massobreloslunes: Candela

miércoles, 26 de marzo de 2008

Candela

Ya que algunos de los que habéis votado en la miniencuesta queréis más relatos de ficción, cuelgo aquí esto, que escribí hace unas semanas. Es una especie de esbozo, pero no me disgusta cómo ha quedado. A ver qué os parece.

Me enteré de que a Candela, una de mis alumnas de la escuela de verano, le gustaba un niño de la clase de los mayores cuando, a mediados de julio, se subió al autobús una mañana y me dijo:
- Quiero sentarme al lado de Sergio. Y quiero ir siempre al lado de Sergio y estar siempre con él.

Seis años y una voluntad de amar tan firme. Sergio, el niño terrible de la clase de los mayores, dejó que se sentara junto a él, halagado a pesar de la pose de fastidio. Candela era alta y esbelta para su edad; a veces, de hecho, me sorprendía hablándole en clase como si fuera más mayor de lo que era, y ella me miraba, con los ojos un poco bizcos, y me preguntaba “¿qué dices, seño?”. Entonces yo volvía a poner la voz aguda y a hablar entusiasmada de compartir, de Blancanieves y de la tortuga Manuelita.

Al día siguiente de su declaración, Candela vino a clase con un bonito vestido rosa. El blanco sucio de los zapatos de lona estropeaba un poco el efecto, pero su madre, una rubia con un rostro inesperadamente hermoso, la llevaba de la mano como a una flor. Sergio la observó subir al autobús y yo sorprendí un destello de asombro en su mirada ceñuda. Oh, Dios. A aquel niño enorme de doce años le gustaba aquella niña pequeña de seis, y yo iba a tener que hacer algo para solucionarlo.

Hablé con Ana, la monitora de Sergio.
- Él no es tonto, ella es guapa y a él le gusta que le preste atención.
- Venga ya. Sólo son niños.

Sí, niños, refunfuñé yo, mientras sacaba a rastras a Candela de la clase de los mayores para llevarla de vuelta a la nuestra. Sergio había amenizado el verano con ideas encantadoras, como empapar de vinagre las manualidades de sus compañeros o estrellar en el suelo, uno por uno, un montón de ladrillos que los obreros que arreglaban el patio habían dejado en mitad de un pasillo. Candela se negaba a subirse en los columpios porque no quería que Sergio le viera las bragas. Sergio venía a buscarla en el recreo y le daba a escondidas chucherías pegajosas que sacaba directamente de sus bolsillo. Y yo no sabía explicar exactamente qué me ponía los pelos de punta de todo aquello, pero no podía quitarles el ojo de encima.

Un par de semanas después, a última hora de la mañana, estaba en el patio casi tumbada en mi silla, mirando de vez en cuando el reloj y observando cómo los niños se jugaban la vida en el tobogán. Ya debía de quedar poco para que terminara el día, y disfrutaba del silencio del aire después de la marcha de los obreros. Entonces sentí el cambio sutil de atención hacia un conflicto que había aprendido a detectar desde que trabajaba allí. Los niños pequeños se acercaban a la puerta metálica del patio, los mayores gritaban en el pasillo y las monitoras me llamaban a voces.

Lo que más me preocupó no fueron los rostros desencajados de Ana y de Jimena. Se nos desencajaba la cara muy a menudo en aquel trabajo. Me preocupó de verdad que los niños estuvieran también aterrados, mirando fijamente al extremo del patio, donde Sergio parecía estar arrodillado con Saíd entre los brazos. Cuando me acerqué, vi que Sergio había metido las manos de Saíd en el cemento fresco hasta la altura de la muñeca, y las sujetaba firmemente allí mientras el niño lloraba en silencio.
- Si os acercáis, os mato – decía, mirando alternativamente a Ana y a Jimena que, a unos metros de distancia, repetían bajito algo como “tranquilo-Sergio-tranquilo-por-Dios-sácale-de-ahí”.

Aquel niño de doce años pesaba sin duda más que cualquiera de nosotras, y las tres lo sabíamos desde el primer día, y ninguna se había atrevido a enfrentarse de verdad con aquel hecho. Y ahora la realidad se nos había puesto delante como un monstruo enorme sentado a la mesa del desayuno. Me acerqué e hice mi contribución a la escena.
- ¿Pero qué haces, Sergio? ¿Te has vuelto loco?

