massobreloslunes: mayo 2008

sábado, 31 de mayo de 2008

El calentamiento global parece ser de verdad una sucia mentira. El mundo no se está calentando. Está directamente volviéndose loco. A lo largo del mes de mayo, la primavera ha ido mutando en un otoño intempestivo y siniestro que nos tiene todavía con las chaquetas y los paraguas colgados del perchero. En general, el frío no me gusta. Entre frío y calor, prefiero el calor. Me parece más parecido a la vida, más fértil; al fin y al cabo, va de quitarse ropa. Pero hay algo peor en este séptimo invierno del que me hablaba mi compañero de curro que el mero frío. El cambio de estación marca de alguna manera otros cambios. Ciclos que se terminan y que comienzan. La posibilidad de que cambiar la bufanda por los tirantes vaya a suponer cambiar la melancolía por la extroversión. Así que este invierno prolongado, estos ocho o nueve meses de frío, me tienen atrapada en el tiempo, en un día de la Marmota donde mi chaqueta roja me mira desde el borde de la silla y se ríe. Como si todas las turbulencias del otoño y del invierno se resistieran a marcharse. Como si ni siquiera el clima diera segundas oportunidades.

En fin. Lo bueno y lo malo que tiene el tiempo es que, por mucho que te esfuerces, no puedes hacer nada por controlaro.

Tengo que reconocerlo

Me das los mejores disgustos del mundo.

jueves, 29 de mayo de 2008

Una historia de amor

Cuando ella le conoció, él, no le hacía ni caso. Ella le observaba en silencio, le hablaba con timidez, imaginaba cómo era su vida cuando no podía verle. “Sería tan maravilloso si él me amara”, pensaba. “Todo iría bien si él se enamorara de mí”.

Entonces, nadie sabe muy bien por qué, él se enamoró de ella. Vivieron algunos meses de inefable éxtasis más propio de ángeles que de humanos. Caminaban de la mano e irradiaban luz. En la cama, se convertían en un solo ser. Sin embargo, él vivía en otra ciudad, y ella le echaba de menos durante todas sus horas de vigilia. “Sería tan maravilloso si se viniera a vivir a mi ciudad”, se decía. “Le amo tanto que no puedo vivir sin él. Si estuviera aquí, todo estaría bien”.

Así que él se mudó, y llegaron tiempos de profunda armonía. Podían verse siempre que quisieran, salir al cine, hacer el amor a diario. Sin embargo, él no quería que vivieran juntos, porque afirmaba que la magia se esfumaría. “¿Qué magia, mi amor?”, decía ella. “La magia es estar contigo”. Durante las horas que él pasaba lejos de ella y las noches que no quería quedarse a dormir, le extrañaba tantísimo. Sufría tan hondamente “Si se viniera a vivir conmigo”, pensaba, “sería tan maravilloso”.

Al cabo de un tiempo, él accedió y se mudó a vivir con ella. Nadie podría explicar la dicha que les embargó al colocar juntos sus cepillos de dientes y distribuir las tareas de la casa. Ella sintió que la felicidad era reposar su cabeza sobre el regazo de él mientras veían juntos las noticias de la noche. Después de los primeros tiempos de dulce convivencia, sin embargo, sintió que él empezaba a alejarse. Quería tener su propio espacio, salir con sus amigos, pasar algún tiempo a solas en su estudio. “Yo te doy, te doy y te doy”, decía ella, “y no recibo nada a cambio. ¿Es que ya no me amas?”. Se sentía sola, perdida como un pequeño barquito de cáscara de nuez en la inmensidad de un lago artificial. “Si tan sólo me prestara más atención”, suspiraba, “sería tan maravilloso”.

Y él la dejó.

Durante los largos y arduos meses que siguieron a la ruptura, ella lloraba durante casi todo su tiempo libre. El sufrimiento la atravesaba como un largo y afilado sable. No podía hacer más que recordar sus besos, sus miradas, los momentos que habían compartido. Le llamaba cada día por teléfono como quien lanza desesperadas señales de humo. Y cada noche, ahogándose casi entre mocos y lágrimas, con la cabeza enterrada en la almohada, se decía, una y otra vez: “Si él quisiera volver a estar conmigo… sería tan maravilloso…”.

lunes, 26 de mayo de 2008

De cómo Roald Dahl escribió su primer cuento

Vengo de leer el primer capítulo de la nueva novela de Fuckowski, un paisano malagueño que hace un par de años se convirtió en un fenómeno de la ciberliteratura con su primera obra "Fuckowski, Memorias de un Ingeniero". Empezó a publicar por diversión, inició un tremendo fenómeno fan y ganó el concurso de novela de Yoescribo.com. Vendió la primera edición de 500 ejemplares por correo y sacó la segunda, que también parece ser que se está vendiendo como rosquillas (lo que tiene bastante mérito para una obra que está íntegra en la red).

