massobreloslunes: agosto 2009

martes, 25 de agosto de 2009

El día del bacterio

Para el Húngaro, con todo mi cariño

Estábamos en una fecha indeterminada entre enero y marzo. Yo acababa de entrar en mi cuarto cuando escuché a Dani, mi compañero de piso húngaro, llamarme desde su habitación con voz quejosa:

- ¡¡Mariiinaaa!! ¡¡Mariiinaaaa!!

Para algunas cosas, Dani es como un niño pequeño: el hijito que la PK y yo nunca pedimos. Durante este año, solía entrar en la casa gritando: “¡Marta! ¡Marta! ¡Maartaa! ¡MAARTAA!” desde la puerta de entrada por todo el pasillo hasta llegar a la cocina, donde la PK le esperaba mesándose los rizos y chillando: “¡¡QuéquieresDaniporDios!!”. De hecho, en nuestra pequeña familia, estaba claro que la mamá era la PK. Creo que yo era el padre, o la tía soltera; no lo tengo muy claro.

Me acerqué a la habitación de Dani y abrí la puerta. Me lo encontré bajo su edredón nórdico (yo aún no lo sabía, pero ese edredón estaba destinado a permanecer ahí hasta mayo), retorciéndose de dolor, con la cara de un curioso color blancuzco.

- ¡Estoy malito! – gimió -. ¡Tengo diarrea y vómitos!

Luego me miró muy serio y anunció gravemente:

- Creo que es un bacterio.

Tuve un breve flashback del fin de semana. Dani se había calzado, además de sus habituales cervezas, cubatas, chupitos patrióticos de Unicum y psicotrópicos, una hamburguesa, comida china y lo que le gustaba llamar “una Shawarma Perfecta”. Sí, claro. Un bacterio.

[Nota: tengo que aclarar que a Dani muchas veces no le corregimos las palabras que dice mal porque nos hace gracia que las diga mal. ¿Maldad? ¿Humor? Qué sé yo; es tan fina la línea que los separa…]

Llamé a mi madre, que es médico de digestivo, para que me aconsejara. Me dijo que la diarrea no había que cortarla: que lo mejor era que tomara limonada alcalina durante un día y luego se pasara a dieta blanda. Que si le dolía el estómago se tomara un paracetamol.

Como yo tengo alma de madre y, de hecho, no sé por qué he estado relegada al papel de padre-tía en nuestra pequeña familia del piso, bajé a comprar limones y le hice a Dani dos litros de limonada alcalina. Se lo coloqué al lado y me miró como si le estuviera obligando a beber basura.

- No tengo sed – lloriqueó.
- Pero ¿tú quieres deshidratarte, o qué?
- ¿No te ha dado tu madre el nombre de ninguna pastilla que me pueda tomar?
- No, Dani, la diarrea no hay que cortarla para que eches lo que te hizo mal. Pero te puedes tomar un paracetamol para el dolor.
- ¡¡Quiero paracetamol!! ¿Me das paracetamol? – Dani era de los míos. Quién quiere dolor habiendo drogas.

Le disolví un efferalgan en un vaso de agua y se lo tragó con mucha cara de autocompasión y un par de arcadas. Insistí otra vez en que tenía que tomar mucho líquido y me fui a mi cuarto. Creo recordar que le amenacé con el desequilibrio electrolítico y la muerte, pero como tengo un poco de fama de aprensiva, no sé si me hizo mucho caso.

Al cabo de un rato, empezó a darme toques al móvil. "Si no tiene fuerzas para gritar - pensé -, mala señal".

- ¿Y no crees que me sentaría bien comer algo? – me dijo, en cuanto llegué corriendo a la puerta de su cuarto.
- No, Dani. NO. Tienes que tomar limonada hasta mañana.

En esos momentos entró la PK. La capacidad de gritar de Dani se reinstauró:

- ¡Marta! ¡Marta! ¡Maartaa! ¡MAARTAAAA!
- ¿¡¿Qué, Dani?!? - la reconfortante vuelta al hogar no existía para la PK.
- ¡¡¡TENGO UN BACTERIO!!!
- Dani, no tienes un bacterio – la PK seguía la misma lógica aplastante que yo -. Te sentaría mal el shawarma, el chino, la hamburguesa, la Guinness, el Unicum…
- ¡Pero si a mí nunca me ha sentado mal una Shawarma Perfecta!

