massobreloslunes: 2009

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Me doy

Hace tiempo que este blog ha dejado de tener sentido para mí. Llevo meses escribiendo con cuentagotas, y cada nuevo post me cuesta la misma vida. El blog ha dejado de ser ocio para convertirse en un pesado deber. A veces ni siquiera abro la página porque me da cargo de conciencia ver siempre el mismo post encabezándola. No me siento cómoda con quien soy aquí; la mezcla de realidad y ficción, de anonimato y veracidad, es demasiado extraña y dolorosa como para mantenerla sin sufrir una especie de esquizofrenia creativa agotadora.

Así que me doy. Considerad el blog cerrado por derribo. Gracias por los buenos ratos y un abrazo fuerte.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Oposeitor

Uno no sabe lo que es estudiar hasta que no oposita. Por lo menos si, como yo, has hecho una carrera que podría terminar casi cualquiera que sepa leer y escribir. Yo pensaba que estudiaba mucho, pero en realidad lo que hacía era llegar tarde a la biblioteca, leerme el 20 minutos, echar una horita, irme a tomar café, echar otra horita, dar vueltas por la sección de literatura inglesa, echar un ratillo más e irme a casa a comer porque tenía hambre. Por la tarde, más de lo mismo. Como lo hacía con cierta continuidad (en época de exámenes, que yo antes de enero nunca he tocado un apunte) y tengo un buen cerebro, he sacado notas razonablemente buenas con un esfuerzo moderado.
Ahora estoy mutando. De una estudiante normal me estoy transformando en OPOSEITOR: un modelo de estudiante que te repugna hasta que empieza a suscitar tu admiración y que, sin darte cuenta, te fagocita y se apodera de tu alma.

¿Cómo se convierte una en Oposeitor?

Uno: empiezas a llegar a la hora a la que abren la biblioteca, o puede que cinco minutos antes, para coger sitio. Realmente, creo que esta es la característica de Oposeitor que peor llevo, porque me apaño sistemáticamente para entretenerme en casa antes de salir, pero lo compenso angustiándome un montón por llegar a las nueve y diez en vez de a las nueve en punto.
Dos: dejas de tomar café. Tus descansos se reducen a ir y venir del servicio o, como mucho, a comer algo de pie en el pasillo con cara de pena. Porque ésa es otra: el auténtico Oposeitor está solo, porque él no ha venido aquí a hacer amigos.
Tres: te compras unos tapones de los oídos por si a) hay ruido ambiental, b) tu compañero de mesa está resfriado y no conoce el concepto “pañuelo”, c) te has sentado en frente de unos amigos muy amigos con muchas dudas sobre los apuntes.
Cuatro: empiezas a ponerte los tapones de los oídos siempre, aunque no haya ruido. Oposeitor posee la agudeza auditiva de Superman, y cualquier leve susurro alteraría su concentración de hierro.
Cinco: te sientas de cara a la pared y miras agresivamente a la gente que habla, diciéndoles con los ojos: “Os estoy escuchando y llevo tapones para los oídos”.
Seis: te compras un cronómetro y lo paras cada vez que te levantas o te distraes para tener un índice OBJETIVO de cuánto estás estudiando realmente. Los compañeros de mesa observan tu cronómetro con respeto y tú sacudes la cabeza con suficiencia sin dejar de mirar los apuntes.
Siete:llegas a la conclusión de que las manzanas son unas malditas ladronas de tiempo, así que cambias tu merienda por un zumo y te lo bebes a escondidas delante de tu mesa para no tener que levantarte. "Ojalá no necesitara comer", piensas, maldiciendo el deficiente diseño humano.
Ocho: te pones las manos sobre la frente estilo anteojeras. Si alguien se acerca y te saluda (algo difícil, porque ya hemos dicho que Oposeitor no tiene amigos) te sobresaltas un montón y dices: “perdona, es que no te había visto”.
Nueve: dejas de beber agua para no tener que mear; sobre todo si, como yo, tu vejiga tiene el tamaño de una cereza. "Ojalá no necesitara evacuar residuos", piensas, agitando un puño en dirección a Dios.
Diez: te das cuenta de que a) te sientas siempre en el mismo sitio (en la última mesa y de cara a la pared) y te pones nerviosa si alguien te lo quita; b) caminas hacia dicho sitio y mentalmente taraeas la música de Darth Vader en La Guerra de las Galaxias.

Una vez que la mutación se ha completado, tú la sistematizas en un decálogo y lo escribes en tu blog, para que así tu opo-obsesión se alimente de ti y siga crecieeendo y crecieeendo…
Argh.

domingo, 4 de octubre de 2009

Me he comprado una bici estática

Mi padre me dijo una vez que una opinión es como el culo: todo el mundo tiene una. Qué frase más útil. También me dijo que las excusas son como el culo, y también me pareció una frase la mar de útil, pero hoy centrémonos en las opiniones.
Es curioso, porque cuando hablas con alguien de cualquier cosa o le comunicas una decisión que has tomado, la persona tiene enseguida algo que decir al respecto. O sea, que tú llevas equis tiempo dándole vueltas a esa decisión y calibrando pros y contras, pero él o ella saben lo que es mejor para ti después de cinco microsegundos de procesamiento.
Esto viene a que me he comprado una bici estática. Cuando se lo cuento a la gente, lo primero que me dicen es:
- ¿Una bici estática? ¡Qué coñazo! ¿Por qué no coges la normal y sales a que te dé el fresco?
Claro. Qué buena idea. Resulta que cuando llegue a mi casa a las nueve y media de la noche después de estar todo el día memorizando psicoconceptos, voy a coger mi bici, a bajar del pico del águila donde vivo y a jugarme la vida en oscuras callejuelas de barrio residencial para hacer el hippie al aire libre.
Yo creo que en la vida hay dos tipos de personas: aquéllas para las que el deporte es un placer y aquéllas que lo consideran una obligación. Yo soy del tipo B. Sí, mola hacer deporte, cuando terminas tienes un montón de endorfinas y tal, pero a mí no me lo pide el cuerpo. Lo hago (cuando lo hago) porque si no mi organismo, de por sí de una calidad regulera, va a empezar a deteriorarse a toda velocidad y tendré todavía más posibilidades de terminar mi vida soltera y comida por pastores alemanes. A mí el cuerpo me pide leer, escribir, tocar el piano o dormir la siesta, pero ponerme a sudar gratuitamente, casi que no. Así que lo de la estática es, digamos, una solución de compromiso entre mi culo y yo: él dice que en seis meses de oposición está dispuesto a ponerse como un puf de esos de bolitas que se desparraman por el suelo, y yo que bueno, que haré un ratito de ejercicio al día para no llegar al punto en el que el daño sea irreparable.
De momento, a la estática no le veo más que ventajas. Me la compré de segunda mano por setenta euros y ya la he usado unas diez veces, así que me queda poco para amortizarla. Me pongo series en el ordenador y hale, a pedalear. Es verdad que no ves el exterior, que no respiras el aire fresco ni saludas a los niñitos con el timbre, pero también es verdad que, a cambio, puedes ver House, que a estas alturas es bastante más entretenido que la calle. Te libras de escalones, peatones molestos, coches abusones, cuestas y aire contaminado. Sólo pedalear sin pensar en nada más que en qué coño tendrá este paciente, que lleva siete punciones lumbares y dos resonancias magnéticas y todavía no tienen ni idea de qué le pasa.
Además, no pierdo tiempo desplazándome a gimnasios o al paseo marítimo, puedo ponerme estupendos modelés de ejercicio casero (pantalones cutres, tripa al aire, cintas en el pelo), liquido el asunto en cuarenta minutejos y después me voy directamente a la ducha y a la cama. ¿Que pedaleando en el sitio no se llega a ningún lado? Pues sí, es verdad, pero estoy segura de que eso es bueno para mi ego y la comprensión de la impermanencia.
Y por último, pero no por ello menos importante: si no consigo la plaza en Enero, al menos mi culo estará estupendo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Sigo viva (dicen)

ACTUALIZACIÓN: ESTUDIOS.

Sigo estudiando oposiciones. Esto quiere decir que lo más emocionante que me ha pasado la última semana es que han empezado de nuevo todas mis series favoritas. Las series son el consuelo de los corazones aburridos. No es que me disguste especialmente el trabajo de estudiar. Tiene sus ventajas: no interaccionas con nadie, pero no te peleas con nadie, vas a tu ritmo y las únicas expectativas que tienes que cumplir son las tuyas. Las desventajas de opositar y de mi vida actualmente es que no tengo alicientes. No creo que de aquí a Enero me pase absolutamente nada digno de mención.
¿Cómo llevo el estudio propiamente dicho? No malament, que se diría en catalán. Aún tengo inmensas lagunas, y de lo que he estudiado en la primera vuelta no creo que recuerde más de una cuarta parte. No obstante, tengo confianza en mí misma y en que en el repaso los conocimientos se despertarán mágicamente de mis neuronas dormidas. Por otra parte, me he dado cuenta de que no me preocupa demasiado el examen PIR, al menos de momento. Ampliaré eso un poco más en “vida espiritual”.

ACTUALIZACIÓN: VIDA ESPIRITUAL.

Decía que no me preocupa el PIR porque he estado haciendo un curso de Vipassana y en lo que menos pensaba era en eso. Creí que pasaría los tiempos muertos agobiadísima, dándole vueltas a mi futuro, a mis posibilidades y a qué pasará si no saco la plaza, pero qué va. Pensaba más bien en viejos y persistentes asuntillos emocionales y en chorradas, como capítulos de Friends que reproducía en mi mente cuando no podía formir. Del PIR nada absolutamente. Estudio bastante, pero no estoy agobiada. A lo mejor debería echar más horas, pero ahora mismo no me encuentro capaz. Necesito descansar y estar despejada. De todas formas, después de meditar, los conocimientos entran en mi mente como por una autopista de cuatro carriles.
El curso ha sido muy provechoso. Una vez más, me he dado cuenta de hasta qué punto la Vipassana está salvándome la vida y ahorrándome enormes cantidades de sufrimiento emocional. Ahora intento meditar mis dos horas diarias, aprovechando que no tengo un horario fijo y que me puedo distribuir las horas de estudio como yo quiera. Estoy tranquilísima. Un cosa buena de mi falta de emoción vital es que mi mente está calmada como un lago zen: ni ligues, ni presiones más allá de ir estudiando poco a poco, ni peleas, ni nada de nada. Aburrido, sí, pero tranquilito.

ACTUALIZACIÓN: VIDA SENTIMENTAL.

Pues me estoy planteando poner un anuncio en el blog, como Undermind. Busco novio. Razonablemente guapo (¡yo soy guapa! ¡tengo fotos que lo atestiguan!), con inquietudes espirituales, sentido del humor y buen corazón. Que se preocupe por los demás y no sólo por su estupendo ombligo. Que tenga ganas de aprovechar la vida sin estresarse y que esté dispuesto a querer y a dejarse querer. Sin embargo, tampoco tengo tan claro que esté buscando pareja ahora mismo. En el tiempo que llevo aquí en Málaga estudiando me han llamado la atención levemente dos personas (con novia en los dos casos, maldita propiedad privada), y en los pocos días que ha durado cada flash amoroso, apenas podía mantener la vista fija en la página. O amor o plaza, eso está claro. Además, ¿quién me iba a querer a mí, una monja del PIR que medita dos horas diarias, no bebe alcohol y sabe resolver el cubo de Rubik de 2x2, 3x3 y (casi) 4x4? Soy una freak, y ni mi rubiez natural me va a salvar de eso.

Por otra parte, me siento seca. Tampoco hace tanto que ventilé por completo el asunto J., y ahora es como si hubiera estado trabajando de sol a sol en el árido campo de nuestra relación durante ls últimos cuatro años. Estoy hecha polvo. Además, estar sola te aleja de las emociones de tener pareja, pero también te mantiene a salvo del dolor emocional. No hay desconfianza, ni apego, ni incertidumbre, ni decepciones. Nadie te juzga y tú no juzgas a nadie. Nadie te evalúa para ver si eres la mujer de su vida y nadie te absorbe la energía como si fuera un vampiro y tú una moza de jugosas arterias. No es que no quiera volver a tener nada con nadie nunca, pero sola estoy bien y estoy a salvo y, en esta época de mi vida, es lo que más necesito.

