massobreloslunes

sábado, 21 de mayo de 2016

La diferencia entre los 20 y los 30

La razón por la que no escribo en este blog es que vivo con Pablo. Lo que no es ni bueno ni malo; él no tiene la culpa de que yo encuentre la forma de seguir escribiendo aquí y conviviendo con él. Pero en cuanto paso más de dos horas seguidas sin él, me empiezan a entrar ganas de escribir: es automático. No es solo una cuestión de tiempo ni de espacio: creo que el problema es que satisface demasiado bien mis necesidades de comunicación íntima.

Ahora, por ejemplo, estoy en Cádiz, en el piso de Soraya, mi R pequeña (es decir: una de las que empezó la residencia después de mí). Ella se ha ido a un curso en Madrid y me ha dejado las llaves de su fantástico piso en el centro: pintado de azul, con techos altos, cocina americana y miles de libros. Podría ser mi casa. Me he acordado de cuando vivía sola en la Viña y he pensado, como siempre que pienso en este tema, que debía haber aprovechado más aquel tiempo, haberlo saboreado mejor, porque ahora es probable que, si todo va bien, no vuelva a vivir sola nunca.

Por supuesto, es una trampa de la mente. Disfruté muchísimo aquellos dos años. Si releéis mis entradas de aquella época, se ve con mucha claridad. Y al mismo tiempo, tenía muchas ganas de encontrar a Pablo. Supongo que a posteriori es fácil pensar que no has disfrutado lo bastante de algo, que tenías que haber permanecido despierta por las noches pensando en lo fantástico que era poder ordenar las especias a tu manera.

Aquí, sentada en la mesa de Soraya, tengo ganas de escribir. Y el tema es el del título: la diferencia entre la veintena y la treintena. Apenas tengo un año de experiencia en la treintena, y algo me dice que tener 31 no es lo mismo que tener 39, pero ¿para qué está la blogosfera, si no es para escribir larguísimos textos sobre cosas sobre las que tampoco sabes tanto?

Asi que vamos allá.

Encuentro dos diferencias fundamentales, dos, entre los veinte y los treinta.

La primera es que a los veinte el coste de oportunidad de tu tiempo es muy relativo. Hay por ahí una tipa que escribe libros sobre cómo es importante tomar buenas decisiones en tu veintena, porque el tiempo se acaba y tictactictac. Sin embargo, no hay ninguna decisión que tomar en la veintena y que no tenga ningún tipo de arreglo en la siguiente década. A no ser que te amputes un brazo o algo por el estilo.

Puedes cambiar de carrera, de trabajo y de pareja. Puedes no pensar ni cinco minutos en si vas a reproducirte o no. Puedes vivir donde quieras, alquilar siempre y no comprarte un coche. Es una década muy liviana.

El primer shock de los treinta es que estos años tienen consecuencias más importantes para ti, al menos si eres mujer. Tienes que tomar decisiones sentimentales y reproductivas que podrían no tener vuelta atrás.

Lo importante no es lo que decidas. Yo creo que pueden llevarse vidas buenas en casi todas las circunstancias. Lo importante es que te das cuenta de que no eres inmortal y empiezas a tener la sensación de que las puertas se van cerrando frente a ti.

Es como ir a un buffet y empezar a picotear aquí y allá, saboreando los platos, sin demasiado interés... y cuando vas a servirte de nuevo, porque todavía tienes hambre, darte cuenta de que ya han empezado a retirar la comida y nadie te ha avisado.

Ya no tienes todo el tiempo del mundo. Ya no eres libre e inmortal. Tictactictac.

La segunda diferencia fundamental entre los veinte y los treinta es la perspectiva. Con un poco de suerte, para cuando llegas a los treinta ya has vivido una o varias de estas experiencias:

  • Ideas que considerabas inamovibles han cambiado.
  • Te has dado cuenta de que sentirte vieja a los 23 era estúpido.
  • Has odiado a gente a la que antes amabas, y viceversa.
  • Te has sentido indiferente sobre personas y actividades que al principio te importaban muchísimo.
  • Te has dado cuenta de que no sabías nada sobre algo y antes pensabas que sí.
Eso está muy bien, porque durante la treintena puedes utilizar esa perspectiva para tu beneficio. Puedes elegir sentirte joven aquí y ahora, porque sabes que te quedan muchos lugares desde donde mirarte y darte cuenta de que realmente eres joven. 

