massobreloslunes: abril 2010

jueves, 29 de abril de 2010

El típico bloqueo

Últimamente intento no dejar que el hecho de no tener ideas para el blog me impida escribir en el blog. Por la noche, cuando todos se han acostado y en mi casa ya no hay ruido, me siento frente al recuadro blanco del editor de entradas de blogger y pienso en qué escribir. En la ficción. En la verdad. En la parte de mi vida que quiero filtrar a Internet. En no utilizar la escritura para mandar crípticos mensajes emocionales a personas que quizá ni me estén leyendo.

Entonces, normalmente, lo que hago es escribir y borrar, escribir y borrar, en un acto absurdo de autocensura y de cansancio. Ayer, por ejemplo, escribí como diez párrafos distintos sobre mi viaje a Granada, y todos me parecían cursis, demasiado privados o simplemente innecesarios. Hoy probablemente acabe borrando también estos párrafos por ser demasiado metaliterarios. O quizá los deje para que haya constancia de mi buena voluntad o para rellenar el vacío de demasiados días sin publicar nada nuevo.

En cualquier caso, tengo sueño y, definitivamente, me faltan ideas.

jueves, 22 de abril de 2010

Fricóloga

Y desarrollando aún más mi ya vasta faceta creativa, me lanzo al cómic ligeramente precocinado con Vicente, Psicólogo Interno Residente.

Me voy a Granada a pasar el fin de semana. Sed buenos.

miércoles, 21 de abril de 2010

Libros: una historia de amor

Queridos y escasos lectores:

Voy a escribir hoy el post del Día del Libro porque me sale de los mismos y porque probablemente el Día del Libro en sí esté en Granada sin acceso a Internet. Una vez hecha esta aclaración, ahí van mis...

... 40 gustos, manías y aberraciones relacionadas con los libros.

