massobreloslunes: abril 2005

viernes, 29 de abril de 2005

ADVERTENCIA

La autora del blog se marcha durante cinco largos y estupendos días a ver a su UGA (Único Gran Amor) a Pamplona. Su intención es relajarse, disfrutar, prácticar el sexo etc, así que no pretende postear nada nuevo hasta su regreso. Pretendía escribir un cuentecillo (que tiene medio apañao) antes de marcharse, para entretener a sus contados y apreciados lectores, pero le ha dado un ataque menstrual de los gordos y lleva un par de días semipostrada, así que no ha podido ser.
El lapsus de tiempo sin actualizar que le espera a este lugar no quiere decir, por tanto, que a su autora se le haya agotado la creatividad o que no pretenda publicar Nada Más Nunca. Volverá. Así que volved vosotros también. Ruega que no la abandonéis para siempre y que regreséis de aquí a una semana.
Os manda un beso gordo.

Marina.

martes, 26 de abril de 2005

¡Viva ella!

Hoy he ido a una conferencia de Almudena Grandes titulada “La escritura como experiencia”. Me enteré casualmente por el Aula Magna, lo que confirma mi teoría de que las cosas te buscan cuando estás preparada para ellas. Iba sola, ya sabéis: sentada en el extremo de una fila, ojeando un libro y mirando inquieta a mi alrededor, pensando “seguro que todo el mundo me observa con pena y piensa que no tengo amigos”. Así soy yo: carne de paranoia.
Almudena es alta y corpulenta, viste de negro y apoya la cabeza en la mano extendiendo el meñique, como en las fotos de la solapa de sus libros. A mí no es que me mate su forma de hacer literatura, porque a veces me empalaga, pero es una de las escritoras más conocidas del país, y qué coño, yo nunca he oído hablar a un escritor de tanto éxito. Soltó algunos tópicos, pero tiene gracia cuando habla, y me conquistó cuando dijo que ella quería hacer Clásica, que es raro pero que a ella lo que le gustaba era el latín. Yo, que me pasé el bachillerato traduciendo embobada en el aula enorme y fría donde nos desterraron a los de humanidades, la entendí.
En el turno de preguntas, me lo pensé bien antes de hablar. Era una sola pregunta, una sola gran oportunidad para que una escritora auténtica me hablara directamente a mí (madre mía). Apunté varias opciones en la parte de atrás del cuaderno. ¿Te ha hecho feliz la escritura? ¿Qué opinas de los talleres literarios? ¿Qué te parece el fenómeno Código Da Vinci? Al final le pregunté sobre la soledad. “¿De dónde se saca la fuerza para pasar seis o siete horas diarias delante de un ordenador, sin nadie más que tus personajes, sin saber si lo que estás haciendo vale de algo o es carne de cajón?”
Asintió, pero estaba algo sorprendida. “Bueno – dijo -, es que a mí escribir me gusta. Es mi oficio. He aprendido a gestionar la soledad, igual que se aprende cualquier otro trabajo. Yo disfruto escribiendo”.
Asentí y di las gracias. Me habría dado un golpe en la frente de haber podido. ¡Claro, coño! Me enredo tanto en mis (estúpidos) debates místicos sobre la escritura que se me olvida la clave de la cuestión: que me gusta. Que si con once años me planté frente al ordenador de mis padres y me puse a escribir chorradas sobre niñas pelirrojas y viajes a Hawai (sí, esos eran mis primeros temas, qué pasa), fue porque me gustaba. No había ningún tipo de trascendencia ahí; en aquel momento no se me había metido aún en la cabeza que mi única forma de encontrar el sentido de la vida era escribiendo y que escribir es una lucha constante contra la resistencia y contra el mundo casi. Pues claro. Si es que el problema es que nos olvidamos de la base.
Luego medité sobre la segunda parte de su respuesta: gestionar la soledad. No sufrir la soledad, ni soportarla, sino gestionarla. Escribir, quedarse frente al ordenador, no asustarse aunque haga horas que no ves a un ser humano y dudes que tu capacidad de relacionarte socialmente siga intacta. Y después, salir a la calle y conocer gente interesante. Aprender a trabajar con la soledad igual que aprendes a trabajar con el bisturí, con los ladrillos o con la pintura al óleo.
¡Viva Almudena, viva!
Prometo que lo próximo que postee será otra criatura, porque me pongo a meditar gilipolleces sobre el oficio de escritor y no lo practico (muy mal).
PD: No sería justo acabar este post sin decir que Almudena Grandes es muy muy maja y que su conferencia ha sido interesante, estimulante y estupenda. Hala.