Puedes aferrarte menos a las ideas y a las personas, y abrirte a la perspectiva de que tus opiniones cambien.

Puedes sentir que no sabes nada sobre algo, y es mucho más agradable de lo que parece.

Así que las dos diferencias fundamentales que he notado entre los 20 y los 30 son la falta de sensación de inmortalidad y la perspectiva. Creo que ambos cambios son buenos. Si consigues sacudirte de encima la melancolía de "el tiempo pasa y algún día estaré muerta", te es posible disfrutar más del presente que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos todos.

Otras diferencias, menos importantes pero también curiosas, son:

- Dejas de ser la más joven de cualquier sitio. Ya no eres precoz en prácticamente nada. De hecho, es fácil empezar a sentir que te estás quedando atrás. Pero es ilusorio: ¿atrás de quién? ¿En qué carrera te crees que te has metido?

- Tus amigos empiezan a casarse y tener hijos. Hasta los más hippies y alternativos están buscando maneras de vivir más o menos dentro de la norma. Quizá sea porque la norma no está tan mal. Probablemente tiene sentido vivir tus veinte sabiendo que en algún momento de tus treinta vas a desear lo que tienen todos los demás (¡ojalá alguien me hubiera dado este consejo antes!).

- Tu percepción de la edad de los demás cambia. Los de veintitantos te parecen jovencísimos. Los de cuarenta te parecen "casi de tu edad". Con suerte, tienes amigos de muchas edades.

- Todo te la suda más. Eso es fantástico. Hace unos días le decía a Pablo que estoy empezando a convertirme en la típica vieja impertinente que dice lo que se le pasa por la cabeza. ¡A los 31! Tengo la esperanza de que esto solo vaya en aumento. 

- Dejas de tomar a tu cuerpo por sentado. Te duelen algunas articulaciones. Ya no haces deporte para estar mona, sino para prevenir achaques (por otra parte, creo que escribí algo muy parecido cuando tenía 25 y empecé a nadar. Quizá siempre he tenido 30 en mi corazón. O 50).

- Te das cuenta de que miras a chicos que ya son demasiado jóvenes para ti o están demasiado buenos para ti. Esto es genérico: todos sabemos que existen Demi Moore y Madonna y que todo es ponerse. Y en realidad, yo no tengo ningún interés en buscarme un toyboy, gracias. Pero es curioso ponerte en los ojos del chico y saber que para él eres casi una señora. 

- En la misma línea: ves que la gente te trata como a alguien mayor, y que tú te sientes más o menos igual. En mi cabeza, tengo exactamente el mismo aspecto que cuando entraba en la facultad hace ya casi (gasp) diez años. Pero cuando veo a los estudiantes en Granada me doy cuenta de que NO, definitivamente ya no tengo ese aspecto. 

Los treinta es esa etapa en la que puedes seguir sintiéndote joven, siempre y cuando no te compares con jóvenes de verdad.


En general, mi balance es bueno. Y estoy convencida de que mientras más años cumpla, más a gusto me voy a sentir en mi piel. Solo tienes que aprender a vivir con las pérdidas, porque cada vez van a ser más y mayores hasta la Pérdida Definitiva (AKA La Muerte), y concentrarte en lo que tienes delante.

Porque no es verdad que las puertas se cierran, y nadie se ha llevado la comida. Las puertas se siguen abriendo, siempre y cuando cruces las que tienes enfrente con decisión.

lunes, 11 de abril de 2016

Werther's Original de avellana y almendra

Estoy sentada en el Pont, que es como le llamamos al bar del camping que abrieron en verano frente a nuestra casa. Tiene mesas de madera y estufa de leña, y me gusta tanto la música que ponen (pop-rock español de los últimos 30 años, AKA la duración de mi vida) que paro cada dos por tres para tararear y me cunde poquísimo. Paula, la dueña, se parte de risa conmigo porque dice que me las sé todas. "En serio - le contesto yo - es que esta podría ser mi lista de reproducción".

El Pont es probablemente lo tercero que más voy a echar de menos de aquí. Un lugar donde trabajar a gusto es un lujo cuando eres freelance. Me gusta venir y sentarme un rato en la barra con Paula o con Jose, su marido. Paula es catalana y Jose es sevillano. Son como un chiste con patas: él se ríe de la sardana y ella me cuenta, preocupada, que este verano va a ir a un festival de cante jondo y no sabe si va a gustarle.

