massobreloslunes: mayo 2006

viernes, 26 de mayo de 2006

Busco piso

Ayer llamamos a la casera y le dijimos que nos mudamos. Hoy caminaba por la calle fijándome en los carteles que cuelgan de las farolas y de las cabinas de teléfono y pensando “ya estamos otra vez. Me voy a mudar de nuevo, no me lo puedo creer. Otra vez a mirar pisos, a preguntar precios, a patear calles”.
Cuatro años, cuatro pisos. No me gusta mudarme, porque todo eso de hacer cajas, poner y quitar posters y recolocar libros me saca, como a cualquier persona normal, un poco de quicio. Sin embargo, tengo que reconocer que me encanta entrar en una casa nueva, ver lo bueno y lo malo que tiene, redistribuir mi espacio en una nueva habitación, acostumbrarme a las vistas.
De la Vila me gustaban las ventanas enormes que daban al valle, los zapateros de debajo de las camas, la cocina con barra americana. Del piso de plaza Einstein me encantaba llegar las noches de invierno, con los apuntes bajo el brazo, y encontrarme el saloncito con las velas encendidas, el olor a vainilla del quemador de Josy y el Camarón sonando a toda pastilla. De este piso me gusta, como sabréis, la terraza enorme, suspendida sobre Camino de Ronda, con las gruas rugiendo debajo como monstruos prehistóricos y la Vega como rumor de fondo de nuestras noches compartidas.
Cuando acabe la carrera y me siente al escritorio a calibrar en qué clase de persona me he convertido, creo que me encontraré una Marina a trocitos. Esos trocitos serán las personas que conocí, los libros que leí, los profesores con que me tropecé, y también, un poquito, los pisos que habité. Los desayunos en Bellaterra, cuando cruzaba las vías del tren para comprar el periódico y pedir en catalán una baguette recién hecha, y luego me sentaba frente al ventanal a leer el suplemento y tomar pà amb tomaquet y café. Las mañanas oscuras de Martínez de la Rosa, cuando escuchaba a través del patio la radio de mis vecinos, me levantaba a desayunar con Josy y aparecía Laura, desgreñada y somnolienta, mascullando un “joder con la alegría matutina”. Las noches calientes de mi terraza, escribiendo textos que comienzan con un “estoy aquí con el portátil sobre las rodillas”, y gruñendo como siempre porque, para variar, la cocina está llena de platos sucios.
Compartid piso. Hacedme caso. Vivid con mucha gente, mudaros mucho. Igual acabáis peleándoos con vuestra amiga de la infancia porque atasca el fregadero con sus pegotes de arroz. Probablemente acabéis detestando a Camarón o a Sabina porque vuestro compañero de piso lo tiene puesto de la mañana a la noche y le da exactamente igual que vosotros no seáis precisamente unos fans. Pero bueno. Aprenderéis de lo bueno y de lo malo que tenemos las personitas humanas, de las muchas maneras que tiene de configurarse una vida según la forma de las paredes, de lo fácil que es que te den la llave de un lugar y empezar a llamarlo “casa”. De la suerte que tienes por poder meter tu vida en unas pocas cajas y comenzar de nuevo en otro sitio.

