massobreloslunes: febrero 2008

miércoles, 27 de febrero de 2008

Esta mañana me he levantado contenta. Sin motivo, pero contenta. Es lo que tiene la ciclotimia: cada día es una sorpresa. Y eso que he puesto el despertador una hora antes para hacer un ejercicio de clase que tenía que haber entregado hace una semana.
Después de hacer mi ejercicio con máxima eficiencia espídica, me he ido a la cocina a tomarme un colacao complet, que me lo he ganado. Y cuál no sería mi sorpresa al ver que alguien había fregado todos los platos que dejamos (sobre todo yo) sucios ayer.

Qué buen rollo, he pensado. Cómo molan las guiris. Y más eso de que sean poco asertivas y no me echen la bronca por no limpiar.

Luego he visto una nota encima del fregadero. “Chicas, tenemos que hablar de la situación en la cocina. Dejar la vajilla sucia un día está bien, pero toda la semana!?! Hablamos el fin de semana.”

Entonces dos vocecitas se han desatado en mi acelerada mente matutina. La vocecita uno es mi parte nazi-perfeccionista, enganchada a las matrículas de honor y al reconocimiento ajeno. La parte dos se ha ido criando poco a base de libros de autoayuda, e intenta amortiguar el trauma de la parte uno para que no me dé (demasiada) ansiedad.

V1: Hay que ver, Marinapordiós, qué vergüenza, tu compañera de piso teniendo que echarte la bronca. Con lo que te has quejado tú de compañeras de piso sucias.
V2: No le digas eso, angelito mío, que ayer intentó fregar y se le caían los platos de las manos de sueño. Tú di que no, Marina. Fortalece tu autoestima. Has sacado matrícula en Ténicas de Intervención. Que no se diga.
V1: La estás malcriando ¿Cuánto le va a durar la excusa de la matrícula?. A ver, Marina, veintidós años e incapaz de hacer cosas básicas como tener la colada al día o no dejar platos sucios. Mucha buena nota, pero después, vaya tela. ¿Y te quieres ir a vivir sola? Tendría que ir una excavadora a sacarte por las mañanas.
V2: Pues cuándo quieres que limpie, la pobre, si se pasa doce horas al día en la facultad.
V1: Once.
V2: Las que sean.
V1: Pues para escribir posts y autocompadecerse sí que tiene tiempo, y energía.
V2: No es que utilice la energía para escribir posts, es que es de ahí donde la saca.
V1: Pues dirás lo que quieras, pero yo veo la nota esta y se me cae la cara de vergüenza.

Las he dejado discutiendo y he ido a vestirme. He pensado en dejar alguna nota en plan “mi vida se desmorona, no me pidas que friegue platos” o algo en plan “no tiempo, no ánimos, lo siento”, pero al final me he limitado a un: “Lo siento. No volverá a pasar”. Mi padre siempre dice que las excusas son como el culo: que todo el mundo tiene una.

Y ahora son las doce de la noche. He ido a dos clases, he estudiado cinco horitas, he leído mi nuevo y genial libro en inglés (The Secret Diary of Adrian Mole), he bailado danza de la panza, he discutido con J., he aconsejado a Andrea sobre su método de estudio y he hecho una transferencia telefónica para pagar el alquiler (día 26, lo sé. No me juzguéis, ¿vale?). Y ahora, aunque no pueda con mi alma, voy a LEVANTARME de aquí y a FREGAR mi olla, mi plato y mi vaso, y el fregadero que, como me dijo una amiga, es siempre el último plato, y que no se diga.

Que no es por convivencia. Ni por higiene.
Es porque lo de no tener razón lo llevo fatal.

lunes, 25 de febrero de 2008

He actualizado en La Magdalena de Proust, por si os queréis pasar. Salen Roald Dahl y secretos de mi vida íntima, ¿se puede pedir más?

De paso, me gustaría saber si alguien sabe cómo puedo añadir a este blog los archivos de mi blog antiguo. Es que los echo de menos.

Besitos a todos.

viernes, 22 de febrero de 2008

Profesiones inventadas I: Vagabundo de biblioteca

El vagabundo de biblioteca se levanta cada día temprano, pero no demasiado (siempre después que el sol). Desayuna un cafelito y un mollete mientras lee el 20 minutos y va calentando motores para desempeñar bien su tarea.

Luego entra en la biblioteca y saluda a los que trabajan allí, que son gente muy amable, porque viven entre libros y silencio y en ese ambiente no puede uno estar cabreado. El vagabundo tampoco está nunca cabreado, porque estar siempre tranquilo y razonablemente feliz es uno de los requisitos indispensables para el puesto.