Después vengo a una de las mesas y me pongo a trabajar con mi infusión, o mi colacao, y mordisqueo el caramelo que ponen siempre con las bebidas: los Werther's Original de avellana y almendra. A Pablo le encantan, así que para su cumpleaños le compré a Paula y a Jose la mitad de una de sus bolsas industriales. Esparcí doscientos cincuenta caramelos por toda la casa; cuando los vio, Pablo me dijo: "gracias, ¡me has regalado diabetes!".

¿Qué pasó con los doscientos cincuenta caramelos del cumpleaños de Pablo?

Nos comimos gran parte de ellos. Estaban demasiado accesibles.

También le regalamos un puñado a Ana, la que lleva la tienda del pueblo. Ana es rumana (rum-Ana!) y creo que está tan hasta el gorro del pueblo como yo. Ahora se está sacando el carnet de conducir, y temo que cuando lo consiga huya de aquí sin mirar atrás. Habla una mezcla muy curiosa de catalán y español, y a veces, cuando voy a comprar, me secuestra la compra detrás del mostrador para que me quede hablando un rato con ella.

Otros pocos se los llevó la hermana de Pablo, que vive en Madrid y nos cuida a Kalimera cuando estamos de viaje. Kalimera es la cosa número 1 que me llevo del pueblo, pero no es lo que más voy a echar de menos porque se viene con nosotros. Cuando paso por delante de la tubería donde la encontramos me acuerdo de cómo maullaba, pobrecita, como un pájaro histérico, y no me puedo creer que el culo gordo que tiene ahora le cupiera alguna vez en ese hueco.

Un gran porcentaje de los caramelos se los comieron Vane y Simón. Vane y Simón son lo segundo que más voy a echar de menos, aunque no viven aquí, sino en el pueblo de al lado. Si no fuera por ellos, nos habríamos muerto de pena. Aunque tardamos meses, a nuestro estilo, en quedar con ellos por primera vez, ahora somos asiduos a su casa a medio restaurar y a las cenas de verduras al horno que prepara Vane en honor de Pablo.

La última persona que comió caramelos de cumpleaños fue Oli, el hijo de Simón y Vane. Oli va a ser lo que más voy a echar de menos de aquí. Tiene trece años y es un librepensador. Le gustan los robots, las películas postapocalípticas y, más recientemente, una chica de Barcelona a la que conoció en un campamento. A veces se viene a cenar a casa, hacemos palomitas y las comemos en el sofá mientras vemos una peli en el proyector. Dice siempre lo que piensa, y cuando sonríe entrecerrando los ojos me derrito un poco.

El problema con Oli es que cuando volvamos a Margalef, de aquí a unos meses, o a un año, todo estará más o menos igual. Paula y Jose seguirán con sus bromas bilingües, Ana seguirá mezclando idiomas detrás de la barra y el perro loco de mi vecino seguirá ladrando como un chalado cada vez que nos lo encontramos al salir de casa. Vane seguirá teniendo su humor andaluz y su genio nórdico, y Simón seguirá haciendo juegos de palabras como "si el que cura los huesos es el osteópata, el que cura la psique qué es, ¿el psicópata?".

Pero Oli no. Oli estará más alto, quizá con la voz ronca, o con cuatro pelos tiesos en el bigote. Ya no querrá ver pelis postapocalípticas ni hablar de robots inventados. Y en unos años más se afeitará, y no dirá tres palabras seguidas, y nosotros, Pablo y yo, ya no seremos parte de su vida cotidiana, sino una gente que viene de vez en cuando y le dice "qué grande estás".

Así que quizá Oli no sea lo que más voy a echar de menos del pueblo. Quizá Oli, este Oli, sea lo único que de verdad va a quedarse aquí y a no volver nunca.

viernes, 8 de abril de 2016

El diario de Ana Frank

Hace un par de días estaba charlando por whatsapp con Kaperucito mientras releía entradas de este blog. Las entradas antiguas me producen una mezcla curiosa de sentimientos: algunas las leo por encima porque me dan vergüenza ajena, otras me encantan, otras me aburren. En general, me asombra la distancia que percibo entre yo y la Marina de entonces, porque nunca pensé que llegaría a sentirme tan distinta.

