massobreloslunes: noviembre 2007

viernes, 30 de noviembre de 2007

Hoy voy a hablar de algo de lo que nunca pensé que hablaría en este blog. Pensé que no hablaría aquí porque una de las cosas buenas de los blogs es que no te ven la cara, en general, si tú no quieres, e incluso cuando la enseñas puedes hacerte una de esas fotos con la cabeza muy inclinada, o muy girada, o a contraluz, o medio desenfocada, en la que igual podrías ser Audrey Tatou que Mónica Cervera.

Eso de lo que no quería hablar es mi acné.

En mi piel hay una cepa de bacterias superpoderosas que aparece y desaparece según la temporada o el remedio que esté probando en esos momentos. Llevo así desde los doce años. Por supuesto, no llevo desde los doce años con la cara hecha una facha; la mayoría de las veces, es algo relativamente soportable y, a excepción de cuando me estaba sacando el carnet del coche y me volví como Freddy Krugger, nunca he sido una de esas de mirarla y pensar “pobrecita”.
(Todo esto para que no os asustéis).

Tener acné recurrente tiene varios problemas.

a) La gente cree que te hinchas a comer porquerías. Mientras sostienen en la mano su donut de chocolate, te dicen “A lo mejor deberías evitar las grasas”. Si a ellos, en la lotería de la genética, les ha tocado una piel limpia y suave, creen que es porque tú, a escondidas, te pones hasta el ojo de chocolate y de cucharadas de mantequilla. A ver, hombre de dios, que si todo lo que comes te saliera por la cara, sería un cachondeo vernos a todos por ahí con los poros rezumando tomate frito o salsa de soja. Que las cosas no van exactamente así.
(Vale, lo del tomate frito es un argumento estúpido, pero hay ya muchos estudios que demuestran que el acné no es, ni mucho menos, consecuencia directa de la alimentación).

b) La gente (normalmente la misma de antes) se cree que no te lavas. Puedo prometer y prometo que, excepto algunas noches de juerga descomunal o de amor pasional, me he lavado la cara con lo que estuviera usando en ese momento un mínimo de dos veces al día, y seguido escrupulosamente todos los tratamientos que dermatólogos, naturópatas o la siempre seductora publicidad me han recomendado.

c) La gente (y esto lo hace incluso gente inteligente, o que te quiere, o ambas cosas) piensa que tú en tu casa no tienes espejo o que, si lo tienes, no te miras en él. Por eso te deleitan con frases del tipo de “oye, tienes la cara peor, ¿no?” o “vaya grano que te ha salido ahí”. Gracias. Tu frase no sólo ha hecho que yo baje del limbo en el que me creo que mi piel es perfecta y mire la realidad, sino que contribuirá muchísimo a la mejora de mi estado.

d) Todo el mundo conoce un remedio que a ellos mismos, o a una amiga, o al novio de su prima, le han ido estupendamente. A lo largo de mis casi diez años de problemas de piel, lo he probado casi todo. Cuando digo casi todo, quiero decir casi todo: jabones, cremas, lociones, geles, antibióticos, anticonceptivos, antiandrógenos (pastillas que bajan el nivel de hormonas masculinas y se les recetan a los violadores, hay que joderse) y, como colofón, TRES tandas de Roacután.

[ROACUTÁN: medicamento superpoderoso, carísimo e hiperagresivo, que te tienen que autorizar en una parte especial del hospital (no vale una receta normal) y para el que te hacen firmar un papel en el que aseguras que conoces los riesgos y no te vas a quedar embarazada, si eres niña, porque es altamente teratogénico (provoca malformaciones en el feto). Algunos de sus divertidos efectos secundarios son: sequedad, sequedad, SEQUEDAD, en labios, ojos, nariz y demás mucosas, además de en el resto del cuerpo (me fui una vez de ruta tomándolo y toda parte de mi pie que rozaba la bota se puso en carne viva). Te sube el colesterol, tu hígado se hace polvo y no puedes exponerte al sol ni beber alcohol mientras dure el tratamiento. Hay quien dice que causa depresión y que el chico que estrelló la avioneta contra un edificio en EEUU hace unos años lo tomaba. Aunque, por otra parte: ¿fue el Roacután la gota que colmó el vaso de su odio a la vida? ¿O fue su simpática vecina diciéndole que a lo mejor debería comer menos chocolate?. Pensadlo.
Pros del Roacután: se te quita el acné TOTALMENTE Y PARA SIEMPRE en un 80% de los casos. Contras: yo estoy en el 20%]

