massobreloslunes: octubre 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

Oposeitor

Uno no sabe lo que es estudiar hasta que no oposita. Por lo menos si, como yo, has hecho una carrera que podría terminar casi cualquiera que sepa leer y escribir. Yo pensaba que estudiaba mucho, pero en realidad lo que hacía era llegar tarde a la biblioteca, leerme el 20 minutos, echar una horita, irme a tomar café, echar otra horita, dar vueltas por la sección de literatura inglesa, echar un ratillo más e irme a casa a comer porque tenía hambre. Por la tarde, más de lo mismo. Como lo hacía con cierta continuidad (en época de exámenes, que yo antes de enero nunca he tocado un apunte) y tengo un buen cerebro, he sacado notas razonablemente buenas con un esfuerzo moderado.
Ahora estoy mutando. De una estudiante normal me estoy transformando en OPOSEITOR: un modelo de estudiante que te repugna hasta que empieza a suscitar tu admiración y que, sin darte cuenta, te fagocita y se apodera de tu alma.

¿Cómo se convierte una en Oposeitor?

Uno: empiezas a llegar a la hora a la que abren la biblioteca, o puede que cinco minutos antes, para coger sitio. Realmente, creo que esta es la característica de Oposeitor que peor llevo, porque me apaño sistemáticamente para entretenerme en casa antes de salir, pero lo compenso angustiándome un montón por llegar a las nueve y diez en vez de a las nueve en punto.
Dos: dejas de tomar café. Tus descansos se reducen a ir y venir del servicio o, como mucho, a comer algo de pie en el pasillo con cara de pena. Porque ésa es otra: el auténtico Oposeitor está solo, porque él no ha venido aquí a hacer amigos.
Tres: te compras unos tapones de los oídos por si a) hay ruido ambiental, b) tu compañero de mesa está resfriado y no conoce el concepto “pañuelo”, c) te has sentado en frente de unos amigos muy amigos con muchas dudas sobre los apuntes.
Cuatro: empiezas a ponerte los tapones de los oídos siempre, aunque no haya ruido. Oposeitor posee la agudeza auditiva de Superman, y cualquier leve susurro alteraría su concentración de hierro.
Cinco: te sientas de cara a la pared y miras agresivamente a la gente que habla, diciéndoles con los ojos: “Os estoy escuchando y llevo tapones para los oídos”.
Seis: te compras un cronómetro y lo paras cada vez que te levantas o te distraes para tener un índice OBJETIVO de cuánto estás estudiando realmente. Los compañeros de mesa observan tu cronómetro con respeto y tú sacudes la cabeza con suficiencia sin dejar de mirar los apuntes.
Siete:llegas a la conclusión de que las manzanas son unas malditas ladronas de tiempo, así que cambias tu merienda por un zumo y te lo bebes a escondidas delante de tu mesa para no tener que levantarte. "Ojalá no necesitara comer", piensas, maldiciendo el deficiente diseño humano.
Ocho: te pones las manos sobre la frente estilo anteojeras. Si alguien se acerca y te saluda (algo difícil, porque ya hemos dicho que Oposeitor no tiene amigos) te sobresaltas un montón y dices: “perdona, es que no te había visto”.
Nueve: dejas de beber agua para no tener que mear; sobre todo si, como yo, tu vejiga tiene el tamaño de una cereza. "Ojalá no necesitara evacuar residuos", piensas, agitando un puño en dirección a Dios.
Diez: te das cuenta de que a) te sientas siempre en el mismo sitio (en la última mesa y de cara a la pared) y te pones nerviosa si alguien te lo quita; b) caminas hacia dicho sitio y mentalmente taraeas la música de Darth Vader en La Guerra de las Galaxias.

Una vez que la mutación se ha completado, tú la sistematizas en un decálogo y lo escribes en tu blog, para que así tu opo-obsesión se alimente de ti y siga crecieeendo y crecieeendo…
Argh.

domingo, 4 de octubre de 2009

Me he comprado una bici estática

Mi padre me dijo una vez que una opinión es como el culo: todo el mundo tiene una. Qué frase más útil. También me dijo que las excusas son como el culo, y también me pareció una frase la mar de útil, pero hoy centrémonos en las opiniones.
Es curioso, porque cuando hablas con alguien de cualquier cosa o le comunicas una decisión que has tomado, la persona tiene enseguida algo que decir al respecto. O sea, que tú llevas equis tiempo dándole vueltas a esa decisión y calibrando pros y contras, pero él o ella saben lo que es mejor para ti después de cinco microsegundos de procesamiento.
Esto viene a que me he comprado una bici estática. Cuando se lo cuento a la gente, lo primero que me dicen es:
- ¿Una bici estática? ¡Qué coñazo! ¿Por qué no coges la normal y sales a que te dé el fresco?
Claro. Qué buena idea. Resulta que cuando llegue a mi casa a las nueve y media de la noche después de estar todo el día memorizando psicoconceptos, voy a coger mi bici, a bajar del pico del águila donde vivo y a jugarme la vida en oscuras callejuelas de barrio residencial para hacer el hippie al aire libre.
Yo creo que en la vida hay dos tipos de personas: aquéllas para las que el deporte es un placer y aquéllas que lo consideran una obligación. Yo soy del tipo B. Sí, mola hacer deporte, cuando terminas tienes un montón de endorfinas y tal, pero a mí no me lo pide el cuerpo. Lo hago (cuando lo hago) porque si no mi organismo, de por sí de una calidad regulera, va a empezar a deteriorarse a toda velocidad y tendré todavía más posibilidades de terminar mi vida soltera y comida por pastores alemanes. A mí el cuerpo me pide leer, escribir, tocar el piano o dormir la siesta, pero ponerme a sudar gratuitamente, casi que no. Así que lo de la estática es, digamos, una solución de compromiso entre mi culo y yo: él dice que en seis meses de oposición está dispuesto a ponerse como un puf de esos de bolitas que se desparraman por el suelo, y yo que bueno, que haré un ratito de ejercicio al día para no llegar al punto en el que el daño sea irreparable.
De momento, a la estática no le veo más que ventajas. Me la compré de segunda mano por setenta euros y ya la he usado unas diez veces, así que me queda poco para amortizarla. Me pongo series en el ordenador y hale, a pedalear. Es verdad que no ves el exterior, que no respiras el aire fresco ni saludas a los niñitos con el timbre, pero también es verdad que, a cambio, puedes ver House, que a estas alturas es bastante más entretenido que la calle. Te libras de escalones, peatones molestos, coches abusones, cuestas y aire contaminado. Sólo pedalear sin pensar en nada más que en qué coño tendrá este paciente, que lleva siete punciones lumbares y dos resonancias magnéticas y todavía no tienen ni idea de qué le pasa.
Además, no pierdo tiempo desplazándome a gimnasios o al paseo marítimo, puedo ponerme estupendos modelés de ejercicio casero (pantalones cutres, tripa al aire, cintas en el pelo), liquido el asunto en cuarenta minutejos y después me voy directamente a la ducha y a la cama. ¿Que pedaleando en el sitio no se llega a ningún lado? Pues sí, es verdad, pero estoy segura de que eso es bueno para mi ego y la comprensión de la impermanencia.
Y por último, pero no por ello menos importante: si no consigo la plaza en Enero, al menos mi culo estará estupendo.