massobreloslunes: septiembre 2006

miércoles, 27 de septiembre de 2006

Clementina

No puedo dormir, pensando en angustias existenciales como el amor, el tiempo y la distancia o por qué mi padre ya no me da las buenas noches. Con las lágrimas rodándome por las mejillas sin esfuerzo, como lágrimas de princesa de cuento, bajo al salón y me abrazo a la Clemen. Para ser más exactos, Clementina está hecha un ovillo en su sillón (sí, su sillón), y yo me enrosco a ella procurando no tocarla demasiado, para que no se agobie. Está un poco apagada, pero normalmente no es lo que se dice la gata más activa del mundo, así que no me preocupo. Durante al menos media hora las dos estamos así, juntas, yo acariciándole el lomo, ella cambiando de postura de vez en cuando para que le haga cosquillas por aquí o por allá. A ratos, simplemente, pongo mi mano sobre su cuerpo y la siento subir y bajar al ritmo de su respiración. Luego intento yo respirar al ritmo de sus ronroneos y, poco a poco, voy relajándome, como contagiándome de su paz.
Me incorporo y me inclino sobre ella para darle el beso de buenas noches en la cabecita naranja, cuando de repente la veo. Es una gota rosada y redonda que reposa junto a mi gata, sobre la tela beige que cubre el sillón. Al principio creo que es malta (una sustancia que se les da a los gatos para que no vomiten el pelo), pero la toco, la huelo y me doy cuenta de que es sangre.
De repente un miedo frío me sube por la espalda. Mi gatita sangra. La pregunta principal es ¿por dónde? Lo primero que pienso es en el culito: cáncer de colon, metástasis, muerte. Así soy yo, amigos: optimista. Le miro en el lugar donde el lomo pierde su digno nombre, pero no hay nada; ni rastro de sangre. Entonces descubro una herida en el lomo que sangra no copiosa pero sí notablemente.
Aquí es donde me acojono. Pregunto a mi madre, la médico, que reposa tranquilamente en su cama. “Comprime”, me dice “haz un apósito con gasas y algodón y comprime”. Así que yo bajo e intento comprimir, pero la gata se queja, se revuelve, intenta arañarme sin mucho éxito (porque la Clemen no saca las uñas en la vida). En un descuido, sale por la ventana, baja las escaleras y se esconde en el coche del vecino. Hemos perdido a la paciente, señores. Vuelvo a casa y agarro lo único que motiva a Clementina por encima de todas las cosas: su comedero repleto de pienso para gatos gordos. Lo agito y acude una gata quejosa pero motivada, bamboleando su panza a ambos lados del cuerpo. Mientras come, puedo ver mejor la herida. No es muy grande, pero sangra. Subo a consultarle a san google: primeros auxilios en animales. Heridas: si sangran, comprimir y llevar a veterinario.
Bajo de nuevo. Miss Mandarina se ha subido al sillón y vuelve a reposar, llenándolo todo de sangre. Entonces le hablo: “Clementina, ha llegado el momento de ser valientes. Duele, pero a veces hay que aguantarse el dolor. No siempre, pero a veces sí, y esta es una de esas veces. Y por eso ahora yo te voy a coger por el cuellecito para que no te muevas y te voy a poner esto en la herida”.
Los animales están dramáticamente indefensos. Clementina no me entiende, y por eso le da pavor que yo le aplique el apósito en su herida. Sólo sabe que duele y que ella no quiere dolor, así que intenta zafarse. En este caso, yo le causo un dolor menor para evitar un mal mayor y, aun así, ella sufre. Si fuera humana, podría controlarse, abstraerse, distraerse, pero no puede. Aunque creo que me comprende un poco, porque cuando le acaricio el cuello mientras comprimo la herida y le musito palabras de apoyo, se deja hacer… gruñendo un poco, pero se deja. Se zafa al cabo de un rato, pero es suficiente como para cortar la hemorragia de momento. Mañana la llevaremos al veterinario, siempre y cuando siga sin sangrar cuando yo haya acabado este texto (si no va ahora derechita).
Cuando he empezado a escribir sobre la Clemen quería contaros algo rollo literario-intimista: el miedo que me ha entrado de que a mi gatita, uno de los seres a los que más quiero en el mundo, le pasara algo. Quería decir que todos los malos rollos de mi cabeza se han desvanecido y me he concentrado en que la chiquitita no sufra.
Pero no puedo acabar este post sin aclararos que, leyendo lo anterior, ¿cómo iba yo a comer, por Dios, animales? ¿Cómo iba a apoyar a una industria en la que a miles de animales se les inflige dolor, físico y moral, sin que nadie les dé unas palabritas de aliento, y sin más fin que el de servir a nuestros paladares, nuestros pies o nuestro abrigo? Los que tenemos la suerte de convivir con animales y podemos ver en ellos el dolor, la incomprensión y el miedo (un miedo que no puede ser elaborado, ni paliado, ni apartado… un miedo que es total, porque no cuenta con las herramientas que poseemos los hombres para alejarlo), deberíamos (de hecho, debemos) empatizar con el sufrimiento de los millones (MILLONES) de criaturas que pasan por eso durante TODOS los días de su vida sólo por no ser tan monos como nuestros gatos/perros/chinchillas/peces de colores.
Nunca me ha gustado hablar de ese tema en este blog, pero una de mis consignas es la honestidad, y siendo honesta esta noche, lo que quería escribir era exactamente esto.

