massobreloslunes: septiembre 2005

miércoles, 28 de septiembre de 2005

No me gusta irme sin avisar

Así que voy a dejar este mensaje para que sepáis que no sé cuándo podré volver a postear, porque me marcho a Granada y tardaré un poco en poner Internet en el piso. Puede que escriba algo desde un ciber, pero como también estaré liadilla con el comienzo de curso y demás, no aseguro nada.
Y ahora os dejo y me voy a hacer la maleta. Cuidaos mucho en mi ausencia.

martes, 27 de septiembre de 2005

Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda

Habíamos quedado en el Balneario, un bar que han abierto junto a la playa en el viejo edificio de una casa de baños. El interior es absurdo de tan grande, con los techos enormes y las mesitas de coca-cola como perdidas en el suelo. El exterior es una terraza que se abre al mar, rodeada de columnas que en algún momento sostuvieron un gran porche. Como más de un malagueño, estoy hechizada por esas columnas que no sujetan nada, por las grandes piedras rotas, por la belleza que se ha construido a su alrededor sin necesidad de destruir nada. Quieren acabar con él con una reforma urbanística que ya está aprobada, y cada vez que lo pienso me duele como si se estuvieran cargando mi casa. Hasta entonces seguimos quedando allí, tomando café en su terraza, bebiendo cerveza en la playa y sentándonos a mirar atardeceres en la barandilla de piedra.
Jose lleva un rato esperándome. Voy hacia él y pienso que me gusta el momento en que reconoces a la persona con la que has quedado, levantas la mano, sonríes y caminas hacia ella. Paseamos por el antiguo camping hasta la playa que hay junto a los astilleros y nos sentamos con unos chicos pseudohippies: pies descalzos, bongos, porros. Uno de ellos le enseña a tocar la darbuka a una niña de unos diez años. Le mira y le habla como a una adulta, y es hermoso verlos ahí: el chico mayor, con el pelo largo y rubio de surfero; la niña morenita y espabilada, escuchándole y moviendo las manos sobre el timbal.
Luego volvemos al bar, donde hemos quedado con la PK, y nos tomamos un té moruno. Doy mordisquitos al dátil que ponen de acompañamiento, porque no soporto tanta dulzura junta y prefiero ir administrándomela. El sol es una bola tridimensional que se está escondiendo poco a poco tras las montañas del otro lado de la bahía. Me acerco con la cámara a cazarlo, y antes de darnos cuenta ya estamos los tres en la barandilla, haciéndonos fotos y liando cigarros.
- Me gustaría saltar y mojarme los pies – dice la PK.
- Pues hazlo – contesto yo, mientras fumo despacio.
- Pero es que se me llenan de arena luego.
- No pasa nada… te sientas aquí y esperas a que se te sequen.
Se ríe, habla de pulmonías, vuelve a reírse y se tira al agua. Durante un rato, salta y patalea. Jose se le une. Yo me quito los zapatos, me remango los vaqueros y me apunto también.
El agua está suave y caliente en contraste con el aire de otoño, que ya empieza a ser fresco. El mar nos está atrayendo poco a poco, y cuando empezamos a tirarnos arena húmeda a puñados (primero a los pies, luego al cuerpo entero) ya sé que vamos a acabar los tres en el agua. Jose no se lo piensa: antes de que nos demos cuenta está en calzoncillos, intentando distinguir las piedras del fondo con sus ojos miopes. PK y yo le damos más vueltas, analizamos la ropa interior que llevamos, la cantidad de luz que le queda al día y la posibilidad de que nos vea alguien conocido.
- Si se baña él y nosotras no, nos arrepentiremos – digo yo.
Me quito los vaqueros y la camiseta y me tiro al agua. No es frío lo que siento, aunque me cuesta un poco respirar de la impresión. Nos salpicamos deseándonos suerte, como hacíamos de pequeños cuando celebrábamos la noche de San Juan. Nadamos un poco. Nadie nos mira porque a nadie le interesa demasiado. Me hago la muerta y miro las estrellas que empiezan a aparecer en el cielo. Escucho el sonido que hace la arena al desplazarse por el fondo: parece como si cantaran grillos diminutos.
Empezamos a tener frío y salimos. Nos secamos con la camiseta, nos quitamos la ropa interior y nos vestimos en plan comando, con la piel todavía helada, riéndonos todavía.
Y me alegro, me alegro tanto de estar aquí, semicongelada, con el pelo húmedo y salado, con mis amigos, de noche, en otoño… me alegro tanto de no haber pensado en la pulmonía y haberme tirado, sin más, porque el agua estaba tan calentita, aunque sea casi octubre…

