massobreloslunes: diciembre 2010

viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi propio post de despedida del año


Queridos lectores:

Estoy harto depresiva esta tarde. No sé si es porque se me acaban las vacaciones, porque no tengo ganas de salir esta noche o porque sé que a las doce no habrá nadie con quien besarme bajo el muérdago.

Aun así, no quería dejar pasar la oportunidad de publicar mi propio post de despedida findeañera.

2010 empezó fatal, admitámoslo. Quiero decir, que empezar empezar, empezó bien. En casa de J., bailando Mecano y haciéndonos regalos estúpidos, como un mechero con el dibujo de una langosta (yo) o un libro de "211 cosas que una chica lista debe saber" (él). Y no, señor K., ninguna de ellas es cómo hacer una buena mamada. Que nos conocemos.

Después me presenté al PIR y me salió muy bien. Pero resulta que un día de febrero, una semana después de ir a ver juntos una peli ñoña en San Valentín, mientras preparábamos arroz a la cubana y hablábamos de Emilio Aragón, J. me miró a los ojos y me dijo "Oye, ¿y si nos tomamos un descanso?", como quien propone irse a dar un paseo al parque del barrio.

A mí me sentó como una patada en el estómago. Estuvimos toda la tarde teniendo una de esas conversaciones angustiosas y eternas donde lo mismo lloras, que te ríes, que te besas, que te escupes metafóricamente hablando. Aquella noche dormí allí, y recuerdo la sensación de levantarme al baño y mirar todos los objetos que compartíamos, mi líquido de lentillas sobre el lavabo, las cabezas juntas de los cepillos de dientes, y saber con claridad que aquello se había acabado.

Desde entonces he tenido que aprender a vivir sin J. y ha sido difícil, porque estaba pegado a mí como una de esas calcomanías que salían en los bollicaos y que tienes que rascar mucho para quitarte del todo. Y que después te dejan la piel en carne viva.

2010 también ha sido el año en que El Artista Anteriormente Conocido Como Mi Mejor Amigo y yo dejamos de hablarnos, por razones que no vienen al caso y que tienen que ver mayoritariamente con la parte borderline de mi personalidad. Yo me arrepentí y él se mantuvo en sus trece hasta el día de hoy. Esa circunstancia me tiene el corazón roto por una esquina, con una herida profunda y vertical que, afortunadamente, hoy por hoy parece estar cicatrizando con salud y razonable limpieza.

Pero 2010 también ha sido un año de cosas buenas.

Ha sido el año en que, sin saber cómo, me vi en Madrid pulsando un botón que me destinaba cuatro años a la Ciudad del Viento. El año en que he aprendido la diferencia entre el levante y el poniente, me he comprado una silla para la playa y un paraguas recio que aguante la lluvia lateral. El año en que he aprendido lo que son la penita, la fatiguita y el llanto enmoresío.

Ha sido el año de mi primera nómina seria, chispas, y mi primera paga extra. El año en que, por primera vez, me senté frente a personas que me contaron que estaban tristes, ansiosos, que tenían miedo o que querían morirse. Personas que me han confiado secretos, me han dado las gracias, se han cabreado conmigo o se han sentido aliviadas de tener alguien que les escuche. He inventado tareas absurdas, he enseñado relajación sobre la mesa, he dibujado diez millones de autorregistros en medias cuartillas y me he peleado con Diraya, el sistema informático creado por el maligno para ser utilizado en el SAS.

Ha sido el año en que he empezado a vivir sola, y he sabido lo genial que es poder hacer lo que quiera en mi territorio, pero lo triste que es tener que llorar sola con las rodillas abrazadas y sabe que nadie va a venir, por fuertes que sean los sollozos. Pero lo genial que es irme a dormir sabiendo que tengo un techo sobre mi cabeza, y que mi techo lo pago yo, y que puedo ocupar toda la cama de matrimonio, y que nadie va a comerse los huevos de mi nevera, y que aunque me gustaría a veces que alguien cuidara de mi es un alivio saber que yo sola puedo hacerlo, y hacerlo muy bien.

También ha sido el año de conocer a personas que ahora no puedo imaginar fuera de mi vida. El año de comprar zapatos con Luna, de discutir sobre Lacan con Jesús, de intentar arreglar el mundo con José Luis, de pensar pacientes con Nacho. El año en que comprendí que tengo una profesión hermosa y terrible, y supe lo que es poder reunirse con personas que comparten la pasión por ella y dar vueltas a las veinte mil esquinas de los seres humanos.

He ido de camping, he viajado a Pamplona, he paseado por Cádiz escuchando a Quique González, tumbada en la playa de la caleta para contextualizar el Salitre. Me han robado el corazón unos cuantos chicos, y yo creo que no se lo he robado a nadie, pero podré vivir con ello. He meditado mucho (demasiado), y estoy intentando aprender cómo vivir esta cosa llamada vida con el menor dolor posible, propio y ajeno. He perdido el botón mental de la ficción, pero he empezado a escribir poesía.

Y he estado viva. Eso es bueno.

