuvieran conmigo, y sin embargo no". Por ejemplo:

- 1001 discos que debería escuchar antes de morir. Fue uno de mis proyectos más breves, hasta que me di cuenta, una vez más, de que la música y yo nunca vamos a ser buenas amigas. Es solo que me gusta demasiado el silencio. 
- Los libros de Paul Auster que tenía en casa. ¿Sabéis que creo que ya no me gusta Paul Auster? Me resulta un poco deprimente, y creo que es porque él también está deprimido. Solo hay que ver la cara de torturado que tiene en sus fotos.
- El mundo que vendrá, de Dara Horn, y Este libro te salvará la vida, de A.M. Homes. Son dos novelas que en su día me encantaron, pero que por algún motivo no necesito conmigo. Es muy misterioso.
- Un par de libros de terapia que he aceptado que nunca leeré, como Mindfulness y psicoterapia, aburridísimo a morir. 

En fin, que esto de organizar libros es fascinante. Al fin y al cabo, los libros físicos se tienen por muchas razones, y casi nunca es porque quieras releerlos. A veces solo te apetece tenerlos cerca porque te dan tranquilidad. Otras veces quieres que la gente vea lo culta que eres y lo sesudas que son tus lecturas. Pero a la hora de la verdad es bastante sencillo decidir los que te dan alegría de los que no.


martes, 21 de julio de 2015

Konmari 1: ordenando mi ropa cutre-minimalista

Mis problemas con la ropa, a saber: no me gusta comprarla, no sé elegirla y me aburre encargarme de ella cuando la tengo, ha crecido estos últimos años hasta alcanzar proporciones de risa. Hace un par de semanas, me fui a Lleida de compras y tuve la sensación de haber sido abducida en un planeta extraño: toda la ropa de Zara, Mango, etc. me parecía horrorosa y me quedaba peor.

Además, he llegado a un punto en que no tengo muy claro si me estoy vistiendo de forma más o menos apropiada para la edad. Y que sí, que la edad está en la mente y que cada uno se pone lo que quiere. Pero yo me quiero vestir como una adulta y no tengo muy claro en qué consiste eso.

Pienso que, en el fondo, mi tema con la ropa tiene que ver con eso: con sentirme adulta y miembro de pleno derecho del mundo. Con conocerme, saber lo que me queda bien, lo que me gusta y me hace sentirme guapa. Pero gastarme el tiempo y el dinero en eso me da una pereza horrorosa. Y no me sirve ser minimalista, porque ir incómoda con un 80% de mi ropa porque no me gusta o se cae a pedazos tampoco es agradable.

En este contexto, empecé a leer la sección del método Konmari para ropa.

Como ya os conté el otro día, Marie Kondo dice que te quedes solo con aquello que te hace feliz. Este criterio, que puede sonar un poco pueril, en realidad abarca todas las razones por las que podrías querer tirar una prenda de ropa:
- Si no te la pones -> es porque no te hace feliz.
- Si está roto, manchado o viejo -> no te hace feliz.
- Si te aprieta -> no te hace feliz.
- Si no combina con nada -> no te hace feliz.
- Si no te sientes favorecida con ella -> ídem.

Ya os lo he dicho: la Kondo es un genio.

Pero claro, yo pensaba que si hacía eso, me iba a quedar literalmente sin ropa. Me veía por ahí cubierta con una sábana y rapándome la cabeza para que al menos el look tuviese sentido.

Aun así, me dije: va, Marina, hazlo. Lo peor que puede pasar es que te quedes sin ropa de verdad y eso te obligue gastarte pasta en prendas que te gusten de una puñetera vez. Que si invirtieras en moda lo que gastas en paleo-comida, tendrías el guardarropa de Espido Freire.

Por otra parte, la sensación era liberadora. ¡Así que podía tirar todas mis prendas costrosas! ¡No estaba obligada a mantenerlas para tener "más ropa"!

El método de Marie Kondo consiste en a) sacarlo todo del armario, b) elegir las prendas que te dan felicidad, cogiendo cada una con tus manos antes de decidir; c) tirar el resto, d) colocar tus prendas de la felicidad según instrucciones Konmarianas.