viernes, 23 de septiembre de 2005

25 ideas para escritores confusos

1. Encuentra tu propia forma de hacer las cosas y confía en ella.
2. No utilices la escritura para hacerte querer.
3. Recuerda que a veces te salvará la vida y otras te dejará tirado como a un perro.
4. Miente descaradamente, pero se auténtico en tus mentiras. Encuentra la diferencia entre la mentira y la trampa y no seas tramposo.
5. Lee mucho, lee con los cinco sentidos, lee absorto tirado en un sillón mientras se va poco a poco la luz de la tarde, lee con una linterna debajo de la cama.
> 5. 1. Encuentra los autores y los libros que te dan ganas de escribir y procura tenerlos cerca.
6. No te fíes de los que dicen que es mejor escribir a mano. Tampoco de los que decimos que es mejor escribir en el ordenador. (Ver consejo 1).
7. Haz el mismo caso a las críticas buenas que a las malas. Después de una mala crítica, date un poco al vicio y vuelve otra vez con más fuerza.
8. Contigo mismo, sé humilde y endiosado al mismo tiempo.
9. Aprópiate indebidamente de las vidas ajenas. Cotillea mucho.
10. Para el bloqueo, recuerda a tito Hem y esta frase suya: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”.(París era una fiesta)
11. No te olvides de la tercera persona. Mira más a tu alrededor que a tu ombligo.
12. Haz de la escritura un arte ecológico: recicla tus miserias.
13. No seas moralista.
14. El lector no es tonto.
15. Sabes más de lo que crees… y sin duda tu escritura sabe más que tú.
16. No se trata de vivir primero y de escribir después, sino de hacer ambas cosas a un tiempo y dejar que se alimenten mutuamente
17. Tómatelo a broma. No vas a salvar al mundo con tus libros.
18. Busca a gente que escriba y no te sientas un bicho raro.
19. Enseña lo que haces, pero no des mucho la brasa.
20. Explora… escribe cuentos infantiles, novelas policiacas, guiones de teatro, poesía moderna y textos para las cajas de los cereales.
21. Ten a la escritura como esposa y búscate una amante (pintura, teatro, baile) para olvidarte de ella de vez en cuando.
22. Ten en cuenta que escribir no ha hecho feliz a nadie.
23. Si quieres dejarlo, recuerda que es posible vivir una valiosa vida en un planeta del univeso sin ser escritor.
24. Ignora el consejo anterior y no lo dejes nunca.
25. Ignora todos los consejos anteriores y quédate sólo con el primero.

Esto es, más o menos, lo que me han enseñado mis años de pseudoescritora. El 23 es una frase de "El vendedor de cuentos", de Jostein Gaarder. Tanto el 2 como el 22 son de esta señora.
Básicamente lo he escrito para mí misma, pero si puede servirle a alguien, mejor. He publicado los primeros 25 consejos (aunque no me gusta llamarlos así) que se me han ocurrido, y supongo que dentro de un tiempo los revisaré y corregiré; en cualquier caso, me gustan. A ver si no soy yo la primera que se olvida de alguno.

PD: Mi favorito es el 2.