lunes, 25 de abril de 2005

Te jodes

Empecé y terminé "Mirón" el viernes pasado, por la tarde, justo antes de irme a correr. Entré en trance literario y lo escribí de golpe, casi sin respirar, sin parar siquiera para pensar el poema o para inventar las elucubraciones extrañas dle personaje. Tenía la mente abierta de par en par.
Cuando terminé, estaba eufórica. No porque pensase que el cuento era especialmente bueno, sino por el simple hecho de haber escrito. La putada de escribir es que tienes que estar constantemente demostrándote a ti misma que eres capaz de hacerlo.
Me vestí para ir a correr, sonriendo mientras me amarraba los cordones de las zapatillas. Me sentía tan feliz que necesitaba salir de casa, alejarme de mi criatura, sudar un rato y volver sin fuerzas para enorgullecerme. Bajé por las escaleras dando botes. "Qué bien me siento", pensaba.
Mientras caminaba deprisa hacia los paseíllos universitarios, un pensamiento destacó con fuerza en mi cerebro: "Eres una escritora que ha hecho su papel, una escritora que ha escrito. Por eso te sientes feliz." Y, casi inmediatamente: "Eres escritora, te jodes". A partir de ahí, ya no había dios que parara a la burlona vocecilla de mi cabeza: "Te jodes. Si no fueras escritora, podrías ser psicóloga, podrías serlo con toda tu alma, y serías buena. Te dedicarías a ello por completo y acabarías con tu propia consulta, ya sabes: moqueta, sillas de piel, cuadros abstractos en las paredes, cobrando 35 o 40 euros la hora. Sin embargo, jódete, eres escritora, así que te vas a pasar tu puta vida dividida, entre ser psicóloga y escribir, entre salir de marcha y escribir, entre tu pareja y escribir. Te vas a pasar la vida estando en un lugar y deseando estar en otro, escribiendo. Acabarás pobre o infeliz, o tal vez rica e infeliz, o frustrada y suicidada en cualquier bañera. Ese es tu destino, lo sentimos".
Maldita voz. Pero hacía mucho tiempo que no estaba tan contenta.

sábado, 23 de abril de 2005

Mirón

A Jorge le gustaba observar a la gente. No era escritor, ni artista, ni psicólogo; no hacía nada con los datos que registraba a lo largo del día sobre los que le rodeaban. Le gustaba el simple acto de prestar atención a las historias que ocurrían; pensaba que las personas, como los libros, están hechas para ser leídas, para que otros intentemos comprenderlas. Para él contemplar a la gente tenía sentido más allá de sí mismo. Pensaba que su atención transformaba las vidas de los demás, que su mirada reavivaba la existencia ajena y le daba un significado que iba más allá del simple acontecer de las cosas.

Era un buen novio. Tuvo muchas parejas medianamente estables, y al principio todas se quedaban encantadas por su capacidad de mirar, de escuchar. Él las repasaba de arriba abajo y sentenciaba: “estás triste” o “te has cortado el pelo” o “me gusta la forma en que bebes café”. A las mujeres, ya se sabe, les conquista ese tipo de detalles. Las relaciones empezaban a tambalearse cuando ellas se daban cuenta de que no eran el único objeto de sus miradas; cuando llegaban una tarde con una frase trascendental del tipo de “tenemos que hablar” en la punta de la lengua y él las interrumpía diciendo algo como “¿te has fijado en aquella pareja? Ayer estaban discutiendo, pero parece que hoy se han reconciliado”. Entonces ellas, celosas, se enteraban de que no eran más que otro personaje en el libro de humanidad que Jorge leía continuamente.
- Pero ¿por qué te importa tanto? - le había preguntado exasperada Diana, su última novia, poco antes de dejarle.
- Las personas son como libros – comenzó él; ella bufó y Jorge se vio obligado a apartarle el pelo de la cara y preguntarle, en tono dulce, si ella no sabía que era lo más importante para él en este mundo mientras, por el rabillo del ojo, miraba la extraña forma en que su vecino de mesa echaba el azúcar en el café.

Así que, dadas las circunstancias, muchas veces Jorge estaba mejor solo. Se emparejaba con facilidad, porque estaba siempe buscando a alguien que, como él, se fijara en lo cotidiano más atentamente que en las series de televisión, pero cuando volvía a convertirse en una decepción para una chica, aprovechaba la soledad. Se iba al parque, a tomar un café, a pasear o a coger autobuses sin intención de ir a ninguna parte.

Jugaba a su juego favorito, al que llamaba “y si no”. Cuando echaba un primer vistazo a alguien, su mente elaboraba una rápida historia sobre esa persona, basada generalmente en estereotipos fáciles. Veía a un chico grandote, con camisa y jersey, con la raya al lado, leyendo a Noah Gordon en la parada del autobús. “Ya está – pensaba -, estudia Medicina y está leyendo “El Médico” porque le han dicho que es una especie de Biblia para la profesión”. Entonces parpadeaba. “¿Y si no?”, se preguntaba a sí mismo. “No le ha dado la nota para entrar en Medicina, y relee “El Médico”, la novela que le dio ganas de hacer esa carrera desde hace años, mientras metaboliza la frustración de haber tenido que meterse en LADE”. “¿Y si no?” “Entonces… le da igual la medicina y Noah Gordon, pero se ha enamorado de una amiga de su compañero de piso que sí estudia para ser médico, y quiere impresionarla. Es grandote y tímido, y piensa que hablando de literatura le seducirá con más facilidad que guiñándole un ojo o bailando con ella”.

Como veis, Jorge no se aburría.

Su última chica, Victoria, prometía. Era poetisa. Como mirón inactivo, Jorge sentía un profundo respeto hacia quienes sí eran capaces de hacer algo con la capacidad de observación, de cocinar algún tipo de producto final con los ingredientes que él sólo olfateaba hasta la saciedad. Pensó que una poetisa sería idónea para él, que hablarían durante todo el día de la gente: del frutero de su calle, que regalaba mandarinas a las estudiantes; de aquel campanero de Baza que había sido denunciado por contaminación acústica y que se negaba a dejar de seguir dando los cuartos con ruidosa cabezonería; de los padres jóvenes que caminaban aturdidos empujando los carritos de sus hijos.