El caso es que Kaperucito y yo nos desafiamos mutuamente a escribir una entrada en nuestros respectivos blogs personales antes de que terminara la semana. Y aquí estoy.

Hace un par de semanas leí un libro llamado "Become an Idea Machine" y decidí empezar a pensar diez ideas todos los días. La teoría del libro es que la capacidad de tener ideas es como un músculo que se atrofia si no lo utilizas lo suficiente, y que las ideas son la mayor riqueza de la que puedes disponer en el mundo actual.

Me gusta mucho el ejercicio. Es mágico. De repente, existen diez nuevas ideas que antes no estaban, y no importa si son buenas o malas: lo importante es que están ahí. Es acostumbrarse a crear todos los días. No me resulta extremadamente difícil. Lo curioso es que lo he propuesto a unas cuantas personas de mi alrededor y a nadie le ha entusiasmado ni un poco. ¿Es poco interesante tener ideas? ¿No resulta lo bastante concreto, lo bastante productivo?

Dentro de dos semanas Pablo y yo nos mudamos a Granada. ¿No es increíble? Nunca pensé que volvería a vivir allí. No sé cuánto tiempo estaremos y hasta qué punto se parecerá a la última vez. Sospecho que va a parecerse poco. En cualquier caso, tengo ganas de marcharme del pueblo. Sobre todo porque en estos dos últimos años siento que hay partes de mi vida que se han empobrecido y que quiero volver a repoblar.

Tener ideas es parte del proceso de volver a traer cosas a mi vida. No creo que el empobrecimiento haya sido del todo malo; un buen blogger lo llamaría minimalismo y escribiría un artículo en Medium. Aquí he tenido la oportunidad de reflexionar sobre algunos temas a mi ritmo y creo que eso ha estado bien. Y ha habido buenos momentos y mucho oxígeno. Ni tan mal. Pero ahora quiero volver a tener estímulos, ideas y hasta objetos innecesarios. Creo que es lo que me hace falta en esta etapa.

¿Qué tiene que ver Ana Frank con todo esto? La propuesta de hoy para el ejercicio de las ideas era: piensa en 10 preguntas que le harías a un personaje histórico al que admiras. La primera persona que se me ha venido a la cabeza ha sido Ana Frank. Cuando era adolescente, me leí su diario varias veces mientras luchaba con mi inconstancia para escribir uno. Las tapas estaban manchadas de algún líquido oscuro y mordisqueadas por Sindy, la perrita de mi amiga Caro, a quien se lo había dejado para que compartiera mi entusiasmo. Quería inventarme una amiga imaginaria como Kitty y quería que en mi vida pasaran cosas dramáticas para poder escribirlas.

¿Por qué el personaje histórico al que más admiro o, al menos, el primero que se me viene a la cabeza, es Ana Frank? No fue una benefactora de la humanidad al nivel de, pongamos, la Madre Teresa. Supongo que Ana Frank demostró que la intimidad es una poderosa forma de conexión. La mayor parte del diario no se centra en reflexionar sobre la guerra ni sobre el antisemitismo. Lo que más encuentras son pinceladas de vida normal en medio del terror, y muchas pequeñas molestias cotidianas: las peleas con su madre, la comida repetitiva y los turnos para usar el baño. Con Ana uno aprende que incluso escondiéndote de la muerte te preocupa el estado de tu pelo.

Y es probable que nadie hubiera leído un ensayo sesudo sobre el horror de la guerra escrito por una chica de catorce años. El mérito de Ana fue mostrarse al mundo como una persona completa, tridimensional. Permitir que la gente conectara con la tragedia a partir de su pequeña gran historia, al precio de ser completamente vulnerable, 100% sincera.

Se me acaba de ocurrir una pregunta que no he incluido en mi lista de 10. A saber: "si hubieras sobrevivido a los campos, ¿habrías dejado que publicaran tu diario?". No sé qué respondería Ana. Ya dije alguna vez que habría sido una buena bloguera. Quizá estando viva no habría querido destapar las intimidades de su adolescencia, o habría creído que no interesaban a nadie. Quizá habría preferido esperar a la web 2.0 y disolver sus secretos en este frenesí de exhibicionismo.

