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lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre escritura y privacidad

Hoy he publicado un post en Vivir al Maximo sobre blogging. Básicamente, defiendo que (casi) cualquiera puede beneficiarse de abrir un blog, aunque sea un blog personal, misceláneo, no planificado y no remunerado como este.

Ha habido un par de comentarios acerca de la privacidad, y la conveniencia o no de contar tu vida por Internet. Ese tema me ha hecho pensar desde siempre. De alguna forma, siento que existe la creencia general de que contar tus historias o tus intimidades a) no es verdadera "literatura"; b) solo te sirve a ti para exorcizar tus neuras, y es hasta cierto punto egoísta y c) tiene terribles consecuencias negativas porque amenaza esa "privacidad" de la que todos hablamos.

Después de nueve años contando mi vida en Internet, y de poner cada vez menos barreras a que la gente que me conoce en la vida real pueda verlo, he aprendido varias cosas sobre el tema.

En primer lugar, sí que hay mérito literario en hacer atractivo un blog personal: hay miles de blogs personales, y unos se leen más y otros menos, así que algo tendrán. Hace poco empecé un diario, porque pensé que me ayudaría a mantener la cordura escribir un rato al día sin pensar que nadie iba a leerlo. Mi diario es una mierda, literariamente hablando. En serio, no aguantaríais ni dos entradas. Está lleno de frases tipo "hoy ha sido un día un poco raro... me siento un poco desmotivada, pero bueno; ya se me pasará, supongo. O no. Me duele mucho la cabeza últimamente, ¿por qué será? En fin, yo qué sé; si no pienso en ello, quizá me duela menos". Y así durante páginas y páginas.

A este blog le dedico mucho tiempo. Quiero decir tiempo por cada entrada, porque es cierto que últimamente publico con menos frecuencia. Pero escribo desde la certeza de que hay gente que va a leerme y no quiero que se aburra. Recorto, corrijo y me quedo un rato mirando al infinito para buscar la palabra adecuada. No es ficción, pero intenta ser buena escritura.

Lo segundo que he aprendido es que en mí, personalmente; en mi vida concreta, con mis circunstancias, ser abierta sobre mi mundo interior me ha traído muchas más consecuencias buenas que malas. Ahora mismo solo puedo listar un par de consecuencias negativas (enfados por veces que he metido la pata), por un millón y medio de consecuencias positivas. Y lo más positivo no es que los lectores me lleven a comprar pintaúñas, que es genial. Lo mejor, para mí, es cuando la gente me escribe al correo, o me comenta en una entrada, y me dice: "me encanta tu blog, me siento identificado/a, me ayuda a sentirme menos solo, me río mucho". A lo largo de estos años, mostrarme como soy en Internet ha ayudado a otra gente a sentirse menos sola, y para mí en eso se resume la gracia de la escritura y la lectura. Encuentras a gente que te importa y sigues sus andanzas. Que esa gente exista o no es secundario.

¿Me importa que los demás conozcan mis intimidades? En general, no. Al contrario. Me hace sentirme segura. Quiere decir que hay un montón de gente que sabe mucho de mí y, aun así, me aguanta e incluso me aprecia. No tengo grandes secretos que me hundirían la vida si se supieran. Lo único que me preocupa un poco es que algún ex-paciente encuentre algo que haya escrito sobre él y se sienta mal, y por eso he censurado o eliminado algunos posts antiguos sobre mi trabajo. También me preocupa, lógicamente, que gente de mi vida real se sienta expuesta porque escriba sobre ellos aquí, y últimamente soy un poco más cauta con eso. Pero ha sucedido pocas veces.

Leer la intimidad de otra gente ha sido importante para mí. Además de la ficción, por supuesto, ha habido personas ahí fuera capaces de desnudarse, en uno u otro sentido (y la ficción es otra forma de desnudarse, solo que un poco más sutil) y mostrarme que ellos también son humanos, son vulnerables y sufren. Me ha ayudado Geneen Roth hablando de comida y emociones, o Natalie Goldberg contando sus inseguridades después de ser una escritora publicada y famosa. Me ayuda Jonathan Franzen hablando de superar la vergüenza en un capítulo particular de su novela, o Murakami mostrándose discretamente a través de su afición a correr.

