massobreloslunes: abril 2008

lunes, 28 de abril de 2008

Off

Llevo todo el día fascinada por la noticia del incremento de la natalidad a causa del apagón de Barcelona hace nueve meses. Si investigas un poco más a fondo el artículo, te das cuenta de que no está claro que el ligero aumento de bebés nacidos en estas fechas sea un efecto directo del apagón, pero hay algo muy sugerente en la idea.

Imagino a media ciudad condal sumida en la oscuridad. Las estrellas brillan sobre ella por primera vez en mucho tiempo. Se dibujan los contornos de los objetos en la casa vacía, y se hace el silencio sin televisión, sin ordenador, sin reproductor de cd’s. Un hombre y una mujer se miran a la luz de la vela que han conseguido encontrar en un cajón de la cocina y, de repente, toman conciencia de que su vida es finita, apenas un soplo de luz en la noche de los tiempos. De que el mundo fue oscuro durante eras, y volverá a serlo cuando nuestra raza se haya extinguido de hambre o de locura. Entonces piensan en todo lo que han estado hablando estos últimos meses: eso de esperar un momento mejor, de que un niño te cambia la vida, del pan bajo el brazo, que muy grande tiene que ser para compensar lo caro y lo difícil que está todo. Miran el estudio que montaron en la habitación que sobraba y que en el fondo ninguno utiliza y lo imaginan pintado de azul o rosa, con una cenefa de Winnie the Pooh en la parte superior, e imaginan en él a una pequeña copia de sí, a un ser que es ellos y no lo es y que, si todo va bien, les sobrevivirá y les permitirá creer que son inmortales. Y se dicen que a la mierda, que los hijos se han tenido siempre, con o sin crisis, que al fin y al cabo para eso estamos aquí, y polvo somos y en polvo nos convertiremos, pero entre polvo y polvo podemos proyectar la insignificante herencia de nuestro ADN hacia más allá de donde alcanza nuestra vista. Se acomodan entre las mantas, sintiéndose un poco un hombre y una mujer de las cavernas, a la luz temblorosa de la vela, y piensan que es una pena que no haya una chimenea en su pisito del Eixample. Y hacen el amor dándose por primera vez cuenta de su función real, que hasta entonces había sido siempre puesta en segundo plano para dejar paso al placer de la carne. Pero esta noche no; esta noche ella es consciente de cómo él la llena, del líquido caliente que recorre sus cavidades y bucea hasta donde no pueden seguirle. Casi puede sentir el chisporrotazo de luz cuando ocurre el milagro.

Dice la misma noticia que después del 11S también aumentó la natalidad en EEUU. Tristes y pequeños humanos, que ejercemos decididos el único poder que nos queda frente a la muerte: engendrar a más como nosotros que, al final, también van a acabar muriéndose.

Si pienso mucho en estas cosas me mareo.

domingo, 27 de abril de 2008

Hoy voy a escribir un post que llevo mucho tiempo aplazando para quedar bien con vosotros. Lo voy a hacer aunque sé que no sirve para nada y que me va a joder la ecuanimidad que tanto esfuerzo me cuesta medio alcanzar. Voy a hacerlo porque he tenido que ponerme los tapones de los oídos gracias al bacalao del vecino y creo que el mundo necesita que alguien diga ya las cosas claras.

Y el post se titula: POR QUÉ LA MÚSICA ME PARECE UN INVENTO NAZI.

Después de leerlo, todos vosotros, que seguro que sois de ésos que proclamáis que no podríais vivir sin ese invento maravilloso que es la música, dejaréis de visitar este blog. Bueno. Correré el riesgo.

Sí, la música es maravillosa. Es el máximo arte, la abstracción sin más vehículo que ella misma, donde significante y significado son una sola cosa. Conecta directamente con las estructuras subcorticales de la emoción y el placer, y nos teletransporta a universos desconocidos. Yo no escucho mucha música; no por nada, sino porque no encuentro el momento, y no me gusta hacerlo mientras estoy ocupada en casi cualquier otra cosa (incluyendo charlar con amigos o, por supuesto, escribir). Sólo escucho música mientras ando por la calle, e incluso entonces mi repertorio se reduce a unas decenas de canciones que tengo machacadas hasta la saciedad, incluyendo éxitos de mi adolescencia como Shakira o The Corrs. Descubro un grupo/cantante nuevo cada muchos meses. Y así me va bien. Supongo que agoté la poca melomanía que traía de serie cuando mi Querido Ex Novio Funes me hizo tragarme Toda la Música Buena del Mundo en los dos años que pasamos juntos. Por aquellos tiempos yo era joven e inexperta, le amaba con sinceridad y no me importaba hacer un esfuerzo para digerir a Genesis o a algún extraño grupo de jazz checo. Ahora que ya todo me da un poco igual, me he resignado a ser una inculta musical y a disfrutar desesperadamente con mis cuatro cantautores de siempre (porque, en el fondo, sigo siendo escritora, y lo que más me gusta de la música es la letra).

Pero volvamos al principio del post. Doy dos razones fundamentales para explicar mi afirmación. La primera, que la gente a la que le gusta mucho la música se cree que es una condición fundamental para ser humano, sensible y buena persona (más o menos como la gente a la que le gustan los perros). Hace un par de años conocí en una fiesta a un chico bastante majo. Charlamos y tonteamos un poco (yo amaba a J., pero J. aún no tenía muy claro si me amaba a mí, así que intentaba desquitarme) y, en un momento dado, él me preguntó qué música me gustaba. En un ataque de sinceridad, le dije que a mí, la verdad, la música me interesaba más bien poco. Abrió mucho los ojos “¿y cómo vives?”, me dijo. Pues como tú, inútil, pensé, sólo que escuchando menos música, so intolerante. Me encogí de hombros y me puse a hablar con otra persona.