También he probado la levadura de cerveza, la bardana y otras infusiones, dejar los lácteos, hervir aguacates y lavarme con el agua restante, frotarme limones por la cara, la meditación, el poder de mi mente y las mascarillas de la superpop. Así que, a no ser que conozcas un tratamiento tipo cambiarme la cara con alguien como John Travolta y Nicolas Cage en Face to face, por favor: déjame tranquila.

Estas son mis quejas sobre el acné en lo que se refiere a los demás. En cuanto a cómo lo llevo yo, pues… bueno, según temporadas. En las Épocas Aceptables pienso que no hay para tanto, me cambio el corte de pelo y me creo que nunca volverá. En las Épocas Chungas no me hago fotos; lo último que pienso al acostarme y lo primero que pienso al levantarme es cómo tendré la cara por la mañana; no voy a cortarme el pelo porque no soporto este momento cruel en el que te sacan del lavabo, con el pelo recogido en la toalla, y tienes que mirarte al espejo en todo tu esplendor… En fin, que lo llevo regular.

Últimamente, a raíz de todo el estrés académico-emocional al que he estado sometida, estaba empezando a atravesar una de esas Épocas Chungas, después de más de un año de estar bastante bien (como atestiguan un montón de idílicas fotos con J. en las que salgo estupenda. Véase).



(Ahora mismo no puedo creerme que ésa sea yo. Pero lo soy)
Nota: YA había hablado de mi gorro rosa antes. No os metáis ahora con él, que no es el tema.

El problema de empezar una Época Chunga es que, como nunca tienes muy claro qué es lo que te ha hecho bien antes y qué podría ser peor, no sabes muy bien qué hacer para volver a una Época Aceptable. Así que el sábado pasado, después de intentar sin éxito cubrirme de maquillaje hasta parecer normal, acabé hartándome de llorar y diciendo que yo así no salía a la calle. Vale que tengo veitidós años, y no quince. Pero probad a pasar la mitad de vuestra vida con una afección cutánea desfigurante y básicamente aleatoria y a ver si sois capaces de llevarlo estupendamente todos los días.

Entonces, al día siguiente, en el autobús, conocí a Reme. Para que se juntaran nuestros caminos en la senda de la vida, tuve que perder de una forma extrañísima el autobús anterior (tenía billete, me subí a tiempo, pero se había colado gente de las siete y me tuve que bajar; al final Alsina me regaló el billete para compensar) y levantarme del sitio donde me había sentado en primer lugar porque un niño estaba jugando ruidosamente a la videoconsola en el asiento de al lado. Así fue como, gracias a la fuerza del destino, aterricé al lado de, probablemente, la única persona de aquel autobús que tenía un centro de estética para tratar el acné. Hablamos del tiempo, de los autobuses, del tráfico y de la vida en general y, al final, con mucha delicadeza, Reme me dijo que, si quería, podía pasarme por su clínica y me hacían un estudio sin compromiso.

Y como es cierto que lo he probado todo, hasta los naturópatas (los homeópatas no, que no me gustan), pero que lo de los centros de estética no lo había intentado antes, y que al hermano de mi adorado ex novio se le quitó el acné en un sitio así, pues allá que fui a los dos días. Yo es que en eso de las señales del universo no creo a veces, pero aquélla me parecía una señal demasiado poderosa y demasiado rara como para no hacerle caso.