lunes, 22 de mayo de 2006

Ausencia

Hoy me faltaba tu anillo. Casi nueve meses después de quitármelo definitivamente del anular, esta mañana, en mitad de una clase de psicobiología, he sentido su ausencia diminuta alrededor de mi dedo, como si me lo hubiera quitado ayer mismo y mi piel extrañara su presión. Qué cosas, ¿verdad?
¿Cómo se describe la ausencia? Durante un par de meses tuve una linea más blanca en la mano morena de finales de verano, pero luego se esfumó, y ahora no hay ninguna señal física que indique que ahí descansó, durante más de un año, un circulito de plata con dos nombres grabados dentro. “Qué horterada”, diréis algunos. “Te creía más bohemia, menos apegada a anillos y demás convenciones. Pensé que lo tuyo seria un rollito alternativo, en plan tú-y-yo-sabemos-que-nos-queremos-y-no-nos-hace-falta-más. Y mírate, con anillo y todo, como las yolis”. Pues ya véis.
Me levanté en Pamplona la mañana de mi cumpleaños, en una cama que no era ni tuya ni mía, pero que los dos compartíamos, y te dije “quiero un anillo”. Sabía que sólo lo llevaría yo, porque es verdad que a ti sí que no te van esas cosas, y no me imagino ningún tipo de adorno en tus largos dedos de hombre clásico, pero me daba igual. Tú, como siempre solícito y colaborador, me despertaste de la siesta con un anillo de plata que me quedaba grande incluso en el pulgar. “Pero yo lo que quiero es una alianza”, protesté (para variar), inconfundiblemente convencional, decididamente clásica. Fuimos juntos a la joyería y encargamos una tan pequeña que la tuvieron que pedir, porque en la tienda no había. Como yo me iba camino del sur un par de días más tarde, me la mandaste por correo, en su cajita, envuelta en papel de burbujas. Durante un año y pico, mi bohemiez y yo lucimos orgullosas aquella especie de candado simbólico. ¿Para qué? Como prueba. ¿Cómo prueba de qué? Tú y yo lo sabemos, que tampoco vamos a contarlo aquí todo.
Mientras escuchaba distraída a la profesora de psicobiología, me he preguntado por qué mis neuronas han decidido precisamente hoy acordarse de la alianza. En el pulgar de la otra mano, un corte desafortunado mientras picaba cebolla me trastocó permanentemente la sensibilidad de la yema, y la siento siempre como si estuviera un poco irritada. Supongo que tú, de alguna forma, me cortocircuitaste muchas neuronas durante el tiempo que pasamos juntos, y no me extrañaría que algunas de ellas acabaran precisamente en mi anular.
Moraleja:
Incluso en estos tiempos
Veloces como un cadillac sin frenos
Todos los días tienen un minuto
En que cierro los ojos y disfruto
Echándote de menos.

Sabina dixit.

jueves, 18 de mayo de 2006

Esta ciudad, sin duda, no es la nuestra

Ahí va otro ejercicio del taller. El lunes nos mandaron a recorrer Granada sólo con nuestros dos ojitos, una libreta y un boli. "Paseo literario", lo llamó mi profe. Es un poco largo, pero os lo dejo ahí, por si interesa.