Hay varias cosas importantes que Marie añade a su sistema. Por ejemplo, no dejar que nadie te vea para que no influyan en tu proceso de decisión (ni vean que estás tirando aquella chaqueta súper caraque te regalaron en tu último cumpleaños). Usar bolsas de basura negra, por lo mismo. No dar tu ropa a nadie que no te la haya pedido, ni siquiera dejar a tu familia que husmee por si quieren algo, porque ellos también van a quedarse con prendas que nos les hacen felices y les estarás pasando a ellos el marrón de tu desorden. El procedimiento correcto es preguntarles si hay algo que necesiten y por lo que estarían dispuestos a pagar, y si encuentras uno mientras ordenas, dárselo.

He aquí unas fotos del "antes". Perdón por la calidad, pero estaba demasiado emocionada y quería tirarlo todo al suelo cuanto antes.

Parte izquierda del armario: camisetas, pijamas, pantalones, ropa de invierno (arriba, en bolsas)

Parte derecha: vestidos, chaquetas, zapatos, ropa interior

Mi montón en el suelo

Como véis, la situación del "antes" no es muy dramática en lo que a cantidad y orden se refiere. Las camisetas un poco arrugadas y tal, pero nada horrible. Incluso hay letreritos en los estantes para ayudarme a colocar cada cosa en su sitio, aunque admito que tiendo a pasármelos por el forro.

Si echáis un ojo por Internet y Youtube, veréis grabaciones de peña que ha hecho el Konmari con unas cantidades demenciales de ropa, así que me sentí bastante orgullosa de que mi montón fuera tan manejable. Tardé poquísimo en pasarles el "felizómetro" a todas las prendas. En realidad, yo ya sabía cuáles no me hacían feliz, y me sentía incómoda y mal cada vez que me obligaba a ponérmelas o cada vez que evitaba tirarlas porque no estaban tan mal.

Fotos del después (en montones, el armario aún no he terminado de colocarlo):

Ropa que me hace feliz

Ropa nominada y votada para salir de la casa


Sorpresas que me he encontrado:
- Tengo ropa que sí me hace feliz. No solo ropa que no quiero tirar, sino que quiero activamente ponerme.
- Los motivos por los que esa ropa me hace feliz son diversos, pero generalmente es porque me queda cómoda. No cómoda-cutre, sino cómoda-siento que es de mi talla, me muevo bien con ella, es calentita en invierno o fresquita en verano...
- La ropa que más feliz me hace, de hecho, es la ropa calentita de invierno, como mi bata morada de pelitos que podéis ver en la cama a la izquierda. 
- Pese a mi cutrez intrínseca, yo también tengo prendas que me gustan y me parecen bonitas.

Esto puede parecer muy obvio, pero ya os digo que estaba llegando a un grado de analfabetismo fashion muy preocupante.

Ahora estoy con la fase dos: doblar y colocar. Porque Konmari tiene su propio método de doblar. Si ponéis "Konmari folding" en Youtube encontraréis muchos vídeos muy hipnóticos de su sistema. En esta fase estoy tardando un poco más porque la ropa de invierno olía a humedad y estoy aprovechando para lavarla toda y secarla al sol de ola de calor que hay ahora en Margalef. En cuanto esté todo listo, saco fotitos y os enseño.

¡Viva Konmari y su pequeña secta!

lunes, 20 de julio de 2015

No More Free Shots

Como podéis ver, ayer alguien tuvo la amabilidad de comentar en el post anterior, subrayando con muuuuchos signos de interrogación, la INCREÍBLE ANOMALÍA DEL COSMOS de que yo, YO, con lo que he sido y lo pesada que soy con la ortografía, haya cometido el error garrafal de escribir (oh, Dios, apenas puedo repetirlo), LLENDO.

Siento mucha lástima por esa persona por varios motivos:
1) No ser lo bastante honesto como para poner su nombre.
2) No ser lo bastante imaginativo como para buscar un seudónimo.
3) No ser lo bastante amable como para ser... en fin... amable.
4) No ser lo bastante flexible como para entender que la gente comete errores.
5) No ser lo bastante realista como para entender que YO cometo errores.

Me resulta curioso porque, a no ser que justo dé la casualidad de que ha aterrizado aquí por misteriosos caminos internáuticos, debe de ser una persona que o está suscrita al blog o lo mira cada día aunque yo lleve sin escribir aquí meses. Es decir: una persona que me lee y disfruta lo bastante lo que escribo como para seguir haciéndolo. Y, pese a eso, no es amable conmigo.