¿Cómo es mi vida ahora? Me gustaría decir que estoy estupenda, pero lo cierto es que los productos que me estoy echando para secar mi increíblemente grasa piel me han resecado el contorno de ojos y descamado algunas partes de la cara, y parezco una mezcla entre la novia de drácula y un lagarto mudando la piel. Esa foto no la pienso enseñar, que aún tengo dignidad. Pero creo que estoy mejor, y que de aquí a unas semanas lo estaré aún más. El tratamiento es infernalmente doloroso a ratos y me siento como Bukowski adolescente, o como si todo el karma de los puntos negros que he sacado a mis novios contra su voluntad estuviera volviéndose contra mí. Y a ratos me miro los ojos, un poco tristes detrás de los párpados y de la piel reseca y enrojecida, y lloro otra vez. Pero queridos: estoy segura de que, de aquí a unas semanas, podré colgar aquí una foto del después y sentarme a esperar luego junto a mi email las proposiciones de boda. Rezad por mí.

Y aquí unas cuantas frases de ánimo, para no dar penita:
1) El acné no impide tener relaciones con los hombres. Ni siquiera impide tener problemas con los hombres o con el exceso de ellos.
2) El acné no impide desarrollar aceptablemente la compasión y el amor, y me imagino que también permite iluminarse.
3) El acné intermitente enseña sobre la transitoriedad de la vida y contribuye a la mencionada iluminación.
4) El acné, al final, se acaba. Aunque sólo sea porque nuestra piel va a terminar, en todos los casos, deshecha, comida por los bichos y mezclada con la tierra.

Y como me dijo mi colega el Adri el otro día: yo no soy mi acné. Pero es parte de mí, y por eso quería hablar del tema hoy.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Estoy tan cansada.
Y todo para, al final, morirse.
Hace un tiempo me preguntaba por qué existe esa creencia generalizada de que los libros son mejores que la tele. Me planteé que a lo mejor es sólo porque leer cuesta más esfuerzo que ver la tele y, en general, el esfuerzo está sobrevalorado. Al fin y al cabo, pensé, igualmente las películas cuentan historias, y hasta las series de televisión tienen su punto. Como decía la Oruga en un post suyo que me encantó, ¿y si leer no fuera, al final, bueno? (cito de memoria, Oruga; no consigo encontrar el post).
Al volver hoy del mercadona, que es un sitio que, en general, me inspira mucho, he puesto música en la cocina y he guardado, despacito, toda la comida en su sitio. Me encantan los supermercados, y la posibilidad de ir y abastecerse de energía multiforme a cambio solamente de dinero. La cuestión es que estaba yo guardando los chocapic, que son la base de mi pirámide alimenticia, y he echado un vistazo a la contraportada a ver qué regalaban (ahora contestadme una pregunta, rápido, con sinceridad: ¿cuántas veces, de pequeños, habéis comprado una marca de cereales sólo por el regalo?. J. tiene la teoría de que ni los regalos de los huevos kinder ni los de las cajas de cerales son ya lo mismo. Le recuerdo el año pasado en mi cama, mascullando que iba a quejarse al Defensor del Consumidor, sosteniendo en la mano un ridículo llavero de plástico mientras, sobre mi bonita colcha azul, reposaba el cadáver del huevo de chocolate, abierto en dos.)
Detrás de la caja de cereales había fotos de unas brujulitas de plástico. ¡El Guíadestinos!, anunciaban. Cuatro diferentes. Póntelo en la frente (¡) mira a qué simbolito señala e interpreta sus augurios.
Joder, pensé yo, como el aletiómetro.
Entonces tuve una intuición fulminante. Le di la vuelta a la caja de cereales y ahí estaba el anuncio de la película: “La brújula dorada”, ponía, en grandes letras amarillas. Próximamente en cines. Y al lado, justo debajo del cuenco lleno de chocapic, la foto de una niña rubia montada en un oso polar.
Lyra, claro. Y Iorek Byrnison.
Lyra cruzando el hielo a espaldas del enorme oso acorazado, que se pelearía a muerte por ella con otro oso y se comería su corazón palpitante después de vencerle. Iorek Byrnison, alimentando a Lyra con riñones crudos de foca mientras cruzaban el hielo buscando a Lord Asriel.
La película de “Luces del Norte”, de Phillip Pullman. Hay libros de los que no sólo recuerdo el contenido, sino también dónde estaba yo mientras lo leía, y de “Luces del Norte” recuerdo llevarlo en el regazo mientras iba al colegio en el microbús, con once o doce años. Abro la caja de cereales y saco la diminuta, ridícula, brujulita de plástico, y me doy cuenta de que eso que tengo en mis manos es precisamente un aletiómetro.
No sé cómo va a ser la peli. A lo mejor no está mal. A lo mejor son capaces de explicar con claridad lo que es un daimonion, y que no es, en absoluto, una mascota. O la niña que hace de Lyra tiene su cualidad seria y valerosa (valiente como frente a la muerte o la soledad, no como lo son los niños en las películas, con el valor divertido de saber que todo saldrá bien). A lo mejor sale Serafina Pekkala, la reina de las brujas del lago Enara, diciendo aquello tan hermoso de que merece la pena sentir el frío polar con tal de notar cómo la luna te acaricia la piel (“pero tú ni siquiera lo intentes, Lyra, tú te morirías”).
Pero lo dudo.
Así que hoy pienso que por eso son mejores los libros que las películas.

