massobreloslunes: 2011

jueves, 29 de diciembre de 2011

Balance del año, 2: Un meme

Pues hoy voy a pasar del mundo y voy a hacer un meme. Que ya os habréis dado cuenta de que no soy muy fan, porque no me suele gustar leerlos y por tanto no me parece justo escribirlos. Pero he visto éste en el blog de Deira y me ha hecho gracia. Quien quiera que lo lea y quien no pues que espere a mañana.

2011: BALANCE PARA VAGOS

1. ¿Qué hiciste en 2011 que nunca habías hecho antes?
Escalar. Escribir todos los días. Dormir en una furgo. Tomarme en serio lo del deporte. Dominadas. Comer hígado crudo. Viajar en avión para conocer a un tío. Probar el eme. Andar descalza por la calle. Hacerme un seguro de vida.

2. ¿Mantuviste tus resoluciones de Año Nuevo, y harás nuevas?
No hice ninguna, porque me conozco. Y creo que este año voy a probar a hacer resoluciones mensuales. Ya os contaré qué tal.

3. ¿Se casó alguien cercano a ti?
Sí, mi primo Sergio, y anda que no di calor con el tema.

4. ¿Nació alguien cercano a ti?
Tahira, mon amour.

5. ¿Murió alguien cercano a ti?
No, afortunadamente. Madera, madera.

6. ¿Qué países visitaste?
Jop, pues países ninguno, me temo. Viajo menos que Kant. Ciudades sí: Madrid, Toledo, Santiago, León, Valladolid, Barcelona, Sevilla... Algo es algo.

7. ¿Qué te gustaría tener en 2012 que no has tenido en 2011?
¡Un novio! Que me quiera y me mime y se deje querer. Que me dé calorcito por las noches y sexo cariñoso. Que me recuerde la compasión. En su defecto, una aventura sexual satisfactoria.

Ah, y una furgo. Diría que un novio con furgo sería perfecto, pero quiero mi propia furgo.

8. ¿Qué fechas de este año permanecerán en tu memoria?
Así que me acuerde del día, me temo que el cinco de agosto.

9. ¿Cuál es tu mayor logro del año?
Mis bíceps.

10. ¿Cuál ha sido tu mayor fracaso?
Supongo que el nanowrimo, que duré tres días.

11. ¿Has sufrido una enfermedad o herida?
Umm... ¿el Acné del Averno cuenta? Si no, pues afortunadamente nada grave. Sólo muchas mataúras resultado de la escalada novata extrema.

12. ¿Qué ha sido lo mejor que has comprado?
El machacaajos y mi cuerda de escalada.

13. ¿El comportamiento de quién merece celebración?
El de mi compañero de curro José Luis. Me inspira y me anima cada día que paso a su lado.

14. ¿La actitud de quién te ha hecho sentir deprimido u horrorizado?
Eso no se dice, que está muy feo.

15. ¿Dónde ha ido la mayor parte de tu dinero?
A la comida. La paleodieta es cara :(

16. ¿Qué te ha hecho mucha ilusión?
Aprender a escalar. Comprobar que puedo empezar cosas nuevas. Conocer a tantísima gente linda. Ponerme fuerte. Que escribieran un post sobre mí.

17. ¿Qué canción te recordará siempre el 2011?
Creo que "Party Rock Anthem", porque la oí en bucle un par de semanas y dudo que la escuche muchas más veces. Hay otras que me evocan mucho este año, pero creo que las escucharé toda la vida y el efecto se diluirá.

18. Comparando con hace un año, estás:

i. ¿Más contenta o más triste?
Más contenta, sin duda.

ii. ¿Más delgada o más gorda?
Peso más, pero es músculo. Yo me veo más buenorra.

iii. ¿Más rica o más pobre?
Más rica, viva y bravo.

19. ¿Qué te gustaría haber hecho más?
Umm... meditar, supongo. Durante la segunda mitad del año me he cubierto de gloria, espiritualmente hablando.

20. ¿Qué te gustaría haber hecho menos?
Perder el tiempo en Internet. Aunque en realidad me mola.

21. ¿Cómo pasarás la Navidad?
La estoy pasando entre Málaga y Cádiz, descansando y viendo a la gente a la que quiero. También tengo programada una visita a Granada la semana que viene, con invitación a los baños árabes incluida. Jejeje.

22. ¿Te has enamorado en el 2011?
Psé.

23. ¿Cuántos rollos de una noche?
¿De una noche? Ninguno. Yo soy una chica seria, por Dior.