Hoy sí, hoy quiero salir a la calle. No suelo apuntar en libretas, más por pereza que por vergüenza, pero hoy me apetece pasearme por Granada, navegando el calor, con el boli bic colgando de los labios y las hojas de la libreta combándose bajo el sudor de mis manos. Enfilo Gran Vía. Quizá de los tres recorridos sea el más mío. El más condensado, el más recto, el que menos se entretiene en menudeces. En el taller me estaba asfixiando. Casi había empezado a buscar una excusa para irme a casa, no sé a qué, porque con este calor no se puede estar en mi flamante ático. Sin embargo, como si me leyera el pensamiento, César nos manda a la calle, y solos. A no hablar. A observar. Me acuerdo de un frase que leí el otro día: “cuando estés triste, canta; cuando estés alegre, llora; cuando estés vacío, totalmente vacío, mira”. Esta tarde estaba vacía, y creo que no habría sido capaz de ponerme a garrapatear líneas sobre la mesa blanca del salón de César, así que no me importa el calor, ni los pies casi fundidos con el asfalto; estoy sola, caminando, estoy libre y me sienta bien.
Tengo el ánimo torcido, pensando a medias en la soledad y a medias en que el curso se me escurre de las manos y, aunque me muero de ganas de tumbarme al sol en las espantosas playas de mi ciudad, no quiero que esto se acabe. Gran Vía también es impermanencia: personas que pasan, veloces, indistinguibles casi bajo la ropa de verano recién sacada del armario. Guris blanquirrosas que miran alternativamente un mapa y los edificios. Yo también miro los edificios. Uno no es turista en su propia ciudad porque va mirando al suelo, o a los escaparates de las tiendas; yo, que en el fondo en Granada aún soy medio extraña, quiero sentirme un poco turista y observo los adornos de piedra de las fachadas. ¿A dónde va la gente a estas horas? ¿No es extraño que haya siempre gente queriendo ir a todos lados? De pequeña me divertía imaginar que un día, de pronto, todo el mundo se encontraba a gusto donde estaba y el tráfico, el movimiento y el continuo intercambio de personas en la ciudad se detenía. Pensadlo. Calles vacías, semáforos marcando el ritmo para nadie y, detrás de las ventanas y de las puertas, gente que no necesita moverse de donde está.
Hay poco distintivo que anotar en Gran Vía. Todo son tiendas, estudiantes, guiris, estudiantes, tiendas. Apunto un par de detalles tontos; una camisa que me hace recordar a mi ex novio y sonreír pensando en sus brazos largos bajo los cuadros azules; la vespa amarilla de un cartero, anacrónica y despistada en medio de las scooters de colores que zumban sobre el asfalto. Casi apresuro el paso para meterme por la calle de la catedral. (Ahora que escribo esto, me doy cuenta de que no he apuntado un solo nombre de calle, y entiendo por qué te ríes de mí cuando intentas darme indicaciones para ir a cualquier lado y me encojo de hombros, desorientada). Aquí cambia el ambiente y se convierte en uno de esos que se supone que nos gustan a los escritores pseudobohemios: mucho pequeño comercio, mucho músico callejero, mucho abuelito al sol.
En un rincón de la fachada de la catedral, una mujer toca el acordeón, con la misma melodía que le he escuchado una docena de veces. Recuerdo a mi profesora de piano, una ucraniana espigada y seria, que se ofreció a dar clases gratis al flautista de su calle para que no tocara siempre la misma canción. Junto al flautista, un pareja baila con bastante poca maña; la sonrisa entusiasta de ella y los calcetines alzados de él me dicen que son guiris, porque ningún español se atrevería a hacer eso en mitad de la calle. Por mi lado pasa una pareja también mayor, que camina rápido con el chándal y los tenis sin marca, probablemente intentando bajar la tensión o el colesterol. “Mira”, le dice él a ella, sonriendo y observando a los que bailan. Ella gira la cabeza, sin dejar de andar. “¿Qué?” le pregunta, y el marido se encoje de hombros, no sé si fastidiado o aliviado de no poder tenderle la mano a su mujer para pedirle un baile.
Giro hacia la plaza que hay frente a la catedral (tampoco me sé el nombre), y escucho salir “Carmen” de una tienda de souvenirs. Me detengo un momento a mirar los abanicos y balanceo un poco los hombros al compás de la música, como cruzando un escenario. Pienso en sentarme a escribir en las escaleras de la plaza, pero aún hay demasiados jóvenes, demasiada felicidad chupando helados, así que opto por bajar hasta Birrambla para probar suerte allí. Por el camino, mucho detallito de escritor chorra: una mercería con al menos quinientas mil clases de botones; una cuchillería que no sé muy bien cómo sobrevivirá a estas alturas; una droguería con los paquetes de compresas colgando amenazantes del techo. Antes de llegar a la plaza, apoyo la libreta en la pared de unos ultramarinos y escribo “Gran Vía me habla de lo efímero; Birrambla, de lo eterno”, y pienso en lo cojonudo que me va a quedar cuando lo meta (no sé bien cómo) en el texto que tengo que escribir.
Un chico con un instrumento extraño, una especie de enorme palo hueco, hace ruido con él a la entrada de la plaza, y yo me pregunto si realmente se piensa que ese sonido resulta agradable a alguien. Gruñendo un poco, porque soy una gruñona, reconozcámoslo, entro en la plaza y la observo: los omnipresentes guiris, con su aura de felicidad extranjera, cenando temprano en las terrazas; las floristas, con cara de vender algo que sólo se compra en ocasiones especiales; los niños, persiguiendo palomas a zapatazos como todos los niños de todas las épocas del mundo.
Selecciono cuidadosamente un banco y me siento. Me pongo a escribir sobre lo que he visto hoy, pero la doble extrañeza de escribir a mano y de hacerlo en público no me dejan concentrarme. Relleno trabajosamente casi dos páginas con mi letra redonda y feúcha mientras, a mi lado, una chica espera a alguien y golpetea impaciente con el pie en el suelo. No hay caso; reconozco ese “hoy no quiero escribir” casi dictatorial de mi mente de escritora y desisto; ya he tenido suficiente bohemiez por hoy, así que me levanto y me voy, despacito y mirando escaparates, camino de la Fuente de las Batallas.

