massobreloslunes: mayo 2010

lunes, 31 de mayo de 2010

Lessatín con piña

Quedarse quieta esperando la inspiración está bien cuando estás metida en tu cuarto a las doce de la noche y nadie te ve divagar con la mirada perdida y las manos sobre el teclado. Pero yo ahora estoy de nuevo en la plaza de la catedral y todo es tan perfecto, la luz es tan blanca y tranquila, la gente parece tan buena que yo, que llevo el pelo recogido en una coleta y una camiseta recortada por las mangas, que escribo en mi Macbook blanco con un zumo de piña sobre la mesa, parezco rescatada de un anuncio de compresas o de leche de soja. Aquí queda raro divagar con el ordenador enfrente y, de hecho, si una se queda mucho rato observando el ir y venir acompasado de las personas a través de la plaza (no como los movimientos individuales, sino como la coreografía de corrientes humanas entrando y saliendo por las callecitas), no se le ocurre más que pensar que la vida está bien, que el mundo está bien como está, incluso aunque una sepa que eso es una mentira como la copa de un pino.

Pienso en mi primer día de trabajo. Me pregunto si al final la salud mental no va a acabar haciéndome más feliz o, por lo menos, más consciente de mi suerte en la vida. Los pacientes van pasando por la consulta y yo, que estoy de observadora en una esquinita, no hago más que arreglarles el pelo a todos con la mente: a ti te teñiría las raíces, a ti te cambiaría el color, a ti te cortaría esa coletilla horrenda. Escucho relatos que parecen salidos de una película de Almodovar mientras cambio el color de las camisetas y limo las uñas de los pies. Y después se van a casa con sus consejos, si los hay. Con sus pautas, si las hay. Con su cóctel de medicamentos, que lo hay prácticamente siempre. Incluso los que vienen al psicólogo traen enchufada su dosis de ansiolítico y antidepresivo. En esos momentos, cuando veo salir a Menganito con las gafas de sol baratas sobre el pelo, a Fulanita con su flequillo pasado de moda y su bolso agarrado contra la cadera, pienso en cómo será la vida para ellos. Cómo la percibirán.

Cuando era pequeña me preguntaba cómo sería la vida a través de los ojos de las personas que no eran yo. Si pensaban más o menos, si se sentían de forma distinta por dentro. Recuerdo haber pensado que mi cara era muy bonita y simétrica, y haberme preguntado cómo sería para los que tenían caras más feas y más asimétricas que yo mirarse al espejo. Y con veinticinco años aquí estoy todavía preguntándome lo mismo. Reflexionando sobre la suerte de mi propia compañía, de mis momentos tranquilos escuchando música y preparándome la cena, de ser capaz de escribir y de dar un sentido a mi vida con el relato de los hechos que considero importantes. Estoy con mi capacidad de ser feliz con las novedades de Anagrama o con la estantería de quesos del supermercado, sabiendo que a pesar de la cantidad de modalidades de horror que tiene la vida dispongo de inteligencia, de sensibilidad, de sentido del humor y de un montón de palabras para capearla. Y me pregunto cómo navega por la vida Fulanita, con su caja de lexatines en el bolso y la certeza absoluta de que ni ella, ni su vida, ni siquiera su flequillo pasado de moda tienen ya remedio.

Definitivamente, aún es demasiado pronto para saber si la salud mental me va a hacer más o menos mentalmente sana.

viernes, 28 de mayo de 2010

Zen en el supermercado


Hace unos días estaba en el Carrefour, esperando para pagar unas cuantas botellas de agua mineral y unos tomates. Yo pensaba en mis cosas mientras escuchaba a las cajeras a ver si decían precios con el número ocho, como “ocho con sesenta” o “diecinueve con ochenta”, para escuchar el sonido suave de la “ch” gaditana.

Delante de mí había dos mujeres jóvenes. Tenían el aspecto un poco desgastado de las madres de barrio: la piel apagada bajo los focos halógenos, el pelo de un rubio amarillento y los hombros tostados de pasarse las tardes en la playa de la Caleta. Dos niñas pequeñas, imagino que sus hijas, jugaban cerca de la caja y delante de la frutería con los guantes de plástico que se utilizan para elegir la fruta. Correteaban de un lado a otro mientras las madres charlaban con un ojo en la cinta transportadora y el otro en ellas.

El cliente anterior, un chico joven con pinta de extranjero, estaba sacando el monedero para pagar. Las dos mujeres ya tenían colocada la mayor parte de su compra sobre la cinta y avanzaron un poco. Entonces, lo sé porque casi pude oír sus cerebros, las dos pensaron a la vez en llamar a sus hijas, que todavía jugaban junto a la frutería agitando los guantes de plástico. Volvieron las cabezas y se prepararon para tomar aire. Yo me quedé mirándolas y, de repente, fue como si el tiempo se ralentizara. Mi mente se vació y mis ojos se quedaron fijos en sus caras. Y supe que sus mentes también estaban vacías, absortas en los movimientos de sus hijas junto a las cajas de fruta, porque sus dos pares de labios perfilados demasiado oscuro se curvaron hacia arriba muy despacio, con mucha delicadeza, en una sonrisa tan suave que parecía una ilusión óptica. Yo me quedé parada, mi mente prendida en las suyas prendidas a la vez en la de sus hijas, y durante unos segundos las tres permanecimos muy quietas mientras se oían los bips de la caja registradora.

Entonces el tiempo volvió a ponerse en marcha, desaparecieron las sonrisas secretas y las niñas vinieron junto a la caja para ayudar a colocar los objetos que aún quedaban en el fondo del carrito. Las madres guardaron la compra en bolsas, la cajera dijo “veintiosho con oshenta y cinco” y yo pensé que no me extraña que la gente no quiera morirse.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Pasos

Las llamadas de J. siempre me turban un poco. Estoy aquí, esforzándome en cambiar mi vida lo suficiente como para que él no quepa en ella, y aparece su nombre en la pantalla del móvil. J. deslizándose en mi salón desde su estudio en Málaga. Su voz alegre y nerviosa cruzando el aire hasta llegar a mis oídos. A veces me cabreo, ¿qué querrá éste ahora? ¿Por qué no me deja tranquila de una puta vez? Nos hemos llamado tanto, en contextos tan diferentes. He visto tantas veces parpadear su nombre en la pantalla de mi móvil.