En cualquier caso: la entrada de hoy va por Ana, y por Kaperucito. Por todos los que algún día han creído que la intimidad tiene algún valor más allá del autobombo. Un poco, también, por la Marina del Pasado. Y por ti, lector, por supuesto.

lunes, 5 de octubre de 2015

Cambios

Una de las cosas extrañísimas del paso del tiempo es la forma en que sientes continuidad con una etapa de tu vida, te sientes exactamente igual que la tú del pasado y, de repente, ocurre un cisma silencioso, una ruptura irremediable, y tú ya eres otra persona que no se reconoce en la de antes.

A mí me ha pasado ya dos veces desde que empecé este blog. La primera ruptura fue con la yo universitaria. Cuando llegué a Cádiz, la Marina de Granada, que faltaba a clase cada dos por tres o daba vueltas en bici por la ciudad dormida, era la yo de hacía dos días. Me sentía identificada con ella, podía volver a ser ella cuando quisiera. Pero de repente cambié, y ahora los problemas y preocupaciones de esa Marina me parecen alienígenas.

Hace un par de días, por ejemplo, veía Gilmore Girls con Pablo. La protagonista, Rory Gilmore, acaba de empezar la universidad y es una chica tranquila y rarita a la que le gusta leer. Cuando hay una fiesta en los dormitorios, ella se encierra en su habitación mientras escucha las risas al otro lado, y yo recuerdo lo sola que me sentía cuando me quería quedar leyendo en vez de penar en algún bar del centro hasta que se hacía lo bastante tarde para irme. Y ahora pienso: qué gilipollez. Tendría que haber dicho: "no salgo porque no me apetece", y no salir, punto. Es fácil verlo así desde donde estoy ahora.

La segunda etapa que se ha acabado es la de la yo soltera. Llevo ya dos años y medio con El Hombre, y creo que todavía no he asumido del todo el cambio enorme que ha supuesto tenerle en mi vida. Solo me doy cuenta cuando otras personas me cuentan sus problemas amorosos, las relaciones confusas en las que están metidos, el flirteo o los jueguecitos de poder, y entonces me doy cuenta de lo rarísimo que es contar con una persona en la que confías al cien por cien, con la que puedes contar, que no juega  ni tiene miedo.

Eso es bueno y también es difícil. La yo soltera estaba desesperada por comunicarse, y se comunicaba con más gente. Escribía más (qué os voy a decir que no sepáis) y encontraba cierto placer perverso en la intensidad de sus enamoramientos y desenamoramientos. A la yo del presente a veces le cuesta encontrarse en esta calma. Me da miedo haber perdido lo que me hacía conectar con los demás y no volver a encontrar temas sobre los que escribir aquí nunca.

Pero bueno, es lo que tiene crecer y cambiar. No es fácil, incluso cuando llevas mucho tiempo deseando el cambio. La parte buena es que sigues teniendo oportunidades y partidas de repuesto, que sigo teniendo ganas de probar cosas nuevas y de experimentar. Así que le digo adiós a esa Marina enamoradiza y charlatana, y espero a que la de ahora tenga ganas de contarme cuál es la forma que elige para relacionarse con el mundo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

De cómo conocí a vuestro Pablo (la explicación cuántica)

Como no le he contado a Pablo que estoy publicando aquí, puedo escribir sobre él de forma medio escondida, casi secreta, y decir que es fantástico sin sentir que le estoy haciendo la pelota. Así que hoy os voy a contar la verdadera razón de por qué conocí a Pablo. Esto es un secreto, que conste, porque yo siempre me posiciono en contra de la ley de la atracción y de las creencias pseudomágicas. Pero he aquí lo que me pasó a mí:

Hace ahora dos años y cuatro meses, fui de viaje a EEUU. El primer fin de semana que pasé allí, Pablo y Jenna me invitaron a ir con ellos de Camping a Shelf Road. Alquilé en el REI (una especie de Decathlon extremadamente profesional) un saco de dormir, pero no quedaban de mujer y me dieron de hombre. Pablo y Jenna me prestaron una tienda para que durmiera y yo me metí en mi saco de hombre, que era demasiado grande y fino para mí. Me congelé de frío toda la noche. Recuerdo aquella noche como una de las más solitarias de mi vida. Era la metáfora perfecta: estaba muerta de frío y no podía hacer nada para escapar.

Al día siguiente, mientras caminábamos hacia el sector de escalada, tuve un pensamiento alto y claro. Me dirigí al hombre de mi vida, ese que yo sabía que estaba en alguna parte, y le dije: "Ya me he hartado de esperarte. Te necesito ahora. Ven ya, por favor".