Me gusta mucho cómo escribe este chico. Tiene fuerza, honestidad y un sentido del humor diabólico y tremendo que me hace revolcarme de risa con capítulos que ya he leído varias veces. El otro día le pregunté si hacía mucho que escribía. "Fuckowski es lo primero que he escrito", me dijo. Hay que joderse. Tanta gente quemándose (quemándonos) las pestañas durante años, y ahí está el tío, con su montón de fans internautas y sus dos ediciones vendidas artesanalmente por correo. Como un campeón.

Esto me recordó a una historia que me gusta mucho y que va de Roald Dahl (aunque reconozco que casi todo lo que va de Roald Dahl me gusta). Cuando era joven, Dahl fue piloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, y a su regreso un periodista quiso entrevistarle para escribir un relato sobre sus aventuras. Quedaron para tomar algo, pero por alguna razón el periodista no pudo completar sus notas y le pidió a Dahl que escribiera los sucesos que recordaba y se los enviara para que él pudiera construir el relato a partir de ahí.

Pues bien: Roald Dahl, que había sacado siempre notas mediocres en redacción y nunca se había planteado escribir nada, agarró una pluma, se sirvió una copa de coñac y empezó a escribir. Después de un par de horas, cuando consideró que había contado todo lo que tenía que contar, puso punto y final y se lo envió al periodista. Unos días después, éste le dijo que no había nada que cambiar en aquellas notas. Que ya era un relato. A partir de entonces, Dahl se puso a escribir y a vender sus relatos a revistas importantes. Fue escritor toda su vida y, en mi opinión, el mejor autor para niños (¿Mejor que Ende? Sí, mejor que Ende. ¿Mejor que J.K.Rowling? Por favor, vete de mi blog) y uno muy respetable para adultos.

Vale que esta historia se carga un poco todo el rollo de la disciplina del escritor, y eso tampoco es del todo justo. Truman Capote, otro grande,cuenta que de niño y adolescente pasaba horas ejercitándose con la pluma (creo que las palabras textuales eran ésas). Cuando publicó Otras voces, otros ámbitos siendo jovencísimo, se extrañó de que todo el mundo se asombrara de su calidad. "Llevo años trabajando", dijo. "Es normal que sea buena". Así que trabajar y ser disciplinado está bien. Lo que me gusta de verdad de la historia de Roald Dahl es que todo eso de sentirse escritor y tener grandes dudas existenciales sobre la literatura y la vida no es exactamente malo, pero no hace falta. Ser o no ser escritor, llevar o no gafas de pasta, decidir si es más importante la literatura o la vida. Qué cojones importa.

Basta con escribir (bien). Lo demás viene solo.

(Escribir mal tampoco es malo, lo que pasa es que puede que no te publiquen ni te conviertas en un autor famosísimo y respetado. Pero eso también da igual).
(Por otra parte, y quizá me estoy pasando de paréntesis a pie de página, escribir bien tampoco te asegura convertirte en un autor famoso y respetado).

sábado, 24 de mayo de 2008

La situación es más o menos así

Te dejo con tu espacio
con esa soledad que tanto añoras
con tus horas
tu porno
tus amigos.
Te dejo con tu vida
con todas las demás mujeres
tus dibujos
tus libros.

A cambio
me llevo
mi cuerpo al otro lado de la cama
mi bote de champú de la bañera
mis besos
mis palabras.

Mis cenas con velitas y ensalada
mis ganas de bailar sobre la alfombra
mi sushi
a Frank Sinatra.

Me llevo mi cintura
los libros que pensaba dedicarte
mi habilidad para leer los mapas.

Mis chistes
mi hambre
mi mechero
mi perfume
mi pelo.

Me llevo todo eso porque es mío.
No sé si sabes quién sale perdiendo.

Admitámoslo

Salir de fiesta me deprime.

jueves, 22 de mayo de 2008

Missing

Esta vez parece que es definitivo. Te he perdido y, por lo que parece, no vas a volver. Ya había pasado antes, pero siempre volvías. Te resistías a separarte de mí. Ahora, sin embargo, creo que no hay duda de que se ha acabado.

Hoy me he despertado recordando la calidez de tu cuerpo. Nuestras siestas, nuestros sueños, cuando te colocabas sobre mí y respirábamos a la vez. La manera en que conseguías alegrarme el día en cuanto veía aparecer tu figura tras la puerta.

No sólo te agradezco todo el amor que me has dado, sino también lo mucho que te has dejado amar, aunque a veces hicieras como que no te dabas cuenta. A veces pienso que ésa ha sido tu misión en mi vida: dejarte querer, dejarme ser mejor persona dándote mi cariño.

Volviendo la vista atrás, me pregunto si hay algo que hubiera podido hacer para evitar perderte. Supongo que sí; siempre puede hacerse algo. Me digo que a lo mejor no estuve lo suficientemente cerca, que no lo hice todo lo bien que podría haberlo hecho. Al final no me queda más remedio que aceptar que las cosas son como son, que el tiempo no va a volver atrás, que tú nunca me has pertenecido. Que perteneces a la vida.