Hoy vuelvo a casa después de llevar la bici a arreglar y me encuentro una perdida suya. Le doy un toque (que se gaste él el dinero) y me devuelve la llamada enseguida. “Tenía muchas llamadas tuyas – me dice -. Me estabas llamando con insistencia, y cuando lo he cogido sólo se escuchaba el rumor de tus pasitos sobre la acera. ¿Llevabas el móvil en el bolsillo?”. “No, en el bolso”, contesto yo. “Pues eso, que sólo quería decirte que bloquees el móvil para que la gente no pueda escuchar tus pasos ”.

No me hables como si estuvieras escribiendo un post, pienso ahora, pero en ese momento sólo puedo asentir, sonreír, darle las gracias y despedirme. “Hasta luego, guapo”. Y después no siento nada; ni tristeza, ni ganas de verle, ni nada. Simplemente guardo el móvil y sigo haciendo la cena.

Ay, J. Me gustas poco ahora mismo, pero aún te quiero mucho. Me acuerdo de ti cuando veo las largas olas que forma el viento de poniente sobre la playa de la Victoria, y te imagino dando por saco con la tablita de surf y reclamando que te mire desde la orilla. Tiene huevos que de entre toda mi agenda mi móvil desbloqueado tenga que elegirte precisamente a ti para que oigas el ruido que hacen mis pasos sobre las calles de la ciudad.

domingo, 23 de mayo de 2010

Domingo

Domingo por la mañana. Sol reluciente en Cádiz, ligero viento suavizado por las callecitas estrechas del centro. Me levanto a las nueve fresca como una lechuga, medito una hora, desayuno un colacao con una tostada y me echo a la calle, portátil en mano, con el propósito de acercarme a la plaza de la Catedral y aprovecharme de la wifi gratis que pone el ayuntamiento.

Todo va bien. El sol brilla, los pájaros cantan, y aunque el café esté un poco más cargado de la cuenta no me importa. Mi Macbook se yergue orgulloso bajo el sol e la mañana y los dos últimos capítulos de la sexta temporada de Anatomía de Grey viajan a toda velocidad hacia mi disco duro.

Todo va bien hasta que oigo a mi derecha el sonido de Satán. Y Satán suena como una flauta de pan afinándose en el aire tranquilo de la mañana de Domingo.

Los putos indios músicos de los cojones.

Cinco minutos después encienden el maldito hilo musical de su teclado barato, lo conectan a sus amplificadores y empiezan a vomitar por la plaza basura en forma de instrumentos de viento tradicionales. Odio a los putos indios músicos y, por extensión, a los putos músicos peruanos. Odio sus versiones de Titanic y de Let it Be. Odio que se entrometan en mi hermosa mañana de mayo y la emponzoñen con sus putas flautitas de madera. Odio esa pseudomúsica blanda hecha para que los guiris y los simples se paren enfrente y admiren sus tristes penachos de plumas falsas.

Para que luego digan que la música amansa a las fieras.


miércoles, 19 de mayo de 2010

Cádiz


Estoy en la biblioteca pública de Cádiz, sentada junto a la ventana. No es tan bonita como la de Granada ni tan horrorosa como la de Málaga. Las mesas están llenas de universitarios y opositores, y por la ventana sólo veo un trozo del edificio de al lado y un fragmento pequeño pero poderoso de cielo azul. Una buena regla de vida es ir localizando las bibliotecas de las ciudades para no sentirse perdido; uno no puede sentirse solo cuando hay cubiertas de Anagrama para acariciar en las estanterías.

Perdón por no actualizar, pero aún no tengo internet en el piso y he estado liada desde que llegué. Ahora el problema es que se me han acumulado tantas impresiones y tantos pensamientos que no sé por dónde empezar. Así que segmentemos.

La ciudad.

La ciudad me gusta. A ratos echo de menos estar en Granada y saber exactamente dónde hay una copistería, una cafetería agradable, una librería o una tienda de pan ecológico, en vez de tener que dar vueltas por las calles preguntando a la gente con cara de idiota. Y creo que siempre me parecerá antinatural que la bebida no venga con tapa. Pero en general la ciudad me gusta. El Atlántico es azul eléctrico y parece más ancho que el Mediterráneo, me imagino que por el efecto óptico de verlo comparado con la lengua de tierra de la ciudad. El centro es como un pueblo grande, lleno de fruterías, mercerías, zapateros, cuchilleros, afiladores y muchos otros oficios bizarros que pensaba que ya no practicaba nadie.

La gente es simpática hasta el absurdo. Hoy el conductor de autobús me ha dejado subir gratis porque no llevaba suelto. Todo el mundo se pone a charlar a la mínima de cambio en cualquier tienda. Cantan por las calles y pronuncian la "ch" como "sh", y se llaman unos a otros "shosho" y "pisha". Como dice Erika, eso no está del todo mal; es en plan "tú tienes lo tuyo y yo tengo lo mío; dejémoslo claro desde un principio".

Aun así, no quiero apresurarme. Hace falta tiempo para conocer a las ciudades. Pero me gusta ver el mar a diario más de lo que estaba dispuesta a admitir.

El trabajo.

Aún no he empezado. Doy vueltas por los centros de salud y por el hospital conociendo a gente y entregando papeles. Mi R3 (el residente de tercer año; no hagáis bromas de la Guerra de la Galaxias, que están muy vistas) me ha acogido amablemente bajo su ala y me está ayudando muchísimo. La semana que viene tendremos el acto de bienvenida y algunos cursos más bien enfocados a médicos que van a hacer guardias en urgencias, así que me imagino que me dedicaré a ir a la playa solucionar importantes asuntos pendientes. Después empezaré por el centro de salud mental de adultos.