miércoles, 21 de septiembre de 2005

21-S

Hoy es el Día Mundial del Alzheimer, y en la asociación donde estoy de voluntaria llevamos semanas preparándolo. Hemos vendido pulseritas y bolsas perfumadas, hemos colgado pósters y se ha preparado una cena de gala para socios. Los enfermos, cada uno a su manera, han pintado cuadros para hacer una exposición: cuadros coloridos y torpes, como los de los niños pequeños, con casas, árboles y estrellas de mar.
Yo (concretamente, como diría Elvira Lindo)llevo varios días pensando qué escribiría en el post de hoy. Quería hacer ver lo dañina que es la enfermedad y lo necesarias que son las ayudas. Quería contaros que el trabajo allí es bonito, aunque a veces estés media hora para ayudar a uno de ellos a recortar una línea recta y te preguntes “¿qué coño hago yo aquí en vez de estar en la playa?”.
No sabía cómo hacerlo sin caer en el sentimentalismo fácil, en el “oh-oh-qué-buena-soy” o en la reivindicación socio-revolucionaria. No me gusta escribir sobre este tipo de temas por lo mismo que no me gustó Mar Adentro: porque me parece tramposo hacer literatura, o cine, o lo que sea, sobre algo que tiene una carga moral tan grande. Opino que se confunde el juicio moral con el que merece la calidad de la obra, nos hacemos la picha un lío y acabamos con catorce Goyas de más en el bolsillo… pero bueno, ese es un tema polémico en el que no me quiero meter ahora :S
Así que he decidido limitarme, sencillamente, a contaros cómo son mis abuelitos. Todos sabemos que el Alzheimer es una enfermedad dolorosa. Creo que hasta el menos empático puede imaginarse lo que significa ir perdiendo las facultades a lo largo de diez o doce años y acabar sin saber, como decía Antonia, ni que estás vivo, haciéndote tus necesidades encima y teniendo que ser alimentado con una jeriguilla. Eso duele. Le duele al paciente, le duele a su familia y le duele a cualquiera que pase por ahí. Pero mis abuelos no son sólo pacientes. Son personitas. Tienen la enormidad de una vida entera dentro y no te la saben explicar, pero se les cuela en las miradas y en los gestos. Tendríais que ver cómo se esfuerzan en hacer sus trabajos, aunque les tiemble la mano al agarrar el boli. Cómo se disculpan cuando te preguntan y cómo sonríen cuando les dices lo mucho que te gusta lo que han hecho. Algunos de mis abuelitos tienen, lo juro, sonrisas que iluminan aceras enteras.
Como Victoria, que se me acerca y me dice “guapa” con los enormes ojos azules muy abiertos y el pelo blanco formando una especie de aureola en torno a su cabeza… la misma Victoria que aprieta los lápices de colores en la mano porque teme que se los vayan a quitar, y gruñe y protesta cuando se los cogemos para guardarlos.
O Carmen, que te cuenta varias veces al día las mismas historias, con las mismas palabras y riéndose exactamente en los mismos sitios. “Mi marío… mi marío era mu gueno, pero to era pa sus hijos… y a mí, si yo le pedía un vestido, me compraba tres que cuando me los ponía me se quedaban antiguos. Así que yo me enfadé y no me acosté más con él… - hace una pausa y se inclina hacia mí como para decirme un secreto -. Aluego me arrepentí, pero como a los arrepentíos son a los que quiere el señor…” y se ríe, irreverente, bamboleando su enorme tripa y sus carrillos mofletudos.
O Mario, que me da abrazos de oso y me dice “Te quiero musho”, así, con “sh”, y me pone carita de cachorrillo para que le de doble ración de aperitivo.
O Juan José, que gruñe todo el rato y apenas se le entiende, pero siempre acaba los gruñidos con una sesión de sonrisas, como diciendo “si yo no soy malo y tú lo sabes, si yo no le haría daño ni a una mosca”… (que no es lo que dice, porque no sabe, pero es lo que quiere decir, porque yo lo sé).
O Rafaela, que se ríe y mueve la lengua hacia ambos lados de la boca en una mueca inverosímil, y dice “la leshe que te dieron” en voz muy bajita cada vez que la levantamos para que haga un poco de gimnasia.
O Juana, que me llama “preciosa” y me abraza, pero a veces se pone triste y no sabemos muy bien por qué.
O Juan, al que en su pueblo llamaban “el Bonito”y que te mira sabiendo que él, aunque sea diabético, apenas pueda escribir y ande con bastón, alguna vez fue “El Bonito” y, en algún lugar bajo su gorra gris, lo sigue siendo.
O Paco, que no es capaz ni de distinguir un color de otro, que apenas puede colorear, que casi no puede ni hablar y que, sin embargo, a veces sonríe.
O el otro Paco, que sabe en qué consiste su enfermedad y lo que le espera, pero se toma cada mañana tan en serio como si fuera su primer día de colegio.

