massobreloslunes: octubre 2008

lunes, 27 de octubre de 2008

Más sobre los chinos (historia parcialmente verídica)

P. (en un chino a medianoche, comprando cervezas) :A ver, tú que sabes tanto: ¿por qué los chinos tienen esas estatuas de gatos que mueven el rabo a pilas? Quiero decir, que entiendo lo del gato, pero no lo del movimiento del rabo.

Yo: ¿No te sabes esa historia?

P.: No...

M.: Pues verás... todo se remonta a un antiguo emperador de la dinastía Ming (no me preguntes cuándo, soy malísima con las fechas). El caso es que en palacio vivía un gato de un raro pelaje, entre amarillo y marrón, al que llamaba "el gato de oro". Había nacido poco después de que el emperador consiguiera arrebatarle el trono a su hermano pequeño, que lo había usurpado vilmente encerrándole en una mazmorra en los confines de China (no me preguntes exactamente dónde, la geografía se me da fatal). El emperador lo consideraba símbolo de su buena suerte y augur de futuros triunfos, por lo que le trataba con privilegios de príncipe.

>> El caso es que el soberano cayó gravemente enfermo. Como suele suceder en estos casos, los médicos más afamados del país fueron a visitarle. Le clavaron agujas de acupuntura, le aplicaron ventosas de aire caliente, revisaron su carta astral y le masajearon los pies, y después de comprobar el resultado de sus tratamientos el veredicto fue unánime: no le quedaban más que unos pocos meses de vida. Desde la ventana de su dormitorio, el emperador podía ver al hermoso gato dorado reposando en uno de los muros de palacio. Estaba totalmente inmóvil, a excepción del balanceo acompasado del rabo. Cuando los médicos comunicaron su conclusión (pues en la tradición china se cree que la persona debe saber cuándo se acerca el momento de su muerte, para poder prepararse adecuadamente), el emperador sacudió la cabeza y comenzó a reírse.

>>- Mirad al gato de oro - dijo, señalando débilmente al animal tumbado en el muro -. Siempre me ha traído suerte. Mientras esté conmigo, no podrá sucederme nada malo.

>> Los médicos se miraron entre sí, apuntaron disimuladamente a su sien con el dedo y salieron en fila india de la estancia imperial.

>> Casualidades de la vida: al cabo de unas semanas, el gato dorado murió, víctima de una mala caída del muro de sus siestas. Cuando la emperatriz se enteró, su corazón se encogió de miedo. Sin el gato de oro, el emperador aceptaría su fatal destino y se consumiría como la llama de una vela. Así que ordenó embalsamar al animal en la misma posición en la que solía echar su siesta. Colocado sobre el muro, parecía dormir pacíficamente, como de costumbre. Sólo la inmovilidad del rabo delataba el engaño, así que la emperatriz lo ató con un fino hilo de pescar y encargó a un criado que se dedicara toda la tarde a balancearlo con suavidad felina.

>> El emperador pasó los meses de vida que le restaban tranquilo y feliz, pensando que el gato estaba ahí para protegerle y que nada malo podía pasarle. Cuando por fin aceptó la inmediatez de su muerte, sintió que la presencia del gato dorado le ayudaría a pasar a la otra vida y reunirse con sus antepasados. Y así murió con una beatífica sonrisa en su rostro, dejando por fin libre al criado para que fuera a darse unas friegas en los entumecidos músculos del brazo.

>> Es por esto que las estatuas de los gatos que hay en los chinos mueven el rabo a pilas: porque mientras permanezca en movimiento, nada malo puede pasarles.

>>Fin de la historia.

P.: Te lo has inventado, ¿verdad?

Yo: Claro.

P.: Ah, vale.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Chino-filipino

Vale que últimamente no escribo mucho. Entre otras cosas, porque aún no tengo internet en casa, a excepción de quince minutos diarios que generosamente me regala el FON. Esos quince minutos son tan escasos, tan preciados y pasan tan rápido que tengo que dedicarlos a asuntos importantes, como mirar el correo o abrir a la vez veinte ventanas con blogs variados para leerlos más tarde.

Ahora bien: es muy cierto que si realmente-realmente quisiera escribir, encontraría el momento (como lo estoy haciendo ahora) y me pasaría por aquí más a menudo. Así que la auténtica causa de mi desaparición es que, en general, no se me ocurre nada. O, mejor dicho, se me ocurren cosas pero no tienen la suficiente entidad y cuerpo ideológico como para considerarlas un PP (Post Potencial).

Sin embargo, hay un lugar que es fuente inagotable de inspiración para mí, y que me sumerge en un mundo de PP's cada vez que voy a visitarlo. Este lugar es El Chino. No como restaurante (que también), sino como una de esas tiendas que antes se conocían como el Todo a Cien o, más popularmente, Los Chollos. Ayer pasé una fabulosa media hora en El Mejor Chino de Granada* y pensé "Tengo que escribir sobre esto. El mundo tiene que saberlo".