Déjame que haga un último intento: vuelve. Por favor, vuelve conmigo. Te necesito a mi lado. Nos quedan muchas cosas por hacer, muchos lugares donde vivir, muchos sofás por compartir. No te haces a la idea de lo mucho que me duele perderte.

Si no funciona y no regresas conmigo, espero de corazón que encuentres a alguien que te quiera al menos tanto como yo. Que te cuide como te mereces. Que sepa lo que te gusta, que se quede a tu lado, que te bese y abrace a menudo, que sepa disfrutar de tu olor limpio y cálido. Espero que estés bien, que seas feliz. Que la negrura del mundo no te coma.

Sin embargo, Clementina, gatita... te echo tanto de menos...

Pies

El podólogo no tenía éxito con las mujeres. Era inteligente, agradable y casi guapo, pero se daba cuenta de que, en cuanto decía a qué se dedicaba, las mujeres huían de él como si hubieran pisado algo viscoso. Todo el mundo sabe lo que hay bajo los zapatos, y más aún bajo los de las personas que necesitan ir al podólogo: uñeros, callos ásperos, olores recocidos. Al podólogo, en el fondo, no le extrañaba que las mujeres no quisieran ser tocadas por esas manos.

Hasta que un día, en un congreso sobre Patologías Contagiosas del Pie Humano, un colega le dio la solución.
- Es muy fácil – le dijo -. Sólo tienes que decirle a la chica la siguiente frase “Tus pies son increíblemente pequeños en relación con tu estatura”. A las mujeres les encanta saber que tienen los pies pequeños. Les hace sentirse deseadas. Tiene que ver con alguna forma perversa de feminidad: el rollo japonés de vendar los pies, o algo así.

A partir de entonces, justo después de confesar cómo se ganaba la vida, el podólogo decía su frase. El cambio operado en las mujeres era perceptible. Sus ojos brillaban, su postura se relajaba, la leve mueca de repugnancia que había contraído su boca al saber a qué se dedicaba se deshacía. El podólogo remataba con otras dos frases, esta vez de su cosecha: “En serio”, decía, “y yo entiendo de esto”. Luego dirigía una mirada preocupada a los pies en cuestión “¿seguro que no te aprietan los zapatos?”. Su interlocutora sonreía, levemente avergonzada: “Qué va, son de mi talla”. Después de eso, todo iba sobre ruedas.

Cuando ella llegó a su consulta, sin embargo, no pudo decirle nada. Sus dos esbeltas piernas estaban terminadas por unos pies largos y anchos, con el dedo pulgar ligeramente separado de los demás. El podólogo echó una vista a los juanetes, raspó callos, revisó un papiloma en curación. Miró a la mujer a los ojos, grandes y tristes. Era muy guapa.
- Tus pies – dijo, y no sabía cómo continuar -… Tus pies tienen mucho carácter.

Ella sonrió con dulzura.
- Son zarpas – dijo -, pero gracias.
- No son tan grandes. He visto a muchas mujeres de tu estatura, y te aseguro que entra en la media.

Como reprochándole su mentira, los dos grandes pies le miraban, flotando sobre el suelo al final de la camilla. Los dedos parecían alargarse buscando la luz. Ella volvió a sonreír y se incorporó, calzándose unos zapatos de tacón que tenían aspecto de ser caros.
- Bueno, pues nos vemos de aquí a un mes para echarle un vistazo a ese papiloma, ¿te parece?

La mujer asintió.
- Oye, eres mi última paciente. ¿Te apetece tomar una cerveza? – sugirió él. Ser podólogo no le había hecho fetichista. El resto del cuerpo de la paciente aún le interesaba.

Ella le miró mientras cogía su bolso. La luz de la tarde de verano había empezado a volverse mortecina, y después de apagar la lámpara halógena que utilizaba para trabajar, el podólogo apenas podía distinguir sus rasgos. Se quedó unos segundos en silencio y, finalmente, negó con la cabeza.
- No sabe lo importantes que pueden llegar a ser los pies – dijo.

Y sin darle tiempo a contestar, se marchó despacio, caminando hacia la puerta con sorprendente gracia.

martes, 20 de mayo de 2008

Obviedad

Mientras meto los platos de la comida en el fregadero, Funes se me acerca por detrás, me besa en la cabeza y me dice: "Sé feliz, Peq".
Me doy la vuelta, indignada, y le digo que eso es una chorrada. Que todo el mundo quiere ser feliz. El problema es que no sabemos cómo.
Pero bueno, tiene buena intención, la criatura.

lunes, 19 de mayo de 2008

Nunca podré ser la musa de un escritor

Porque después de leer sus textos me empeñaría en corregirle las comas.