1. Leo para divertirme. No leo para culturizarme, ni para ser mejor persona, ni para tener de qué hablar en los círculos gafapastiles. Leo para divertirme. Esto quiere decir que la elección de mis lecturas está determinada por un criterio básico: que me entretengan.
2. Si un libro no me gusta, lo dejo a medias. Normalmente, no es una decisión consciente y meditada; simplemente, el libro me aburre, no me dan ganas de leer y no leo.
3. Puedo pasar mucho tiempo sin leer.
4. No me prestéis libros que no os haya pedido. Odio que me presionen para leer. Lo odio.
5. No me regaléis libros que no os haya pedido a no ser que conozcáis muy muy bien mis gustos. Odio que malgasten el regalo de un libro en uno que no tengo interés por leer.
6. Creo que leer es genial, pero no me importa demasiado que "se fomente la lectura". Quien quiera leer, que lea.
7. No creo en la crítica literaria. Me parece el oficio más triste del mundo.
8. Como conclusión, tampoco creo en hacerse pajas mentales analizando libros ajenos. Creo que el único diálogo que debería existir entre lector y escritor es el que se establece cuando alguien lee una novela. Interpretar novelas me parece innecesario. Sólo lo admito como manera de mejorar como escritor (estudio cómo construye sus novelas tal autor porque quiero escribir novelas).
9. No creo que sea tan importante leer clásicos. Al fin y al cabo, si se leían en su época es porque no había nada mejor. Aquí reitero el punto uno.
10. El primer adjetivo más absurdo aplicado a una novela en una crítica es "imprescindible". "Fulanito de Copas ha escrito una novela imprescindible". ¿Contiene su novela el oxígeno del planeta? ¿No? Entonces no es imprescindible.
11. El segundo adjetivo más absurdo aplicado a una novela es "universal". ¿Clásico universal? ¿En serio? ¿Y si en otras galaxias también se escribe? Un poco de humildad como especie, por favor.
12. En general, la literatura española contemporánea me resulta cansina. Son cansinos Javier Marías, Maruja Torres, Rosa Montero, Almudena Grandes, Rosa Regàs, Ángeles Caso, Juan Manuel de Prada, Pérez-Reverte y un largo etcétera. Malos no. Cansinos.
13. No me gusta leer antes de dormir. Tengo sueño y no lo disfruto.
14. El mejor sitio del mundo para leer es el autobús.
15. En determinadas ocasiones, prefiero leer a hablar con gente.
16. Anagrama anula mi criterio. Cada vez que publican un libro pienso que tiene que ser bueno.
17. Leer un libro que me gusta aumenta muchísimo mis niveles de felicidad general.
18. Leer un libro que no me gusta me hunde en la miseria espiritual. Por eso los dejo.
19. No creo que todo lo que se publique sea bueno, pero estoy convencida de que todo lo bueno acaba por publicarse. No me creo las excusas de "es que nadie me comprende ni entiende mi maravillosa novela". Si tu novela fuera tan maravillosa, te la habrían publicado.
20. Quedarme ciega y no poder leer es una de las cosas que me dan más miedo en la vida.
21. A veces huelo los libros.
22. A veces acaricio los libros.
23. Me encantan las cubiertas bonitas.
24. La tipografía ES importante.
25. Siempre que empiezo un libro miro cómo se titula en versión original.
26. No me gusta la novela histórica. De hecho, no me gusta la Historia. Reconocer esto, para mí, fue tan traumático como salir de un hipotético armario cultural.
27. Me gustan las biografías bien escritas.
28. Me gustan los libros basados en hechos reales que traen fotos en la parte central.
29. Me gustan más las tapas blandas que las duras.
30. Marco las páginas con las solapas, si el libro las tiene, pero nunca he utilizado un marcapáginas.
31. La sola presencia física de libros, aunque estén cerrados, me tranquiliza.
32. Por eso mismo, el concepto de libro electrónico me aberra.
33. Me gustan las bibliotecas, pero prefiero las librerías.
34. Del mismo modo, me gusta sacar libros de la biblioteca, pero me encanta comprarlos y quedármelos para siempre.
35. De pequeña leía hasta mientras comía. Leía patológicamente. Me leí todos mis libros varias veces.
36. Soy una lectora irregular. Puedo leerme tres libros en una semana y después pasar otras dos semanas sin empezar nada nuevo.
37. He decidido creer que los personajes de los libros que me gustan (por ejemplo, Sherlock Holmes) existen realmente en algún plano de realidad paralelo.
38. Si alguna vez os dejo un libro que me encanta, por favor: no me digáis que no os ha gustado nada. Aunque sea verdad. Sed sutiles. Mentidme un poquito. Me duele que insulten a los libros a los que amo.
39. Los libros que no me gustan demasiado se me olvidan por completo.
40. Los libros que me gustan se me graban a fuego en el cerebro.

Podría seguir, pero no sé si esto es interesante o sólo un absurdo ejercicio de masturbación mental.

Termino diciendo que en el caso hipotético de que alguno de mis lectores quiera regalarme un libro a corto plazo, por ejemplo para el Día del Libro, quiero "De qué hablamos cuando hablamos de correr", de Murakami. Lo vi ayer en una librería y ya lo codicio.

¡¡Feliz día del libro!! ¡¡A leer, a leer todo el mundo!!
- ¡Marina! ¿te puedes creer que justo ahora iba a llamarte?
- ¡Telepatía!
- Sí, será eso.
- Nada, que he visto tu llamada perdida en mi móvil. ¿Querías algo, o sólo necesitabas oír el sonido de mi melodiosa voz?
- Quería oír tu melodiosa voz, pero también quería devolverte el portarretratos que te dejaste en mi casa, el que te regalaron mis padres. ¿Te apetece que quedemos mañana para tomar algo?
- Claro, cuando quieras.
- ¿Y qué tal, cómo te va?
- Muy bien, ya elegí plaza. Me voy a Cádiz, estuve allí la semana pasada y ya tengo piso.
- ¿En serio? ¡Qué bien!
- Sí, por el centro, un apartamento muy mono. Me voy a vivir sola. ¿Qué tal tú?
- Pues aquí, que no sé si dejar el curro e irme a vivir con mis padres.
- ¡Ja! ¡Mi vida es mejor que la tuya!
- ¡Marina! ¡Eso no se dice!
- ¿No decías que soy una borde? Pues para que no me eches de menos.
- Pero me voy pasado mañana de viaje a Abu Dhabi.
- Pero cuando vuelvas tu vida seguirá siendo igual y yo estaré camino de mi apartamento y mi curro genial en Cádiz. Mi vida sigue siendo mejor que la tuya.
- Casi que te devuelvo el portarretratos y dejamos lo de la caña.
- Venga, anda, te prometo que no digo nada más. Quedemos para tomar una caña.
- Vale, pues te llamo mañana y quedamos.
- ... ¡¡y además soy más joven!!
- ¿Qué?
- Que mi vida es mejor que la tuya y soy mucho más joven.
- Eres lo puto peor.
- No te digo que no.