lunes, 15 de mayo de 2006

Pensando amapolas

Vuelvo a Granada después de un fin de semana cuánto menos estrambótico en Málaga. Tras darle muchas vueltas (muchas lluvias a destiempo, muchas nubes incordiantes) parece que el calor se ha decidido a entrar en Granada, así que la gata y yo tratamos de mantener una temperatura constante bajando las persianas del salón y no moviéndonos más que lo justo. Así, en la penumbra, intentando no sudar demasiado, ignoro el calor que da el portátil sobre las piernas y termino un cuento que tengo que presentar esta tarde en el taller. Va sobre mi abuela y no me ha quedado muy conseguido, pero no está mal. El sábado pasé el día en Torre del Mar, preguntándole y apuntando en mi libreta de cumpleaños (gracias) con cara de escritora seria. He escrito sobre su época en el Sahara, cuando vivía allí con mi abuelo el militar. Supongo que no me termina de convencer el resultado porque no he sabido hacer mías las circunstancias, porque necesitaría averiguar mucho más, ver más fotos y hablar más con mi abuela para saber qué pasó realmente bajo la jaima en la que transcurre mi cuento. Pero bueno. Como primer paso no está mal.
Cuando termino el relato, cierro el ordenador y me dispongo a matar el tiempo hasta las seis tumbada, quizás leyendo, quizás sólo pensando. Mientras, me digo que estoy justo en ese momento de antes de los exámenes, cuando aún tienes algo de tiempo que perder y espacio en el cerebro para pensar en otras cosas. Pienso en el calor, y en cómo anuncia inequívocamente que el curso se nos está acabando. Pienso en que el curso se acaba, y en que sólo nos quedarán unos cuantos momentos, puntuales y limitados, para acabar de exprimir Granada por lo que queda de año.

Entonces me acuerdo de las amapolas, y de que quería escribir un post sobre ellas. Sonaba más o menos así:
Razones por las que me gustan las amapolas:
- Porque su color es tan vivo que hiere.
- Porque, si las miras de lejos, son hermosas.
- Porque, si las miras de cerca, son siniestras.
- Porque crecen donde quieren.
- Porque sólo crecen durante una breve temporada cada año.
- Porque tienes que mirar con atención si quieres verlas.
- Porque si las arrancas e intentas conservarlas, se mustian.


Pienso que quiero escribirlo, me incorporo, abro el portátil y lo escribo. Y después de hacerlo, me reconcilio con el calor, con los exámenes cada vez más próximos y con la idea de que estamos a 15 de mayo, y mañana será 16, y al siguiente 17, y no hay nada que podamos hacer para remediarlo.

miércoles, 10 de mayo de 2006

Marina, hoy es tu cumple/ sé muy feliz Marina

Hay personas que dicen que los cumpleaños son una estupidez. Que vaya tontería celebrar algo que no tiene ningún mérito: nacer y haber pasado otro año sobre este bonito planeta. Mi amiga PK me contó ayer que los aborígenes del centro de Australia celebran sus logros personales y espirituales en lugar del simple hecho de haberle dado la vuelta al sol. Como idea, está bonita y es progre, pero qué queréis que os diga: a mí lo de cumplir años me mola.
Anda que no se hacen cosas en un año. Te enamoras, te desenamoras, te parten el corazón y te lo parchean con cinta adhesiva. Conoces gente, escuchas canciones, vas a fiestas, te emborrachas. Haces exámenes, trabajos y estúpidas exposiciones en power point. Lloras, te preguntas cuántas pastillas te harían falta para dormir unos cuantos días sin enterarte de nada, sales a la calle y dices que vaya chorrada lo de las pastillas, que tú quieres estar despierta y comerte la vida. Te desvelas, te despiertas, coges mil millones de autobuses y paseas por la playa. Te peleas, te reconcilias, te mosqueas, te decepcionas, te ilusionas. Te haces vegetariana, adoptas un gato, te cambias de piso. Ves pelis, lees libros, escribes posts bobos y hermosos en tu particular propiedad privada.
¿No tiene mérito eso? Sí que lo tiene, tiene mérito existir, resistir. Tiene mérito convivir día a día con las mil contradicciones e injusticias de esta vida perra y seguir encontrándola hermosa o, como mínimo, lo suficientemente buena como para abandonar la idea de ponerse a contar pastillas.
Así que feliz cumple, Marina. Que cumplas muchos más, y que yo lo vea.

