massobreloslunes: octubre 2010

domingo, 31 de octubre de 2010

Así que acné. La verdad es que si pudiera elegir, elegiría no haberlo tenido nunca. No me ha impedido tener una vida plena, pero me ha causado bastantes problemas. No es sólo que te veas fea todo el rato, sino que el acné (especialmente la forma quística que estaba adoptando el mío en sus últimos tiempos) duele, pica y molesta mucho. No quieres mirarte al espejo. No quieres hacerte fotos. No quieres que te toquen la cara. No quieres ponerte crema, ni maquillaje. No te compras ropa bonita, porque de qué sirve si tu cara es así de fea. En fin, que no es agradable y ojalá no hubiera tenido que pasar por eso.

Pero también he aprendido.

Para empezar, sobre el sufrimiento. Soy una psicóloga meditadora, así que el sufrimiento es mi objeto de estudio. Cuando lo ves en ti misma, cuando ves cómo tu cuerpo y tu mente te atrapan en el dolor, tienes la oportunidad de volverte más comprensiva y compasiva acerca del dolor de los demás.

Recuerdo que cuando estaba realmente mal de la piel, solía caminar por la calle y hacer listas mentales de las cosas de la vida que son peores que el acné:
- El cáncer.
- La amputación.
- La muerte de los seres queridos.
- La tortura.

Etcétera. Pero eso no hacía que me sintiera ni un poco mejor. Hoy día, de hecho, creo que si no hubiera tenido acné, seguramente mi mente habría buscado otro tema para hacerme sufrir, porque la felicidad por comparación no existe. También he comprendido cómo algo que a los demás les puede parece una chorrada para ti se convierte en un mundo. Siempre hay que respetar el dolor ajeno, y eso es útil cuando el mismo día ves a un paciente a quien se le ha muerto el hijo y a otro a quien le ha dejado la novia.

Además he aprendido que ese sufrimiento es el que motiva al cambio. Por supuesto, uno puede quedarse atrapado en la misma cantinela día tras día. En el pobrecita yo, no tengo remedio, por qué tiene que estar pasándome esto a mí, etcétera, etcétera. Pero si tienes el ánimo fuerte, es en el sufrimiento, propio y ajeno, donde encuentras el coraje para seguir. Cuando tocas fondo haces lo que sea para subir a la superficie. Cuando evitas mirarte en los espejos porque te das penita, haces lo que sea para curarte (hasta paleodieta). Cuando empiezas a tomar consciencia de tu potencial dañino, hacia ti y hacia los demás, es cuando no te queda otro remedio que trabajar duro para erradicarlo.

Me arrepiento de muchas cosas. E igual que no me gustaría haber tenido acné nunca, me gustaría también no haberme hecho nunca daño ni habérselo hecho a los demás. Preferiría ser buena por naturaleza (y calmada, reflexiva, constante y consecuente). Sin embargo, el pasado no puede borrarse. Poco puedo hacer ya por eso. El único consuelo que me queda es que es mirando atrás donde encuentro la fuerza para seguir adelante. Que es llorando las pérdidas como comprendo de forma más profunda cómo funciono y cómo puedo acercarme a la verdad.
Que mi basura es el compost para que crezcan las flores.

Actualización: piel



Hace mucho tiempo que no hablo de mi acné del averno.

Resumiendo:

Fui al centro de estética aquel. Sufrí indecibles dolores físicos, padecimiento mental y descamación cutánea. Mi acné seguía igual (o peor) y la señora decía que nunca se había enfrentado a unas glándulas sebáceas como las mías. Lo dejé tras unos meses, bastante tocada económica y emocionalmente. Aprendí que no hay que creer en las beneficiosas casualidades del destino. Las cosas van pasando porque sí, por puro azar, y a veces no llegan para tu beneficio, sino que te joden la vida y punto.

Tomé otro ciclo de Roacután de 4 meses. Era el CUARTO, y los efectos secundarios fueron peores que nunca (dolor muscular, cansancio, eczemas). Mi acné se curó. Empecé a tomar la píldora y me mantuve estable unos meses. Luego decidí dejar de tomar la píldora y tuve otro brote.