¿Tengo ganas de empezar? ¿Estoy nerviosa? Es lo que me pregunta todo el mundo. Digamos que creo que aún no me he implicado del todo con lo que conlleva estar aquí y comenzar la residencia. Voy tomándome los días uno por uno y las impresiones a medida que van llegando. Creo que hacerme realmente consciente de todo lo que implica mi nuevo trabajo me aplastaría, y creo que debo mantener un cierto distanciamiento si no quiero pasarme las tardes llorando en casa por lo injusto que es el mundo. En fin. Ya iré contando cuando esté más metida en faena.

Yo.

Yo estoy bien. De momento me está encantando lo de vivir sola. Mis naturales tendencias hacia el aislamiento se ven colmadas en mis 42 metros cuadrados de piso coqueto. A ratos me aturrulla un poco tener tanto control sobre mi tiempo y mi espacio, pero en general me gusta mucho. Aún no he escrito un "top ten de cosas geniales de vivir sola", pero está al caer, creedme. De momento creo que va ganando "echarme la siesta en el sofá", seguido de cerca por "nadie me impone su música de Satán".

De momento, eso es todo. A alguien en la biblioteca le huelen muchísimo los pies y en un ambiente así es difícil encontrar inspiración. Seguiremos informando desde la tacita de plata.

viernes, 14 de mayo de 2010

Rubik


Ya os he contado que últimamente me siento aquí sin tener ni puta idea de qué escribir. Escribo, borro, observo mi habitación. Escribo, borro, miro por la ventana. Escribo, borro, examino mi mesa de estudio, y como me he hartado de borrar pienso que voy a escribir un post sobre lo primero que me llame la atención.

A mi izquierda tengo el cubo de Rubik que me regaló mi amigo Adri. Desde que aprendí a resolverlo pienso que en el mundo hay dos tipos de personas: las que cuando ven un cubo de Rubik quieren saber la solución y las que pueden vivir sin conocerla jamás. Mi amigo Adri, por ejemplo, buscó en Internet los algoritmos y practicó él solo hasta que le salió. A mí me enseñó él y practiqué hasta que conseguí resolverlo sola. Mi amigo Funes (¡Ey, Funes, voy a dejar de llamarte mi ex! Lo he decidido así) todavía no sabe resolver el cubo ni tiene ningún interés por aprender.

De la gente que tengo alrededor, la mayoría me ha preguntado alguna vez cómo se resuelve el cubo y ha aprendido a hacer la primera capa. Normalmente no pasan de ahí. Creo que solo Elsa fue capaz de llegar hasta el final, y hasta se compró un cubo en los chinos para practicar en casa. Yo no tengo muy claro qué diferencia a una persona que aprende a resolver el cubo hasta el final y a otra que no; solo sé que yo sería incapaz de vivir con ese enigma delante de mis narices.

Por último, contaré que más allá de limitarse a resolver el cubo en plan normal, hay todo un colectivo de "cuberos" que intentan resolverlo en menos tiempo, con algoritmos más complicados y eficaces, con una sola mano o con los ojos cerrados. Lubrican sus cubos con spray de silicona, organizan competiciones nacionales e internacionales e intentan superar sus marcas. Podría decirse que son frikis absurdos, pero a mí me encanta esa gente y la manera en que están absortos en ese trocito de inutilidad tan exacta y pura que es un cubo de Rubik.

P.D.: No vale quejarse de la temática del post de hoy. En mi escritorio hay, entre otros objetos, ibuprofenos, tapones para los oídos, un aparato para los mosquitos, una disquetera portátil y un pañuelo para las gafas, así que el post podría haber sido mucho más terrible.

jueves, 13 de mayo de 2010

Gorda

Los días de sentirse gorda son como el nublado. Llegan, pasan y punto. Y no tienen que ver con que hayas aumentado realmente de peso o de volumen. Tú te sientes gorda aunque sigas cabiendo en una treinta y seis. Sientes claramente la frontera entre tu cuerpo y el mundo y te da la impresión de que si tuvieras que alimentar con tu culo a un pequeño país africano les daría para repetir.

Yo hoy estoy aquí haciendo mudanza y sintiéndome gorda. Mi cuarto está cubierto de ropa tirada y de objetos desparramados por la mesa. Voy haciendo cajas poco a poco, despacito y buena letra, mezclando los libros con la ropa para que no pesen demasiado. Después escribo en la superficie lo que contienen: "Adornos, tetera, algunos libros". "Zapatos y bolsos". No me disgusta tanto mudarme como podría parecer. Realmente, es agradable poder ordenar los objetos que necesitas, meterlos en cajas, llevártelos a otro lugar y dejar abandonados los recuerdos que te sobran. Después te quieres cambiar de casa y es lo mismo: recoges tu vida, la metes pulcramente en otras cajas, te vas a otro lugar, lo habitas y te parece que has estado allí siempre. Entonces te das cuenta de que la entidad a la que tú llamas vida es un conjunto de objetos colocados en un lugar, un conjunto de actividades desplegadas a lo largo de tus días, un conjunto de personas con las que te relacionas. Cambian los objetos, cambian las actividades, cambian las personas, cambia toda tu vida. Al menos los objetos pueden meterse en cajas.

El mundo es raro, raro, raro de cojones. Lo pienso prácticamente cada día. Cada día pienso en lo extraño que es estar viva, moverse, respirar, en el bonito diseño del cuerpo humano, en el sufrimiento, en la muerte, en el hecho de viajar en un planeta redondo a través de un universo de límites desconocidos. Es rarísimo, rarísimo, y sobre todo es rara la manera que tenemos los humanos de comportarnos como si no nos fuéramos a morir nunca y como si realmente este mundo fuera todo lo que hay y tuviera algún sentido. El problema es que si eres consciente de eso muy a menudo acabas viendo el mundo como un entretenimiento curioso en el que no merece la pena partirse demasiado los cuernos. Para mí últimamente todo es un poco como jugar a los Sims. Me noto poco implicada en el rollo este de la vida.