domingo, 24 de septiembre de 2006

Lo pequeño es hermoso

Me levanto por la mañana y lo primero que veo es mi poster de “El Beso” de Klimt colocado en la puerta de mi habitación. Mientras me visto, mis ojos se posan en el capítulo siete de Rayuela, que he copiado en rotulador violeta y pegado junto al cabecero de la cama. “Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca…”. Dudo que se haya escrito jamás algo tan hermoso.
Me miro en el espejo y pienso que quizás me corte el pelo estilo Amelie, porque la verdad, desde que vi esa película me siento muy identificada con ella. Ese buscar la magia en lo cotidiano, esa capacidad de hacer felices a los demás con las pequeñas cosas… definitivamente sí; esa soy yo. De hecho, creí que era la única a la que le encantaba tirar piedras al agua o meter la mano en las legumbres, pero no.
Antes de salir, cojo un puñado de caramelos de fresa y los meto en la cartera. ¡Soy tan adorablemente ingenua! Mientras camino hacia la parada del autobús, pienso en cuánto me gustaría ser como Alicia en el País de las Maravillas y pasar el día de hoy al otro lado del espejo, donde seguro que no hay humo de coches, ni ruido de claxon, ni profesores coñazo. Me echo un cigarro esperando el bus y mirando las antenas de la televisión suspendidas sobre los edificios. Estos pequeños detalles son los que la mayoría de la gente pasa por alto, y sin embargo son los que realmente conforman la vida.
Durante la clase me siento aturdida. Todo tiene tan poco sentido. Soy tan insignificante. No soy mujer ni soy niña, no estoy viva ni muerta, no soy ni de aquí ni de allá. Pero qué vacío existencial tan grande tengo a veces.
Desayuno en la cafetería un café solo mientras fumo y ojeo “El principito”, que siempre llevo en mi mochila. Me encanta el capítulo del zorro. De hecho, siempre pienso en X cuando lo leo. Nosotros somos como el principito y el zorro: no nos enamoramos, sino que nos domesticamos. Ay, X… ¿por qué nuestro amor es imposible? ¿por qué, si tú y yo somos piel, y azúcar, y tu lengua horada la mía en profundidades místicas? Termino mi café y me acerco suspirando a la biblioteca.
Paseo por entre los libros y acaricio reverencialmente a Cortázar, a Camus, a Neruda. Sólo entre libros me siento completamente yo. Me fascina la idea de que haya historias quietas entre sus páginas que vuelven a la vida cuando nosotros las abrimos. De hecho, desde que leí “El Mundo de Sofía” a veces pienso si no seré yo un personaje que ha ideado alguien de una realidad alternativa.
Me acerco a uno de los ordenadores y aprovecho para dar un repaso a mis blogs favoritos. A ver qué se cuece por “Chica con falda roja” (uy, se me olvidaba que lo cerró hace unos meses). Bueno, pues veamos qué se cuenta Aracne. Leo a Golfo y le dejo un comentario. Me siento tan identificada con él, con sus miradas sobre la ciudad, con sus tejados… Un día de estos le agregaré al messenger, a ver si además es guapo.
Vuelvo a casa con la sola mención de un pequeño incidente: se me han enganchado los cascabeles de la falda en la puerta del autobús y casi arranca llevándome a mí detrás. Almuerzo mientras leo “La insoportable levedad del ser” y luego me echo una siestecita cubierta con mi manta de cuadros. Ah, la melancolía de las tardes de otoño. Ah, las hojas secas. (Nota mental: otoño, posible idea para un poema).
Por la noche, después de un largo día de emociones y sucesos, me siento un rato frente al ordenador. De repente he tenido una terrible intuición. No puede ser. Teceo blogger.com no exenta de pánico. Mientras inserto mi nombre de usuario y la contraseña, me doy cuenta de que no tengo escapatoria. Por fin veo el escritorio y se confirman mis peores temores.
¡Oh, no!
¡¡SOY UNA BLOGUERAAA!!

