massobreloslunes: Fregados

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fregados


En general se me da bien desconectar de los pacientes adultos, pero a los niños los llevo peor. Los niños me dan mucha penita. Los veo tan dependientes e indefensos que no puedo evitar que se me estruje el corazón cuando lo pasan mal.

Ayer tuve a uno que venía por sospecha de déficit de atención y que a mí me huele a que pueda ser algo más grave, y cuando pedí una interconsulta con la otra psicóloga del centro para que me diera su opinión la madre se me acojonó. Yo intenté disimular con el rollo de "soy nueva y torpe, y si pido una segunda opinión es por eso, no porque piense que tu hijo pueda tener algo", pero ella se dio cuenta y se le caían los lagrimones en mi despacho.

Tuve también a un niño al que están acosando en el colegio, y ver a un chaval de doce años que se pasa las tardes durmiendo a oscuras porque se siente amenazado es duro. Luego están las tardes en la UCI pediátrica, cuando te cuenta una madre que a su niña se le han salido las tripas hacia el pulmón, y a ti no te parece muy grave porque la semana anterior viste a un lactante con un cáncer terminal en el cerebro.

Viva y bravo todo.

Aquí no hablo mucho de mi trabajo porque no sé muy bien cómo hacerlo. No quiero ponerme excesivamente dramática, ni que parezca que me hago la interesante, ni utilizar las historias de mis pacientes para crear humor o drama. Pero lo cierto es que toda esa desdicha y tragicomedia humana es parte de mi vida y, ya os digo, hoy estoy cansada y un poco sobrecargada.

No creo que ser psicóloga me haga mejor persona. Trabajo en esto porque quiero y me gusta, creo que tengo capacidad para sobrellevarlo y si yo no estuviera aquí hay 2600 personas (mínimo) que se pegarían por ocupar mi puesto. Pero no quita que este trabajo sea duro a veces. Tóxico. Y hoy me he venido al hospital pensando en el niño raro, en el niño acosado, en otro al que su padre lo manda textualmente "ar caraho" y, en fin, en todos los niños tristes del mundo.

La cuestión es que después de comer he bajado en el ascensor a tomarme un café y he coincidido con dos limpiadoras. Hemos parado en la cuarta planta y las puertas se han abierto, pero no ha salido nadie. Las limpiadoras se han quedado mirando el suelo recién fregado que se veía a través de la puerta.

- Se nota cuando no pisa nadie, ¿verdad? Lo bien que se queda - ha dicho una de ellas.
- Desde luego. Es que digo yo que al menos podían pisar por la orillita, que se nota menos.
- Ya, pero es que parece que ni nos ven. Yo a veces pienso que somos invisibles.

Se ha abierto la puerta, he salido y me he despedido de ellas, porque aunque lleve pijama blanco yo en realidad también soy personal minoritario en el hospital. A veces también me siento como si fuera invisible. Y me he ido hacia la cafetería pensando que en esta vida, como dice Mafalda, "cada quién tiene su pequeña o gran preocupación".


EDITADO: Diez minutos después de terminar de escribir esta entrada, me pegué una hostia impresionante sobre el suelo recién fregado de la UCI pediátrica. La vida es una cachonda.

1 comentario:

  1. Tengo que decirte que escribes genial y transmites mejor. Espero que seas tan buena de psicóloga como te expresas en este blog. Te seguiré de cerca más amenudo.
    Por cierto me he reido mucho con esta entrada y espero que el ostión contra el suelo mojado no te haya dejado serias secuelas... al menos que te impidan seguir escribiendo XD

    ALe

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