martes, 20 de abril de 2010

Amor, I

Te pasa que te encierras tanto en tu historia concreta y mezquina que agarras al Amor y, para empezar, le quitas la mayúscula, y el Amor, tan creído, tan omnipresente en las canciones y en los cuentos de hadas, se convierte en el amor vulgar que tú piensas que te está destinado.

Le despojas de sus ropas ostentosas y le das unas más corrientitas: así tienes que ser, amor, le dices. Así, más sencillito, más asequible, estás muchísimo más guapo. Después le cortas el pelo, lo reduces a un lamentable marine, pero le sigue sobrando pelo, así que le afeitas la cabeza y ya parece salido de un campo de concentración o de una sesión de quimioterapia. No te importa que estén raídas las ropas del amor; para que no se note, se las arrancas del cuerpo y lo dejas en cueros. El amor con minúsculas va adelgazando, desnudo y desnutrido, pero a ti te da igual, porque piensas que tiene que ser así, que debe ser así: que no sirven de nada sus ropajes, sus cabellos, la superflua capa de grasa que recubre sus huesos, las proteínas de sobra que almacena en sus músculos.

Y el amor adelgaza y se consume en tus manos, y tú le dices que lo guapo que está, que vaya tipín se le está quedando, y se le caen las uñas y el poco pelo que le has dejado, y su cerebro se engulle a sí mismo para evitar desfallecer. Y al final, aunque el amor se muera, tú intentas embalsamarlo; al fin y al cabo, te dices, la vida era un incordio; puedes quedarte con tu precioso cadáver de amor, inmóvil y preservado para la eternidad con la cantidad suficiente de conservante.

Luego quién sabe, quizá sigas con tu momia más tiempo del recomendable, o quizá te des cuenta de que arrastras de un lado a otro a un cadáver que se descompone despacio. Si no tienes suerte, qué quieres que te diga; acabarás por pasar la eternidad aferrada a tu propio y hermoso montón de huesecitos huérfanos.

domingo, 18 de abril de 2010

Apocalipsis

Corren rumores de Apocalipsis sobre nuestro mundo. Terremotos, inundaciones y volcanes que escupen sus cenizas. La Tierra sacudiéndose enérgicamente para sacarse de encima a esos bichitos molestos que no paran de incordiarle. Además, me he enterado de que hay un meteorito que podría desviarse y chocar contra nosotros en 2019. Hay que joderse. Como si no hubiera suficiente con los problemas derivados de una vida normal en el planeta tal y como está ahora.

Pienso en que se acabe el mundo conmigo dentro. Mi padre siempre dice que, puesto que todos tenemos que morirnos, casi mejor morirse de Apocalipsis, con la gente corriendo de un lado a otro, la tierra escupiendo fuego, los ángeles tocando sus trompetas y los jinetes trotando sobre nuestros cadáveres. Así que hoy me pregunto: ¿me gustaría morirme de Fin Del Mundo? En general, pienso que voy a morirme de cáncer en torno a los cincuenta y pocos años; no es una idea muy agradable, pero es la intuición que tengo sobre mi propia muerte. No me veo de vieja. Aunque cincuenta y pocos no son muchos teniendo en cuenta la esperanza de vida actual, son más que veinticinco. Con suerte, habré tenido tiempo al menos de tener hijos. De sentir a un micaco dando patadas en el fondo de mi vientre. No me gustaría morirme sin sentir eso, y después el chorro de amor brutal, incondicional, por ese pequeño garbanzo de carne y huesos.