Volví a tomar la píldora y fui al homeópata, que me mandó bolitas, suplementos y dieta de la Zona. Al mismo tiempo, fui al dermatólogo, que me mandó antiandrógenos. Mi acné empezó a mejorar, pero dado que dejé la homeopatía a las dos semanas porque en realidad me parece una patraña sin sentido, creo que fueron los antiandrógenos. De la dieta de la Zona pasé mil, porque estaba con el PIR y no tenía fuerza de
voluntad como para eso.

He estado bien aproximadamente un año (¡viva y bravo!). Entonces empecé a retener líquidos por culpa de la píldora con sus consiguientes desagradables efectos secundarios (celulitis, piernas cansadas, arañas vasculares y ganancia de peso). Fui al dermatólogo para preguntar si había conexión entre mi acné y mis hormonas. Me dijo que tenía que ir al ginecólogo. Fui al ginecólogo para preguntarle lo mismo. Me dijo que tenía que ir al dermatólogo.

En estos momentos de mi existencia, he dejado la píldora (y perdido tres o cuatro kilos) y estoy atacando la vía dietética. Llevo mucho tiempo en manos de médicos y han resultado ser, con todos mis respetos, unos completos inútiles. Así que me he puesto en serio con el tema de la alimentación y he dejado de comer, de momento:
- Lácteos.
- Cereales. Sí, también los integrales.
- Legumbres.
- Azúcar y derivados.
- Grasas vegetales refinadas.
- Comidas procesadas en general.
- Alcohol.
- Café, té, chocolate.

¿Qué como? Pues carne, pescado, verduras, frutas, marisco y huevo. Lo que se conoce últimamente en los círculos de nutrición friki como paleodieta (ponedlo en google, que paso de escribirlo). Quien piense que me estoy pasando o que es una dieta muy dura, sólo os diré que probéis con doce años de acné recurrente y me digáis si después tenéis o no ganas de hacer dieta.

Ahora mi cara está bastante bien y va camino de mejorar. Además, me siento mucho mejor de algunas de mis otras taras, como el cansancio crónico o los bajones de azúcar cercanos al desmayo a media mañana. Estoy muy contenta de estar consiguiéndolo por fin, después de haber intentado tantas cosas, y sin basura hormonal o química en mi cuerpo o sobre mi piel. Si mejoro y me mantengo, daré más detalles sobre la relación entre acné y dieta, como contribución al mundo de los pobres sufridores cutáneos.

Y bueno, este es un post previo a lo que yo realmente quería escribir hoy, así que seguiré más tarde.

Como colofón, una fotito de cómo está mi cara en estos momentos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Teatro

Queriditos:

Me he apuntado a unos talleres de teatro de la UCA y está siendo todo un poco desastroso.

El primero era de teatro griego y la profesora me odia. No sé por qué; yo no le he hecho nada. Pero dice que no declamo a Esquilo con la suficiente intensidad y me pone de decorado.


Prueba gráfica. La del centro es la prota, la otra es decorado principal y yo soy decorado secundario. Ese día éramos tres alumnas.


Prueba gráfica dos: mi lenguaje corporal dice que estoy excluida.


Al segundo taller no pude ir porque era por la mañana, y todo el mundo dice que es el mejor y una flipada (típico que justo al que no voy sea el mejor). El tercero es esta semana, y llevo desde el lunes siendo martirizada cuatro horas al día por una bailarina atlética que intenta enseñarnos expresión corporal.

Hoy estaba en mi casa, echándome mi merecida siesta en el chaise longue, y cuando pensaba que tenía que ir al aulario de letras para seguir haciéndome moratones en las rodillas, se me abrían las carnes. He pensado ¿pero qué cojones pinto yo allí, arrastrándome por un parqué polvoriento cual mopa humana? Y después de algunos momentos intensos de lucha interior he decidido que paso de todo y me he quedado escribiendo con la persiana bajada.

Cuando quería meterse conmigo, J. me decía que soy una joiner (de join, unirse a). Que me gusta apuntarme a talleres y cursos porque sí. Una noche, paseando junto al Genil cuando yo aún vivía en Granada, hablábamos del tema y yo le preguntaba qué problema hay por querer aprender cosas distintas. Entonces él me dijo algo que me ha hecho pensar mucho desde entonces.

- Yo es que creo que para aprender verdaderamente sobre uno mismo en el arte, hay que profundizar en algo. ¿Qué sentido tiene hacer taller tras taller, percusión, capoeira, pintura, danza africana? Elige algo, dedícate a eso, profundiza en ti misma a través de ello.