La segunda razón es que los momentos de mi vida en los que he disfrutado con la música han sido, sin duda, mucho menos numerosos que los momentos en que algún nazi de la categoría anterior, avalado por la creencia de que Su Música es lo más grade que se ha creado en el planeta tierra, me ha obligado a escuchar al adorado objeto de su admiración contra mi voluntad. Cito de memoria el Espantoso viaje Granada-Málaga que pasé escuchando electropop en el coche de una amiga; la Horrorosa tarde de dibujo en el Albayzín que me jodió un gilipollas poniendo tecno a toda pastilla; las Sufrientes horas de meditación intentando desplegar toda mi ecuanimidad para aguantar el reggaetón del vecino. La música es un invento nazi porque llega a través de los oídos, los órganos sensoriales más desprotegidos y castigados del cuerpo, los únicos que no pueden cerrarse a voluntad. Porque para que yo escuche lo que me gusta, también tienen que escucharlo los seres humanos que comparten espacio vital conmigo.

Por no hablar de las personas que tocan un instrumento musical. La primera ley del instrumentista dice que el sonido de un instrumento es mucho más agradable cuando uno lo toca que cuando lo escuchan los demás. Me acuerdo del novio de mi compañera de piso, que tocaba el violín e improvisaba arreglos de Chambao en la terraza de nuestro ático. A ver, ¿acaso yo cuando termino un cuento cojo un megáfono y te obligo a escucharlo mientras tú estás sentado tranquilamente en el salón de tu casa? ¿Te sujeta un pintor la cabeza para que mires fijamente su cuadro durante horas? Amigos que tocáis un instrumento: el espacio acústico no os pertencece.

[Nota: El Efecto Instrumentista es mucho mayor cuando el instrumento que uno toca es de percusión]

Me gusta la música, ¿vale? Todo el piano, canturreo a menudo, disfruto oyendo las canciones que yo elijo. Lo que pasa es que no me gusta tanto, ni tan alta. Prefiero mis libros, respetuosos, que no molestan a nadie y que nadie tiene que leer a la vez que yo sin quererlo. Creo que crean menos karma.

Y aquí termina el post que acabará con la imagen de chica sensible y cultureta que todos tenéis de mí.

viernes, 25 de abril de 2008

Esas pequeñas cosas

"Cásate conmigo", le decía siempre ella al encargado de lavar cabezas en la peluquería.
"De acuerdo", dijo él un día. "Casémonos".
No ha resultado ser un marido especialmente interesante o atento, pero cada vez que se retuerce de gusto bajo sus manos, ella piensa que hay matrimonios que se sostienen con mucho menos.

miércoles, 23 de abril de 2008

Día del libro o ese post que escribimos hoy los blogueros culturetas

Quería hacer un post chuli del Día del Libro. Pero no sé. ¿Qué os digo sobre leer que no os haya dicho ya? Es, sencillamente, la mejor actividad del mundo. ¿Mejor que follar?, dirán algunos. Bueno, depende. De con quién folles y de qué libro te estés leyendo. Leer es lo único que puedo hacer sin tener nunca la sensación de estar perdiendo el tiempo. Para una persona con ansiedad patológica como yo, eso es decir bastante.

Se dice mucho que la gente hoy en día no lee y que los libros van a morir y que blablabla. Yo que sé. La gente se lo pierde. Al fin y al cabo, leer es una actividad que se disfruta en solitario. Hablar de libros mola, pero es difícil encontrar a alguien que haya leído lo mismo que tú lo suficientemente cerca en el tiempo como para que podáis intercambiar impresiones fiables. Y, en cualquier caso, cuando un libro te gusta de verdad de verdad, su belleza no puede expresarse en palabras. Lo que quiero decir con todo esto es que mientras leer siga siendo una actividad socialmente bien vista, seguirá habiendo bibliotecas y yo podré seguir recibiendo mi dosis. Así que, como os decía, si la gente no lee, pues ellos se lo pierden. Con poder leer yo, como dice mi padre, "estoy al otro lado".

Además, toda la parafernalia que rodea tanto a los libros como a los escritores (presentaciones literarias, firmas, conferencias, talleres conoce-al-autor etc, cada vez me parecen más prescindibles. Opino que la comunicación básica entre escritor y lector debería ser el libro: yo escribo, tú me lees, y todo lo que te pueda decir más allá de lo que tú percibas en mis páginas no te lo he sabido contar bien. Pero a lo mejor ésa es una opinión un poco nazi.

Me hubiera hecho ilusión que alguien hoy me regalara un libro. Claro, que eso en Andalucía no se estila y, además, tampoco tengo tanto candidato dispuesto. Pero me gusta el concepto de regalar libros, igual que el de biblioteca pública. Regalar libros me gusta porque no es regalar un objeto: se regala el tiempo que esa persona va a disfrutar leyendo. En cuanto a las bibliotecas, creo que nunca he leído más a gusto que ahora que lo hago gratis, indiscriminadamente, con una variedad tan enorme de títulos para elegir. Cuando era pequeña, mi padre me hacía escoger los libros por su grosor, porque siendo como es de natural tacaño, no le gustaba que devorase su dinero en un par de días. Supongo que así consiguió encasquetarme a Julio Verne y a Mark Twain. Hace un par de años, recuerdo haber pensado que de mayor (oh, dios mío, ¡pero si ya soy mayor!) quería ganar el dinero suficiente como para poder comprarme libros sin hacer cálculos. Ahora que voy a la biblioteca, ya lo he solucionado, y disfruto de la lectura en estado puro, incontaminada, delicioso transvase de cultura gratuita. Y es verdad que me da pena devolver los que me han gustado, no poder amontonarlos a mi alrededor y acariciarlos de vez en cuando con los dedos. Pero también en eso hay parte de desprendimiento, de dejarse fluir, de comprender que la lectura es, como toda la vida humana, transitoria, y que la sabiduría no es (como cree mucha gente) algo que uno pueda apilar a su alrededor como una fortaleza.

Pero qué trascendente me pongo enseguida.

Si alguien se anima a regalarme un libro, por Sant Jordi o por lo que sea, quiero Dobles Parejas, de John Irving. La rosa ya pues tant me fa que sea una u otra, que dirían los catalanes. Que lo importante es la intención.

martes, 22 de abril de 2008

Amelie tribute

Cuando me preguntan sobre lo que me gusta, hay cosas que nunca digo.