Victoria, sin embargo, no compartía sus planes. Era pequeña y delgada hasta la transparencia, con el cabello teñido de rojo y los ojos emborronados de rimmel. Le gustaba coleccionar hojas de árboles y fotografiarse desnuda en blanco y negro, destacando los contrastes de las sombras que se derramaban desde sus escasos montículos de carne. Sus poesías solían empezar con “mi” y contener siempre las palabras “alma”, “corazón”, “suicidio”, “rota” y “dormida”. Este es el primer poema que le leyó a Jorge:

Frío
Mi alma está helada
Es invierno y
Llueve…
Me duele el corazón,
Como si se hubiera suicidado
Por anticipado
Pequeña
Sola
Recorro con el dedo los cristales helados
No podrá salvarme sino la primavera


A Jorge le emocionó. Además, venía acompañado de una de las mencionadas fotografías, en la que el cabello de ella se derramaba oscuro sobre sus pechos. Él creyó que era maravillosa, que tenía una sensibilidad que nadie había visto desde… desde… Sylvia Plath, pensó, aunque no había leído mucha poesía femenina. Tenía la sensación subterránea de que la originalidad no era su punto fuerte, pero estaba enamorado y poseía una foto artística de su chica desnuda, así que se calló.

En las primeras semanas, hacían el amor fascinados y ella recitaba poemas mientras estaban desnudos, tumbados sobre la cama. Más tarde, cuando la pasión del principio dio paso a una relación más reposada, Jorge se atrevió a sugerirle temas para sus poesías. “Mira a esa chica que llora sola en el cine - le decía -. Escribe sobre ella”. O bien “¿te has fijado alguna vez en las manos de los mendigos? Están muy sucias y llenas de heridas. ¿Por qué no escribes sobre eso?”. Al principio, ella sonreía y seguía leyéndole poemas sobre su alma desgarrada, su corazón herido, su frío hasta los huesos y su eterna depresión post-existencialista. Luego se empezó a mosquear.
- Mira, Jorge – silbaban sus labios pintados de oscuro -, no me digas sobre qué tengo que escribir, porque yo sé muy bien cuáles son los temas que me interesan.

Una tarde, cuando él le señaló a la mujer de la cafetería que iba todos los días a escribi en una libreta con ilustraciones infantiles, Victoria montó en cólera.
- ¿Por qué no escribes sobre ella? – le dijo -. ¿Qué pasa, que te gusta más que yo?

En un arranque de espontaneidad propia de una artista, tiró al suelo la cucharilla que sostenía hasta ese momento entre sus manos crispadas y le dijo a la mujer:
- ¡Ey, que mi chico te encuentra más interesante que a mí! ¿Quieres conocerle? Es un poco pesado, pero es buen chaval.

Y se marchó, taconeando con fuerza, mientras Jorge, rojo de vergüenza, toqueteaba las servilletas del bar, observando por una vez sólo sus propias manos.

Le costó un par de semanas de abstinencia calmar a Victoria. Durante un tiempo, se concentró en mirar sólo sus párpados negruzcos y en escuchar, con toda la atención del mundo, sus poemas, que habían pasado a un plano un poco más alegre con la llegada de la primavera (como prometían sus obras anteriores) y que ahora tenían como tema el renacer de su mutilado corazón.

Está bien, se dijo, tal vez lo mejor con las mujeres sea callarme la boca.

Tiempo después, viajaba en uno de sus autobuses a ninguna parte y se quedó mirando a una familia que se sentaba junto a él. La madre sostenía a una niña con un vestido de flores y un lazo en el pelo. En el asiento delantero, el padre llevaba en brazos a otra niña vestida exactamente igual que la primera, y tan parecida que Jorge creyó que eran gemelas durante un rato. Después, la que estaba con la madre empezó a canturrear y Jorge se dio cuenta de que era mayor que la otra, que apenas balbuceaba.

Quiero mucho a mi papá
Quiero mucho a mi mamá
Quiero mucho a mis hermanos
Pero a Ti te quiero más,


Jorge supuso que se refería a Dios. La niña tenía una extraña nariz triangular, pero cuando eres pequeño no te importa demasiado la forma de tu cara, así que parecía feliz mientras canturreaba, una y otra vez, la misma letrilla.

Al día siguiente, Jorge había quedado con Victoria en la cafetería. Ella traía un papel arrugado en el que había escrito “Renacer IV”, su última contribución a la literatura contemporánea. Cuando desgranó, conmovida, la última palabra (muerte), Jorge suspiró profundamente.
- ¿Sabes una cosa? – le dijo entonces -. Tengo una canción para ti. La aprendí ayer en el autobús.

Ella le miró, con las cejas arqueadas y tamborileando con las uñas en la mesa.
- ¿Sí? Vaya…
- ¿Quieres que te la cante?
- Mmmm… Claro.

Jorge cantó en voz baja, para no llamar la atención, pero despacio y procurando vocalizar bien, mirándola a los ojos para que ella supiera que era a ella, y no a Dios, a quien quería más.
Cuando terminó, hubo unos segundos de silencio. Jorge atendió a los movimientos de su cara. Victoria frunció el ceño, entrecerró los ojos y sacudió la cabeza, disgustada.