No me acuerdo muy bien de cómo era el Chollo tradicional, regentado por españoles castizos - por cierto, ¿dónde están? ¿A qué clase de mobbing siniestro les han sometido los chinos (personas) -, pero sí sé que los Chinos (tiendas) de ahora son como el Hipercor, pero más baratos. El Mejor Chino de Granada (Hiperchino, en adelante), tiene de todo: tiendas de campaña, cestitas para perros, medias adelgazantes y un masajeador facial en forma de delfín, por mencionar sólo algunos artículos. Esta variedad, por alguna extraña razón, no es directamente proporcional al tamaño del Chino. Quiero decir, que el Hiperchino tiene de todo (literalmente), pero el año pasado solía comprar en otro más pequeño que había cerca de mi casa y nunca (insisto: nunca) me fui de allí sin encontrar exactamente lo que quería. Independientemente de su tamaño, un Chino es una especie de vórtice espacial donde se acumulan todos los objetos que uno pueda necesitar en su vida cotidiana. En ese sentido, pasa como con el Corte Inglés, solo que a una escala más humilde: uno llega y dice "quiero un perro verde", y el chino (dependiente) te contesta "¿de qué tamaño?".

Luego está el asunto del idioma. Porque siempre parece que el chino (dependiente) no te entiende y, sin embargo, sabe exactamente lo que quieres y dónde está. Esto, teniendo en cuenta la mencionada variedad de artículos del Hiperchino, quiere decir que tienen una amplitud de vocabulario preocupante. Esto me lleva a pensar en cómo será el entrenamiento de los chinos (personas) cuando llegan a España. Imagino que debe de haber una especie de curso intensivo que comprende:

a) Todos los productos de la tienda.
b) Direcciones e indicaciones, tipo "pasillo del fondo a la delecha".
c) Todos los números múltiplos de cinco y la palabra "euros" ("eulos").

Con esto, el chino (persona) está preparado para ser un chino (dependiente) estándar.
Por último, quiero mencionar la cuestión de robar en un Chino. ¿Alguien lo ha intentado alguna vez? El Hiperchino es grande, sinuoso y suele estar casi desierto, y mi presupuesto es bastante precario. Sin embargo, nunca (insisto: NUNCA) se me ocurriría meterme en el bolso ni una sola de sus velas perfumadas. Porque ya se sabe lo que pasa si te pillan robando en el Corte Inglés: un señor de incógnito te mete en una habitación secreta, coge tus datos y llama a tus padres. Pero ¿qué pasa si robas en un Chino? ¿Alguien cree que se limitarán a darte una amable reprimenda? No sé por qué, pero yo pienso en torturas y deportación (¿prejuicios raciales? Sí y mil veces sí). Por si acaso, prefiero no intentarlo.

Y aquí acaba mi jugosa disertación, que me tengo que ir a clase.

Volveré.

*Camino de Ronda, entre Plaza Einstein y Calle Sol.

jueves, 9 de octubre de 2008

Santa indiferencia

Queridos blogonautas:

El curso de meditación ha tenido unos efectos muy raros en mí. De repente veo a todo el mundo a mi alrededor como si fueran marcianos haciendo cosas de marcianos. Esto no se debe, como muchos podríais pensar, a que aquello sea un secta ni nada parecido. Sectas a mí. He leído demasiados libros de Gran Angular como para distinguir una a diez kilómetros a la redonda. Creo que más bien se debe a que una se pasa diez días metida ahí en la profunda paz del Dhamma, rodeada de personas estupendas y alegres que sólo tienen como finalidad mejorarse a sí mismas y ayudar a los demás a hacerlo, y el mundo exterior, con sus vicios y sus ansias, le parece un poco raro.

Esto me preocupa. No quiero irme a los Himalayas y meterme a monja. Ni siquiera haciendo como un amigo de mis tíos, que se ha retirado a un monasterio en Francia y ha conseguido que le dejen comer carne, bajarse pelis de Internet y llevarse la bicicleta. Pero hacía mucho tiempo que no tenía esta sensación tan intensa de NO QUIERO ESTAR AQUÍ, NO QUIERO, NO QUIERO. Es como si el entusiasmo (o la ansiedad) de la gente por sus ocupaciones (estudios, trabajos y demás) me pareciera un poco ajeno, y no fuera capaz de incorporarme a esa ola de interés y aplicarla a lo que es mi vida ahora mismo. Aunque tampoco es que haya otra cosa que me apetezca especialmente hacer. Y esto está muy mal, porque meditando intento conseguir ecuanimidad, no esta indiferencia enorme y tristona.

Yo qué sé. Supongo que se me pasará; en cualquier caso, a lo mejor sólo estoy intentando enfocar espiritualmente algo que no es más que una depresión posvacacional como otra cualquiera. O la crisis de fin de carrera. O el otoño. Pero es que ha sido un verano TAN genial. TAN relajado. Y ahora muero TANTO de amor (que sí, que ya lo contaré, pero cuando tenga más tiempo, y ganas, y una buena idea para hacer un post bonito bonito).

En fin. Tranquilidad. Tengo un libro de Paul Auster, una caja de Campurrianas y a la PK en Granada. La vida no puede ser tan mala, después de todo.

martes, 7 de octubre de 2008

Resumiendo

He estado en un curso de Vipassana. Stop. Experiencia estupenda. Stop. De vuelta en Granada. Stop. Sin ganas de empezar el curso y/o la maldita-maldita beca. Stop. Muriendo de amor. Stop. Ya os contaré. Stop. Sin PC en casa. Stop. Se me ha acabado la hora de Internet. Stop. Iremos volviendo a nuestro ritmo habitual. Stop. Si esto fuera un telegrama de verdad, me saldría carísimo. Cambio y corto.