Sacudimos la cabeza. Su lógica no tenía fisuras.

En la hora siguiente, nos llamó unas setenta veces para preguntarnos:

- Si podría tomar vitaminas y luego hacerse algo blando de comer, como una patata cocida. Para el que no lo conozca, el Húngaro lo cocina todo con una media de siete especias y tres kilos de mantequilla. Una patata cocida en sus manos tenía todas las papeletas para terminar acompañada de nata, picante y un montón de paprika.
- Si podría tomar Unicum, porque el Unicum son hierbas y en la Hungría antigua se recomendaba como medicina.
- Si no sería que el problema era no comer y debería hacerse algo blando, como una pechuga de pollo con ajito. Como veis, el concepto de blandura en su mente iba deteriorándose a medida que avanzaba el bacterio.

Al final conseguimos mantenerle medio entretenido diciéndole que al mediodía siguiente, si estaba bien, podría hacerse sopa de pescado.

- ¡Oh, qué bueno, sopita de pescado! – Dani alucinaba bajo su edredón nórdico. Recordemos que llevaba aproximadamente dos horas de dieta líquida .

La siguiente vez que fuimos a verle, tenía cara de preocupación.

- Yo creo que estar aquí tumbado tanto tiempo no es bueno para mi cuerpo – decía.

Qué tío. Todo el año debatiéndose entre el alcoholismo y la vigorexia, y ahora resultaba que lo malo para su cuerpo era estar tumbado. ¿Hacer pesas y después irse de copas? ¿Jugarse la vida boxeando con los calorros borderline de su gimnasio? Mariconadas al lado del reposo y la dieta líquida. El verdadero valor de un hombre se mide en la enfermedad, eso está claro.

Al día siguiente, al volver de la facultad, me encontré a Dani de pie en la cocina, con todos los tarros de especias abiertos y un papel de envolver pescado extendido sobre la encimera. Esto lo veía venir, pensé.

- Llevo soñando con la sopa todo el día – me dijo, con los ojitos brillantes. Parecía que acababa de volver de Auschwitz.

Eché un vistazo a la sopa. Tenía tal densidad de merluza, patatas y gambas que no se podía mover el cucharón. La paprika flotaba en tranquilos charquitos anaranjados sobre el caldo.

- No tienes medida, Dani – suspiré, moviendo la cabeza, mientras él reía malévolamente y le echaba pimienta a su sopa.

Esa misma noche empecé a potar yo. Pasé ese día y el siguiente debatiéndome entre la vida y la muerte, aunque mucho más resignada que Dani al reposo y a la dieta líquida. Unos chicos que estaban de huéspedes del couchsurfing me trajeron alkaseltzer, que sólo consiguió que fuera al baño a vomitar cinco minutos después, no sin antes anunciar en el salón: “Voy a potar; gracias, couchsurfers”.

Sin embargo, lo peor de estar enferma no fue la pota, ni la diarrea, ni el dolor abdominal. No fue la pérdida total de mis habilidades como anfitriona. Ni siquiera que la PK no se contagiara y proclamara la superioridad de su sistema inmune por no haber pasado su vida atiborrada a pastis como yo.

Lo peor fue que el maldito Dani tenía razón. Era un bacterio.

domingo, 23 de agosto de 2009

Tiempos modernos

A ratos pienso que es una suerte que los niños ya no jueguen en la calle. Imaginad la que tendrían que liar para jugar a las casitas. Yo soy la mamá, tú eres el papá, él es el hijo. Ésta es la casa de la mamá y ésa la del papá. Tú eres la novia del papá y tú el novio de la mamá, y el hijo tiene que ir a pasar un fin de semana en cada casa. La novia de papá odia a mamá y el papá odia al novio de mamá. Tú eres la hija del novio de mamá y tú eres el ex marido de la novia de papá. Vaya follón. Necesitarían todo el patio de recreo y un ingente equipo humano para representar fielmente la situación. Casi mejor los sims.

lunes, 17 de agosto de 2009

Las cosas que no son como recuerdas

Hace ya bastante tiempo escribí este post en el que recordaba a C., el heavy que se me declaró hace siete años en un campamento de verano. Sé que da pereza, pero entenderéis mejor lo que voy a escribir a continuación si leéis el post del heavy.