PD: Acabo de ver en una web que Nicole Kidman será la señora Coulter, y creo que voy a suicidarme.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Frustración

Post modificado por el bien de mi karma
¿Os he contado que tengo una profesora con unas ideas ciertamente curiosas sobre la psicopatología?

"Bueno, es que en realidad todos somos un poco esquizofrénicos,es decir, que todos alucinamos un poco, ¿no? (sonrisa) Es como si yo me estoy secando el pelo y digo "Uy, ¿ha sonado el timbre?" (gesto de secarse el pelo, más sonrisa). Pues más o menos eso es lo que les pasa a los esquizofrénicos."

Pues eso.

jueves, 15 de noviembre de 2007

La canica

Este post es ñoño, y el que avisa no es traidor.

Hace ya la burrada de casi siete años, cuando terminé la ESO, nuestra profesora de ética llegó a la última clase del año con una bolsa llena de canicas. Nos íbamos del colegio al instituto, y la mayoría llevábamos allí desde preescolar (yo no, yo llegué en segundo y hasta hace poco mis amigas no han dejado de mirarme raro). La profesora de ética nos dijo que iba a repartirnos esas canicas y que les diéramos un significado que pudiéramos recordar toda la vida. Que serían un símbolo de nuestro paso por el colegio.

(La profesora de ética hizo eso porque es algo que tienen en común los profesores de ética y los de filosofía: que van de enrollados por la vida. A mí en realidad la ética nunca me gustó. De todo lo que hicimos aquel curso, sólo me acuerdo de dos cosas: de los dilemas morales, que no me molan porque no hay una respuesta correcta que yo pueda contestar, y de un collage que hice para definirme a mí misma y luego resultó ser totalmente falso y dañó enormemente mi ego)

A lo que íbamos: las canicas.

Yo miré mi canica un rato y luego hice dos de las cosas que más me gustan en el mundo: me inventé un rollo y lo dije en alto para que todo el mundo lo oyera. Dije que mi canica no era totalmente redonda, que tenía una grieta en un lado, y que eso siempre me recordaría que la vida no es perfecta y que hay que aceptarla tal y como es. Así era yo con dieciséis años: una budista en potencia.

Después me imagino que el día siguió su curso, y creo que fue en el recreo cuando la PK (para quien no lo sepa: mi amiga del alma desde que llegué al colegio con siete años y le tocó quedársela al pilla pilla, porque ése es el primer recuerdo que tengo de ella) se llevó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que había perdido la canica. Le afectó mucho, lógicamente. Pensaría algo así como: "Dios, he perdido la canica metafísica, ahora seguro que destrozaré mi vida y acabaré pinchándome heroína y vendiendo mi cuerpo". Ese tipo de cosas son las que te hacen pensar los profesores enrollados que hacen que pongas el sentido de tu vida en un objeto tan pequeño y fácil de perder.

Entonces, sin pensármelo dos veces, yo le di mi canica.

(Paréntesis: soy TAN generosa. Debería acabar el post aquí).