No voy a pensar propósitos. Siempre son los mismos. Escribir más, meditar más, hacer algo de deporte por el amor de Dios Marina que te vas a oxidar como un columpio viejo, ser buena persona, comer mucha verdura. Me paso la vida haciéndome este tipo de propósitos y me las apaño para cumplirlos intermitentemente.

Si me atreveré a formular algunos deseos.

Quiero que mi familia esté bien, quiero que mis amigos estén bien y quiero que mis pacientes estén bien.

Quiero divertirme, quedarme como estoy en el terreno laboral y mejorar un poco en el terreno literario.

Quiero que no le pase nada a mi rodilla izquierda que no se cure con un poco de natación. Que se me curen los ovarios poliquísticos. Que se vaya para siempre el Acné del Averno.

Y quiero alguien a quien querer y cuidar.

Feliz 2011. Que os traiga todo lo bueno que os merecéis por tener la paciencia de leerme. Gracias por visitar este rincón. No tenéis idea de lo mucho que significa para mí escribir aquí y de lo que me alegro de que lo compartáis. Los conocidos, los desconocidos, los que llegáis escribiendo cosas raras en google y después descubrís que os gusta. Mis 16 leales seguidores. Gracias a todos.

De nuevo:

Feliz 2011.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Perfeccionando lo simple III: Siesta invernal


Dormir la siesta es fabuloso. Dormir, en general, es fabuloso, pero la siesta tiene un componente de autoindulgencia decadente que me encanta. En plan "hale, paso de todo, a dormir durante el día que me sobra tiempo". Yo soy una siestera profesional desde los quince años, época en la que me acostaba en pijama y con las persianas bajadas un par de horas todos los días. Cuando me di cuenta de que se me estaba pasando la juventud, empecé a moderarme un poco y a perfeccionar el método. Actualmente creo que entiendo bastante de siesta, y es por eso que voy a compartir mi sabiduría con vosotros.

Esta entrada habla de la siesta invernal porque cada estación tiene una dinámica siestil completamente diferente. No vas a comparar sudar bajo el ventilador a acurrucarse bajo una mantita. Empezamos por el invierno, que es lo que pega ahora.

Para una buena siesta invernal hacen falta varios elementos:

1) La superficie siesteadora. Yo recomiendo un sofá. Si os acostáis en la cama, lo más probable es que durmáis más de la cuenta, y a no ser que seáis profesionales de la siesta, como una servidora, dormir mucho os sentará mal. Aunque esto no es la panacea para el despertar. En segundo de carrera tuve una fase con verdaderos problemas para levantarme de la siesta y empecé a cambiar de superficie para ver si la incomodidad lo solucionaba. Acabé echándome siestas de dos horas sentada en un sillón (verídico).

La foto que encabeza el post es mi sofá de siestear. El mejor sofá que he tenido ever. Pongo la almohada en la parte del chaise longue y me quedo traspuesta. Y sí, mi nevera está al lado del sofá.

2) El soporte de cabeza. Personalmente no puedo con los cojines. Por muy suaves que sean, nunca jamás podrán competir con la suave y fresca tela de la almohada acariciando tu rostro. Así que no seas vago/a. Levántate, ve a por tu almohada y acóplala en tu sofá de siestear.

3) La mantita. Ah, la mantita. Para una buena siesta invernal hay que encontrar una que sea a la vez cálida y ligera, suave y sin pelusas, práctica y cubriente. A mí me gustan las mantas largas, que no se me salgan los pies por abajo. Esto es fácil, porque soy tan bajita que durante un tiempo tuve miedo de ser enana, así que para mí casi cualquier manta es una manta larga.

4) La fuente de calor. Os preguntaréis por qué hace falta una fuente de calor si ya tenemos la mantita. A ver, esto que voy a explicar a lo mejor sólo me pasa a mí, pero sed clementes. El caso es que mis casas, la de Cádiz y la de Málaga, no tienen calefacción. En la de Málaga, concretamente, hace casi más frío que en la calle. Es decir, que la mantita no es suficiente. Y paso de echarme la siesta con edredón, porque entonces sí que no hay quien se levante. Conclusión: hace falta una fuente de calor adicional.

Si vivís en casas maravillosas con calefacción central y suelo radiante, que sepáis que os tengo envidia de la mala, pero que os doy permiso para omitir la FCA (Fuente de Calor Adicional).

Si, como yo, vivís en un sitio "con clima cálido" donde "la calefacción no merece la pena" (silbido de odio entre mis dientes), aquí tenéis varias opciones para la FCA.

- La chimenea: fabuloso si tienes una cerca y no te da perezón encenderla. En mi casa de Málaga utilizamos mucho la chimenea y es un entorno ideal para el siesteo: atmósfera acogedora y temperatura buena. Además, una se siente un poco como en una peli americana, todo bucolismo y galletas hechas en casa. También mola el sexo de chimenea, pero lamentablemente hace mucho que no lo practico.