Y tenía razón. No sé si me estaré haciendo vieja, pero noto que ya no se desborda el Ganges de mi ridículo entusiasmo por cualquier actividad a la que me apunte. Más que nada, es como si ya no me apeteciera aprender porque sí. No quiero que mi vida se convierta en una sucesión de divertidas obligaciones. Lo mismo me pasa con las experiencias. Me importa menos viajar, me importa menos ver películas, me importa menos ir a obras de teatro independiente. Todo eso llega y pasa. ¿Y luego qué? ¿Hacia dónde estás yendo? ¿Hacia dónde va tu barco?

Lo digo porque tengo una consulta llena de personas que se han dado cuenta de que su vida ha sido una sucesión de experiencias y sensaciones que han llegado, se han ido y se han llevado consigo parte de su energía y su tiempo. Cada vez les queda menos energía, cada vez menos tiempo y no tienen ni zorra de hacia dónde se dirigen. Yo ya voy teniendo una ligera idea y no quiero desviarme.

Por otra parte, tampoco hay que olvidar que estoy cansada y tengo agujetas. Y que mi capacidad para montarme rollos y justificarme por cosas es desproporcionada.

domingo, 24 de octubre de 2010

Día tonto

Hoy he tenido el día tonto. He empezado soñando con J., en un sueño mitad romántico mitad guarro, y me he levantado con el ánimo revuelto. Ya hace tiempo que me paso los días sin pensar en él, las cosas como son, así que tenerle hoy revoloteando sobre mi cabeza no me ha hecho ninguna gracia. En un impulso autodestructivo he mirado su blog y lo que he leído no me ha hecho mucha gracia. Había escrito aquí un par de frases poco amables sobre el tema, pero resumiendo: tiene sexo con otras y, aunque yo ahora mismo sólo me lo tiraría si fuera mudo, tampoco me muero de gracia de la idea.

(Lo de tirármelo si fuera mudo tampoco es que sea como súper gentil, pero es que no estoy en mi mejor momento)

Hecha esta constatación tan masoquista, me he pasado la tarde escuchando el último de Quique González, tostándome lentamente en la tristeza y el rencor como un pavo al horno. Cuando he salido a la calle para tomar algo con mis compañeros de teatro, ya estaba tocada. Tocada y hundida ha sido tener que aguantar a una de las chicas contándome su reciente ruptura con su novio, para ver si "yo como psicóloga" le puedo arreglar la vida.

Y todo ese dolor en sus ojos, la decepción, la incomprensión de que una excusa absurda sirva para dejarte... Sentirte engañada, estafada, repasar las últimas semanas para ver si te dio una pista, si había algo que podrías haber hecho... y pensar en qué hace él, con quién está, por qué ya no eres suficientemente buena y por qué no te quiere y quizá no te quiso nunca... Todo eso me parece que es universal, y a mí se me han levantado las ampollas del recuerdo y me he vuelto a casa lloriqueando entre el aire húmedo de Cádiz en otoño.

Ahora estoy mejor. He meditado una hora y estoy cansada, pero me encuentro mejor. Iba a meterme directamente en la cama, pero me da miedo lo que pueda aguardarme al otro lado de mi subconsciente. Así que escribo un poco porque la escritura son las grapas de mi vida, y la tristeza que vivo y luego se vuelca en palabras es como menos triste, más literaria. Menos real. Como si yo no fuera más que un personaje y mi dolor pudiera resumirse en letras negras sobre fondo blanco, y después cerrarse y colocarse en la mesilla de noche.

PD: Que nadie me diga que la culpa es mía por leer el blog, que no está el horno para bollos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Trabajadora del SAS

Si algo aprendes trabajando en el ámbito sanitario es que la vida te puede cambiar en un momento.

Tienes cuarenta años, haces deporte, comes sano, te cuidas y, de repente, te da un infarto, se te muere un tercio del corazón y te encuentras convertido en una bomba de relojería andante, limitada y muerta de miedo.

O estás preñada de seis meses, tan contenta y, sin venir a cuento, se te rompe la placenta y en cinco días tienes un bebé de un kilo cien que se debate entre la vida y la muerte.

O te operas de columna, no queda bien y te ves obligado a convivir con el dolor toda tu vida.

