massobreloslunes: junio 2007

lunes, 25 de junio de 2007





Cuando era pequeña, mi padre me llevaba a comprar libros y a tomar algo, a pasear y a cenar. Decía que lo pasaba muy bien conmigo, que se sentía muy afortunado de tener una hija como yo. De un tiempo a esta parte, sin embargo, siento que estamos muy lejos el uno del otro. Me da la sensación de que, aunque él ha avanzado mucho en el camino de la vida, no puede ayudarme, porque yo camino justo en la dirección opuesta (o, por lo menos, en una carretera diferente, al otro lado de la bifurcación). Así que últimamente no me gusta mucho quedar con mi padre a solas. Habla en un tono monocorde, gris, con un rictus permanente de pesadumbre y miedo en la cara. Hace tres años le quitaron un melanoma, y creo que esa sacudida de la mortalidad, ese recordar que lleva una fecha de caducidad grabada en el dorso, le ha dejado hundido en una especie de existencialismo mediocre que subsana como puede, entre gintonics, bizcochos de chocolate y colaboraciones con alguna ONG.
Así que apenas tenemos ningún tema de conversación, porque es como hablar con alguien que está mirando continuamente la tele interior de sus negros pensamientos. Los únicos temas de conversación que compartimos son la cocina y la literatura. Cuando no sé qué contarle, le pregunto cómo hace él la paella o qué puedo preparar con salsa de almendras, y entonces se le iluminan un poco los ojos siniestramente parecidos a los míos y puede tirarse siglos explicando cómo descubrió la manera de que el arroz quedara perfecto y a la bechamel no le salieran grumos.
Lo de los libros lo descubrí hace poco. Mi madre decía que mi padre siempre compraba libros muy raros; que leía un trozo de la contraportada y, si le llamaba la atención, se lo llevaba. Yo creía, como siempre, que mi madre tenía razón, así que empecé a leer literatura de adultos por Isabel Allende y Rosamunde Pilcher. Luego me entró el cansancio de lo cursi y el gustillo del realismo sucio, de Carver, de Capote. Leí a John Irving, me enganché a Auster y empecé a querer visitar Estados Unidos para ver de dónde salía esa extrañamente lúcida percepción de las cosas. Y de repente un día mi padre me dijo que le comprara el nuevo de Auster para su cumpleaños, y he ahí que aquellos libros tan raros que compraba mi padre se parecían bastante a lo que yo quería leer. Mi padre, como yo, quiere básicamente entretenerse, engancharse, no ser capaz de dejar el libro ni mientras esperas en la cola de la pescadería. Como yo, él abomina de lo cursi y de los escritores españoles empalagosos (permítaseme generalizar, que éste blog es muy minoritario como para ser políticamente correcta). Desde entonces, intercambiamos libros y le tengo a él como suministro de las novedades que yo no me puedo permitir.
Hace unas semanas le pedí que me comprara un libro: “Este libro te salvará la vida”, de A.M. Homes. Había leído una colección de cuentos de la autora y me había encantado. Mi padre me llamó: “te he comprado el libro, ¿te importa que me lo lea antes y te lo doy cuando vengas a Málaga?”. Casi me había olvidado cuando ayer me entregó la novela antes de que me marchara de su casa tras el almuerzo. “¿Te ha gustado?”, pregunté, y en las décimas de segundo que transcurrieron entre mi pregunta y su respuesta sentí que un montón de cosas que no era capaz de precisar dependían de aquel juicio: no es si a mi padre le gusta o no la novela; es si a Mi padre le gusta la novela que Yo le he recomendado.
“Uf, me ha encantado”, dice él, “la he leído volando”.
Me paso todo el día contentísima. La ha encantado el libro, le ha encantado el libro, tarareo mentalmente, y me muero de ganas de leerlo para confirmar que a mí también, y que es mi padre, que no soy un error genético, que pueden conmovernos las mismas cosas. Así que mientras vuelvo a Granada en el autobús de las nueve leo, primero a la luz mortecina del atardecer en la carretera, luego bajo el frágil foco que hay encima de la cabeza de mi compañero de asiento (el mío no funciona). Hoy estudio y leo, viajo en autobús urbano y leo, tomo un té con hielo a media tarde y leo. Cuando termino de estudiar, me siento en los escalones de la biblioteca y me acabo las últimas cincuenta páginas del libro, engullendo rápido las líneas para que no se me haga de noche.
Me parece que es lo más cerca que he estado de mi padre en mucho tiempo. Y no es un libro intrascendente. Habla de la bondad, de la gente que intenta hacer el bien, de meditación, incluso. Habla de un padre y de su hijo, que hace mucho que no se ven y que a vece no se gustan pero, aun así, se adoran. Es conmovedoramente humana y contenidamente (o a lo mejor no; a lo mejor brutalmente) optimista. Y tiene la ambigüedad extrañamente pura de la literatura norteamericana, que a mí me encanta y a mi padre también.
Ahora, que estoy a punto de irme a dormir con la sensación de plenitud melancólica de haber terminado un buen libro, no sé si alegrarme porque lo mío con mi padre puede tener futuro o entristecerme por conformarme con tan poco.
No me haré la interesante: creo que, en general, estoy contenta.

