massobreloslunes: noviembre 2006

miércoles, 22 de noviembre de 2006

lunes, 20 de noviembre de 2006

Eva y la intensidad

Me gustan las pastelerías porque están hechas totalmente para el placer. No hay nada de nutritivo en sus cremas azucaradas o en sus guindas de colores imposibles. No tienen más justificación que, digamos, un sex-shop y, sin embargo, al contrario que éstos, han conseguido mantener un aura de respetabilidad hogareña.
En Barcelona había muchas pastelerías que, además de exhibir unos dulces preciosos, sofisticados y carísimos en sus escaparates, tenían un par de mesitas en el interior para sentarte a tomar café. No he visto sitios así en otra ciudad, pero igual es porque no me he fijado mucho. La cuestión es que me encantaban las pastelerías-cafés de allí. Eva y yo solíamos ir a una que había cerca de las ramblas, cerca también de la iglesia del Pi donde yo me sentaba a pedirle a Dios que me devolviera mi felicidad. Se llama la Croissanteria del Pi, y no es especialmente pintoresca, ni muy barata, ni muy especial. La verdad, mientras estuve en Barcelona no me distinguí especialmente por descubrir lugares recónditos (estaba demasiado ocupada intentando mantener la cordura). Lo que quiero decir es que no busquéis la Croissanteria del Pi como un lugar bohemio que os ha recomendado una bloguera desconocida, porque es un sitio la mar de corrientito y de precios tirando a altos. Es, eso sí, muy bonito, con una decoración de cajas de galleta antiguas y lámparas coquetas, como con encajitos, creo recordar. Allí nos íbamos Eva y yo a escribir algunas tardes, yo con mi libreta del ojo en la portada y ella con un cuaderno precioso de papel reciclado que se ataba alrededor con un cordel.
Eva nunca quería enseñarme nada de lo que escribía. Cuando hablo de ella siempre me refiero a sus ojos azules, enormes y asustados, y al punto de locura que tenía cuando decía cosas como “ODIO el periodismo y ODIO a todo el mundo”. Sin embargo, era bastante más que una tía rara (aunque creedme que era muy rara). A veces te hablaba con pasión de las cosas: de su batería, por ejemplo, o del cuadro de Degas que había pintado en la pared de su cuarto. Otras veces parecía que se quería morir, o que nunca había hecho en su vida nada que mereciera la pena. Así como Mariana era la luz, Eva no era exactamente la oscuridad, pero sí se parecía a uno de esos días nublados en los que no va a llover y te ciega un cielo de una deslumbrante claridad gris.
Cuando la conocí, me contaba cómo se había enamorado de su profesor de balonmano. Estaba loca por él, por un tipo nosecuántos años mayor que ella, con mujer e hijos, que entrenaba a su equipo en Mallorca y vivía en un pueblecito de la costa occidental. Los sábados por la mañana, Eva cogía su bicicleta y pedaleaba hasta el pueblo de su profesor. Puedo imaginarla, corriendo a todo lo que le daban los pulmones, porque en el deporte Eva era igual de extrema que para todo lo demás. Luego se sentaba detrás de un seto y se quedaba mirando fíjamente la puerta de la casa de su entrenador, hasta que veía a éste salir con su mujer y sus hijos. “Casi todos los sábados hacían algo”, me contaba. “A veces ellos también iban en bici, todos con casco, como en un anuncio de biofrutas. Otras, se montaban en el coche con una nevera y pilas de sandwiches y se iban de picnic, al bosque o a alguno de esos sitios acondicionados para domingueros”. Cuando me contó lo de la bici, le dije que había algo de masoquista en aquello. “Qué va”, contestó ella. “Cuando salía de allí me sentía muy bien. No es que me gustara que estuviera con otra, pero me daba cuenta de que era un buen marido y un buen padre, y pensaba que sería igual conmigo cuando yo le consiguiera”.
No os sorprendáis. Ya os he dicho que estaba bastante loca.
No sé en qué acabó la historia de Eva y su profesor. Mientras yo estuve en Barcelona, ella hizo lo posible por olvidarle: pillaba borracheras descomunales jueves, viernes y sábado y se enroscaba en el cuello del primer tío que le dejara. Cuando iba a Mallorca, quedaba con otros chicos, por lo que me contó, y nunca más confesó ninguna excursión intempestiva al pueblo de su entrenador.
Sin embargo, prefiero pensar que la historia sí siguió, y que ella consiguió seducirle al más puro estilo Lolita, a pesar de que no era guapa (pero tampoco nada fea, que quede claro). Quiero creer que después de unos cuantos encuentros turbulentos, se dio cuenta de que aquel tipo no era para tanto: tenía barriga debajo de la sudadera del equipo, y siempre se levantaba de la cama a toda prisa, alegando que tenía que recoger a los niños de las actividades extraescolares. Entonces Eva le dejó, y él, desesperado, iba a la puerta de su casa en bicicleta para ver cómo ella salía y entraba, a veces de la mano de algún chico, otras veces sola. Pero cómo va a ser eso, diréis, si Eva estaba en Barcelona. Yo que sé. Sólo estoy diciendo lo que me gustaría que hubiera ocurrido.