massobreloslunes: enero 2008

jueves, 31 de enero de 2008

Esta mi comunidad

Una de las cosas que tienes que aguantar cuando vives en un piso de estudiantes es que te miren raro cada vez que entras con alguien del edificio al portal. Si me abre alguien mientras estoy buscando mis llaves, no paro hasta que las encuentro y las exhibo retadora delante del vecino desconfiado de turno.

Los vecinos de esta comunidad, concretamente, son de lo peorcito que me he encontrado en cuatro años. No te dejan ni atar la bici en el portal. Por eso me puse un poco nerviosa el otro día, cuando entré con una ancianita que se plantó delante del ascensor mirándome de reojo. En este tipo de situaciones, a veces directamente paso y me subo por la escaleras, pero ese día venía del súper cargada de bolsas, y decidí reivindicar los cien eurazos mensuales que pagamos en mi piso de comunidad.

- Buenos días - dije, concentrándome para que el pelo se me pusiera más rubio (¿más rubio? ¿o solamente rubio? que últimamente estoy de un castaño insoportable) y me diera aspecto angelical.

- Mshmshs - contestó amablemente la señora.

Había dejado de mirarme de reojo y me examinaba sin pudor. El ascensor se abrió y la pobre se vio obligada a compartir el pequeño espacio con el peligroso metro y medio* de psicópata estudiante semirrubia armada con bolsas del Dani.

- Yo voy al segundo - dije, y rogué para que ella fuera a otro piso y no creyera que todo era un premeditado plan para estrangularla (una vez que soltara las bolsas y me volviera a circular la sangre por los nudillos) y robarle los Lladrós.

- Mhhhmmjjj - hizo esta vez, y pulsó el segundo y luego el tercero.
Aproximadamente a los cinco segundos de tenso recorrido visual por mi jersey de colorines, formuló la pregunta que llevaba deseando soltar todo el camino.

- ¿Tú vives aquí?

- ¡Claro! - dije yo, intentando enfatizar que ¡Claro que vivo aquí! y ¡Claro que no soy una de esas de los timos del gas!

- Pues no te he visto nunca.

Curioso, señora. Y yo que pensaba que la probabilidad de que una se cruce en tres meses con todos sus vecinos de edificio es igual al suceso seguro.

- Bueno, es que he llegado este año.

- Aahhh... entonces claro... - la señora suspiró, aliviada. Obviamente, nadie que viva aquí más de un año escapa a su mirilla avizor.

Se abrió la puerta del ascensor y huí, apuntando con mi llave en dirección a mi puerta para ver si la anciana-segurata podía percibir que encajaban y quedarse tranquila.

Descuide, señora. Si alguna vez entro a robar en una casa, puede que lo haga a plena luz del día, a cara descubierta y confiando en la fuerza de mis cuarenta y siete kilos para reducirles a usted y a su yorkshire. Puede que coja el ascensor con usted para facilitarle las futuras ruedas de reconocimiento.

Pero seguro, seguro que las bolsas del súper me las dejo en casa.

*1'57 m, y aún estoy en edad de crecimiento.

viernes, 25 de enero de 2008

Perdonar

Mi carrera es MUY interesante. Cuando uno entra en psicología, se piensa que todo va a ser terapias de grupo, cómo curar la depresión o charlitas rollo Bucay. Luego se encuentra con que una parte importante del plan de estudios (sobre todo en Granada) es psicología básica, es decir: cómo funciona el cerebro (o cómo se piensa que funciona), fundamentos de aprendizaje, de percepción, de pensamiento y de lenguaje, y se desespera. Creo que todo el mundo empieza psicología queriendo sentarse a la espalda de un diván, y la acaba examinándose por décima vez de psicobiología y análisis de datos.

Yo también pensé que no me gustaría la psicología básica, pero resulta que me encanta. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, y el cerebro humano es tan potente, tan complejo y ten eficaz que a veces me pregunto cómo mi carrera no es la más importante y difícil de todas.

El lunes tengo el examen de psicología del lenguaje. Me gusta tanto que, una vez más, me doy cuenta de que soy una freak. Después de 15 temas, uno no ha añadido prácticamente nada a su esquema de conocimientos previo: lo único que ha hecho ha sido ahondar en lo que hace todos los días (hablar) y darle, más o menos, una explicación detallada. Cómo pasar del significado literal a las proposiciones, de ahí a la estructura sintáctica, morfológica y fonológica. Cómo se hace todo eso a la velocidad de la luz, sin aparente esfuerzo. Comunicarnos verbalmente, algo que todos hacemos a diario y con gran facilidad, requiere una gran cantidad de procesos, tanto lingüísticos como sociales y afectivos.