O tu hija tiene un accidente de moto y muere en el acto.

O estás un poco triste, el médico de cabecera te manda un antidepresivo y das un viraje, te pones maniaco y te has convertido de repente en un TMG (Trastorno Mental Grave).

O tu hijo, que era tan rarillo de adolescente, te empieza a hablar de conspiraciones y voces y, de la noche a la mañana, se convierte en un TMG atiborrado de neurolépticos.

Nadie se espera la desgracia y, sin embargo, las desgracias ocurren. Lo que quiero decir es que el cuerpo es frágil. La mente es frágil. Nada es seguro. Así que vivid y amad a todo lo que os den vuestros cuerpos y vuestras mentes. No esperéis a que os duela la rodilla para querer escalar. No esperéis a la crisis de los cuarenta para plantearos qué estáis haciendo con vuestras vidas. La salud es un bien valioso, aunque a todos se nos vayan más los ojos hacia el amor y el dinero.

Si no valoras tu salud es porque la tienes. Entonces eres muy afortunado. Aprovecha.

miércoles, 20 de octubre de 2010

La vida, y punto

De la vida no me gustan las pérdidas.
La perversidad polimorfa de la desdicha.
Echar de menos, olvidar, perder el contacto.
La culpa, el pasado, lo irrevocable.

De la vida me gusta el movimiento.
La persistencia sorprendente de la bondad.
Abrirse, conocer, hacer amigos.
El perdón, el futuro, las segundas oportunidades.

martes, 19 de octubre de 2010

La lectura difícil

Y un comentario más sobre el post de ayer y mi ingesta selectiva de novelas.

A veces me pregunto si mi forma de leer es la correcta. Porque hay quien dice que algunos libros son difíciles, pero ahí está su encanto. Que a veces hay que esforzarse para llegar hasta donde el autor quería llevarte. Que no todo tiene que ser jiji jaja y engancharte al libro y no querer soltarlo hasta que lo acabas. Que leer, a veces, requiere su esfuerzo.

Pero luego me digo que mi vida está llena de obligaciones. Me obligo a trabajar, a meditar, a nadar, a preparar sesiones clínicas, a comer pescado, a levantarme de la siesta a la media hora, a depilarme las piernas con cera, a destender la ropa y a veinte mil cosas.

Así que no voy a obligarme a leer esto y lo otro. Paso de que me regalen libros, y paso de apuntarme a clubs de lectura. Elijo las novelas buscando primero en las cubiertas amarillas de Anagrama. Dejo de leer los libros que me aburren y puedo zamparme cuatro o cinco seguidos de un mismo autor si descubro que me gusta. Y me la refanfinfla no haber leído a gente mortalmente famosa e intelectual.

Empezaré con los libros aburridos cuando me haya leído todos los divertidos.

Porque leo lo que me apetece para poder preservar al menos un espacio de placer puro y perverso en esta vida perra.

Y punto.

domingo, 17 de octubre de 2010

Juliet, desnuda


Yo siempre digo que me gusta mucho leer, pero en realidad hay que matizar esa afirmación. Me gusta mucho leer lo que me gusta, y lo que no me gusta es mucho y además me aberra. No sé si me explico.

En general, y a no ser que me lo hayan aconsejado o que me interese el autor, no leo novelas españolas, sudamericanas, que transcurran en países exóticos, escritas hace más de tres o cuatro décadas, sobre la guerra civil, históricas, con composición rara (es decir: párrafos demasiado largos, diálogos sin guiones, sólo comas), ciencia ficción, con demasiadas metáforas o adjetivos o que, una vez que han pasado todo el filtro anterior, me aburran después de llegar al primer tercio.

Esto me deja un muestrario reducido de libros de autores contemporáneos ingleses o americanos, y lo poco que voy incorporando cuando me animo a experimentar con cosas nuevas. Mis pocas ganas de experimentar se deben a que odio aburrirme leyendo y prefiero no correr el riesgo.

Pero lo que me gusta me alucina. Me lo paso tan bien, tan bien leyendo, termino tan excitada y emocionada y entusiasmada que me dan ganas de decírselo a todo el mundo, de comentarlo con todo el mundo, y de hecho voy diciendo por ahí “me estoy leyendo un libro buenísimo”, y a nadie parece importarle.