Pero lo cierto es que, independientemente de mi reloj biológico, no me quiero morir de Apocalipsis. No quiero vivir un pánico colectivo y sin esperanza. Quiero morirme sola con la consciencia de que dejo vida detrás, y no me refiero sólo a la vida individual de mis descendientes, sino a la Vida colectiva y planetaria prosiguiendo su camino alrededor del sol. Quiero morirme con la sensación de que las cosas funcionan.

Morir de Apocalipsis o de Fin Del Mundo, a pesar de ser el consuelo de los tontos por aquello de morirnos todos juntos chillando como ratas, anularía por completo lo que ha sido nuestra vida sobre la Tierra. Compadezco a aquéllos que tengan que estar pisando el planeta cuando esto se termine. Todos sus esfuerzos por perpetuar la especie, por dejar un legado, plantar un árbol y escribir un libro se verán pulverizados por un meteorito o por un holocausto nuclear. Entonces sí que te mueres del todo. Te mueres y se acabó, y detrás de ti sólo queda vacío.

Tranquilos. En cualquier caso, Hollywood se está dedicando duramente a escribir guiones y a ensayar posibles Finales Del Mundo para que siempre haya disponible una reluciente Nave Espacial Norteamericana que nos salve a todos del desastre. Confiemos en eso.

sábado, 17 de abril de 2010

La gracia de Dios

El joven estudiante de ingeniería industrial se consideraba una persona sensata, tranquila y bondadosa. No le gustaba discutir. Amaba a los animales. Devolvía las vueltas cuando le daban cambio de más.

Una noche, después de una pelea particularmente calurosa con su novia por algo relacionado con la definición de la palabra "gorda", pensó "No entiendo por qué no todo el mundo es como yo. ¿Por qué se enfada la gente por estas estupideces? ¿Por qué no viven y dejan vivir? Si todo el mundo fuera como yo, la vida sería mucho más fácil".

Al día siguiente, el mundo entero era como él. La ciudad se apiñaba frente a su bar favorito, mientras se colapsaban los vuelos dirigidos a su ciudad y aumentaba espectacularmente el precio de las casas de su barrio. Hombres y mujeres llevaban la misma ropa que él y paseaban por la calle con el mismo gesto tranquilo y educado. En la escuela de industriales no cabía un alfiler.

A pesar del hacinamiento, eso sí, todos vivían y dejaban vivir.

Al final del día, exhausto de sí mismo, el ingeniero se encerró en su casa y cerró con llave, miró cabreado hacia el techo y le dijo a Dios algo así como "lo habría entendido igual sin la ironía de los huevos".

jueves, 15 de abril de 2010

Distancia entre personas, ciudades y la tacita de plata

Cuando alguien está tan loco por una ciudad como lo estoy yo por Granada y elige marcharse, no le queda más remedio que olvidarse un poco de ella para no sufrir. Como cuando dejas a un novio y evitas comer en los restaurantes que os gustaban para que no te atormente el desasosiego de todo lo que te estás perdiendo. Como cuando te peleas con un amigo y tienes que esconder sus rastros en tu vida para no morderte los labios cada vez que los ves.

En las personas, y en las ciudades, la vida transcurre sin ti. Las ciudades palpitan bajo los pies de sus habitantes y los corazones palpitan en los pechos de la gente a la que has amado. Así que buscas algo distinto, algo radicalmente diferente a una persona o a una ciudad. Te vas con un tímido si antes estabas con un verborreico. Te vas a que te azote el viento del mar en la tacita de plata y te acuerdas de cuando te alcanzaba el aire frío en Gran Capitán y te gustaba pensar que aquellas partículas de oxígeno en concreto llegaban directamente desde la cima del Mulhacén.

Te abstraes de la vida paralela que llevan tus personas, tus ciudades. Dejas que sigan amando a la gente a la que aman, o que sean habitadas y acariciadas por los pies de los extraños a los que tú envidias. Tú sigues con tu vida, en medio del viento, del mar, rodeada de desconocidos y de acentos que al principio te resultan exóticos. Sólo rezas y confías para que lo que algún día amaste y abandonaste permanezca ahí de alguna manera. Recibiendo en silencio el breve cupo de amor que les sigues destinando. Viviendo y dejándote vivir a ti sin perder la esperanza de algún reencuentro amable e inofensivo en un futuro a medio o largo plazo.