El vagabundo de biblioteca se dedica durante todo el día a dar vueltas por los pasillos de la biblioteca y a leer. Lee lo que quiere y cuando quiere: novelas, autoayuda, manuales de anatomía. A veces deja un libro a la primera página, y otras se enamora de un autor y engulle todo lo que ha publicado. Tiene sus rincones de lectura favoritos: unos cojines detrás de una estantería, una alfombra en la esquina de la hemeroteca, el penúltimo escalón de la escalera...

Cuando no lee, da vueltas por entre las estanterías y acaricia los tomos con cara de bobo. Para ser vagabundo de biblioteca es fundamental amar a los libros con todo el corazón, por lo que son; no a todos por igual, porque unos son más buenos que otros, pero sí a todos un poquito, por el mero hecho de existir valientemente entre sus tapas.

La gente que va a la biblioteca puede acercarse al vagabundo y preguntarle por un autor o por una recomendación. El vagabundo es un tipo con un gusto amplio y benevolente. No es nada exquisito ni elitista. Sabe conectar con los gustos de los lectores y recomendarles algo que les haga volar. También se sabe historias interesantes sobre los autores que cuenta a los que las quieran escuchar: cómo Roald Dahl fue probablemente el primer escritor que empezó a escribir sin quererlo; como Paul Auster casi se muere de hambre en su intento desesperado por vivir del arte; como la noche que Robert Louis Stevenson murió, los jefes indígenas de la isla de Samoa organizaron una comitiva que abrió (por primera vez en la historia) un camino hasta la cima del monte Vaea para que el cadáver del escritor pudiera reposar allí. El vagabundo de biblioteca debe saber esas historias, y muchas otras.

Otras cosas de las que puede encargarse son: contar cuentos en la zona de niños, repartir chocolate caliente gratis a la salida u organizar citas a ciegas de acuerdo con los gustos literarios de los lectores. Pero tampoco tendría que hacer mucho más, porque si por algo no existe la profesión de vagabundo de biblioteca es porque es perfectamente inútil.

Como títulos se requeriría una diplomatura en frikismo literario, inglés e informática (que hacen falta para todo). Las habilidades que debería tener un vagabundo de biblioteca están relacionadas sobre todo con la atención flotante y el pensamiento divergente.

El sueldo es negociable.

jueves, 21 de febrero de 2008

Neuramour

Me he enamorado.
Sí, qué pasa.

De un profe (Que es más joven que mi novio, así que tranquilidad).
Vale, J., tú puedes ponerte un poco nervioso.

Es mi profe de prácticas de neuro aplicada. Se parece un poco a Paul Rudd, el Mike de Friends.




Quiero ser tu mosca.


He dicho que se parece, así que dejad de intentar matricularos todas en NA que ya no quedan plazas.

Es mono, es divertido y sabe neuro. ¿Se le puede pedir más a un hombre?
El martes tuvimos la clase de presentación, aunque las prácticas no empezarán hasta dentro de un par de semanas (oh, desesperación). Mi amor, al que a partir de ahora llamaremos Paul Rudd (porque su nombre verdadero no me gusta y, además, tengo que respetar su derecho a no salir en este blog de gran difusión) me tuvo embobada la media hora de presentación. Hizo chistes sutiles que le salieron con naturalidad, no porque intentara hacerse el simpático. Dijo algunas cosas, como "evaluación de afasias", "amnesia anterógrada" o "hidrocefalia", que me pusieron bastante caliente. Por último, preguntó si alguien tenía alguna duda respecto a lo que había explicado.

Duda 1:
- ¿Cuáles son los horarios de prácticas?
Duda 2:
- ¿Es obligatorio asistir a todas?
Duda 3:
- De los dos horarios de prácticas, ¿cuál das tú?

Adivina, astuto lector, cuál de las tres fue la que yo le planteé.


Paul Rudd se puso colorado, y ahora tengo que estudiar mucha neuro para impresionarle.

Gratitud

A veces, rezo

Me sale solo. Normalmente, cuando estoy tranquila, como hoy, paseando por Cartuja, mirando la hierba y los almendros, disfrutando del frío y del sol. Entonces rezo la oración que decíamos en los scouts cuando yo era lobata (con 8 o 9 años) para contentar a las monjas del colegio que nos dejaba el local.