- El brasero. Dicen que cuando Dios cierra una puerta abre una ventana. Cuando en Andalucía se cierran las puertas de la calefacción central, Dios abre la ventana del brasero. Hace un tiempo fantaseaba con inventar un brasero portátil, algo así como una mesa camilla unipersonal alrededor de la cintura que pudiera llevar durante el invierno. De lo contrario el brasero de tu casa te atrapará y te invalidará para llevar a cabo actividades útiles, como fregar los platos o ir al baño, y acabarás sondada en tu sofá viendo Sálvame con tal de no alejarte de su acogedor calorcito, mientras las ratas procrean en tu fregadero.

- Otra persona. Esto puede parecer lo ideal, pero ¡ojo! No es tan fácil encontrar compañía para siestear. El maromo (o la maroma) en sí tiene que ser gustoso, acoplable, con buen olor y que no se mueva mucho al dormir. Si encontráis uno así, guay. Si no, cada uno por su lado, tú en la cama y yo al sofá con la almohada, y aquí paz y después gloria.

Una cosa buena que tienen las personas como FCA es que puedes tener sexo sandwich (siesta-sexo-siesta).

- Si no tenéis ninguna de estas opciones disponibles, como me pasa a mí en Cádiz, ¡tranquilos! Voy a hablaros de un invento que sacudirá vuestras existencias y las cambiará para siempre:


Calentad la bolsita y ponedla en vuestros pies/regazo/al lado imitando el calor de vuestra no-pareja. ¿Quién necesita a otros seres teniendo este invento maravilloso? Dios creó el brasero, luego creó la bolsita de cereales y luego las repartió por Natura y los mercadillos del mundo. Id a comprar una ahora.

5) Las provisiones. Hay dos elementos clave en este apartado. Uno es el agua. De la siesta invernal te levantarás con una sed del Averno, y el trayecto entre tu cálida mantita con FCA y el grifo se te hará insoportable. El otro es el chocolate o, en su defecto, algo dulce. ¿Por qué se levanta uno de la siesta con ansias de dulce? No lo sé, pero como decía un amigo de mis padres, "las neurosis hay que culminarlas", así que date ese capricho. Si estás a dieta, puedes hacerte una infusión. O chupar sacarina, ya como veas.

Ok. Ya lo tenemos todo. Ahora viene un elemento clave: el tiempo. ¿Cuánto es lo adecuado?

Hagamos aquí una breve aclaración. ¿De qué tipo de siesta estamos hablando?

- Siesta de diario. Estás cansado del curro pero tienes que seguir haciendo cosas. No puedes dejarte ir demasiado, entre otras cosas porque si no esta noche no habrá quien te acueste y el círculo vicioso de falta de sueño se repetirá. Esta siesta debe durar unos 25 minutos, aprox. Es la típica siesta que todo el mundo alaba como la siesta perfecta, la que mejora el corazón, la tensión y el apetito sexual, pero que se dejen de rollos. Para mí una buena siesta dura dos horas, punto; el resto es un querer y no poder. Pero estas siestas pueden estar muy bien si se trabajan de forma adecuada.

- Siesta de viernes: estás reventado después de toda la semana y quieres mandar al mundo a tomar por culo y olvidarte de tu triste existencia. Esta siesta te la puedes permitir más larga. Una hora y media no está nada mal.

NOTA: Yo personalmente NO PUEDO dormir una hora. O duermo media o duermo una y media. No sé por qué; debe de ser por las fases del sueño o algo así. No obstante, cada cuerpo es un mundo, así que probad con una hora y me contáis qué tal.

- Siesta DHD o Dormir Hasta que Duela: Has ido a trabajar de empalmada, o tus vecinos tienen un bebé que no te ha dejado dormir, o te ha bajado la regla y pasas de todo. Ok. No pongas despertador, acóplate a dormir y despiértate de noche, con dos cojones. Te sentirás mejor, o tan mal que no te quedará más remedio que ponerte las pilas y salir de tu bucle de autocompasión.

Una vez decidida la duración, colocaremos algún dispositivo electrónico fuera de nuestro alcance. ¿Cómo de fuera? Pues depende. Yo me lo pongo alejado, pero no tanto como para tener que salir de debajo de la mantita-FCA, porque si lo hago así soy capaz de dejarlo sonar hasta que pare con tal de no levantarme.

Después adoptaremos la posición de siestear. En mi caso, de lado y con la mano bajo el moflete, como los niños chicos. Aquí es donde la siesta alcanza su máximo de placer. Esos momentos en los que el tiempo se detiene, han acabado las obligaciones de la mañana y no han empezado aún las de la tarde, y puedes relajarte, dejarte ir y parar un poco tu mundo.

Ahora piensa en cosas bonitas. Algunas sugerencias son:
- Piensa en el chico que te gusta. Si no tienes ninguno, te lo inventas.
- Recuerda viajes con tus amigos.
- Imagina la playa en verano. Imagínate tumbado, sin nada que hacer, escuchando las olas y las voces lejanas de los niños. Por favor, imagina algo idílico, rollo playa hippie de Formentera, y no la Caleta en agosto.
- Recita poesía de memoria. Despacito.