Al cabo de unos días, Jorge merodeaba otra vez solo por la ciudad. Seguía observando, pero esta vez buscaba algo distinto. Busco a una mirona, se dijo.

jueves, 14 de abril de 2005

Esperanza

Esperanza venía a la panadería cada mañana, como casi todas las clientas. Era una señora mayor, recia, con el cabello teñido de castaño y los ojos azules. Todos los días hacía el mismo pedido acompañado de las mismas palabras: bonita, pónme una baguette integral, para mí; otra normal, para mi marido, y una bolsa de chucherías para los nietos. La dueña de la panadería me había dicho que el marido de Esperanza se estaba muriendo de cáncer, y que los hijos y los nietos venían a visitarle casi cada día. “Son una familia muy unida”, me había dicho Obdulia. Las hijas adoran a su padre, no sabes el golpe que va a ser cuando al pobre se lo lleve el Señor”.

Desde que me enteré de la historia, procuraba servir a Esperanza con mucha dulzura, con mi mejor sonrisa, y le pesaba las chucherías para los nietos levantando un poco la bolsa para que el peso marcara menos. Ella las recogía y me miraba agradecida, con los ojos un poco húmedos y apretando las uñas romas contra la bolsita de plástico.

Una mañana, Esperanza no vino. “Se murió su marido – me dijo Obdulia -, pobre mujer”. Yo la miré con una mezcla de lástima y de asombro, sin entender cómo demonios podía enterarse de los cotilleos del barrio una mujer que pasaba desde las cuatro de la mañana metida en el obrador.

Unos días después, Esperanza volvió, esta vez vestida de negro y algo llorosa, a comprar una sola barra de pan. Cuando le envolví la baguette en papel de estraza y se la entregué, ella se quedó por unos momentos pensativa y en silencio. Tenía el pelo aplastado, y podía verle las raíces grises en la frente y las sienes. Apoyó el brazo en el cristal del expositor y suspiró.
- Le echo tanto de menos. Me dijeron que estaba malo y no me lo podía creer. Mi Pepito se me moría.

La miré y asentí en silencio. Esperanza no era de las que cuentan su vida cada vez que vienen a comprar el pan; se limitaba a pedir lo que quería, a sonreírme y a hacer un par de bienintencionados comentarios sobre el tiempo, que para ella nunca era malo, porque “lo envía el Señor, y ¿cómo iba a enviar Él algo que fuera malo?”.
- Yo le cuidé hasta que se murió, ¿sabes? Yo sola. Mis hijas venían a verme y me ayudaban con la casa, pero a mi Pepe no le tocaba nadie nada más que yo. Me compraron un cacharro para la bañera, una especie de sillita, y hasta podía bañarlo yo sola. Pesaba lo suyo, pero aún estoy fuerte, gracias a Dios.

Suspiró otra vez y se secó las lágrimas con la punta de los dedos. Lloraba como lloran los ancianos, sin apenas mover la cara.
- Yo le decía: “no te mueras, Pepito, por favor. Quédate conmigo, que a mí no me importa cuidarte, de verdad, que yo te cuido siempre si hace falta”. Y él me sonreía, porque era más bueno… Era buenísimo, nunca se quejó, ni siquiera al final.

Desde que había empezado a hablar no había entrado nadie en la panadería, y sólo estábamos yo, que no era capaz de encontrar ninguna frase hecha que decir, y Esperanza, aferrada a su baguette integral y con las lágrimas surcándole las arrugas de la cara como en un estuario.
- Nunca hemos necesitado mucho para ser felices. Paseábamos por la calle de la mano y estábamos bien.

Se secó las lágrimas, esta vez con el puño de la rebeca negra, y me miró como si no me hubiera visto nunca.
- Anda, bonita, ponme también una bolsita de chucherías. Para los nietos, ya sabes.

Le serví con generosidad: platanitos, moras, dedos con picapica, dentaduras y habichuelitas de colores.
- Ande, tenga, Esperanza, que no se lo cobro, que esta mañana no está Obdulia por aquí.

Ella me miró y sonrió un poco, mientras examinaba de soslayo el surtido que yo había elegido.
- Muchas gracias, hija, qué apañada eres.
Y se marchó, con su pequeña barrita de pan y su bolsa de azúcar colorida, caminando a pasos lentos como un astronauta que intenta andar por la luna.

Si Obdulia hubiera estado allí aquella mañana, no le habría dado las chucherías a Esperanza, porque ella sabía que los nietos habían vuelto con sus padres a Córdoba, donde vivían, y ya no podían visitar a su abuela. Obdulia, que lo sabía todo, sabía también, por supuesto, que Esperanza era diabética, y que por eso sólo compraba pan integral. Así que cuando Esperanza dejó de venir a la panadería, esta vez ya definitivamente, yo intenté entristecerme, pero no pude dejar de pensar que su Pepito, tan solo como ella, seguro que se alegraba.

lunes, 11 de abril de 2005

Astenia primaveral

Era domingo y era primavera, y a Silvia le daba igual ser estudiante, tener veinte años y vivir en Granada, el epicentro de la juerga. Llevaba todo el día tumbada en el sofá viendo la televisión: por la mañana, series juveniles; al mediodía, los Simpson y las noticias; durante la tarde, las eternas películas de serie B espaciadas por largos intervalos publicitarios.