Recuerdos

Cuando él la dejó, ella se dio cuenta muy pronto de que, puesto que había pasado los dos últimos años a su lado, casi todo lo que había hecho, leído, oído y casi pensado durante ese tiempo le recordaba a él. El dolor era tan grande y tan parecido a una aguja traspasándole en pecho que decidió buscar una solución. Con la ayuda del Photoshop, el procesador de textos y su imaginación, inventó todo un pasado alternativo que no tenía nada que ver con él. Detalló mes a mes los viajes que había hecho sin él, las personas a las que había conocido, los tíos a los que se había follado (todos guapos, todos interesantes, todos locos por ella). Escribió que la primera vez que escuchó la canción que solían bailar abrazados estaba en un bar del centro, tonteando con un divertido actor de teatro. Escribió que era aquel gallego tan tímido que nunca bebía café quien le había hablado por primera vez de Houellebecq y de Stefan Zweig. A partir de su ingeniosa maniobra, paseaba por la calle enlazando silenciosamente los estímulos externos con sus falsos recuerdos, sustituyendo la aguja afilada por una agradable descarga de nostalgia. Consiguió ser razonablemente feliz durante bastante tiempo.

sábado, 17 de mayo de 2008

Lo que hace la playa mientras no la ve nadie

Nota: aún quiero saber cuáles son vuestras palabras favoritas, así que he dejado un enlace en la barra lateral para poder seguir posteando entre tanto.

Esta mañana me he levantado temprano con la intención de dar un paseo en bici y bañarme en la playa vacía. Me he vestido con el bikini debajo, he embadurnado de crema mi debilitada piel y he bajado al garaje a coger mi pobre bici, que este año se ha quedado en Málaga porque a mi casero y a todos los inquilinos de ésa su comunidad no les parece bien que la suba por las escaleras y/o la guarde en el balcón. Un mundo donde una potencial mancha de rueda de bici en la pared es más importante que la ecología y la felicidad a pedales quizá no merezca salvarse. El caso es que mi plan ha quedado descartado cuando he descubierto que mi hermano, ese ser que nació para que yo no me sintiera sola, le ha quitado las ruedas a mi bici para llevarlas a su clase de dibujo y se las ha dejado allí. Le he chillado y sacudido un buen rato en su cama, pero lo que tiene la resaca es que es una buena defensa frente a las hermanas indignadas. Después me he dicho: bueno, es temprano, estoy vestida y el mar sigue en el mismo sitio. Así que he cogido la moto y me he ido al Balneario.

Aquí hago un inciso para decir que esta noche he tenido sueños especialmente vívidos y curiosos. Al principio de la noche, he soñado que Gasol (sí, el jugador de baloncesto) estaba en mi clase (¿en mi clase de qué?) y yo le molaba. Esto es curioso y divertido por dos razones: una, que Gasol nunca me ha gustado, ni interesado, ni parecido mínimamente atractivo; otra, que me saca casi sesenta centímetros, lo que hace nuestra relación anatómicamente imposible. Después he soñado con Mi Querido Ex Novio (que me saca treinta y cinco centímetros, iba de altos la cosa esta noche), que montaba en bicicleta y me llevaba en el asiento mientras él pedaleaba. Yo daba palmitas de felicidad hasta que, de pronto, me daba cuenta de que estábamos en el Balneario y todo estaba lleno de grúas y camiones que vertían cemento en el suelo. Entonces me echaba a llorar. El Balneario es una antigua casa de baños situada en mitad del paseo marítimo de Málaga. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en una preciosa ruina con un bosque de eucaliptos al lado que, como la aldea gala, resiste con gracilidad a los ruidos invasores y a la fealdad del mundo. Foto aquí. Ahora parece que quieren construir allí un parque con quioscos, tiendas y cafeterías de dos euros el café, y supongo que de ahí mi sueño.

Sin embargo, esta mañana el Balneario aún seguía en su sitio, endiabladamente hermoso, con sus columnas rotas y el mar azulísimo batiendo suavemente contra las rocas. En la arena, una mujer gorda untaba crema bronceadora en sus pechos enormes y desnudos. En un rincón, al abrigo del chamizo que hace de techo, un hombre joven y rapado hacía yoga sobre una colchoneta. He cruzado el bosque de eucaliptos, y las mismas cosas que siempre me fascinan y conmueven han vuelto a hacerlo. La fuente de donde manaba vino las noches de fiesta, la vasija enorme y rota por un lado en cuya base han empezado a arraigar las plantas. Desde las viejas pistas de tenis llegaba el ruido sordo de la pelota al golpear contra la raqueta y las exclamaciones de los jugadores.

He salido hacia el paseo de Pedregalejo y he paseado cruzando las pequeñas calas a través de la arena. Son como piscinas tranquilísimas, cada una con su propia belleza redonda y transparente, donde las olas apenas se levantan. Algunas bicicletas rodaban tranquilamente por el paseo, y un hombre tiraba una pelota a dos perros pequeños y feos que corrían detrás, enloquecidos. Los pescadores arreglaban las barcas, acostándolas bajo sus mantas de lona en sus lechos de arena. En la cala más grande, frente al hotel Cohiba, me he quitado las chanclas (es una palabra bonita ésta también: chancla) y he recorrido la orilla con los pantalones remangados. El agua estaba helada, y entre eso y la brisa fría que erizaba la superficie del mar he decidido que no iba a bañarme. Aun así, he sumergido las piernas hasta las pantorrillas, sintiendo cómo el frío dolía al principio y cómo mis venas, mis músculos y mi sangre trabajaban hasta adaptarse a él. Todo era tan hermoso.