Para ser sinceros, pensé que, conociéndome, la canica me iba a durar aproximadamente un día, así que mejor se la daba a la PK, que se había quedado muy triste ahora que se veía en el arroyo existencial. También pensé que cuando la vida nos separara y yo pensara en la canica, me acordaría de la PK, y que acordarme de la PK siempre sería mejor que toda la chorrada aquella de la imperfección de la vida que había soltado antes (que total, es algo de lo que me acuerdo sin necesidad de pensar en la canica ni en la ética).

Pasaron los años, y aquellas dos muchachitas se convirtieron en dos mujeres en flor, o casi (creo que tengo prácticamente el mismo aspecto, en realidad). Desde entonces, me acuerdo de vez en cuando de la canica y pienso en la PK. Me acordaba en bachillerato y la veía en mi clase, sentada a unos pupitres de distancia, dibujando caricaturas en la agenda. Me acordaba en Barcelona y me la imaginaba en Irlanda, alimentándose de arroz blanco y aprendiendo palabrotas en japonés. Me he acordado aquí, en Granada, y la he visto en mi facultad (ella estudia Filosofía, pero da las clases en mi edificio), sentada en las escaleras, tomando el sol, riéndose todo el rato. Igual que siempre me quejo de que la vida te separa a menudo de las personas a las que quieres, tengo que reconocer que la vida, en su generosidad, ha mantenido siempre a la PK a mi lado, y no ya emocionalmente, sino físicamente. Gracias, vida. Es de lo mejor que has podido darme. No sabéis lo que es levantarse una mañana de invierno, subir a estudiar a la facultad cagándote en tus muertos y ver a la PK sentada en una mesa, tomando café y fumándose un cigarro. Es como un milagro.

Cuando le di la canica a la PK, pensé que me serviría para acordarme de ella cuando ya no estuviera. Sin embargo, la canica, o la ausencia de ella, me sirve para asombrarme de vez en cuando de que la PK siga cerca de mí.

Escribo esto porque este año está de erasmus en Italia y la echo muchísimo de menos.

Pero sé que el año que viene volverá, y nos intercambiaremos notitas en la biblioteca, y haremos fiestas de disfraces, y bailaremos regetón, y nos reiremos, y seguirá haciéndome ese regalo cotidiano e increíble que es ser mi amiga, y que ni ella se imagina todo el bien que me hace.
En el prólogo de la brillante y encantadora antología "Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades", Harold Bloom dice "a medida que la inteligencia y la consciencia se desarrollan en nosotros, nos damos cuenta de que lo mejor y más antiguo de nosotros es incognoscible para los demás". Y yo me he dado cuenta de que lo mejor, más antiguo y más incognoscible de mí es el profundo placer que me produce leer según qué cosas.

Me gustaría que me contárais, si os apetece, que es lo más incognoscible de vosotros. Si os apetece.

Besitos de becaria explotada.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Monday, bloody monday

Concateno pensamientos.
He leído un cuento de aterradora belleza esta mañana, mientras estaba sentada en el autobús, en el asiento que me acababa de dejar, caliente, un chico al levantarse. Leer ese cuento ha sido, probablemente, lo más impactante que va a ocurrime hoy, y a mi alrededor nadie se ha dado cuenta, porque sólo miraban por las ventanas la ciudad gris bajo el cielo azul y rosa claro.

Aterradora belleza. Me acuerdo de cuando teníamos quince años y nos reuníamos en el Café con Libros de Málaga, en el antiguo, el que tenía como asiento un columpio, justo en mitad de Calle Granada. Leíamos un poemario de Ferrán Fernández, y nos encantaba uno que terminaba con las palabras "mujer de masturbadora belleza". Lo leíamos y nos reíamos, escandalizadas.

Más adelante, mi amiga Marina conoció al poeta en persona, en uno de esos vagabundeos sociales por Málaga que le gustan a ella tanto. Compró el libro, él se lo dedicó y ella me lo prestó.