El viernes pasado empezó la feria de Málaga. Odio la feria. Odio las aglomeraciones, el alcohol, la música muy alta, el alcohol y las aglomeraciones (¿hay algo más?). El viernes por la noche había fuegos artificiales. Genial. Los fuegos molan si, digamos, tienes diez años y vives en la posguerra, pero en el mundo actual, con youtube, seriesyonkis y realidad virtual, ¿quién quiere ver fuegos artificiales? La playa se llena de gente borracha, y ya he dicho lo que pienso de las aglomeraciones y el alcohol. Así que me dispongo a pasar la noche en mi casa leyendo en camiseta y bragas cuando suena mi móvil. Número desconocido.

- ¿Sí?
- ¿Marina?
- Sí, ¿quién es?
- Soy C.
- ¡Ey, hola! ¿Qué pasa?
- Adivina lo que pasa.
- ¿Estás en Málaga?

Me visto, agarro la moto y me planto en la playa de la Malagueta para ver a C. A ver, no tengo ningún tipo de intención rara. Hace poco le escribí por el tuenti, y una de las cosas buenas que tienen los tuenti y los facebook es que te evitan las sorpresas desagradables. Mi heavy estaba gordo y calvo y eso ya lo sabía yo.

("Marina, eres una superficial". "No es eso, es que me gustan los guapos". Aclarado este punto, prosigamos.)

Llego a la playa y veo acercarse a C. en medio de la gente. Además de fondón y calvete, es más bajito de lo que le recordaba. ¿Habré crecido?, me pregunto. Sacudo la cabeza, me acerco a C. y le doy un abrazo. Sus ojos, eso sí, siguen brillando igual que cuando tenía 16.

Soltamos unos cuantos tópicos sobre lo rápido que pasa el tiempo y lo lejos que quedan ya los campos de trabajo. Hablamos de la vida. Mentira: habla él de su vida y yo suelto cuatro frases sobre qué hago con la mía. Habla sin parar. Recordaba a C. mucho más receptivo; a lo mejor el problema es que en aquella época intentaba ligar conmigo y esta noche no. Es bien sabido que el grado de escucha de un tío es directamente proporcional a su interés por llevarte a la cama.

Le noto alterado, un poco verborreico. Fuma un ducados cada diez minutos y se ventila rápidamente un cubata en vaso de plástico. Me ofrece. "No, gracias", digo, y le doy un trago a la botella de fanta de naranja que han traído sus amigos para mezclar con vodka.

Caminamos por la ciudad hacia el centro. Las calles están llenas de gente que canta y grita porque va hasta el culo: una alegría tan falsa como la moria. Me acuerdo de J. cuando me decía que no entendía el concepto "irse de fiesta" cuando no había nada que celebrar. Hablo con C. (C. habla y yo escucho) de las ganas que tiene de emborracharse mañana en la feria de día y del GPS que le ha instalado al móvil. Después me cuenta que ha dejado a su novia. Me pregunto si es una señal: C. está soltero y yo podría devolverle los besos que le dejé a deber en los campos de trabajo. Fondón y todo, me siguen gustando sus ojos y su sonrisa.

Me voy después de un par de horas, agorafóbica perdida en medio de las calles atestadas. Camino deprisa hacia casa y C. me manda un mensaje al móvil: "Mañana nos tomamos una cerveza, ¿no, chula?". Contesto que me he alegrado mucho de verle y no digo ni mu de la cerveza de mañana. ¿Cómo le explico que ya no tenemos nada que ver con nuestros yos adolescentes que hablaban de la vida en unas gradas vacías? "Mira, C., lo siento pero no tenemos nada que decirnos o que aportarnos, no ahora, no en estas circunstancias, en medio de la feria de Málaga de 2009, conmigo y contigo estudiando oposiciones, no tan mayores ni con tanto ruido".

Al día siguiente vuelven a quedar para ir a la feria. Yo me callo, me quedo en casa y, sencillamente, dejo que la vida siga.

viernes, 7 de agosto de 2009

Exnovios, lectores y otras víctimas del Dhamma

J. se ha ido a meditar. Mi madre dice que tengo que dejar de deprimir a mis exnovios y luego mandarles a meditar para que se arreglen. "Francamente, mamá", le digo, "es una visión del asunto no falsa, pero sí un poco simplista".

En cualquier caso, os quería contar lo que me pasó en el último curso de Vipassana al que fui, que no pude terminar porque mi muela del juicio decidió salir gloriosamente de mi encía entre litros de pus y kilos de dolor no ecuanimizable.