Mi paseo ha durado hasta que he notado cómo, lenta pero perceptiblemente, el mundo empezaba a llenarse de personas, y cada vez había más bicicletas, más paseantes, más perros. Que no es que no me guste, porque me encanta la gente que pasea aunque sea gratis, pero esta mañana quería quedarme con la imagen de la playa vacía, donde los pocos que van lo hacen precisamente por eso, porque está vacía.

He vuelto a mi moto. Los trabajadores de los astilleros aupaban trabajosamente una barca, girando una palanca a la que habían atado una cuerda y cuyo nombre me encantaría saber. Entre los eucaliptos, un hombre desnudo hacía una gran hoguera con troncos y ramas y se ponía de pie frente a ella, empapándose de humo. Al borde del mar, un chico con un violín a la espalda miraba el agua desconcertado. Me he acordado de una frase del libro que estoy leyendo: “Qué extraños recipientes de tristeza somos todos”. Y me he ido a casa a desayunar yogur con muesli y cereales y una gran taza de té verde.

viernes, 16 de mayo de 2008

Vuestro regalo de cumpleaños

Queridos lectores barrita as:

Quiero que me hagáis un regalo de cumpleaños. Yo sé que los regalos son como los besos y los porros, que no se piden, pero bueno... es un regalo tan pequeño, y significaría tanto para mí...
El año pasado, o el anterior, no me acuerdo, la RAE organizó una votación para ver cuál era la palabra más bonita de la lengua española. Leo en google que ganó amor. Por dios, qué cursis todos, qué poca imaginación, qué obviedad tan grande. Me gustaría que como regalo atrasado me dijérais cuál es vuestra palabra favorita en castellano, y las palabras tipo amor, amistad, paz, justicia y esperanza quedarán descalificadas. ¿Por qué? Bueno, pensad en que en Eurovisión no dejan participar a los grupos ya consagrados. Estas palabras, en mi opinión, juegan con ventaja.

Enpiezo yo con la mía. Durante mucho tiempo, fue firmamento. Al final, sin embargo, ha acabado pareciéndome un poco pretenciosa y ahora tengo otra:

acurrucarse:

(Quizá del lat. corrugāre, arrugar).

1. prnl. Encogerse para resguardarse del frío o con otro objeto.



Me resulta tan deliciosamente evocadora, cálida, íntima... y al mismo tiempo es una palabra como muy de andar por casa.
Ahora sed buenos y decidme la vuestra. Vamos a saborear las palabras como si fueran carísimos bombones.

martes, 13 de mayo de 2008

Sobre cumplir años, hacerse mayor y madurar, que no es lo mismo

Lo sé, lo sé, llevo un montón de tiempo sin actualizar. Al menos, para la frecuencia de posteo que me gusta llevar. Es que se me han juntado varias cosas: mi cumpleaños, que más que cumpleaños ha parecido una boda gitana por la amplitud y variedad de los festejos, y por supuesto los constantes, estúpidos y engorrosos trabajos de la licenciatura que se supone que me va a permitir ganarme la vida (no sé cómo, ¿haciendo power points?).

Me hubiera gustado escribir un bonito post místico el día de mi cumpleaños, que fue el sábado. Mi cumpleaños siempre me ha parecido una fecha superespecial. Cuando era pequeña, leí en un libro que si la noche antes de cumplir años subes a la cama con el pie izquierdo y le das la vuelta a la almohada, al día siguiente pueden ocurrir cosas maravillosas. Algunos años, si me acuerdo, lo hago (este año se me ha olvidado, por cierto). En cualquier caso, paso todos los 10 de Mayo con la extraña sensación de que la energía del universo se concentra en mí. Vale, reíros.

Este año ha sido un cumpleaños raro. No por las celebraciones, todas geniales, que han incluido una fiesta con globos y sandwiches, otra fiesta con una gymkana espiritual, una merienda con sunny y pipas en el monte, un picnic nocturno en un salón, una comida en un restaurante caro y mucho maki sushi... Ha sido la cifra. 23 ya no suena a 20. Con los 21 y los 22 me sentía como de puntillas al borde de la década 20-30, recién salidita de mi adolescencia turbulenta y feliz. Los 23 ya suenan a estar más asentada, a acercarse a la mitad. No quiero ser de esas personas que cada vez que cumplen años se deprimen y piensan que envejecen a toda velocidad, que su vida carece de sentido y blablabla. Si hago balance, estoy mejor ahora que hace un año, y mejor hace un año que hace dos, y si me dieran a elegir, no volvería atrás ni dos meses (mucho menos dos meses). Pero la vida pasa. Y te das cuenta. Y es inevitable pensar en ello y sentirte un poquito triste.