domingo, 7 de mayo de 2006

Siesta

“Vamos a echarnos una siesta”, te digo, con la somnolencia ligera y agradable de haber comido bien. No me haces mucho caso y sigues a tus cosas, pero me tumbo en la cama sabiendo que dentro de un rato estarás a mi lado. Sin embargo, pego un respingo, medio dormida ya, cuando siento tu cuerpecito junto al mío. Te acomodas en el hueco de mi cuello y, durante un rato, no se escucha más que nuestras respiraciones acompasadas. Al cabo de un rato me despierta la alarma del móvil y me giro, mirando tu carita dormida e imperturbable. Eres toda una belleza desde este ángulo, y en tu placidez, en tus ojos cerrados, veo que confías en mí y eso me conmueve. No te importa tenerme tan cerca porque sabes que no te voy a hacer daño.
Te observo unos minutos, y debes de tener alguna pesadilla, porque tiemblas un poco contra mis manos. Decido despertarte a medias, a pesar de que seguro que protestas. Extiendo la mano, te acaricio levemente, casi te sacudo. Como esperaba, te sobresaltas y un poco más y me muerdes. Me hace gracia tu repentino ataque de malhumor y te doy un beso. Te retuerces, a medio camino entre el placer y el mosqueo, y das un par de manotazos al aire.
Finalmente me levanto y me pongo a escribir sobre nuestra siesta. Cuando me sientes incorporarme de la cama, te despiertas del todo, sueltas un sonoro maullido y te vas con tu paso elegante de gatita a seguir durmiendo en otro lado.

jueves, 4 de mayo de 2006

Hector y Musa (III) (por fin)

(Perdón por el retraso. Espero que la espera haya merecido la pena)

Hector ni siquiera pensó en intentar escapar. Sabía que no conseguiría nada con ello, y la perspectiva de perder todo lo que había ganado le aterraba. La bolsa se había vuelto blanca por la mañana, así que supuso que Musa quería encontrarse con él por la tarde, más o menos a la misma hora que la vez anterior. “Quizá no quiere quitármela”, pensó. “Puede que sea sólo un aviso, o que quiera darme algún consejo adicional”. Pero Héctor no podía engañarse: aquella tarde tendría que despedirse de la bolsita y, muy probablemente, de su recién conseguida reputación como escritor de éxito.

Hacía más calor que la última vez que había encontrado a Musa, y ya florecían unas rosas coloridas y enormes por todos los rincones del parque. Héctor se sentó en el banco, con la expresión un poco cauta de los que esperan a alguien y no saben bien por dónde vendrá.

Esta vez ella no se acercó caminando, como la otra vez; simplemente se materializó a su lado, pero lo hizo de forma tan lenta que Héctor ni siquiera se asustó. Iba vestida con un vestido blanco ligero, como de playa, y llevaba los pies tan desnudos como la otra vez. Héctor se fijó en que había complicados tatuajes alrededor de sus tobillos, como pulseras de letras historiadas y casi ininteligibles.
- Hola – murmuró, un poco amedrentado.

Ella sonrió.
- Hola – le miró con un brillo divertido en los ojos grises.
- Supongo que esto es tuyo – Héctor sacó la bolsa y la colocó frente así, casi sin mirar, como si extendiera un brazo para que le sacaran sangre. Ahora que el momento había llegado, quería terminar lo antes posible.
- Ey, ey, no tan deprisa – dijo Musa, extendiendo frente a sí las palmas de las manos -. ¿Por qué estás tan serio?
- ¿A ti qué te parece?

Mientras más acongojado se sentía Héctor, más parecía divertirse Musa. Él se enfurruñó. ¿Cómo su desgracia podía hacerle tanta gracia a quien, precisamente, se suponía que trataba de ayudarle? La miró, interrogante.
- Pues no sé – contestó ella -. Pensé que estarías contento… no te creas que no he sabido nada de ti en este tiempo: me he enterado de cada uno de tus éxitos.
- Sí, ya… muchas gracias, supongo. Pero… ahora se ha acabado todo.
- ¿Por qué dices eso? – Musa parecía apenada, como una niña que no comprende la tristeza de un adulto.
- Sin esto – Héctor señaló la bolsita, que aún tenía en las manos -, yo no soy nada.
- ¿Tú crees?
- Pues claro. ¿De dónde han salido las historias que me han hecho famoso? ¿De dónde voy a sacarlas a partir de ahora?

Escondió la cabeza entre las manos. Lo peor, pensaba, sería enfrentarse a su recién conseguida popularidad. Habría sido más fácil dejarlo todo como estaba antes; cuando nadie sabía de sus afanes por ser escritor, nadie podía sentirse decepcionado si no lo conseguía. Ahora tenía una agente, un editor, un anticipo por su segunda novela y un montón de cartas en el buzón suplicándole que siguiera escribiendo. Cuando todos vieran que no era capaz de hacerlo, empezarían a correr todo tipo de rumores: se hablaría de falso talento, de un golpe de suerte de principiante que no se iba a repetir. Quizás hasta le acusaran de plagio.