Siguen teniendo cualidades de persona. Pueden estrujarte el corazón o alegrarte la mañana. Pueden ser adorables y aborrecibles, gruñones, juguetones, retorcidos y dulces. Y no me estoy haciendo la buena si os digo que cuando voy allí lo hago más por mí que por ellos.
Yo sé que este post es de los que vais a leer a saltos, si es que lo leéis… De esos que tienen poco gancho, poca calidad literaria y demasiado sentimentalismo.
Pero qué queréis que os diga. Yo tenía que hacerlo.

(Y hoy, para no variar, se me quedan cortas las palabras)

sábado, 17 de septiembre de 2005

Pequeña Pieza para Piano Solo

El está tocando y la ve entrar en el salón por el rabillo del ojo. No deja de mirar, alternativamente, la partitura y las teclas; sabe que si tuerce la cabeza, perderá el hilo y tendrá que volver a empezar. Pero nota que ella está ahí, sentada en el sillón con algún papel entre las manos, las piernas recogidas y la cabeza un poco ladeada.

“Y yo que siempre me quejo de que no quiere escucharme”, se dice a sí mismo, y sonríe un poco. “Tal vez esta sea su manera de valorarme, tal vez sea su forma de decirme que no cree que sea una estupidez que esté aprendiendo a tocar el piano ahora”. Sabe que a veces los ensayos son monótonos, porque hay que repetir muchas veces los fragmentos difíciles, así que, como no quiere aburrirla, decide que hoy no va a ensayar, sino a intrepretar su (escaso) repertorio al completo, con concentración, con sensibilidad.

Ella no se ha cambiado aún de ropa y lleva las media puestas. Le gustan sus pies sin zapatos, pero con medias. Mientras arranca con Für Elise esforzándose por no equivocarse, piensa que tal vez luego le quite las medias muy despacito y le recorra con los dedos las marcas del vientre. Con la parte de su oído que no dedica a la melodía, le escucha dar vueltas a los papeles que sostiene en el regazo. Imagina la carita de concentración, los dedos de uñas pulidas buscando datos en los documentos.

Todo el mundo conoce Für Elise, pero poca gente la ha escuchado entera. Él se la sabe completa, las tres partes, y mientras comienza la segunda, intentando dar con ese andante cantabile que tanto le cuesta a veces, piensa que a ella, en el fondo, le gusta su forma de ser, aunque últimamente se peleen tanto, porque de lo contrario no se sentaría a oírle tocar. “Es su manera de decirme que me quiere”, se dice, y sonríe satisfecho porque, por una vez desde hace ya unos cuantos meses, siente que conectan, que es mentira todo eso que se dice a sí mismo a veces sobre el error que cometió al casarse. “Sí que me quiere – asiente suavemente con la cabeza -, y no le molesta que ensaye, como yo pensaba. Creía que le molestaba, pero puede que no; puede que trabaje mejor oyéndome. Dicen que la música clásica favorece la concentración, no?”. Todo esto piensa él mientras inicia la tercera parte: con la izquierda da repetidamente un la muy bajo y con la derecha debe pulsar acordes complicados para su mano de principiante, así que deja de pensar, porque no quiere equivocarse; ahora no.

Por fin, de nuevo, el estribillo, o como se llame en música clásica. Ha llegado al final casi sin errores, con apenas unos cuantos resbalones entre tecla y tecla. Mientras termina la pieza, siente el corazón henchido de cariño, de agradecimiento. Acaba, sostiene durante un rato las últimas notas (las en ambas manos) y respira, mientras escucha cómo el sonido se diluye en el aire, alargado por el pedal derecho.

Antes de comenzar la segunda pieza que quiere regalarle a su mujer, se detiene un segundo a escuchar un latido metálico que rompe el silencio de la habitación.

La mira, y cuando ve los moscardones negros de los auriculares en sus orejas pequeñas y blancas, no dice nada. Gira la cabeza, cierra las partituras, fija la vista en la madera brillante del piano y se pone a tocar escalas de do con las dos manos, seca, machaconamente.

miércoles, 14 de septiembre de 2005

Esta noche no sé qué voy a postear, pero voy a postear

Más que nada, porque os quiero contar que llevo varios días irritable, eléctrica, como con síndrome premenstrual agudo. Salgo, entro, cocino, voy a los abuelitos, duermo mucho, leo mucho, escribo un poco, y entre todo eso se me filtra una mala ostia contenida que me escuece en los ojos y me agarra los hombros en forma de dolorosa contractura de trapecio. ¿Por qué? No sabría deciros.
Pero no quiero estar mal y no pienso estar mal, y lucho. Ayer puse música, agarré la almohada y me puse a darle hostias a la cama, y cuando más emocionada estaba, cuando ya pensaba que iba a conseguir deshacerme de toda esa electricidad estática del organismo, me cargué la bombilla de mi cuarto, y del cabreo estuve a punto de hacer trizas unos cuantos platos. Acabé en casa de Elsa bebiendo sangría, fumando y cantando Fito a todo volumen, yéndome demasiado temprano y sabiendo que hoy, nada más levantarme, iba a sentirme igual de mal.