Resulta que mi amiga Marina se llama como yo, así que ahora tengo el libro de mis quince años dedicado a una que podría ser yo, como si alguien me lo hubiera filtrado por las esquinas del tiempo: "Para Marina, con tanto cariño por mi parte como insistencia por la suya", pone.

Luego pienso en eso de las esquinas del tiempo, y que a veces me parece mentira que yo siga siendo yo, porque con todas las historias que todos los días leo, y escucho, y veo, e imagino, me resulta raro que no se hayan mezclado con la mía y me la hayan cambiado por completo, y de repente me encuentre con otro pasado a las espaldas, en otra ciudad o con otro futuro por delante. Y me miro al espejo y sólo estoy yo, la de siempre, la de los ojos de mi padre, la boca de mi madre y mi nariz ("me daría pena que nuestros hijos heredaran esa nariz", me dijo J. una vez, "porque es maravillosamente tuya").

Y pienso en el lunes, y en que hoy me he puesto un jersey negro porque he pensado que los lunes son un día muy existencialista. Y llevo varios días mirando a la gente caminar por la calle y pensando en cómo se atreven a estar por ahí como si nada, a enamorarse, a ponerse a régimen, a bailar, sin saber a dónde vamos, de dónde venimos o qué hay después de la muerte. A vivir bajo un sol al que, como decía el cuento que he leído esta mañana, ni siquiera podemos mirar directamente.

Como vuelvo al cuento de esta mañana y parece que mis pensamientos han completado una especie de círculo, y además tengo una reunión en cinco minutos, lo dejo por hoy.

Que tengáis un buen lunes existencial. Tranquilos, los martes son más bien cartesianos.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Ver el mar

¡He recuperado el cuento!
No lo había perdido; simplemente, tenía el archivo copiado a medias en dos carpetas, y lo había continuado sólo en una de ellas, no sé si me explico. Aquí lo dejo entero. Es largo, no tiene diálogos etc etc, así que lo leéis si os apetece y si no pues no :) Besitos.


Es domingo por la mañana y ella va a ir a ver el mar. Ya lleva más de un mes en la gran ciudad y aún no lo ha visto; nunca ha conocido ningún lugar donde tengan el mar tan escondido. De todas formas, ella imagina el mar de la ciudad sucio y cubierto por gruesas capas de aceite, con botellas y pañales flotando suavemente junto a la orilla, así que ha decidido que cogerá el tren (por algo está en una ciudad donde el transporte público es dolorosamente eficiente) y se irá a algún pueblo bonito, blanco y costero, a mirar un mar más limpio y más tranquilo.

En su piso compartido no se oye nada. Sus compañeras pasan el fin de semana fuera, con su familia; ella es la única que, por ser de tan lejos, se quedará allí hasta navidad. Al principio le atraía aquella especie de naufragio de tres meses, la seguridad de que estaba abandonada a sus fuerzas hasta diciembre, pero ahora, a veces, también desea tener un hogar a una hora de tren. Hoy eso no tiene importancia, porque a una hora de tren también está el mar y, en el fondo, es el mismo mar que ella ve en casa, así que puede que también sea una especie de hogar.

Navega por la casa sola, callada, preparándose un desayuno minucioso: café, tostadas y zumo, que luego traga delicadamente frente a la ventana. En todo momento se comporta como si la estuvieran observando, como si fuese la protagonista de una película de autor donde cada plano tiene que cuidarse al máximo.

No sabe qué tren tiene que coger para ir al mar, pero en la gran ciudad todos los trenes salen del mismo sitio, así que decide que irá allí, mirará uno de esos grandes mapas con las líneas marcadas con diferentes colores y cogerá el tren que le indiquen. Su abuelo le había dicho antes de marchar que no se preocupara por la gran ciudad, que “lo único que hace falta saber para moverse allí es leer”. Ciertamente, era tranquilizador lo claro que estaba todo, lo bien indicado: la abundancia de carteles, de flechas y de letreros. Sólo había que tener claro dónde querías ir.