viernes, 22 de septiembre de 2006

Benvinguda

Bueno, hagamos balance. Ha llegado el momento de la evaluación. Lo bueno, lo malo, lo regular. Dos días después de haber vuelto de Barcelona me parece que no haya estado nunca allí.
Lo mejor.
Que las cosas no cambien cuando te vas o, al menos, no tanto como para dar miedo. La Vila sigue razonablemente igual, las voces que anuncian las paradas del metro son idénticas, ni siquiera el horario de primero de Periodismo ha cambiado demasiado.
Pensé que sólo volvería a Barcelona con alguien que me quisiera para acompañarme. Pensaba que sería una especie de Gran Trauma, una nueva constatación de Mi Debilidad y Mis Miedos. Sin embargo, mientras compro un botellín de agua en la Plaça Civica de la Autónoma y me dispongo a coger el ferrocarril de vuelta a la ciudad, me digo que no es para tanto. Estabas lejos, Marina. Lejos y sola. Aguantaste bien, lo hiciste muy bien. Te volviste porque no era tu sitio, porque a ti no te gusta esto, con tanto metro, tantos Starbucks y tanto catalán dando por saco con la normalización lingüística. Porque a ti te gusta tu ciudad pequeñita con sus tapas, sus guiris, su Albayzín y su castellano andaluz y monolingüe.
Y Mariana, que sigue igual, y que es como una gran bocanada de algo muy fresco y muy limpio. Que mereció ella solita todo el tiempo que viví en la Vila.
Rocío, y Joana, y Jose, y pasear por el Raval comprando a deshoras en las tiendas de los pakis. Porque esa es una Barcelona nueva. Yo pensé que haría una especie de viaje conmemorativo, que visitaría los lugares a los que iba cuando vivía allí. Sin embargo, la vida sigue, y esta visita a Barcelona no ha sido sólo el recuerdo, sino la continuación. He estado allí y he construido nuevas vistas, nuevos recorridos. He seguido adelante. Y mi historia con la ciudad no se para donde la dejé, en la confusión, en el miedo, en la derrota. Mi historia sigue en la Barcelona de las bicis, los locutorios y los pisos de estudiante, en la Barcelona del viajero, en esa confortable certeza de que estás aquí pero puedes irte cuando quieras, y también volver cuando quieras.
Lo peor.
No hay peor. A veces quiero construir una vida que tenga significado en sí misma, comienzo y fin como los capítulo de una buena novela. Que cierre sus círculos, que acabe sus tramas, que tenga cosas buenas y malas que se compensen las unas a las otras. Luego descubro que a veces no hay peor, que a veces no hay final. Que no voy a decir que todo lo que pasó allí está ya resuelto, superado, archivado. Tampoco que no lo está. Tampoco que piense volver una vez cada equis tiempo para mantener una relación con la ciudad, seguir descubriéndola y blablabla. Simplemente: lo que pasó, pasó. La cuestión no es cuándo vaya a volver: la cuestión es que ahora sé que puedo hacerlo siempre que quiera.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