Cuando era pequeña y planeaba el mural mental de mi vida, los 23 eran la edad que marcaba la frontera de la universidad. Al final me voy a atrasar un año, pero es cierto que dentro de poco mi etapa universitaria, la única que voy a tener, habrá quedado atrás. Recuerdo cuando estaba en Barcelona e íbamos a la discoteca de Sabadell (el infierno en la tierra), y el DJ gritaba "¡que saluden esos universitarios!" y yo saludaba y me sentía universitaria y mayor y chachi. Ahora eso se acabó y en breve tendré que ganarme la vida, como mínimo y, si encarta, emparejarme y reproducirme. No me asusta, creo que lo haré todo muy bien, pero es raro. Cuando era niña, pensaba que la infancia y la juventud de los adultos que conocía estaba separada de su vida actual por una especie de bruma, un salto espacio-temporal que hacía que lo que había pasado entonces fuera de una consistencia distinta, como una película, o un sueño. Ahora veo que yo estoy cruzando ese puente, el que separa a los hijos de los padres, y que realmente no existe tal puente, sino que es como todo lo demás: días y días de vida alineados como soldaditos, que se parecen mucho los unos a los otros y que cuando te quieres dar cuenta, se te han acabado.

Cuando soplé las velas (una vela redonda en un sorbete de cava, en una cama llena de flores, con la ciudad iluminada impresa sobre un largo rollo de papel satinado... sólo quería daros envidia), recordé qué pedí en mi tarta del año pasado y qué he pedido en ésta. Durante este vigésimo cuarto año de mi vida sobre la tierra, quiero aprender a ser más consciente, más equilibrada y más amorosa. Quiero aprender a estar sola, física y mentalmente. Quiero ser fuerte para hacer lo que deseo hacer, porque las cosas que me hacen feliz requieren fuerza, y esfuerzo (unas más que otras).

A pesar de lo que he dicho, veintitrés es una cifra bonita (yo siempre he sido de impares) y, además, no me siento para nada como si los tuviera. Cuando conocí a J. hace tres años, me dijo: "hasta los 23 las niñas sois una bomba de relojería". No sé si es cierto, pero sí es verdad que hay algo en mí más sosegado, menos ansioso. Así que, para el que quiera saberlo, ya no voy a explotarle a nadie en la cara.

La cuestión es que he cumplido un año más, y tiene su mérito. Preguntádselo a mi corazón, bombeando sangre todo el día, y a mis pulmones, respirando sin parar, y a todas las pequeñas células que forman mi cuerpecillo. Hasta el último operario del sistema digestivo te dirá que llevar un cuerpo humano, con su correspondiente mente ciclotímica dentro, cuesta su trabajo. Así que felicidades, Marina, y que cumplas muchos más.

jueves, 8 de mayo de 2008

Psycho-killer

Llevo toda la semana con la ansiedad saliéndome por las orejas, como diría mi madre. Estoy mentalmente tranquila pero físicamente hecha una mierda, con una extraña presión entre el pecho y la garganta que me impide respirar. Y eso que medito un montón. Tanto que Mi Querido Ex Novio Funes, que también medita pero menos, dice que en vez de una estatua del Buda, va a hacer una estatuilla de mí en barro y la va a colocar en su cuarto para que le inspire. Qué tío, este Funes. En cualquier caso, parece que meditar me sirve regulero, porque hace un rato, mientras desayunaba pacíficamente mi tostadita y mi colacao complex, he empezado a pensar que podría matar con mis propias manos al Hombrecito De la Posguerra, mi profesor de Educación, si insiste en obligarnos a hacer a mano un análisis de varianza absurdo sobre una de sus absurdas prácticas. A partir de ahí, ha empezado a germinar en mi mente una idea tan estupenda que no sé por qué la cuelgo aquí en vez de venderla a Hollywood y hacerme de oro. Os cuento.

Contexto: seguimos en la línea reivindicativa-dramática de mi última obra de ficción.

La cosa es sencilla. En la facultad de Psicología de la Universidad de Granada ya hace cuatro años que comenzó la experiencia piloto para adaptarse al Plan Bolonia. Como ya expliqué ampliamente en Euricienta, todo es una mierda, los alumnos no paran de hacer trabajos estúpidos y han perdido las ganas de vivir. Entonces, a mitad de curso más o menos, empiezan a sucederse escalofriantes asesinatos. Los profesores de la facultad van cayendo uno a uno, y lo más inquietante es que cada uno muere de acuerdo a la asignatura que enseña.

¿Una chorrada? Pues ahí está Seven. Diría más: ahí está Tuno Negro. Como idea es algo arriesgada, es verdad, pero la pericia de un buen director podría sacarle mucho partido.

Ejemplos:

El profesor de Psicobiología aparecería, lógicamente, muerto en posición de diseccionar su propio cerebro. O quizá se le obligaría a ponerse a sí mismo en el estereotáxico y perforar su cráneo para liquidar sus núcleos cerebrales uno a uno.