martes, 19 de junio de 2007




Otra vez ese pensamiento inquietante. Sus padres se separaron, cierto. No se llevaban bien, cierto. Ahora todos han aceptado la situación como adultos civilizados, cierto. Sin embargo, ella está ahí, y es el resultado de cuando ellos sí se querían. Tiene la mitad de los cromosomas de uno y la mitad de otro. Le resulta tan raro pensarlo: ella, como símbolo máximo del amor, como unión de dos seres que no van a poder separarse nunca. Se mira al espejo y ahí están: los ojos de su padre, flotando inquietantemente sobre la boca de su madre, y en medio una nariz que parece suya (porque ella no se la ha visto a nadie más) intentando poner paz. Entonces piensa: si se separaron, si se odian, qué hago yo con mis genes. Hay dos seres viviendo en mí, dos aliens que no pueden llevarse bien, porque son de naturaleza distinta, porque no estaban hechos para estar juntos. Y no puede dejar de pensar eso; y le inquieta, hasta un punto que no sospechaba, la idea de sus dos mitades prisioneras en ella, diariamente enfrentadas, condenadas a entenderse.

viernes, 15 de junio de 2007

Pensamientos que no vienen a cuento inducidos por el estudio, toma I

¿Por qué es tan emocionante recordar la primera cita? Yo a J. le interrogo de vez en cuando sobre la tarde en que el amor (o algo parecido) nos hizo suyos: qué pensó cuando me vio, cuándo decidió que me iba a meter cuello, etc, etc. Es un poco como tener el making off: saber qué había detrás de las cámaras, qué ases se guardaba él en la manga.

Algunos terapeutas de pareja recomiendan revivir el primer encuentro para fomentar la actividad sexual. Yo a veces (no se lo digáis a mi dulce novio) cierro los ojos mientras le beso e intento reproducir la sensación de la primera vez; es complicado, la verdad, porque hasta a besar a una personita fascinante y sensual como es él se acostumbra una, pero a veces lo consigo; por un momento, se corre el velo de la costumbre y de lo conocido, y me parece que me precipito por primera vez hacia sus labios, que extiendo por primera vez las manos bajo su camiseta y aspiro por primera vez su olor a hombre interesante.

¿A qué viene todo esto? Veamos, queridos lectores: una está de exámenes y se ha propuesto no interrumpir su relativamente cotidiana descarga de palabras, pero esto va a ser al precio de que yo me siente cada cierto tiempo en el ordenador de la biblioteca pública y descarge lo primero que se me pase por la cabeza, sin darle demasiadas vueltas y sin pararme a corregir, que si no pierdo el tiempo y se me va a la mañana en darle a la tecla. Y llevo varios días con la sensación de que va a pasar algo y no sé qué es, aturdida y meditabunda como si mis neuronas hubieran decidido ponerse en huelga de celo. Así que quería que mi momento de hoy frente al teclado me recordara algo bonito. Como conocer a J., que fue tan emocionante, tan de novela rosa de puro romántico, que a veces me entran ganas de desconocerle para poder vivir de nuevo lo que sentí al llegar al Lisboa y verle ahí sentado, todo feliz, con esa manera que tiene de andar por la vida como si el mundo le perteneciera o, aún mejor, como si el mundo fuera una extensión de su terraza del Albaycín y él pudiera pararse en cualquier momento a disfrutar de la vista.

Y sin más, vuelvo a la ardua tarea de introducir conocimientos en mi ligeramente desproporcionada cabeza.

miércoles, 13 de junio de 2007

Reflexión matutina inspirada por el café, toma I

Esta mañana, en los diez minutos que han transcurrido entre el sonido del despertador y el momento de levantarme, he soñado con Mariana. Como resultado, he pasado el camino entre mi casa y la biblioteca recordándola y reflexionando sobre la nostalgia. Es curioso, porque a lo largo de mi vida he extrañado a mucha gente, pero a nadie de una forma tan intensa y desproporcionada como a ella, que sólo estuvo seis meses en mi vida y dejó el hueco de alguien a quien has conocido desde siempre.

Creo que echar de menos es uno de los sentimientos más desagradables que existen. Yo empecé con siete años, cuando me mudé de Córdoba a Granada. Me recuerdo a mí misma, toda repelente, mirando la lluvia desde la ventana del autobús escolar y pensando en lo deprimida que estaba (y sí, utilizaba la palabra deprimida) y escribiendo cartas a mis mejores amigas de Córdoba y soñando con extrañas configuraciones de circunstancias que me permitieran volver allí. Luego me adapté a Málaga y pasé la infancia y la adolescencia rodeada básicamente por la misma gente y residiento fundamentalmente en el mismo sitio, hasta que me planté en Barcelona con dieciocho tiernos años; desde entonces, la gente no ha parado de entrar y salir de mi vida a ritmos más o menos dispares.