De todas formas, conociéndome a mí y a mi historial (hombre que me gusta-> hombre que se cambia de ciudad) seguro que me enamoro de alguien de otro país o, lo que es peor, de alguien de Málaga justo después de haber elegido la plaza PIR en otro sitio. Así que, mientras más tarde todo eso en llegar, casi mejor.

ACTUALIZACIÓN: AMIGOS.

Además del post de busco novio, también podría poner otro de busco amigos. Mis amigos/as están esparcidos por el mundo. La PK en Granada, María en Estambul, Elsa en Almería, Caro en Canadá, Metemari en Sudamérica, Adri en Holanda, Funes en Granada, la Albina en Madrid y el único que está en Málaga es el imbécil de J. Como decía Ethan Hawke en Grandes Esperanzas, soy un juguete del destino. Que sí, que eso también está muy bien para no distraerse, pero que con tan poca distracción sacaré la primera plaza pero me volveré loca por el camino. Así que si alguien de Málaga quiere ser mi amigo/a y acompañarme al cine o a tomar una tapa después de estudiar, que se ponga en contacto conmigo. Para los amigos no soy tan exigente como para los novios.

ACTUALIZACIÓN: EN GENERAL.

Para ser una opositora de 24 años sin novio, sin amigos residentes, con una familia desmembrada y perspectivas profesionales dudosas, me encuentro sorprendentemente bien. Muy tranquilita. Echo de menos escribir más a menudo: escribir me hace sentir viva. Pero mi creatividad está tan ausente como mis amigos o mi vida sexual. Tengo ideas, pero cuando llego por las noches no tengo ganas de ponerme a escribir, y los fines de semana hago poca cosa más que dormir. A ver si con el horario de otoño me administro un poco mejor los días y consigo sacar algo, aunque sólo sea para recordar que soy una mente creativa y no sólo una acumulación de datos sobre psicología.

Con esto me despido hasta dentro de espero que poco. Recordad que sigo contando mis intimidades pasadas y presentes en http://marinasecreta.blogspot.com, y que para haceros lectores sólo tenéis que cumplir tres requisitos: 1) No ser mi madre; 2) No ser mi ex y 3) Escribir un mail a massobreloslunes, arroba, gmail.com.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

martes, 25 de agosto de 2009

El día del bacterio

Para el Húngaro, con todo mi cariño

Estábamos en una fecha indeterminada entre enero y marzo. Yo acababa de entrar en mi cuarto cuando escuché a Dani, mi compañero de piso húngaro, llamarme desde su habitación con voz quejosa:

- ¡¡Mariiinaaa!! ¡¡Mariiinaaaa!!

Para algunas cosas, Dani es como un niño pequeño: el hijito que la PK y yo nunca pedimos. Durante este año, solía entrar en la casa gritando: “¡Marta! ¡Marta! ¡Maartaa! ¡MAARTAA!” desde la puerta de entrada por todo el pasillo hasta llegar a la cocina, donde la PK le esperaba mesándose los rizos y chillando: “¡¡QuéquieresDaniporDios!!”. De hecho, en nuestra pequeña familia, estaba claro que la mamá era la PK. Creo que yo era el padre, o la tía soltera; no lo tengo muy claro.

Me acerqué a la habitación de Dani y abrí la puerta. Me lo encontré bajo su edredón nórdico (yo aún no lo sabía, pero ese edredón estaba destinado a permanecer ahí hasta mayo), retorciéndose de dolor, con la cara de un curioso color blancuzco.

- ¡Estoy malito! – gimió -. ¡Tengo diarrea y vómitos!

Luego me miró muy serio y anunció gravemente:

- Creo que es un bacterio.

Tuve un breve flashback del fin de semana. Dani se había calzado, además de sus habituales cervezas, cubatas, chupitos patrióticos de Unicum y psicotrópicos, una hamburguesa, comida china y lo que le gustaba llamar “una Shawarma Perfecta”. Sí, claro. Un bacterio.

[Nota: tengo que aclarar que a Dani muchas veces no le corregimos las palabras que dice mal porque nos hace gracia que las diga mal. ¿Maldad? ¿Humor? Qué sé yo; es tan fina la línea que los separa…]

Llamé a mi madre, que es médico de digestivo, para que me aconsejara. Me dijo que la diarrea no había que cortarla: que lo mejor era que tomara limonada alcalina durante un día y luego se pasara a dieta blanda. Que si le dolía el estómago se tomara un paracetamol.

Como yo tengo alma de madre y, de hecho, no sé por qué he estado relegada al papel de padre-tía en nuestra pequeña familia del piso, bajé a comprar limones y le hice a Dani dos litros de limonada alcalina. Se lo coloqué al lado y me miró como si le estuviera obligando a beber basura.

- No tengo sed – lloriqueó.
- Pero ¿tú quieres deshidratarte, o qué?
- ¿No te ha dado tu madre el nombre de ninguna pastilla que me pueda tomar?
- No, Dani, la diarrea no hay que cortarla para que eches lo que te hizo mal. Pero te puedes tomar un paracetamol para el dolor.
- ¡¡Quiero paracetamol!! ¿Me das paracetamol? – Dani era de los míos. Quién quiere dolor habiendo drogas.

Le disolví un efferalgan en un vaso de agua y se lo tragó con mucha cara de autocompasión y un par de arcadas. Insistí otra vez en que tenía que tomar mucho líquido y me fui a mi cuarto. Creo recordar que le amenacé con el desequilibrio electrolítico y la muerte, pero como tengo un poco de fama de aprensiva, no sé si me hizo mucho caso.

Al cabo de un rato, empezó a darme toques al móvil. "Si no tiene fuerzas para gritar - pensé -, mala señal".

- ¿Y no crees que me sentaría bien comer algo? – me dijo, en cuanto llegué corriendo a la puerta de su cuarto.
- No, Dani. NO. Tienes que tomar limonada hasta mañana.

En esos momentos entró la PK. La capacidad de gritar de Dani se reinstauró:

- ¡Marta! ¡Marta! ¡Maartaa! ¡MAARTAAAA!
- ¿¡¿Qué, Dani?!? - la reconfortante vuelta al hogar no existía para la PK.
- ¡¡¡TENGO UN BACTERIO!!!
- Dani, no tienes un bacterio – la PK seguía la misma lógica aplastante que yo -. Te sentaría mal el shawarma, el chino, la hamburguesa, la Guinness, el Unicum…
- ¡Pero si a mí nunca me ha sentado mal una Shawarma Perfecta!

Sacudimos la cabeza. Su lógica no tenía fisuras.

En la hora siguiente, nos llamó unas setenta veces para preguntarnos:

- Si podría tomar vitaminas y luego hacerse algo blando de comer, como una patata cocida. Para el que no lo conozca, el Húngaro lo cocina todo con una media de siete especias y tres kilos de mantequilla. Una patata cocida en sus manos tenía todas las papeletas para terminar acompañada de nata, picante y un montón de paprika.
- Si podría tomar Unicum, porque el Unicum son hierbas y en la Hungría antigua se recomendaba como medicina.
- Si no sería que el problema era no comer y debería hacerse algo blando, como una pechuga de pollo con ajito. Como veis, el concepto de blandura en su mente iba deteriorándose a medida que avanzaba el bacterio.

Al final conseguimos mantenerle medio entretenido diciéndole que al mediodía siguiente, si estaba bien, podría hacerse sopa de pescado.

- ¡Oh, qué bueno, sopita de pescado! – Dani alucinaba bajo su edredón nórdico. Recordemos que llevaba aproximadamente dos horas de dieta líquida .

La siguiente vez que fuimos a verle, tenía cara de preocupación.

- Yo creo que estar aquí tumbado tanto tiempo no es bueno para mi cuerpo – decía.

Qué tío. Todo el año debatiéndose entre el alcoholismo y la vigorexia, y ahora resultaba que lo malo para su cuerpo era estar tumbado. ¿Hacer pesas y después irse de copas? ¿Jugarse la vida boxeando con los calorros borderline de su gimnasio? Mariconadas al lado del reposo y la dieta líquida. El verdadero valor de un hombre se mide en la enfermedad, eso está claro.

Al día siguiente, al volver de la facultad, me encontré a Dani de pie en la cocina, con todos los tarros de especias abiertos y un papel de envolver pescado extendido sobre la encimera. Esto lo veía venir, pensé.

- Llevo soñando con la sopa todo el día – me dijo, con los ojitos brillantes. Parecía que acababa de volver de Auschwitz.

Eché un vistazo a la sopa. Tenía tal densidad de merluza, patatas y gambas que no se podía mover el cucharón. La paprika flotaba en tranquilos charquitos anaranjados sobre el caldo.

- No tienes medida, Dani – suspiré, moviendo la cabeza, mientras él reía malévolamente y le echaba pimienta a su sopa.

Esa misma noche empecé a potar yo. Pasé ese día y el siguiente debatiéndome entre la vida y la muerte, aunque mucho más resignada que Dani al reposo y a la dieta líquida. Unos chicos que estaban de huéspedes del couchsurfing me trajeron alkaseltzer, que sólo consiguió que fuera al baño a vomitar cinco minutos después, no sin antes anunciar en el salón: “Voy a potar; gracias, couchsurfers”.

Sin embargo, lo peor de estar enferma no fue la pota, ni la diarrea, ni el dolor abdominal. No fue la pérdida total de mis habilidades como anfitriona. Ni siquiera que la PK no se contagiara y proclamara la superioridad de su sistema inmune por no haber pasado su vida atiborrada a pastis como yo.

Lo peor fue que el maldito Dani tenía razón. Era un bacterio.

domingo, 23 de agosto de 2009

Tiempos modernos

A ratos pienso que es una suerte que los niños ya no jueguen en la calle. Imaginad la que tendrían que liar para jugar a las casitas. Yo soy la mamá, tú eres el papá, él es el hijo. Ésta es la casa de la mamá y ésa la del papá. Tú eres la novia del papá y tú el novio de la mamá, y el hijo tiene que ir a pasar un fin de semana en cada casa. La novia de papá odia a mamá y el papá odia al novio de mamá. Tú eres la hija del novio de mamá y tú eres el ex marido de la novia de papá. Vaya follón. Necesitarían todo el patio de recreo y un ingente equipo humano para representar fielmente la situación. Casi mejor los sims.

lunes, 17 de agosto de 2009

Las cosas que no son como recuerdas

Hace ya bastante tiempo escribí este post en el que recordaba a C., el heavy que se me declaró hace siete años en un campamento de verano. Sé que da pereza, pero entenderéis mejor lo que voy a escribir a continuación si leéis el post del heavy.

El viernes pasado empezó la feria de Málaga. Odio la feria. Odio las aglomeraciones, el alcohol, la música muy alta, el alcohol y las aglomeraciones (¿hay algo más?). El viernes por la noche había fuegos artificiales. Genial. Los fuegos molan si, digamos, tienes diez años y vives en la posguerra, pero en el mundo actual, con youtube, seriesyonkis y realidad virtual, ¿quién quiere ver fuegos artificiales? La playa se llena de gente borracha, y ya he dicho lo que pienso de las aglomeraciones y el alcohol. Así que me dispongo a pasar la noche en mi casa leyendo en camiseta y bragas cuando suena mi móvil. Número desconocido.

- ¿Sí?
- ¿Marina?
- Sí, ¿quién es?
- Soy C.
- ¡Ey, hola! ¿Qué pasa?
- Adivina lo que pasa.
- ¿Estás en Málaga?

Me visto, agarro la moto y me planto en la playa de la Malagueta para ver a C. A ver, no tengo ningún tipo de intención rara. Hace poco le escribí por el tuenti, y una de las cosas buenas que tienen los tuenti y los facebook es que te evitan las sorpresas desagradables. Mi heavy estaba gordo y calvo y eso ya lo sabía yo.