Creo que hay un deseo terrible de enseñarse en todos los escritores, incluso en los autores de ficción más recalcitrantes, y ni siquiera estoy segura de que eso sea malo. ¿Para qué estamos aquí, si no? ¿Para fingir que tenemos vidas perfectas y respetables? ¿Para estar seguros de que nadie encontrará nada "raro" buscándonos en Google? ¿Qué es raro? Cuando la gente se entera de algo sobre ti, no pasa nada grave. No se cae el mundo. Están demasiado ocupados con su propio ombligo como para dar demasiada importancia al tuyo.

Ahora que estoy escribiendo una novela, voy descubriendo lo divertido y gratificante que es crear esa misma conexión a través de un personaje que no existe. Quizá mientras mejor escritora de ficción vaya siendo, menos necesite escribir sobre mí misma. No lo sé. Pero ahora pienso que escribo sobre mí misma porque este blog es, de hecho, la novela de mi vida, y que a lo mejor no es el mayor ejercicio de creatividad del mundo, pero la gente parece disfrutarlo. A mí me gusta que me conozcáis. No me siento invadida. Además, a mi loca cabeza le queda demasiado mundo interior sin compartir como para creer de verdad que aquí lo cuento todo.

Así que bueno, por concluir algo: que cada cual haga lo que quiera con su vida y con su blog. La privacidad es como el culo: todo el mundo la tiene, y a los demás tampoco les importas tanto. Haz lo que te haga sentir mejor a ti. Es reconfortante y divertido convertir tu vida anodina en algo que los demás disfrutan; y si es ególatra, neurótico o cualquier otra denigrante palabra esdrújula, no debería obsesionarte. No creo que al final del camino nos preocupe si conseguimos mantenernos lo bastante blindados a los ojos de otros. Más bien, creo que pensaremos "¿quién me conoció lo suficiente? ¿A quién dejé entrar de verdad en este triste y cansado corazón?".

Pero no sé. Es solo una forma de verlo.

martes, 26 de agosto de 2014

La más rara del pueblo

Dicen que los ciudadanos de Konigsberg, la ciudad natal de Kant, ajustaban su reloj en función del lugar donde estuviera el filósofo en su paseo vespertino. Los ciudadanos de Margalef van a empezar a ajustar el suyo en función de la hora a la que salgo yo.

Mi Pablo está otra vez en Mallorca con Carl, su nuevo novio australiano. Creo que le gusta porque escala más fuerte que yo; le tolero el desliz por ahora, pero espero que se le pase cuando vuelva mañana. Entretanto, llevo seis días apartada del mundanal ruido, escribiendo mi novela, paseando por los alrededores y viendo capítulos de Sherlock.

La novela va genial. En serio. No es que sea genial: va a ser una novela normalita tirando a entretenida. No digáis que no os avisé. Pero va rápido, que a estas alturas es lo mejor que puedo pedirle. En una semana he escrito 27000 palabras: para que os hagáis una idea, a este ritmo ganaría Nanowrimo dos veces en un mes.

Además, he estado trabajando en posts y proyectos varios: en total, he escrito 36000 palabras en seis días. Es una barbaridad. Mi conclusión es que el secreto del éxito creativo es la falta de estímulos.

Que nadie se equivoque. Los primeros días fueron horribles. No me gusta estar sola en el pueblo, porque apenas conozco a nadie y se me da fatal la vida campestre. Carezco de curiosidad por cosas elementales: los huertos, el ganado, las anécdotas de la Guerra Civil de los vecinos. Prefiero escribir mi novela y ver Sherlock. Sé que eso es muy poco bucólico, y que no llegaré a ningún lado como cronista de la Cataluña profunda, pero es lo que hay.

Me levanto a las siete de la mañana y me hago un descafeinado. A esa hora me oigo pensar y no molestan los niños que se ponen a jugar en nuestro portal. Entonces releo lo del día anterior, corrijo lo que no me gusta y me congratulo. "Pero qué bien, Marina - me digo -, mira cómo va tomando forma tu engendro romántico-modernito tu Gran Obra de la Narrativa Contemporánea". Luego escribo un rato; para las nueve, ya he completado la Meta Mínima Diaria de 1000 palabras que me marqué hace una semana.


Deayuno a eso de las diez y pico, normalmente huevo frito con plátano frito y hummus, o huevos revueltos y lentejas germinadas. Leo en el iPad mientras tomo el café (descafeinado con leche de arroz), bajo al estudio y sigo escribiendo.

