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miércoles, 12 de mayo de 2010

Compras


Me voy de tiendas a comprarme ropa para trabajar. Me pasé el verano pasado deambulando en chanclas por la biblioteca, así que mi armario da lástima. ¿Qué se supone que hay que ponerse para trabajar? Pienso en que quiero ir mona, pero no con pinta de guarra. Razonablemente arregalada, pero no ridículamente emperifollada. La ropa de esta temporada es horrorosa. Todo es rosa palo, beige, azul pálido o color coral. Todo tiene un montón de flores y estampados tipo abuela. Lo que no tiene flores es tipo marinero y, por si fuera poco, alguien ha decidido que ya es hora de que vuelva la chaqueta vaquera.

Yo vago por el centro comercial como un barco a la deriva cargado de bolsas. En algunas tiendas hace frío, en otras demasiado calor, y yo paseo los ojos por las estanterías y soy incapaz de computar tantísimas posibilidades de taparse con telas; me gustan prendas aisladas, pero no sé si puedo combinarlas entre sí, y mucho menos añadirles cinturones, pendientes y pulseras a juego. Investigo con curiosidad a las mujeres que dan vueltas a mi alrededor y observo cómo combinan la ropa las que me parece que van bien vestidas. Me gustan los tacones. Me gusta verlos y me gusta llevarlos, aunque me duelan los pies, y aunque realmente casi nunca los lleve por no desentonar con mis amigas jipis. Me gustan los fulares de colores, aunque nunca se me ocurre con qué podría llevarlos. Me gustan los vestidos.

De toda la ropa que me llevo sólo me convence claramente una camiseta. El resto me resulta difícil de combinar o no termina de quedarme bien, pero me lo llevo por si cambio de opinión cuando llegue a casa. Me compro un vestido rojo de estos que sabes que no te podrás poner en la vida, porque no habrá ninguna ocasión lo suficientemente arreglada pero informal y, sobre todo, lo suficientemente roja como para ponértelo. Me da igual, porque estoy divina, parezco Audrey Hepburn pero más rubia y menos escuálida, y me imagino con mis zapatos de tacón blanco y mi vestido rojo y pienso que no lo puedo dejar en la tienda, tan solito.

Después me siento en un bar del centro comercial y me tomo una cocacola. Fuera llueve, yo he traído la moto y tengo que matar el tiempo hasta que escampe, así que leo a Henning Mankell mientras mantengo mis bolsas bien guardadas entre los pies. Leer a Henning Mankell es como tener un colega en Suecia e ir a verle de vez en cuando. Todo te resulta extraño y familiar al mismo tiempo: el clima hostil, los suecos que se tutean, la densidad de población de un sueco por cada cien kilómetros cuadrados. Pienso que me gusta hacer cosas sola. Me gusta comprar sola y tomar algo sola. No es que no me importe; es que me gusta, disfruto de mi propia compañía como si yo fuera otra persona increíblemente inteligente y apasionadamente divertida con la que tengo la suerte de pasar el rato. A veces me pregunto si mi problema en esta vida no va a ser encontrar a un tío que me quiera tanto como yo me quiero a mí, y no sé si eso es estupendo o terrible.

Al final para de llover, y yo dejo a Kurt Wallander en el sur de Suecia y me encamino hacia la moto con mis bolsas. Voy pensando en mi vestido rojo y en qué camiseta pegaría con mis nuevos pantalones negros de tipo tailandés. Voy pensando que probablemente mañana tendré sesión de compra inversa, es decir: peregrinar por las tiendas devolviendo todo lo que me he comprado y no me va a gustar cuando me lo pruebe de nuevo. El aire de la tarde está húmedo y frío, pero el cielo se ha aclarado rápidamente y enmarca en azul oscuro la silueta de los edificios. Llego a mi casa helada de frío y dejo las bolsas en el suelo.

Me quedan tres días para irme de casa.

3 comentarios:

  1. Hadoro a nuestro tío Mankell. También lo visito de vez en cuando.

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  2. ¿Hadoro? ¿He escrito algo mal en el post? ¿Te sigues cachondeando por lo de los sonetos?

    No, si entre Mankell y John Irving vamos a tener en común los gustos literarios y todo...

    Un abrazo y gracias por comentar.

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