Excepto, por supuesto, en esos días en los que me siento gorda.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Compras


Me voy de tiendas a comprarme ropa para trabajar. Me pasé el verano pasado deambulando en chanclas por la biblioteca, así que mi armario da lástima. ¿Qué se supone que hay que ponerse para trabajar? Pienso en que quiero ir mona, pero no con pinta de guarra. Razonablemente arregalada, pero no ridículamente emperifollada. La ropa de esta temporada es horrorosa. Todo es rosa palo, beige, azul pálido o color coral. Todo tiene un montón de flores y estampados tipo abuela. Lo que no tiene flores es tipo marinero y, por si fuera poco, alguien ha decidido que ya es hora de que vuelva la chaqueta vaquera.

Yo vago por el centro comercial como un barco a la deriva cargado de bolsas. En algunas tiendas hace frío, en otras demasiado calor, y yo paseo los ojos por las estanterías y soy incapaz de computar tantísimas posibilidades de taparse con telas; me gustan prendas aisladas, pero no sé si puedo combinarlas entre sí, y mucho menos añadirles cinturones, pendientes y pulseras a juego. Investigo con curiosidad a las mujeres que dan vueltas a mi alrededor y observo cómo combinan la ropa las que me parece que van bien vestidas. Me gustan los tacones. Me gusta verlos y me gusta llevarlos, aunque me duelan los pies, y aunque realmente casi nunca los lleve por no desentonar con mis amigas jipis. Me gustan los fulares de colores, aunque nunca se me ocurre con qué podría llevarlos. Me gustan los vestidos.

De toda la ropa que me llevo sólo me convence claramente una camiseta. El resto me resulta difícil de combinar o no termina de quedarme bien, pero me lo llevo por si cambio de opinión cuando llegue a casa. Me compro un vestido rojo de estos que sabes que no te podrás poner en la vida, porque no habrá ninguna ocasión lo suficientemente arreglada pero informal y, sobre todo, lo suficientemente roja como para ponértelo. Me da igual, porque estoy divina, parezco Audrey Hepburn pero más rubia y menos escuálida, y me imagino con mis zapatos de tacón blanco y mi vestido rojo y pienso que no lo puedo dejar en la tienda, tan solito.

Después me siento en un bar del centro comercial y me tomo una cocacola. Fuera llueve, yo he traído la moto y tengo que matar el tiempo hasta que escampe, así que leo a Henning Mankell mientras mantengo mis bolsas bien guardadas entre los pies. Leer a Henning Mankell es como tener un colega en Suecia e ir a verle de vez en cuando. Todo te resulta extraño y familiar al mismo tiempo: el clima hostil, los suecos que se tutean, la densidad de población de un sueco por cada cien kilómetros cuadrados. Pienso que me gusta hacer cosas sola. Me gusta comprar sola y tomar algo sola. No es que no me importe; es que me gusta, disfruto de mi propia compañía como si yo fuera otra persona increíblemente inteligente y apasionadamente divertida con la que tengo la suerte de pasar el rato. A veces me pregunto si mi problema en esta vida no va a ser encontrar a un tío que me quiera tanto como yo me quiero a mí, y no sé si eso es estupendo o terrible.

Al final para de llover, y yo dejo a Kurt Wallander en el sur de Suecia y me encamino hacia la moto con mis bolsas. Voy pensando en mi vestido rojo y en qué camiseta pegaría con mis nuevos pantalones negros de tipo tailandés. Voy pensando que probablemente mañana tendré sesión de compra inversa, es decir: peregrinar por las tiendas devolviendo todo lo que me he comprado y no me va a gustar cuando me lo pruebe de nuevo. El aire de la tarde está húmedo y frío, pero el cielo se ha aclarado rápidamente y enmarca en azul oscuro la silueta de los edificios. Llego a mi casa helada de frío y dejo las bolsas en el suelo.

Me quedan tres días para irme de casa.

martes, 11 de mayo de 2010

La carta de los quince

Al final, contra todas mis predicciones, he encontrado mi carta de los quince años metida en mi "cajón de los recuerdos", junto con otro montón de basura sentimentaloide. La carta estaba metida en un sobre rosa (!) y llevaba dentro una pulserita de hilo de colores que ni siquiera recuerdo si hice yo.

No la voy a copiar entera, pero hay algunos trozos que no tienen desperdicio y que me gustaría compartir con vosotros.

Espero que sigas fiel a mí, que tengo fe y que aún creo que puedo comerme el mundo. ¡No olvides tus sueños! Aunque estés en el paro, o amargada, ¡sigue adelante!. Me hace gracia porque de pequeña siempre me imaginaba futuros terribles, y de hecho hoy me he escrito mi carta para los treinta y cinco y también me imaginaba un futuro muy triste y solitario. No sé por qué hago eso. ¡No estoy en el paro, ni amargada! ¡Supero mis expectativas de los 15 años! ¡¡Yuhu!!

¿Y cómo va ese cuerpo? ¿Ya tienes tetas?. Qué grande. A los quince años mi tema principal de preocupación eran las tetas. Me iba a la cama rezando para que me crecieran. Las medía, las miraba en el espejo, las estrujaba a ver si su consistencia había cambiado. Y ahora... a ver, Marina del pasado, no te voy a mentir: no está la cosa mucho mejor que hace diez años. Pero ya no me importa. A los tíos sí les importa, pero menos que con quince años.

¿Se ha quedado ya antiguo Internet?. Me meo. Creo que pensaba que diez años serían mucho más tiempo.

¿Y de amores? Ya ves, yo aún estoy pillada por Guille... Supongo que a tu edad ya se me habrá pasado. Pues claro, hija de mi vida, claro que se te ha pasado. Que no hay mal que cien años dure. Además, lamento decirte que Guille te va a dar calabazas en un par de meses cuando te declares por Internet, ese invento moderno.

