massobreloslunes: julio 2008

viernes, 18 de julio de 2008

He vuelto de Italia llena de fuerza y de proyectos. Por primera vez en muchos meses, me siento libre y viva.
Y no tengo ganas de escribir aquí.
Llevar este blog es estupendo, pero estos últimos días me he dado cuenta de que estoy un poco cansada de Internet. Es verano, hace un tiempo magnífico, tengo dos manos y dos pies y no quiero que mi mayor muestra de creatividad a lo largo del día sea mi nick del messenger. Ya sé que hace nada despotricaba sobre las personas que cuelgan el blog en verano. Pero cambio a menudo de opinión, por si aún no os habíais dado cuenta.
Así que igual escribo menos, o no escribo nada en absoluto.
Además, curiosamente me apetece callarme las cosas. Por una vez en la vida.
Ya sabéis cuál es mi correo. Soy un buena corresponsal.
Echadme de menos. Os quiero.

miércoles, 16 de julio de 2008

Marco

Intento escribir sobre Marco y no me sale. Tal vez porque lo mejor ya se lo escribí a él en su casa, mientras tocaba la guitarra con Shiva tumbado a sus pies y me miraba por el rabillo del ojo. Habíamos pasado ya una noche juntos en la playa: una de esas noches perfectas, de novela, con sus ojos brillando en la oscuridad enmarcados por las copas de los árboles. Nos abrazamos, nos besamos, hicimos el amor dos veces, nos reímos con juegos de palabras mitad en español, mitad en italiano, aprendimos cómo se decía en la lengua del otro cada una de las partes del cuerpo.

La noche que pasamos en su casa, sin embargo, es extraña, turbulenta. Los dos estamos cansados y yo me marcho mañana. Marco se acerca y se aleja alternativamente, como un animal desconfiado, y cada uno de sus gestos me dice que me mantenga a una distancia prudente para no asustarle. Por la mañana da vueltas a mi alrededor como un satélite, como la luna, y yo, sentada a medio vestir en la cama, le miro y pienso en lo mucho que me gusta este chico, en cómo tiemblo sólo teniendo cerca su presencia eléctrica. Está tan lejos y, sin embargo, puedo sentirle muy cerca, rodeada de sus libros, sus objetos, sus pañuelos colgados en un somier en vertical, la mezcla seca de pinturas acrílicas sobre su paleta de madera.

Marco toca la guitarra de esa forma en que tocan los músicos y que a mí me pone a veces un poco nerviosa: como si no le importara mucho si le escuchas o no. Al final de cada canción, sin embargo, me mira y me pregunta “Ti piace?”, y yo contesto, sonriendo, que me gusta mucho, que es bellísima. Todo lo que podríamos decirnos si compartiéramos una de nuestras lenguas nos mira, agazapado, desde las esquinas de su casa enorme. No sé cómo contarle que puedo sentir su fuerza vibrando desde cada uno de sus gestos, que me llegan al mismo tiempo su luz y una oscuridad profunda e insondable, su gran ternura y su dolor. No sé cómo decírselo, así que le pido un papel y un boli (ya le he dicho que escribo), y me hago un hueco en su mesa atestada mientras él me mira de reojo con un punto de desconfianza. Me pongo el bolígrafo entre los dientes, tamborileo con los dedos, intento encontrar una primera frase que funcione. Escribo en la parte superior “Marco”, y después empiezo: Marco tiene los pies anchos y morenos, y una mirada larga, de pestañas negras y mentirosas, que te dice “derrítete”; y la primera vez que me mira, yo obedezco y me derrito”. Escribo sin parar varias páginas y, por primera vez en toda la mañana, noto que Marco está desorientado, porque ahora es él quien me siente lejos, quien nota cómo mi burbuja me envuelve y le mantiene a una distancia de seguridad, y no sabe qué hacer entretanto. Barre el suelo, le pone la comida a Shiva, alisa la almohada sobre la cama, se sienta a ver un vídeo de Pink Floyd. Cuando termino, cierro la libreta y la dejo sobre la mesa, porque no quiero imponerle mis palabras. Sin embargo, él me pide que se lo lea, así que me siento al otro lado de la cama y leo en castellano, despacio, confiando en que pueda entender lo suficiente pero no todo. Le cuento algo de lo que he visto en él y de lo que he sentido; lo bueno de no volver a verle nunca es que en estos momentos no tengo miedo de nada. Él me mira fijamente, y cuando termino me sonríe, gatea hasta donde yo estoy y se me tumba encima, abrazándome. Yo le abrazo también y me parece oírle sollozar un poco mientras le acaricio la cabeza, despacio.