Al curso había ido yo con MQEN, el primer exnovio que ha pasado por el proceso "Marina-depresión-meditación" (y que, por cierto, está bastante contento con el cambio... el cambio depresión-meditación, no el cambio Marina-meditación, espero). Estaba muy contenta de ir con él, aunque casi le da un soponcio el día que me tuve que ir por lo de la muela y no pude avisarle, porque pensaba que me había dado una embolia y nadie quería decírselo para que no se preocupara. (¿Por qué una embolia? Pues no sé, preguntádselo a él).

El caso es que el primer día, cuando todavía se podía hablar, me encontré con una chica en el baño cuyo nombre no mencionaré aquí por cuestiones de privacidad y blablablá.

- Oye, ¿tú eres Marina? - me dijo.
- Sí, ¿y tú?
- Yo soy X., la amiga de Y., ¿te acuerdas de mí?

Resultó que nos habíamos visto en feria y que era lectora habitual del blog.

- ¿Y cómo tú por aquí?
- Pues nada, que leí sobre la Vipassana en tu blog y he decidido probar.

No sé qué le pareció el curso, porque ya os digo que me tuve que ir a mitad y después no he tenido oportunidad de hablar con ella, pero me alegró mucho saber que mi indecente proselitismo vipasssanero sirve de algo, y sobre todo de que no va a ser necesario salir con, deprimir a y convencer a todas las personas que conozco para que se animen a probar.

Espero que a J. también le sirva, que está muy pochito.

domingo, 2 de agosto de 2009

Lo que sé sobre la felicidad

(Nota: he escrito esto a raíz de una conversación con una persona. Sin embargo, persona, esto NO va dirigido a ti ni tienes por qué tomártelo como una respuesta. Es una reflexión mía, la he escrito aquí por si puede aprovecharle a alguien, y punto)

Yo creo que la felicidad no existe, y que en el momento en que todos aceptemos eso, seguir adelante nos va a resultar muchísimo más fácil. La felicidad, entendida como un estado de continuo éxtasis y armonía con el mundo y con los demás, es una mentira; es como la zanahoria del burro, que nos sirve para seguir caminando pero que nunca va a estar en nuestro estómago.

¿Quién puede creerse que es posible conseguir esa supuesta felicidad? Vivimos en un mundo impredecible, aleatorio y complicado, y el final de nuestros cuerpos es morir y pudrirse. Sólo por eso, por el hecho de que algún día tendremos que despedirnos de todo (¡¡De todo!! Del sol, del mar, del sexo, del sushi, de nuestros amigos, de la hierba, de nuestra colonia favorita, de correr, de respirar... tú y yo, Obama y Beyoncé) la felicidad como un estado constante de bienestar es inconcebible. Cuanto más ordenadito y tranquilo lo tenemos todo en nuestras vidas, más fácil es que venga alguien y nos lo joda. Perdemos dinero, nuestro novio nos deja, nos diagnostican un cáncer y a tomar viento la felicidad. O, simplemente, nos levantamos una mañana con el paso cambiado y en lugar de sentirnos contentos, nos sentimos tristes, o enfadados, o desilusionados.

La vida está llena de malas sensaciones. Como mucho, podemos aspirar a pequeños momentos de tranquilidad, de alegría, de ilusión. Con práctica, podemos incluso atisbar la paz interior. Pero tampoco la paz está exenta de sensaciones desagradables; sólo la iluminación lo está, y ni siquiera tengo claro que la iluminación exista (no por nada, sino porque todavía no lo he vivido).

Ya he dicho muchas veces que para mí la meditación es el camino para la paz interior (que no para la felicidad entendida como he explicado antes). Es el camino (para mí) porque es el que he experimentado y el único que me está funcionando. Sin embargo, incluso a un nivel un poco menos espiritual, la perspectiva de la propia vida puede cambiar mucho si dejamos de pensar en términos de "sentir"y nos enfocamos en "hacer". Sentirse bien todo el rato es imposible, y es el deseo de sentirnos bien el que nos paraliza.