Estaba tan absorto imaginando su propia desgracia que Musa tuvo que soplarle cuidadosamente en la oreja.
- Eh, tú – le dijo, traviesa.
- Qué – Héctor contestó con el tono de voz monocorde de un adolescente enfurruñado.
- Puedes hacerlo.
- ¿Qué es lo que puedo hacer?
- Seguir adelante. Seguir escribiendo.
- ¿Tú crees?
- Claro. Atiéndeme.

Musa se sentó con las piernas cruzadas mirando a Héctor, como había hecho el día que se conocieron. Con la seriedad y la dulzura de una maestra de escuela, comenzó a hablar.
- ¿Sabes que la mayoría de los cuentos tienen un truco? Pues el tuyo, el que te ha sucedido, también.
- ¿A qué te refieres?
- Las bolitas no eran mágicas. No creaban ficción. Eran sólo un espejo… una manera de que pudieras ver cómo trabaja tu mente.
- Eso es imposible – Héctor pensó que Musa le mentía para consolarle.
- Claro que sí. Tú pusiste todos los ingredientes; yo sólo te proporcioné la manera de juntarlos, de visualizar lo que ya estaba dentro de tu cabeza.

Musa sonrió indulgente ante la cara de asombro de Héctor.
- A ver… Tú buscabas las bolitas, ¿no es cierto? – él asintió con la cabeza -. Ahí ya estabas poniendo el primer ingrediente: la observación. Prestabas atención a todo lo que tenías a tu alrededor, ibas a sitios donde nunca habías estado para cazar nuevas historias.

Héctor se rascó la cabeza y asintió.
- Supongo que sí.
- Muy bien. Después mirabas las burbujas para enterarte de la historia, ¿verdad? Ahí estabas dándole espacio a tu creatividad para que trabajase. Mientras observabas la bola, creabas vacío en tu mente, y las historias, que eran tuyas, podían salir a la luz y se reflejaban en la burbuja.
- ¿En serio? – aunque no terminaba de creerlo del todo, Héctor empezaba a sentirse algo mejor.
- Claro. Y después escribías, y muchas veces incluso entonces añadías detalles de tu propia cosecha a lo que habías visto.
- Eso sí es cierto – admitió él.
- Es difícil hacer ficción – observó Musa -. Cualquiera no está capacitado para ver las historias allí donde existen, pero está claro que tú sí. Y lo más difícil no es ver un fragmento de esas historias y ser capaz de imaginar el resto, sino entender qué quieres contar a través de esa historia. Nadie se hace buen escritor a base de anécdotas.
- Entiendo – Héctor frunció un poco el ceño, sin estar seguro de comprenderlo realmente del todo.
- Es complicado encontrar la ficción y es difícil trabajar con ella, porque es una materia rebelde y escurridiza, pero lo que consigas decir de esa manera llegará mucho más fuerte a la cabeza y al corazón de los que te lean que cualquier reflexión, ensayo o discurso. La verdad está en la ficción.
- Eso lo dijo Martin Amis, ¿no? ¿Utilizó él la bolsa?

Musa le guiñó un ojo.
- No puedo decírtelo. Lo importante es que el trabajo lo has hecho tú solito, y podrás seguir haciéndolo aunque yo me lleve esto – y al decirlo, cogió con suavidad la bolsa de entre los dedos de Héctor que, sin darse cuenta, había dejado de apretarlos en torno a ella -. Tendrás que trabajar duro y ser capaz de mantener ese espacio del que te hablaba antes, el vacío mental que precede a la creatividad. Deberás aprender a cazar historias sin la ayuda de la bolsa… aunque podrás llevar papel y lápiz.

Héctor sonrió. Se sentía ligero, como una burbuja de aquellas que le habían acompañado durante tanto tiempo.
- Pero será duro… - musitó, mirando largamente los ojos grises de Musa.
- Nadie dijo que fuera fácil -. Y antes de desaparecer, Musa estampó un beso ligero en la nariz del chico.

Y pese a que sabía que ella era incorpórea como un espíritu, Héctor juraría que había sentido en la piel el roce diminuto de sus labios.