Después de eso ya no hay nada. Ni direcciones, ni más fotos que las que ya tengo en la cámara digital, ni números de teléfono. Me dice que me buscará cuando vaya a España, pero se trata de una mentira tan lejana y tan bonita que tampoco le hago mucho caso. Me despido de él con la sensación de haber vislumbrado por unas horas una tierra desconocida y hermosa, y con el alivio de saber que me alejo de un hombre que podría volverme loca si quisiera. Le miro mientras recoge sus cosas, se pone su sombrero de camorrista y se cuelga la guitarra a la espalda, y disfruto del deseo y la avidez de tenerle cerca. La verdad es que no sé qué ha pasado por su cabeza en estos dos días; es difícil distinguir sus emociones de sus maneras de seductor impenitente. Sí sé, sin embargo, lo que ha pasado por la mía, y ha sido bonito, y extraño, e intenso, y fugaz, y se lo agradezco de verdad.

Aunque, por qué no confesarlo, el corazón me duele un poco.

Ya estoy aquí

Buenas a todos.
Ya he vuelto de Italia y estoy un poco de bajón. Ha sido un viaje maravilloso, con romance italiano incluido del que os hablaré en breve (nota: no a los tópicos antes de tiempo sobre los italianos, por favor).
Ahora estoy triste. Aquí no están mis amigas, nadie habla italiano, no hay bicis de paseo ni te despierta el frutero cantando "I pomodori per la salsa". Me siento como cuando era pequeña y volvía de los campamentos y, de repente, la soledad que había echado a ratos de menos se me hacía enorme.
En fin, que estoy un poco alucinada por la falta de sueño (apenas he dormido en tres días, entre el mencionado romance y el tren nocturno), pero quería dar señales de vida y agradecer los comentarios que me habéis dejado. Es tierno lo mucho que habéis tardado algunos (no miro a nadie) en enteraros de cómo iba lo de los posts programados.
Mañana sigo, entonces. Buenas noches y un beso grande.