24. ¿Tu programa de televisión favorito?
Yo no veo la tele. Estoy demasiado enganchada a Internet. Pero va, Anatomía de Grey FOREVER.

25. ¿Odias a alguien a quien no odiaras a estas alturas del año pasado?
Qué va. Yo soy toda amor. De hecho, no odio a gente a la que odiaba a estas alturas del año pasado.

26. ¿El mejor libro que has leído?
"Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales. De ficción me gustó mucho "Nunca olvides que te quiero", de Delphine Bertholon. A pesar del titulazo es una preciosidad de libro.

27. ¿Cuál ha sido tu mayor descubrimiento musical?
Vetusta Morla.

28. ¿Qué querías y conseguiste?
Escribir más y mejor. La renta de emancipación. Tener más lectores. Más tiempo libre.

29. ¿Cuál es tu mejor recuerdo de 2011?
Las tres primeras semanas después de conocer a IA. Como dice mi amigo José Luis, mi vida consistía en ir a la playa, escalar mucho, sonreír todo el rato y pensar en maneras de viajar a Valladolid.

30. ¿Tu película favorita del año?
He visto poquísimo cine. Muy, muy poco. Ahora mismo no me viene ninguna peli a la cabeza, de hecho; sólo la de Almodóvar, que me pareció HORRIBLE.

31. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños y cuántos cumpliste?
Cumplí 26. Estuve en un curso sobre trastorno límite de personalidad en Madrid, con Luna. Por la tarde fui a una librería y me compré una moleskine y un libro de un chaval que lo estaba presentando esa tarde. Merendamos en el Starbucks y me tomé un caramel macchiato y una cookie, y por la noche cenamos sushi. Fue bastante guay :)

32. ¿Qué es lo que hubiera hecho tu año mucho más satisfactorio?
Lo sentimental ha sido muy mejorable, en muchos aspectos.

33. Describe tu concepto de la moda en 2011.
No poder comprar ropa de calle porque me he gastado el dinero en ropa campestre.

34. ¿Qué te ha hecho permanecer cuerdo?
Escribir todos los días y el deporte.

36. ¿Qué tema político te ha inquietado más?
Supongo que el 15 M, pero soy muy poco política, así que no ha sido una cosa muy allá.

37. ¿A quién has echado de menos?
A J.

38. ¿Quién es la mejor persona a la que has conocido?
Mi amigo Kpot. Está zumbado, pero sin duda ha sido la mejor adquisición de este año.

39. Dinos una lección valiosa que has aprendido de 2011.
Que las expectativas las carga el diablo.

40. ¿Dirías que el 2011 ha sido un buen año a pesar de todo?
Muy, muy bueno. Ha sido un año fabuloso. Ha sido un año del que todos los demás años podrían aprender mucho (ejem, 2008). Un año que quedará en mi memoria como uno de los más divertidos, emocionantes, variados, sorprendentes, conmovedores, entretenidos e intensos que he vivido sobre este bonito planeta. Estoy muy agradecida por este año. Espero que el 2012 sea por lo menos igual; con que no se acabe el mundo, en realidad, me conformo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Balance del año, I: 12 momentos


(AVISO: Post Muy Largo... id al baño, haceros un café, cambiad de blog... whatever)

Enero

Estoy haciendo tiempo en la estación de tren de Cádiz hasta que salga el tren en dirección a Madrid, donde voy a pasar el fin de semana con mi familia. Hace escasamente media hora me ha llamado Arantxa. Que queremos compartir esto contigo, Marina, me dice. Que estamos la PK, Elsa y yo, y que Elsa dice que tiene un retraso y que ella normalmente es súper puntual. Está preñada, seguro, salto enseguida, no sé por qué, pero lo intuyo. Hablo con Elsa, le pregunto si nota "cosas especiales" en la tripa y cuándo coño se piensa hacer el predictor. Cuando venga Andrés, me explica, así que me quedo con la intriga, agarrada con desesperación a la barra del autobús de línea. Ahora estoy aquí sentada, hace un día de Enero helado y luminoso y el sol entra por los grandes ventanales de la estación. Así que miro al frente, al mundo soleado y brillante que me muestran las ventanas, y pienso: está embarazada. Mi amiga Elsa está embarazada. Viene un bebé al mundo y es de Elsa.