“Ya no te quiero, es cierto, pero te quise tanto…”. Se acordó de Neruda. “Mi voz buscaba el viento para tocar tu oído”. También su querido Gael se había ido, con su nombre de ángel, y ella quería pensar que le había querido para no darse cuenta de que aún no tenía ni puta idea de lo que era el amor.

La tarde anterior había estado bien. Enrique, aquel chico tan guapo de la cafetería, por fin se había atrevido a pedirle su teléfono, y ocuparon varias horas en tomar café, pasear y tumbarse en el paseo de los tristes al sol de primavera. De repente, mientras volvían a casa, las nubes que se agolpaban en un extremo del cielo viajaron veloces hasta cubrirlo todo, y un chaparrón de verano les obligó a refugiarse en un soportal. Enrique la miró a los ojos y ella no consiguió ver romanticismo en su pelo aplastado por la lluvia. “¿Y si yo fuera el hombre de tu vida?”, le dijo él. “¿Y si no?”, pensó ella, pero se calló y dirigió la vista al frente, al chorro como de ducha que descargaban las nubes.

Ahora, tumbada en el sofá despintado de su piso de alquiler, Silvia se preguntaba por qué no le había sentado bien aquello. El paseo, la mirada, el portal, la lluvia. Los dedos apartándole el pelo mojado de la cara. En un gesto reflejo, se agarró la coleta: “mi pelo es mío”. Luego se dijo a sí misma que a lo mejor, pero sólo a lo mejor, no era eso lo que estaba buscando. Honestidad es no saber si eres el hombre de mi vida y arriesgarme a que no lo seas, le contestó entonces a Enrique.

Se mareó al levantarse del sofá para ir a beber una coca cola. Tal vez debería haberse ido de marcha la noche anterior. Lo bueno de la resaca es que anula cualquiér sensación que no sea intentar sentirse físicamente mejor que un trapo. El viernes sí que había salido hasta muy tarde. A pesar de su apática tarde de domingo, solían gustarle la fiesta y las aglomeraciones de gente. Le encantaban los preliminares: coger el móvil y mandar mensajes y llamadas perdidas a unos y otros, y luego empezar a quedar con todos como quien coordina una operación militar. A las doce contigo en mi piso. Con vosotros a la una y media en el Sinapsis. Con este otro me encontraré en el Bora-Bora cuando cierren los pubs. Luego disfrutaba del rito de ponerse guapa, meditando largamente qué sombra de ojos iba a utilizar y cómo iba a arreglarse el pelo.

Si lo piensas, es triste. Reunirse a beber, a emborracharse sin excusas cada fin de semana, es triste. El alcohol no termina de gustarte; al menos no es como un batido de chocolate o un zumo de naranja. Te quedas de pie, helada en una noche cualquiera del invierno granadino, o incluso en una noche caliente de finales de curso, y bebes, sin más. Hablas de nada, despeñas los hielos al interior del vaso y los mueves con el dedo. Te ríes de nada, coges la botella y mides con cuidado el segundo o tercer cubata que vas a tomar. Luego se decide dónde ir, porque la música es fundamental: es el hilo que te atraviesa las venas y te cose a la gente que baila contigo en la pista, al latido universal que grita que la noche es joven y es tuya. Una vez se ha decidido, te desplazas hacia allí, el relaciones públicas te hace una buena oferta de consumiciones, pides otra copa y también te la bebes. En una mano el cigarro, en la otra el cubata, moviendo los pies y las caderas como si te encantara el ritmo precocinado de la pachanga que ponen

Los pubs cierran entre las tres y media y las cuatro, y tú no te quieres ir, porque sabes que tumbarse en la cama con la habitación dando vueltas, con los oidos pitándote y sin gente alrededor para justificar tu estado, es lo peor que tiene una noche de marcha. Así que entras a una discoteca. Cinco euros y una copa, o dos botellines de cerveza. Ahí ya ni siquiera puedes identificar la música; te limitas a vibrar más que a bailar, a mantener tu cuerpo en movimiento a base de espasmos rítmicos sin hablar con nadie, sin mirar a nadie, esperando a que suceda algo que no sabes muy bien qué es pero que tienes la esperanza de que llegue.

Aunque Silvia sabía que era triste, también sabía que llegaba un momento, alrededor de las cinco de la mañana, en que ella ya había bebido, hablado y reído mucho, y se limitaba a bailar la música indescifrable de la discoteca sin importarle demasiado todo lo demás. Entonces ya no estaba sola. Entonces era parte de algo más grande, y daban igual el calor, el sudor y el ruido, porque al fin y al cabo esos son los elementos que indican que algo está vivo.

Pero ahora era domingo, no era de noche, no había plan. Los domingos están llenos de “deberías” y de pena por el fin de semana que se acaba. Ya no te quedan excusas porque no te quedan días libres, y te impregna la espantosa certeza de que hay algo que no has hecho hoy y que no vas a poder hacer en el resto de tu vida.

Silvia se bebió la cocacola, sentada en el borde del sillón para sentir un poco menos aquella inactividad aplastante. En aquellos momentos, ella no era nada, y la vida universitaria no era más que un tremendo engaño, un hermoso decorado donde niños y niñas jugueteaban con lo mejor de la adolescencia y lo mejor de la adultez. Un universo helado y vacío de platos sucios, cerveza, alquileres retrasados y extensas redes sociales que al final no son capaces de sostenerte.