lunes, 14 de julio de 2008

Vacaciones

Cuando Pablo y yo entramos aquella mañana en la cocina restregándonos los ojos de sueño, mi madre colocó sobre la mesa dos cuencos de helado medio derretido.
- ¿Me lo puedo comer? – preguntó Pablo, mirando el tazón de plástico con los ojos muy abiertos. Pablo siempre pide permiso para todo: para tomarse una fanta, para subirse al columpio y hasta para quitarse una piedra del zapato. Yo ya había metido la cuchara hasta el fondo, porque mi madre es de las que cambian enseguida de idea.
- El frigorífico se ha estropeado – dijo mamá, mientras apilaba en la encimera las bolsas de palitos de pescado -. Tenemos que comernos el helado antes de que se derrita. ¡Jaime! ¿Has encontrado ya el número?
La voz de papá llegó desde el salón.
- He llamado a Balay y me han dicho que eso es el servicio técnico y que ahora me dan el número. Estoy esperando.
Mamá se recogió el pelo con una mano. Siempre estaba sudando. Ella decía que era porque trabajaba como una esclava, y más en vacaciones que durante el año. Decía que estaba deseando volver a casa para tomarse unas vacaciones de verdad. Yo creo que tenía calor porque casi nunca bajaba a la piscina con nosotros: se quedaba en casa limpiando el polvo y haciendo unos cuencos enormes de gazpacho que siempre tenía que tirar, porque ni a Pablo ni a mí nos gustaba nada.
Nosotros ya habíamos terminado el helado. Empecé a dar golpes con la cuchara en el tazón.
- ¡Más, más, más! – Pablo se me unió, entusiasmado.
- ¡Ya vale! A ver, Os voy a poner más, pero esto es sólo hoy, ¿vale? Mañana desayunamos cereales otra vez.
- ¿El frigorífico no va a seguir roto mañana? – preguntó Pablo.
- Espero que no. Además, mañana ya no quedará helado.
- Bueno – dije yo – compramos más helado y mañana volvemos a romper el frigorífico, ¿vale?
Estaba claro que era una broma, pero a mamá no pareció hacerle mucha gracia. Pablo se retorcía de risa. Las gotas de colores le caían por la barbilla hasta la tripa desnuda.
- ¡Jaime! ¿Qué pasa con el técnico? - mamá limpió a Pablo con un trapo.
- Que tiene que ser mañana – papá entró en la cocina. Él también estaba sudando. Yo pensé que si el técnico no venía, lo mejor que podíamos hacer era irnos todos a la piscina, porque a pesar de lo temprano que era hacía mucho calor.
Mamá se sujetó la cabeza con las manos, como si le doliera.
- Se nos va a estropear todo. No me lo puedo creer. Llevamos tres días aquí y nos pasa esto, y con la compra recién hecha. Es que no me lo puedo creer…
Papá le puso el brazo en el hombro.
- Vamos, tranquila. Esto tiene alguna solución, seguro.
- Pues no sé yo qué solución. Quita, que me das calor.
- ¿Nos vamos a la piscina? – pregunté.
Irnos a la piscina me parecía una buena idea, porque hacía calor y ya no tenía más ganas de helado, y papá y mamá no parecían querer comer helado tampoco. Pero los dos me miraron como si yo fuera tonto y siguieron discutiendo sin contestarme siquiera.
- Bueno, Raquel, pero no me hables así porque no es culpa mía, ¿vale? Vamos a buscar alguna solución. ¿Y si les llevamos las cosas a los vecinos?
- ¿A quiénes, a los de Santander? Sí, vaya, como son tan simpáticos… Además, que todo el mundo acaba de llegar, Jaime, que no van a tener sitio porque acaban de hacer la compra, igual que nosotros.
- Pues a mí me cae bien Javi – dije yo. Era verdad. No me parecía justo que mamá se metiera con su familia; al fin y al cabo, era nuestro frigorífico el que se había roto. Javi sabía hacer surf y tenía una tabla super chula, y me enseñaba de vez en cuando, aunque casi nunca me la dejaba porque decía que era muy cara.
- Ya, Dani – dijo papá -, si Javi es muy simpático, y sus papás también. Es que mamá está un poco nerviosa por lo del frigorífico, ¿sabes?
- ¡Ya estamos con los nervios de mamá! ¡Yo no estoy nerviosa! ¡Si fuera una inconsciente como tú, a lo mejor no estaría tan nerviosa! ¡Que con este calor se van a pudrir las cosas en nada de tiempo, y a ti te da igual!
Para no estar nerviosa, mamá no parecía nada tranquila. Esta vez, sin embargo, no dije nada.
- Bueno, ¿y si cocinamos las cosas? Así aguantarán hasta mañana y luego lo congelamos todo.
- Cocinamos, dice, ¡ja! – mamá se rió, pero era una risa como la que hacemos nosotros en el colegio cuando alguien dice algo sin gracia -. Cocino yo, querrás decir, porque tú no tocas un plato.
- Mira, Raquel, si te vas a poner en ese plan…
Miré a Pablo, que estaba chupando el cuenco de colores. Se lo quité de la cara y vi que se había llenado de helado el pelo y la frente.
- ¿Qué plan, eh? ¿Qué plan?
- Mamá…
- Porque es muy fácil hablar de planes si tú no cocinas nunca…
- Mamá…
- Y cuando te digo lo liada que estoy, tu solución es que comamos en la calle. ¡Como si fuera gratis!
- ¡Mamá!
- ¡Qué!
- Que mira cómo se ha puesto Pablo.
- Ay, Daniel, de verdad, pues iros a la piscina y así se limpia, anda, y de paso no estáis por medio.
- Sí, eso – dijo papá – y tú deberías bajarte con ellos, Raquel, y así te refrescas y te calmas un poco.
- ¿Bajarme a la piscina? ¿Con la que hay montada? ¡Bájate tú, que todo te da igual!
- ¡Pues a lo mejor me bajo!
- ¡Pues muy bien!
Papá salió de la cocina dando un portazo. Cogí a Pablo de la mano, lo llevé a nuestra habitación y le puse el bañador de Spiderman. Cuando cruzamos el pasillo para salir a la calle, vi que mamá lloraba en la cocina, mirando un paquete lleno de líquido amarillo. Me di cuenta de que era la mantequilla y pensé que a lo mejor desayunar helado no estaba tan bien, después de todo.