Hagamos aquí un paréntesis para explicar el significado de la palabra amable. Amable, al comentar en un blog, es:

  • Decir quién eres, o inventártelo (aunque los seudónimos son TAAN de 2000...).
  • Saludar. Esto no es imprescindible, pero se agradece.
  • Emitir tu mensaje. 
  • Si tu mensaje señala un error ajeno o es una crítica, suavizarlo ligeramente. A lo mejor te parece que me tomo las cosas demasiado a la tremenda. Pero pregúntate si harías lo mismo en la realidad. Imagina que estás en una reunión de trabajo, o en una conferencia, y el ponente comete una falta de ortografía en su Power Point. ¿Te levantarías sin decir nada, señalarías diciendo, asombrado: "¿¿¿¿¿¿Llendo??????", y después volverías a sentarte? No. Probablemente te callarías tu bocaza, o luego le dirías a la persona, quizá en privado, que tiene esa falta, que estás seguro de que ha sido un despiste y que se lo dices para que no desmerezca su presentación. Internet, querido, también es vida real. Los que estamos detrás de la pantalla somos personas reales.
  • Despedirte.

Así que no, anónimo: tu comentario NO ha sido amable. Y, en cualquier caso, me da igual, porque este es mi blog, y la que decido si algo es o no amable soy yo. Si tu comentario es víctima de la nueva NMFSP (No More Free Shots Policy) prueba a ser más amable la próxima vez, hasta que alcances el nivel deseado.

¿Sabes que hay casas en las que te tienes que quitar los zapatos y usar posavasos, y otras en las que puedes entrar de cualquier forma y comer en el sofá del salón? Bueno, pues esta es MI casa, y si tienes que entrar en ella con bayetas en los pies como Miguelito el de Mafalda, eso es lo que hay.

El comentario de ayer no ha sido terriblemente ofensivo, lo sé. No me quedé llorando por los rincones. Es solo que ha llegado en un momento de mi vida en el que no estoy dispuesta a aguantar chorradas.

Lo que viene a partir de ahora NO va dirigido al anónimo del Llendo (¿Llendónimo?) sino a un hipotético anónimo neutral que escriba comentarios súper simpáticos como los que ya sabéis que ha recibido este blog en ocasiones. Porque mi blog es muy de anónimos súper simpáticos. Aquí no hay trolls que me digan que soy una puta, como le pasa a Yael en Acapulco70. Esos comentarios los borraría sin más. Aquí hay gente que escribe con mucha mala hostia, pero sin insultar, ojo, y que después se escandaliza porque yo me ofendo, diciendo que "no tolero bien las críticas". Así que esto, querido, va para ti, que tienes la ceguera emocional de creer que por no decir palabrotas no estás ofendiendo y que tu derecho a expresar tu opinión es más importante que mi derecho a mandarte a la mierda.


Mi nueva política de comentarios en el blog: No More Free Shots


Estimado comentarista amargado y bilioso: a partir de ahora no vas a poder desahogar tu frustración y mediocridad conmigo. Lamentablemente, no puedo ir a tu casa y enseñarte los modales que no te enseñaron tus padres, pero cada vez que un comentario me resulte hiriente o agresivo (y sí, tengo la piel bastante finita) haré lo siguiente:
- En el caso remoto de que tu comentario tenga algo que pueda identificarte, como un mail o un enlace a un blog que conozca, voy a buscarte en mis listas de correo y, en el caso de que estés, a bloquearte o eliminarte en todas (¡y tengo muchas!). Tanto tú como yo seremos más felices. Esto ahora te va a dar igual, porque Blogger no requiere que incluyas un mail. Pero quién sabe hacia qué maravillosos sistemas de comentarios sin anonimato puede evolucionar este blog.
- Voy a publicar tu comentario y a responderte. No voy a atacarte personalmente (o quizá sí, no sé; dependerá de cómo me levante ese día), pero voy a dejar claras las partes falsas o deformadas que puedes haber incluido en tu mensaje.
- No voy a publicar ningún comentario de respuesta que trates de enviar después.

Lo que pasa en las discusiones de Internet es que el último que habla parece ser siempre el que tiene la razón. Es guay decir la última palabra. Y como este es mi blog, la última palabra la voy a decir yo.

Así que ya sabes: sé más amable. O cállate, que lo de comentar tampoco es obligatorio.