Hace una semana entré en Quorum, la única librería decente del centro, que a mí no me gusta nada, porque los libros están revueltos sin orden aparente y hay un teléfono que nunca para de sonar. Pero entré por vicio, imagino, y vi que Nick Hornby había sacado un libro nuevo. Que es lo bueno que tiene que te gusten autores contemporáneos, que sacan libros cada cierto tiempo y a mí me hacen morir de la emoción. Agarré el libro sin leerme ni la contraportada y me fui al mostrador. Gano dinero para esto, y que le den si este mes he tenido que pagar luz y agua y en realidad no estoy como para muchos gastos extraordinarios.

Me he ido leyendo Juliet, desnuda despacio, en el autobús de camino al trabajo, en la cafetería del hospital mientras hago tiempo para entrar a la UCI. Me gusta Hornby. Es divertido, entretenido y compasivo con sus personajes, y es de estos escritores que hace que escribir parezca fácil. Y me hace reír, me descojono leyendo, que es algo que tiene mucho mérito. Me han gustado todos sus libros, desde que empecé con Cómo ser buenos, seguí con Alta Fidelidad y así, poco a poco, hasta llegar a Juliet, desnuda. Sé que soy capaz de leerme sus novelas de una sola vez y que se me atropellan los ojos y me salto párrafos, así que me he esforzado mucho para que éste me dure unos cuatro días.

Hoy he pasado un sábado solitario y tranquilo, cocinando, preparando la sesión clínica del jueves, bailando en el salón, meditando. He salido a dar una vuelta a eso de las nueve de la noche, y he caminado por el Paseo Marítimo desierto hasta la playa de Santa María. Corría un viento frío que creo que era poniente y me he quitado los zapatos para sentir la arena helada bajo los pies, extrañada de que fuera el mismo lugar donde se hacinaba la gente en agosto.

Luego he vuelto a casa sin ningún plan en concreto. Se me amontonaban las ideas en la cabeza. Quiero escribir mails y posts, quiero tocar la guitarra y cantar a voces, y hacerme una cena rica, y a lo mejor llamar a alguien para quedar pero en realidad no, porque estoy bien sola, descargándome de las voces que escucho sin parar durante toda la semana. Al final he decidido cenar y terminarme Juliet, desnuda, darme el gustazo de zamparme seguidas las ciento ochenta páginas que me quedaban

Ahora el libro se ha acabado y yo no sé qué hora es, y estoy tan feliz y complacida, y me siento tan plena que quiero que pasen muchos meses, que se me olvide y leérmelo otra vez. Porque no sé, es hermoso y divertido, con personajes bien construidos y una idea muy bonita. Me ha hecho soñar, emocionarme y vivir otras vidas a través de las palabras, que es de lo que se supone que va el rollo este de leer.

En fin, el post como crítica es una mierda, pero espero que se entienda el mensaje.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Por eso me quedé soltera, III: De la media naranja a la ensalada de acompañamiento


Ya dije en la primera entrega de esta magna saga que me parecía que, a menudo, lo que actualmente llamamos amor no es más que una lista de características que básicamente son las nuestras. De repente descubres a alguien a quien también le gustan David Lynch, Murakami y los bocadillos de sardinas con tomate y piensas: "¡Fabuloso! ¡Una casualidad astral! ¡Somos dos almas gemelas destinadas a amarse en la eternidad!". Comenté también que creo que un amor basado en ese tipo de coincidencias está destinado a agotarse una vez que te das cuenta de que el otro no es un calco de ti, sino un ente individual con ¡sorpresa! cerebro propio.

Sin embargo, hay parejas que funcionan justo al contrario, que parecen basar la relación en el desequilibrio. Uno de los miembros es muy creativo, o muy inteligente, o un intelectual, o muy carismático, y el otro es más soso/lento/sin inquietudes o, como dijo alguien, "tonto como una piedra". Yo antes era un poco escéptica respecto a este tipo de parejas. Me daba la sensación, sobre todo cuando era el tío el más listo/interesante, de que buscaban una tía guapa, dócil y calentita que no les hiciera sombra. Ahora, además de que intento no criticar, me planteo que, como dice un personaje de Woody Allen en una de las últimas pelis, si la cosa funciona, ya va bien. El que la lleva la entiende.

Ahora bien: yo no paso por ese aro.