Me gusta hacer con tranquilidad tareas antiguas y simples, como pelar habas, o coser botones, o intentar sacar brillo a algún objeto que lleva años ennegrecido.
Me gustan los días de nubarrones negros y retazos de sol, cuando el paisaje brilla con un fulgor amarillo y siniestro.
Me gusta hacer plastilina.
Me gusta saludar a las ciudades y a los objetos y luego imitar sus voces retumbantes devolviéndome el saludo (“¡Hola, Granada!” “Hoolaa, Mariiinaaa”).
Me gusta que los obreros me digan burradas cuando paso. O, mejor: no me gusta que los obreros no me digan burradas cuando paso.
Me gusta dormir. Aunque luego no me cundan las mañanas.
Me gusta que el termómetro confirme que tengo fiebre.
Me gusta que me halaguen descaradamente. Me gusta más de lo que puedo admitir que me digan que escribo bien.
Me gusta la comida china y chuperretear la sopa de sobre en polvo.
Me gusta desesperadamente estar viva. Aunque a veces me queje.

Ahora sed buenos. Decidme algo que os guste y que no hayáis dicho nunca a nadie.

viernes, 18 de abril de 2008

Hoy mi padre me ha llevado a ver al dermatólogo o Gran Gurú de la Isotretinoína. Cuando le he contado mis males, me ha recomendado no hacer ejercicio, así que he decidido dejar la danza de la panza e invertir el dinero que iba a gastar en clases y trajes para la gala de fin de curso en apuntarme a un taller literario por Internet. ¿Por qué? Dejé los talleres porque me aburría estar sentada durante tres horas y escuchar al profesor hablando por enésima vez del punto de vista del narrador, y tener que oír luego la sucesión de relatos en general chungos de gente que escribe por primera vez en su vida. Que no es que sea elitista, pero la etapa de los cabellos de oro y del dijo él con tristeza ya la pasé hace tiempo. Aun así, noto que me estoy estancando un poco. Me falta explorar, probar con propuestas nuevas, que alguien me diga qué le falta a mis relatos para qu lleguen a ser todo lo que pueden ser. Alguien con criterio. Y lo de los talleres en Internet no me parece mala idea: el profe lee tu relato y te lo comenta, tú puedes criticar y dejar que te critiquen los demás y no tienes que andar aguantando clases magistrales ni conversaciones intelectuales de pausa para el cigarro.

Cuando se lo he contado a mi padre mientras tomábamos una caña en una terraza, me ha dicho que dónde se enteraba uno de eso. "¿Por qué quieres saberlo?", le he preguntado. "Por nada, porque me he puesto a escribir últimamente, pero escribo muy mal... tengo las cosas muy claras en mi cabeza, pero cuando salen hay algo que falla. Lo reviso y es como leer una mala novela". Dice que está buscando pasatiempos para la jubilación, y que escribir le apetece. Que quiere escribir un relato sobre las cajas: sobre cómo antes no se compraban ni se vendían, sino que se reutilizaban, y la costura iba a las cajas de latón de los bombones cuétara, y las fotos a las cajas blancas de las camisas.

Qué tierno, mi padre cirujano, temblando de inseguridad frente a la hoja en blanco. ¿Dónde está la facultad de escribir bien o mal? Mi padre lee muchísimo y habla muy bien, hilvanando las ideas con claridad y fluidez, sin repetirse. Sin embargo, se pone a escribir y dice que le parece estar leyendo una novela mala; y me fío, porque creo que ya he dicho alguna vez que mi padre y yo tenemos gustos parecidos. Si uno registra directamente lo que piensa, no le salen más que frases inconexas, absurdas, entrecortadas. Si se para demasiado, acaba bloqueándose y la escritura se hace forzada. A lo mejor se escribe bien cuando se consigue acallar a las demás voces de la cabeza y escuchar sólo a una, y darle el espacio suficiente como para que pueda terminar sus frases. Entonces tú no tienes más que transcribir lo que te dice. Supongo que por eso escribir acaba siendo relajante, catártico: porque el confuso flujo de la conciencia se desenreda por unos minutos y los pensamientos se cierran, completos, hermosos, y da la sensación de que la vida empieza al principio de la página y termina cuando tú decides poner el punto.

Lo bueno es que, bien o mal, cualquiera puede escribir, y encima están los blogs e internet, democratizando el derecho a publicar y a ser leído. Y escribas como escribas, sobre cajas o sobre porno, para ser famoso o para matar el tedio de la vejez, al final descubres qué es lo que tiene esto de mágico y de tremendamente divertido y te dejas seducir. Y escribes. Y eso es lo importante.

miércoles, 16 de abril de 2008

Las grandes cuestiones de la vida I: El amor

NOTA: El lector de este blog debe aceptar que lo lee bajo su cuenta y riesgo. La autora no aceptará ningún tipo de reproche emocional/sentimental por ninguna de las opiniones aquí vertidas, ni siquiera por parte de parejas pasadas, presentes o futuras.

Como me encuentro un poco sola últimamente, me dedico a pensar sobre los grandes temas de la vida. Estoy intentando desentrañar varias cuestiones importantes. La primera: de qué va la vida. La segunda: de qué va el amor. La tercera: de qué va escribir. Ahí es nada. A veces tengo la sensación de que éste es un momento decisivo en mi existencia. No porque vaya a tomar una decisión que vaya a condicionarme para siempre, porque yo creo que lo importante no es decidir qué se va a hacer, sino cómo. Lo que me gustaría averiguar ahora es cómo quiero vivir mi vida, cuáles van a ser para mí las cosas importantes. Ahí es donde no quiero equivocarme.

Desde que dejé a J., pienso mucho en las parejas. No sé muy bien qué fue lo que falló en nosotros. Hay un capítulo de Friends en el que Joey está deprimido porque Rachel no le ama y Phoebe le trae un perro para que le anime. Al cabo de unos días, el perro está tan triste como Joey, y cuando Phoebe le pregunta qué le ha hecho para ponerle así, él contesta, desesperado: Phoebs, I broke the dog! Pues eso es lo que creo que nos pasó a J. y a mí. Rompimos el perro. Y ahora le echo de menos (a J., no al perro). Una vez, al final de nuestra relación (Dios mío, hablo como si hubieran pasado tres años, y apenas lo dejamos hace un mes y medio), me imaginé que había un cataclismo mundial y tenía que elegir a un hombre para sobrevivir conmigo a la extinción de la Humanidad. Y, si os digo la verdad, al único al que era capaz de imaginar en taparrabos, corriendo desnudo por el bosque, cavando en el huerto al sol y follando entusiasmado para hacerme hijos, era a J.