¿Tienes novio? Ahora mismo no, ¿tienes que venir del pasado a hacerme preguntas de abuela, Marina querida? ¿Has vivido ya un gran amor?. Uf, y dos, y tres. Si yo te contara, Marina del pasado... ¿Te han partido el corazón?. Qué va, lo he partido yo siempre. He progresado desde lo de Guille, que lo sepas. Supongo que ya lo has "hecho", porque si sigues virgen a los veinticinco, ¡menuda pena! Sí, primor, sí, lo he hecho. Lo he hecho muchas veces. Y tienes razón: habría sido tristísimo ser virgen a los veinticinco. Pero no lo soy. Otro triunfo de la yo del presente.

Y luego en la posdata pone sabrás más de mí... ¡¡Diablilla!! (espero que recuerdes a qué me refiero). Pues no. No tengo ni puñetera idea de qué quería decir con eso. ¿Diablilla? Se referirá a Don Diablo? ¿A alguna historia con la Ouija?

Tengo que decir que la experiencia de leer la carta no ha sido tan buena como me imaginaba cuando la escribí, ni tan mala como pensé que sería hace unos días. La verdad es que tampoco me da la impresión de que haya pasado tanto tiempo. Siento bastante continuidad entre esa Marina y yo. Además, tengo tantos diarios, cuentos, cartas y notas de cuando era pequeña/adolescente/joven/actuales que leer mis chorradas tampoco me llama tanto la atención.

En fin. Mi carta a la yo de los treinta y cinco se resume en "dudo mucho que hayas conseguido encontrar a alguien con quien reproducirte, pero no te deprimas, yo te quiero igual": Veremos por dónde sale la cosa.

lunes, 10 de mayo de 2010

domingo, 9 de mayo de 2010

Entre fogones

La primera persona que me hizo amar la cocina fue mi padre. Me enseñó dos cosas importantes: la primera, que toda persona que quiera ser independiente física y emocionalmente debe saber cocinar aceptablemente. Me diréis que se puede ser independiente comiendo pasta, huevos fritos y las lentejas congeladas de mamá. Error. Uno nunca consigue desprenderse del pecho materno si no aprende a cocinar, si no encuentra su propia combinación favorita de especias y su propia manera de hacer las cosas.

La segunda cosa importante me la enseñó mi padre lavando un pimiento. Me dijo: "en la cocina hay que trabajar con cariño, pero con energía". Por aquel entonces, me utilizaba de pinche cuando preparaba la comida los fines de semana. Ésta es una de las reglas fundamentales para cocinar en armonía: cuando cocinan dos, uno debe ser el jefe de cocina y el otro el pinche. Esto es así porque cocinar es una toma constante de decisiones, y si no es uno solo quien las toma acabará surgiendo un conflicto sutil pero definitivo por asuntos tan importantes como qué especias utilizar o cuánto ajo añadir. Mi cometido como pinche consistía en abrirle las cervezas a mi padre y ayudar en tareas inocuas, como lavar verduras y pelar con las manos los tomates escaldados.

Mis primeros pasos como cocinera en solitario los di con la repostería. Yo hacía la masa del bizcocho o de los crepes y mis padres me ayudaban con la sartén y con el horno. Sin embargo, hoy en día la repostería es mi bestia negra. Soy terrible con el horno. Ayer, por ejemplo, preparé una cena de cumpleaños con entrantes, ensalada, plato principal y postre, y todo estaba riquísimo menos el bizcocho, que no se podía comer.

Pero algo importante de la cocina es que hay que tomarse los fallos con humor.


Creo que la repostería se me da tan mal porque tiene un único secreto: la precisión, y yo soy de todo menos precisa. Cuando se guisa en el fuego, uno puede añadir los ingredientes y las especias más o menos a ojo, con mejor o peor intuición. Con la repostería, sin embargo, hay que medir, pesar y cronometrar y, por supuesto, conseguir buenas recetas.

Las recetas son un tema. Con el tiempo he aprendido a desarrollar un olfato aceptable para saber si las que saco de Internet o de los libros son buenas o no. El mejor criterio para saber si una receta es o no buena es el detalle con el que se describe. La cocina es detalle, y el detalle es cariño. Mi receta favorita de arroz con leche precisa que al añadir la canela en rama hay que partirla fuera de la olla, porque si no caen astillas en el arroz y son molestas para comer. Los detalles y el cariño al describir o al elaborar una receta tienen que ver con la capacidad de experimentar, de innovar y de aprender de los errores anteriores. Porque para ser un buen cocinero lo único que hay que intentar es no cometer el mismo error dos veces.

Cuando se cocina hay miles de maneras de hacer cada cosa. Algo tan sencillo como freír una cebolla puede dar cientos de resultados distintos en función de cómo combinemos parámetros como el corte de la cebolla, la temperatura del fuego o la cantidad de aceite, en función de si tapamos o no la sartén, de si echamos la sal antes o después de freírla. La cocina es misteriosa y química, y así, por ejemplo, hace falta que alguien te explique que el aceite es lo último que se le echa a la ensalada porque si no impide que la sal y el vinagre se fijen a los alimentos. Porque la cocina te la tienen que explicar, ya sea una persona o un libro. Tienes que aprender por qué haces las cosas, por qué no es bueno poner un huevo a cocer directamente de la nevera, o por qué hay que esperar a que el aceite esté caliente antes de echar las verduras. Tienes que estar dispuesto a aprender siempre y de cualquier persona. Así, poco a poco, si pones el suficiente interés, te convertirás en un cocinero consciente y sabio.

El amor a la cocina también tiene sus aspectos negativos. El primero es que corres el riesgo de volverte un maniático. Como ya he dicho, hay miles de formas de hacer las cosas, y para gustos se hicieron los colores, así que cuando tú has experimentado y has encontrado la mejor manera de preparar el gazpacho, la paella o la tortilla de patatas, puedes tener grandes choques con otros cocineros igualmente apasionados que piensan que echarle menos de tres dientes de ajo al gazpacho es un anatema. Entonces te acabas enzarzando en sutiles competiciones que normalmente dan como resultado comida confusa.