Al cabo de unos segundos de suspenderse en equilibrio en el borde del sofá, notó que se iba deslizando hasta hundirse otra vez. Se quedó ahí reflexionando con la cabeza descolgada, mientras sentía cómo todos sus pensamientos tomaban forma de espiral e iban haciéndose cada vez más turbios. Gael, el domingo, el fin de semana, la vida.

Entonces recordó que aquel viernes, en particular, no había sido como todos los demás. Hubo un momento, casi al final de la noche, en que ella había llegado a aquel punto de trance y de fusión que llevaba buscando todo el tiempo. De repente se hizo el silencio en la discoteca. Sonó un chirrido en los altavoces y la música se detuvo de golpe. La gente paró de bailar, desconcertada. Durante unos minutos, todos se miraron los unos a los otros, sin saber qué hacer. A la izquierda de Silvia, unos chicos que habían estado metiéndose mano se observaban en silencio, con la espantosa certeza de que no tenían nada de qué hablar. Después de unos minutos así, alguien tuvo la idea de empezar a silbar y a abuchear, y todos respiraron, aliviados, y se unieron a la protesta por el simple placer de crear ruido.
En aquel momento, Silvia reparó en que todos los que estaban allí habían ido porque estaban solos. Porque no tenían nada mejor que hacer que observarse los unos a los otros en busca de carne fresca para intentar olvidar, por unos momentos, que estamos separados de los demás desde nuestro nacimiento, y que no hay nada que podamos hacer por evitarlo.

Sentada en su sofá recordó ese instante, el silencio de la discoteca, espeluznante por lo extraño, y se estremeció. Si fueras el hombre de mi vida, le dijo entonces mentalmente a Enrique, no volvería a salir un solo fin de semana, y pasaría las tardes acurrucada contigo en el sofá, viendo una película o leyendo juntos en algún banco del parque García Lorca.

Pensó en escuchar música, en ducharse, en fregar la pila de platos que se había amontonado en el fregadero. Pensó en escribir o en leer, pero la perspectiva de tener que huir de su pena le angustiaba, porque si lo intentaba y fracasaba ya sí que no sabría cómo salir de allí.

Entonces cayó en la cuenta. Era primavera. Cada primavera, desde que ella tenía memoria, su padre pasaba unos días encerrado en su habitación y su madre prohibía a Silvia encender la tele o charlar en voz alta con su hámster. La depresión primaveral de su padre había sido un clásico de su infancia, y cada vez que sentía el breve picor del polen en el aire se preparaba para ver cómo él se metía en la cama a tomar ansiolíticos hasta que la vida se le volvía lo sufcientemente soportable como para salir de nuevo. Ella había escapado a aquella mala jugada de los genes, pero ahora, tendida en el sofá con la moral por los suelos, se preguntaba si no estaría siendo también víctima del maldito calendario.

Se incorporó otra vez. Gracias a Dios, es la primavera, pensó. No estoy loca, soy normal, mi vida va bien. Y tal vez haya alguien con quien pueda quedar para darme una vuelta.

domingo, 10 de abril de 2005

What a girl wants (o gracias por aguantarme)

Él no es. Él no es un caballero, ni siquiera un poquito. No muestra ningún interés por cederme el paso, por ayudarme cuando llevo peso, por cogerme a caballito cuando me duelen los pies. Cuando llegamos a una tetería donde sólo hay una carta, la agarra y se pone a leerla mientras yo aguardo aque acabe, tamborileando con los dedos sobre la mesa. Se bebe entera la botella de agua que llevo en el bolso y se zampa enteros los platos que se supone que compartimos.

Tampoco es detallista. Si yo digo que me gusta algo de una tienda, él no espera a que nos hayamos ido para regresar y comprármelo, y cuando salimos de allí no vuelve a acordarse del tema. Aunque yo le especifique claramente “ése es el regalo que quiero” para mi próximo cumpleaños, navidades o aniversario, él lo olvida y me obsequia con cualquier detalle típico que no le haya requerido muchos quebraderos de cabeza. No me regala flores, se olvida de enviarme mensajes bonitos a media mañana y sólo me ha escrito una carta y dos emails (tras infinitud de súplicas por mi parte) pese a mi devoción por la palabra escrita. Cuando dormimos juntos, nunca jamás se levanta antes de que yo lo haga, no me trae el desayuno a la cama y aún no le he sorprendido mirándome embelesado mientras duermo. De hecho, a veces yo me levanto, le arrastro literalmente fuera de las sábanas y él vuelve a acostarse aprovechando que me estoy duchando o preparando el desayuno. Le he recomendado ilusionada cinco o seis libros, de los cuales aún no ha leído ni uno, pese a que yo he escuchado con un esfuerzo encomiable los extraños temas de rock sinfónico que le gustan a él. Le he hecho todas estas recriminaciones del orden de seis o siete veces cada una y, aun así, sigue haciendo lo que le da la real gana.