Por otra parte, el mundo no se ha acabado. Así que a lo mejor no es una buena manera de elegir pareja.

Hace tiempo me preguntaba qué es lo que había que buscar en una pareja. Sin embargo, el otro día se me ocurrió que no hay una solución única, sino que cada uno busca lo que quiere: desde conformarse con un hombre bueno y que no te pegue, como decían nuestras abuelas, a buscar una absoluta comunión espiritual, intelectual y física. El problema es que las posibilidades de encontrar lo que buscas van disminuyendo a medida que aumenta el nivel de exigencia. Seguro que es fácil encontrar a un hombre que no te pegue por las noches, al menos en ciertos ambientes; sin embargo, si buscas a tu perfecto medio pomelo, puede que sólo existan dos y que uno esté casado y el otro en Alburquerque, Nuevo México.

¿Qué busco yo? Pues varía con los días. A ratos pienso que me conformo con alguien que me haga reír y me cuide un poco. Otras, me gustaría encontar al príncipe azul maravilloso y mágico de las pelis: guapo, divertido, inteligentísimo, que escriba, que medite y que sepa bricolaje. Pero ahora mismo estoy en esa fase en la que lo más importante no es encontrar a alguien que me haga feliz, sino convertirme en el tipo de persona capaz de hacer feliz a alguien. Una relación íntima pone al descubierto lo más feo de nosotros, nuestras aristas más afiladas. Ahora que estoy sola, puedo olvidar a la persona terrible que soy capaz de ser y pensar que la próxima vez todo va a salir bien.

El amor va de quererse, y ya está. El resto de los problemas se van solventando, más o menos. Si toda nuestra vida es, o debería ser, un constante crecimiento, imaginad qué pasa si nos juntamos con alguien que está, como nosotros, al principio del camino. Vivimos 80 años de media, así que, suponiendo que la sabiduría y el autoconocimiento aumenten con la edad, nos conocemos y emparejamos cuando no somos ni un tercio de lo que podríamos ser. Entonces ahí está el otro, dándonos el aliento y la confianza suficiente para que podamos realizar todas nuestras posibilidades, confiando en que no vamos a perder el tiempo.

En cualquier caso, son sólo conjeturas. Yo ahora no tengo novio y también estoy al principio del camino, así que ¿qué puedo saber?

martes, 15 de abril de 2008

Mala salud de hierro

La buena noticia es que mi cara está mejor.

La mala es que el resto de mi cuerpo se deteriora a toda velocidad.

Empezó con la clásica sequedad labial, pequeños eczemas en los brazos y un extraño sarpullido en el dorso de la mano. Ahora llevo un par de semanas más cansada de lo habitual. Me duelen las articulaciones y los músculos, me agoto bailando danza del vientre (que mola, pero es el típico ejercicio que hacemos las mujeres que no hacemos deporte, así que no es para cansarse tanto) y no tengo fuerzas ni para bajar andando de la facultad. Pensaba que sería astenia primaveral, hasta que recordé un simpático fragmento del prospecto del Isdibén en el que explicaba que un efecto frecuente del medicamento es el dolor muscular y articular. Genial. Así que esta mañana, mientras desayunaba, he estado leyendo el prospecto entero. Mala idea.

A las nueve de la mañana pensaba que estaban atacándome juntos todos los efectos secundarios de las pastillas. Total, si formo parte del 10% al que no le hace efecto una sola tanda, ¿por qué no iba yo a ser esa 1 de cada 10000 que desarrolla artritis?
A las diez he empezado a mirarme obsesivamente al espejo para ver si me estaba poniendo amarilla por la hepatitis.
A las once y media he llamado a mi profesora de danza del vientre para decirle que no voy a ir más a los ensayos hasta que no vea al médico.
A las dos he añadido la psoriasis a mi lista de posibles enfermedades. Una mala piel es una mala piel.
A las cinco tenía las manos heladas y he empezado a pensar en problemas circulatorios y minitrombos.
A las seis le he preguntado a Funes si realmente tenía las manos heladas, para descartar trastornos neurológicos.
A las ocho estaba helada tras media hora frente al calefactor y tenía unas décimas de fiebre, así que he pensado en gripe.
Mientras escribía este post, he decidido incluir también el lupus. Por si acaso.

Sin embargo, y aún a riesgo de pecar de frívola, creo que lo que más miedo me da es que el dermatólogo me retire el tratamiento.

Edito para decir que me he tomado un neobrufén y me he puesto estupendamente. Igual no es lupus.

lunes, 14 de abril de 2008

Neuro-sis

En mi estúpida-beca-que-sin-embargo-me-da-de-comer, me asignan tareas muy emocionantes, y mientras las desempeño siento que esta gran maquinaria que es la UGR no podría avanzar sin mí. Mi última y fascinante misión es abrir y cerrar el laboratorio de maquetas del cerebro para que los alumnos puedan hacer prácticas.

Parece fácil. La secuencia, en teoría, es la siguiente:

- Bajo al laboratorio.
- Abro la puerta.
- Abro el armario de las maquetas.
- Me voy.
- Al cabo de una hora vuelvo.
- Paso listas de asistencia.
- Cierro el armario.
- Cierro la puerta.
- Me voy.

Lo que yo hago normalmente es esto:

- Bajo al laboratorio.
- Espero a los alumnos. Normalmente llegan temprano cuando yo llego tarde o tarde cuando yo llego temprano, y en ambos casos me miran con desaprobación.
- Les explico que las maquetas son muy delicadas y caras que pordios pordios no las fuercen.
- Reparto las maquetas.
- Les pido que pordiospordios no roben maquetas, que son muy caras.
- Le pido que pordios pordios no se vayan del laboratorio antes de que yo vuelva, que las maquetas son muy caras.
- Me voy.
- Abro la puerta otra vez y digo que las maquetas son muy caras.
- A la hora, recuerdo súbitamente que tengo que cerrar el laboratorio.
- Busco las llaves como una histérica mientras pienso que alguien las ha robado y va a bajar a llevarse las maquetas para venderlas en el mercado negro.
- Bajo corriendo las escaleras.
- Subo para coger la lista de asistencia, que me he dejado en el despacho.
- Llego al laboratorio. Si bajo temprano, aún no han terminado y me miran con desaprobación. Si bajo a la hora justa, llevan diez minutos esperándome con las maquetas montadas y me miran con desaprobación.
- Paso la lista de asistencia y arrebato las maquetas de las manazas de los alumnos para montarlas yo, mientras mascullo “son muy caras, son muy caras”.
- Llevo las maquetas al armario. En general, tiro al suelo un promedio de dos maquetas al día, y es bastante efectista, porque los trozos de cerebro salen disparados en plan gore.
- Chillo como una histérica y los alumnos me ayudan a recoger las piezas mientras sacuden la cabeza con desaprobación.
- Guardo las maquetas.
- Las cuento compulsivamente unas cuantas veces.
- Cierro el armario y forcejeo con las puertas para ver si están bien cerradas.
- Salgo del laboratorio.
- Cierro el laboratorio
- Abro la puerta y vuelvo a comprobar que he cerrado el armario.
- Cierro la puerta.
- Me voy.
- Vuelvo para comprobar que he cerrado la puerta.

Normal que tenga acné. Lo raro es que aún no me haya dado un ictus.

viernes, 11 de abril de 2008

¡Hemos llegado a las 10000 visitas!

Y yo con estos pelos.
Acabo de llegar de ver un partido de la Liga de Improvisación Teatral de Granada. Mañana se termina el plazo de entrega para el García Lorca y, en contra de lo que me propuse, no he preparado absolutamente nada. Pensé que sería capaz de hacer algo muy filológico y muy pretencioso, pero no lo soy, igual que no soy capaz de leer a Proust. Qué le vamos a hacer. Pero, por si acaso, llevo un rato hojeando cuentos antiguos para ver si, milagrosamente, Cortázar me había enviado un relato inédito que pudiera presentar con una mínima posibilidad de ganar los 1800 euros.

He releído, sobre todo, la remesa que escribí allá por la primavera de 2005, cuando abrí mi querido antiguo blog y me dio una súbita fiebre escritoril. Yo pensaba que esos cuentos eran gilipolleces y, sin embargo, me he encontrado con que me gustan. Me gusta la sensibilidad que hay en ellos. Me gusta que tratan de las chorradas que para mí son importantes. Y no importa si no soy el tipo de escritora capaz de escribir sobre filosofía o Buenos Aires o la guerra civil, o si no gano concursos o mi blog lo lee poca gente. Soy el tipo de escritora que me gustaría leer. No soy mi escritora favorita, pero no estoy mal.

ME GUSTA CÓMO ESCRIBO. QUÉ PASA.

Por cierto, que hoy me ha comentado mi profesor de Grupos una tarea que le envié y ha puesto “redacción mejorable”. Me lo dice alguien que no conoce el concepto concordancia sujeto-verbo. Casi exploto de indignación.

martes, 8 de abril de 2008

El ultimátum de Euricienta

Con ustedes, el final de esta magna obra de género épico-denuncia.

[Precuelas aquí y aquí]

Volvamos a la escena final de la última parte de nuestra historia, que está congelada como un DVD en pause. Euricienta mira a su alrededor con los ojos desorbitados. Los Caballeros Negros del Crédito Europeo desenvainan sus negras espadas. Los Psicolios enseñan los dientes mientras esgrimen armas, palos y cacerolas. Bolonio sonríe de medio lado y Decanus se esconde tras su sillón y temblequea (esto no se ve porque, como he dicho, la imagen está en pause). Le damos al play y comienzan a entrechocarse las espadas, mientras Euricienta grita, histérica: ¡Paz! ¡Compasión! ¡Amor!

Empezaban a oírse los primeros “ouch” y a agonizar los primeros combatientes, cuando se oyó un petardeo, como la traca final de una feria. Euricienta enseguida reconoció el sonido, así que no se sorprendió cuando vio a cientos de Duendecillos Estándar flotando a varios palmos del suelo y reluciendo con una luz cegadora. Los Caballeros y los Psicolios, sin embargo, pararon de inmediato de luchar, asombrados.

Entonces se oyeron unas trompetas, pretendidamente señoriales pero un poco chillonas, y entró una carroza tirada por dos ratones voladores donde se erguía, orgulloso bajo su diminuto manto de armiño, el Rey De Los Duendes Que Todo lo Puede.

- ¡Salve a nuestro señor! – gritaban los duendecillos con sus voces de pito - ¡Loado sea!
- ¡Silencio, mis diminutos aunque dignos súbditos! – dijo el RDLDQTLP.

Su voz sonaba extraordinariamente potente para su pequeño tamaño, pero si tenemos en cuenta que lo puede todo, es decir, TODO, tampoco hay que sorprenderse mucho.

- ¡Los Duendes hemos perdido hoy a uno de nuestros más queridos compatriotas! – prosiguió, solemne, el RDLDQTLP -. El Duendecillo Sam, recientemente investido Duendecillo ECTS, ha fallecido hoy de agotamiento, mientras repetía entre delirios nosequé de Bolonia, o Bolonio, y decía que se le iba a acabar el plazo para alimentar a una especie de bestia mitológica.
Euricienta se entristeció. Con lo majo y lo trabajador que era el Duendecillo ECTS.
- Ahora – continuó el RDLDQTLP -, los duendecillos sólo queremos una cosa.

Paz, pensó Euricienta que diría, y que algo como esto no vuelva a repetirse en Psicolia.

- ¡¡¡Venganza!!! – gritó el RDLDQTLP con el rostro congestionado, y todos los Duendecillos Estándar se pusieron a chillar como ratas enloquecidas.

Fue un visto y no visto. Las espadas de los Duendecillos eran como palillos de dientes, pero los Caballeros Negros no acertaban a dar a aquellos bichitos con las suyas, enormes y pesadas. Antes de que Euricienta pudiera empezar a hablar de la compasión universal, todos los Caballeros Negros yacían muertos en el suelo del salón de audiencias. Mientras miraba cómo los últimos agonizaban, Euricienta concluyó que de aquello concretamente tampoco se le podía echar la culpa a ella, y confió en que la ley del karma tuviera la manga ancha.

Bolonio contemplaba la batalla como si no fuera con él. Había que reconocerle al cruel dictador una notable dignidad. Pero cuando el RDLDQTLP se dirigió hacia él, enfurecido, para tener el gusto de terminar con su europeizante vida, Euricienta se interpuso, decidida.