("Marina, eres una superficial". "No es eso, es que me gustan los guapos". Aclarado este punto, prosigamos.)

Llego a la playa y veo acercarse a C. en medio de la gente. Además de fondón y calvete, es más bajito de lo que le recordaba. ¿Habré crecido?, me pregunto. Sacudo la cabeza, me acerco a C. y le doy un abrazo. Sus ojos, eso sí, siguen brillando igual que cuando tenía 16.

Soltamos unos cuantos tópicos sobre lo rápido que pasa el tiempo y lo lejos que quedan ya los campos de trabajo. Hablamos de la vida. Mentira: habla él de su vida y yo suelto cuatro frases sobre qué hago con la mía. Habla sin parar. Recordaba a C. mucho más receptivo; a lo mejor el problema es que en aquella época intentaba ligar conmigo y esta noche no. Es bien sabido que el grado de escucha de un tío es directamente proporcional a su interés por llevarte a la cama.

Le noto alterado, un poco verborreico. Fuma un ducados cada diez minutos y se ventila rápidamente un cubata en vaso de plástico. Me ofrece. "No, gracias", digo, y le doy un trago a la botella de fanta de naranja que han traído sus amigos para mezclar con vodka.

Caminamos por la ciudad hacia el centro. Las calles están llenas de gente que canta y grita porque va hasta el culo: una alegría tan falsa como la moria. Me acuerdo de J. cuando me decía que no entendía el concepto "irse de fiesta" cuando no había nada que celebrar. Hablo con C. (C. habla y yo escucho) de las ganas que tiene de emborracharse mañana en la feria de día y del GPS que le ha instalado al móvil. Después me cuenta que ha dejado a su novia. Me pregunto si es una señal: C. está soltero y yo podría devolverle los besos que le dejé a deber en los campos de trabajo. Fondón y todo, me siguen gustando sus ojos y su sonrisa.

Me voy después de un par de horas, agorafóbica perdida en medio de las calles atestadas. Camino deprisa hacia casa y C. me manda un mensaje al móvil: "Mañana nos tomamos una cerveza, ¿no, chula?". Contesto que me he alegrado mucho de verle y no digo ni mu de la cerveza de mañana. ¿Cómo le explico que ya no tenemos nada que ver con nuestros yos adolescentes que hablaban de la vida en unas gradas vacías? "Mira, C., lo siento pero no tenemos nada que decirnos o que aportarnos, no ahora, no en estas circunstancias, en medio de la feria de Málaga de 2009, conmigo y contigo estudiando oposiciones, no tan mayores ni con tanto ruido".

Al día siguiente vuelven a quedar para ir a la feria. Yo me callo, me quedo en casa y, sencillamente, dejo que la vida siga.

viernes, 7 de agosto de 2009

Exnovios, lectores y otras víctimas del Dhamma

J. se ha ido a meditar. Mi madre dice que tengo que dejar de deprimir a mis exnovios y luego mandarles a meditar para que se arreglen. "Francamente, mamá", le digo, "es una visión del asunto no falsa, pero sí un poco simplista".

En cualquier caso, os quería contar lo que me pasó en el último curso de Vipassana al que fui, que no pude terminar porque mi muela del juicio decidió salir gloriosamente de mi encía entre litros de pus y kilos de dolor no ecuanimizable.

Al curso había ido yo con MQEN, el primer exnovio que ha pasado por el proceso "Marina-depresión-meditación" (y que, por cierto, está bastante contento con el cambio... el cambio depresión-meditación, no el cambio Marina-meditación, espero). Estaba muy contenta de ir con él, aunque casi le da un soponcio el día que me tuve que ir por lo de la muela y no pude avisarle, porque pensaba que me había dado una embolia y nadie quería decírselo para que no se preocupara. (¿Por qué una embolia? Pues no sé, preguntádselo a él).

El caso es que el primer día, cuando todavía se podía hablar, me encontré con una chica en el baño cuyo nombre no mencionaré aquí por cuestiones de privacidad y blablablá.

- Oye, ¿tú eres Marina? - me dijo.
- Sí, ¿y tú?
- Yo soy X., la amiga de Y., ¿te acuerdas de mí?

Resultó que nos habíamos visto en feria y que era lectora habitual del blog.

- ¿Y cómo tú por aquí?
- Pues nada, que leí sobre la Vipassana en tu blog y he decidido probar.

No sé qué le pareció el curso, porque ya os digo que me tuve que ir a mitad y después no he tenido oportunidad de hablar con ella, pero me alegró mucho saber que mi indecente proselitismo vipasssanero sirve de algo, y sobre todo de que no va a ser necesario salir con, deprimir a y convencer a todas las personas que conozco para que se animen a probar.

Espero que a J. también le sirva, que está muy pochito.

domingo, 2 de agosto de 2009

Lo que sé sobre la felicidad

(Nota: he escrito esto a raíz de una conversación con una persona. Sin embargo, persona, esto NO va dirigido a ti ni tienes por qué tomártelo como una respuesta. Es una reflexión mía, la he escrito aquí por si puede aprovecharle a alguien, y punto)

Yo creo que la felicidad no existe, y que en el momento en que todos aceptemos eso, seguir adelante nos va a resultar muchísimo más fácil. La felicidad, entendida como un estado de continuo éxtasis y armonía con el mundo y con los demás, es una mentira; es como la zanahoria del burro, que nos sirve para seguir caminando pero que nunca va a estar en nuestro estómago.

¿Quién puede creerse que es posible conseguir esa supuesta felicidad? Vivimos en un mundo impredecible, aleatorio y complicado, y el final de nuestros cuerpos es morir y pudrirse. Sólo por eso, por el hecho de que algún día tendremos que despedirnos de todo (¡¡De todo!! Del sol, del mar, del sexo, del sushi, de nuestros amigos, de la hierba, de nuestra colonia favorita, de correr, de respirar... tú y yo, Obama y Beyoncé) la felicidad como un estado constante de bienestar es inconcebible. Cuanto más ordenadito y tranquilo lo tenemos todo en nuestras vidas, más fácil es que venga alguien y nos lo joda. Perdemos dinero, nuestro novio nos deja, nos diagnostican un cáncer y a tomar viento la felicidad. O, simplemente, nos levantamos una mañana con el paso cambiado y en lugar de sentirnos contentos, nos sentimos tristes, o enfadados, o desilusionados.

La vida está llena de malas sensaciones. Como mucho, podemos aspirar a pequeños momentos de tranquilidad, de alegría, de ilusión. Con práctica, podemos incluso atisbar la paz interior. Pero tampoco la paz está exenta de sensaciones desagradables; sólo la iluminación lo está, y ni siquiera tengo claro que la iluminación exista (no por nada, sino porque todavía no lo he vivido).

Ya he dicho muchas veces que para mí la meditación es el camino para la paz interior (que no para la felicidad entendida como he explicado antes). Es el camino (para mí) porque es el que he experimentado y el único que me está funcionando. Sin embargo, incluso a un nivel un poco menos espiritual, la perspectiva de la propia vida puede cambiar mucho si dejamos de pensar en términos de "sentir"y nos enfocamos en "hacer". Sentirse bien todo el rato es imposible, y es el deseo de sentirnos bien el que nos paraliza.

Es mentira que podamos elegir cómo reaccionar ante las cosas, en el sentido de que no podemos elegir nuestras sensaciones. Eso es una mentira de la psicología cognitivo-conductual: cambia tus pensamientos y cambiarás tus sensaciones. Aunque esto fuera cierto, aunque el vínculo pensamiento-sensación fuera así de sencillo y de unívoco, no podemos controlar nuestros pensamientos. Con un poco de introspección se da uno cuenta de que la mente viaja a gran velocidad y de que, además de la corriente de autohabla que solemos generar todo el día, existen otros pensamientos muchísimo más sutiles y veloces. Una sensación puede venir en respuesta a un pensamiento claramente formulado o a una percepción casi inconsciente, que ha desencadenado una oleada de recuerdos o de imágenes que nos han puesto tristes sin que nos demos cuenta.

Lo que sí podemos controlar es el hecho de intentar movernos constantemente en la dirección de aquello que nos importa. Elegir lo que nos importa en el ámbito laboral, social, familiar, físico o lo que sea y movernos en esa dirección es algo que está al alcance de cualquiera. No se trata de objetivos, porque un objetivo es algo estático, y la vida cambia todo el rato. Ir en dirección a algo es como ir al este. Siempre se puede ir hacia el este, porque el este ni llega ni se acaba nunca.

Por ejemplo: yo me muevo hacia ser una mejor profesional. Ahora mismo estoy estudiando con ese objetivo. Cuando saque mi plaza PIR, seguiré moviéndome: haré la residencia, estudiaré terapia ACT, abriré mi consulta, quizá oposite a psicóloga de la seguridad social... el número de cosas que puedo hacer para ser mejor profesional es infinito. En ese camino, probablemente tenga malos momentos. Estaré estresada, cansada, aburrida, no tendré ganas de escuchar a mis pacientes, perderé pacientes que no están contentos con mi manera de trabajar. Sin embargo, eso no querrá decir que yo no siga moviéndome en dirección a lo que me importa en todo momento. Elegir un camino profesional que sólo me reportara satisfacciones sería prácticamente imposible, y tengo que estar dispuesta a la frustración para seguir creciendo.

Tengo el carnet de conducir desde hace casi cinco años y he conducido poquísimo, porque no tengo coche y por ciudad prefiero ir en mi moto. Sin embargo, intento coger el coche de mi madre de vez en cuando por carretera para no perder la práctica. Cada vez que tengo que hacer un viaje (Málaga-Granada, por ejemplo) lo paso un poco mal. No es que vaya acojonada, pero voy en tensión y me canso mucho, y tengo algún sobresalto por mi culpa o por la de los demás. Me siento mejor tumbada en mi cama que conduciendo hacia Granada y, obviamente, podría elegir estar tumbada leyendo un libro y tomando una limonada. El problema es que entonces no iría a Granada. No me movería. Tengo que elegir entre tener sensaciones agradables y estar quieta, o no tenerlas y moverme.

La queja con la que la mayoría de los pacientes van al psicólogo tiene que ver con "me siento mal". Es lo que se llama el criterio alguedónico, y figura incluso en el DSM-IV, el manual de trastornos psicopatológicos con que se manejan los clínicos. El penúltimo criterio de cada trastorno suele ser "los síntomas descritos causan un malestar clínicamente significativo y un deterioro social, laboral o personal en la vida del sujeto". Entonces la filosofía es: me siento mal y estoy parado. Me siento mal porque me pasan cosas malas, luego cuando dejen de pasarme y me sienta bien, podré ponerme en marcha. Señor psicólogo, por favor: haga usted que me sienta bien.

Como psicóloga, pienso que es importante reconocer el dolor ajeno. No se trata de menospreciar el sufrimiento de los demás o de decir que no tienen motivos para estar tristes. Pero la tristeza es como un pasajero que va en nuestro coche separado por un cristal blindado, que deja pasar el sonido pero no le deja tocarnos: molesta, resulta cansino, pero sólo hace falta darse cuenta de que, en realidad, no puede impedir que sigamos conduciendo.

No se trata de negar que se está triste. Se trata de no asustarse del sufrimiento y de no dejar que nos paralice. Como decía Don Quijote: "Ladran, luego cabalgamos".
Queridos lectorcillos:

Tras mucho reflexionar (es un decir) y unas cuantas entradas en mi blog secreto, he decidido (más o menos) cómo voy a organizar mi pequeño y minoritario universo online.

Voy a seguir escribiendo aquí con la frecuencia escasita a la que os vengo acostumbrando, me temo.

Voy a seguir escribiendo en mi blog secreto y contando intimidades a quien se apunte al carro. Las entradas que publique en este blog, también las voy a colgar en el otro, para que no os volváis locos y sólo tengáis que leer uno.