Y una semana después, conocí a Pablo.

Curioso, ¿no?

Probablemente fue casualidad. Pero quién sabe si de mi frío y mi soledad, y de todos esos años que pasé tratando de ser mejor persona para merecerme a mi chico cuando llegara, surgió un único pensamiento, poderoso cual patronus de Harry Potter, que convocó a Pablo desde un remoto rincón del sur de Colorado.

Eso era lo que quería contaros hoy.

Posdata: tengo escrito un post sobre esa noche, pero no me apetece enlazarlo. Lo podéis buscar en los archivos si os apetece, o en google; creo que se titula "todos los fríos el frío".
Posdata 2: sí, es probable que haya tardado más en escribir la posdata que en enlazar el post.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Nicole Arbour y "Dear fat people"

Pues resulta que hace poco vi en Facebook el vídeo más estúpido y ofensivo con el que me he topado en los últimos meses. Es un vídeo de una tipa que se hace llamar cómica y a la que no había visto nunca: una rubia con grandes ojos azules llamada Nicole Arbour.

No os animo a que lo veáis porque son seis minutos de vuestra vida que no vais a recuperar jamás. En lugar de eso, resumo: esta señora ha grabado un vídeo llamado "Dear fat people", es decir, "Querida gente gorda", mirando fijamente a la cámara con los ojos muy abiertos, hablando rápido al ritmo de algo parecido a una marcha militar y exponiendo la siguiente tesis brillante:

La gente gorda está gorda porque nadie les dice la verdad. Se han inventado expresiones como "Fat shaming" (avergonzar a alguien por estar gordo) o "body shaming" (avergonzar a alguien por su cuerpo) para justificar las malas elecciones que toman en la vida. Si estás gordo es porque no respetas tu cuerpo y no te importa tener enfermedades cardíacas o diabetes. Ella está aquí para hacer lo que deberían hacer tus familiares y amigos: recordarte que solo tienes un cuerpo con el que viajar sobre este planeta y que tiene que durarte toda la vida.

En medio del vídeo, cuenta una ¿anécdota? sobre una familia con obesidad que encontró en el aeropuerto. Explica cómo se le colaron para facturar, cómo fueron en carrito hasta la puerta de embarque y cómo el hijo se sentó a su lado en el avión y desparramó su grasa por el regazo de la inocente Nicole. Estoy casi convencida de que esto se lo ha inventado.

Finaliza toda esta sarta de idioteces crueles diciendo que ella en realidad no te juzga por estar gordo y que te quiere tal y como eres, pero que alguien tiene que decirte la verdad para que cambies, y que por eso está ella ahí. De nada.

Este vídeo me ha enfurecido hasta el punto de escribir un post como este, cuando yo procuro no engancharme nunca con discusiones de Internet porque no me aportan nada y saturan mi delicado espacio mental. Pero ver ese vídeo fue como si alguien metiera un líquido desagradable en mi organismo que tengo que sacar de una manera; un líquido negro, apestoso y maloliente como el alma de Nicole Arbour.

No sé por qué me molesta tanto. Hay millones de vídeos ofensivos en Youtube. Además, yo no soy demasiado políticamente correcta: puedo reírme casi de todo. Podría decir que me enfurece porque se atreve a juzgar y a hacer daño a la gente desde una posición de privilegio genético, y encima lo maquilla como preocupación por la salud ajena. Que me pone de mala hostia pensar que un montón de personas con obesidad y sobrepeso van a ver ese vídeo y a acabar, literalmente, llorando, porque ella pensó que era una buena idea para volverse viral y ganar seguidores.

Pero lo que más me enfurece es su estupidez. El no tener ni puñetera idea de nada: ni de humor, ni de comedia, ni de empatía; ni siquiera de lo que hace que le gustes a quien te sigue online. Construirá una carrerita mediocre en su canal, lleno de gente que, como ella, justifica sus juicios y su odio en aras del humor y de la sinceridad, pero nadie en su sano juicio, nadie en el mundo real, que quiera a alguien atractivo para su programa, o su serie, o su marca, la contratará jamás.

Y, por supuesto, no tiene ni idea de lo que ayuda a cambiar a la gente. Pero esto es lo de menos, porque Nicole Arbour no tiene ningún interés por ayudar a nadie más que a sí misma.