- ¿Qué haces, joven guerrera? – preguntó el RDLDQTLP -. ¡Aparta para que se haga justicia!
- ¡Ni hablar! – dijo Euricienta.
- ¿Acaso quieres dejar con vida a este miserable, que os ha tenido atados al yugo ECTS durante todos estos meses?

Entretanto, los Duendecillos Guerreros mantenían a raya a la multitud de Psicolios que, frustrados por no haber podido intervenir apenas en la batalla contra los Caballeros Negros, estaban empezando a linchar a Bolonio arrojándole sus armas desde la distancia y gritándole cosas como "¡A ver cómo evalúas esto ahora!"

- ¡Psicolios! – dijo Euricienta -. Ahora que tenemos a Bolonio bajo nuestro control, no creo que el mejor castigo sea la muerte…
- ¡Eso, eso! – gritaban los ciudadanos -. ¡Que le aten al potro! ¡Que se suelten en una mazmorra con ratas rabiosas!
- ¡No me refería a eso! – exclamó Euricienta -. La muerte, queridos, es descansada, relajada. Incluso la tortura es inactiva y tiene un final. Hay algo mucho peor…

Se hizo el silencio y Euricienta expuso su plan.

Por acuerdo popular, los ciudadanos de Psicolia ataron a Bolonio con una cadena en las mazmorras del castillo. Cada vez que a un Psicolio se le antojaba, podía ir a él y mandarle una tarea autoformativa, a ser posible complicada, absurda y arbitrariamente evaluada. Bolonio fue condenado a cumplir todos los plazos de entrega, so pena de ser despedazado por Ágora, que había sido encerrada junto a él.

Al tercer mes, Bolonio dejó de hacer tareas, exhausto, y se dejó comer por Ágora, que murió poco después de hambre.

En Psicolia, todos fueron felices y comieron perdices.

Decanus había huido de la ciudad en el fragor de la batalla. Dicen que le han visto en Precaria, trabajando arduamente en las minas de sal.

Euricienta se casó con un Ingenio rico y guapo. En cuanto a la iluminación… bueno, está en ello.

lunes, 7 de abril de 2008

Esta mañana iba yo en el bus escuchando los Piratas, tan contenta, cuando una señora desconocida me ha tocado en el hombro.
- Perdona - me ha dicho, cuando me he sacado los auriculares de los oídos -. ¿Quieres que te diga el nombre de una pomada para tu problema?
La he mirado desde mi cara acnéica, despellejada, dolorida y harta.
- No - he dicho.
- ¿No? - parecía sorprendida. Joven con acné recalcitrante, ¿te traigo la solución a tus problemas y la rechazas? -. Es que va muy bien, le ha funcionado a mucha gente.

Y he pensado en los kilos de pomadas amontonadas en el armario de mi baño, en el dinero gastado, en las infusiones, en las limpiezas de cutis, en todo el dolor, el picor, los medicamentos, los efectos secundarios, las miradas al espejo, los "oye, tienes la cara peor, ¿no?". Mientras caminaba hacia la parte trasera del autobús intentando alejarme al máximo de ella, se me han ocurrido muchas respuestas. "Claro, señora, lo que los dermatólogos no han solucionado en 10 años lo va a arreglar usted en 5 minutos". O bien "hoy voy a suicidarme, adivine quién tiene la culpa". Pero en el momento, al mirar la cara regordeta e interrogante de la señora y los rostros ligeramente vueltos de los pasajeros de alrededor, sólo he notado un intenso pinchazo de humillación.

Llevo meses sintiéndome como si andara por la vida con un mapache encaramado a la cara, y sólo agradezco profundamente que la mayor parte de la gente haga como si no se diera cuenta. Así que cuidado con los consejos bienintencionados.

Próximamente, El ultimátum de Euricienta, tercero y último capítulo de la exitosa saga.

viernes, 4 de abril de 2008

Euricienta strikes again (Todavía una historia real)

Esta historia empieza aquí.

Una mañana, Euricienta se levantó más desmoralizada de lo habitual. “No tenía que haber venido nunca a Psicolia”, se decía. “Debí irme directamente a Precaria a buscarme la vida. Seguro que hasta las minas de sal son mejores que esto: no hay que pensar tanto y te pones morena”. Estaba sumida en sus lúgubres pensamientos cuando se dio cuenta de que la habitual montaña de papeles de su escritorio había desaparecido. En su lugar, había una notita.

Soy el Duendecillo del ECTS y he hecho todas tus tareas. Para llamarme, di tres veces “Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo”.

Euricienta pensó de inmediato que se estaban quedando con ella. Repetiría las absurdas palabras y algún bufón malvado estaría escuchándola detrás de la ventana para imitarla luego en las funciones teatrales de Tutubo. Decidió que hablaría con los monjes de la Abadía de la Copistera para que le hicieran una nueva copia de los apuntes y así poder entregarle sus tributos a Ágora. Estaba a punto de salir de casa cuando reparó en un objeto tirado a sus pies: un sombrerito hongo del tamaño de un dedal. La niña que había en ella y que escuchaba de pequeña los cuentos de los juglares sentada al pie del viejo sauce se preguntó si no habría algo de verdad en la notita de la mesa. Cerró los postigos de las ventanas y, muy bajito, susurró:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Sonó un pequeño “pluf”, como un petardo de feria, y apareció un hombrecillo regordete, pequeño como un ratón.

- Hola, Euricienta – dijo -. Soy un Duendecillo Estándar que contemplaba tu sufrimiento európico desde la ventana. Le pedí al Rey De Los Duendes Que Todo Lo Puede que me invistiera Duendecillo ECTS para poder echarte una mano. ¡Y aquí estoy!

