massobreloslunes: Euricienta (una historia real).

miércoles, 2 de abril de 2008

Euricienta (una historia real).

Érase una vez, en el lejano reino de Universia, en la ciudad de Psicolia, una dulce muchachita llamada Euricienta. Psicolia era una ciudad maravillosa, llena de sol, de parques, de bibliotecas y de agradables tabernas donde corrían la cerveza y el vino. Sus jóvenes habitantes vivían en razonable paz y armonía gobernados por Decanus, un alcalde tontorrón pero justo y bueno, que sólo exigía, para poder disfrutar de las maravillas de Psicolia, el pago de tributos examinadores dos (o tres, dependiendo de las contribuciones anteriores) veces al año. Durante el resto del curso, los habitantes de la ciudad aprendían, se conocían unos a otros y tomaban tapas en las mesitas que las tabernas sacaban al sol los días de buen tiempo. Algunos jóvenes trabajaban en tabernas y tiendas para poder pagarse sus años en Psicolia, y a otros les llegaban ayudas de las arcas de Universia. No era un sistema perfecto, pero no estaba mal.

Después de vivir unos años en Psicolia, los jóvenes tenían que mudarse a Precaria, capital del reino de Adultia, un lugar mucho más lúgubre y duro dominado por los miembros del poderoso clan de los Usures (formado por tribus como los Santanderos o los Bebeuvianos). Sin embargo, mientras trabajaban en las minas de sal para pagar a los Usures, los ciudadanos de Precaria se consolaban pensando en lo luminosos y fantásticos que habían sido sus años en Psicolia.

Euricienta era feliz en Psicolia. Además de formarse intelectualmente, tenía dos metas en su vida: la iluminación y encontrar un marido, no necesariamente por ese orden. Era difícil encontrar marido en Psicolia, donde había pocos hombres en edad casadera, pero siempre podía acercarse a Cientifia o a Ingenia a buscar mozos de buena planta y con un buen futuro en Precaria. Para iluminarse, procuraba meditar mucho y ser buena persona. Le gustaba frecuentar las tabernas, las bibliotecas, los cines y todos los rincones hermosos de Psicolia. A veces, cuando se sentaba al sol una mañana de primavera, comiendo una tostada de tomate y leyendo realismo sucio, Euricienta pensaba que no necesitaba nada más en la vida (ni siquiera un marido).

Sín embargo, tiempos duros esperaban a los habitantes de Psicolia. Una hermosa mañana de verano, un ejército silencioso y solemne irrumpió en la ciudad. Se trataba de Bolonio y sus terribles secuaces, los Caballeros Negros del Crédito Europeo. Los ciudadanos de Psicolia se encerraron en sus casas, asustados. Habían oído hablar del malvado Bolonio, que estaba conquistando y sometiendo a las principales ciudades del reino de Universia, pero siempre habían creído que a ellos no les tocaría: que podrían escapar al puño de hierro del invasor y mantener su feliz y pacífica existencia.

Tras el pánico inicial, los hombres y las mujeres (porque Psicolia era un reino igualitario y porque, como ya he dicho, había pocos chicos), bruñeron sus armaduras, afilaron sus espadas y salieron dispuestos a vender cara su vida. Sin embargo, ni un arma se desenvainó en aquella batalla. Bolonio, un tipo alto, enjuto y de fríos ojos grises, entró en la sala de audiencias del alcalde, y se postró ante él. Luego comenzó a hablar. Habló de progreso, de innovación, de Europía, el lejano reino de la abundancia del que los habitantes de Universia oían hablar a menudo. Convenció a Decanus de que su hermosa ciudad podía ser aún más hermosa, de que sus habitantes aún podían ser más felices y, lo que es más importante, de la posibilidad de asegurarles un buen futuro en Precaria. Bolonio hablaba lenta y cadenciosamente, hipnotizando con sus tranquilos ojos claros al pobre e ingenuo Decanus, que asentía y sonreía mientras repetía, como encantado: "Progreso... innovación... Europía...".

Como decía, no hizo falta derramar una gota de sangre. Aquella misma tarde, Decanus salió al balcón de palacio y anunció a sus súbditos, que aún estaban ataviados para la batalla y esperaban confusos frente a las murallas, que desde aquel mismo momento Bolonio tenía el control de la ciudad y todos los habitantes deberían someterse a sus decretos, "por el bien de Psicolia y para que Universia pueda ser una tierra tan hermosa y fértil como Europía". Euricienta, que había empuñado su espada decidida a acabar con el invasor, se rascó la cabeza y pensó "Bueno, qué le vamos a hacer. Quizá sea verdad todo eso de la innovación y del progreso".