Uno de los temas de la asignatura se dedica a las reglas de cortesía. Según los apuntes, las personas nos comunicamos intentando preservar al máximo nuestra imagen pública: la imagen que los demás tienen de nosotros, que en la mayoría de los casos se corresponde con la que nosotros mismos tenemos. Hay dos tipos de imagen pública: la negativa está relacionada con el poder, el estatus y la capacidad de ser independiente y tomar decisiones (negativo y positivo no tienen aquí connotaciones de "bueno" o "malo"). La imagen positiva tiene que ver con los vínculos, con la solidaridad y los lazos afectivos que nos unen a nuestro interlocutor.

¿A qué viene todo esto?, os preguntaréis, si habéis hecho el esfuerzo de llegar hasta aquí.

Prácticamente todas las formas de comunicación amenazan a una u otra vertiente de nuestra imagen pública. Ordenar algo amenaza la IP negativa del otro, porque le resta libertad y capacidad de decisión. Criticar amenaza su IP positiva, porque disminuye los lazos afectivos entre los hablantes.

Además, hay actos que amenazan la propia imagen pública, y uno de los más delicados es pedir perdón. Cuando pedimos disculpas, nos arriesgamos a que el otro nos estime menos que nosotros a él, es decir: nos jugamos su amor a la lotería. Reconocemos que nos hemos equivocado y perdemos IP- a chorros. También reconocemos que el otro no tiene por qué querernos ahora y nuestra IP+ baja a toda velocidad. Así que pedir disculpas es un acto que supone una gran amenaza para uno mismo y que requiere mucho valor.

Pero ¿qué pasa con el que tiene que disculpar al otro? De repente, sin hacer nada, ha ganado. Tiene una mejor IP que su interlocutor y puede mirarle por encima del hombro. Ganar nos gusta tanto a los seres humanos que hay estudios que demuestran que la gente es capaz de llevarse menos dinero en una situación de juego hipotética sólo para asegurarse de que se lleva más que un imaginario oponente. Cuando nos disculpamos, el ofendido tiene dos opciones: perdonar al otro y devolverle su IP perdida o continuar echándole en cara lo que hizo y ver cómo su propia barrita de IP aumenta (como en el street fighter o juegos así) mientras el otro se retuerce por el suelo y su barra se pone roja y parpadea.

Yo creo que pedir perdón es algo que todos podemos hacer, más o menos. Está socialmente bien visto, aunque mi libro de psicolingüística diga que no. Una persona que pide perdón es humilde, reconoce sus errores y tiene buen corazón y, por mucha IP que pierda, gana un montón de minipuntos de crecimiento personal. Es un poco como pasarle al otro la patata caliente "yo ya te he pedido perdón, no puedo hacer nada más". Lo verdaderamente elegante y difícil es renunciar al placer de ver al muñequito del contrario yacer en el suelo y tenderle la mano para que se ponga de pie. Devolver la la parcela de poder que hemos ganado, el superávit de IP que tenemos gracias a nuestra virtud, y quedarnos de nuevo empatados en el difícil ring de las relaciones personales. Ahí está el tema.

Esto debe ser lo que el HDP** de mi profe de Educación llama aprendizaje significativo.