El tema del ajo me trae a la cabeza otro asunto peliagudo: los ingredientes polémicos. Son ingredientes polémicos aquellos que a alguna gente le encantan y a otra le aberran. Ejemplos de ingredientes polémicos: el roquefort, las aceitunas, las alcaparras, la mostaza, el vinagre, el picante, el ya mencionado ajo. Cuando estás preparando una cena para tus amigos, te darás cuenta de que se establece dentro de ti una pavorosa lucha entre echarle a la comida tus deliciosos y adorados ingredientes polémicos, corriendo el riesgo de que a alguien no le guste nada, o renunciar a ellos y cocinar en la segura mediocridad.

Todo el mundo debería aficionarse a la cocina. Para empezar, porque es necesaria. Hoy en día, todos debemos cocinar en algún momento de nuestras vidas. Y la diferencia entre cocinar con cariño y cocinar sin él supone un cambio importante en nuestra calidad de vida. No es lo mismo llegar a casa un día de invierno y ser capaz de hacerse una sopita casera, o poder preparar unas lentejas, o un potaje igual o mejor que el de tu madre, que pasarse la vida entre pasta y fritos congelados. Además, aprender a cocinar es algo que puede ejercitarse diariamente y que proporciona un refuerzo contingente e inmediato. Es gratificante, porque hace disfrutar a la gente que te rodea, y puede adaptarse a las personas que van a consumir tus platos sin sentir que te estás vendiendo a las masas capitalistas. Permite ejercitar la paciencia y el cuidado de los pequeños detalles. Y, como la mayoría de cosas en la vida, es un arte lleno de posibilidades infinitas.

Por último, la cocina es el arte más agradecido. Si no me creéis, haced una prueba. Reunid en casa a cinco o seis amigos y decidles que habéis hecho canelones y habéis escrito un cuento. Luego dadles a elegir entre leer vuestro cuento o comer canelones. Os daréis cuenta de que nadie ama la literatura tanto como el queso gratinado.

sábado, 8 de mayo de 2010

A mis quince y diez

Me quedan tres días para cumplir veinticinco años. Lo peor de cumplir veinticinco no es que rime con estantería, ni hacerme vieja y haber empezado ya a echarme contorno de ojos. No. Lo peor es que hace diez años se me ocurrió escribir una carta para la yo de veintinco años, y hace cinco escribí otra para la yo de treinta. Así que ahora tengo que hacer dos cosas: una, buscar entre la cantidad de basura que acumulo en mi dormitorio la carta de los quince y leerla; dos, escribirme otra carta para cuando tenga treinta y cinco. Qué estrés.

Esto es flipante. Creo que cuando tenía quince años no era del todo consciente de que los veinticinco llegarían. Estoy intentando hacer memoria de lo que escribí en aquella carta. Algo así como "¿has conseguido casarte con Guillermo?". Guillermo era el chaval que me gustaba entonces. Bueno, probablemente no puse "casarte con Guillermo", sino "liarte con". No, mini-Marina, no he conseguido liarme con Guillermo. Me dio calabazas con quince y dudo mucho que le interesara con veinticinco. Por lo demás, no recuerdo absolutamente nada de lo que ponía en esa carta. ¿La encontraré? Joder, va a ser siniestro leerla. No me apetece nada. Seguro que está escrita como por una señora de cincuenta años y dice cosas como "sigue escribiendo y no renuncies a tus sueños". Señor, Señor.

Voy a escribirle una carta a la yo de quince años. No le va a llegar, lo sé, pero quién sabe si al final existen los viajes en el tiempo o si toda la realidad no está transcurriendo simultáneamente en planos paralelos de existencia.

Querida Marina de quince años:

¿Cómo te va? ¿Qué tal la adolescencia? Una mierda, ¿verdad? Y lo peor todavía está por llegar. No te voy a contar lo que te queda por vivir hasta llegar a ser yo, porque te daría un perezón inmenso y acabarías suicidándote. ¿Te imaginas? Yo escribo esta carta, tú la lees por casualidades del continuo espacio-tiempo y yo y caigo fulminantemente muerta sobre mi teclado. Quien encuentre mi cadáver leerá este post y se rayará tela, y... espera, Marina, se me está yendo la olla. Disculpa. Quería decir que sólo te daré algunos consejos para que puedas llegar a los veinticinco sin desesperarte demasiado.

Algún día saldrás con tíos y practicarás sexo. Sé que eso ahora te preocupa un poco, que no sabes si llegarás a gustarle a alguien. Sí que llegarás. Le gustarás a algunos sibaritas del amor que te tratarán muy bien, y también a algún capullo que te dejará tirada como a una colilla. Pero ésos serán los menos, descuida. Te esperan al menos dos novios geniales y algún que otro rollete curioso. No tengas prisa por eso; a los veinticinco vas a estar soltera y contenta, así que, ¿qué más te da?

El acné. Bueno. Ahí tengo que ser sincera, Marina, cariño. Sé que piensas que te quedan un par de años de sufrimiento cutáneo. Pues no, ingenua: yo soy tú dentro de diez años y aunque ahora estoy preciosa y guapísima y con una piel estupenda, he tenido brotes espantosos que han ido y venido hasta hace unos meses. No puedo darte ningún consejo para eso. Es espantoso y lo sé. Pero también será parte de tu vida, pequeña. Y llegará un momento en el que te mirarás las cicatrices, los huequitos rojizos sobre la piel de las mejillas, y sentirás un orgullo extraño.

Ah, y con veinticinco tu ordenador nuevo traerá un programa de retoque fotográfico que te permitirá quitarle el acné a todas tus fotos antiguas. De nada.

¿Qué más? Te lo vas a pasar bomba los próximos años. Me das un poco de envidia, ¿sabes? Te quedan por delante los años de bachillerato, la universidad... no te diré qué vas a estudiar, que lo tienes que escoger tú solita sin que nadie te condicione. Pero te va a encantar. Y yo tengo trabajo, ¿qué te parece? Soy la élite entre los de mi edad, que lo sepas.