Sin embargo. Sin embargo, me hace masajes cada vez que se lo pido, e incluso a veces sin que se lo pida, y casi nunca me pide otro a cambio. Me deja trastearle los puntos negros de la nariz sólo para que me anime cuando estoy tristona. Siempre es puntual, y no se queja cuando llego tarde y le tengo diez minutos esperando en la puerta de su casa. Viene a verme cuando no tengo ganas de salir, y sube con sus delicados pulmones de asmático la larga cuesta de mi urbanización sin una protesta. Cuando tiene dinero se empeña en invitarme a cenar, aunque luego tenga que invitarle yo a él durante un par de días.

Si me mosqueo por cualquier tontería no se enfada; me sienta en un banco y me abraza y consuela hasta que se me pasa. Ha aguantado más horas que nadie de llantinas telefónicas y de crisis existenciales. Me escucha siempre, y nunca ha dicho “qué chorrada” a ninguna de mis estúpidas ocurrencias. Se interesa por todo lo que le cuento, e incluso me soporta cuando hablo de etimología y de las apasionantes relaciones entre el castellano, el catalán y el latín. Contesta a todas mis preguntas, incluso a las más surrealistas, del tipo de “¿nunca te has planteado que no sentirás nunca lo que es estar embarazada?”. A mis diatribas cabreadas contra el Sistema, él opone siempre su sensatez y su inquebrantable optimismo. Pone su música extraña, pero pasa las canciones que piensa que no van a gustarme. Vigila que no venga nadie cuando tengo que hacer pis en algún sitio público y no protesta cuando tiene que levantarse en mitad del cine para que yo vaya al baño. Le da igual la depilación, no me controla el ciclo menstrual, no le importa que me ponga lo mismo dos días seguidos y siempre me dice que estoy preciosa. No hace caso de mis tiquismiteces, me deja elegir dónde ir cuando quiero y, si no tengo ganas, elige él.

Y, sencillamente, me da igual todo lo que he escrito en el primer párrafo, porque él está tan lleno de bondad, y la derrama de tal manera sobre mí, que el ligero despiste que le envuelve entero apenas se nota debajo de todo ese cariño.

Me conoce y, aun así, me quiere.

(Yo a él le adoro y, excepto "gracias", no me queda más que decir)

sábado, 9 de abril de 2005

El mejor amigo del hombre

Aquí va un cuentecillo, el primero que escribo completo desde hace mucho tiempo. Gracias a Analena, que me dio la idea mientras tomábamos el sol en las escaleras de la facultad.

Le gustaba trabajar en la caja rápida, donde la gente compraba pequeñas agrupaciones de objetos que, muchas veces, no tenían nada que ver entre sí. Detergente, melocotones y un par de botellas de agua mineral con gas. Yogures desnatados, crema suavizante, preservativos y latas de atún. Ella iba agarrando los productos uno por uno y pasándolos por el lector de códigos de barras. Aunque la costumbre había terminado por mecanizar el gesto, a veces podía sentir vivamente la energía de cada objeto cuando lo cogía. Tocaba las lisas paredes de las latas y algo vibraba en ella: “esto es una lata”, luego cogía el bote de champú, “esto es champú” y acariciaba, a través de las delgadas bolsas de plástico de la frutería, la piel lisa de los tomates.

Con cada cliente se preguntaba qué era lo que había hecho que esa persona llegara allí aquel día a comprar justamente eso. En qué punto la necesidad de jamón york, de comida para gatos o de coca cola light se había vuelto tan acuciante que no había tenido más remedio que bajar al supermercado. Había estudiantes que llegaban de la universidad con las carpetas en la mano, o mujeres que acababan de salir del trabajo y aprovechaban para completar la despensa antes de volver a casa.

Aquella tarde estaba muy cansada, y el terral que había soplado durante todo el día hacía que se le pegase el cabello a las sienes. Cuando le vio llegar a él, le hizo gracia su aspecto. Era, a todas luces, un hippie. No uno de esos estudiantes que visten con pantalones anchos y camisetas desteñidas, sino un verdadero "perriflauta”, como les llamaba Manolo, su novio (“ya sabes, porque siempre van con el perro y con la flauta”), de ropa incoherente, barba y pelo largos y con un par de cordones de cuero rodeándole el cuello. Cuando llegó su turno y se acercó a ella, la cajera se dio cuenta de que olía bien, pero no se le escapó la ligera pátina de suciedad inevitable que le cubría entero.

Esta vez se fijó atentamente en la serie de productos que se llevaba el chico. Un par de bolsas enormes de pasta barata y sus correspondientes bricks de tomate frito. Puré de patatas, leche, media docena de huevos, aceite y un paquete de pechugas de pollo. Pura cobertura de necesidades, sin un capricho. Al final de la fila, en equilibrio sobre la cinta, había un paquete grande de comida barata para perros.

Ella pasó uno por uno los alimentos por el lector.
- Diez con sesenta y nueve, por favor – dijo al final, esforzándose por evitar la vocecilla nasal que desarrollan de forma casi inconsciente las cajeras de supermercado.

Él sacó del bolsillo un billete de cinco y varias monedas.
- No me va a llegar – la miró y esbozó una sonrisa tímida -. ¿Te importa que saque la moneda del carro?

La fila de gente detrás de él resopló como un solo organismo vivo. Ella sonrió y asintió con la cabeza.
- Gracias, guapa.

Le siguió con la vista mientras él empotraba el carrito en la hilera, junto a la puerta del local. En el exterior, un perro delgaducho y pardo estaba tumbado, amarrado a una farola. El animal levantó la cabeza en cuanto vio la figura de su dueño, que le hizo carantoñas como a un niño chico mientras sacaba el euro del carro. Volvió a la caja y recontó el dinero.
- Nueve con noventa… Sigo sin tener.
- Bueno – ella estaba un poco aturdida -. Puedes dejar algo.