Hoy he tocado el piano rabiando contra Satie y su lento Gimnopedio (es la pieza con la que estoy ahora), deseando saberme algo furioso o tener suficientes conocimientos de música como para inventármelo. Luego he ido a la librería. Observaba las cubiertas brillantes de los libros, los cogía, los ojeaba, miraba el precio, los volvía a soltar. Cuando tenga mi propio dinero voy a gastarme todo el sueldo en novedades-literarias-de-pasta-dura-excesivamente-caros-en-proporción-a-su-número-de-páginas. Ahora mismo sólo me puedo permitir clásicos de bolsillo de segunda mano, y casi ni aun así.
(Cuando era pequeña, iba a la librería con mi padre y elegía varios libros. Luego él los miraba, calibraba el peso y la dificultad y hacía una estimación de cuánto iban a durarme. Si no eran más de un par de días, me hacía elegir otro.)
Después, en la moto, cantaba “So Payaso” a todo pulmón, y hablaba sola, y recitaba poemas de Benedetti poniendo acento uruaguayo. “Porque te escondes dulce en el orgullo, pequeña y dulce, corazón coraza”. Y a la lista de requisitos para mi futuro Gran Amor que estoy haciendo desde que leí esto he añadido: “que me pida que le recite poemas de memoria”. También he tenido una idea para un cuento, y barajaba frases, posibles principios y posibles finales mientras zigzagueaba entre coches y autobuses, sin prestar mucha atención, obviamente jugándome la vida.
Esta noche me he puesto guapa, con la falda larga que tiene dos cascabeles colgando de la cintura y me hace sentir como un hadita o un duende. Me he ido por ahí con mis amigos, hemos cenado y nos hemos sentado en el jardín de la catedral. He contado aquella anécdota de cuando Rocío estaba aprendiendo a esquiar y bajó una pista azul entera haciendo cuña, a unos ciento ciencuenta kilómetros por hora y gritando “¡Sorry! ¡Perdón! ¡Merci!”, y de pronto aprendió a hacer paralelo porque si no giraba se mataba. Me he reído como una loca y me he atrevido a ponerme un poco triste, porque ha llegado septiembre y mis amigas se van, cada una a la ciudad donde estudia, y se nos acaba este verano que hemos tenido, tan largo, tan drogadicto, tan bueno.
Y ahora estoy aquí, blogueando un poco, escribiendo otro poco, y se me ocurre que ya sé por qué quiero postear: porque nunca me había sentido tan bien estando mal y quería contároslo.

domingo, 11 de septiembre de 2005

La opinión de los lectores

1. Y todo eso que se refleja en tus posts…
… ese vivir tan romántico
… esa mirada tan detallista
… esa vitalidad

¿Tú vives así o es un recurso literario?
, me pregunta un desconocido por el messenger.
Yo vivo así, ya lo creo. Camino por la calle, como la tarde de la que os hablé hace un par de posts, y voy pensando en cómo voy a describir lo que siento, esa soledad extrañamente alegre. Me narro a mí misma como si fuera un personaje de novela, en tercera persona, con los pensamientos entrecomillados. Me paso los viajes en autobús seleccionando adjetivos para describir el paisaje, y me propongo aprender más vocabulario para poder llamar por su nombre a las piedras, a las nubes y a los matojos. Voy a un concierto y en lugar de bailar miro la expresión medio ida del bajista y los ojos como brasas del cantante, y no os creáis que no me da rabia no ser capaz de bailar, pero prefiero observarlo todo bien para poder recordar los detalles luego.
Entonces, pregunta él, ¿no te pierdes media vida? Me explica todo el rollo gestáltico del fondo y la figura, y de cómo lo que vivo y lo que siento, que deberían componer la figura, pasan a ser el fondo cuando me concentro en pensar cómo describirlo.
Pues sí, reflexiono, me pierdo media vida, claro que me la pierdo. Qué se le va a hacer. Escribir no hace feliz a nadie. Pero luego llego a mi casa, me siento frente al ordenador e intento recuperar esa media vida, como tirando de un hilito invisible que la traiga de nuevo hacia mis párpados, hacia mis venas. Y tal vez lo que siento cuando escribo no es exactamente esa conciencia que predican los budistas, esa presencia pura, sin que nos huya la mente como un gato escurridizo. Pero es mucho más mágico, diferente, visceral, múltiple. Como si todas las dimensiones de mi ser se estuvieran llenando a la vez. Así que me da igual perderme media vida si la otra media la puedo vivir de esta manera.