sábado, 12 de julio de 2008

Si el silencio fuera sólido, verías en él las marcas de mis uñas clavadas. Las diez medias lunas de mi determinación aparentando indiferencia para salvar la vida.

jueves, 10 de julio de 2008

La maldita-maldita-beca (II)

Hoy ya me estoy empezando a cabrear. No he podido cambiar mi turno de mañana (recordemos que aún es lunes y no he salido de viaje) y mi coordinadora de la beca se lo ha tomado como si fuera el cardiólogo jefe del único hospital del país. A ver, coordinadora. Que sentarse cuatro horas a hablar por el messenger lo puede hacer cualquiera. Este problema entronca muy bien con el tema del post de hoy: la atención a alumnos, mi segunda función como becaria.

Para introducir el asunto, pongámonos en el lugar del alumno medio de la facultad de psicología.

"Hola, soy un alumno medio y estoy adaptándome al sistema de créditos ECTS. Gracias a la falta de idea y descoordinación que reina en la facultad acerca de dicho sistema ECTS, mi agenda de esta semana incluye catorce trabajos en grupo, seis lecturas de artículos, dos presentaciones en power point y un examen de prácticas. Me han informado de que hay unos simpáticos becarios en un despacho que me ayudan si tengo algún problema. Se me ofrecen dos opciones: ¿voy a que me ayuden los becarios y pierdo una tarde haciendo un trabajo decente? ¿O mejor hago las tareas para salir del paso y poder disfrutar parcialmente de la que se supone que es la mejor época de mi vida?".

Terrible dilema, vive dios.

Así que, como os podréis imaginar, nuestras horas de despacho transcurren en imponente soledad. Para colmo, las pocas veces que vienen alumnos se empeñan en preguntarnos sobre cosas que no sabemos (al menos yo): misteriosas técnicas de Excel, análisis de varianzas o cómo hacer que el Word no te cambie el formato cuando le apetece. Con lo cual mi parte dos del cometido como becaria se divide entre perder el tiempo y quedar como una tonta. Tendríair que ver la cara de "eres inútil" que te ponen los alumnos cuando te ven trastear con la barra de herramientas del Windows Vista como si fueras una madre intentando mandar un mail.

En general, sin embargo, mi beca no está mal. El problema es que es una beca ciclotímica: tan pronto pasas dos semanas asfixiada bajo montañas de tareas por corregir como te tienes que inventar los informes para que no parezca que no estás cumpliendo con tu importante cometido. Ejemplo:

Informe A: semana tipo alto ejecutivo.

Tarea: corregir ejercicios de metodología en la plataforma digital Ágora.
Tiempo: 5 horas.
Comentarios: ha sido una tarea exigente y agotadora.

Informe B: semana tipo "Los lunes al sol"

Tarea: revisar mi bandeja de entrada.
Tiempo: media hora.
Comentarios: he actualizado mi correo y me he puesto al día con los profesores de los diferentes departamentos.

Premio negociable a quien adivine cuál de los dos contiene una mayor carga de fanstasía becaria.