Al mediodía me preparo algo y como viendo Sherlock. No sé qué había estado haciendo con mi vida hasta ahora, sin ver esa serie estupenda. Es verdad que algunos capítulos tienen unos boquetes de guión terribles, y que las capacidades de Holmes se exageran un poquito, pero es divertidísima. Además, está él. Benedict Cumberbatch: solo su cara es más rara que su nombre. Al principio lo encontraba difícil de mirar, pero ahora su voz profunda y su caracterización del rarito de Sherlock me han conquistado. Irene Adler será LA mujer, pero él es EL hombre.

Que sí, que lo sé, que es más raro que un pie y no tiene pestañas.
Pero es fucking Sherlock, dude.

(Eh, que Pablo tiene un novio australiano. No me miréis así)

Luego dormito, escribo otro rato más y a las ocho, cuando ha bajado el calor pero aún queda algo de luz, salgo a dar un paseo. Camino por la carretera, que es lo más de pueblo que puedes hacer en tu vida, y a veces me desvío un poco por senderos asfaltados que se adentran en el monte y van hacia cultivos de olivos y frutales. Los lugareños pasan con sus cuatro por cuatro y me miran con desconfianza. Claro: a estas alturas debo de ser la más rara del pueblo. Mi maromo se marcha y yo apenas salgo de casa; cuando lo hago es para caminar sola con la mirada perdida y comer puñados de moras silvestres. Mientras camino, juego a que soy Katniss en Los Juegos del Hambre y los demás tributos se confabulan para matarme. Falta de estímulos, ya os digo.

Soy la más rara del pueblo, pero estoy muy contenta. Ver avanzar mi novela me llena de una alegría estúpida que compensa todo lo demás: la soledad, la rareza y este color pálido que se me está poniendo en la piel. Menos mal que en septiembre mi madre nos invita a Cancún con ella, mi hermano y su novia: pienso agarrar en una semana todo el riesgo de melanoma que he evitado este verano.

Mi adorado chico vuelve mañana. Creo que cuando supere lo de su novio Carl, estará bastante cariñosón. Yo me pienso convertir en un koala durante más o menos las catorce horas siguientes a que vuelva. Me alegro un montón de que venga, aunque no vuelva a alcanzar estos impresionantes recuentos de palabras, porque si sigo así mucho más tiempo me volveré loca. Pero ha estado bien esta semana. La Kant de Margalef, que produce prosa de calidad incierta en su oscuro estudio. El aislamiento es genial para la creación artística, aunque sea terrible para casi todo lo demás.

miércoles, 20 de agosto de 2014

RIP a mi MacBook

Ayer por la mañana, después de un mes de Nanowrimo, una incrédula relectura del borrador y unas semanas de frenética reflexión y toma de notas, decidí empezar por fin a (re)escribir mi novela. Me levanté a las ocho, me preparé un descafeinado y me senté en el secreter. En menos de dos horas, tenía 2500 palabras escritas: las dos primeras y flamantes escenas.

Me serví rápidamente algo de desayuno y, cuchara en mano, bajé corriendo al estudio para no perder el flow. Masticaba mis lentejas germinadas* mientras releía escenas, esquemas, bocetos de personajes. La energía daba vueltas a mi alrededor. Por fin lo estaba consiguiendo: había dado el primer paso importante hacia la inmortalidad literaria.

Entonces, mi ordenador se apagó.

No hizo ningún ruido raro. No avisó. No dio ningún chispazo. Simplemente, como esos ancianos esquimales que se adentran en la nieve, puso su pantalla en negro y murió.

Yo me quedé en shock.

¿Tan mala es mi novela?

Subí, lavé los platos, bajé, traté de encenderlo de nuevo. Absolutamente nada. Subí de nuevo, barrí y fregué la cocina, traté de encenderlo de nuevo y le mandé un par de whatsapp a mi novio programador, que estaba por ahí escalando con sus amigotes, en este tono:

Mi ordenador ha MUERTO!!!!!!!!! (introducir veinte emoticonos en grados variables de desesperación). Haz ALGO!!!!

Silencio. Con el doble tic verde ahí brillando acusador frente a mis ojos.