(Un lobato decía una frase y los demás la repetíamos, así que tenéis que leer la oración como con eco).

Buen Jesús,
enséñame a ver
lo bonito en lo que nos rodea
y ayúdame a descubrir
que soy hermano de todos:
de la flor, el viento, el fuego, el agua y los animales.
Y a hacer siempre lo mejor.


La recito deteniéndome en cada frase y escuchando mentalmente cómo la repite un grupo de niños pequeños. Y aunque no soy creyente, me ayuda a recordar las cosas importantes.




Besitos y buen jueves.

lunes, 18 de febrero de 2008

Concursos

Hola, ciruelos y ciruelas. Hoy voy a hablaros de los concursos literarios.

Es un post largo porque llevo toda la tarde escribiendo y tengo un poco de logorrea. Id al baño y a por un café.

Gané mi primer concurso a la tierna edad de 11 años. Era un certamen que organizaba nosequé colegio desconocido de Estepona, y no recuerdo ni siquiera por qué envié un cuento. Sólo me acuerdo de que se llamaba "Una excursión especial" y trataba de cuatro chicas que hacían un club y encontraban un pasadizo secreto que les llevaba a la India colonial. No sé si el argumento era más friki que estúpido o al revés;
la cuestión es que quedé tercera. La alegría me duró doce horas: concretamente hasta que llegué al colegio y me enteré de que María Gutiérrez, mi ArchiEnemiga con la que peleaba por ver quién sacaba más dieces*, había quedado primera. Gané 5000 pesetas y un lote de libros muy malos. M.G. ganó los mismos libros malos, pero su cheque era de 35000 pesetas, así que podía comprarse un montón de libros buenos. A partir de entonces, mi vida tuvo una meta: ganar el concurso al año siguiente y superar a María. Trabajé mucho y envié un relato sobre una niña marginada en un campamento que al final hacía amigas. Este argumento tengo claro que era solamente estúpido. María ganó el segundo premio y yo no gané nada; me consuelo pensando que quedé cuarta. Su cuento iba de una niña que pasaba unas vacaciones con su padre divorciado y encontraba un tesoro en una gruta submarina, a la vez que retomaba enriquecedoramente la relación paterno-filial. Ahí entendí mis primeras carencias como escritora de éxito.

(Que quede claro que no hay ya casi ningún rencor hacia María y que, de hecho, aún es mi amiga y hasta pensé yo sola participé en la construcción de una preciosa tarta en su último cumpleaños).

Después escribí un cuento sobre el racismo para otro concurso. Iba de dos chicos, Bosco y Admira, que se veían separados por la guerra en Sarajevo. Saqué los nombres de un especial sobre amor interracial de la Súper Pop e hice que uno de los dos muriera en brazos del otro (no recuerdo cuál). Hubiera triunfado, pero mi profesora de lengua, que me odiaba, no me dejó mandar el cuento porque lo había escrito con mala letra. Otra compañera de clase con muy buena caligrafía quedó segunda y fue a Madrid a recoger el premio. Mi consuelo es que María Gutiérrez no ganó nada (¿Mezquina yo? Por Dios. Ni que acabárais de llegar a este blog).

Luego viene un gran éxito en mi carrera: el mítico Concurso de Redacción de Coca Cola.



Pues en mi época no daban coca cola.

Había seis premios, y te decían si habías ganado algo por carta; sólo en la entrega se sabía en qué puesto había quedado cada uno. Quedé tercera con el tema "Somos iguales, somos diferentes". No conservo aquella redacción, pero creo recordar que era una reflexión superinteresante acerca de por qué no somos iguales pese a todo y de que no podían estandarizarnos con la excusa de la igualdad (bueno, todo esto en palabras de niña de trece o catorce años)(no nos engañemos: con trece años escribía ya como si tuviera cuarenta, y no por lo bien, sino por lo pedante). Quedé tercera, y ganó un niño con la historia de una patera en la que viajaba un inmigrante de cada nacionalidad. Era un niño bajito y rechoncho con gafas de culo de vaso, y mientras caminaba hacia el escenario para recoger su premio, mi madre dijo: "espero que Dios le haya concedido al menos el talento de escribir". Lo dijo en voz muy bajita. Ahora entenderéis de donde me viene la vena rencorosa-competitiva-chunga.

A aquella entrega de premios fue Antonio Gómez Yebra.