Hale, besitos.

jueves, 23 de julio de 2009

Brand new blog

Queridos lectores:

Me he abierto un blog de desahogo para escribir chorradas y burradas. Pensaba llamarlo así, CHORRADAS Y BURRADAS, pero me he decidido por algo menos sonoro.

He limitado el acceso, así que si os apetece leerlo, por favor, escribidme un mail y os agrego a la lista de seguidores. Por razones de seguridad, de momento sólo voy a admitir a personas con blog propio, más que nada para saber que no son conocidos que quieren cotillear. La gracia está en desahogarme con desconocidos; si no, apaga y vámonos.

Si no tienes blog, quieres leerme y se te ocurre alguna buena manera de demostrarme que no eres mi madre o mi ex, adelante. Estoy abierta a sugerencias.

Mi mail es massobreloslunesspamnogracias@gmail.com Por supuesto, tenéis que quitarle el spamnogracias (ay, que hay que explicároslo todo).

Un beso y nos vemos allí.

sábado, 18 de julio de 2009

Mnemotecnia

Me estoy leyendo "Desarrolla una mente prodigiosa", de Ramón Campayo, el campeón mundial de memorización. Enseña técnicas de estudio, lectura rápida y asociaciones inverosímiles para memorizar los datos puros (números, nombres, etc). Así, por ejemplo, si yo quiero aprenderme que los antecesores de la noción de esquema en la psicología cognitiva son Head, Piaget, Neisser, Battler, Ingram y Kendall, me imagino a un pez sin escamas (Piaget, esquemas) y sin cabeza (Head) bailando ballet (Battler) con Nessie (Neisser) en IKEA (Ingram y Kendall). Pues mira qué bien.

Entonces me acuerdo de mi italiano al amanecer de hace casi un año, sentado en medio del bosque con las piernas cruzadas, señalándose los ojazos negros y diciendo "gli occhi", y luego los labios gruesos, "le labbra", y los huesos anchos de los hombros bajo la piel morena "la spalla", y pasándose la mano frente a la cara golfa y sonriente, "il viso".

Qué asociaciones inverosímiles ni qué niño muerto. Eso es mnemotecnia y lo demás son tonterías.

martes, 14 de julio de 2009

Aviso: típico post noactualizoporque.

No actualizo porque no sé muy bien qué escribir. Todo me parece demasiado íntimo, o demasiado estúpido, o demasiado pretencioso, o demasiado superficial. Me da la sensación de que o escribo cuentos (algo que ahora mismo no puedo hacer porque mi cerebro está a tope) o lo que escriba va a ser una chorrada. He empezado a autoexigirme. Malo, malo.

No actualizo porque estoy en modo enfadado últimamente. Me recuerda a la tira de Mafalda en que Miguelito dice que se encuentra pedante y Mafalda (creo) le pregunta algo como "¿y qué se supone que tedremos que aguantarte ahora?". Así que llevo un par de semanas muy enfadada y no sé muy bien con quién ni por qué. Tampoco sé qué es lo que vais a tener que aguantarme.

No actualizo porque estoy harta de que me lea gente conocida. No os ofendáis los conocidos. Ya he dicho que estoy enfadada. Siempre he sido partidaria de que me lea todo el mundo, hasta mi madre, porque creo que hay que abrirse a los demás por doloroso que eso pueda resultar. Pero enlazando con lo que he dicho del enfado, últimamente no tengo ganas de abrirme a nadie. Y he empezado a autocensurarme. Todavía más malo (peor, lo sé, se dice peor).

No sé si mudarme, privatizar el blog, borrar los comentarios o hacerme mechas, que decía el anuncio aquel tan guay de la sopa. Decidme qué opináis vosotros, si es que estáis ahí.

Besitos.

viernes, 3 de julio de 2009

El suceso anteriormente conocido como mi vida

Yo tenía una vida. Ahora tengo un examen a finales de enero. No os creáis que eso es malo, porque yo soy bastante monocanal: prefiero tener una sola cosa de la que ocuparme. Mi vida no es exactamente apasionante, pero estoy muy tranquilita.

Afortunadamente, el duendecillo que me lavaba la ropa y me hacía la comida cuando estaba en bachillerato ha decidido volver. Creo que le gusta más Málaga que Granada. Dejo la ropa en el cesto de la ropa sucia y el duendecillo no sólo la lava, sino que LA PLANCHA. Se me había olvidado la experiencia de llevar toda la ropa planchada; toda, hasta las bragas. Mi duendecillo hace que opositar resulte mucho más fácil.

Os dije que no tendría nada interesante que contar cuando me pusiera a estudiar y es cierto. Incluso mi intensa vida interior es monotemática. Se me ocurren cosas como el guión de una película que es como "Slumdog Millionaire" sólo que basada en mí y en el examen del PIR. Hago un examen perfecto (250 aciertos) y los del Ministerio de Sanidad me llevan a comisaría y me preguntan que cómo me las he apañado para acertarlas todas. Que a quién he sobornado. Yo les digo que sabía las preguntas, y que cada una de ellas se relaciona mágicamente con mi vida estudiantil y/o amorosa. Pero ese tipo de cosas sólo tienen gracia para mí y para mis amigos PIR.

Porque he hecho dos amigos PIR en la biblioteca. Uno de ellos es muy majo pero un poco raro. Como le dije que llevo un expediente más o menos bueno, me hace bullying porque el suyo es muy bajo. Se me sienta enfrente y cada rato me da con los nudillos en la mesa y me dice "sshhht, ¡no estudies más!". Me pega unos sustos de muerte. He intentado explicarle que si salen 130 plazas, puede hacerle bullying a los otros 128 y apoyarme a mí, que soy su compi de biblioteca y ni siquiera me quiero quedar en Málaga.

La otra amiga PIR creo que sólo quiere fotocopiarse mis apuntes, pero bueno.

También he hecho amores platónicos de biblioteca, como sabía que me ocurriría en cuanto pasara allí más de una semana. Los de calle Ollerías son todos feos o pijos. Estudian para oposiciones de funcionario aburrido o de Derecho y no parecen tener mucho carisma. En la biblioteca rara del barrio raro, que por cierto me han dicho que se llama Huelin, he descubierto una nueva especie de opositor bibliotequil: el Opositor a Bombero. El que más y el que menos es alto (piden estatura mínima), tiene sus musculitos (para las pruebas físicas), no lleva gafas (necesitan una vista perfecta) y está moreno (a mí es que el moreno me ha molado de siempre). Aunque en general no sean mi tipo, ayer se me sentó uno al lado que me tenía desconcentrada. No parecía Einstein, pero nos habrían salido unos hijos preciosos. Utilicé mi famosa estrategia de "voy a poner pose y a parecer interesante". Seducir a un opositor a bombero calorro en una biblioteca: no es fácil.

Por lo demás, no hay mucho que contar. Voy a intentar vivir aventuras maravillosas este fin de semana a ver si así animo un poco el cotarro.

jueves, 25 de junio de 2009

Malagueando

Alguna vez he comentado que la Biblioteca Pública de Granada es uno de mis sitios favoritos de la tierra. Creo que es donde querría que se quedara vagando mi alma si por lo que sea no llega a transmigrar. Después de mantener un apasionado y friki romance con ese edificio durante cinco años, estaba muy poco predispuesta hacia las bibliotecas malagueñas. Es un poco como cuando te deja el amor de tu vida: todos los demás hombres te parecen basura y te cuesta mucho aceptar que otro pueda también tener sus cosas buenas.

Ahora estoy estudiando en el Centro Cultural Provincial, en calle Ollerías. La calle es sucia y rara, y la gente es un poco amenazante (en cualquier caso, toda Málaga es un poco así: sucia, rara y amenazante), pero la biblioteca es preciosa. Luminosa, modernita, de techos altos y suelos de parqué. En el descanso voy a desayunar a un bar super auténtico y me tomo un sombra descafeinado en vaso pequeño y un pitufo con tomate y aceite. Miro por la ventana y veo el balcón de enfrente con una malla alrededor de los barrotes, y me pregunto si será porque tienen gato y no quieren que se caiga.

Esta tarde, sin embargo, he ido a la Biblioteca Municipal de Málaga. La he encontrado buscando en google y he llegado milagrosamente en moto, teniendo en cuenta mi precario sentido de la orientación. Es algo así como el edificio más espantoso que he visto en mi vida: azul pitufo, con salas diminutas y oscuras y llena de gente amenazante en bañador y chanclas (y lo que que la gente es amenazante en Málaga es cierto. No es un sesgo mío). Además, está en un barrio que no sé ni cómo se llama, pero que es feísimo y que por lo que sé podría ser Algeciras o Getafe, por decir sitios raros y feos y lejanos.

Parece ser que tendré que pasar allí mucho tiempo, porque no he encontrado otro sitio que abra por las tardes en verano. Reconozcámoslo, he sido expulsada del paraíso. Y no lo digo sólo por la biblioteca.

lunes, 22 de junio de 2009

Ordenar

Ayer pasé parte del día ordenando las cajas que he traído de Granada. No es fácil, porque no se trata sólo de colocar lo que traigo, sino de hacer previamente sitio en mi habitación de Málaga. A pesar de que el cuarto es gigante, está tan lleno de cosas que parece que se reproducen. Libros que no leo, apuntes viejos, carpetas del colegio, ropa que detesto y que no me pongo pero que no está lo suficientemente vieja como para deshacerme de ella. Empecé a tirar el año que me fui a Barcelona, y cada año saco bolsas enormes de basura de esta habitación y, aun así, todavía tengo la angustiosa sensación de que me la basura va a enterrarme.

Por ejemplo: la maqueta de tecnología. Detesto profundamente esa maqueta. La hice para un proyecto de tercero de ESO y es monísima: una reproducción a escala de mi habitación con minimuebles, un minitablón de anuncios, minipósters en las paredes y minicojincitos. No es tan bonita como para ser un disfrute de los sentidos, pero sí lo suficiente como para resistirme a tirarla cada vez que ordeno. La miro, respiro hondo, la tiro a la bolsa de basura, suspiro, la saco y la coloco de nuevo en su sitio jurándome que voy a encontrar el momento de volver a pegar las maderas.

O las libretas. Después de 24 años conviviendo conmigo misma, aún no he aceptado que No Escribo A Mano Nunca. Sí, yo querría ser como Torrente Ballester o como Ana Frank y tener una pluma fetiche con la que rasguear las páginas mientras la lluvia golpea en la ventana. Pero odio profundamente escribir a mano. Así que tengo algunas libretas llenas y otras (la mayoría) con unas cuantas páginas garabateadas y el resto en blanco. Las pocas páginas que tengo escritas contaminan toda la libreta con su obscena carga de pasado, y arrancarlas me da cargo de conciencia.

¿Tiene sentido acumular "recuerdos"? Entradas de cine, dedicatorias de campamentos, programas de las fiestas de fin de curso... al fin y al cabo, sólo los ves cuando ordenas. Nunca dices "voy a mirar recuerdos" y luego te pones a flipar y a cantar Karina.

Sin embargo, estoy recordando que el verano pasado, cuando J. estaba tan triste, le dije que sabía perfectamente cómo se sentía, porque yo había estado igual cuando volví de Barcelona. Al llegar a mi casa, saqué las libretas y comencé a leerlas muerta de miedo. No sabía qué iba a encontrarme debajo de esas tapas. En Barcelona sí escribía a mano, por pura testarudez. Cuando empecé a leer toda la ilusión, la confusión y la pena de aquellos cuadernos, no me sentí avergonzada ni estúpida, como pensé que pasaría. Me sentí orgullosa. Pensé que le eché mucho valor.

Pero es una mierda, porque ahora cada vez que me plantee tirar los cuadernos pensaré en la nostalgia, en el valor, el crecimiento personal y todo eso, y seguirán acumulándose y criando polvo en los cajones de mi estantería.

sábado, 20 de junio de 2009

Planes

Después del lloriqueo, voy a contaros qué haré con mi vida los próximos meses.