En serio
Mi vida se derrumba frente a mí
Y no estás ayudando NADA
Me las pagarás

En realidad, yo sabía que aquello tenía poca solución. Era como en Anatomía de Grey, cuando los cirujanos emocionalmente tarados tratan de reanimar a un paciente que lleva muerto media hora. Mi ordenador ya no estaba allí. Se había ido un lugar mejor. No me sorprendí, entonces, cuando Pablo volvió con una poca urgencia sorprendente y me dijo que no había nada que hacer.

Hoy hemos rescatado el disco duro de su hermosa pancita blanca para recuperar los archivos que no tenía en Dropbox. Ahora el pobre está ahí, inerte y desmontado, esperando sobre la mesa del salón a que se lo lleven al lugar de su eterno reposo.

Aquí es donde empieza esta Elegía a un Ordenador:

MacBook Blanco de Marina (MBM) llegó a mis manos hace ahora cuatro años y medio, como regalo de mis tías por haber sacado el PIR. Lo primero que me sorprendió de él fue la pureza de sus líneas y la simplicidad de su uso. Al principio extrañaba esa pausa para tomar un café que me daba mi PC entre encenderlo y poder empezar a usarlo, pero me acostumbré pronto.

MBM y yo nos mudamos juntos a Cádiz, a mi nueva vida de chica independiente. Durante mucho tiempo, se sentaba en la esquina de mi cama: el único lugar de mi piso donde se pillaba una wifi gratis. Después esa wifi se acabó, y MBM me acompañó en arriesgadas excursiones a la plaza de la Catedral, donde escribíamos juntos sentados sobre las escaleras.

En esos primeros años en Cádiz, MBM fue mi compañero más fiel, mi objeto más querido. Filmaba ridículos auto-vídeos de mí tocando la guitarra, y sacaba fotos donde la borrosidad de la webcam favorecía a mi pobre piel. Navegaba alegremente por Internet y almacenaba mis archivos y recuerdos. Sobre todo, MBM se dejaba escribir. Colocaba sus dóciles teclas blancas bajo mis dedos y me ayudaba a relatar el mundo. Juntos hablamos de amor, de amigos, de Cádiz, de escalada. Cuando nadie más quería escucharme, MBM estaba ahí para enviar mis mensajes a un vacío que resultó estar más lleno de lo que pensaba.

Viajamos juntos durante el Summer Steinbeck Hill Project. Por las noches, después de conducir, escalar y arriesgarme en raras aventuras emocionales, me sentaba con MBM en la parte trasera de la furgo y escribía. MBM me ayudaba a vivir dos veces. Después nos mudamos a Madrid y de vuelta a Cádiz. Lo extrañé en mi viaje a Colorado, pero no quise llevarle; por una parte, me preocupaba su discreto sobrepeso y, por otra, no quería perder en un descuido a mi mejor amigo inanimado.

Ahora habíamos llegado juntos a Margalef, al principio de una nueva aventura. MBM llevaba un tiempo sintiéndose cansado. A veces tardaba más de la cuenta en hacer las cosas, nivel PC rápido, y otras veces no podía instalarle programas porque su sistema operativo se estaba quedando atrás. Yo le había echado un ojo a un bonito MacBook Air, pero me negaba a desprenderme de MBM mientras siguiera haciendo su trabajo. "Si quieres le reinstalamos el sistema", me ofrecía Pablo. Yo siempre lo dejaba más adelante. Quizá, si lo hubiera hecho a tiempo, él todavía estaría con nosotros. Pero es demasiado tarde para arrepentirse.

Quiero creer que a MBM le gustaba mi novela, y que a su corazoncito metálico de computadora le dará pena no estar junto a mí para terminarla. Quizá solo sintió que su época había acabado, y que necesitaba a un amigo más joven y fuerte para llevar sobre sus hombros el peso de todos mis proyectos. Creyó que sería mejor no esperar a ser sustituido y retirarse por sí mismo: tan digno, elegante y silencioso como ha sido siempre.

MBM: espero que haya un cielo de los ordenadores buenos. Espero que tú estés en él y des con otra escritora un poco más constante y menos melodramática que yo. Estaré aquí con un nuevo amigo, pero siempre ocuparás un lugar especial en mi corazón. Hemos pasado juntos los momentos más divertidos de mis últimos cuatro años. Entretanto, hazte amigo de esa escritora del cielo que me imagino y sé tan robusto, rápido y paciente como en tus mejores tiempos. Aguanta sus parrafadas y anímale a que se siente todos los días. Esparce sus mensajes por el mundo. Ayúdale a escribir el universo.