Y con este post queda más o menos resumido cómo me he ganado el pan durante este último curso. Hale, que me voy a dormir, que mañana hay que madrugar para llegar a Madrid, de allí a Roma y de allí a Lecce a ver a la PK-mon-amour :D

miércoles, 9 de julio de 2008

La maldita-maldita beca (I)

Me he dado cuenta de que mi blog es un poco aleatorio. La mayoría de los blogs tienen un tono más o menos uniforme para todas sus entradas: tono chorri-divertido, tono dramático-existencialista, tono cultureta-sencillo. Mi blog fluctúa. Y últimamente nos estamos deslizando hacia el modo chorriblog a una velocidad pasmosa. Entre los calamares de mi compañera de piso, los cuestionarios para ligar por Internet y los pasatiempos para niños, este blog está perdiendo esa pátina de seriedad literaria que siempre le ha caracterizado. Bueno. Qué le vamos a hacer.

Siguiendo con la tónica chorriposteante de la entrada anterior (que no voy a enlazar porque está justo ahí debajo), he pensado que no os expliqué demasiado bien en qué consiste la maldita-maldita-beca. Ha dado la sensación de que llevo todo el año tocándome la bola y ahora voy a extender la manita para que el Estado me subvencione los macarrones. Nada más lejos de la realidad. Empecemos desde el principio.

Érase una vez una niña que quería estudiar fuera*. No sabemos bien por qué, si esta niña era feliz en su ciudad y, para colmo, ha resultado estar más apegada a su terruño que un geranio. Puede que todo se deba a que su padre siempre le daba maravillosas lecciones sobre la vida como "lo que no hagas ahora no lo harás nunca" o "no te eches novio hasta los 35". Este padre probablemente no sabía mucho sobre el alto coste de la vida pseudoindependiente o sobre la relación de la incidencia de malformaciones en el feto con el aumento de la edad de la madre. A ver, que divago. La cuestión es que, por circunstancias de la vida que no vienen al caso y que tienen que ver con su llamativa maleabilidad y ausencia de opinión propia, esta niña se encontró estudiando periodismo en Barcelona, primero, y psicología en Granada, después (de periodismo sólo hice un cuatrimestre. Otro día os cuento esa historia). En cuarto curso, la niña se dio cuenta de que, o encontraba una forma de subvencionarse el tema vivir por su cuenta, o se iba a tener que volver a su ciudad de origen. Curiosamente, y a pesar de su naturaleza geraniácea, la niña le había cogido el gusto a eso de fregar platos y viajar en el Alsina y decidió quedarse en Granada.

Vale, esa niña soy yo, así que voy a cambiar a la primera persona, que esto es un poco agotador. Cuando estaba planteándome seriamente la prostitución de lujo como modo de vida, apareció, como caída del cielo, la convocatoria de la maldita-maldita-beca, que sobre papel se llama así:

Becas de alumno colaborador para la experiencia piloto de implantación del crédito ECTS.

Ahí lo llevas.


Me apresuré a rellenar el formulario y mi brillante expediente hizo el resto. Así que ahí me tenéis, hecha una becaria. En teoría, la maldita-maldita-beca tiene las siguientes tareas:

Tarea número 1: ayudar a los profesores.

Aquí es donde hay que hacer un breve inciso y explicar un poco qué entienden los profesores de mi facultad por adaptación al crédito europeo. Ellos estaban tan contentos con sus clases magistrales: venían, leían sus diapositivas, observaban pacientemente cómo las aulas iban vaciándose a medida que pasaban los meses, ponían su examen y listos. Cuando se enteraron de que debían cambiar de sistema y favorecer la autoformación, la adquisición de habilidades y la independencia del alumno, se apresuraron a informarse en profundidad y reestructurar su asignatura desde los cimientos.




















Una cosa así
.


Con semejante panorama, cuando yo me presenté en el despacho de los profesores que me habían asignado con mi cara de becaria y mi lección preparadita (HolasoyMarinalabecariadesuasignaturaqueestoyaquíparaayudarleconlaimplantación delcréditoECTSyestoyasudisposiciónparaloquenecesite), la mayoría se limitaba a contestarme: "Ehh... uh". Yo les dejaba un post-it con mi dirección de correo y me marchaba silbando El puente sobre el río Kwai.

