massobreloslunes: octubre 2007

miércoles, 31 de octubre de 2007

El peso

El lunes fui al Anaïs a hacer vie litteraire. Leyó un periodista sobre la ciuda de Granada en Nicaragua. A mi lado, en la mesa, un señor argentino meneaba la cabeza con nostalgia, y cuando terminó me habló de Erwin, su amigo nicaragüense, exiliado como él en Bélgica y desaparecido con 25 años cuando intentó volver a su país. Luego cogió carrerilla y no podía parar de hablar: del exilio, de la Argentina, de irse, de volver. Me contó sin respirar todo lo ocurrido en su país y en su vida en los últimos cincuenta años. Yo le miraba, suspiraba cuando había que suspirar, asentía cuando había que asentir, bebía a ratos de mi cerveza. Cuando conseguí levantarme para irme sin parecer maleducada, estaba estremecida. Aquel hombre estaba lo que se dice aterrado ante el peso de su propia historia. Le salía por todos los poros tan intensa, tan dolorosa, que necesitaba contarla a toda costa.
Espero que mi vida nunca me pese tanto. La ligereza, la liviandad, es un lujo demasiado grande como para desperdiciarlo por el paso del tiempo.

domingo, 28 de octubre de 2007

Daniel

En estos días de abstinencia bloguera, uno de los acontecimientos que más me ha conmocionado ha sido éste.

Me gusta saber que aún quedan héroes.
Me aterra pensar que un hecho tan noble y probablemente tan impulsivo como defender a alguien que está siendo atacado pueda tener una consecuencia tan grave y tan absoluta como morirse.
Me da pena suponer que, a partir de ahora, todos los demás danieles del mundo se lo van a pensar bien antes de defender a otra chica, y todas las demás chicas del mundo van a poder ser agredidas impunemente.
Y, sobre todo, me da miedo decirme a mí misma que en el mundo siempre hay dos bandos, el de los cobardes y el de los valientes, el de los que miran y el de los que hacen, y saber que, en su situación, yo me habría quedado mirando.

Ojalá no se haya muerto en vano. Ojalá la chica deje a ese tremendo asesino hijo de puta. Ojalá los que se encuentren en su situación no piensen "mejor no lo hago, si él murió yo también puedo morir", sino "si él fue capaz, yo también puedo hacerlo".

Ojalá yo sea capaz de colocarme en el lado correcto de la raya.

lunes, 15 de octubre de 2007

Por acontecimientos personales dolorosos, no sé cuánto tardaré en escribir. Mientras tanto, os reenvío a La Magdalena de Proust, mi blog de crítica literaria, donde sí voy a intentar seguir colgando cositas.
Besos besos.

lunes, 8 de octubre de 2007

Hola, fondo norte.

Estoy en la biblioteca de mi facultad, pasando el típico periodo de principio-de-curso-en-mi-casa-aún-no-tengo-internet. Es lo que tiene mudarse todos los puñeteros años.

Este año vivo, no sé si lo he dicho, con el eje germano-oriental: dos alemanas y una austriaca que tienen el preocupante potencial de poder criticarme en su idioma sin que yo me entere de nada. Sin embargo, me da igual porque ¡friegan platos! y ¡limpian! y ¡sacan la basura! Incluso cumplen otras tareas de limpieza de nivel 2, como lavar las fundas de los sofás o limpiar el fregadero de restos de comida. Este grado de higiene doméstica es tan desconocido y maravilloso para mí que podrían celebrar sacrificios humanos en el salón si quisieran y me daría igual.

Este fin de semana, incluso han limpiado el salón, que me tocaba a mí, no sé si porque les caigo muy bien o porque aún se sentían culpables por haber tenido a dos amigos durmiendo allí unos cuantos días. Les he explicado que en España esas cosas no nos importan: que estamos inundados de endorfinas solares y todo el mundo nos cae bien. No obstante, no han parado de pedirme disculpas desde que llegué, y eso que los amigos eran bastante majos y muy poco molestos. En cualquier caso, tampoco me voy a negar a que limpien por mí; lo tomaré como una compensación kármica.

Por lo demás, no he escrito nada esta semana porque he tenido una crisis de tipo vital. No es que esté mal; de hecho, después del curso de meditación me noto como agradablemente anestesiada y todo me da bastante igual (a ver cuánto me dura). Pero esta semana, lo juro, he tenido la revelación de que no me quedaba más que decir. Ya está, pensé, has llegado a tu tope. Tu cupo de chorradas literarias está completo. No puedes hacer más que seguir dando vueltas a lo mismo y aburriendo al personal, y para eso mejor te paras. Sin embargo, ayer estuve escribiendo un buen rato un cuento que tenía en la cabeza desde hace años. No voy a dar muchos detalles, porque espero publicarlo aquí en unos días y un cuento no se puede resumir sin destrozarlo, pero digamos, simplemente, que ayer fui caaz de empatizar con la yo que quería escribir ese cuento y que pensaba que la historia merecía la pena. Bueno, la historia es una chorrada, muy minimal, tipo yo, pero en conjunto me está gustando cómo queda, ya me diréis.