2. Escribes mucho más dulce desde que viniste de los Pirineos, me dice mi madre.

Yo le contesto que sí, que es cierto, que escribo más dulce. ¿Por qué? Me pregunto. Porque estoy harta de la ironía, de la autojustificación, del monólogo mentiroso que pretende ser un diálogo. Porque leí una frase de Maruja Torres que decía que un artículo nace, sobre todo, de una pasión, y desde entonces he resuelto que si no hay pasión, no posteo. Y las pasiones suelen ser dulces: como Ikerlynch, como Mariana, como la independencia, como mi Jose.
Y también escribo dulce porque he descubierto que sólo escribo para una persona, y es la Marina que, cuando tenía diez años, les dejaba cartas a los gnomos y a sus juguetes y nunca recibió respuesta. Mi escritura, Marinilla, son las cartas de los muñecos y de los habitantes del bosque. Sí que están vivos, ¿sabes?, y sí que existen.
Y a Marinita hay que tratarla con cariño.

De cómo las canciones dicen lo que nosotros no sabemos expresar

Atiéndeme
quiero decirte algo
que quizá no esperes
doloroso tal vez

Escúchame
que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte
y así lo haré

Nosotros
que fuimos tan sinceros
que desde que nos vimos
amándonos estamos

Nosotros
que del amor hicimos
un sol maravilloso
romance tan divino

Nosotros
que nos queremos tanto
debemos separarnos
no me preguntes más

No es falta de cariño
te quiero con el alma
te juro que te adoro
y en nombre de este amor
y por tu bien
te digo adiós.


Chavela Vargas

viernes, 9 de septiembre de 2005

Veintiuno y subiendo

Felicidades, mi clown, mi payasete. Veintiuno ya. No sé qué te regalarán pero, para mí, tú eres el mejor regalo de este año, sin duda.
Brindo por noches en la enorme terraza de mi ático nuevo, mirando hacia la Vega, hablando de la inmortalidad del cangrejo y del sexo de los ángeles. Por tardes de cañas y cafés, por litronas en los parques (por parques sin litronas). Por escribir en los bares. Brindo porque les enseñes teatro a los chiquitines con la nariz de payaso que te vas a tener que comprar (la vieja se rompió en la feria, cuando bailábamos con ella puesta y nos pasábamos pelotas invisibles). También brindo (o ruego, más bien) por tener la oportunidad de compartir otro escenario contigo.
Brindo porque encuentres a esa personita especial (esa chica lista-y-dulce-y-guapa-y-perfecta-y-que-te-entienda), porque tu monólogo se convierta en diálogo. Brindo porque puedas pensar menos y sentir más, porque seas capaz de prestar atención a tu respiración, un dos, un dos, y sosegar tu mente enfebrecida, y brindo porque sé que ese sosiego te va a ir acercando al amor, por fin. O a la paz.
Brindo porque el destino te ha traído por fin a mi lado, y cuando ya pensaba que nos íbamos a ir separando lentamente por, ya sabes, la vida y eso, te vienes a mi ciudad y me dices que vas a compartir un curso conmigo. Brindo por eso.
Brindo por tus textos, tus guiones, tus dibujos, tus teatros. Por esa cabecita tuya que buye sin parar y por cada uno de sus largos rizos, por tu espíritu crítico, por tu rebeldía. Por tu libreta de apuntar frases y tu libreta de dibujos surrealistas, freudianos. Por tus palmas, tu piano, tus darbukas y tu siempre aplazado propósito de aprender a tocar la guitarra.
Que tengas suerte, mi loco, mi artista. Que encuentres tu camino y, si te equivocas, escojas otro nuevo sin miedo, con alegría. Que consigas un buen curro y llegues a fin de mes (y ya sabes que si no te invito a cenar). Que sigas volando y abras cada día el corazón un poquito, como si le estuvieras haciendo palanca con un destornillador.
Ponte a Calamaro y dedícate un “Brindo por las mujeres” en mi nombre. Veintiuno ya. Bueno, no son muchos. Apenas si estás en la recta de salida.
Brindo por el momento en que tú y yo nos conocimos…
Felicidades, mi genio, mi amigo.