Los profesores de Condicionamiento y Aprendizaje serían comidos por las ratas que ellos mismos han entrenado. En otra versión, se les metería en una caja de Skinner gigante y se les darían descargas aleatorias mientras se les obliga a aprender complicados programas de refuerzo y castigo. Siempre se pueden combinar las dos opciones: muerte en caja de Skinner y cadáver comido por las ratas. Tendría que pensarlo.

Los profesores de Memoria, Percepción y Psicología Básica en general se verían obligados a hacer experimentos frente a ordenadores donde los errores serían castigados con descargas de cada vez más intensidad. La escena final de esta parte sería el profesor/a siendo aniquilado por la descarga final mientras en la pantalla aparece, en letras brillantes: "Gracias por tu participación. Que tengas un buen día". Lo de los experimentos daría mucho juego, según la macabra imaginación del guionista; podrían usarse electrodos, polígrafos, absurdos jueguecitos de cartas...

La muerte del Hombrecito de la Posguerra, que da Psicología de la Educación, aún tengo que pensármela. Probablemente le encerraría en una clase de secundaria con veinte alumnos, móviles de última generación y una conexión a Internet, y dejaría que el predecible devenir de las cosas hiciera el resto.

El departamento de Social y Psicología de los Grupos sucumbiría víctima de algún terrible y siniestro juego de rol vivo en el que tendrían que tomar decisiones grupales y hacer atribuciones causales. Sería una mezcla entre "El Método" y "Diez Negritos". Pero no importa qué dijeran, porque al final morirían todos.

A los de Clínica los soltaría en una habitación cerrada con unos cuantos esquizofrénicos sin medicar y/o psicópatas previamente aleccionados. Y a ver de qué les servían ahora los autoinformes y las técnicas cognitivo-conductuales.

Me quedan los de Metodología, Psicometría, Análisis de Datos y todas esas asignaturas tan divertidas. De momento sólo tengo ideas difusas relacionadas con proponer problemas de probabilidad y hacerles sacar bolitas de cajas para decidir quién va muriendo, pero reconozco que es lo más flojo del guión.

La protagonista sería una simpática estudiante de doctorado (yo no; yo sería la asesina) que acaba de llegar a la facultad y se ve dividida entre su lealtad a la alumna que hace poco que ha dejado de ser y su deseo de luchar por la justicia y la paz. Va desvelando poco a poco el misterio, pero al final de la película también muere por un certero golpe con su propia tesina. No sé cómo acabaría el guión, pero probablemente la asesina extendería su radio de acción a políticos y ministros de educación y acabaría ella sola con el plan Bolonia.

Bueno, me queda mucho para alcanzar la compasión y la ecuanimidad, pero creedme que me he desahogado bastante.

lunes, 5 de mayo de 2008

La inmensa soledad fluorescente

Así podríamos definir mi despacho tal día como hoy, lunes, en que mi compañera se ha ausentado por motivos personales y los alumnos que tenían que venir a que les tutorizara yonosequé han decidido no presentarse. Mi despacho de eurobecaria es aceptablemente grande y confortable. El problema es que su única comunicación con el exterior es la puerta y unas pequeñas casi claraboyas que dan directamente al pasillo de la facultad. Oh, arquitectos sin piedad, que construís deliberadamente despachos diminutos sin ventanas para el último eslabón de la jerarquía académica. Total, que estoy pasando esta espléndida tarde de primavera bajo la irritante luz de los fluorescentes, parpadeando treinta veces por minuto porque me ha vuelto a subir la miopía y, con casi cinco dioptrías por ojo, la posibilidad de quedarme ciega está acercándose peligrosamente.

Estas cuatro horas de luz artificial me hacen reflexionar. El domingo estuve en el vivero de los Baños del Carmen comprándole una orquídea a mi madre. Qué bonitas son las orquídeas, elegantes y selváticas a la vez. El vivero está situado entre la carretera del paseo marítimo y la que va en dirección al centro; si conocéis Málaga, sabréis que es alargada, como si se hubiera tumbado junto al mar. Se oye el ir y venir de los coches y, aun así, el sitio está lleno de una paz que de verdad que no es fruto de mi mente bucólica. Huele a tierra mojada y a flores. Cuando nos mudamos a Málaga y yo tenía ocho o nueve años, mis padres compraron una bonita casa con un jardín enorme y antiguo, lleno de setos, árboles, macizos de plantas y flores silvestres. Había un níspero, un limonero, rosales y hierbabuena. Teníamos incluso un pozo y la dudosa tumba de un perro muerto. A la yo de entonces, que leía Ana la de Tejas Verdes y en general tenía la cabeza llena de pajas mentales, le encantaba pasear románticamente por entre las plantas y regarlas trabajosamente con la manguera de goma. Asumí el cuidado de las plantitas de hierbabuena, y por las tardes iba y venía a alimentarlas con una jarra de plástico de la cocina. Al final mis padres vendieron la casa, porque no tenían alma de jardinero ni dinero para pagar uno, y nos mudamos a nuestro adosado de patio domesticable y práctico. Personalmente, no hubiera estado dispuesta a pasar las tardes de mi adolescencia regando setos, pero ahora que lo pienso no sé si alguna vez volveré a tener mi propio pozo. Y creo que me gustaría. Voy creciendo y me voy conociendo y aceptando la criaturita meditabunda y solitaria que soy, y ahora no me cuesta imaginarme en una casa con jardín y un huerto como el de mi amiga A. Mientras esperaba la cola para pagar mi preciosa orquídea, la gente a mi alrededor charlaba de plantas: que si una se le había puesto preciosa pero otra se había perdido sin motivo, que si a ver si le pasaba un esqueje de una especie que era muy difícil de encontrar. Me parecieron charlas tranquilas y sanas. Me entraron ganas de saber de jardinería. Claro, que estamos hablando de alguien que consiguió matar de sed a un cactus el año pasado. Esto es verídico. Pero bueno.