Pero no os engañéis. Éstos son los mejores. Los peores son los que realmente se han tomado en serio la chorrada ésta del crédito europeo y quieren hacerlo bien. Porque ésos no te dicen "Ehh... uh". Qué va. En su cerebro se enciende una bombillita con un letrero que dice más o menos esto:

¡¡TENGO UNA BECARIA!!

Y cuando has terminado de soltarles tu frase de presentación, te contestan:

- Muy bien, pues pásate por aquí mañana que tengo una tarea que darte. O bueno, de hecho si eso te lo puedes llevar ya, ¿te importa?

["¿Te importa?" es una frase que, como becaria, vas a oír muy a menudo.
- Uy, es que acabo de terminar de corregir el examen hoy, pero necesito las notas pasadas para mañana, ¿te importa?
O bien:
- Ya sé que no tienes que subir esa tarde, pero es que me harías un enorme favor si te encargas tú de abrir los laboratorios, ¿te importa?]

Este tipo de profesores no se limitan a colgar tu post-it con la dirección de correo en su tablón y a ignorarlo el resto del curso, qué va. Estos te dicen:
- ¿Me podrías dar también tu número de teléfono?

Alarma. Peligro. Danger. Las dos cosas más importantes que he aprendido este año es que trastorno NO se escribe "transtorno" y que NUNCA debes darle tu número de teléfono a un profesor. Si lo haces, corres el riesgo de recibir la tarde de tu cumpleaños mensajes escalofriantes como éste:
"Marina, soy X. Por favor, revisa LO ANTES POSIBLE tu bandeja de entrada".

Pavorosas mayúsculas. Gracias a mensajes como éste, he desarrollado un condicionamiento aversivo por la bandeja de entrada de la Universidad, y cada vez que la abro se me hace un nudo en el estómago. Lo bueno es que estos profesores escasean. Si todos fueran así, esta beca sería demasiado parecida a la esclavitud como para ser legal.

Mañana continuaré hablando del resto de mis funciones como becaria. Sed buenos y pensad en mí, elegantemente tendida en las playas del tacón de la bota, protegiendo mi delicada piel roacutanosa con crema pantalla total.

*Historia ficticia.

martes, 8 de julio de 2008

El traje nuevo del emperador

Mañana me voy a Italia. Creo que eso ya os lo he dicho. Lo que no os he dicho es que antes tengo que cubrir un turno de despacho de mi maldita-maldita-beca. Por si no os he explicado antes en qué consiste mi cometido como becaria, se supone que tengo que ayudar a alumnos y a profesores con el trabajo extra que se derive de la aplicación del plan Bolonia: echar una mano con los power points y presentaciones orales, corregir trabajos, etc. En la vida real, lo que hago básicamente es pasar notas de alumnos a Excel y venir a la facultad dos tardes por semana a atender a un alumnado que no tiene ningún interés en ser atendido. No viene nadie NUNCA, pero ahora es JULIO, así que es imposible que vengan alumnos por la sencilla razón de que aquí no hay alumnos (bueno, miento: acabo de ver a una de las empollonas de mi clase en un aula de informática con otro grupito haciendo nosequé. Seguro que son extras para subir nota de los que no quiere que los demás nos enteremos).

¿Qué haces aquí entonces, dulce Marina? Eso quisiera saber yo, avispado lector. Cuando me enteré de que teníamos que venir en verano a atender al alumnado inexistente, intenté apelar al supuesto sentido común de mis congéneres humanos.
- ¿Pero por qué tenemos que venir en verano?
- Pues porque la beca dura nueve meses y empezamos en noviembre.
- ¿Y por qué no la resuelven antes?
- ...
- Bueno, ¿y por qué no juntamos todos los turnos que nos tocan a cada uno para tener que venir sólo una vez?
- Porque entonces nuestra dedicación al resto de tareas de la beca se resentiría.
- ¿¿¿RESTO DE TAREAS???
- ...
- Bueno, ¿y por qué no venimos en octubre, que todavía no se habrá resuelto la convocatoria del año que viene? En octubre sí hay alumnos y profesores, y a principios de curso es cuando hace falta más ayuda.
- Es que octubre ya es de la convocatoria del año que viene y nosotros ahí no nos podemos meter.
- ¡¡Pero si la convocatoria no sale hasta noviembre!!
- ...