La informática no está bien inventada

Hace unos días escribí esto en mi diario:
Debería haber redadas de recuerdos. Una vez cada, digamos, dos años, la policía debería entrar en nuestras casas rollo SS alemanas y destruir todo lo que oliera a memoria ñoña. En lugar de eso, acumulamos y acumulamos fotos, diarios, cartas, objetos, papeles que nos atan a una vida que no vamos a volver a tener.
Al día siguiente, mi disco duro externo se jodió y todas mis fotos se fueron con él. Todas. Imaginaos: cada vez que he sacado mi Olympus del bolso, he enfocado algo que creía que merecía la pena recordar y he disparado, ahora no sirve para nada. Es como si no lo hubiera hecho nunca.
Son curiosas las fotos, ¿no? En sí mismas, son fascinantes: un instante, un solo instante, invariable para toda la eternidad. Te asomas a una y ves a las personas que aparecen tan indudablemente vivas, tan viviendo únicamente ese momento, mientras fuera de ella envejecen y se entristecen a tiempo real. Por otra parte, es curioso el mero hecho de hacerlas. Tú vives tu vida, pero no como algo seguido y espontáneo, sino haciendo oportunas paradas para darle al botón del aparato. Entonces hacer fotos se convierte en parte de la vida, y no es simplemente que saques la cámara e inmortalices algo, sino que tu vida cambia porque has sacado la cámara, y ese acto es en sí un gesto. No sé si me explico.
Últimamente mis relaciones con los objetos no van muy bien. Llamadme mística, pero creo que cuando algo se rompe a nuestro alrededor está reflejando algo que tenemos roto por dentro. Mi gato arrancó de cuajo la “p” de mi ordenador, y ahora tengo que pulsar esa especie de botón de goma que las teclas tienen debajo. Luego J. tiró un vaso de agua sobre el teclado y fastidió las direcciones, ya sabéis: las cuatro flechitas (ahora J. llama a mi ordenador “bala perdida”, porque no tiene dirección). Por último, intenté secar las teclas con un secador y derretí una, que se desprendió del soporte retorciéndose suavemente hasta quedar inservible. Yo creo que mi teclado se rebela porque no he escrito NADA este verano. Parece que me está diciendo: “Marina, o espabilas o te vas a quedar sin letras que pulsar”.
En cuanto a lo de las fotos borradas… bueno, ayer le di el disco duro a mi vecino el informático y estoy rezando a veteasaberquién para que consiga rescatarlas. Visualizo ese momento en que llama a la puerta y me entrega un disco duro inservible y un CD con todos mis recuerdos intactos. Realmente, no quiero empezar de cero. Lo que dije arriba es mentira: no quiero que nadie se lleve mis recuerdos, de verdad, no quiero. No hay que vivir en el pasado, pero es hermoso tener un mullido colchón de momentos felices en el que poder recostarse. Quiero mis recuerdos: mi aburrida acumulación de señales que me permiten ubicarme en la vida. La carta que escribí a los 15 años para abrir cuando tenga 25, y la que escribí a los 20 para cuando cumpla 30 (si os preguntáis si pienso seguir haciéndolo durante todas las décadas de mi vida, la respuesta es “sí”).
A J. se le dan mejor que a mí los finales redondos y las metáforas bonitas. Ahora mismo, sólo se me ocurre que quizás me mude de marinainthemiddle para reaparecer en algún sitio secreto.
Me paso la vida barajando nombres, direcciones, seudónimos, firmas y títulos, y no soy capaz de admitir que yo misma es siempre lo que va a haber debajo.

viernes, 8 de septiembre de 2006

La Cena

Como no tenía una colección de mariposas para enseñar las invitaba a mi casa a cenar, pero el día que llegó ella sólo tenía para ofrecerle un sobre de sopa. Años más tarde, cuando volvió de acostar a los niños le pregunté por qué eligió quedarse conmigo pese a la triste escasez de mi pobre cena. Contestó con la inmediatez de la lección sabida: “Me diste algo que se podía conservar mucho tiempo”.