Y bueno, podría decir más cosas sobre la siesta, pero este post me está quedando obscenamente largo y creo que como inicio a una Siesta Invernal Perfecta no está nada mal.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cómo ser una Hembra Alfa y no morir en el intento




NOTA PREVIA AL POST: Que conste que estoy segura de que hay mogollón de mujeres para las que lo que voy a relatar es una chorrada, que dominan el argot gruístico de siempre, entienden de mecánica y hasta saben lo que es una llave de bujía. Ruego a esas mujeres disculpen si en algún momento doy a entender que la inutilidad mecánica femenina es algo generalizado e inherente a nuestra condición de delicadas criaturas, mancillando así el honor de mi género.

Pues resulta que mi bendita moto decidió hace unos días que no arrancaba, dejándome tirada en el centro y destinada al taxi o a suplicar transportes ajenos.

Mi moto me dejó ya tirada otra vez hace seis o siete meses por un asunto parecido: se quedó sin gasolina y luego no arrancaba. A mi favor diré que conducía mi hermano y que yo sin gasolina no me he quedado jamás. Mi primera reacción fue entrar en pánico y llamar a mi padre. Mi padre es bastante buena persona, pero tiene dos fallos principales. El primero es que es tacaño hasta dar risa. Ya os contaré historias como "aquella vez que retrasó los regalos de Navidad hasta Mayo para juntarlos con mi cumpleaños".

El segundo es que es muy cómodo. No vago, sino cómodo. Hará cosas por ti siempre y cuando no le venga mal. Así que el día de la moto me dijo algo como:
- Tú tranquila, eso seguro que es la bujía, que ha hecho perlilla y hay que limpiarla.

Personalmente, esperaba que la siguiente frase fuera "yo te la limpio, que para eso soy tu padre y el Macho Alfa y siempre digo que me gustan mucho los motores y la mecánica". En cambio, su siguiente frase fue:
- Sácale la bujía, límpiala y ya verás cómo tira.

¿Perdona? ¿Bujía? ¿En serio crees que sé limpiar una bujía? ¡Si no sé qué es, ni para qué sirve, ni qué pinta tiene! Vamos, no me jodas.
- ¿Y eso cómo se hace?
- Busca una llave de bujía, saca la bujía y la limpias.

¡Claro! ¡Una llave de bujía! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
- Lo haría yo, pero es que tengo que bajarme al bar a leer el periódico.

Lo dicho. Cómodo. Ni corta ni perezosa, me fui a google, busqué "cómo limpiar una bujía" y fui a donde estaba aparcada la moto con un trapo y un cepillo de dientes (verídico). Obviamente, no sólo no conseguí sacar la bujía, sino que ni siquiera la encontraba, y tuve que llamar al seguro.

El gruísta era un primor, de guapo y de apañado. Era tan guapo que la novia iba con él en la grúa para vigilarle (verídico). Le expliqué lo de la bujía y la perlilla, el hombre sacó la bujía sin llave de bujía, la limpió y se pasó como una hora dándole a la patilla, mientras yo observaba admirada su sudoroso esfuerzo. La moto no arrancaba, así que el gruísta me miró con sus azules ojos de macarra del extrarradio y me dijo:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

¿Perdona? ¿Llevarla? ¡Yo qué sé! ¡Se supone que tú eres quien se encarga de eso! ¡Eres el gruísta y el Macho Alfa! Pero en lugar de entrar en pánico, puse mi mejor cara de hacerme la tonta. Si el Macho Alfa no sale solo, tiene que entrar la Hembra Dominada para ponerle en situación. Así que le dije algo como:
- No tengo ni idea, es que de esto no entiendo... (parpadeo indefenso). ¿Tú conoces algún taller? (parpadeo indefenso, parpadeo indefenso).

Al Gruísta Buenorro (GB en adelante) le salió su vena protectora y me llevó a una especie de garaje clandestino, que encima está cerca de mi casa y donde me dejaron la moto estupléndida. Además, hicimos amistad él, la novia y yo en el trayecto de la moto al taller, y como yo había quedado en el centro me acercó con la grúa y vacilé a tope con los colegas.

Hoy ya tenía el asunto perfeccionado. La moto se me quedó tirada el viernes y yo, que ya tenía bastante con la Nochebuena pendiendo sobre mi cabeza cual espada de Damocles, decidí esperar tranquilamente hasta hoy. He comido con mi padre y mi hermano, y cuando les he explicado lo de la moto los dos me han mirado muy serios.
- Eso es que la bujía ha hecho perlilla - Uy, fíjate que no me sorprende el diagnóstico.
- Es que tu moto las bujías se las carga - Sí, hombre, tú échale la culpa a la pobre moto.
- Entonces la limpio y tira, ¿no?
- Claro, claro.

Mi padre es cómodo, pero mi hermano es directamente vago como el suelo. No ofrecimientos de limpiar la bujía. No big surprise, francamente.

Me he ido a donde estaba aparcada la moto, he llamado al seguro y le he dicho al gruísta que me llamara él al llegar, que yo iba a tomarme un café. He esperado en la cafetería leyendo la Cuore y cuando ha salido el tío le he explicado el asunto:
- Que digo yo que igual es que la bujía ha hecho perlilla.