El chico rebuscó entre las bolsas, donde entretanto ella había guardado los comestibles. Parecía indeciso. La cajera sintió cómo calibraba en la mente lo que supondría la pérdida de cada uno de los alimentos. Finalmente, el chico suspiró y sacó el paquete de pechugas de pollo. Ella arqueó las cejas y volvió la cabeza hacia el perro, que dormía tranquilamente la siesta al sol de media tarde. Las personas de la cola continuaban revolviéndose. “Pues vaya con la caja rápida”, protestaba una anciana que llevaba dos barras de pan y un brick de leche.

Ella cogió el pollo. Podía sentir su tacto blando y frío bajo el envoltorio. Luego miró al muchacho, que le tendía sonriente el dinero y esperaba la vuelta. Finalmente, rebuscó en el bolsillo de la camiseta de uniforme, el que llevaba la chapa con su nombre, y sacó una moneda de euro.
- Llévate el pollo – le dijo al chico -, yo te invito.

Sintió un ligero estremecimiento. Manolo iba a refunfuñar cuando se lo contara. Era de los que pasaban al lado de ese tipo de gente y les miraban con desprecio por no estar trabajando en algo decente.
- Vaya… - el chico dudó un momento, pero no mucho rato. Tal vez llevaba mucho tiempo sin comer carne -. Pues muchas gracias, bonita.

La cajera sonrió y le tendió el ticket y la vuelta. Confundido, él lo guardó todo en el bolsillo y salió del súper. Ella se dio más prisa en los clientes que iban detrás, sin apenas mirarles a la cara, porque había perdido mucho tiempo y la cola llegaba ya hasta el pasillo de perfumería.

Aquella noche salió a eso de las diez, después de hacer caja y cambiarse. En el exterior, la noche era húmeda pero cálida. Mientras se subía en la moto, detrás de Manolo, pensó en el chico y en su perro, que aquella noche no tendrían problemas para dormir al raso.

viernes, 8 de abril de 2005

Footing

Aquí dejo algo que se me ocurrió el otro día cuando fui a correr. Y eso que yo pensaba que tenía todas las neuronas ocupadas exclusivamente en sobrevivir...

"No iba al parque a pasear ni a relajarse. Cuando llegaba la primavera y las tardes se alargaban, el recinto se llenaba de parejas besuconas y de padres con carritos y niños de la mano. Él solía ir un rato cada día. Se sentaba en un banco, en mitad del recorrido que hacían los que practicaban footing, y esperaba a que las mujeres que corrían fueran, una a una, pasando por su lado. Cuando una de ellas atravesaba el fragmento de camino que controlaba, él no se paraba a mirar sus pechos, bamboleándose bajo la camiseta de deporte, ni seguía su culo con la mirada. Cerraba los ojos e intentaba oír su respiración, apenas un par de jadeos fuertes y profundos antes de que la corredora se alejara trotando. Cada uno de esos resoplidos íntimos, sonoros, le trasladaba directamente a la intimidad de las mujeres, y podía imaginar aquellos cuerpos tumbados desnudos en una cama, o cabalgando a su amante bajo la luz acaramelada de la lampara de la mesilla. Algunas eran delgadas y fibrosas, con pantalones de marca pegados a los redondos gemelos; otras tenían los muslos más gruesos y resoplaban con a cara enrojecida, intentando ponerse a punto para el verano. Pero en todas él podía practicar ese salto cósmico, esa unión instantánea con lo más privado de ellas. Y a eso se dedicaba durante las largas tardes de primavera de aquel curso."

miércoles, 6 de abril de 2005

Oscura, pero mía

Así es mi habitación. Vivo en un piso de muy pocos metros cuadrados que da al patio interior por TODAS sus ventanas. Insisto: todas. Esto supone que aquí, para averiguar el tiempo que hace, miramos el cuadradito de cielo que se ve por la ventana del cuarto de estar, luego el que se ve por la ventana de la cocina, y contrastamos la información (casi siempre acertamos).

También supone que mi habitación, aunque es aceptablemente amplia y está cubierta de parqué cutre (el parqué forma parte de mis fantasías inmobiliarias desde siempre) nunca tiene la luz suficiente como para poder estar sin una lámpara encendida. De todas formas, es mía. El año pasado, en Barcelona, compartía habitación, y tenía que viajar libreta en mano por las bibliotecas de la Universidad para poder escribir tranquila. Ese año puedo ejecutar la acción fundamental de meterme en este cuarto, cerrar la desvencijada puerta y sentarme a escribir en la cama con el portátil en las rodillas.

Porque, como dijo Virginia Woolf, "para escribir una mujer necesita independencia económica y una habitación propia".

No sé muy bien de qué irá este blog, si acabaré contando mi vida o si me limitaré a relatar lo que significa para mí ser [un intento de] escritora. Lo que sí sé es que tener un blog me hace sentir mejor, aunque no lo lea nadie. Si escribís, o escribir forma parte de vuestras fantasías más salvajes, o una vez escribísteis un poema para la niña que os gustaba a los diez años, me gustaría conoceros.
Sin más, hasta pronto.