(Él. Obsérvese el contrapicado, sutil pero efectivo)

Era (es) un escritor de libros para niños que tiene dos virtudes fundamentales: hacer rimas con relativa facilidad y estar siempre disponible para dar charlas en nuestro colegio. Combinó de forma magistral las dos habilidades cuando en una de sus conferencias me dijo "Marina, eres lista como una avispa" y me regaló un marcapáginas por saber distinguir entre "púlpito" y "pulpito". Esta figura de las letras españolas se acercó a mi profesora de lengua (ésta no me odiaba y me había acompañado a recoger el premio, con esa manía que tienen las profesoras de lengua de creerse que han significado mucho en tu formación como escritora) y le preguntó en qué puesto había quedado yo. "Ah, sólo tercera" dijo, como si él fuera un cazatalentos de Anagrama que había ido al concurso de la Coca Cola en Málaga a buscar nuevas voces.

Desde entonces, y siguiendo en la línea de rencor literario que comenzó con M.G., una de las razones por las que quiero publicar es para dedicarle un libro a Antonio Gómez Yebra. El libro se llamará "Sólo tercera", y será un best seller.

Más adelante, gané dos veces seguidas el concurso de bachillerato de mi colegio. Menos mal, porque si no hubiera conseguido ganar esos concursos (a los que se presentaba una media de cuatro personas) creo que habría dejado de escribir. El primer año presenté un relato que se llamaba "Ojos de lluvia" y que era cursi hasta la náusea. Al año siguiente ya había entrado en mi etapa de minimalismo radical, y escribí un cuento llamado "Qué tal ayer" (así, sin interrogaciones, que por algo era minimalista) y que se inspiraba en mi amor platónico de entonces: mi querido y alguna vez mencionado ex-novio Funes (es su apellido, su a-pe-lli-do**).

Después no me he presentado a casi nada, porque se me pasan los plazos y porque, admitámoslo, escribo poco y regular. El año pasado lo intenté con el García Lorca (dónde vas, flipada) y con otro concurso cutre de este sitio. No gané nada.

Este año he decidido volver a intentarlo, no porque me pueda la fama, sino porque me parece una forma relativamente rápida y sencilla de ganar dinero. Bueno, es rápida y sencilla si ganas; si no te comes nada, como yo últimamente, es una manera de enriquecerse bastante chunga. Mi problema con los concursos, creo yo, es que mis cuentos tienen unos argumentos aburridos no muy apasionantes (pues Carver lo llama realismo sucio y le gusta a todo el mundo). En ellos pasan pocas cosas. No por nada, sino porque yo creo que, en general, en la vida pasan pocas cosas y, aun así, pasa mucho, y que eso es lo que la hace interesante. No es una carencia como escritora, sino una filosofía de vida, ¿vale?

Además, titulo fatal. Por poner un ejemplo, he enviado un relato a un concurso y, mirando los ganadores de años anteriores, he visto que uno le había puesto a su relato "Deontología II". Joder. Con ese título, te comes el mundo. Ya me imagino el relato, experimental y rompedor, escrito en verso yámbico y con referencias a Nietzsche. Mi colega el Adri dice que escriba cualquier cosa y la llame "Necronómecron", y que así acojonaré a los que quieran presentarse el año que viene.

Total, que me he presentado a un par de concursos y he desplegado varias estrategias de marketing literario-existencial.

- A uno de ellos he mandado un cuento que no publicaría ni muerta. Es de suponer que Murphy, que está ojo avizor a ese tipo de detalles, hará que gane sólo para humillarme en público.
- A otro, el Certamen Universitario de Relatos (para qué voy a poner el link, si se ha acabado hoy el plazo), he mandado un cuento con un título cojonudo. No os voy a decir cuál es, para que no me lo quitéis, pero es el mejor que se me ha ocurrido en mi vida. Si no gano el concurso, escribiré una novela y le encasquetaré ese título, trate de lo que trate. Y será un best seller (no llegará al nivel de "Sólo tercera", pero andará ahí ahí).
Este concurso no lo voy a ganar ni de coña, porque dan 6000 euros y se presenta un montón de gente; es una cuestión de probabilidad. Sacarán un libro con los diez mejores (sólo que los otros nueve no tienen premio). Espero no quedar finalista porque, francamente, no ganar los 6000 euros y ser una finalista chunga sería como un deja vu del Maria Gutiérrez's moment y me sentaría peor que no ganar nada.
- Para el García Lorca, pienso inventarme un relato totalmente original, rompedor y escrito en estilo filóloga ingeniosa (que no se ofenda alguna filóloga que a veces pasa por aquí ;) Estoy dudando entre un cuento construido sólo con sms de 160 caracteres, uno sobre algún tipo de trastorno psiquiátrico u otro en el que resulta que al final el que lo escribe es Dios (o lesbiana) y nadie se lo espera hasta el último momento.