Para todos los demás, los besitos y abrazos de siempre. Lamento que el 99% de personas que siempre han sido amables conmigo tengan que aguantar esto :(

domingo, 19 de julio de 2015

Estoy mutando a Mary Poppins

Llevo unos cuantos meses sintiendo que para que mi vida mejorara necesitaba aprender a tener mi casa limpia y recogida. Vivo fuera de casa desde hace doce años, y mi nivel de limpieza ha oscilado entre limpísima a la fuerza, cuando la persona con la que vivía padecía un trastorno obsesivo-compulsivo, y guarra-a-más-no-poder-porque-total-esto-es-un-piso-de-estudiantes-que-nadie-limpia.

A mi favor tengo:
- No me importa tirar cosas y nunca me ha importado. Es más: me relaja, y a veces acabo tirando más de la cuenta. Tengo anti-Diógenes.
- Como resultado, tengo relativamente pocos objetos. Cuando la casa se desordena, es un desorden superficial que se puede arreglar en un rato. No entro en una espiral de degeneración sin fin.
- No soy ordenada, pero sí organizada. Más o menos. Me gusta que las cosas tengan su sitio y crear sistemas.
- Me molesta la suciedad. Que la tolere no quiere decir que me haga feliz.

En mi contra, sin embargo, tengo:
- Soy un poco vaga, las cosas como son. Nunca encuentro el momento de ponerme a ordenar y limpiar.
- Mis sistemas de organización me duran poco.
- No soy sistemática. Me paso tres noches recogiendo la cocina antes de dormir, y a la cuarta digo: "a la mierda, tengo sueño", y me acuesto con todo por medio.

Pablo hace mucho en casa. Esto es gracias a que hay bastantes tareas que a él le interesan personalmente y a mí me dan igual, así que sabe que si no las hace él, no las hace nadie: por ejemplo, hacer la compra y la comida, o poner el lavavajillas. Yo puedo sobrevivir de restos fríos y arroz con leche del Mercadona, y lavar sin fin a mano el único cuenco que estoy usando. En una fase de mi vida, decidí dejar de comer alimentos que hiciera falta colar para no tener que limpiar el escurridor. Él, como es vegano, necesita cierto nivel de elaboración alimentaria para no morirse de asco/desnutrición.

Con este panorama, he decidido mutar a la sobrina que Mary Poppins y Bree Van De Kamp nunca tuvieron. Y, como buena Matilda que soy, busco la solución en mis amigos los libros.

El primero que me he leído ha sido "La Magia del Orden", de Marie Kondo. Marie Kondo, que parece un nombre de chiste tipo Paco Jones o Francisco Lorinco Lorado, es una japonesa obsesionada con el orden y la organización desde que tenía cinco años, que ahora se gana la vida enseñando a la gente a ordenar sus casas. Ha escrito un libro para difundir su método de organización: el método Konmari.

Yo tengo debilidad por las cosas bien pensadas y reflexionadas, y el método Konmari es todo eso y mucho más. Es original, radical y un poco mágico. Marie es sintoísta y piensa que los objetos tienen alma, así que su método incluye instrucciones como "doblar bien los calcetines para que puedan descansar", "agradecer a tus objetos antes de tirarlos" o "no tener cosas que no utilizas, porque se ponen tristes". Explica que cuando ella era pequeña se sentía un poco sola por ser la hermana mediana, y que piensa que por eso desarrolló relaciones tan fuertes con sus objetos.

Si leéis reseñas de Amazon, veréis que la mayoría de gente piensa que Marie Kondo tiene un buen método pero está como un cencerro. Yo creo que es un genio. Puedo identificarme perfectamente con eso de que los objetos tienen alma (nota mental: ¿hacerme sintoísta?). Hace mucho tiempo, un chico cuya identidad secreta no puedo desvelar, pero a quien los lectores antiguos de este blog conocísteis en su día, me regaló un par de objetos: una mochila y una magnesera. La relación con el chico en sí no fue bien, así que cada vez que veía la mochila y usaba la magnesera, que encima no cerraba bien, pensaba en él y me cabreaba. Por otra parte, no quería tirarlas, porque pensaba que las pobres no tenían la culpa de que las cosas no hubieran salido bien entre nosotros.

Verídico.