He llegado hoy a Málaga después de un día de mudanza muy loco. No he dormido, he cargado cajas como una mula y he terminado por tirarle un huevo al coche de un tío que nos había quitado el aparcamiento (no quiero comentarios sobre mi falta de ecuanimidad). Ahora estoy sentada en mi cuarto (tan grande, tan limpio, tan silencioso) en una tarde malagueña fresca y húmeda que, después de cocerme a cuarenta grados durante una semana en Granada, me está sentando estupendamente.

Pues bien: voy a opositar. Qué opción original para esta época de crisis, ¿verdad? Voy a hacer el examen para conseguir una plaza PIR. ¿Qué es el PIR? Básicamente, como el MIR de los médicos, pero con una pequeña diferencia: mientras que ellos tienen más de una plaza por cabeza, nosotros tenemos aproximadamente una para cada 18. Mis expectativas no son malas, sin embargo: considerando mi expediente y mi capacidad, creo que puedo hacerlo.

Empiezo a estudiar el lunes y el examen es en enero. Si no saco plaza, no sé si continuaré estudiando otro año o cambiaré de planes; depende de cómo se me dé esto de opositar. No estoy muy preocupada. Hace unas semanas lo estaba, pero ahora mismo me encuentro bien: motivada, con fuerza y con ganas de empezar algo nuevo. Si saco esa plaza, tendré formación y sustento asegurados durante los próximos tres o cuatro años. Conseguiré el título de psicóloga clínica y podré trabajar en la sanidad pública o montármelo por mi cuenta.

¿Qué voy a hacer con este blog? Intentaré escribir, aunque no creo que me pase gran cosa más allá de ir de mi casa a la biblioteca. Pero me esforzaré. Contaré recuerdos de mi infancia o me inventaré las vidas de la gente. Sin embargo, puede que el ritmo o el interés de las actualizaciones baje. Sed comprensivos y amorosos.

De momento, me quedo con esta tarde de primavera en el trópico, si es que eso existe. Ya iremos viendo qué tal anda todo lo demás.

viernes, 19 de junio de 2009

El suspiro del moro

Yo no quería escribir este post.

Yo no quería escribir el post sobre irme de Granada, porque eso confirmaría que me voy y que no hay nada que pueda hacer para remediarlo. Así que llevo días evitando el asunto, y pensando que si la vida se está volviendo tan posteable es precisamente por tocarme las narices.

Ayer iba caminando hacia Puerta Real a comprarme un helado de yogur. De camino vi que estaba empezando una de las pelis del festival Cines del Sur en la plaza de las Pasiegas. Me senté al aire libre frente a la catedral y me quedé muy quieta, sosteniendo el programa entre llas manos mientras respiraba el aire templado. Pasé media hora viendo una peli china sobre un cantante de ópera y decidí continuar con el plan original del helado de yogur. Cuando tuve mi tarrina en la mano y eché a andar hacia mi casa sentí una rara felicidad privada. Hay que joderse, pensé. Cinco años para hacerme un hueco y ahora resulta que ésta no era la verdadera vida.

Hoy, en la clase del taller, una mujer lee un texto sobre una exposición de pintura. "No has descrito ningún cuadro", le dice un chico cuando termina". "Sí que lo ha descrito", digo yo, "pero no nos ha dejado ver por qué era importante para ella". Entonces les explico que a principios de año estuve en una exposición en la galería Cidi Haya y que vi un cuadro que me impresionó mucho. Era una imagen enorme de Granada: de Puerta Real y la unión de Recogidas con Isabel la Católica. Para quien no conozca la ciudad, es la parte más concurrida del centro. En el cuadro era de noche y no había nadie en la calle: sólo las luces brillando sobre el pavimento húmedo, Granada resplandeciendo cuando todo el mundo duerme. El cuadro me recordó a todas las noches que he pasado por allí, o por cualquier otro lugar de la ciudad, y las calles estaban vacías porque al día siguiente era lunes, o jueves, y yo caminaba a esa hora de vuelta a mi casa porque nadie me obligaba a estar en ningún sitio al día siguiente, y sentía el mismo tipo de felicidad privada e intensa que hoy cuando me comía el helado. Les explico a mis alumnos que para contar cuánto le gusta a uno una cosa, tiene que explicar la relación que tiene con ella. Entonces no harán falta grandes adjetivos: el lector lo entenderá.

No puedo explicar cuánto me conmueve y me gusta Granada. Tendría que contaros todo lo que me ha pasado aquí. La amistad y el amor, que han nacido y han continuado o se han gastado. Las bicicletas, las cañas, las tapas, los helados, las lágrimas, los portales, los apuntes, los cafés, las flores, las lecturas de cuentos, el puto acordeonista de la catedral. No puedo contarlo, porque sería demasiado largo y demasiado cursi y, aun así, de alguna manera, tenía que escribir este post.

Es posiblemente mi última noche en la ciudad como habitante de la ciudad. Voy a tomar algo con Funes y con Adri. "¿Te acuerdas de cuando me acompañaste a ver la facultad el primer día que vine a Granada?", le pregunto a Adri. Ese día caminé desde la estación de autobuses hasta la acera del Darro pensando sobre mi vida y mi futuro. Acababa de volver de Barcelona y estaba destrozada. Desde ese momento, todo ha ido a mejor; a veces, tan despacio que parecía que estaba retrocediendo. La ciudad se ha tomado su tiempo para enseñarme.

Pienso en dar un paseo por el Albayzín antes de irme a dormir, pero decido que no. Les explico a Adri y a MQEN que eso es como los polvos de despedida. Si sabes que la relación se acaba, ¿para qué vas a follar? Al final te pasa que follas y lloras porque sabes lo que estás a punto de perder. Yo no pienso follarme al Albayzín esta noche. Después vengo aquí y escribo esto. Recorro despacio el camino desde los sentimientos hasta las palabras y recuerdo a Kerouac: "La sensación que experimentas encontrará la forma que necesitas". Al final, supongo, escribir esto es lo más parecido que conozco a dormir tranquilamente abrazada a la ciudad.

lunes, 15 de junio de 2009

Tanatoterapia

Pienso que si todos los días muere mucha gente, y cada vez son más los cadáveres que se incineran, y hay un número preocupante de personas que quieren que sus cenizas sean arrojadas al mar, el agua cada vez va a estar más llena de cenizas de muertos. Seguro que es un pensamiento que mucha gente ha tenido antes que yo.
Después pienso que lo más probable es que las firmas cosméticas acaben por aprovecharse y meterlo en sus productos. Oligoelementos marinos y proteínas de cadáver. Como si lo viera.

sábado, 13 de junio de 2009

Memoria

El neurocirujano y los residentes de primer año entraron en la habitación de la señora O’Hara.
- Muy bien, chicos - el doctor Goldberg se acercó a los pies de la cama, mientras los residentes formaban una línea en el lateral -. ¿Alguien puede hablarme del caso de la señora O’Hara?
Ocho manos se alzaron a la vez.
- ¿McKinley?
- La señora O’Hara padece un caso típico de hipermnesia senil - Mc Kinley, el primero de su promoción en Yale, intentó que su voz sonara firme.
- ¿Puede contarnos algo más sobre la hipermnesia senil?
- Por supuesto, señor - McKinley carraspeó -. Hace ya diez años que se descubrió la cura del Alzheimer y se consiguió regenerar y remielinizar el cerebro anciano. Sin embargo, una vez eliminada la demencia senil y la mayoría de as enfermedades neurodegenerativas, y con el aumento de la esperanza de vida de las últimas décadas, apareció una nueva patología. Se trata de la saturación de recuerdos o hipermnesia senil.
- Muy bien. ¿Síntomas?
- Aturdimiento, migrañas, logorrea, ataques de pánico - enumeró de carrerilla Petersen, una chica menuda con gafas de pasta -. Insomnio que no responde a benzodiacepinas u otros tranquilizantes. La fase terminal consta de alucinaciones y, finalmente, lleva al coma y a la muerte.
Todos miraron a la señora O’Hara que, ajena a la clase que se estaba dando en su honor, recitaba a toda velocidad anécdotas de su infancia.
- Y en cuarto curso tuve a la señorita Beavis, que era muy amable y olía a caramelo, pero un día me sacó a la pizarra para hablar de la guerra de la Independencia y me quedé en blanco, así que me puso una mala nota, y cuando llegué a mi casa mi madre me castigó sin postre, y había tarta de chocolate, que estaba buenísima, pero por lo menos me dejó ir al cumpleaños de mi amiga Mary, ese mismo fin de semana…
- Curioso, ¿verdad? - el doctor Goldberg sonrió levemente -. Parece que el Alzheimer no era más que una respuesta defensiva de nuestro cuerpo, su forma de atacar el exceso de recuerdos. Una respuesta exagerada, desde luego, pero justificada.
La señora O’Hara había empezado a balancearse adelante y atrás en la cama.
- Estereotipia - apuntó presurosa Petersen -, me había olvidado de la estereotipia.
- Muy bien. ¿Qué protocolo se sigue en el caso de la hipermnesia senil?
- Inducción de recuerdos con Resonancia Magnética funcional, mapeo de las áreas implicadas y anulación de los circuitos neuronales con Estimulación Magnética Transcraneal.
- Brillante, Smith - el aludido sonrió -. Encárguese de la inducción. McKinley, solicite un quirófano.
- Perdone, señor, por curiosidad… ¿qué recuerdos son los que se extirpan? Quiero decir, ¿es una época en particular, o se extraen recuerdos aleatorios de toda la vida?- era Jacobs, que había entrado uno de los últimos en el programa de residencia y andaba un poco despistado.
Goldberg suspiró.
- Jacobs, si no tiene usted empollada la hipermnesia para mañana, le voy a tener cambiando vendajes lo que queda de curso.
- Normalmente se respetan la infancia y la juventud - intervino McKinley -, y dependiendo de la historia de vida del sujeto, se escoge un periodo poco trascendente. La mayoría eligen deshacerse de la mediana edad: los cuarenta y cincuenta años. No van más adelante porque quieren recordar a sus nietos.
Jacobs tragó saliva y asintió.
- Muy bien, señores, a trabajar.
Goldberg apretó brevemente la mano a la señora McKinley y miró a los residentes desperdigarse por los pasillos. Mientras caminaba en dirección a la siguiente habitación de la planta, se preguntó cómo se las apañaba el ser humano para terminar complicando tanto las cosas.

jueves, 11 de junio de 2009

El gran día de Marcos

- ¿Cuál es la tuya?
- El mío – contestó Carmen.
- ¿Qué? – la mujer que había preguntado, una rubia teñida con chanclas de plástico verde, arqueó las cejas.
- Que es un niño. El mío. Ése de ahí – y miró a Marcos, que estaba sentado en el borde de la pista jugando con la goma de las zapatillas.
- Ah… qué curioso – la rubia miró al suelo. Carmen supo que estaba esperando que le preguntara cuál era la suya, pero no le iba a dar ese placer. Fingió estar muy ocupada cambiándole las pilas a la cámara de vídeo hasta que, después de unos segundos de silencio, la rubia optó por desplazarse al otro extremo de la grada.

La entrenadora había dicho el primer día que ella no tenía problema en que Marcos fuera a clase, pero que tenía que mentalizarse de que en gimnasia rítmica no podría competir.
- No hay categoría masculina – le dijo a Carmen.
- Pues vaya. ¿Y eso no es discriminación? – contestó ella -. Porque luego mucho hablar de que a las mujeres se las discrimina, como aquélla que quería sacar un trono en Semana Santa, y ahora resulta que los niños no pueden competir en gimnasia rítmica. Si fuera al revés, seguro que alguien lo habría denunciado y habrían abierto una categoría.
- Bueno, señora, qué quiere que le diga – la entrenadora, una chica joven con el pelo recogido en un moño tirante, se encogió de hombros.
- Nada, hija, nada. Si de todas maneras tampoco van a competir, las criaturas, ¿no? Bailarán un poco como Dios les dé a entender y ya está.
- Hombre, no se trata de bailar, es gimnasia. Y ahora mismo no competirán, pero en el futuro quién sabe.
Carmen quedó en traer a Marquitos la semana siguiente y se fue mascullando entre dientes. ¿Qué se había creído la niñata aquella, que entrenaba para las olimpiadas? Si total, era una actividad del ayuntamiento, habrían cogido a la primera que hubiera dado un par de años de gimnasia. A las campeonas no las iban a traer, eso estaba claro. Además, la entrenadora tenía el culo gordo. Seguro que por eso no había llegado más lejos.