**Hombrecito De la Posguerra. Malpensados.

domingo, 20 de enero de 2008

Going Solo

Leer este precioso post de Aracne sobre Roald Dahl, uno de mis escritores y personas favoritas, me ha animado la tarde. Me ha gustado sobre todo el fragmento en el que habla de “Volando Solo”, y de cómo el libro transmite, como dice ella, “esa experiencia de soledad absoluta, esa percepción de la individualidad convertida en libertad, en la mayor satisfacción que una persona puede tener”.
Como llevo emparejada desde que el mundo es mundo, y además me implico bestialmente en las relaciones que tengo, alguna vez me han dicho que me convendría estar sola. A mí me parece una recomendación absurda, porque me siento sola la mayor parte del tiempo. No es algo negativo, no se trata de necesitar compañía o de tener que encender la tele para oír otra voz. Me siento sola porque es como estoy, objetivamente, durante casi todo el día, y no es en absoluto malo.
La experiencia de la soledad, de una soledad verdadera, es algo muy recomendable. Yo lo sentí cuando hice el curso de vipassana: estaba rodeada de gente y, sin embargo, sólo me tenía a mí, y sabía que no había nadie más a quien pudiera contarle lo que pasaba por mi cabeza. En ese momento fui muy consciente de mí, Marina, haciendo el viaje estelar de la existencia metida en una navecita hermética. Mis pensamientos rebotaban en la pared vacía del silencio y era yo quien tenía que tragárselos. Llegar al décimo día, ser capaz de aguantar a pelo el conjunto de estupideces y aciertos que soy yo, sin comunicárselos a nadie, sin hacer a nadie cargar con el peso de mis errores, me hizo sentir muy fuerte.
Así que no me importa pasar los días más o menos sola. Es como estar en el avión del que habla Roald Dahl: tú tomas tus decisiones, eliges cómo manejar los mandos e intentas llevarte a buen puerto. A veces, cuando siento que realmente estoy siendo capaz de cuidar bien de mí misma, siento más seguridad que en la mejor de las siestas compartidas con J. Una sabe cuidar de una misma, a veces, en las cosas más absurdas, como la primera vez que lavé a mano un jersey: cuando se secó y olí el aroma a limpio de la lana, supe que yo podía darme la mayoría de las cosas que necesitaba.
A pesar de todo, me encantan las personas. Me encanta que, aunque todos sepamos que nacemos y morimos solos, y que es difícil diluir aunque sea por un momento la barrera que nos separa, nos empeñamos en conocer a otros, y que nos conozcan, y nos aferramos a los demás y al cariño que sentimos por ellos hasta el último momento. Me gusta pertenecer a esta especie humana tan extraña y cruel y noble, que se mata y se abraza a partes iguales.
Observo el universo desde arriba y los exámenes y los trabajos son lo más estúpido, pequeño y mezquino que hay en todo él. Y pensar así me sienta la mar de bien. Sobre todo en domingo.

jueves, 17 de enero de 2008

Expectativas

He empezado el 2008 con un pie horrible.

No tengo tiempo: de los veintemil trabajos que tengo que entregar en estas dos semanas, he hecho aproximadamente cuatro (lo que hace que me quede un total de diecinuevemil novecientos noventa y seis). No he empezado a estudiar, y desde mi estantería me miran de reojo inmensas montañas de apuntes que no he tocado aún. Se me acumulan las tareas de alumnos retrasados no muy brillantes que tengo que corregir para la MALDITAMALDITA beca. No me queda ropa limpia porque no encuentro el momento de poner la lavadora, tengo que comprarme un abrigo en las odiosas rebajas porque me han mangado el mío en la facultad (y no, no tengo otro, soy una chica austera), debería pagar la matrícula para que no me echen y mis compañeras me miran raro porque no limpio.

No tengo dinero: aún no me han pagado la MALDITAMALDITA beca (¿y por qué cojones pagan en febrero? ¿Se supone que hasta entonces podemos vivir del aire?), he perdido 100 euros por ahí, se me ha ido un poco la mano con los regalos de navidad y los SUCIOS HIJOS DE PERRA de la administración de la facultad quieren cobrarme una asignatura de la que me quité. La insana costumbre de robarme a mí misma ha agotado mi cuenta de ahorro, y ayer me llamaron para decir que debo la última cuota de mi querido portátil. Por supuesto, el miserable modesto salario de mi trabajo de verano hace tiempo que se esfumó.

No tengo suerte: se nos ha roto la lavadora (así que ahora, en lugar de encontrar tiempo para ponerla, debo encontrarlo para a)Ir a casa del Adri a hacer la colada o b)Lavar las bragas a mano y procurar no acercarme mucho a los demás seres humanos hasta que la arreglen. Se ha roto la barra de mi armario y la montaña de ropa amontonada en el fondo es un poco más grande de lo normal. El abrigo que me mangaron llevaba en el bolsillo el mp3 de Adri, y cuando el martes saqué un rato libre para ir a pagar la matrícula me enteré de que me había equivocado de plazo y tenía que ir a secretaría (otra vez) a pedir que me reimprimieran el justificante de pago (otra vez). Y en danza del vientre, que debería ser mi desconexión y mi descanso, estoy hasta los cojones de bailar con el puto velo.

Tengo ingentes cantidades de estrés emocional, intelectual y vital.

Pero, queridos, todo eso da igual, porque ahora mi vida tiene un sentido.



Gracias.

martes, 15 de enero de 2008

Toc toc

Ella llamó a la puerta de su cuarto y no recibió respuesta. Enseguida escuchó un martilleo sordo de ritmo irregular, y supuso que él estaba tocando el teclado con los auriculares puestos. Le gustaba mucho oírle tocar, porque era como oír su inteligencia, pero él casi nunca se dejaba.
Sonrió y, casi de forma automática, volvió a llamar más fuerte, pero cuando se dio cuenta de que no le habría importado quedarse un rato detrás de la puerta, escuchándole tocar en silencio, su voz ya estaba invitándole a entrar.

jueves, 10 de enero de 2008

Fusi

Atención: contiene spoiler.