Por otra parte, te creas o no lo del alma, los humanos necesitamos este tipo de ritos, personalizaciones y excusas. Lo que Marie te está diciendo cuando te anima a que des las gracias a esos zapatos que te hacen daño por producirte emoción cuando las compraste, y luego los tires, es: sé que te sientes culpable por haber gastado dinero, pero fue un dinero bien empleado y, en cualquier caso, ya no tiene remedio, así que tira esos zapatos y sigue con tu vida.

Además, Marie dice que el criterio para elegir si te quedas o no con algo no debe ser si lo usas o si está en buen estado. Debe ser: ¿me hace feliz? En inglés la expresión es "does it spark joy?", que tiene que ver con producir alegría. No sé qué matices tendrá en japonés. Pero el mensaje está claro: cuando vives rodeado de objetos y ropa que no te producen alegría, los mantienes contigo por otras razones: por miedo, por apego al pasado, porque sientes la obligación con la persona que te los regaló. Según Marie, esto se traduce a la forma en que te relacionas con la gente y con la vida. El libro se llama "La Magia del Orden" porque, según ella, ordenar tus objetos es hacer magia. Es el primer paso para ordenar tu vida.

Me leí el libro en dos horas. Estaba tan emocionada que no me podía dormir. Por fin entendía lo que había ido mal toda mi vida en mi relación con los objetos, y también entendía por qué llevo tanto tiempo sintiendo que tengo que poner en orden mi realidad física para poder sentirme bien en mi realidad mental.

Mañana os cuento cómo me está yendo el método Konmari. Ayer empecé con la primera fase (ropa) y hoy estoy con la segunda (libros). Incluiré fotos del antes y el después... si me apetece, que ya he dicho que estoy en una fase de blogging rebelde-vago.

Gracias a todos los que me teníais en vuestros misteriosos sistemas de feed :) Es muy reconfortante sentirse en casa de nuevo.

Besitos y abrazos!

sábado, 18 de julio de 2015

Vale, una pequeña introducción

Yo escribía aqui y eso me hacía feliz. Después decidí tomarme lo de escribir más en serio y abrí este blog. ¿A que es bonito? Me encantan el dibujo de la cabecera, la tipografía y el diseño. Conseguí tener unos 700 suscriptores en medio año; no es muchísimo, pero no está mal. Pero escribir ahí no me hacía nada feliz. De hecho, era lo más parecido a dejar que me arrancasen muelas sin anestesia.

También mandaba una newsletter todos los lunes. Escribir las newsletter en sí me gustaba. Pero es que escribir una newsletter no es solo escribirla: tienes que configurarla, maquetarla, buscar una imagen y enviarla.

[Párrafo que te puedes saltar si no envías newsletter ni tienes blogs]
Encima, yo uso dos servicios distintos de correo porque mando demasiadas newsletters como para usar Mailchimp. Mailchimp es carísimo si te pasas de 2000 suscriptores, y yo tengo varios blogs. Así que utilizo Mailchimp para maquetar las newsletter y se las envío ahí a parte de mi lista, y el resto lo hago con Sendy. Sendy es una locura de barato, porque utiliza los servicios de envío web de Amazon; pago menos de dos euros al mes por enviar literalmente miles de correos. Pero también es un poco coñazo para según qué cosas.
[Fin del párrafo que te puedes saltar]

Total, que enviar newsletters también era como que me hicieran una endodoncia sin anestesia. Me estaban amargando los lunes, que suele ser mi día favorito de la semana.

Finalmente, hace ahora un mes decidí parar. Parar del todo: de escribir posts y de enviar newsletters. De pensar en el blog y de ponérmelo como tarea pendiente.

Fue un alivio.

Descubrí varias cosas:
- Que puedes tener una vida sin tener un blog personal. Sé que esto parece obvio, pero llevaba blogueando más de diez años casi sin parar. Estoy acostumbrada a contarme a mí misma en Internet.
- Que, de repente, me apetecía hacer otras cosas con mi vida literaria, como escribir mi novela y leer best-sellers chungos.
- Que MarinaDiaz.Net, por alguna razón, no me estaba funcionando.

Soy muy analítica y me gusta hacer listas como la de arriba, pero aun así me propuse no hacer ninguna lista sobre por qué no me estaba funcionando MarinaDiaz.Net. Simplemente, no quería pensar más en ese blog durante un tiempo.