A partir de entonces, los antaño dolorosos y difíciles días de Euricienta volvieron a tornarse luminosos y tranquilos. El Duendecillo hacía sus tareas por las noches y, por la mañana, ella se las entregaba a Ágora y se iba a vagabundear por las bibliotecas y a tomar cervezas. Meditó y meditó hasta estar cerca de la superconsciencia, e incluso pudo viajar un par de veces a Ingenia a conocer mozuelos. Sin embargo, cuando estaba al borde de la iluminación y el compromiso, se dio cuenta de que algo no iba bien. Las tabernas donde se sentaba a leer estaban siempre vacías. Sus amigos no querían quedar con ella para tomar algo. Las bibliotecas estaban llenas, sí, pero de tristes y ojerosos habitantes de Psicolia que trabajaban para pagar sus tributos. Así que Euricienta fue a casa y repitió en voz baja:

- Un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo, un crédito europeo es igual a 25 horas de trabajo.

Y cuando oyó el “pluf”, empezó a hablar atropelladamente:

- Duendecillo, tienes que ayudarme. Tienes que hacer las tareas de mis amigos, o convencer a otros Duendecillos para que se conviertan en Duendecillos del ECTS, o…

Pero cuál no sería su sorpresa al ver, cuando se deshizo la nube de humo, a un Duendecillo ECTS cansado, enflaquecido, con los ojos rojos de sueño. Parecía un prisionero condenado a muerte.

- ¿Quién te ha hecho eso, Duendecillo ECTS? – preguntó Euricienta, - ¿quién?

Antes de poder articular palabra, el Duendecillo ECTS se desmayó. Euricienta comprendió entonces que no podía pedirle al Duendecillo que siguiera haciendo sus tareas ECTS, ni mucho menos que convenciera a sus amigos para aceptar aquel destino suicida. Era necesaria una solución más radical. Sin pensarlo dos veces, Euricienta se colocó su cota de malla, agarró su flamante espada y salió a la Plaza Mayor. Allí se subió a un banco (Euricienta no era muy alta) y puso las manos en forma de bocina.

- ¡Ciudadanos de Psicolia! – gritó, sin preocuparse por decir también “ciudadanas”. Eran momentos demasiado decisivos para preocuparse por la corrección política - ¡¡Salid aquí, ahora!! ¡¡Salid, os digo!!

Poco a poco, los hombres y mujeres de Psicolia salieron de sus casas, entrecerrando los ojos por la fuerte luz del sol, y se congregaron alrededor de Euricienta.

- ¡Ciudadanos! – exclamó la joven -. ¡Mirad en qué os habéis convertido! ¡Parecéis topos emergiendo de sus madrigueras, esqueletos saliendo de vuestras eurotumbas! ¡La alegría que flotaba por Psicolia se ha esfumado y sólo ha dejado hastío, cansancio y frustración!

Se oyeron algunos débiles asentimientos.

- ¡Bolonio nos tiene esclavizados! ¿Y todo para qué? ¿Habéis estado en Europía? ¿Habéis visto sus cielos grises y el alto precio de sus cervezas? ¿Realmente, ciudadanos de Psicolia, queréis convertiros en Európicos?

La pequeña multitud empezaba a animarse. “¡No!”, exclamaban.”¡Abajo Europía! ¡Arriba Psicolia y la cerveza barata!”.

Y al grito de “Menos Europía y más cerveza fría”, todos los Psicolios se armaron hasta los dientes y echaron a correr hacia el castillo de Decanus. Degollaron sin piedad a los dos soldados que montaban guardia en la puerta (Euricienta no, obviamente, porque era contraria a matar a la gente y utilizaba su espada con funciones meramente intimidatorias) y entraron en la gran sala de audiencias, donde Decanus y Bolonio bebían vino y elaboraban la larga lista de tareas de la semana siguiente. Euricienta, a la cabeza de la muchedumbre, se acercó a ellos y colocó la espada en la garganta del flaco y cruel Bolonio.

- ¡Aquí se acaba tu conquista, malvado ser! – exclamó -. ¡Márchate de esta ciudad y déjanos tranquilos, o separaré tu cabeza de tu cuello y la colgaré de un asta en la Plaza Mayor!

Todos los Psicolios, sedientos de sangre (y cerveza), gritaban “¡menos cháchara, Euricienta! ¡Acaba con él ahora!”. No sabían que Euricienta sólo fingía puesto que, como hemos dicho antes, no sería capaz de matar a una mosca. Bolonio, lejos de alterarse, gritó, con una voz profunda que parecía salir de un lugar ajeno a su delgado cuerpo:

- ¡A mí mis caballeros! – y, en aquel momento, entraron en la sala los veinticinco Caballeros Negros del Crédito Europeo.

La pobre Euricienta miró a su alrededor, desolada. Aquello iba a ser una escabechina y la culpa la tendría ella y sólo ella. Intuyó que se iba a reencarnar en ser unicelular y se puso a pensar a toda velocidad para ver cómo podía remediar aquel desastre…

(Continuará)

(Es que me está quedando más largo de lo que creía).

miércoles, 2 de abril de 2008

Euricienta (una historia real).

Érase una vez, en el lejano reino de Universia, en la ciudad de Psicolia, una dulce muchachita llamada Euricienta. Psicolia era una ciudad maravillosa, llena de sol, de parques, de bibliotecas y de agradables tabernas donde corrían la cerveza y el vino. Sus jóvenes habitantes vivían en razonable paz y armonía gobernados por Decanus, un alcalde tontorrón pero justo y bueno, que sólo exigía, para poder disfrutar de las maravillas de Psicolia, el pago de tributos examinadores dos (o tres, dependiendo de las contribuciones anteriores) veces al año. Durante el resto del curso, los habitantes de la ciudad aprendían, se conocían unos a otros y tomaban tapas en las mesitas que las tabernas sacaban al sol los días de buen tiempo. Algunos jóvenes trabajaban en tabernas y tiendas para poder pagarse sus años en Psicolia, y a otros les llegaban ayudas de las arcas de Universia. No era un sistema perfecto, pero no estaba mal.

Después de vivir unos años en Psicolia, los jóvenes tenían que mudarse a Precaria, capital del reino de Adultia, un lugar mucho más lúgubre y duro dominado por los miembros del poderoso clan de los Usures (formado por tribus como los Santanderos o los Bebeuvianos). Sin embargo, mientras trabajaban en las minas de sal para pagar a los Usures, los ciudadanos de Precaria se consolaban pensando en lo luminosos y fantásticos que habían sido sus años en Psicolia.