Después de tomar el desayuno y fregar lentamente los platos, se prepara un bocadillo de queso. Se lo tomará frente al mar, sentada en la arena, mirando el horizonte, y luego volverá a casa. Aunque intenta hacerlo todo lenta, calmadamente, hay una especie de ansiedad en cada uno de sus movimientos. Sabe lo que es, ya lo ha sentido antes: es el peso de todas las vidas que no está viviendo. Cada decisión que toma respecto a qué hacer con su tiempo desde que llegó a la ciudad es la negación de todas las otras cosas que no hace. Hoy verá el mar y habrá tantas cosas que no pueda hacer por ello. Reconoce que es un pensamiento estúpido, poco práctico. A veces le gustaría ser capaz de vivir, y ya está. Pero está ese nudo que siente ahora mismo, mientras coloca las lonchas de queso sobre el bocadillo, y el aire doliéndole al entrar y salir de sus fosas nasales.

El tiempo y el espacio que hay entre su piso vacío y la gran estación central, llena de gente, pasan muy rápido. En el camino piensa que en el metro la gente sólo va. No hay otra cosa que hacer, más allá de transportarse. No hay tiendas que mirar, ni parques, ni bares que disimulen la sensación de urgencia de los viajeros. Esa voluntad férrea de llegar y de que no te importe lo que pase en el camino es, cree ella, lo que hace del metro un lugar tan duro.

La gran estación central de donde salen los trenes de cercanías también está bajo tierra, pero hay algo más tranquilizador en ella, como si los trenes supieran que están a punto de salir a la superficie. Se acerca a uno de los grandes planos con líneas de colores y busca el nombre del pueblo de una compañera de su facultad, que le dijo que vivía junto al mar. Lo encuentra, busca el número y el color de la línea y va a hacia una de las máquinas enormes donde se compran los billetes. Una vez en el pueblo, podría llamar a la compañera de clase y tomar un café con ella. El problema es que, como casi siempre durante estas últimas semanas, cada vez que está sola es como si esa soledad fuera alimentándose a sí misma y haciéndose cada vez más fuerte, más inexpugnable; por eso, mientras más tiempo pasa sola, más difícil le resulta dejar de estarlo. Así que no sabe si llamará a su amiga o se quedará paseando por la orilla de su pueblo sin decir nada, ocupando su espacio en el mundo sin que nadie sepa cuál es exactamente.

Compra un periódico antes de subir al tren. Tira la edición del día a la papelera y se queda con el suplemento dominical. Le gustan los reportajes largos sobre sitios lejanos, libros que no ha leído, personas distintas a ella. Tiene la esperanza de que todas esas páginas vayan sedimentando en algún lugar de su cuerpo y construyéndolo, rellenándolo como los frascos de sal de colores que hacía en clase cuando era pequeña. Así que lee el suplemento aplicadamente, como si alguien fuera a examinarla a la mañana siguiente o como si a alguien le importara.

Mira su billete y busca el andén por donde pasará el cercanías. Ya ha aprendido en qué tiene que fijarse: número, estación, andén, dirección. Combina toda esa información en su cabeza y se dirige a la vía con paso seguro. Se sienta en una banco y lee su dominical, pero reconoce que no le gusta nada la sensación de toda esa gente que se marcha antes que ella, de todos esos trenes que llegan y se van sin ella.

Por fin aparece su tren. Se queda quieta en el andén hasta que la máquina para por completo; luego, como si llevara toda la vida haciéndolo, entra por la puerta que le queda más cercana y se sienta.

Mira alternativamente su revista y a la gente que le rodea. Se fija en las expresiones de la cara, en los que suben y bajan, en las conversaciones, algunas de ellas en un idioma que desconoce. Enseguida el tren sube a la superficie y ella observa cómo va cambiando el paisaje: primero la gran ciudad, compacta, altiva, que le da la impresión de no estar habitada por gente real. Luego los barrios periféricos, que más que sucios son mugrientos, con una leve pátina de porquería acumulada por los años. 