*Esto es lo que pasa cuando convives demasiado tiempo con un vegano.

jueves, 14 de agosto de 2014

Robin Williams, el genio y la libertad

Este es un tuit de Evan Rachel Woods que ha recibido más de 100000 retweets.

Ya lo he visto un montón de veces y me sigue partiendo el corazón. En caso de que hayas vivido en una cueva los últimos dos días, te explico que hace referencia a la actuación de Robin Williams, fallecido el lunes a causa de un aparente suicidio, como el Genio de Aladdin.

La muerte de Robin Williams me tiene triste y confusa por varias razones.

La primera es que mientras vivía creo que nunca, nunca escuché o leí a nadie decir de él que era un actorazo. Las opiniones iban más bien en sentido contrario: era ese tipo de los ojos muy azules y la sonrisa un poco irritante, que te daba mal rollo por alguna razón que no sabías describir bien. Igual que Michael Jackson pasó de pederasta a leyenda después de su muerte, Robin Williams ha pasado de actor mediocre a magnífico comediante en cuestión de horas.

La razón está clara. Chequeas la Wikipedia para acordarte del nombre de la peli aquella que te gustó en la que hacía de gay, o para confirmar si salía en To Wong Foo con mi querido (y también muerto) Patrick Swayze, y repasas su filmografía. Te das cuenta de que, casi sin quererlo, te has tragado entre cinco y diez películas en las que salía el tipo. Yo le he visto en Jumanji, en Hook, en Una jaula de grillos, en Señora Doubtfire, en Más allá de los sueños, en Will Hunting, en Jack, en Patch Adams, en el mencionado A Wong Foo, en el Club de los Poetas Muertos y Aladdin no la cuento, porque mi corazón pertenece a Josema Yuste.

No son pelis de culto. Son pelis que has visto de pequeño, o en un autobús, o en un taller sobre el duelo y la muerte, o en la preparación de un voluntariado con niños, o en una noche en casa cuando la pasaban por la tele. Algunas sí que las alquilaste (o bajaste) y todo, pero son las menos. El tema es que te das cuenta de que Robin Williams y tú habéis compartido un extraño montón de momentos, aunque nunca te haya parecido un actorazo.

Además, te recorre el espinazo un inconfundible respeto. Ok, sí, era fácil decir que Williams era un petardo cuando vivía, pero ahora ves todas esas pelis listadas una detrás de otra y piensas: pues igual no era tan fácil. Igual este hombre ha dedicado su vida a algo con una intensidad demoledora.

Entonces viene la segunda cosa que me desconcierta, y es imaginármelo ahorcándose en casa con su cinturón. A lo mejor por eso me daba mal rollo y no sabía bien por qué; ahora, con la claridad que da ver las cosas a posteriori, casi percibo cierto miedo en sus ojos azules. Es triste que se suicide cualquiera; cuando lo hace alguien que en teoría tiene tanto como él, nos preguntamos si a los demás nos queda esperanza.

La muerte de Robin Williams es un criadero de tópicos. "Precisamente los que lo tienen todo son los que más sufren", "El dinero no da la felicidad", "Cuando uno no sabe qué hacer con el dinero es cuando se mete en la droga", etc. Para mí, es simplemente otro agujero negro de la incomprensión que deja un humano muerto. Pero es un agujero con eco: el bofetón en la cara de cualquiera que vea sus películas a partir de ahora.

Me quedo con el tuit de Evan Rachel. Me niego a recordar el infierno de los suicidas del que hablaba Más allá de los sueños. No sé si Robin Williams era un genio, pero espero de corazón que, se encuentre donde se encuentre, haya quedado libre.

domingo, 10 de agosto de 2014

El argumento de mi novela y el fantasma de Justin Bieber

Como somos una pareja moderna, Pablo se ha ido a escalar a Mallorca con variopintas compañías couchsurferas y yo me he quedado en Margalef escribiendo.

Hoy ha sido mi primer día de lo que podríamos denominar "Maratón de Writerpreneurship Verano 2014". ¿Qué es eso de Writerpreneurship? Tiene que ver con que en estos tiempos que corren para la literatura digital, uno no puede ser solo autor: tiene que ser emprendedor, marketer y nosecuántas cosas más. En la práctica, se traduce en usar Twitter, Facebook, tener un blog y, de alguna forma, autopromocionarte sutilmente sin que a tus contactos les entren ganas de sacarse los ojos.