El tío me ha mirado con cara rara. No he conseguido averiguar si era cara de asombro por mi dominio del argot o cara de "ésta no tiene ni puta idea", pero el caso es que me ha ignorado, le ha dado a la patilla durante cinco segundos y me ha subido la moto a la grúa. Este gruísta, además, era calvo y feo, y he echado de menos a GB y su maciza perseverancia. La próxima vez tengo que informarme a ver si dejan elegir gruísta.

[Ya me imagino el momentazo:
- AMA asistencia en carretera, buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
- Mire, que se me ha quedado tirada la moto, que si me podían mandar una grúa, pero una que la conduce un tío que está muy bueno, así con ojos claros y el pelo rapado, un poco macarra y... ¿oiga? ¿oiga?]

El caso es que ha llegado el momento cumbre. El GCF (Gruísta Calvo y Feo) me ha mirado y ha dicho:
- Bueno, ¿y dónde te la llevo?

Y entonces yo he puesto mi mejor cara de Hembra Alfa, he sacado de mi cartera la tarjeta del garaje clandestino (¡Sí, tienen tarjetas!), he llamado al mecánico y le he dicho que iba para allá. Me he sentado en la grúa y le he dado conversación a GCF aprovechando mi conocimiento de la profesión acuñado en mi experiencia anterior. Al llegar al taller le he explicado al mecánico lo de la bujía, y curiosamente no me ha mirado raro; ha dicho algo como "tú tranquila, que eso no es nada" y me ha dejado con la agradable sensación de que él es mi mecánico y lo va a arreglar todo. Luego he firmado el parte al GCF y me he ido a mi casa andando (miss you, GB) pero más contenta y orgullosa de mí misma que unas castañuelas.

Moraleja:
- Lo que puedas hacer tú no tiene por qué hacértelo tu padre/ tu hermano/ tu novio.
- Lo que pueda hacer el gruísta/mecánico del taller no tienes por qué hacerlo tú.

Y eso es todo por hoy, amigas.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


A veces, cuando me pongo en plan "echo de menos algo y no sé qué", juego conmigo misma al "qué te gustaría que pasara hoy si todo fuera posible".

A mí hoy me gustaría que pasara lo siguiente.

Estoy en mi casa, escribiendo en el portátil, escuchando a Los Piratas en bucle (se prestan mucho a ello). No tengo sueño pero pienso que, de hecho, debería acostarme temprano porque luego se me descojona el horario y me da coraje amanecer al mediodía. Entonces me suena el móvil. Es un mensaje de un Chico Que Me Gusta Un Montón (en adelante, CQMGUM - Personaje de completa ficción creado por mi mente enferma), y que me dice que no puede sobrellevar la Navidad solo, que si me apunto a hacer algún plan. Le contesto con un mensaje mitad inocente mitad tonteón y quedamos en que me recoge con el coche y nos vamos al cine.

En el trayecto, le explico a CQMGUM que yo soy muy de cine. Que ver pelis en casa me gusta, sí, pero que meterme en la sala oscura con las palomitas en la mano y la musiquilla de Movierecord me encanta. CQMGUM me mira y sonríe de lado, porque yo para él soy CQLGUM (la Chica Que Le Gusta Un Montón) y le hacen gracia mis estupideces. CQMGUM y yo todavía estamos en esos momentos en los que no está claro lo que pasa, así que yo disfruto de la incertidumbre y del cosquilleo en el estómago cuando le miro de reojo desde el asiento del copiloto.

Nos vamos a algún Cineplex pijo. A los dos nos mola el rollo gafapastil de las pelis en VO en el Albéniz, pero le explico que yo hoy tengo antojo de sala pija y de superproducción de Hollywood. Que no me pregunte por qué, pero es así. Nos gastamos una pasta obscena en entradas y palomitas, y vemos una superproducción que no nos chifla pero nos entretiene, mientras somos conscientes de la porción de piel que se toca en el apoyabrazos compartido.

A la salida CQMGUM va a llevarme a casa, pero se nota que está pensando en una excusa para retenerme. Entonces me dice que tiene que enseñarme algo. Conduce hasta un lugar un poco apartado, y cuando yo pienso que está chalado y va a violarme y luego a matarme (aunque, dado que Me Gusta Un Montón supongo que no sería una violación propiamente dicha), me pone un disco que tiene ganas de que escuche. Y es un disco precioso, precioso, tan bonito que me hace tener ganas de tirarme a CQMGUM sólo por ser una persona tan sensible y por tener en el coche ese disco tan bonito.

Así que escuchamos el disco en silencio, y CQMGUM me mira raro, y yo me río porque de repente me da todo mucha vergüenza, y él me dice "¿de qué te ríes?", pero de una forma dulce y encantadora. Y de pronto nos estamos dando el lotazo en una posición un poco incómoda, y acabamos pasándonos al asiento trasero, y suceden cosas muy bonitas y muy sucias mientras el disco precioso precioso suena bajito, el frío aúlla tras los cristales empañados y yo pienso que, joder, esto sí que es una Feliz Navidad.