Las dos preguntas eran tan retóricas que ninguna recibió respuesta.
- ¡Se va a enterar de una vez el moro de mierda este de quién manda aquí! – gritaba Sergio, como un desquiciado, apretando las muñecas de Saíd. Yo sólo podía pensar en dos cosas: una, que debí haber buscado trabajo para el verano en un bar, como todo el mundo, y dos, que no sabía cuánto tardaba en secarse el cemento o si podía disolverse con algo una vez seco.

El pasillo entero estaba suspendido en uno de esos momentos en los que parece que las cosas ya no volverán a ser normales nunca. Detrás de mí, los niños pequeños se habían escurrido por la puerta abierta del patio como por un desagüe, y luchaban entre la atracción que ejercía sobre ellos la escena y el impulso de pegarse a mí.

Entonces Candela me tiró del brazo y me miró con los ojos azules redondos de asombro.
- ¿Qué hace Sergio, seño?

La miré mientras hiperventilaba. No me sentía capaz de explicarle a Candela que los niños pueden estar locos, y ser malos, y ser crueles, y que las personas de las que te enamoras también pueden ser malas, y crueles, y estar locas, y que a veces las dos circunstancias coinciden y resulta que tienes seis años y te has enamorado de un niño desquiciado y sádico.

Al no recibir respuesta, Candela se volvió hacia Sergio.
- ¿Qué haces? – le preguntó.

Sergio dejó de gritarle a Ana, o a quien le estuviera gritando en aquel momento, y giró la cabeza para mirar a Candela.

La niña tenía miedo. Se le notaba, porque temblaba un poco mientras se acercaba, pasito a pasito, a Sergio y a Saíd. Sin embargo, había algo no sé si muy inconsciente o muy decidido en sus ojos azules y en sus zapatos que alguna vez habían sido blancos. Se metió la mano en el bolsillo y me recordó al negociador de una película de acción, porque intentaba que sus gestos fueran lentos, tranquilizadores.
- Mira – dijo, mientras sacaba un pequeño pingüino de plástico de sus pantalones pirata -. Me ha tocado en el huevo kinder.

Sergio le sostenía la mirada con el entrecejo fruncido, como intentando averiguar qué pasaba exactamente. Todos conteníamos el aliento: Ana, Jimena, los treintaitantos niños y yo.
- Te lo regalo – Candela acercó la mano abierta con el pingüino de plástico a los ojos de Sergio.

No sé si fue la comprensión de su propio absurdo o un momento de curiosidad, pero estoy segura de que Sergio apenas aflojó la presión un segundo. Saíd aprovechó para librarse bruscamente y salir corriendo hacia las faldas de Jimena. Sergio le miró, sorprendido, y miró a Candela, que seguía ahí parada, y al final agarró el pingüino de la mano de la niña justo antes de que Ana la cogiese en brazos y la apartara de allí.

A Sergio le expulsaron, finalmente, y los sobresaltos disminuyeron sin desaparecer durante lo que quedaba de verano. Candela jugaba y coloreaba como los demás niños, pero a veces se le perdía un poco la mirada y parecía otra vez que tenía más años de la cuenta. Cuando yo la veía así, me acercaba a ella, ponía la voz aguda y le hablaba otra vez de Blancanieves, de compartir y de la tortuga Manuelita.

Ahora, años después, cuando seguro que los dos son mayores y que no se acuerdan el uno del otro, pienso en Candela y no creo que echara de menos a Sergio. Creo que, simplemente, no llegó a entender nunca por qué regalando su pingüino de plástico no había conseguido arreglarlo todo.

5 comentarios:

  1. :O... a la hora de decidir si algo me gusta o me disgusta soy bastante gutural...simplemente... el sentimiento me envuelve y emito mi veredicto... me gusta....y mucho...

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  2. Yo también voté por más relatos de ficción :D Gracias, los echaba de menos...

    Candela me mola... muuucho.

    Mil besos

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  3. Jajaja, llevo un rato pensando en qué significaba MQEN (pensaba que tenía que ver con el dham-ma o el bud-dha xDDDD). Pero ya lo he avergiuado: Mi Querido Ex Novio, que es querido entre otras cosas porque sabe lo mucho que me gustan las siglas.

    Gracias por vuestra opinión positiva, me anima mucho :DDD

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  4. ¿Tienes espacio en la cuenta de hotmail? Es que te acabo de mandar un dibujo y no sé si hay sitio para mí.

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  5. Sigue escribiendo, sigue, sigue, ¡sigue! :D

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