¿Por qué? Pues porque ya lo he vivido. He vivido la experiencia de estar con alguien a quien consideraba bastante menos estupléndido que yo en muchos sentidos. Y, si os digo la verdad, no es agradable. No es agradable para una misma y, sobre todo, no es agradable para el otro, porque se acaba dando cuenta. La línea que separa la aceptación de la condescendencia es lamentablemente fina.

Porque le acabas cortando el pelo al amor y decidiendo que te basta con esto, mientras el otro sea buena persona, friegue los platos cuando a ti no te apetece y esté calentito por la noche. Pero la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, y si para ti es importante meditar, reírte con los Monty Phyton o hablar de Kafka, y no lo haces porque a tu pareja se la pela a tope o porque, en tu opinión, no es lo suficientemente inteligente como para pillar los chistes, pues vas acumulando un caudal de frustración que tiene que escapar por otro sitio. O por otra persona.

Sobre todo, porque creo que está bien ofrecer lo que pides.. Y yo quiero que mi pareja piense que soy la hostia. Con mis taras, claro, y mis errores; borde, impulsiva, con cicatrices de acné y la circulación defectuosa, pero la hostia. Quiero que me quiera, pero también quiero gustarle. Así que actualmente creo que no puedo estar con alguien si no pienso que es la hostia. Sobre todo, porque si quieres a alguien aunque no te guste mucho, debes darle la oportunidad la oportunidad de buscar a otra persona que sí lo piense.

Y bueno, ya sé que últimamente están los comentarios poco animados, pero me gustaría saber vuestra opinión. ¿Creéis que existe el concepto ensalada de acompañamiento, o me lo estoy inventando? ¿Qué habéis encontrado, qué andáis buscando, qué creéis que busca la gente? ¿Habéis hallado el término medio en un nutritivo kiwi?

Venga, va, subidle la moral a esta bloguera o tendré que comentar yo bajo pseudónimo, y sería muy triste.

jueves, 7 de octubre de 2010

Reflexiones caleteras, I


La semana después del curso la pasé básicamente dormida. Estoy segura de que si me hubieran hecho un electroencefalograma en esos momentos, habría salido que estaba mínimo en fase I del sueño, si no en REM. Me acostaba a las diez y me levantaba a meditar a las seis exactamente igual de cansada. Tenía cinco o seis pacientes por día gracias a mi fastuosa idea de citármelos todos a la vez para la vuelta de vacaciones, y cuando empezaban a entrar en la consulta, uno detrás de otro, apenas podía hacer más que sonreír con empatía y asentir.

A mi favor diré que uno de los pensamientos que cruzaban mi cabeza dormida con cierta frecuencia era "debería actualizar el blog".

Después de dormir todo el fin de semana, por fin parece que mis fuerzas van regresando. Hoy es fiesta en Cádiz y no he ido a trabajar, así que ayer me tomé la tarde con calma, me eché dos horas de siesta y me pasé las demás leyendo y perdiendo el tiempo en Internet. Por la noche, después de cenar, fui a dar un paseo a la Caleta. Tenía una pinta entre harapienta y perriflauta, con los pantalones tailandeses, las albarcas rosa que Luna, mi fabulosa R externa, me convenció para comprarme y no pegan con nada y una camiseta morada del Lefties.

El paseo habría sido mucho más bucólico si yo no hubiera estado 1) meándome en cuanto salí de mi casa y 2) volviéndome totalmente parana con las cucarachas voladoras que infestaban el paseo marítimo. Mal que bien, esquivando bichos vivos y muertos, llegué a la playa y eché a andar hacia el faro. Me paré a los veinte metros, por si alguien intentaba violarme a pesar de mi antierótico look cutrehippy, y me senté en la baranda, meándome y todo, a escuchar el sonido del mar.

Pero qué raro es vivir, pensaba todo el rato, mientras observaba las olas que se sucedían en la Caleta. Qué olas más lentas, por cierto. Será por el apiscinamiento del agua, que esto era Luna también quien lo decía.

Estaba particularmente contenta. Claro que, en general, mi estado de ánimo se divide entre "particularmente contenta" y "terriblemente desanimada", así que tampoco era nada del otro mundo. Le daba vueltas a lo bien que está todo ahora. Ya os lo dije. Todo está bien, no es por chinchar. Es como... no sé, uno hace un plan, el plan se cumple y el resultado te llena.