PS: The beautiful picture in the post belongs to Karl Hab. I found it on Google, so if you're him and you want me to take it off, just tell me. Please don't sue me - I just got my first Christmas bonus!

jueves, 23 de diciembre de 2010

Soneto a una paga extra


(Segunda parte de mi serie "Poesía de la emancipación", que continuará con "Romance de la renta básica").


Cuando yo ya me hallaba acostumbrada
a una nómina al mes, ¡oh, qué alborozo!
tú has llegado llenándome de gozo
por abundante y por inesperada.

Corría leyenda urbana que anunciaba
que la crisis te había recortado;
a la mitad me había resignado
y optimista y paciente te aguardaba.

¡Qué alegría al saber de tu llegada,
al comprobar que llegabas completa
paga extra sin impuestos recargada!

Mi Visa acabará con agujetas
que cuando la emoción se me desata
me cabe el corazón en la tarjeta.

martes, 21 de diciembre de 2010

Esta ciudad




Llevo unos cuantos días aplazando el escribir aquí. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque escribir es una actividad como muy aplazable. No es urgente, no da hambre, ni sed, ni frío. Uno sólo tiene el gusanillo en el estómago, las ganas de contar debajo de la lengua, pero al fin y al cabo las ideas son mucho más bonitas en la propia cabeza que en los post. Mi cabeza está llena de ideas interesantes, de frases acertadas e ingeniosos diálogos. El blog es demasiado unidimensional y el resultado siempre se me queda corto.

La otra razón es que quería hablar de mi visita a Granada pero no sé muy bien cómo expresar las sensaciones que he tenido allí. Además, soy como un poco repetitiva, con mi rollo de Granada por aquí, Cádiz por allá. Un poco jartible, que dicen en Cádiz. Aun así, lo contaré, que es mi verdad y las verdades están para ser explicadas.

La cuestión es que pensaba que me pondría muy triste por no estar allí haciendo el PIR. Desde que empecé la residencia, a veces me pasa que tengo días de "debería-estar-en-Granada". Los días "debería-estar-en-Granada" son días en los que tengo cristalino que tendría que haber escogido el San Cecilio y me pregunto qué coño pinto yo en Cádiz con lo bien que vivía allí. Yo no suelo arrepentirme de las cosas. Lo veo una pérdida de tiempo. Pero los días "debería-estar-en-Granada" son pavorosamente claros y me llenan de certidumbre sobre lo equivocada que estoy.

Así que ir a Granada por primera vez durante la residencia era un reto. Pensaba que me iba a morir de la pena y a arrepentir como el infierno. Sin embargo, aunque he muerto de la pena, era una pena distinta a la que preveía. Pensaba que mi pena vendría de no estar allí. Pero una vez allí, me sentía extraña por las calles, como caminando en los sueños de otro. Como si los sentimientos me los estuvieran prestando. La densidad de recuerdos por metro cuadrado de la ciudad es excesiva, mayor que en ningún otro lugar, incluso que en Málaga. Camino por allí como los botes salvavidas del Titanic: apartando cadáveres con los remos.

Y eso que allí he sido muy feliz, sí, pero también muy miserable. De hecho, si me pongo a mirar año por año, tampoco es que haya sido la época de mi vida. En primero estaba deprimida post-Barcelona. En segundo estaba enajenada por J. En tercero seguía enajenada por J. y además tenía ansiedad recurrente y aburrimiento patológico. Cuarto es una de las pocas épocas de mi vida que borraría entera sin remordimientos. Quinto estuvo bastante bien. Así que creo que no es mala idea empezar de nuevo en un sitio distinto. ¿En serio querría hacer la residencia allí? ¿Con mi yo del pasado sentada en los bancos de las plazas? ¿Con la ausencia de mis amigos gritándome desde los bares de tapas?

El último día quedé con el Húngaro. También a él le veía descontextualizado, como recortado de una revista y pegado con photoshop. Me contó una historia sobre los conflictos de Europa del Este sobre la que piensa hacer la tesis y de la que entendí la mitad. Luego me dijo que él también se da cuenta de que todo ha cambiado, que incluso sus profesores se han ido al extranjero por la crisis, que en Granada ya apenas queda nadie.

Me puse muy triste cuando le abracé antes de irme. Mi Hungarito. Me entristece volver a ver a la gente y que las conversaciones se conviertan en resúmenes acelerados de lo que ha sido tu vida en el último año. Dani era mi compañero de piso. Le daba un beso de buenas noches antes de dormir. Le oía gruñir desde su cuarto cuando se despertaba de resaca. Me contaba historias de Venezuela mientras almorzábamos y me perseguía al baño sin parar de hablar hasta que yo le regañaba y le cerraba la puerta en las narices. La PK y yo nos reíamos de él y de su manía de cenar tres veces, ensuciar media vajilla y luego no entender por qué tenía que fregar él siempre los platos. Ahora está ahí, recortado sobre un bar en el que no había estado antes, contándome que en breve quiere irse a viajar por Europa para hacer su tesis. Quejándose de que pronto no quedarán pisos en Granada que nos alojen.