Así que ya sabéis: si gano algo en cualquiera de los tres, invitaré a aquel con el que coincida en el espacio-tiempo.

Sólo espero que no se presente María Gutiérrez.

*Si le preguntáis, dirá que ella no competía, que sólo era yo que era una obsesa repelente. Miente.
**Demasiada gente ha creído que se llama Funesto

domingo, 17 de febrero de 2008

Las mujeres que leen son peligrosas

Aquí había un post que he borrado porque no me sentía cómoda con él. Por cosas mías.

Hoy he pasado toda la tarde en casa de mi abuela, coloreando sobre la mesa camilla con mis primas pequeñas. Me ha encantado aburrirme y colorear durante horas. Me ha encantado hartarme y tener ganas de irme: me ha dado la sensación de estar realmente allí, con ellos, de compartir un pedazo de vida auténtica y monótona.
He estado ojeando un libro de pintura y fotografía: "Las mujeres que leen son peligrosas". No pensaba que "mujeres leyendo" diera tanto de sí como temática. Varias de las mujeres retratadas aparecen desnudas, y es curiosa la sensación que evocan las dos intimidades: la de leer, que va hacia dentro, y a la que no le importa que nadie mire, y la de estar desnudo, que va hacia fuera y que siempre sabe que hay alguien mirando.
Me gusta leer porque es una afición respetuosa y solitaria (escribir, sin embargo, es solitario pero exhibicionista a voces). Cuando uno lee de verdad, no le importaría quedarse solo en el mundo si con él se quedara su libro. Además, nunca he tenido que pedirle a nadie que lee que baje el volumen.
¿Por qué me gustan las personas que leen? Si, al fin y al cabo, no se puede leer a la vez que alguien, no es algo que pueda disfrutarse en grupo. ¿Es porque las personas que leen son más cultas? Yo leo mucho y todo me suena, pero saber, lo que se dice saber, no sé apenas nada. Creo que lo importante de leer (y de escribir, si me apuráis, pero sobre todo de leer, porque leer es mucho más bonito, desinteresado y puro que escribir) es ir haciéndose cada vez más sensible a la vida, dejarse conmover cada vez por más cosas: no sólo por lo que me conmueve a mí, Marina, sino también por lo que conmovía a Buckowski, a García Márquez, a Chejov. Leer bien me va haciendo cada vez más y más persona (no mejor persona, sino más persona, que no es lo mismo).
Así que cuando me gusta alguien que lee, no me gusta la persona que acumula datos y que vive luego de su grasa literaria durante el largo invierno de las tertulias de escritores. Ésos me dan pena. Cuando me gusta alguien que lee, me gusta que le guste leer, que pueda hacerle feliz.
He dejado en casa de mi abuela algunos de los libros que tenía cuando era pequeña para mis primas. Al principio elegí algunos que estaban bien, pero no mis favoritos, porque no quiero perderlos. Luego decidí ser generosa con la vida y escogí mis títulos favoritos. Charlie y la Fábrica de Chocolate. El rey de Katoren. Doneval. Cuando Hitler Robó el Conejo Rosa. Cuando los llevé a casa de mi abuela, les hice jurar a mis primas que harían una lista anotando cuáles se llevaban, y que los protegerían con su vida. Hoy he pensado que total, qué más da, si yo no voy a volver a leerlos por no estropear el placer que me dieron en su momento con estúpidas reflexiones adultas, si sólo los quiero para pasarles el dedo por el lomo, y para eso, que salgan al mundo otra vez, que ya es hora.
Volvamos a esta tarde, mientras coloreaba en la mesa camilla de casa de mi abuela. Mi prima Emma ha cogido uno de los libros que les dejé, "Un museo siniestro", de Miguel Ángel Mendo. Me ha preguntado qué tal está. He sonreído: "Es un libro buenísimo", le he dicho "muy original. Muy siniestro, como su propio nombre indica". Con los libros me pasa como dice el profesor Frink en un capítulo de los Simpson: que no creo que otros niños vayan a disfrutarlos a tantos niveles como yo. Mi prima se ha metido a leer en uno de los dormitorios. Más tarde, de camino al baño, la he mirado un rato por la puerta entreabierta. Sólo tenía una lámpara encendida, y nada en el mundo hubiera podido molestarla.
Luego ha vuelto al salón y me ha dicho "Está chulísimo", y yo sabía que se refería al libro. Me he sentido orgullosa de mi prima, de su inteligencia, que ya sabe apreciar la belleza de lo siniestro. Y he entendido a los pintores del libro. A mí también me habría gustado pintarla a ella esta tarde, Emma con su libro, sola y feliz en su círculo de luz.