Vicente se había tomado regular lo de la gimnasia del niño.
- Vamos, que no hay otra actividad, ¿no? Vas a ser el cachondeo del barrio, Marcos, hijo, que no te enteras. Tú no serás mariquita, ¿no?
Marcos se encogió de hombros.
- No sé.
- No sé, no sé, ¿cómo no lo vas a saber? Eso se sabe.
- Vicente, hazme el favor de dejar tranquilo al niño – Carmen cogió a Marquitos del brazo y le levantó de la silla -. Vamos, hijo, a tu cuarto a hacer los deberes. Y no le hagas caso a tu padre, que no dice más que tonterías.

Una semana después vieron un vídeo de la Supernanny en el que el padre premiaba a su hijo jugando con él al fútbol, y a Vicente se le ocurrió que a lo mejor eso era lo que necesitaba Marquitos: un poco de relación padre-hijo y de establecer un contacto más estrecho con el balón. “El balón puede ser tu amigo para toda la vida”, le dijo, mientras le llevaba por el hombro a un solar cercano a la casa. El chico era torpe con ganas, pero mejoraría con la práctica. Al cabo de un rato llamaron a Vicente por el móvil y tuvo que alejarse unos minutos a hablar, y cuando volvió al campo encontró a Marquitos con los brazos abiertos, haciendo rodar la pelota desde una mano hasta la otra. De vez en cuando la tiraba al cielo, daba un par de vueltas con los brazos alzados y volvía a cogerla.
- No hay nada que hacer, está claro – murmuró Vicente, y le dio una colleja a Marquitos antes de llevarle a casa y consentir en que se apuntara a gimnasia.

Para la gala de fin de curso, la madre y la entrenadora habían discutido sobre qué ropa ponerle.
- Pues si todas llevan maillot, a él habrá que ponerle algo bonito también, ¿no? Algo que le luzca.
- A ver, señora – a la entrenadora le caía bien Marquitos, que trabajaba duro y era muy disciplinado, pero lo de su madre la sacaba de quicio -. ¿Qué quiere que luzca el niño? Se trata de gimnasia, no es un pase de modelos.
- Yo quiero llevar maillot, mamá – dijo Marquitos.
Carmen se imaginó a su hijo con un maillot bicolor de gimnasia y suspiró. Marcos le miraba con los ojos muy abiertos, sonriendo con los dientes salidos como un ángel tonto. Al final quedaron en que llevaría un pantalón corto negro y una camiseta blanca. No pegaba con el maillot de las compañeras, pero la entrenadora le había pedido por favor a Carmen que el niño no diera la nota.

Por fin le tocaba el turno al grupo de Marcos. Siete niñas pequeñas, todas muy flacuchas menos una, que estaba un poco rechoncha, y su hijo. Carmen pensó en lo fácil que sería ser la madre de cualquiera de las otras niñas, en lo bien que se lo habría pasado maquillándole los párpados con purpurina y recogiéndole una coleta con el toto de flores que la entrenadora había comprado igual para todas. Pero ahí estaba su hijo, con su camiseta blanca y sus pantalones negros, con las zapatillas de gimnasia rítmica que la vendedora le había tendido a Carmen mientras preguntaba “Pero, ¿son para él?”.
Dudó antes de sacar la cámara de vídeo. Después pensó que, al fin y al cabo, tanto si resultaba que Marquitos acababa como una drag queen de ésas, como si al final le daba por el fútbol y por la lucha libre, le gustaría tener aquel recuerdo. Encendió la cámara, abrió la pantalla lateral y se dedicó a seguir con el pulso lo más firme posible las evoluciones de su hijo sobre la pista.
- ¿Cuál es la tuya? – era otra madre con ganas de confraternizar.
- El mío – repitió Carmen, un poco cansada ya de la misma conversación.
- Ah, ¿es el chico?
- Sí.
- Qué bien. Es muy salao. Lo hace estupendamente.
Carmen sonrió, orgullosa. La verdad es que su niño era el que mejor llevaba el ritmo.
- ¿Cuál es la tuya? – concedió, generosa.
- La mía… bueno, ésa de ahí, la del aro.
- ¿La rubita?
- No, la de al lado, la castaña… la gordita, vamos.
- Ah – Carmen miró a la niña, que intentaba seguir el ritmo de los demás con poca gracia -, pues también lo hace muy bien.
- Gracias – la otra madre sonrió -. ¿Has venido sola?
- Sí. Mi marido no quiere venir. Dice que es una pérdida de tiempo.
- Ya, el mío también. Dice que para que se rían de su hija, mejor se queda en casa. Pero se les ve contentos, ¿no?
Carmen miró a su hijo a través de la cámara. Sonreía tanto que los dientes brillaban en mitad de la pantalla.
- Sí, se les ve muy contentos.
Las dos madres se quedaron en silencio un momento, mirando cómo el grupo daba vueltas al ritmo de la música. A una niña se le escapó un aro, pero lo recuperó con gracia y continuó con el ejercicio. Carmen pensó que los niños eran tan fuertes, tan perfectamente sanos; también Marquitos, con sus zapatillas y sus pantalones cortos, doblándose sobre la pista como si fuera de goma.
- Si me das tu teléfono, te paso la cinta cuando la tenga – ofreció a la madre de la niña gordita.
- Sería estupendo, gracias.
Carmen apretó brevemente la mano de la otra en la suya y pensó que la próxima vez no iba a dejar que Vicente se librara tan fácilmente. Luego el ejercicio terminó y las dos madres aplaudieron con todas sus fuerzas.

El gran día de Marcos

- ¿Quién es la tuya?

- El mío – contestó Carmen.

- ¿Qué? – la mujer que había preguntado, una rubia teñida con chanclas de plástico verde, arqueó las cejas.

- Que es un niño. El mío. Ése de ahí – y miró a Marcos, que estaba sentado en el borde de la pista jugando con la goma de las zapatillas.

- Ah… qué curioso – la rubia miró al suelo. Carmen supo que estaba esperando que le preguntara quién era la suya, pero no le iba a dar ese placer. Fingió estar muy ocupada cambiándole las pilas a la cámara de vídeo hasta que, después de unos segundos de silencio, la rubia optó por desplazarse al otro extremo de la grada.

La entrenadora había dicho el primer día que ella no tenía problema en que Marcos fuera a clase, pero que tenía que mentalizarse de que en gimnasia rítmica no podría competir.

- No hay categoría masculina – le dijo a Carmen.

- Pues vaya. ¿Y eso no es discriminación? – contestó ella -. Porque luego mucho hablar de que a las mujeres se las discrimina, como aquélla que quería sacar un trono en Semana Santa, y ahora resulta que los niños no pueden competir en gimnasia rítmica. Si fuera al revés, seguro que alguien lo habría denunciado y habrían abierto una categoría.

- Bueno, señora, qué quiere que le diga – la entrenadora, una chica joven con el pelo recogido en un moño tirante, se encogió de hombros.

- Nada, hija, nada. Si de todas maneras tampoco van a competir, las criaturas, ¿no? Bailarán un poco como Dios les dé a entender y ya está.

- Hombre, no se trata de bailar, es gimnasia. Y ahora mismo no competirán, pero en el futuro quién sabe.

Carmen quedó en traer a Marquitos la semana siguiente y se fue mascullando entre dientes. ¿Qué se había creído la niñata aquella, que entrenaba para las olimpiadas? Si total, era una actividad del ayuntamiento, habrían cogido a la primera que hubiera dado un par de años de gimnasia. A las campeonas no las iban a traer, eso estaba claro. Además, la entrenadora tenía el culo gordo. Seguro que por eso no había llegado más lejos.


Vicente se había tomado regular lo de la gimnasia del niño.

- Vamos, que no hay otra actividad, ¿no? Vas a ser el cachondeo del barrio, Marcos, hijo, que no te enteras. Tú no serás mariquita, ¿no?

Marcos se encogió de hombros.

- No sé.

- No sé, no sé, ¿cómo no lo vas a saber? Eso se sabe.

- Vicente, hazme el favor de dejar tranquilo al niño – Carmen agarró a Marquitos por el hombro -. Vamos, hijo, a tu cuarto a hacer los deberes. Y no le hagas caso a tu padre, que no dice más que tonterías.

Una semana después vieron un vídeo de la Supernanny en el que el padre premiaba a su hijo jugando con él al fútbol, y a Vicente se le ocurrió que a lo mejor eso era lo que necesitaba Marquitos: un poco de relación padre-hijo y de establecer un contacto más estrecho con el balón. “El balón puede ser tu amigo para toda la vida”, le dijo, mientras le llevaba por el hombro a un solar cercano a la casa. El chico era torpe con ganas, pero mejoraría con la práctica. Al cabo de un rato llamaron a Vicente por el móvil y tuvo que alejarse unos minutos a hablar, y cuando volvió al campo encontró a Marquitos con los brazos abiertos, haciendo rodar la pelota desde una mano hasta la otra. De vez en cuando la tiraba al cielo, daba un par de vueltas con los brazos alzados y volvía a cogerla.

- No hay nada que hacer, está claro – murmuró Vicente, y le dio una colleja a Marquitos antes de llevarle a casa y consentir en que se apuntara a gimnasia.

Para la gala de fin de curso, la madre y la entrenadora habían discutido sobre qué ropa ponerle.

- Pues si todas llevan maillot, a él habrá que ponerle algo bonito también, ¿no? Algo que le luzca.

- A ver, señora – a la entrenadora le caía bien Marquitos, que trabajaba duro y era muy disciplinado, pero lo de su madre la sacaba de quicio -. ¿Qué quiere que luzca el niño? Se trata de gimnasia, no es un pase de modelos.

- Yo quiero llevar maillot, mamá – dijo Marquitos.

Carmen se imaginó a su hijo con un maillot bicolor de gimnasia y suspiró. Marcos le miraba con los ojos muy abiertos y su media sonrisa de dientes salidos, sonriendo como un ángel tonto. Al final quedaron en que llevaría un pantalón corto negro y una camiseta blanca. No pegaba con el maillot de las compañeras, pero la entrenadora le había pedido por favor a Carmen que el niño no diera la nota.

Por fin le tocaba el turno al grupo de Marcos. Siete niñas pequeñas, todas muy flacuchas menos una, un poco rechoncha, y Marcos. Carmen pensó en lo fácil que sería ser la madre de cualquiera de las otras niñas, en lo bien que se lo habría pasado maquillándole los párpados con purpurina y recogiéndole una coleta con el toto de flores que la entrenadora había comprado igual para todas. Pero ahí estaba su hijo, con su camiseta blanca y sus pantalones negros, con las zapatillas de gimnasia rítmica que la vendedora le había tendido a Carmen mientras preguntaba “Pero, ¿son para él?”.

Dudó antes de sacar la cámara de vídeo. Después pensó que, al fin y al cabo, tanto si resultaba que Marquitos acababa como una drag queen de ésas, o si al final le daba por el fútbol y por la lucha libre, le gustaría tener aquel recuerdo. Encendió la cámara, abrió la pantalla lateral y se dedicó a seguir con el pulso lo más firme posible las evoluciones de su hijo sobre la pista.

- ¿Quién es la tuya? – era otra madre con ganas de confraternizar.

- El mío – repitió Carmen, un poco cansada ya de la misma conversación.

- Ah, ¿es el chico?

- Sí.

- Qué bien. Es muy salao. Lo hace estupendamente.