La ciudad esta vez me parece dura, casi hostil. Será el frío. Me siento estafada mientras miro a los estudiantes tomando tapas en los bares que eran míos. Te crees que va a durar para siempre y va y se acaba. Tú creces, tus amigos se marchan y entran a ocupar su espacio chavales que ahora te parecen demasiado jóvenes.

Así que me alegro de haberme ido, aunque suene un poco a justificación. Seguro que también me alegraría de haberme quedado. No existiría esta brecha. Trazaría nuevos caminos por las calles de la ciudad (de mi casa al trabajo, por ejemplo) y no extrañaría el mar ancho de Cádiz porque no lo conozco. Pero ahora me alegro de haberme ido, porque la tristeza pesa mucho. Necesito distancia.

Porque lo triste no es haberme ido yo. Lo triste es que se ha ido casi toda la gente a la que quiero.
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Esta ciudad de huelga intermitente,
sus avenidas largas como látigos,
y plazas que recuerdan viejas citas
y nombres que los tiempos han borrado.

Esta ciudad con obras infinitas,
con bosques de cemento amurallado,
con lluvias de neón y agua bendita
y muertos que descansan solitarios.

Esta ciudad que sabe de nostalgias,
de poderes, de guerras que han pasado,
de copas, de bohemia, de la noche,
de música y poemas entregados.

Esta ciudad que baila con tu cuerpo
a ritmo de boleros o de tangos,
que sueña con tus labios, se emborracha
y luego llora cuando te has marchado.

Esta ciudad sin duda no es la nuestra,
o tal vez se parezca demasiado.

(Javier Benítez - Esteban Valdivieso).




miércoles, 15 de diciembre de 2010

Me voy de permiso

Hoy ha sido mi primer día de vacaciones. De vacaciones de verdad, que la otra mitad me la pasé en un sitio muy raro haciendo cosas extrañas y poco vacacionales.

Tenía planeado hacer la maleta esta mañana, recoger la casa, limpiar la nevera, depilarme y esperar fantástica de la muerte a que llegue mañana para irme de viajecito a MI Granada.

En lugar de esto, me he pasado la mañana perreando, la tarde trabajando (no me preguntéis por qué, ya sé que he dicho que estoy de vacaciones, pero la vida del PIR es dura) y la noche hablando con MQEN. Después de colgar, en lugar de ponerme a recolectar ropa como una chalada, me he pintado los ojos porque me apetecía y me he sentado a escribir y a ver vídeos de los Piratas.

Al final, lo sé, me iré con la casa manga por hombro. Me da pena dejar sola a mi casita veinte largos días. Mi piso me gusta tanto que a veces le doy besos en los marcos de las puertas, a pesar de mi desorden patológico y de que lavo los platos con mucha menor frecuencia de la que debería.

Aun así, quiero mortalmente irme de vacaciones. Me apetece necesito dejar de ser psicóloga por unos días. Estoy harta de ser comprensiva, asentir y decir "¿cómo te sientes al contarme esto?". Lo que en realidad quiero decir ahora es "me importa un carajo tu vida, espabila, deja de quejarte y sé feliz". No more empathy for me today.

También quiero ir a Málaga, a que el duendecillo de lavar la ropa vuelva a hacer su aparición, a encender la chimenea y a ver a mi familia y mis amigos. La navidad me parece un invento del maligno, y estas vacaciones me gustarían aún más si no las adornaran un dios en el que no creo y un gordo de rojo al que no conozco, pero intentaré sacar a pasear los pocos restos de espíritu que me quedan y disfrutar aunque sea de los mantecados.

En fin. Poco más. Mañana me reencontraré con Granada, mi ciudad soñada, mi paraíso voluntariamente perdido. Podría estar allí. No sé si mejor o peor, pero allí. En cambio, aquí estoy, en Cádiz, en medio de la humedad del aire, rodeada de agua, sumergida en el viento. No sé si mejor o peor, pero aquí. Ya os contaré cómo llevo el reencuentro.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Nice memories, I


- ¿Sabes cuál es una de las cosas más bonitas que me han dicho en mi vida?
- Sorpréndeme.
- Pues a ver, en cuarto de carrera me echaba una loción en la cara para el acné que olía fatal, como a óxido... Y encima estaba horrible, con la piel toda despellejada.
- Pobre...
- Un día estaba con un chico enfrente de la catedral, de noche, no se me olvida, aunque no sé qué hacíamos allí parados, besándonos. Ya tenía mérito el chaval, que yo parecía Freddy Kruger y aun así le gustaba. Y no sé por qué salió lo del olor a óxido aquél y le pregunté si le importaba.
- ¿Y qué te dijo?
- Algo como "qué va... si voy a acabar chupando columpios cuando te eche de menos".
- Jo, es muy bonito.
- ¿Verdad que sí?

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Texto y subtexto


Prometo no mandar más cartas

(ni más mails)

y no pasar por aquí

(aunque no paso yo, es tu imagen la que viene).