Febrero

Son las nueve de la mañana de un miércoles. Acabo de terminar de desayunar en el bar que hay frente al centro de salud mental y me he venido al despacho a corregir test y pasar historias al ordenador. Entonces entra el MIR de psiquiatría. ¡Hola, MIR!, le digo, contenta. ¡Hola, PIR! contesta él. Así nos llamamos el uno al otro, MIR y PIR, como dos personajes de dibujitos animados. Entre él y yo se ha cimentado una de esas amistades poco estridentes pero sólidas, y en estos días de invierno, cuando empiezo las mañanas deseando que alguien le prenda fuego al centro para no tener que ir, el MIR es la isla de contacto humano que impide que me muera de pena.

Me gusta cuando estamos como hoy, él frente a mí contándome algún caso o hablándome del máster de psicopatología que ha empezado; yo corrigiendo tests a infravelocidad, peleándome con el sistema informático del SAS y criticando a mi jefe. Detrás de nuestra puerta cerrada está el mundo feo y adulto en el que no tenemos más remedio que integrarnos, pero aquí dentro somos él y yo: algo no sé si mejor, pero sí más joven y más ilusionado, y eso me alivia.


Marzo

Es lunes de carnaval, y me levanto tarde aunque ayer no salí. La PK está durmiendo en el sofá de mi salón; ella sí salió anoche, así que no cuento con que emerja de entre las sábanas hasta dentro de un par de horas. Me pongo a hacer café en mi cocina armario y, sorprendentemente, la PK se despierta con el ruido y empieza a contarme la de ayer: una historia chunga con un chaval al que conoció hace unos años, de estas que es bonita pero no tiene futuro.

Y mientras yo doy vueltas por la casa, preparo café y recojo un poco el salón, ella sigue relatando lo que pasó ayer con los ojos tristes y manchados de rímel, y a ratos dice "me duele el corazón", y sé que lo dice de verdad. Le pongo café, la abrazo, no sé muy bien qué puedo hacer para animarla... y ella sigue repitiendo que le duele el corazón, sentada en la cama como Frida Kalho y sin entender por qué las cosas del querer casi nunca son justas.


Abril

Voy en tren a Sevilla para servir en un curso de Vipassana. No quiero ir, no quiero, no quiero, y todo lo que pienso es que ahora mismo podría darme la vuelta, coger otro tren para Cádiz y llamar a J. Porque apenas hace un par de semanas que estuvimos juntos en Granada y lo pasamos muy bien, tuvimos un sexo fabuloso, y si me bajo del tren y le llamo seguro que le apetece venirse unos días. Y a mí me apetece él en mi piso: verle amanecer en mi cama maravillosa, en mi cuarto azul, ducharme con él en el espacio reducido de mi mampara, desayunar cereales con café mientras entra la luz blanca de Cádiz por el balcón. Quiero pasear con él por la calle y tomar café en la croisantería francesa que hay junto al mercado, quiero ver cómo se entusiasma como un niño con los vendedores de erizos y las olas largas de la playa de Santa María.

Pero me he comprometido a servir, me he comprometido a meditar y debo ir. Así que sigo adelante mientras el tren traquetea, con las manos agarradas a los brazos del sillón, alejándome de Cádiz tanto como sin saberlo me estoy alejando de J.


Mayo

Es la noche de mi cumpleaños, y Luna y yo hemos ido a cenar sushi en un restaurante cerca del Paseo del Prado. Llevo cinco días en Madrid con ella: cinco días preciosos que hemos pasado básicamente hablando y mirando zapatos. Ayer por la noche Fede Comín me dedicó un disco, y hoy me he comprado una moleskine en una preciosa tienda de libros y café que se llama "La Buena Vida".

Charlamos, aunque más bien podría decir que charlo yo, porque esta noche, no sé por qué, estoy como un poco triste. El sushi de anguila está riquísimo, y Luna me mira desde el otro lado de la mesa con el pintalabios color coral brillándole en medio de la piel blanca y perfecta. Luna escucha muy bien mientras le hablo de mi familia, de los tíos y del acné del Averno. Me siento dolorida y vulnerable, y un par de veces se me saltan las lágrimas mientras hablo, pero al mismo tiempo sé que esto es bueno. Porque aunque haya cosas que duelan, hoy cumplo veintiséis años y todo está más o menos bien.


Junio

Estoy sentada en la plaza mayor de Grazalema con Juanma, un chico al que conocí hace apenas tres horas. Tomamos café mientras esperamos a que llegue el profesor que nos dará el curso de escalada, un tal Jose Capote. Juanma y yo hemos venido charlando alegremente desde Cádiz; es un poco intenso y nada guapo, pero no parece mala gente.