A veces me recuerdo dando vueltas por Granada antes de elegir carrera, después de dejar Barcelona, reflexionando sobre si hacer Psicología, Filosofía, Humanidades o qué coño. Visitando las facultades con Adri cuando de aquellos polvos todavía no habían venido estos lodos. Luego la carrera, año a año, que visto desde ahora parece un suspiro, pero que mientras transcurría fue ancha como un río.

Después el PIR como la opción más fácil, aunque parezca mentira. Yo asegurando a todo el mundo que me lo sacaba a la primera, y la gente diciéndome "si está muy bien que tengas confianza en ti misma, pero luego no te desanimes si no te lo sacas". Los siete meses que pasé como en retiro espiritual, sin hacer nada más que estudiar, ver series e intentar exprimir las últimas gotas de amor que nos quedaban a J. y a mí. Las plantillas, los resultados, el puesto 12. Yo pulsando el intro en el edificio del Ministerio, en Madrid, sintiendo que caía por un precipicio cuando me di cuenta de que ya no tenía vuelta atrás. Y luego paseando por el Retiro, rara pero feliz.

Las primeras veces que escuché el levante ulular entre los edificios. Al principio me daba miedo y me parecía siniestro, pero ahora me resulta familiar, casi agradable. Como si me recordara que estoy en Cádiz, en ningún otro lugar.

Y ahora pasar las mañanas detrás de una mesa intentando ayudar a la gente a sobrellevar la vida. Ayer se me acabaron los pañuelos a primera hora y me lloraron todos los pacientes menos uno. Había que verme a mí yendo y viniendo del baño para traer manojos de papel higiénico a mis trastornos adaptativos. Luego salgo y me siento contenta y pienso "qué curro más raro", porque me preocupa que escuchar penas y quejas me resulte tan estimulante, y me preocupa que me dé la sensación de que esto no sólo me gusta, sino que se me da bien, y me preocupa estar engañándome a mí misma y que todo sólo parezca encajar y en realidad no sea así.

Mirándolo desde aquí, mirando todo el cuadro, como dirían en inglés, es como que todo ha salido bien. Por las noches me acuesto tranquila con mis dos vueltas de llave y las persianas bajadas. Me meto sola en la cama de matrimonio, en el mismo centro, con las piernas y los brazos extendidos, y después de unos minutos me giro hacia la izquierda y me pongo a pensar en cosas bonitas. Hay gente a la que le parece triste acostarse sola. Yo por las noches, justo antes de dormirme, me siento en paz, afortunada, sin crear karma.

Y me duermo escuchando el silencio o el levante entre los edificios.

martes, 5 de octubre de 2010

No me he muerto, solo estaba cansada

El domingo, último día del curso, me levanté a las cuatro de la mañana después de haber dormido como cinco horas. Medité, escuchamos la última charla, desayunamos. Ayudé a limpiar la cocina del centro y fregué como doscientos millones de platos. Fui con Funes al aeropuerto y almorzamos dos hamburguesas carísimas, más que nada por paliar un poco el mono de carne.

[Nota: quizá este sea un buen momento para confesar que llevo tres años comiendo carne. Mucha carne.]

Viajé en avión a Sevilla y di vueltas por la estación de Santa Justa haciendo tiempo para mi tren, mientras miraba alucinada los escaparates de las tiendas. Después de diez días sepultada en el campo catalán, sin escuchar más que mis pensamientos y el ruido del gong, estar allí en medio de aquellos escaparates llenos de luces y objetos me parecía absurdo. ¿Qué clase de mundo es éste, donde podemos dedicar tiendas enteras a cosas tan estúpidas como bolsos o pendientes?, pensaba. Recordé la escena de “Mi vida sin mí” en la que la protagonista dice que se da cuenta de que la manera en que tenemos organizado el mundo: los supermercados, las tiendas de ropa, las luces, la publicidad y los carteles... todo eso no es más que un intento por olvidar que vamos a morirnos.

Había pensado también en eso en Barcelona, con Funes, frente a nuestras carísimas hamburguesas con bacon y queso. Le explico a MQEN que desde que estoy intentando aprender más sobre nutrición, después de haber tenido el insight de que llevo años alimentándome a base de atún y pasta, encuentro mucha información contradictoria. La leche es buena para los huesos, la leche te chupa el calcio de los huesos. La soja es buena, la soja causa trastornos hormonales. Los cereales son sanos, los cereales te raspan los intestinos. La carne roja es necesaria, la carne roja se pudre en tu interior y crea toxinas venenosas que te llevan a la gota y al cáncer.