Prometo no llamarte más

(ni mandarte mensajes al móvil)

y no inventar ni mentir

(ni manipular, ni buscar razones o pretextos donde no los hay).

Prometo no seguir viviendo así

(con esta tristeza aleatoria y persistente)

prometo no pensar en ti

(ni en Ishiguro, ni en los parques, ni en la miel con vinagre balsámico).

Prometo dedicarme solamente a mí

(a mi meditación, mis libros, mis pacientes).


Prometo que a partir de ahora lucharé por cambiar

(por ser más buena y sensata, más callada y coherente).

Prometo que no me verás, que no voy a molestar

(seré una santa).

Y sabes que lo digo de verdad

(esta vez sí, te lo juro),

que no voy a fallarte en nada

(te dejaré tranquilo de una vez).

Tengo mucha fuerza de voluntad

(estudié mañana y tarde durante meses, saqué el número 12 del PIR),

no te fallaré en nada

(tampoco me dejas).


Prometo no seguir así

(porque es patético),

prometo que no voy a pensar en ti

(y yo lo que prometo lo culpo),

prometo dedicarme solamente a mí

(qué remedio).


Y el aire que me sobra alrededor

(me sobra aire vacío, no sólo de ti, vacío de muchas cosas)

y el tiempo que se queda en nada

(se me disuelven los días y no tengo ni idea de a dónde van).

Nunca más escucharé tu voz

(y, de hecho, no la recuerdo),

energía nunca liberada

(que se queda conmigo y me consume los huesos).

Palabras que se perderán entre estas cuatro paredes

(¿dónde van las palabras cuando no las escucha nadie?),

como lágrimas en la lluvia se irán

(y pasará el tiempo, y nos cubrirán los años, y nos haremos viejos...).


Se irán, se perderán, se irán, se perderán, se irán, se perderán,

se irán, se perderán, se irán, se perderán...

Como lágrimas en la lluvia...


¿Dónde estabas entonces?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Fregados


En general se me da bien desconectar de los pacientes adultos, pero a los niños los llevo peor. Los niños me dan mucha penita. Los veo tan dependientes e indefensos que no puedo evitar que se me estruje el corazón cuando lo pasan mal.

Ayer tuve a uno que venía por sospecha de déficit de atención y que a mí me huele a que pueda ser algo más grave, y cuando pedí una interconsulta con la otra psicóloga del centro para que me diera su opinión la madre se me acojonó. Yo intenté disimular con el rollo de "soy nueva y torpe, y si pido una segunda opinión es por eso, no porque piense que tu hijo pueda tener algo", pero ella se dio cuenta y se le caían los lagrimones en mi despacho.

Tuve también a un niño al que están acosando en el colegio, y ver a un chaval de doce años que se pasa las tardes durmiendo a oscuras porque se siente amenazado es duro. Luego están las tardes en la UCI pediátrica, cuando te cuenta una madre que a su niña se le han salido las tripas hacia el pulmón, y a ti no te parece muy grave porque la semana anterior viste a un lactante con un cáncer terminal en el cerebro.

Viva y bravo todo.

Aquí no hablo mucho de mi trabajo porque no sé muy bien cómo hacerlo. No quiero ponerme excesivamente dramática, ni que parezca que me hago la interesante, ni utilizar las historias de mis pacientes para crear humor o drama. Pero lo cierto es que toda esa desdicha y tragicomedia humana es parte de mi vida y, ya os digo, hoy estoy cansada y un poco sobrecargada.

No creo que ser psicóloga me haga mejor persona. Trabajo en esto porque quiero y me gusta, creo que tengo capacidad para sobrellevarlo y si yo no estuviera aquí hay 2600 personas (mínimo) que se pegarían por ocupar mi puesto. Pero no quita que este trabajo sea duro a veces. Tóxico. Y hoy me he venido al hospital pensando en el niño raro, en el niño acosado, en otro al que su padre lo manda textualmente "ar caraho" y, en fin, en todos los niños tristes del mundo.

La cuestión es que después de comer he bajado en el ascensor a tomarme un café y he coincidido con dos limpiadoras. Hemos parado en la cuarta planta y las puertas se han abierto, pero no ha salido nadie. Las limpiadoras se han quedado mirando el suelo recién fregado que se veía a través de la puerta.

- Se nota cuando no pisa nadie, ¿verdad? Lo bien que se queda - ha dicho una de ellas.
- Desde luego. Es que digo yo que al menos podían pisar por la orillita, que se nota menos.
- Ya, pero es que parece que ni nos ven. Yo a veces pienso que somos invisibles.

Se ha abierto la puerta, he salido y me he despedido de ellas, porque aunque lleve pijama blanco yo en realidad también soy personal minoritario en el hospital. A veces también me siento como si fuera invisible. Y me he ido hacia la cafetería pensando que en esta vida, como dice Mafalda, "cada quién tiene su pequeña o gran preocupación".


EDITADO: Diez minutos después de terminar de escribir esta entrada, me pegué una hostia impresionante sobre el suelo recién fregado de la UCI pediátrica. La vida es una cachonda.