De todas formas, últimamente estoy perdiendo un poco la fe en mí misma como escritora. No es que crea que escribo mal, pero cada vez percibo más y más cosas a mi alrededor, y la distancia entre lo que quiero escribir y lo que realmente escribo se va a agrandando por días. La vida me parece un conjunto de sutilezas tan enormemente delicadas que no entiendo cómo la literatura puede hacer frente a eso, y opino que cualquier cosa que sea capaz de hacer yo se quedará muy corta. Pero bueno, imagino que el valor está en saber eso y, aun así, seguir adelante.

martes, 2 de octubre de 2007

De vuelta

Vuelvo del curso de meditación y empiezo con mi vida. Del curso paso de hablar, que llevo dos días contando lo mismo; si queréis saber más sobre la Vipassana, seguid el link que puse en el post anterior, que lo explican todo la mar de bien.
Me gusta el comienzo de curso desde siempre, desde pequeña. Me daba la sensación de que cada Septiembre la novedad iba a poderle a la rutina y mi vida iba a empezar a parecerse por fin a los anuncios del Cortre Inglés: tendría los ojos azules, sería monísima e iría a clase por un sendero cubierto de hojas secas, con leotardos y faldas escocesas. Al final, la emoción me duraba exactamente dos días, y después volvían, como cada año, el insidioso olor a madrugada que tiene la casa cuando te levantas de noche, el sueño de la primera hora y el tedio del frío.
En la universidad no es exactamente lo mismo, porque al final acabas no levantándote de noche a no ser que te cuenten la asistencia, pero me sigue apeteciendo empezar cada año. Este curso hago cuarto, que suena ya a persona mayor y responasble y a mirar a los de primero por encima del hombro. Nos iremos de viaje de estudios a pulserear en Punta Cana o algo así, me temo, y tendré que empezar a pensar, tranquila pero seriamente, en qué cojones voy a hacer con mi vida cuando acabe la carrera. La universidad es un poco como los aviones: te llevan de un sitio a otro y luego te dejan en el aeropuerto de destino, abandonado a tu suerte.
Este verano ha sido un poco caótico, con los niños y toda la pesca. En general, sin embargo, he acabado contenta: al menos, me he demostrado a mí misma de lo que soy capaz. Y he ganado unas perrillas. De todas formas, el verano me revoluciona: que lo diga si no mi pobre ex novio, que le dejé dos veces en dos años, una por verano. Se me descolocan los biorritmos y me pongo fatal. Estoy deseando volver a Granada y recuperar mi vida tranquila, mis posters y mi fregasuelos con olor a colonia.
Además, ahora tengo unas ganas de vivir tremendas, después de que en el curso de meditación una señora me dijera que yo tosía mucho y que ella empezó así y le diagnosticaron un cáncer de pulmón y que, además, tenía intuiciones sobre las enfermedades de la gente. Podéis pensar que es una chorrada, pero probad a pasar una semana sin hablar con nadie y meditando como una burra y que lo primero que os digan al romper el silencio sea que a lo mejor tenéis un cáncer. Me pasé la siguiente hora de meditación asumiendo que iba a morir pronto: estaba claro, mi tos era un cáncer y encima, en las personas jóvenes, esas cosas van rapidísimo. Me puse tristísima pensando en mi madre y en que si yo me moría le iba a destrozar la vida. Pensé “a lo mejor puedo reencarnarme en mi gata”. Me molaba la idea de ser la Clemen, todo el día tirada en el sofá, ronroneando y dejándome querer, y además así podría consolar a mi pobre familia de mi inigualable pérdida. También pensaba en mis amigos hechos polvo y en que todos le pondrían mi nombre a su primera hija (ya ahí empezaba a entretenerme con la idea, lo confieso).
Después llamé a mi madre por teléfono y me dijo que mi hermano y ella también habían seguido tosiendo y que tomándose nosequé aerosol para la bronquitis se les había quitado, y que no fuera tonta. De todas formas, durante las horas que pasé sumida en la paranoia me dio tiempo a pensar qué haría yo con mi vida si me quedaran dos meses. Si me quedara tan poco tiempo de vida, creo que la inminencia de morir me amargaría demasiado como para disfrutar de viajes o de saltos en paracaidas e historias así. Al final pensé que me dedicaría a tres cosas: a leer (para distraerme y para ampliar indirectamente mis vivencias), a hablar y estar con la gente a la que he querido y a intentar convencer a mi madre de que no se suicidara de pena cuando yo me fuera. No es un plan muy emocionante, pero creedme que pensé en serio sobre el tema y ésas fueron las conclusiones a las que llegué. También escribiría, creo yo, para ver si luego alguien me publicaba algo aunque sólo fuera por el morbo de la chica moribunda que cuenta cómo se siente.
Al final parece que no me muero (tocaremos madera), así que me he tenido que mentalizar otra vez para seguir enfrentándome a la vida. No sé cómo narices me voy a mantener en Granada, porque mis dos padres médicos afirman ser pobres de solemnidad, así que he pedido una beca de colaboración en la que me dan cuatrocientos euros al mes por trabajar veinticinco horas semanales (vamos a peor) pero que, por lo menos, tiene más que ver con mi carrera que el telepizza.
Voy a dejaros, que me duele el culo de tanto meditar y estar sentada aquí no ayuda mucho.