jueves, 8 de septiembre de 2005

Septiembre

Camino por Málaga, por Málaga-me-mata, recorriendo la calle Granada hasta la plaza de la Merced. No voy cogida de la mano de nadie, nadie me rodea el hombre con el brazo. Voy sola, y puedo sentir el aire que rodea mi cuerpo: una funda invisible, un preservativo gigante de espacio vacío. Me concentro en los dedos de mis manos y en las puntas de mis pies. Toda yo soy energía resplandeciente, una especie de ET con forma humana que camina sola porque no le hace falta nadie.
Luego me sentaré en la Merced a beber cerveza. Hablaremos de nada, jugaremos a las cartas, comeremos patatas fritas. Después caminaré, esta vez en compañía, en dirección a un bar, o a por un shawarma, o a ver una peli tirada en el sofá de la PK. Volveré a mi casa en moto, con el viento zumbándome en los brazos, advirtiéndome que el verano se está acabando (disimulado, despacito, pero se acaba).
Daré un par de vueltas por Internet, y no por vicio, sino porque aquí todo el mundo escribe, y un mundo donde todos escriban es el sueño de un buen escritor (el mal escritor no quiere que le quiten protagonismo).
Después me iré a la cama y no podré dormir. Pensaré en escribir y en bailar, en volver a Granada, en quedarme en Málaga, en la playa, en la nieve. Me tumbaré boca bajo para sentir cómo aplasto mis pulmones con mi peso. Intentando acunarme a mí misma como a una niña, repasaré los placeres del día, para ver si así vuelve el sueño de donde quiera que se haya escondido.
Después de pensarlos todos, el mejor será, sin duda, el delicado placer de andar sola.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

...T'has de riure més fort

Estoy intentando resumirla. Intento meterla en un post para ver si así dejo de echarla de menos. ¿Qué os cuento para que la conozcáis, para que intentéis imaginaros cómo es estar un día a su lado? Hay quien se empeña en ser distinto, vistiéndose de formas extraña, escuchando música experimental o defendiendo ideas absurdas. Mariana era especial por la forma en que vivía, por cómo lo tocaba todo y lo convertía en oro.
Cuando yo volvía de estudiar catalán en el SIM y me agobiaba pensando en los trabajos de la facultad, me la encontraba sentada en su escritorio, de espaldas a la puerta, pintando acuarelas de ciervos y patos con pinceladas diminutas. Tenía la pared llenas de fotos de animales hechas por ella misma. Había muchas vistas desde detrás; del culo, para entendernos. Ella siempre decía que todas las fotos de animales son desde delante, y que ella no quería fotos como todas. “A més, està net”*, argumentaba, cuando yo me quejaba. Y yo sonreía y le soltaba un només faltaría de los suyos.
Cocinaba platos inventados y me los daba a probar. Paraba de estudiar para ver cómo pasaban las ovejas por el valle, al otro lado de la ventana. Cosía lentejuelas a sus jerseys y le cambiaba los botones a sus chaquetas. Sonreía mucho y me dejaba notas de ánimo en la mesa cuando me ponía triste.
Un día, cuando estaba a punto de terminar la carrera, me la encontré deprimida, sentada en el suelo, enfurruñada como una niña. No quiero trabajar, decía. Todo el mundo que trabaja se queja, y si todos se quejan será por algo.
Sus frases estaban llenas de exclamaciones y de letras repetidas, y se tiraba de risa sobre la cama cuando sacudía a su Nemo de peluche para que hiciera ruido. Tenía unos calcetines con huecos para los dedos de los pies, y cuando se los ponía pasaba todo el día quitándose los zapatos (sus zapatos rojos, brillantes) para enseñarlos. Fabricó cortinas y lámparas de papel de seda para nuestra habitación compartida.
(Abandono, abandono, no la puedo explicar. Conocedla si podéis, porque no me cabe sólo en palabras).
Me fue calando despacito, como una llovizna que te moja sin que te des cuenta, y no reparé en cuánto la quería hasta casi el final, cuando estudiábamos juntas mirando las ovejas y pintándole caritas a la botella de agua.
Hoy me acuerdo de ella porque he estado pensando en algo que leí en un libro: el concepto japonés de la resonancia, o el hueco que queda en la rama cuando se va el pájaro (o el silencio que se cernía sobre las montañas pirenaicas cada vez que se deshacía en el aire el ruido de un helicóptero). Mariana es sobre todo eso: su resonancia. No fue la forma en que llenó mi vida, sino la manera en que se vació cuando ella se marchó. Y ahora que, un año y medio después de verla por última vez, aún me sigo acordando de sus frases, de sus risas y de sus recetas de cocina, me pregunto hasta cuándo van a durar en mi vida las vibraciones de su ausencia.
Un mensaje desde aquí: Mariana, te extraño. No sé por qué me impactaste tanto, no sé por qué vi en ti tanta luz, pero la vi.