(Qué ilusión. Siempre había querido poner eso en un post).

Lo que te pasa cuando te haces adulto es que entiendes "Momo". Yo la leí por primera vez con diez u once años y me pareció siniestra. Más tarde, la releí para ver el típico segundo-mensaje-profundo que los adultos ven en algunos libros para niños (como en El Principito, por ejemplo) y pensé que no es muy buena idea releer libros de tu infancia, porque pierden la mitad de la gracia. Ahora he vuelto a pensar en "Momo" y lo entiendo todo, y es terrible.

No sé si habéis leído el libro. En cuanto a Ende, yo personalmente soy más de "Jim Botón y Lucas el Maquinista" (más incluso que de "La Historia Interminable", que me deprime bastante). "Momo" habla de unos Hombres Grises que les roban el tiempo a los humanos, haciéndoles creer que ahorrarán para el futuro si lo hacen todo lo más rápido posible. El mejor capítulo del libro es, sin duda, en el que un Hombre Gris convence al alegre barbero Fusi de que deje de charlar con los clientes, de visitar a su anciana madre y de rondar a una guapa viuda para acumular horas libres que podrá disfrutar cuando se jubile. Al final resulta que los Hombres Grises se quedan con las bonitas flores horarias que resultan del tiempo ahorrado para secar sus pétalos, fumárselas y mantenerse con vida. Y ahora que ya No Soy Una Niña, me da la sensación de que, igual que el pobre barbero y todos los demás adultos de la historia, intento hacerlo todo rápido y, aún así, se me escurren los días por algún sumidero invisible.

Va a ser verdad que el libro tiene un significado profundo. Mi pregunta, ahora, es la siguiente: ¿Quién narices se está fumando mi tiempo?

Si alguien lo sabe, por favor, que avise a Momo.

viernes, 4 de enero de 2008

Supongo que todo el mundo que tiene un blog se pregunta de vez en cuando por qué escribe un blog. Aracne dijo en su post de despedida del antiguo egoísmo.com que mucha gente tiene un blog como quien tiene una maceta. No entiendo lo peyorativo de la comparación: una maceta es algo que se mima, se cuida y se enseña, y como persona a la que se le ha secado un cactus, le veo bastante mérito a tener una.
Yo creo que tengo un blog porque así escribo con cierta asiduidad, y que escribo para no perder la vida interior. Cuando paso mucho tiempo sin escribir, me da la sensación de que he empezado a vivir hacia fuera, distraída, descentrada. Mi blog, aunque parezca un chorrada, me centra. Muchas veces, como hoy, escribo sin tener ni idea de qué es lo que voy a decir. A medida que avanzo un poco, lo que me importa va saliendo y entrando de mi mente, cediéndose poco a poco el turno, fluyendo despacio.
Este año he pasado unas vacaciones bastante estupendas. Un año más, he seguido la política de “si no vas a estudiar, no digas que vas a estudiar y no estudies”. No sabéis las ganas que tengo de terminar la facultad y pasar las navidades sin cargo de conciencia. Aun así, he conseguido desconectar más o menos de la carrera, la beca, el crédito europeo y la colada, y dedicarme a cocinar salvajemente, a tragarme entera la primera temporada de “Mujeres Desesperadas” y a satisfacer, en la medida de lo posible, a mis amigos, mi familia y mi chico.
La verdad es que cada vez entiendo menos cómo está planteado el mundo. Creo que en mi vida pasada era Amish, y que el mundo moderno me sobrepasa. Me sobrepasa la inundación informativa, cultural y sensorial; me sobrepasa el choque de todos los tópicos sobre lo que uno se supone que debe hacer con su vida; me sobrepasa el ruido.Desde que era pequeña y veía a algunos de mis tíos una vez al año, siempre he querido ser de las personas que están, no de las que vienen. No sé si me explico. Quiero tener una puerta a la que la gente pueda llamar y encontrarme siempre.
Últimamente pienso mucho en el tipo de vida que quiero llevar. En qué quiero de mi trabajo, de mis amigos, de mi pareja. Es complicado, porque cambio a menudo de idea, y porque luego, por mucho que intentes planear las cosas, al final el mundo siempre acaba por sorprenderte. Pero lo pienso, y me doy cuenta de que en mis deseos de cómo quiero vivir están todos mis miedos, y de que esto de que la vida sea, como dice Kundera, un borrador sin cuadro, a veces es un poco una putada. A mí me gustaría poder ensayar, como se ensayan las recetas de cocina, y repetir lo que ha salido mal, y volver a intentarlo.
Llevo unas navidades la mar de metafísicas, y no sé muy bien cómo acabar este post. A lo mejor debería simplemente dejarlo así.