Carmen sonrió, orgullosa. La verdad es que su niño era el que mejor llevaba el ritmo.

- ¿Quién es la tuya? – concedió, generosa.

- La mía… bueno, ésa de ahí, la del aro.

- ¿La rubita?

- No, la de al lado, la castaña… la gordita, vamos.

- Ah – Carmen miró a la niña, que intentaba seguir el ritmo de los demás con poca gracia -, pues también lo hace muy bien.

- Gracias – la otra madre sonrió -. ¿Has venido sola?

- Sí. Mi marido no quiere venir. Dice que es una pérdida de tiempo.

- Ya, el mío también. Dice que para que se rían de su hija, mejor se queda en casa.

- Pero se les ve contentos, ¿no?

- Sí, se les ve muy contentos.

Las dos madres se quedaron en silencio un momento, mirando cómo el grupo daba vueltas al ritmo de la música. A una niña se le escapó un aro, pero lo recuperó con gracia y continuó con el ejercicio. Carmen pensó que los niños eran tan fuertes, tan perfectamente sanos; también Marquitos, con sus zapatillas y sus pantalones cortos, doblándose sobre la pista como si fuera de goma.

- Si me das tu teléfono, te paso la cinta cuando la tenga – ofreció a la madre de la niña gordita.

- Sería estupendo, gracias.

Carmen apretó brevemente la mano de la otra en la suya y pensó que la próxima vez no iba a dejar que Vicente se librara tan fácilmente. Luego el ejercicio terminó y las dos madres aplaudieron con todas sus fuerzas.

martes, 9 de junio de 2009

Jorjazos: la leyenda

La leyenda de Jorjazos empezó una tarde como otra cualquiera, cuando las vecinas vinieron a llamar a la puerta para decirnos a la PK y a mí que había un chico encerrado en el ascensor y que llevaba veinte minutos atascado entre el tercer y el quinto piso.

Cuando salimos a cotillear ver qué podíamos hacer por él, la situación era peor de lo que imaginábamos. El vecino estaba encerrado en el ascensor, sí, pero el ascensor subía y bajaba sin parar del tercero al quinto, dando un bote cada vez que cambiaba de dirección. Le gritamos para ver si estaba bien, a qué piso iba o si tenía amigos a los que avisar, pero él sólo decía algo como “¡llamad a los bomberos!”. Al cabo de otros diez minutos, se sentó en el suelo. Nosotras pensábamos que era para vomitar, pero no pudimos averiguarlo, porque dejó de contestar cuando le hablábamos.

Cada vez que pasaba por nuestro piso, yo le gritaba frases de ánimo a través del la puerta del ascensor, en plan “¡¡Tranquilo, estamos contigo!!”. La PK me miraba, toda roja, y murmuraba algo como quevergüenzamarinaporfavor. No sé por qué; a mí me gustaría que alguien hiciera eso por mí si me quedo encerrada en el ascensor.

Al cabo de un rato, llegaron los bomberos. Las vecinas y nosotras esperábamos ese momento con emoción, pero en lugar de ser hombres altos y fornidos vestidos de rojo, aparecieron dos señores mayores con barriga y uniforme azul, que dijeron que eso ellos no lo podían arreglar y pusieron post-it en todas las puertas en los que escribieron: “No funciona”.

Cuando por fin vinieron los técnicos del ascensor y consiguieron pararlo y sacar al chico, pensábamos que saldría de ahí un despojo humano lloroso y vomitante. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparece el hombre más parecido al de Prison Break que he visto en mi vida: alto, moreno de piel, rubio de pelo, ojos verdes, chaqueta naranja, vaqueros, hermosa sonrisa.

JORJAZOS*.

Jorjazos salió como si nada, sonrió a la concurrencia, agarró sus bolsas del Mercadona y subió hacia su casa. Yo llevaba mis gafas chungas y veía borroso, así que cuando volví a entrar en el piso, le pregunté a la PK:

- ¿Es mi imaginación, o el vecino está tremendo?
- El vecino está tremendo – contestó ella, asintiendo con gravedad.

Si esto fuera un libro de Marian Keyes, lo una serie americana cualquiera, la PK, o yo, o las dos, habríamos tenido una aventura con Jorjazos. Como esto es la vida, resulta que desde entonces (y esto pasó en noviembre) nunca, NUNCA nos lo hemos vuelto a cruzar. Miramos por el patio hacia su tendedero estremecedoramente vacío y gritamos su nombre, pero sólo nos responde un gran silencio.

Hemos urdido varios planes para acercarnos a su puerta, como vender galletas o soltar globos de helio (para que lleguen hasta su piso, que nosotras vivimos en el tercero), ir a recogerlos y caernos contra el timbre. Al final, sin embargo, nuestros planes han quedado en nada.

¿Fue Jorjazos contratado por la NASA después de resistir heroicamente al ascensor-mezcladora?

¿Es Jorjazos un fantasma que murió en el ascensor de nuestra casa, en plan “La chica de la curva”, y que aparece cada año para advertir a posibles víctimas?

¿Inventó nuestra imaginación a Jorjazos en un día de otoño con poco que hacer?

¿Es Jorjazos una leyenda urbana que hemos terminado por creernos?

Jorjazos, si alguna vez lees esto: manifiéstate. Crúzate con nosotras en el portal o deja caer un calcetín sobre nuestro tendedero. Si alguien conoce a Jorjazos, que le hable de nosotras. Que le diga que somos muy majas y que tenemos mucho que compartir con él.

Jorjazos: nuestro edificio te necesita.

*Seudónimo derivado de Jorge, que es el nombre que pensamos que le pega, y Ojazos.

viernes, 29 de mayo de 2009

Incógnito

Iker C. ha llamado a un taxi para que le lleve a casa. Mientras espera en la acera, una chica pasa a su lado y sus ojos se cruzan. Está acostumbrado. Lo que le llama la atención es la segunda mirada o, mejor dicho, la ausencia de segunda mirada. Normalmente las chicas le miran un momento y después reenganchan los ojos mientras caminan, girando el cuello hasta casi dislocárselo. Eso si no se paran a pedirle un autógrafo, a sacarse una foto con él o a declararle su amor eterno. Lo de esta chica es la excepción: le ha mirado y ha pasado de largo.

- Perdona, ¿tienes fuego? – no sabe qué le ha hecho decir eso, porque él ni siquiera fuma, pero la chica se da la vuelta, sonríe y se encoge de hombros.
- Lo siento, no fumo.
- Bueno, en realidad yo tampoco… - él sonríe también. A pesar de todo, sigue siendo un chico tímido.
- Es un truco viejo, pero te perdono – dice ella, guiñándole un ojo -. ¿Cómo te llamas?

Él se sobresalta. Hace tiempo que nadie le hace esa pregunta. La chica lleva gafas y no es especialmente guapa, pero es la primera persona en años que le ha preguntado cómo se llama, así que le contesta (“Iker”, dice, demasiado sorprendido como para inventarse otro nombre, pero da igual, porque ella ni aun así reacciona) y luego le invita a tomar la última copa. Que le den por culo al taxi. Encuentran un tugurio desierto en una bocacalle, también desierta.

Charlan. Ella estudia filología clásica. Él piensa que quizá eso explica que esté tan desconectada del mundo como para no reconocerle. Parece una chica dulce, un poco soñadora. Mantienen una de esas conversaciones que él no ha mantenido nunca (¿A qué te dedicas? ¿Eres de Madrid? ¿Vives solo o con tus padres?) y se inventa rápidamente una vida: que estudia INEF en la Complutense, que sí que es de Madrid, que vive solo.

Ella no se resiste cuando él la besa después de un par de copas. “¿Me acompañas a casa?” le pregunta, y él, soprendido, acepta y se deja llevar hasta su cama de noventa en un piso compartido. Allí hacen el amor de una forma distinta a cualquier polvo que él haya echado nunca. Alguien le mira sólo a él, sin su dinero, ni su fama, ni su éxito, y se siente doblemente desnudo.

- Tú cara me suena – le dice ella al terminar, mientras le acaricia suavemente el hombro con el dedo -. ¿Seguro que no nos conocemos de algo?
- Me acordaría – contesta él.

Se marcha antes de que se despierten las compañeras de piso, porque no quiere montar un espectáculo. Desea preservar a cualquier precio esta noche de anonimato. De ser simplemente Iker. Salta los escalones de dos en dos hasta la calle, y se le ocurre que ha conseguido lo único que no puede comprar con dinero.

Unas horas después, la chica entra en la cocina mientras su compañera de piso desayuna. Se sirve un café, se sienta en la mesa y sonríe.

- A que no adivinas a quién me he follado esta noche – dice.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Hoy he tenido un simulacro de sesión con un paciente del practicum. Es un hombre de 45 años diagnosticado de un trastorno ansiógeno-afectivo (que, si os digo la verdad, no sé muy bien lo que es. Ansiedad y tristeza, creo).

Ha empezado la sesión con un “Estoy fatal”. Después hemos estado indagando en su “estoy fatal”, que se traduce en “me siento fatal”. “Estoy triste, apático, irritable. La vida no me ilusiona. No puedo soportar la rutina. Sé lo que voy a hacer mañana, y pasado mañana, y al otro, y eso me desespera”.

Anda, y yo, pienso. Tócate los pies.

Nuestro paciente está casado, con una hija pequeña y en paro, y dice que su entorno no le entiende y no le deja hacer lo que él quiere hacer realmente: crear. Escribir. Toma, si yo también quiero escribir, pero alguien tiene que hacer la colada mientras. No creo que ni siquiera los escritores profesionales pasen todos sus días en un frenesí de gozosa creación.

Mi compañera de practicum le decía: “¿Por qué te sientes mal? ¿Qué puedes hacer hoy para sentirte bien? ¿Escribir? Pues escribe. Si tu mujer no lo considera útil, no le hagas caso. Es útil que te sientas bien”. Yo le decía: “Piensa en todo lo bueno que estás haciendo incluso aunque no te sientas bien. Piensa en lo bueno que es que hagas las camas”. Ella intentaba aleccionarle para que cambiara su estado de ánimo. Yo iba más en dirección de la aceptación y de la generosidad.

Me preocupa la idea de que los psicólogos estemos insinuando que sentirse mal es patológico. Sentirse mal a ratos es perfectamente normal, a no ser que seas Buda. Creo que la diferencia entre las personas que se consideran felices y las que no es que las segundas se asustan de su propio dolor. Consideran que es anormal y que no pueden ir a ningún sitio con él y se paralizan.

Me preocupa que los pacientes consideren que el psicólogo no sólo les va a quitar su tristeza (lo que, hasta cierto punto, es deseable cuando la tristeza es muy profunda e inmoviliza a la persona) sino que, además, va a convertir su vida en un superparque de atracciones mental donde cada minuto va a ser un nuevo y gratificante desafío.

Si como psicólogos no conseguimos transmitir que avanzar hacia lo que queremos exige cierto grado de incomodidad, y que todos, hasta los ricos y famosos, tienen que hacer a diario cosas que no les apetece hacer, vamos a tener enganchados a nuestra teta a clientes preocupadísimos porque hoy no se han levantado flipando en medio de un anuncio de Vivesoy.

martes, 26 de mayo de 2009

Reinterpretando

Es curioso cómo cambia nuestra percepción de las cosas a través de los años. Como algunos sabréis, hace ya casi seis años empecé a estudiar periodismo en la Autónoma de Barcelona. Siempre me había gustado escribir y pensaba que el periodismo me allanaría el camino. Al mes de estar allí, me empecé a preocupar. No me imaginaba ejerciendo y corriendo entusiasmada detrás de la noticia. Para navidades ya tenía clarísimo que no quería ser periodista. Así que, como buena estudiante responsable, aprobé los exámenes de febrero para conseguir créditos de libre configuración para mi futura nueva carrera y me volví a casa. Después de darle muchas vueltas a todas las posibilidades, me vine a Granada a estudiar psicología. El resto, como se suele decir, es historia.