A mí no me molesta ser una Writepreneur o Escriemprendedora, aunque me agotan un poco las redes sociales. Pero me gusta tener las cosas (más o menos) bajo mi control. Si tuviera que mandar manuscritos a las editoriales, me tiraría de un puente. A partir de ahora, planeo escribir y editar un libro tras otro hasta alcanzar el estrellato o la muerte. También voy a seguir con la psicología, pero de forma virtual y espaciada hasta que Pablo y yo decidamos (si es que lo decidimos alguna vez) volver a la ciudad.

Hoy ha sido mi primer día de MWV2014. No tengo claro si lo he aprovechado o no. He meditado, escrito, leído, comido helado, paseado en torno al pantano y ploteado mi novela, pero todo lo he hecho de forma un poco espesa y desorganizada. ¿Qué es plotear? Es una adaptación del verbo inglés "to plot": construir de forma sólida el argumento de tu libro antes de empezar a escribirlo o, en mi caso, después de revisar el primer borrador de tu libro y decidir que hay que reescribir un ochenta por ciento.

Plotear es difícil porque no estoy acostumbrada a pensar sin escribir. Con un post es sencillo: tienes tres ideas en mente y dejas que los dedos corran. Después corriges lo que haga falta; total, no se tarda tanto en cambiar un par de párrafos. Le das a "publicar" y hordas de lectores tus cuatro amorosos fans te dan un feedback amable. Unos días después, empiezas de nuevo.

Yo pensaba que una novela sería algo parecido: me sentaría frente al ordenador y las palabras comenzarían a fluir de mis dedos. Personajes y situaciones se sucederían en vertiginoso gozo. En vez de eso, resulta que escribir sin un plan previo se parece a intentar sacarle zumo a un trozo de corcho. Te sientas y te paraliza la incertidumbre. ¿Qué escena va ahora? ¿Quién aparece en ella? ¿El protagonista tiene hermanos? ¿Cuántos? ¿Por qué dos y no tres (o tres y no cuatro)? ¿En qué trabaja? ¿Qué le gusta? ¿Hacia dónde va este diálogo/situación/narración?

Si te lo inventas todo sobre la marcha, como hice yo en el NaNoWriMo, corres el riesgo de que releer tu borrador se parezca a hablar con una amigo la mañana siguiente a una gran borrachera. "¿Que hice QUÉ? ¿Que me lié con QUIÉN?". No te puedes creer que esa sucesión de despropósitos sea obra tuya. Que conste que a mí nunca me pasó eso: yo era más de potar antes de que cantidades preocupantes de alcohol llegaran a mi cerebro.

La valoración post-resaca de mi borrador me ha hecho decidir que voy a plotear como si no hubiera un mañana. Quiero saber todo lo que ocurre en esa novela y cuáles son los planes de mis personajes absurdos antes de ponerme a escribir, porque paso de escribir otras 50000 palabras y decidir después que son basura. Pero plotear es agotador: la mente da círculos una y otra vez, cada vez que resuelves un problema surge otro y al final no sabes si el resultado se parece demasiado a lo que tenías en la cabeza.

Imagino que a vosotros, queridos lectores, todos estos problemas literarios os chupan un pie, pero es que no sé de qué otra cosa escribir. Antes escribía aquí sobre lo que me pasaba, pero desde que vivo en Margalef, lo que se dice pasarme no me pasan muchas cosas. Que conste que eso es bueno. Estoy aquí precisamente para concentrar mis energías, y lo que quiero que pase ocurrirá sobre todo en los mundos imaginarios de mis libros y/o en la roca. El resto del tiempo, Pablo y yo podemos pasar con entretenimientos tan emocionantes como cruzar por primera vez el puente nuevo que han construido sobre el río, o ir a casa de la vecina a pedir un limón. El problema es que todo eso no da para muchos posts (a no ser que tengas una imaginación tan descabellada como la de Rafa Fernández, que convierte su aldea de seis habitantes en fuente constante de inspiración).