Mientras más conozco este amplio y bonito mundo y veo sus montañas, sus ríos, sus plantas y el maravilloso silencio de su naturaleza, menos sentido le encuentro a pasar la vida bajo un fluorescente.

sábado, 3 de mayo de 2008

Las magdalenas del maligno

Se me da relativamente bien la cocina, pero soy una repostera terrible. No porque yo no ponga lo mejor de mí, sino porque para hacer tartas, bizcochos y galletas una tiene que enfrentarse a ese enemigo insaciable y traicionero que es el horno. Cuando se cocina en la hornilla, se puede ir más o menos probando, rectificando de aquí y de allí y controlando que todo va haciéndose según los planes. Meter algo en el horno, por mucho que una no se salga de los tiempos y las temperaturas que marca la receta, es un acto de fe.

Así que el otro día, cuando me entró un peligroso antojo de muffins de chocolate, decidí que esta vez no me iba a pasar lo de siempre. Con esto de la crisis, hasta el Mercadona es una ruina, así que no estaba dispuesta a tirar a la basura un bol entero de masa por culpa de ese aparato del demonio que es el horno. Tenía un plan. Para empezar, hice la masa con proporciones mitad sacadas de la receta, mitad intuitivas. Lo siento, pero no soy capaz de seguir una receta al pie de la letra. Después miré desafiante mi viejo horno de gas de piso antiguo. Dos posiciones: arriba y abajo. Dos temperaturas: al máximo y al mínimo. Sin temporizador. Sin luz. Entre mi bol de masa y unas maravillosas magdalenas de chocolate sólo se interponía aquel instrumento de Satán. Pero yo sería más fuerte que él.

Así que saqué los papelitos para magdalenas made in Hacendado y decidí que probaría con distintas combinaciones de tiempo, posición y temperatura metiendo sólo cuatro magdalenas cada vez. Una vez que hubiera dado con la combinación perfecta, haría la bandeja entera.

Resultados del invento:

Versión 1.0: 20 minutos con el fuego abajo al máximo-> quemadas por abajo, crudas por arriba.
Versión 2.0.: 30 minutos con el fuego abajo al mínimo-> crudas en general.
Versión 3.0.: 20 minutos con el fuego arriba al máximo -> quemadas por arriba, crudas por abajo.
Versión 4.0.: 40 minutos con el fuego abajo al máximo-> Eureka!

Adri y yo habíamos quedado en el chino para cenar y llevé dos magdalenas para hacer la prueba. Estaban realmente buenas, incluso para nuestras papilas gustativas adormecidas por el glutamato monosódico y esa salsa de soja densa como el alquitrán.

Al día siguiente, tenía clase a las 11 y me levanté temprano a meditar y escribir un poco (no se puede ser más intelectual y espiritual que yo). De paso, decidí que pondría el resto de la masa en el horno para poder llevarme las magdalenas hechas a clase (por la tarde me iba directamente al autobús para venir a pasar el puente a Málaga). Estaba tan, pero tan contenta. Me sentía tan inteligente y astuta de haber encontrado la manera perfecta de hacer deliciosas magdalenas caseras. Rellené un montón de papelitos con lo que me quedaba de masa y los metí en el horno. Canturreaba por la casa mientras el olorcito a chocolate impregnaba el fresco aire matutino.

Gracias a este experimento he aprendido intuitivamente que NO ES LO MISMO meter cuatro magdalenas que veinte. Que, de alguna manera que la física podrá explicar pero yo no, el calor NO LLEGA IGUAL cuando hay tantas magdalenas. Que definitivamente cuarenta minutos con el fuego al mínimo tampoco es la combinación correcta.

Pero si creéis que tirar a la basura veinte magdalenas crudas con extra de nueces y chocolate negro para que salieran más ricas va a hacerme desistir en mi empeño de tener éxito en la repostería, entonces, queridos, no me conocéis en absoluto.