Total, que no ha habido manera. Aquí me tenéis, y otros dos días de septiembre que también me tocan a mí. Y aún tengo que estar agradecida, porque me han juntado los turnos y con venir dos veces mañana y tarde ya he cumplido. A mí no es que me importe trabajar, ni siquiera venir aquí. Me jode la irracionalidad, esta sensación de estar vendiendo mi tiempo en lugar de mi esfuerzo. Que me sienten aquí a echar horas en el messenger para justificar lo que nos pagan (que tampoco es tanto, al fin y al cabo, y que encima nos llega con meses de retraso), hace que me hierva la sangre.

Para colmo, mañana no puedo venir (si todo va bien, estaré metida en un autobús on the way to Madrid para coger el avión a Roma) y no encuentro a nadie que me cambie el turno. Que si convenciera a las conserjes para que encendieran la luz durante el tiempo que se supone que voy a estar aquí, el efecto sobre la comunidad educativa sería más o menos el mismo. Pero ahí me tenéis, suplicando favores porque "esto no se puede quedar desatendido". Como si fuera una centralita del 061. Ya puedo imaginarme a los alumnos volviendo súbitamente de sus vacaciones y haciendo cola en la puerta para que les explique cómo se hace un póster para un congreso. "¡Por favor, por favor! ¡Si no encuentro la forma de pegar esta gráfica, el universo implosionará!".
Bueno, voy a poner esto para que se publique mañana, que si no me voy a quedar sin posts vacacionales enseguida. Seguiremos en contacto, queridos lectores.

PD: Que me vaya de viaje no quiere decir que no vaya a leer con cariño e ilusión todos vuestros comentarios. Es más: mi cariño y mi ilusión serán mucho mayores después de ocho días (¡OCHO DÍAS!) de abstinencia. Esto quiere decir que como llegue y no me encuentre mis posts programados llenos de comentarios laudatorios, en el próximo viaje os dejo a pan y agua quizá me esfuerce menos en disimular mi ausencia.
PD2: Pero os quiero, ¿eh?

domingo, 6 de julio de 2008

Me voy

Ahora que se están poniendo tan de moda los coach, entrenadores personales e incluso asistentes que te compran la ropa sin que tú tengas que salir de casa, se me ocurre un sector de mercado inexplorado que podría dar muchos beneficios: preparar equipajes. Todos estamos de acuerdo en que viajar es genial, sí, pero ¿quién no pagaría para que alguien se encargara de hacernos la maleta y nos depositara, con todo lo necesario pero sin llevar más carga de la cuenta, en el mostrador de facturación del aeropuerto? El preparador de equipajes estudiaría el viaje en cuestión, las características del viajero y otras circunstancias (limitaciones de las compañías aéreas, costumbres autóctonas) y prepararía una maleta óptima para que nosotros sólo tuviéramos que preocuparnos de anticipar las maravillas foráneas.

Por desgracia, creo que aún no se ofrece ese servicio y, en cualquier caso, no creo que pudiera permitírmelo. Así que tengo que hacerme yo solita el equipaje para pasar ocho días en el sur de Italia, con un handicap: sólo podemos llevar 10 kg de peso y hay que dejar espacio para parmesano barato y pasta precocinada de sabores chulis regalos para todos. Cualquiera que me conozca un poco puede dar fe de que la pasión por el riesgo no es una de mis virtudes. Yo soy la típica que lleva en el bolso una rebeca, un botellín de agua y un neobrufén. La típica que quiere reservar el camping y llevar muchas sombrillas a la playa para no deshidratarse. Mis amigas, que son una mezcla entre Chuck Norris y el tipo ése de la Ruta Quetzal (¿cómo se llamaba?), se ríen mucho de mí por estas cosas. Véase si no un extracto del mail que nos ha enviado hace poco mi querida amiga PK, que es la que vive en Italia y nos alojará estos días:

A ver, os informo: aki hace calor, y mucho, si alguna se kiere traer algo pa cubrirse x la noche en la playa o algo asi...k lo haga, tp pesa tanto en la maleta, xo vaya, yo aki tengo cosas y no los estoy usando, un chal en to
caso.(este punto es sobreto pa marina, k luego ya se como es con el frio)

(Nota: no juzguéis a la PK por su ortografía).

Ahí lo tenéis. El caso es que aquí estoy, viviendo sin vivir en mí pensando en qué voy a poder meter en mi maleta limitada. Tendré que ceder en alguno de mis básicos, como el forro-polar-por-si-acaso, el perfume o el aloe vera. De todas formas, hay algo que me parece profundamente injusto: yo, Marina, 47 inocentes kg de peso, 10 kg de equipaje; un señor italiano aficionado a la lasaña, 90 kg de peso, 10 kq de equipaje. A mí que me lo expliquen. Si la vida fuera de verdad justa, podría llevar una maleta normal, e incluso tendría que pagarme la compañía aérea por hacer que su avión viaje liviano y seguro.

Gracias al posteo programado de blogger, podré dejaros alguna muestra de mi escritura maravillosa para que no me echéis mucho de menos, que ODIO a la gente que se va y me deja huérfana durante semanas con la excusa de "blablabla, estoy de viaje, blablabla". Sí, claro; cuando vuelvas de tu viaje y estés otra vez metido/a en tu rutina miserable, ¿a quién le suplicarás para que te deje comentarios y alegre un poco tu triste vida?

Bah, no me hagáis mucho caso hoy. Estoy premenstrual y previaje. Se me pasará.

jueves, 3 de julio de 2008

Confusiones



Cuando fui a mi primer taller de escritura, allá por mis años mozos, nuestro profesor de entonces nos habló del famoso minicuento de Augusto Monterroso. Seguro que lo conocéis:

Cuando se despertó, el dinosaurio aún estaba allí.

Este minicuento, por muy famoso que sea, tiene un problema: es sintácticamente confuso. Leedlo atentamente y entenderéis a qué me refieiro. Así que la primera vez que lo escuché y hasta mucho tiempo después, pensé que era el dinosaurio el que se había despertado. Pero resulta que no: el protagonista del cuento es otro, un él invisible, que es quien ve al dinosaurio cuando se despierta. Ahí está la gracia, se supone. Sin embargo, a mí el minicuento me parecía lo suficientemente fascinante con el significado que le daba yo (me lo ponía de nick en el messenger y, en aquella época de mi vida -turbulentos diecisiete-, ése era el mayor honor que podía darle a una frase). Todavía me lo parece: despertarme cada mañana y descubrir que aún estoy aquí, que sigo siendo Marina en el cuerpo y la vida de Marina, en general me parece normal, pero a veces me sorprende. Éste es un concepto muy raro que creo que ahora no podría explicaros bien, porque estoy muy cansada, pero tiene que ver con que me resulta un poco extraño mantener una identidad constante a lo largo de la existencia: con la de posibilidades que tiene ser humano, y a nosotros la vida no nos ha dado más que una. Otro día amplío la idea, lo prometo.

Otro caso curioso de confusión gramatical lo protagoniza el omnipresente J., que durante mucho tiempo pensó que la máxima del relato "no decir, mostrar" (o sea, no explicar los sentimientos, sino hacer que el lector los perciba y pueda vivirlos) era una prohibición de decir la palabra "mostrar". Menos mal que no es un verbo de uso muy común en los relatos.

En otro orden de cosas, he empezado mis vacaciones y cambiado la posición sentada típica del estudio por la horizontal del vagueo indiscriminado. Así que no os preocupéis por mí si no escribo mucho.