massobreloslunes: diciembre 2006

viernes, 29 de diciembre de 2006

santa claus is coming to town

para los que escriben mucho, para los que escriben poco, para los que no escriben nada
para los cuentavidas, para los rolleros, para los bordes
para los glamourosos, para los de tendencias, para los elitistas
para los que tienen faltas de ortografía, para los que no saben redactar, para los que no se olvidan ni un acento
para los realistas, para los surrealistas, para los hiperrealistas
para los que actualizan mucho, para los que actualizan poco
para los que abrieron un blog una vez y se olvidaron
para los que utilizan la plantilla más simple de blogger, para los que diseñan su propio template y lo cambian cada año
para los de blogger, para los de blogia, para los de la coctelera
para los fotoblogueros
para los que tienen pseudónimo, para los que ponen su nombre de verdad, para los que cuelgan su foto
para los filósofos, para los materialistas, para los artistas
para los que tienen aspiraciones, para los que no aspiran a nada
para los que tienen muchos comentarios, para los que tienen pocos, para los que no tienen
para los que rebuscan anécdotas de su niñez, para los que inventan, para los que vomitan palabras
para todo aquel que se sienta de vez en cuando a compartir miserias con el resto del mundo
para golfo, para el pinchadiscos, para Irene
para mí, para ti
para todos.

Feliz Bloguidad.

lunes, 18 de diciembre de 2006

paraules

Tener a una erasmus en casa te hace caer en la cuenta de que lo que sale de tu boca son palabras que componen un idioma: tu idioma. Antes de decirle a Sarah cualquier cosa, la paladeo un poco antes, calibro las expresiones que voy a utilizar, los verbos, el grado de coloquialidad de las palabras. Hay que ser sencillo, ir a la raíz. Identificar qué palabras son fáciles, cuáles no; cuáles son homófonas y podrían confundirla; cuál es el antónimo de tal o cual vocablo difícil, porque a veces las cosas se definen mejor con sus contrarios. De repente te das cuenta de que expresiones como “es un fantasma” o “eso me resbala” son auténticos artilugios de doble filo que no tienen ningún sentido a no ser que comprendas que no dicen lo que en principio parecen querer decir.
Hablo con Sarah y le envidio ese aprendizaje de mi lengua. Me entran ganas de aprender yo también una lengua nueva, porque hay algo un poco mágico en hacerlo. Aprendes a construir frases como quien emplea piezas de lego, ensamblas unas palabras con otras, las lanzas y te entienden. Tu cerebro hace un montón de nuevas conexiones y construye el mismo universo que tú ya conocías, sólo que de forma diferente.
Yo aprendí catalán cuando fui a Barcelona. Vale, habrá quien diga que eso no es lo mismo, que el catalán se parece mucho al castellano y que te puedes hacer entender si no sabes algo. Sí, pero igualmente es un idioma distinto, con sus reglas, sus conjugaciones y su vocabulario. Además, yo me lo tomé con seriedad de filóloga. Analizaba todas y cada una de las expresiones que aprendía. Relacionaba etimologías, desempolvaba mi latín de bachillerato y me preguntaba, por ejemplo, por qué la palabra genus se convirtió en genoll en catalán y, sin embargo, pasó al castellano con ese nombre tan poco elegante de rodilla (cuando una es friki de la lengua, es friki). Y era como magia cuando yo aparecía en el mercado de Sabadell, con mi supercarrito de maruja comprado en el Alcampo, y empezaba a pedirle al amable señor del puesto: de pomes, un kilo, si us plau… i cinq cebes, i unes maduixes que no estiguin massa verts, i… dona’m també dos pebres, i un carbassó, i un kilo de tomáquets. Y, mágicamente, el señor me llenaba las bolsas y aparecía lo que yo había pedido: manzanas, cebollas, fresas, pimientos, un calabacín, un kilo de tomates. Y el señor me sonreía y yo me marchaba, orgullosa, porque para conocer a un pueblo hay que conocer su lengua, y por eso yo me empeñé en aprender catalán aunque, al final, haya resultado tan decorativo e inútil como, digamos, una licenciatura de filología clásica.
Al final digo yo que se acaban amando todas las lenguas que se conocen, ¿no? Porque yo, que soy más andaluza que una peineta y que creo que no voy a volver jamás a Cataluña, acabé por querer a ese idioma que todos dicen que es tan feo y que sólo les escuchan a los políticos a la hora del telediario. Y me da mucha pena que a nadie le importe que yo sepa que en catalán echar de menos se dice trobar a faltar, y que encuentro precioso ese quiebro lingüístico en el que, como decía F., “te busco y encuentro que me faltas”. O que entero se dice sencer, así que una persona sincera es, de alguna forma, una persona entera. O que gustar se dice agradar y querer se dice estimar, y es difícil asignarle sus significados, tan primarios, a esas palabras tan pulcras y tan anticuadas.
Aprender otro idioma te hace revisar el tuyo, caer en la cuenta del peso de las palabras, paladearlas y tener ganas de seguirlas desde que nacieron, en forma de balbuceo gutural de algún cavernícola, hasta que han llegado a nosotros, pulidas, con un significado definito, listas para ser usadas una y mil veces, hasta que nos hartemos. Y mira que yo soy poco de virtuosismo lingüístico, que me tocan las narices los alardes formales que tanto parecen entusiasmar a la mayoría de los escritores de este nuestro país. Pero no se puede negar que se escribe con palabras, con palabras útiles y precisas, variadas y, a veces, casi tangibles. Así que hoy he decidido desenterrar mis prejuicios y escribir este texto hablando sólo de esos entes incorpóreos que son las palabras. Vosotros juzgaréis qué tal ha quedado.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Marbayzín