No puedo darte números de lotería y demás, porque estoy segura de que si algún día llegas a leer esto y te haces millonaria gracias a mí, se alterará el continuo espacio-tiempo y moriremos todos. Además, con lo que me he aburrido de vacaciones los últimos cuatro meses, creo que es mejor para nosotras que ni nos toque la lotería ni nada. Trabajar nos mantendrá sanas.

Escritura. Vas a seguir escribiendo. Inconsistente y perseverante al mismo tiempo. Pero no has conseguido superar a Espido Freire ganando el Planeta más joven que ella. Aunque ah, bueno, novedades: ya no nos interesa el Planeta. Ahora queremos ser escritoras de best seller o autoras de culto leídas por una minoría; no estamos seguras aún. Pero no te agobies por eso. La escritura no es tan importante. Nada lo es.

No te des a ti misma demasiada importancia. Eres un diminuto estornudo cósmico. Intenta ser buena y querer a la gente y no te comas demasiado la cabeza con el resto. Te vas a equivocar muchas veces, pero tendrás que vivir con ello. Tendrás que vivir con tu dolor y con el de los demás. Al final no sé si merece la pena; si realmente fueras a recibir esta carta, te daría algunos buenos consejos para no encontrarnos donde nos encontramos ahora en algunos sentidos. Pero no creo que la leas, así que simplemente te digo: en ti estaba la semilla de lo que yo soy ahora. Y mi vida tal y como la conozco se basa en la fe, pequeñita pero firme, de que voy mejorando, aunque sea a pasitos diminutos.

Ánimo. Lo tienes todo por hacer y en realidad no hay nada que perder.

Un abrazo,

Marina.

jueves, 6 de mayo de 2010

Mi nidito de soltera

Voy a tener mi propio piso. Un piso para mí sola. Un piso entero.

La idea me aterra y me fascina al mismo tiempo. ¿Qué voy a hacer cuando todos los objetos me pertenezcan? ¿Cuando todo lo que haya dentro de la casa sea responsabilidad mía? ¿No será demasiada casa para tan poca niña?

Sin embargo, no sé, tengo la intuición de que vivir sola me va a encantar. Creo que soy ese tipo de persona. Así que mientras espero para incorporarme y para mudarme a mi casita nueva, imagino cómo va a ser cuando lleve habitándola el tiempo suficiente.

- Tendrá un montón de tazas grandes y bonitas. Ninguna de ellas estará desportillada o rota. Todo lo roto o lo desportillado que no pueda arreglarse irá a la basura. Utilizaré mis bonitas tazas para hacerme colacaos, infusiones y tés.
- Compraré un montón de libros que irán llenando todas las estanterías, y cuando la gente venga diré "uf, dentro de poco me voy a tener que salir para que quepan los libros, debería regalarlos". Pero no los regalaré.
- Habrá macetas en las ventanas. En realidad, soy un desastre de jardinera, pero esta vez lo intentaré en serio. Plantaré geranios de colores, albahaca para cocinar y hierbabuena para el té.
- Siempre habrá una manta en el sofá.
- Escribiré en la mesa del salón aprovechando que nadie va a aparecer para interrumpirme charlando o poniendo la tele.
- Mis cuchillos estarán siempre muy afilados. Esto puede sonar siniestro, pero tiene más que ver con la cocina que con el asesinato.
- Compraré sartenes buenas para que no se quemen los crepes.
- En general, compraré muchísimas chorradas para cocinar, y también muchas especias.
- Tendré mucha comida de reserva en la despensa, porque no compartiré el espacio con nadie más. También podré congelar mucha comida en mi congelador.
- Colocaré una pizarra y escribiré en ella la lista de la compra con tizas de colores.
- Habrá varias alfombras y me compraré una aspiradora para que no estén siempre llenas de polvo.
- Estará llena de cajones y puertas que puedan cerrarse para ocultar mi desorden.
- Dormiré en un lado de la cama de matrimonio, pero cambiaré de vez en cuando, según mi estado de ánimo.
- Habrá alfombritas al borde de la cama para no tocar el suelo frío con los pies en invierno.
- Mi mesilla de noche será muy grande y tendrá cajones y estantes para poder colocar los libros y los cachivaches que vaya acumulando.
- En invierno tendré el nórdico más calentito del mundo.
- Colocaré un gran tablón de corcho para colgar fotos y chorradas, como cuando tenía 15 años.
- Habrá muchas fotos por toda la casa.
- Tendré una tetera de latón con sus correspondientes vasitos de colores, pero me echaré el té en mis maravillosas jarras para infusiones.
- Si no es posible tener calefacción central (que es lo suyo) pondré una mesa camilla con un brasero.
- Siempre habrá cosas ricas de picar, zumos, vino o cerveza para quien quiera. Será una casa muy hospitalaria.
- Tendré muchas mantas de repuesto por si alguien quiere venir a dormir, para que no pase frío.
- Habrá frigopoesía en la puerta de la nevera.
- Pondré a menudo música para cocinar y para limpiar, pero no para leer o escribir.
- Habrá un rincón de meditación, aunque no tengo claro dónde voy a montarlo.
- Tendré un tocador y colocaré encima mi colonia, mi maquillaje, mis pendientes y mis pulseras. En los bordes del espejos habrá fotos y notas.
- Compraré un mueble sólo para los zapatos. Y montones de zapatos. ¡Yupi! ¡Zapatos!
- Tendré un gran perchero de madera para las chaquetas, los pañuelos y los bolsos. Aunque de los bolsos paso un poco, en realidad. Soy más de zapatos.
- Me echaré la siesta en el sofá. Siempre. Y me iré a dormir allí cuando tenga insomnio.
- Organizaré cenas muy ricas. Si consigo hacer amigos, claro. Si no, me haré cenas muy ricas para mí, y cuando esté triste comeré langostinos a solas en mi sofá mientras veo Bones.
- Habrá ceniceros bonitos, aunque yo no fume. No me importará que la gente fume en mi casa, pero no dejaré que nadie eche la ceniza en los vasos o en los platos.
- Habrá una guitarra y, si consigo comprármelo algún día, un piano electrónico, pero no permitiré los instrumentos de percusión.
- Aún no tengo decidido si voy a usar mantel o hule.
- Los vasos serán muy grandes, como los de las pelis americanas.
- Será una casa tan bonita y acogedora que no me dará ningún miedo dormir sola en ella.
- No tendré teléfono fijo. Si sucumbo y lo pongo, lo descolgaré de vez en cuando.
- No creo que ande desnuda por la casa. Al menos estando sola. La idea no me simpatiza mucho, no sé por qué.
- Habrá un ganchito para colgar las llaves y no volverme loca buscándolas antes de salir.
- El dormitorio estará hecho un desastre, pero intentaré mantener el salón ordenado.
- Compraré detergentes y limpiadores super potentes para que dejen olor a fresquito.
- Utilizaré suavizante de melocotón y flores del limonero.
- Pondré velas y quemadores, pero incienso no, que me da dolor de cabeza.
- Será una casa muy de chica. Los objetos y los adornos serán morados, rojos, azules, verdes, rosa... Y olerá también siempre a olores de chica, como a vainilla, a caramelo o a mi colonia.
- No acumularé trastos. Tiraré todo lo viejo y lo que no me sirva.
- Tendré una gran mesa de estudio pero, como ya he dicho, acabaré escribiendo en la mesa del salón.
- Colocaré un espejo de cuerpo entero donde me veré alternativamente divina y gorda. Quizá lo truque para parecer alta y flaca, como en los probadores de Mango.
- Habrá servilletas y papel de cocina; nada de usar papel higiénico para todo.
- La luz será indirecta y vendrá de muchas lámparas y flexos.