Durante mucho tiempo vi mi regreso de Barcelona como un fracaso. Incluso Granada era un fracaso para mí: un sucedáneo, la ciudad que estaba lo suficientemente cerca de Málaga como para permitirme ir a menudo y evitar la nostalgia. Barcelona estaba tan lejos. Los primeros años en Granada todavía me escocía la humillación de haber puesto lo mejor de mí en aquella empresa y haber tenido que volverme con el rabo entre las piernas.

Hace un par de años, o quizá el año pasado, no lo sé con exactitud, empecé a ser capaz de ver mi decisión con un poco más de ecuanimidad. Intentaba reinterpretarlo en términos de: "mira todo lo que has aprendido después, todos los acontecimientos de tu vida te han hecho lo que eres ahora, etc". Mi posición respecto al asunto se volvió neutra.

Últimamente, lo que pensaba era: "Menos mal. Qué suerte tuve de darme cuenta. Qué bien hice", pero siempre con una especie de suspiro de alivio por haberme librado de una catástrofe casi por casualidad.

Hoy estaba en el taller de escritura con César, que ha venido a hablar a los alumnos de su experiencia como periodista y escritor. Hace poco que ha dejado el periodismo para dedicarse en serio a escribir y a sus otros proyectos, y dice que se alegra, porque escribir para el periódico estaba robándole la energía y aplastando su estilo. Mientras le escuchaba he recordado como casi me convierto en periodista y, como dice mi madre, se me han abierto las carnes. Y, por primera vez en cinco años, he pensado: "Qué valor tuve. Qué huevos le eché dejando la carrera, a pesar de la presión del gasto que estaba suponiendo para mi familia, a pesar de la expectativas de todo el mundo. Qué favor más grande me hice. Habría sido muy infeliz como periodista". Le he agradecido a la yo de 18 años que fuera lo suficientemente avispada como para salir pitando de la Autónoma en cuanto vio de que iba aquello. Ella no sabía mucho de la vida, pero intuía lo suficiente sobre la yo que soy ahora como para reunir valor y pararse cuando aún estaba a tiempo.

Pues eso, que es curioso cómo cambian la percepción de las cosas.

lunes, 18 de mayo de 2009

El amor, las mujeres y la muerte

Se nos murió Benedetti...

Táctica y estrategia

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos

no haya telón
ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

Como leí en algún lugar que alguien decía a un maestro zen moribundo:
Gracias por tu gran esfuerzo.

domingo, 17 de mayo de 2009

El reto literario: inicio de un meme

Aquí van las propuestas para los cuatro valientes. Recordad que después os corresponde elaborar vuestros propios retos literarios para otros blogueros inocentes.

Para K.:

- Tema: un enfermo de cáncer encuentra el sentido de la vida mientras convalece en el hospital.
- Condiciones especiales: El relato debe incluir al menos dos flashback y un gato. Temas tabú: las mujeres y la literatura. El tono del relato debe ser optimista: nada de cinismo, de ironía o de humor negro (el blanco sí se acepta). Aún agradéceme que pase de la primavera :D

Para Martin:

- Tema: una extraña máquina del tiempo/espacio traslada al narrador del relato a la casa y a la vida de los protagonistas de "Cosas de Casa".
- Condiciones especiales: no utilizar el humor como recurso. Intentar dotar a los personajes de la serie de profundidad humana. Terminar con la frase "La abuela, como siempre, se terminó ella sola las sobras de la tarta".

Para Caótica:

- Tema: las aventuras del joven Álex, triunfador de la noche canaria.
- Condiciones especiales: el joven Álex tiene un superpoder secreto que nos será desvelado a lo largo del relato. Debes incluir al menos tres diálogos, uno de los cuáles será mantenido por objetios inanimados.

Para Neikos:

- Tema: La insoportable levedad del tofu. Las tribulaciones de un insípido queso de soja que lucha por hacer amigos entre los demás alimentos.
- Condiciones especiales: debe haber al menos una escena de sexo entre alimentos. También debes incluir una pequeña poesía (octosílabos con rima asonante alterna, -a-a-a, como los romances).

Ávisenme uds. cuando estén listos los textos y enlazo a sus blogs respectivos. Acepto retos de vuelta.

Un abrazo para todos y larga vida al meme.

viernes, 15 de mayo de 2009

Idea de medianoche

Queridos lectores:

Hoy vengo a vosotros con una idea. Tiene que ver con los memes, que me parecen el segundo invento más tonto de la blogosfera* Sin embargo, se me ha ocurrido un buen meme. O bueno, no exactamente un meme porque no se trata de hablar de uno mismo, que es precisamente lo que me parece absurdo de los memes. He estado haciendo algo parecido hoy con mis alumnos en el taller de escritura. Os cuento.

Se trata de pensar en una propuesta literaria para tres (o cinco, o los que se quiera) blogueros conocidos, una diferente para cada uno. Puede ser algo sencillo o un reto para el bloguero en concreto, porque sea totalmente distinto a lo que esté acostumbrado a escribir; por ejemplo, pedirle al típico bloguero atormentado** que escriba una redacción alegre sobre la primavera. La propuesta no tiene límites, sólo la propia imaginación. Puede jugar con el tema, el narrador, el tiempo del relato, aspectos formales, personajes, frases finales... Os pongo algunos ejemplos que han salido hoy en el taller de escritura:

- Una poesía sobre la muerte con más de diez renglones y en la que apareciera cinco veces la palabra "mariposa".
- Un texto con todos los verbos en infinitivo, con sentido.
- Un relato sobre una relación padre-hijo en una cueva y en la que apareciera un animal mitológico.
- Un cuento sobre un viejo marinero que ha perdido a su esposa y que termina con la frase "los zapatos le quedaban estrechos".
- Un relato de ciencia ficción sobre viajes en el tiempo que incluyera diálogos.

Luego cada bloguero podría hacer lo mismo con otros tres (o cinco), y así sucesivamente.
Por mi parte, tengo pensados algunos retos, pero antes me gustaría saber si alguien se ofrece voluntario para aceptar el reto (y, de paso, si me quedan lectores, que a mi ritmo de actualización y comentarios no me soprendería que os hubierais ido todos a prados más verdes).

Espero vuestras respuestas y acepto vuestros retos.

* El invento más absurdo de la blogosfera son los premios ésos que la gente anda dándose y que luego cuelgan en sus barras laterales. "Premio a la bloguera más dulce". "Premio a los blogs de mi vida" y cosas así. No lo entiendo. Un premio es algo que, por definición, se otorga con criterio y sólo obtienen unos pocos; eso es lo que le da la gracia. Si todo el mundo tiene premios como churros, ¿qué sentido tiene?

** No lo digo por nadie en especial.

martes, 12 de mayo de 2009

Intrusa

Algunos días voy por la calle chocando con la gente o cruzándome en mitad de su camino. Alguien me pisa en el autobús o se sienta encima de mi abrigo. Entonces tengo la inquietante sensación de que ese día no debería estar en ese lugar en ese momento, de que con mi presencia estoy alterando el orden natural de las cosas. Y me pregunto, admito que un poco preocupada, si me pasará algo por estar en el sitio inadecuado en el momento inadecuado o, aún peor, dónde debería estar realmente en ese instante.

lunes, 11 de mayo de 2009

Simplifica lo simple

La PK y yo, ayer (conversación parcialmente verídica.

- Creo que esta costumbre de contar los años es absurda.
- ¿Por qué?
- No sé, yo me sigo sintiendo igual, y sin embargo cada vez tengo más años. Pero es un dato puramente anecdótico. Yo sigo siendo la misma persona.
- Hace una semana dijiste que veías absurdo que hubiera dos sexos.
- Sí.
- Porque hombres y mujeres no se entienden bien.
- Claro. Monosexo y monosexualidad. Además, así nos evitaríamos problemas de discriminación por cuestiones de género y/o orientación sexual.
- Vale. Hace un par de semanas decías que elegir ropa era un coñazo y que todos deberíamos ir con túnicas grises.
- Y con la cabeza rapada.
- Eso. Y a principios de curso estabas harta de cocinar y comer y querías que se inventara un único alimento completo, el supertrigo.
- Exacto.
- Es decir, que tu mundo ideal estaría lleno de personas de un único sexo que irían por ahí con túnicas y cabezas rapadas comiendo supertrigo y sin saber qué edad tienen.
- Algo así, sí.
- Francamente, Marina, a veces creo que te pasas un poco con lo de simplificar.

miércoles, 29 de abril de 2009

Español para húngaros, toma 1

- ¿Qué vas a hacer esta tarde, entonces?
- Voy a terminar este trabajo y luego voy a entrenar.
- ¿Al gimnasio?
- Sí.
- Entonces no se dice "entrenar". Uno se entrena para algo concreto: un deporte, una competición... Si simplemente vas a hacer pesas, di "voy al gimnasio" o "voy a hacer ejercicio".
- Pero es que voy a entrenar.
- ¿Para qué?
- Para ser el hombre más fuerte del mundo.
- Ah.

lunes, 27 de abril de 2009

Paradoja

"No te confundas - dijo ella -. Te quiero mucho, pero no me caes especialmente bien".

Él se la quedó mirando, sin saber si aquello era lo más bonito o lo más terrible que le habían dicho en su vida.

martes, 21 de abril de 2009

Lectura obligada

Estoy en la biblioteca de Andalucía estudiando para los exámenes de febrero. Cada día, a eso de las diez, un grupo de niños de algún colegio viene a conocer la biblioteca. Uno de los bibliotecarios hace de guía y les explica cómo consultar y sacar en préstamo libros y discos. En general, son niños muy, muy pequeños, de unos cuatro o cinco años, y miran al bibliotecario con los ojos muy abiertos y cara de no entender nada. Aun así, es bonito cuando cruzan en fila junto a nosotros por el lateral de la sala de estudio, algunos cogidos de la mano, otros adelantándose o retrasándose, hablando entre sí, mirando a todas partes. Me recuerdan a las ilustraciones de los libros de “El pequeño Nicolás”.

Hoy bajo por uno de los laterales de la sala central hacia los lavabos y les veo reunidos junto a la mesa de préstamo. El guía habla, y su voz se alza en medio del silencio del edificio. Es un guía muy amable, porque repite lo mismo todos los días y todavía es capaz de hacer que parezca que es la primera vez.

- Ahora voy a explicar una cosa muy importante, niños – dice, y yo me quedo parada a mitad de la escalera, porque si es muy importante me gustaría enterarme -. Si alguna vez empezáis a leer un libro, no tenéis por qué terminarlo. Si no os está gustando, lo dejáis y cogéis otro nuevo.

Sonrío. Me gusta su manera de enfocar el asunto.

- Sin embargo – continúa -, si os mandan un libro en la escuela, os lo tenéis que leer hasta el final. Aunque no os guste, siempre que os den en el colegio un libro para leer, tenéis que terminarlo.

Arqueo las cejas. Sí que es importante la lección, pienso. Importante y dura. Hay muchas cosas que uno tiene que terminar aunque no le gusten. Pero enseguida me rebelo: leer no debería ser aburrido, ni siquiera por mandato escolar. Leer debería estar en el apartado de los placeres puros, como el chocolate, el sol de invierno y los besos con lengua. De un par de saltos, me planto delante de los niños e interrumpo al guía.

- Escuchad – les digo, y ahora es mi voz la que suena muy alto en medio del silencio -. Las cosas no son así. Os mandan esos libros en el colegio porque pueden conseguir que los autores vayan a dar una conferencia, y los autores se ofrecen no porque sean buenos, sino porque saben que ser recomendados en las escuelas les asegura un buen nivel de ventas. Vosotros no tenéis la culpa de que Roald Dahl este muerto. No le hagáis ni caso. Hay muchísimos libros en el mundo, y la vida humana es breve.

Pero no lo he dicho, claro; sigo mirando la escena desde la barandilla de la sección de documentales y pienso que ya lo descubrirán ellos. Continúo bajando y pienso en los libros. Benditos sean, me digo, benditos pequeños hermosos animalitos dormidos...