Euricienta era feliz en Psicolia. Además de formarse intelectualmente, tenía dos metas en su vida: la iluminación y encontrar un marido, no necesariamente por ese orden. Era difícil encontrar marido en Psicolia, donde había pocos hombres en edad casadera, pero siempre podía acercarse a Cientifia o a Ingenia a buscar mozos de buena planta y con un buen futuro en Precaria. Para iluminarse, procuraba meditar mucho y ser buena persona. Le gustaba frecuentar las tabernas, las bibliotecas, los cines y todos los rincones hermosos de Psicolia. A veces, cuando se sentaba al sol una mañana de primavera, comiendo una tostada de tomate y leyendo realismo sucio, Euricienta pensaba que no necesitaba nada más en la vida (ni siquiera un marido).

Sín embargo, tiempos duros esperaban a los habitantes de Psicolia. Una hermosa mañana de verano, un ejército silencioso y solemne irrumpió en la ciudad. Se trataba de Bolonio y sus terribles secuaces, los Caballeros Negros del Crédito Europeo. Los ciudadanos de Psicolia se encerraron en sus casas, asustados. Habían oído hablar del malvado Bolonio, que estaba conquistando y sometiendo a las principales ciudades del reino de Universia, pero siempre habían creído que a ellos no les tocaría: que podrían escapar al puño de hierro del invasor y mantener su feliz y pacífica existencia.

Tras el pánico inicial, los hombres y las mujeres (porque Psicolia era un reino igualitario y porque, como ya he dicho, había pocos chicos), bruñeron sus armaduras, afilaron sus espadas y salieron dispuestos a vender cara su vida. Sin embargo, ni un arma se desenvainó en aquella batalla. Bolonio, un tipo alto, enjuto y de fríos ojos grises, entró en la sala de audiencias del alcalde, y se postró ante él. Luego comenzó a hablar. Habló de progreso, de innovación, de Europía, el lejano reino de la abundancia del que los habitantes de Universia oían hablar a menudo. Convenció a Decanus de que su hermosa ciudad podía ser aún más hermosa, de que sus habitantes aún podían ser más felices y, lo que es más importante, de la posibilidad de asegurarles un buen futuro en Precaria. Bolonio hablaba lenta y cadenciosamente, hipnotizando con sus tranquilos ojos claros al pobre e ingenuo Decanus, que asentía y sonreía mientras repetía, como encantado: "Progreso... innovación... Europía...".

Como decía, no hizo falta derramar una gota de sangre. Aquella misma tarde, Decanus salió al balcón de palacio y anunció a sus súbditos, que aún estaban ataviados para la batalla y esperaban confusos frente a las murallas, que desde aquel mismo momento Bolonio tenía el control de la ciudad y todos los habitantes deberían someterse a sus decretos, "por el bien de Psicolia y para que Universia pueda ser una tierra tan hermosa y fértil como Europía". Euricienta, que había empuñado su espada decidida a acabar con el invasor, se rascó la cabeza y pensó "Bueno, qué le vamos a hacer. Quizá sea verdad todo eso de la innovación y del progreso".

A partir de aquel día, todo cambió en Psicolia. Bolonio hacía pagar constantemente tributos a los habitantes: no sólo examinadores, sino también lo que él denominaba "autoformatorios". Los tributosautoformatorios debían entregarse casi cada día, y agotaban el tiempo y las fuerzas de los habitantes de la ciudad. Bolonio había traído además a su mascota, Ágora, un animal que hasta entonces sólo había existido en la mitología y que tenía cuerpo de felino, cola de serpiente y dos cabezas de lagarto. Si quería entregar los tributos, uno debía dirigirse a la hermosa jaula dorada donde moraba Ágora y arrojárselos para alimentar su voraz apetito.

Como tenían que estar todo el día trabajando para pagar sus tributos autoformatorios, los habitantes de Psicolia ya no podían buscar empleo en las tabernas o en las tiendas para sacar algún dinero extra. Algunos de ellos no podían permitirse vivir en Psicolia si no trabajaban, así que Decanus, asesorado por Bolonio, les aconsejó que acudieran a los Usures de Precaria. "Hemos hecho un trato con los Santanderos", dijo, "y os prestarán el dinero necesario para vivir aquí si os comprometéis a trabajar después en sus minas de sal". Euricienta se preguntaba cómo mejorarían sus condiciones de vida en Precaria si, además de estar preocupados por ganarse la vida cuando llegaran allí, tenían que trabajar en las minas de sal de los Usures para devolver el dinero que habían gastado en Psicolia. Pero para esa pregunta, como para otras tantas, Decanus no tenía respuesta. "Querido Decanus", le decía Bolonio al alcalde cuando éste le preguntaba, "así se hace en Europía. ¿Te parece lógico que las raquíticas arcas de nuestro reino se empleen en pagar a estos muchachos, cuando ellos mismos pueden trabajar en las minas de sal cuando lleguen a Precaria? Así nuestro dinero podrá gastarse en asuntos más importantes".

Euricienta se sentía desbordada. No tenía tiempo para meditar ni para alternar socialmente, así que no iba a consguir ninguno de sus dos objetivos principales en la vida. Andaba todo el día preocupada por alimentar a Ágora y no perder ninguna oportunidad para entregar sus tributos. Además, vio sorprendida que entregar tributos autoformatorios no la eximía de pagar los tributos examinadores de febrero y junio. Al principio los habitantes protestaron, manifestándose a las puertas del palacio. Decanus se excusaba: "Queridos súbditos, no podemos hacer nada, ya hemos cedido el control a Bolonio. Además.." y hablaba otra vez de progreso y de Europía. Euricienta, por su parte, ensaba que si Europía era aquello, ella no tenía ningún interés en que Psicolia se les pareciera.

Así le iba a la pobre Euricienta, cada vez más cerca de morir soltera y sola y de reencarnarse en escarabajo. Azules ojeras se marcaban en su pálido rostro. Su rubia melena se caía a mechones por las noches, mientras daba vueltas en la cama pensando en cómo haría para pagar los tributos de aquella semana. No tenía ilusión por aprender o por prepararse para su profesión: lo único que le obsesionaba era cumplir con los plazos de entrega de los tributos porque, para colmo de males, si llegabas demasiado tarde, Ágora negaba altanera con una de sus dos cabezas y no se dejaba alimentar.

Sin embargo, un día ocurrió algo maravilloso...

(Continuará).