Voy a parar ya, porque se me siguen ocurriendo cosas y voy a necesitar media vida para acondicionar el piso. Prometo revisar este post dentro de unos meses para ver si voy cumpliendo mis propósitos.

martes, 4 de mayo de 2010

Seguridad vial

Hoy, yendo en moto, casi me matan entre un autobús empeñado en cambiarse de carril y un coche empeñado en pasar antes que yo. Me he asustado de verdad. Así que quiero escribir esto para lanzar a los conductores de coches, autobuses y furgonetas del mundo un mensaje importante: las motos no son coches.

No importa lo mal que podamos conducir los motoristas o ciclomotoristas. No importa que nos equivoquemos, o que nos metamos cuando no nos toca, o que nos empeñemos en avanzar hasta el primer puesto del semáforo caiga quien caiga. Quiero decir, que importa, pero no es de eso de lo que estamos hablando, porque equivocarse o conducir mal también lo hacen los coches, los autobuses y las furgonetas, y porque no es tan fácil conducir bien cuando llevas un vehículo tan pequeño y lo primero que tienes que intentar es que te vean. Lo que importa realmente es que igual que en caso de duda hay que ir a favor del reo, en caso de duda, en la carretera, hay que ir a favor de la moto. Porque no importa quién conduzca mejor o quién se haya equivocado: importa que lo que yendo por ciudad para ti es un frenazo o una abolladura en el parachoques, a mí me puede costar la vida.

Y dirá el conductor de autobús de hoy que él había señalizado el cambio de carril, que a los autobuses hay que cederles el paso y que así aprenderé la próxima vez. Pero casi me mata, el gilipollas. Y dirá el del coche, que venía por el otro carril y no me ha dejado apartarme, que es que las motos nos queremos meter por todas partes y que así espabilo. Pero casi me estampo cuando he intentado desplazarme, asustada, al ver que el autobús me comía. Y sepan ustedes, conductores de vehículos grandes, que el día que lo consigan, que el día que cargados de razón se lleven por delante a un niñato de quince años, o a una chica de veinticuatro, o a un gordo de cincuenta, no van a irse a la cama pensando "se lo merecía por meterse entre los coches", "qué bien que por lo menos yo tenía razón"; van a quedarse despiertos rogando por poder volver atrás en el tiempo, pisar el freno, quedarse en el carril o no haber salido de casa.

Y les recuerdo que no se puede volver atrás en el tiempo.

lunes, 3 de mayo de 2010

No-couple stuff

Notas previas:
- Esto es un soneto y lo he escrito yo. No es una letra de canción.
- Está traducido en los comentarios.
- Es chulo y rima y estoy muy orgullosa de él aunque probablemente tenga faltas. No paséis de largo y leedlo, anda, aunque no comentéis, que en realidad es algo que me la pela.


Today I'm really lovin' single lifestyle
This I don't care if you want sex and I don't
This I don't shave my legs if I don't want to
Lovin' this my feet smell I know so what now?

Today I'm lovin' I'm nobody's girlfriend
Lovin' this I'm much smarter than you and I know
This not feeling like massaging your ego
This I don't care a shit today about you.

Enjoyin' lonely and conscious disconnection
Enjoyin' lonely minding my own business
Enjoyin' lonely walkind round the city

Enjoyin' lonely and selfish masturbation
Enjoyin' my willpower and my weakness
Enjoyin' no deserving no one's pity.


Notas al pie:
- En realidad, no sé si en inglés existen los sonetos.
- No sé si la métrica estará bien o me la he inventado.
- Probablemente haya cometido fallos enormes, lo sé, pero demasiado que he conseguido rimarlo, encajarlo y hacer que tenga un mínimo de sentido.
- En cualquier caso, me da igual, porque ya he dicho que opino que ha quedado muy chulo.

domingo, 2 de mayo de 2010

Me paso la vida (o al menos las vacaciones) suspendida en el dilema de acostarme tarde o levantarme temprano. Deseando siempre ser insomne y tener suficiente con cuatro o cinco horas de sueño. Me encanta quedarme despierta cuando alrededor sólo hay silencio, y me encanta levantarme cuando el mundo está todavía dormido. El problema es que si no duermo nueve horas

Hábitos

Hoy he soñado que alguien me explicaba que la gente se muerde las uñas porque sabe que está nerviosa y así, quitándose con los dientes lo que serían sus garras, evita la posibilidad de hacer daño a sus semejantes. Como sueño es muy raro, pero me parece un pensamiento bonito.