A partir de aquel día, todo cambió en Psicolia. Bolonio hacía pagar constantemente tributos a los habitantes: no sólo examinadores, sino también lo que él denominaba "autoformatorios". Los tributosautoformatorios debían entregarse casi cada día, y agotaban el tiempo y las fuerzas de los habitantes de la ciudad. Bolonio había traído además a su mascota, Ágora, un animal que hasta entonces sólo había existido en la mitología y que tenía cuerpo de felino, cola de serpiente y dos cabezas de lagarto. Si quería entregar los tributos, uno debía dirigirse a la hermosa jaula dorada donde moraba Ágora y arrojárselos para alimentar su voraz apetito.

Como tenían que estar todo el día trabajando para pagar sus tributos autoformatorios, los habitantes de Psicolia ya no podían buscar empleo en las tabernas o en las tiendas para sacar algún dinero extra. Algunos de ellos no podían permitirse vivir en Psicolia si no trabajaban, así que Decanus, asesorado por Bolonio, les aconsejó que acudieran a los Usures de Precaria. "Hemos hecho un trato con los Santanderos", dijo, "y os prestarán el dinero necesario para vivir aquí si os comprometéis a trabajar después en sus minas de sal". Euricienta se preguntaba cómo mejorarían sus condiciones de vida en Precaria si, además de estar preocupados por ganarse la vida cuando llegaran allí, tenían que trabajar en las minas de sal de los Usures para devolver el dinero que habían gastado en Psicolia. Pero para esa pregunta, como para otras tantas, Decanus no tenía respuesta. "Querido Decanus", le decía Bolonio al alcalde cuando éste le preguntaba, "así se hace en Europía. ¿Te parece lógico que las raquíticas arcas de nuestro reino se empleen en pagar a estos muchachos, cuando ellos mismos pueden trabajar en las minas de sal cuando lleguen a Precaria? Así nuestro dinero podrá gastarse en asuntos más importantes".

Euricienta se sentía desbordada. No tenía tiempo para meditar ni para alternar socialmente, así que no iba a consguir ninguno de sus dos objetivos principales en la vida. Andaba todo el día preocupada por alimentar a Ágora y no perder ninguna oportunidad para entregar sus tributos. Además, vio sorprendida que entregar tributos autoformatorios no la eximía de pagar los tributos examinadores de febrero y junio. Al principio los habitantes protestaron, manifestándose a las puertas del palacio. Decanus se excusaba: "Queridos súbditos, no podemos hacer nada, ya hemos cedido el control a Bolonio. Además.." y hablaba otra vez de progreso y de Europía. Euricienta, por su parte, ensaba que si Europía era aquello, ella no tenía ningún interés en que Psicolia se les pareciera.

Así le iba a la pobre Euricienta, cada vez más cerca de morir soltera y sola y de reencarnarse en escarabajo. Azules ojeras se marcaban en su pálido rostro. Su rubia melena se caía a mechones por las noches, mientras daba vueltas en la cama pensando en cómo haría para pagar los tributos de aquella semana. No tenía ilusión por aprender o por prepararse para su profesión: lo único que le obsesionaba era cumplir con los plazos de entrega de los tributos porque, para colmo de males, si llegabas demasiado tarde, Ágora negaba altanera con una de sus dos cabezas y no se dejaba alimentar.

Sin embargo, un día ocurrió algo maravilloso...

(Continuará).

6 comentarios:

  1. Y tan real ...

    Qué forma más bonita de narrarla, estoy impaciente por leer la continuación!!

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  2. ¡Cómo mola!
    Qué jodida imaginación tienes....

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  3. En Ingenia no sé, pero los de Cientifia luego lo pasamos fatal en Precaria.

    El problema con el enjuto de Bolonio es que en Ibericia se hacen siempre las cosas mal. Para empezar porque cuando Bolonio le hablaba a Decanus, con toda probabilidad éste estaría pensando en irse a las tabernas de Psicolia. Y así no pudo nunca entender el espíritu que traía la bestia de ojos azules desde Europía. Así por lo menos ocurrió en Cientifia, en la pequeña provincia de Quimilia. O Quimicia, como dicen los más viejos.

    Y llegó un día en el que Bolonio habló sobre que la gente de Empresidio e Industralia debería entrar en Universia. Sin embargo, Decanus, que no había conocía la existencia de tales reinos, seguramente pensó que lo más parecido a lo que le contaban era llamar a los Usures.

    Y así nos va. Pero vamos, esto, es otra historia :)

    Mileurio (Neikos)

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  4. Genial, Marina. Como casi siempre. Cuéntanos el final.

    Un abrazo,

    Miguel.

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  5. Esto tiene que ir a concursooooooo!!
    Paloma.

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  6. que risas!!!pero, estoy deseando ver la ola de luz en la vida de euricienta.

    besitos casaderos e iluminatorios

    elsachi

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