Marbayzín es el mar que me invento para olvidar que en esta ciudad no hay mar. Llego a él a través de las calles, como subida en una lancha, y el punto donde hemos quedado tú y yo es aquel que elijo para echar el ancla y esperarte. Justo ahí, mi amor, al final de la calle de las teterías, enfrente de una iglesia cuyo nombre aún no me he aprendido. Cuando apareces, me zambullo en el mar albayzinero como el buzo que se tira de espaldas al agua. Bienvenida marítima de besos húmedos y salados en la oscuridad de una calle que bien podría ser de roca. Caminamos hasta tu casa cogidos de la mano, como dos sirénidos que dejan que les aúpe la marea. Subiendo las cuestas con la fuerza de salmones a contracorriente, llegamos a tu casa, la gruta submarina que despide luz como el cofre de un tesoro.
Dentro el aire es menos frío, como las masas de agua cálida que se desplazan a veces a través del océano. Antes de flotar hasta el banco de arena fina que es tu cama, te cojo de la mano y te pido que me subas a la azotea. Me yergo como un vigía, gritando "¡Ah del barco!. Frente a mí se extienden las olas de mi mar del Albayzín, con cierta blancura de espuma que reluce pese a la oscuridad de la noche. El silencio es enorme, como si buceáramos a muchos metros bajo la superficie del agua. Contemplamos el mar desde arriba y desde dentro, y a nuestro alrededor revolotean las mariposas nocturnas con la cadencia de peces voladores.
Ahora eres tú quien me coge de la mano y me lleva escaleras abajo suavemente, como si flotáramos. Navegamos el desorden de tu cuarto y nos metemos en la cama. A través de tu ventana se ve la calle como desde un ojo de buey, y nos mecemos mucho rato al compás de las olas que balancean nuestro camarote. Siento las calles empedradas golpear afuera, con dulces embates de barrio antiguo y calles desiertas. Si tu casa fuera un barco, mi amor, estaría ahora mismo sumergido junto a los peces abisales del fondo. Sería uno de esos barcos fantasmas, hundidos hace mucho tiempo, refugio de peces y de sirenos enamorados como tú y yo.
Cierro los ojos y te escucho ya dormido a mi lado. Mientras yo también me duermo, balanceándome suavemente como si hiciera el muerto sobre las olas, juraría que tu respiración cada vez se parece más al sonido del mar.