Pasan las paradas y no oye anunciar la suya. Comprende que se ha equivocado mucho antes de tomar la decisión de levantarse a mirar el mapa. No le gusta que le tomen por paleta, pero finalmente no tiene más remedio que admitir que, de alguna forma que se le escapa, se ha subido al tren que no era. Está segura de haber mirado bien todos los datos: número, estación, andén, dirección y, sin embargo, se ha equivocado. “No pasa nada”, se dice, “ bajaré y cogeré el tren de vuelta”. Así que, como si lo hubiera hecho toda la vida, espera a que el cercanías se detenga y baja despacio, con el bolso apretado bajo el codo y el dominical en la mano.

La parada en la que está no parece muy importante. De hecho, para ir al pequeño pueblo-dormitorio que le da nombre, hay que cruzar las vías por encima, sin ninguna medida de seguridad de esas que ella pensaba que estaban ya en todas partes. Tantea los raíles con el pie, temerosa de sentir la vibración de un tren cercano, y cruza. Al otro lado no hay nadie que espere el tren de vuelta, y los pocos pasajeros que se han bajado con ella emprenden enseguida el camino hacia sitios que les son conocidos. Cuando ella ve que el último de sus compañeros de viaje ha desaparecido detrás de una fachada, se sienta en el banquito de plástico a esperar el tren de vuelta a la ciudad.

El lugar donde está no es feo; simplemente no hay nadie, y en los márgenes de las vías crecen plantas resecas. Ella no se atreve a volver la mirada y a examinar el lugar donde ha aterrizado, a aventurar si será un barrio industrial, residencial u obrero. No quiere estar allí, porque no es allí donde ella quería ir; quería ir a ver el mar, y se ha equivocado de tren, y ahora está perdida, y cuando estamos perdidos no nos interesa saber sobre el lugar donde nos hemos perdido, sino encontrar rápidamente la manera de volver a la ruta correcta.

De repente tiene la certeza de que el tren no va a pasar. Por supuesto, esa certeza no dura más de unos segundos. Pero ese momento de clarividencia es tan potente que, a toda velocidad, pasan por su cabeza imágenes de cómo será su vida si nunca jamás llega un tren que la devuelva al lugar de donde vino.

Después, cuando es de nuevo consciente de que tarde o temprano llegará un tren en la dirección adecuada, se da cuenta de que igualmente nunca será lo mismo; de que, en cualquier caso, ella quería ir a ver el mar sin perderse primero, y todo lo que haga ahora se sale de aquel primer recorrido que trazó con tanta seguridad en los planos de su domingo.

Luego, en efecto, llega el tren, con su uniforme velocidad de máquina eléctrica y, sin pensarlo, ella agarra su revista, se queda quieta hasta que la máquina para, se sube y se va de allí para siempre.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Terror y pavor. Me he dado cuenta de que el cuento no estaba completo porque en el archivo tampoco lo está. He perdido la mitad de mi cuento y no creo que pueda volver a escribirlo igual.
Me siento como Jo March. Maldita tecnología.

PD: He quitado la otra mitad porque leerlo a medias no tiene mucho sentido.
PD2: ¿Alguien lee este blog?

domingo, 4 de noviembre de 2007

Yo quisiera no tener que soltarme de nadie... acompañaros a todos los que me habéis amado, y a quienes yo he amado, por el camino ancho y húmedo de la vida. Querría multiplicarme y estar con los que me quieren y a quienes quiero, derramarme en amor infinito por vuestras espaldas, apretaros la mano y cobijaros del frío.
Yo quisiera que el amor no se acabara nunca, que no tuviera un periodo delimitado y tajante como las fechas de una tumba. Quisiera tener corazón para todo el mundo, y horas, y labios, y caricias. Quisiera que nadie me retuviera al lado empaquetada y etiquetada con M de mío.

A veces no entiendo bien este mundo de exigencias, de amor de ida y vuelta, de nombres unidos por conjunciones definitivas. No entiendo cómo personas que se han amado de repente se abandonan unas a otras y se dejan perdidas a un lado del camino, sentadas sobre maletas, empapándose bajo la lluvia. A veces yo sólo querría que la existencia se multiplicara en espacios paralelos e infinitos donde poder amar y ser amada de diez mil formas diferentes.

Pero supongo que eso es pedir mucho.