Marina: no voy a hacer abdominales nunca más. No me gustan; son muy desagradables.
Mariana: fer abdominals no serveix de res. Per això (se señala la panza)t'has de riure**.
Marina: yo me río mucho.
Mariana: t'has de riure més fort***.

* Además, está limpio.
** Hacer abdominales no sirve de nada. Para eso tienes que reírte.
*** Tienes que reírte más fuerte.
(Perdón si he escrito algo mal en catalán. Admito correcciones).

domingo, 4 de septiembre de 2005

No entiendo

No entiendo cómo la gente elige un nick y un nombre para el blog y se queda con él años. Yo me harto rápido de las dos cosas. Supongo que tengo un problema.
Por cierto: ¿alguna sugerencia para cambiarle el nombre a esto?

sábado, 3 de septiembre de 2005

Ikerlynch

Se llama David, tiene nueve años y le conocí en los Pirineos. Le gusta contar historias a trozos: de éstas de “yo empiezo y luego sigues tú”. Cuando en la parte que le tocaba introdujo un pollo “con forma de pollo muerto, pero que estaba vivo”, decidí llamarle David Lynch. Él quería llamarse Iker Casillas, así que hicimos un trato y se quedó en Ikerlynch.
Por las noches, cuando nos sentábamos a la mesa, Ikerlynch y yo contábamos historias. Su hermano Jorge, de cuatro años, se nos acercaba y me decía: “cuéntame las mentiras”. Luego se quedaba todo el rato pegado a nosotros, inmóvil, con los enormes ojos azules abiertos, mientras yo inventaba cuentos de bosques encantados, brujas y druidas, e Ikerlynch hacía su aportación en forma de pollos muertos, lobos grises y gigantes y golpes en el suelo a medianoche.
Cuéntame las mentiras… Supongo que Jorge sabía bien lo que decía. Las historias son puras mentiras. A los nueve años, Ikerlynch lo tenía muy claro y no creía ni la mitad de lo que yo le contaba, pero de vez en cuando, mientras me escuchaba o mientras hablaba él mismo, no podía evitar el destello de ilusión completamente infantil que le salía de los ojos. Supongo que quería hacerse mayor. La infancia ha quedado reducida a un cortísimo periodo entre el último pañal y el primer episodio de UPA.
Sus padres me decían que tenía mucho mérito por mi parte aguantar a David tanto rato, “darle bola” mientras me contaba sus sueños con los Digimon o sus aventuras con la bici. Pero tengo que reconocer que a mí me gustaba hablar con Ikerlynch. No hay segundas intenciones en sus frases, ni juicios de valor sobre lo que escucha. Están las historias puras, el verdadero interés de las cosas (porque, si no interesan, Ikerlynch ni siquiera las escucha).
Ahora se ha marchado y va camino de ser adulto. Le dije que intentara escribir alguno de los cuentos que habíamos inventado. Él sonrió y me dijo que de acuerdo, pero mucho me temo que se va a quedar en el sofá viendo los Digimon.