jueves, 14 de febrero de 2008

Querido J.:

Vale que no me mandes flores porque se chuchurren y no merece la pena.
Vale que no salgamos a cenar, porque en casa estamos más tranquilitos y nos sale más barato.
Vale que no me regales nada, porque dices que hoy es el día del Corte Inglés y porque, en cualquier caso, tú ya has cumplido de sobra.

Pero como este año no me felicites antes que yo a ti, te la cargas.
Que una va de alternativa pero también tiene su corazoncito.


Estás avisado.


viernes, 8 de febrero de 2008

Planes de futuro

Lunes:

Voy a hacer el doctorado en neurociencias. Me gusta aprender, y el doctorado supone seguir aprendiendo sobre lo que me interesa. Podría pedir becas, y si me dan la beca FPU (también conocida como Beca Poderosa) es como un sueldo, y encima me pagan estancias en el extranjero los veranos. Y seré neurocientífica. Y doctora.

Martes:

Voy a opositar y a ser orientadora escolar. Si total, no me mata, pero me gusta, y tendría mi placita fija y vacaciones de profe, para escribir, hacer danza del vientre y pollardear. Que lo importante es la calidad de vida.

Miércoles:

Voy a hacer el PIR. Es difícil, pero tengo buen expediente y si me pongo lo saco. Y luego tengo un sueldecillo tres años, aprendo un montón y al terminar ya soy psicóloga clínica, pongo una consulta y me forro. Y a vivir de puta madre comiendo yogur griego todos los días.

Jueves:

Voy a hacer algún máster, a aprender aromaterapia y flores de Bach, y a montármelo en plan alternativo. Que en el fondo es lo que más vende y lo que menos esfuerzo cuesta.

Viernes:

Voy a pedir una beca para escribir que vi el otro día anunciada, y si me la dan me paso un año escribiendo y veo si eso es realmente lo mío. Y mientras, monto talleres de escritura terapéutica y a lo mejor hago negocio y todo.

Sábado:

Me voy a ir a la India de voluntaria y después ya se verá.

Domingo:

Voy a quedarme preñada y que me mantenga J.

martes, 5 de febrero de 2008

Es sábado por la noche, y salgo de la biblioteca nocturna con la mochila a la espalda como mi casita de caracol. Vamos a ir al cine a ver Juno (que, por cierto, no es para tanto), y hemos quedado directamente frente al micrilla, porque J. ha ido antes a casa a hacer las palomitas para ahorrarnos el abuso de poder del ambigú. Camino por Severo Ochoa con la cabeza embotada y esa agradable sensación de que la obligación ya se ha acabado, y ahora toca el placer.

J. está de pie junto al coche. Puedo ver su figura delgada bajo el precioso abrigo pijo que le ha comprado mi elegante suegra. Habla por el móvil y sujeta las bolsas de plástico llenas de palomitas de microondas, y levanta en alto las provisiones para saludarme cuando me ve. Me entra una oleada de amor atávico: ahí está, ése es mi hombre, mi hombre que me caza palomitas baratas y que llega puntual a la cita para que yo no me pierda los trailer.

- Las palomitas llevan el nombre de cada uno escrito - me dice, mientras me alarga la bolsa para que la camufle en mi mochila.
- ¿En serio? - me río y coloco los apuntes en el maletero.
- Claro, porque mientras hacía las tuyas imaginaba que tú estabas ahí conmigo y me decías "¡Sácalas ya, J.! ¡'Que no me gustan las palomitas quemadas y tú siempre las quemas!", así que las he sacado antes de lo que yo las habría sacado y pienso que están bien para ti.
- Y les has puesto mi nombre.
- Sí. Bueno, no es tu nombre en realidad, pero vamos, que se ve que son tuyas.

Más tarde, cuando llegamos al cine con tiempo de sobra para que yo vea los trailer mientras J. se tapa los oídos y los ojos, saco mi paquete de palomitas no quemadas y veo que J. ha pintado con boli una M dentro de un corazón.

Soy la M dentro del corazón de alguien.

Y a veces no sé bien qué he hecho para merecer ese honor.