A echar de menos uno se habitúa, como al clima. La primera vez que me despedí de mi dulce ex novio en la estación de autobuses de Pamplona creí sinceramente que iba a morirme de pena, y me asfixiaba entre lágrimas mirando por la ventana del autobús; la última, creo que simplemente vi desaparecer su perfil larguirucho y lánguido por detrás del tabique del metro y pasé a otra cosa. Ahora creedme que extraño a J. durante la semana, pero como nos pasamos los fines de semana pegados como un chicle a la suela de un zapato, lo llevo relativamente bien. Una de las características de hacerse mayor es ser cada vez más consciente de lo alucinantemente rápido que pasa el tiempo.

Sin embargo, no es lo mismo echar de menos a alguien que sabes que siempre volverá, como J. (con siempre me refiero a un plazo más o menos indefinido que a saber cuánto tiempo nos aguantaremos la Langosta y yo), que extrañar a alguien que ya no va estar más en tu vida, a no ser en forma de email esporádico o de brevísima visita de vacaciones. Como Mariana, por ejemplo: lo que me duele de añorarla es que pasé de compartir habitación con ella a no volver a verla en dos años (y lo que me queda para repetir). Lleida y Granada están muy lejos. O Laura, mi compañera de piso de primero aquí en Granada, que también voló lejísimos en cuanto acabó el curso (a Madrid, a Italia y luego otra vez a Madrid), llevándose sus dibujos animados, sus legañas y sus pepinillos. Creo que no es justo que algunas personas pasen por nuestras vidas como una ráfaga luminosa y cegadora y luego desaparezcan. Algunos dirán que alguien no desaparece si uno no quiere, pero no estoy del todo de acuerdo; la memoria es sabia, el olvido es adaptativo y los huecos que se quedan vacíos los llena otra gente.

Afortunadamente, hay personas que sí parecen quedarse siempre. Yo aún salgo con las mismas amigas que cuando tenía ocho años, y que sigamos siendo una piña compacta y bien avenida me parece un auténtico milagro. Y a lo mejor los que se van lo hacen para preservar en nuestra memoria un recuerdo intacto e intachable. Imaginad si yo hubiera acabado peleándome con Mariana por los platos sucios o el dinero del aceite. Mejor conservarla así, en el formol eficaz de la idealización, y alegrarme cada vez que tenga oportunidad de pasar con ella un día, como hice este septiembre.

Echar de menos en catalán se dice "trobar a faltar": te busco y encuentro que faltas. En castellano, echar en falta es más bien cuando pierdes algo o cuando te lo roban. A veces sí que parece que la vida te roba a personas que tú quieres mantener cerca. Como decía Mafalda, ¿quién se cree que es la vida para hacerle eso a uno? Pero bueno, para qué vamos a lamentarnos. Es lo que hay.

martes, 5 de junio de 2007

El Hada Azul

Mi madrina murió el domingo de resurrección. No sufráis; tenía 90 años. Lo que más me duele de su muerte no es el hecho en sí de que haya desaparecido, sino la manera casi obscena que tuvo de tirar sus últimos treinta años por un desagüe. La conocí sentada en un sofá y la vi por última vez sentada en un sofá. No tenía aficciones, no cosía, no leía, veía la televisión sólo por tener algo donde fijar la vista. Realmente, ocupaba el día en repasar sus tristezas con la barbilla apoyada en la mano, en amasar cuidadosamente sus rencores y en llamar llorando por teléfono a todos aquéllos que aún querían (o debían) ocuparse un poco de ella.
Era buena, pero no era una buena persona, si por buena persona entendemos cumplir más o menos bien con la tarea de ser humano. Era arisca, repetitiva, pesada, culpabilizante como una pesadilla freudiana. Nunca recuerdo que la perspectiva de ir a verla se me haya presentado como algo agradable, y ni siquiera el hecho de que esté muerta va a cambiar eso.
El único recuerdo bonito que tengo de ella es que, en ocasiones, en las largas noches de verano que pasábamos en la terraza de nuestro piso de vacaciones, me recitaba larguísimas poesías que se sabía de cuando era pequeña. Eran poemas de rima un poco burda, pero me embelesaban como cuentos. En sus últimos años, cuando ya no había apenas nada de ella que quisiéramos conservar, nos insistía para que apuntáramos en una libreta todas sus canciones y poesías, para recordarlas “si se le iba la cabeza”. Murió con todas las ideas en su sitio, perfectamente lúcida con casi un siglo de monótona existencia, pero nos faltó el tiempo, así que la libreta apenas tiene rellenas ocho o diez páginas.
Hace unos días me acordé de una de sus poesías, “El Hada Azul”. Va de un hada que baja del cielo y reparte a una mujer de cada una de las naciones de la tierra un precioso don; finalmente, le dice a la española que ella es la mejor y la sube en un trono, o algo así. Infancia de posguerra, qué os voy a contar. Intenté recordarla, pero no me salía entera, así que tecleé en google “El Hada Azul”. 0’13 segundos después, ahí la tenía. Y así mi madrina se fue definitivamente al otro mundo y el vivo siguió comiéndose el bollo de la inmediatez tecnológica.
Como sigamos así, nos vamos a quedar sin nostalgia.