Para colmo, ha hecho de la sinceridad su bandera y piensa que la corrección política está matando a la comedia. No, Nicole: a la comedia la está matando gente como tú, que grita frente a una cámara en casa diciendo "¡eh, miradme, miradme!" y, como a nadie le interesa lo que tiene que decir, termina por leerse el "manual del joven youtuber viral" e insultando a un 35% de la población de su país para ser trending topic en Twitter. Divertida es Tina Fey. Ese es un coco brillante, surrealista y abrumadoramente gracioso. Tu humor, Nicole, es tan barato como tus bromas de "ese gordo huele a salchicha".

En fin, que lo que yo quería decir de verdad es que tengas sobrepeso u obesidad, peses cien kilos o doscientos, no te mereces que nadie te diga algo así. No te mereces que nadie te juzgue. Porque, como muy bien dice Whitney Way Thore, la pura verdad es que no tenemos ni idea de los demás. No sabemos si ese hombre de ciento cincuenta kilos ayer pesaba doscientos. No sabemos si esa chica que ha ganado diez kilos en los últimos años se está encontrando, de hecho, mejor y más sana que en mucho tiempo, o si esa mujer obesa baila mejor que tú y que yo.

Querido lector o lectora que no se siente a gusto con su cuerpo: eres suficiente tal y como eres, aquí y ahora. Te mereces las cosas buenas de la vida aquí y ahora, sin necesidad de esperar a ese futuro dorado e improbable que te prometen las dietas. Mereces el respeto de gentuza como Nicole, que a su vez también merece respeto como persona, imagino, en un planeta alternativo donde soy capaz de controlar mi ira.

Si consideras que tienes un problema con tu peso, y quieres leer algo que de verdad te ayude a cambiar, puedes echar un vistazo a los libros de Geneen Roth, que habla de alimentación emocional desde la experiencia, la empatía y el cariño. Pero solo si quieres.

Entretanto, los demás estaremos aquí para apreciar tu vida tal y como es ahora.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi felicidad

Desde hace unas cuantas semanas, estoy extrañamente feliz. Y digo extrañamente porque ya os conté el último día que llevaba meses con una nube negra sobre mi cabeza, como si mi vida estuviera metida en un agujero que cada vez se hacía más y más estrecho. Ahora, de repente, ha vuelto la luz y todo parece apetecible y emocionante. 

Disfruto de mi chico, de mi gata y del silencio.

De Pablo disfruto todo el rato. ¿Sabéis eso de "no darse cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"? A mí no me pasa. Yo me doy cuenta todo el rato de que tengo a este chico fabuloso, del que me gusta hasta cómo coloca los tuppers en el lavavajillas. 

Pablo ha cambiado todo lo que yo creía saber que era una relación. Hace un par de días, una amiga nos dijo que "no se sabía dónde empezaba el uno y dónde terminaba el otro", y yo me lo tomé como un halago. Me da igual ser absurdamente codependiente de Pablo, me da igual estar fusionada con él y acostarme por las noches pensando que me da pena dormir porque en ese rato no podemos estar juntos. Ahora me creo la teoría de la media naranja y de las almas gemelas, y pienso que nadie en el mundo está tan enamorado como nosotros y que seremos así siempre. Es un amor irracional y apabullante, y me encanta.

De Kalimera me gusta su curiosidad. Le interesan nuestras duchas, las películas que vemos, lo que hay detrás de cada mueble y dentro de cada bolsa. Su curiosidad es mayor que su instinto de supervivencia, y por eso cuando pasamos la aspiradora o me seco el pelo ella se queda un momento quieta, luchando contra el miedo que le da el ruido, antes de alejarse saltando sobre sus patitas blancas. Es extremadamente gatuna: molesta y adorable, juguetona y perezosa. De repente está saltando sobre ti como un ninja entrenado, y al momento siguiente se tumba a dormir y se tapa la cara con la patita porque le molesta la luz.

Y luego está el silencio hondo que hay en el pueblo después del verano, suspendido en el aire como lo contrario a una tormenta eléctrica. Salimos a escalar y hay una paz profunda, intensa, que se extiende por el cielo nublado de septiembre. Y disfruto del silencio y de sus posibilidades, de ver por fin lo que hago y lo que escribo como una oportunidad y no como una obligación.

Feliz, en resumen. Tan sencillo y complicado como eso.