Aun así, mi cerebro estaba inconscientemente elaborando su propia lista. Y hace un par de semanas decidí que quería volver a escribir un blog personal, y que mi necesidad de comunicarme de esta forma era mayor que mis neuras. Ahí fue donde saqué mi lista inconsciente de por qué MarinaDiaz.Net no me está funcionando.

Era esta:
- Porque no tengo un rato en el que incorporar el hábito de escribir. Cuando no tenía pareja, y vivía sola escribía por la noche, después de cenar. Era fantástico y me hacía irme a la cama con una sensación buenísima. Después se me juntó compartir piso con conocer a Pablo e irme a vivir con él. A mí, en realidad, me gustaría poder llevar dos vidas paralelas: en una de ellas vivo sola, y en otra con Pablo. Porque vivir con Pablo me encanta, es divertidísimo, es un poco como estar todo el rato de campamento de verano. Pero vivir sola también me encantaba. Me fascinaba la sensación de poder cerrar la puerta de mi casa y que no entrara nadie si yo no lo decidía así.
Ahora, después de cenar estoy con Pablo. Nos tiramos a leer en el sofá o vemos alguna peli. Y no me apetece cambiar eso para ir a encerrarme sola en mi habitación.
- Porque ese blog me intimida. ¡Tiene mi nombre y apellidos escritos en letras enormes! Y cada vez que escribo un post lo comparto en Twitter, y en Facebook, y en todas partes. ¿Qué puedo escribir ahí que sea realmente sincero?
- Porque ese blog no está hecho para ser un blog personal. Está hecho para ser un blog publicitario. La idea de profesionalizar un poco el blog y ponerlo bonito tenía que ver, entre otras cosas, con que en algún momento publicaré la novela que estoy escribiendo y quería tener lo que hoy en día se llama "una plataforma de autor". De ahí mi nombre, foto, etc. Así que llegó un punto en que sentía la obligación de mantener "la silla caliente" en el blog para cuando termine la novela.

[Nota: la novela es real, ya voy por el tercer borrador y llevo escritas 110000 palabras de ella. Avanza despacio, pero avanza]

- Porque me paso todo el puñetero día escribiendo. Ahora mismo mi trabajo consiste en escribir mails en una web de terapia por email. Además, escribo el blog de esa web, mi otro blog sobre psicología y la novela, a un ritmo de un capítulo por lustro, más o menos.
- Porque me resultaba agotador escribir con la idea de atraer lectores, poner los posts bonitos, buscar imágenes con Creative Commons License, incluir enlaces, etc. Tardaba un montón.

Así que se me han ocurrido algunas ideas para superar mi bloqueo creativo.

A saber:
- Escribir por las mañanas. Las mañanas son el rato del día en el que estoy sola, porque Pablo se acuesta y se levanta un par de horas más tarde que yo. Antes me resistía porque pensaba "tengo que empezar a currar YA". Pero bueno, me apetece. Será el equivalente a hacer yoga matutino y empezar el día con buen pie.
- Escribir aquí. Este blog no me intimida. Está en un rinconcito de la blogosfera y ni siquiera tiene su propio dominio (aunque massobreloslunes.com es mío).
- No publicar nada en redes sociales. De hecho, puede ser que borre mis cuentas. O quizá no; aún no lo tengo claro.
- Publicar sin imágenes ni historias raras. Escribir y punto. Los libros no tienen imágenes y la gente bien que se los lee. Pondré imágenes cuando me apetezca, pero no siempre, para así tardar menos en publicar y hacerlo más a menudo.
- Escribir aquí porque sí, y no para hacerle publicidad a la novela. Enlazaré la lista de correo porque sé que hay gente que quiere que les avise cuando la publique, pero no estaré todo el rato dando por saco con la lista de las narices.
- Escribir lo que a mí me apetezca y que lo lea quien quiera.

Así que mis brillantes ideas, salvo escribir por las mañanas son exactamente lo mismo que estaba haciendo hace tres años con éxito total :)

En fin, si has llegado hasta aquí es que me aprecias de verdad. ¡Gracias! Ahora mismo no voy a decir en ningún lado que estoy escribiendo aquí, por si me harto de nuevo en unos días. Quizá has llegado hasta aquí porque me tienes en alguno de esos sistemas misteriosos de feed que nunca llegué a dominar. En cualquier caso, mantén tus expectativas bajas :D

Abracitos y welcome back.