Hoy ha sido un buen día, después de todo. Aunque ploteo a velocidad de tortuga anémica, y aunque no me van a dar el premio a la imaginación del año, mi historia va teniendo algo parecido a un tono narrativo decente. Hay conflicto, hay drama, hay Tensión Sexual No Resuelta. Yo quiero escribir una novela adictiva. Una de esas que no te deja dormir por las noches; que cuando estás firmemente decidido a dejarla en la mesilla para irte a la cama, te sorprende con un giro nuevo, o con un desastre inesperado, que te obliga a girar la página. Quiero que todas las lectoras os enamoréis del protagonista y todos los lectores de la protagonista (cambiad géneros a vuestro antojo para orientaciones sexuales minoritarias; Massobreloslunes respeta la diversidad).

Ahora me voy a dormir. Cuando duermo sin Pablo me inquieto un poco. Ayer, por ejemplo, estaba intentando coger el sueño cuando se encendió una luz en el hueco de la escalera. Me acojoné, y eso que Margalef debe de tener un índice de criminalidad negativo (porque la gente te ayuda y te da verduras de sus huertos). Resultó que la luz del descansillo del edificio entra por un tragaluz que da a nuestra casa, y que eran los vecinos llegando al portal. Solo vienen unos días en verano y no estamos acostumbrados a tener compañía. Me volví a la cama, todavía con el corazón en un puño, y entonces vi que en el borde de la puerta del armario había algo escrito. Dos palabras en las que no me había fijado hasta entonces:

"Justin Bieber".

Verídico.

Me acojoné otra vez. Menos mal que ponía Justin Bieber y no, por ejemplo, "Monja Petra", la protagonista de las historias de terror que nos contaban de pequeños en los scouts. Llega a poner "Monja Petra y juro que empiezo a correr hasta llegar a Mallorca.

En fin, ciruelos y ciruelas. No es el mejor post del mundo, pero es mejor que el silencio. Dadme tiempo hasta que encuentre el tono de esta nueva época literaria de mi vida, donde no puedo hablar de ligues, amigos y pacientes porque estoy retirada en un monasterio de amor y roca. No me va a quedar más remedio que escribir sobre política.

Por cierto: una lectora que vive cerca ha contactado conmigo para escalar la semana que viene. Empezó a escalar gracias al blog, ¿no es fabuloso? Si tú también vives por la comarca y te animas, no dudes en avisarme; a no ser que seas un psicópata, claro, o el espíritu encarnado de Justin Bieber.

lunes, 4 de agosto de 2014

Viajus interruptus

Estamos de vuelta en Margalef. El European Rock Trip ha sido alarmantemente corto: apenas una semana de furgo, escalada e intentos de producir el sonido nasal en francés. ¿Por qué?

Es difícil de explicar. Tienes que ser una escritora en paro, aspirante a emprendedora literaria y silenciófila para preferir estar en tu casa antes que viajando. Ahora mismo no es mi momento para tomarme vacaciones. Lo intenté con fuerza para acompañar a Pablo, que ha trabajado muchísimo este año y se las merece, pero me estaba poniendo nerviosa y me picaban en los dedos las ganas de escribir. Así que hemos vuelto, aunque probablemente él se marche de nuevo en un par de días porque lo que le pica a él en los dedos es el magnesio.

Estoy contenta, no os creáis. Mi vida cotidiana mola demasiado como para que me dé pena no viajar. Como dice el Ezcritor: trabajar en lo que quiero todo el año serán mis vacaciones. Y esas me las voy a tener que ganar.

Sé que llevo diciendo esto desde hace meses, pero después de superar mi asqueroso burnout laboral, terminar el PIR, mudarme y volverme del viaje de los sueños de casi cualquiera, esto va a arrancar en serio. Sigo trabajando en marinadiaz.net, que abrirá más o menos a mediados de septiembre. Por cierto, quiero comentar en la lista de correo mis ideas y dudas respecto a la página nueva, así que apúntate si te interesa colaborar. Mientras más seamos, más nos divertiremos.

Gracias por estar ahí, y también a los que os habéis preocupado por nuestra integridad. Estamos bien. Seguimos adelante.

martes, 29 de julio de 2014

Escribiendo en el aire

Es de noche y estamos en un camping del suroeste de Francia, sentados en la furgo, preparando seitán a la plancha para la cena. Yo pico muy fino un diente del ajo gigante y violeta que hemos comprado en la tienda, y Pablo me pasa cuando se lo pido los objetos que están en su lado de nuestro salón-cocina: la sartén, el aceite, la pimienta.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?

Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.

Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.

- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.

Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.

Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.

Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.

Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.