Es mentira que podamos elegir cómo reaccionar ante las cosas, en el sentido de que no podemos elegir nuestras sensaciones. Eso es una mentira de la psicología cognitivo-conductual: cambia tus pensamientos y cambiarás tus sensaciones. Aunque esto fuera cierto, aunque el vínculo pensamiento-sensación fuera así de sencillo y de unívoco, no podemos controlar nuestros pensamientos. Con un poco de introspección se da uno cuenta de que la mente viaja a gran velocidad y de que, además de la corriente de autohabla que solemos generar todo el día, existen otros pensamientos muchísimo más sutiles y veloces. Una sensación puede venir en respuesta a un pensamiento claramente formulado o a una percepción casi inconsciente, que ha desencadenado una oleada de recuerdos o de imágenes que nos han puesto tristes sin que nos demos cuenta.

Lo que sí podemos controlar es el hecho de intentar movernos constantemente en la dirección de aquello que nos importa. Elegir lo que nos importa en el ámbito laboral, social, familiar, físico o lo que sea y movernos en esa dirección es algo que está al alcance de cualquiera. No se trata de objetivos, porque un objetivo es algo estático, y la vida cambia todo el rato. Ir en dirección a algo es como ir al este. Siempre se puede ir hacia el este, porque el este ni llega ni se acaba nunca.

Por ejemplo: yo me muevo hacia ser una mejor profesional. Ahora mismo estoy estudiando con ese objetivo. Cuando saque mi plaza PIR, seguiré moviéndome: haré la residencia, estudiaré terapia ACT, abriré mi consulta, quizá oposite a psicóloga de la seguridad social... el número de cosas que puedo hacer para ser mejor profesional es infinito. En ese camino, probablemente tenga malos momentos. Estaré estresada, cansada, aburrida, no tendré ganas de escuchar a mis pacientes, perderé pacientes que no están contentos con mi manera de trabajar. Sin embargo, eso no querrá decir que yo no siga moviéndome en dirección a lo que me importa en todo momento. Elegir un camino profesional que sólo me reportara satisfacciones sería prácticamente imposible, y tengo que estar dispuesta a la frustración para seguir creciendo.

Tengo el carnet de conducir desde hace casi cinco años y he conducido poquísimo, porque no tengo coche y por ciudad prefiero ir en mi moto. Sin embargo, intento coger el coche de mi madre de vez en cuando por carretera para no perder la práctica. Cada vez que tengo que hacer un viaje (Málaga-Granada, por ejemplo) lo paso un poco mal. No es que vaya acojonada, pero voy en tensión y me canso mucho, y tengo algún sobresalto por mi culpa o por la de los demás. Me siento mejor tumbada en mi cama que conduciendo hacia Granada y, obviamente, podría elegir estar tumbada leyendo un libro y tomando una limonada. El problema es que entonces no iría a Granada. No me movería. Tengo que elegir entre tener sensaciones agradables y estar quieta, o no tenerlas y moverme.

La queja con la que la mayoría de los pacientes van al psicólogo tiene que ver con "me siento mal". Es lo que se llama el criterio alguedónico, y figura incluso en el DSM-IV, el manual de trastornos psicopatológicos con que se manejan los clínicos. El penúltimo criterio de cada trastorno suele ser "los síntomas descritos causan un malestar clínicamente significativo y un deterioro social, laboral o personal en la vida del sujeto". Entonces la filosofía es: me siento mal y estoy parado. Me siento mal porque me pasan cosas malas, luego cuando dejen de pasarme y me sienta bien, podré ponerme en marcha. Señor psicólogo, por favor: haga usted que me sienta bien.

Como psicóloga, pienso que es importante reconocer el dolor ajeno. No se trata de menospreciar el sufrimiento de los demás o de decir que no tienen motivos para estar tristes. Pero la tristeza es como un pasajero que va en nuestro coche separado por un cristal blindado, que deja pasar el sonido pero no le deja tocarnos: molesta, resulta cansino, pero sólo hace falta darse cuenta de que, en realidad, no puede impedir que sigamos conduciendo.

No se trata de negar que se está triste. Se trata de no asustarse del sufrimiento y de no dejar que nos paralice. Como decía Don Quijote: "Ladran, luego cabalgamos".
Queridos lectorcillos:

Tras mucho reflexionar (es un decir) y unas cuantas entradas en mi blog secreto, he decidido (más o menos) cómo voy a organizar mi pequeño y minoritario universo online.

Voy a seguir escribiendo aquí con la frecuencia escasita a la que os vengo acostumbrando, me temo.

Voy a seguir escribiendo en mi blog secreto y contando intimidades a quien se apunte al carro. Las entradas que publique en este blog, también las voy a colgar en el otro, para que no os volváis locos y sólo tengáis que leer uno.

Hale, besitos.