martes, 12 de diciembre de 2006

Quiero hibernar

Acabará el invierno y encontraréis mi cuerpo tras el deshielo. Frío aterido, que no me deja hacer mucho más que pegarme al radiador y temblar un poco para entrar en calor. Frío del agua del grifo, de la taza del váter. Frío de vaho saliendo de nuestras bocas en plena cocina, a las tres de la tarde, mientras se cuece una fideuá con los últimos restos de la bombona de butano.
Frío, sobre todo, por las noches, encogida bajo el nórdico modelo islandia que me ha prestado Ana. Me hago un ovillo, me concentro para general calor con los cuarenta y cinco kilos de mi cuerpo y me basta estirar un poco el pie, girar la cabeza o deslizar ligeramente el edredón para sentir el helor que se extiende más allá de los límites de la frágil calidez que he conseguido crear.
Dos semanas idiotas, suspendidas entre un puente y la navidad. Dos semanas con febrero penduleando sobre nosotros como una espada de Damocles y las vacaciones en medio, acolchándonos con la seguridad engañosa del “ya lo haré luego”. Semanas de cargar la mochila de libros en la biblioteca, de ver películas acurrucada bajo el nórdico, de alimentarse de sopinstant y palomitas de maíz.
Para el próximo día de taller tengo que escribir sobre el Albaycín pensando en el mar. El título será “marbayzín” (no es mío). No sé ni por dónde empezar. Quiero comenzar por algo como esto:
“A los países encantados de los cuentos se entra por los espejos, por las trampillas, por puertas secretas escondidas en la base de los árboles. A marbayzín, mi Albayzín, mi propio mundo mágico, se entraba por un rincón que sólo tú y yo conocíamos, al final de la calle de las teterías, frente a una iglesia de la que aún no sé el nombre. Allí me encaminaba yo en medio de la noche, muerta de frío, solitaria como una heroína infantil. Llegaba, daba tres vueltas sobre mí misma, golpeaba con los pies el suelo empedrado y pulsaba el botón mágico del móvil. Tú bajabas desde la torre de tu palacio, aparecías por detrás de una esquina y me abrías la puerta de tu Albayzín.”
Es cursi, ¿no? Bueno, eso tampoco es malo. Tendréis que esperar un poco para verlo acabado, lo siento.

domingo, 3 de diciembre de 2006

Tiempo

Este fin de semana me he quedado en Granada.
La forma tan maravillosa que tiene mi Langosta de hacer pasar las horas junto a él me ha llevado a Málaga cada uno de mis fines de semana desde que empezó el curso. Aunque defiendo una cierta independencia, qué queréis que os diga; terminar las clases del viernes, comer un bocata rápido en la estación y volar en autobús a su lado es de las cosas más bonitas que una puede hacer con su tiempo libre.
No obstante, como el martes empieza un superpuente y yo tenía algunas cosillas que hacer aquí, este fin de semana me he quedado en Granada. Ha sido raro, no os creáis, remolonear en una cama que hasta ahora sólo me había servido para madrugar; dejar pasar las horas sin medir cuánto tiempo me queda libre para hacer esto o lo otro antes de meterme en la cama. El viernes me tiré en el sofá y me leí dos libros seguidos: “Los Santos Inocentes”, de Delibes, y “Biografía del Hambre”, de Amélie Nothomb. Vaya con Delibes, con lo que yo le había criticado y lo muchísimo que me ha gustado el libro. En cuanto a la belga, está chiflada, no hay más que hablar, pero no deja indiferente.
El sábado por la mañana desayuné chocolate con churros en el Café Fútbol. Lo mejor del Café Fútbol, sin duda, es su terraza, extendida al sol sobre la Plaza de Mariana Pineda; el sábado, sin embargo, también tenía su encanto llegar de la calle fría y un poco nublada y meterse en su interior medio modernista, con el dibujo de la mujer de las pestañas carnívoras en la pared del fondo. Lo malo de las terrazas es que se dispersa el olor; en las cafeterías interiores siempre está esta deliciosa concentración de aroma a churros, a café, a tostada y a humo.Tendríais que haberme visto, toda pequeña, con los ojos aún pegados de sueño y mi inequívoco aspecto de no haber sobrepasado los quince años. La gente me miraba con lástima mientras yo empezaba “Las partículas elementales”, de Houellebecq, bastante indiferente a que el camarero me hiciera o no caso. Engullí tres churros y un chocolate mientras pasaba las páginas del libro y oía, como de fondo, las voces de los granadinos animosos que desayunan en la calle los fines de semana.
He tenido tiempo para todo en estos dos días. He limpiado los dos dedos de polvo que se acumulaban en las estanterías de mi cuarto. He visto capítulos de Sexo en Nueva York, embutida en mi maravilloso nórdico con funda de burbujas azules. He dormido siestas resacosas hasta arriba de analgésicos, rezando para que la cabeza dejara de martillearme. He dudado existencialmente entre comprar una chaqueta naranja o una roja. Me he emborrachado un poquito y he jugado horriblemente mal al futbolín (aunque metí tres goles preciosísimos, que conste). He visto una peli y media y dormido la otra media.
No está mal tomarse unas vacaciones de amor de vez en cuando. Aunque sólo sea para darse un buen atracón de horas y de soledad y esperar, como espero hoy yo llena de ilusión, a que él aparezca mañana en la puerta de casa a robarme todo el tiempo del mundo.