Expongo todo esto preocupada mientras Funes mastica los nachos de acompañamiento embadurnados de mayonesa. Después traga, me mira muy serio y me dice:

- Lo que pasa, Peq – hace una pausa, bebe zumo de piña –, es que la gente no quiere aceptar que un día tendrá que morirse.

Maldito y sabio y largo ex novio.

Durante el curso, cuando sonaba el gong para el descanso o la comida, me levantaba desde mi sitio en la segunda fila y caminaba hacia la puerta. En el camino veía los sitios de meditación de cada uno llenos de cojines y mantas. Hay gente que acumula hasta seis o siete cojines a lo largo de un curso. Yo misma tenía cinco: dos para el culo, dos para la rodilla derecha y uno para la rodilla izquierda. Después de los primeros veinte minutos de curso vas añadiendo más y más, pensando que si te colocas un poco más alta la rodilla y un poco más recta la espalda, dejará de dolerte y podrás concentrarte en la meditación.

Miro los cojines y pienso: he aquí nuestro intento para escapar del dolor.

Y al final todo es lo mismo. Las tiendas de bolsos en la estación de Santa Justa. Los alimentos biológicos, las dietas crudiveganas. Las montañas de cojines en el centro de meditación. Toda la vida intentando escapar del dolor. Hasta que al final no te queda más remedio que enfrentarte a él y atravesarlo.

El sexto día del curso estoy angustiada. Me duelen muchísimo las rodillas. Ya os conté que había ido al médico por mi rodilla izquierda, que me tiene muy mosqueada. El día seis estoy agobiada porque no sé si observar el dolor es sensato o sólo me va a llevar a quedarme inválida. Esto dicho así puede sonar raro, pero cuando no puedes hablar con nadie los pensamientos se magnifican y te asustan, como sombras chinescas proyectadas en una pared desnuda.

Así que me acerco a la profesora en el turno de preguntas. Es una india que pone cara ceñuda cuando medita, pero que sonríe mucho cuando te habla. Le explico que tengo miedo a estar forzando demasiado y haciéndome daño. “Puedes moverte cuando no estés en firme determinación” (las horas de firme determinación son horas en las que haces el propósito de no moverte). “Pero observa el dolor – me dice, sonriendo todo el rato -. El dolor no es más que una sensación”.

Salgo de allí un poco cabreada. Mi cabeza me está ofreciendo una bonita exposición de cómo va a ser mi vida sin rodillas. Condenada a no hacer nada donde intervenga la gravedad, a dedicarme a nadar y al aquagym, como las viejas. Al final me rindo frente a las sombras de mi mente. Decido que si me quedo sin rodillas, pues sin rodillas me quedé. Que me pongan prótesis, que al menos no me dolerá cuando medite.

Al día siguiente, el dolor de rodillas desaparece.

Me cuesta expresar todo lo que he aprendido y estoy aprendiendo gracias a la meditación. Sólo puedo decir que es el viaje más fascinante, el que más sentido tiene. El único que merece la pena.

Cuando acabas el primer curso llamas a la gente y les explicas que te has pasado diez días sin hablar, que la firme determinación es terrible, que estás harto del comino en las comidas y bueno, que meditar está guay y tal. Luego ya sigues practicando, vas haciendo cursos y cada vez es más difícil transmitirle a la gente lo que has aprendido. ¿Qué tal el curso?, te preguntan. Y tú: bien, bien, con sus cosas pero muy bien. Porque ese viaje de diez días que tú has hecho lo has hecho sola. ¿Quién va a entender que tú has comprendido las ataduras de tu deseo o el valor de la renuncia? ¿Cómo (y para qué) vas a explicarlo?

¿A quién va a importarle? ¿Para qué vas a escribirlo en un blog?

Porque escribes para ti, supongo. Meditas para ti. Al final estás sola, y no es malo. Al final se va toda la gente, se van todos los momentos, y sólo quedas tú. Con tus palabras, con tus rodillas. Con tu firme determinación. Con tu dolor inabarcable.