Entonces aparecen un hombre y una mujer al otro lado de la plaza y enseguida sabemos que son ellos, porque tienen toda la pinta de ser escaladores. Ella está increíblemente fibrosa y tiene los dedos anchos y aplastados; él sonríe a menudo con unos ojos verdes preciosos y se le marcan los hombros por debajo de la camiseta. Se piden otro par de cafés y empiezan a explicarnos cosas sobre el curso: que si el material, que si los nudos, que si las caídas. Ella nos dice que hay un grupo de gente en Cádiz que está empezando a escalar, que después del curso a ver si nos damos los teléfonos por si nos apetece ir con ellos. Pero no sé, yo lo veo lejano y difícil, porque aunque siempre he querido escalar, nunca he pensado que pudiera hacerlo. Seguro que esto es una cosa de dos días. Seguro que me gusta, pero no tengo claro que vaya a seguir con ello.


Julio

Estoy aparcando la moto en la playa de Cortadura cuando me suena el teléfono. Yo sé perfectamente quién es, pero cuando veo el número largo en la pantalla no me queda más remedio que contestar "¿sí?", y entonces escucho una voz dulce y alegre que me dice "qué pasa, vergonzosa". Me aturrullo un poco mientras sujeto el teléfono con una mano y con la otra agarro la bolsa de playa y la silla caletera. Qué acento más gracioso tienes, me dice él, no me lo imaginaba leyéndote. Pues anda que tú, con todas esas eses, contesto yo.

Hablamos dos horas seguidas, parando cinco minutos para que yo me dé un baño. Luego a él se le acaba la batería, pero me vuelve a llamar por la noche, después del roco, y yo no puedo creerme que exista alguien así, con esa mezcla inquietante de sinceridad y dulzura. Cuando colgamos no puedo dormir, así que me paso lo que me parecen horas tumbada bocarriba en la cama, sin taparme porque hace demasiado calor, con los ojos muy muy abiertos y la preocupante intuición de que esto es algo gordo.


Agosto

Voy en el asiento del copiloto de una Transporter, en una carretera del norte, camino a León. Él conduce a mi lado y habla de los campos de trigo en primavera, que son como un mar verde que se agita con el viento. La única época del año en que me gusta Valladolid, dice. Huele muchísimo a una colonia cara, y aunque en otras circunstancias me parecería excesivo, ahora mismo no me importa. Porque a él le hacen juego los ojos verdes con la camiseta y puedo ver la curva de su nariz y debajo su sonrisa, y sé que el olor de esa colonia será para siempre el olor de él, de este momento en que sólo puedo pensar en que vaya pedazo de maromo que me voy a calzar en las próximas horas. Y ahora mismo, aunque aún no haya pasado nada, todo es perfecto, porque aún somos él y yo, aún somos las voces ingenuas al otro lado del teléfono y, por otra parte, estamos aquí, y apenas nos separa un metro de espacio real. Y yo sé que nunca nada será mejor que este momento, esta certeza y esta anticipación porque, como decía nosequién, lo mejor de ir de putas es subir la escalera, y a partir de ahí todo va a peor.


Septiembre

La novia va a hacer su entrada, por favor, pónganse todos en pie, dice la jueza que está oficiando la ceremonia. A mí me sudan las manos sobre el papel del discurso que leeré en un rato, y tengo la terrible intuición de que me voy a dejar un tobillo con estos tacones. Sergio está de pie al principio del pasillo y mira a lo lejos. Entonces aparece Esther, que va preciosa con un vestido tipo griego y los rizos negros cayéndole por espalda, y suena una música italiana que no conocía. Meravigliosa creatura, dice la letra, meravigliosa paura. Maravilloso miedo, y eso es un poco lo que parece que tienen ellos. Y cuando por fin se ven se sonríen, se reconocen, casi avergonzados en medio de todo este tinglado, pero contentos. Cómplices. Y pienso en la suerte que tienen y en si yo alguna vez compartiré con alguien ese tipo de mirada, esa expectación, ese miedo maravilloso.


Octubre

Me estás mirando, llevas mirándome toda la noche, con esa mezcla cruel entre interés y pasotismo y, joder, es que estás muy guapo con tu sudadera naranja y la camiseta negra que te has puesto debajo. Te pareces un poco a Eminem, así tan rubio, con el pelo rapado y la capucha por encima, pero no te preocupes, que Eminem tiene su punto. Hemos oído a Vetusta, yo he cantado y bailado y me he emocionado muy muy mucho. A ti te ha gustado más el DJ de después, que no te conocía yo esa afición por la música electrónica, y ahora los dos vamos un poco borrachos y un poco puestos y hemos salido a fumarnos un cigarro. Y me estás mirando con las pupilas dilatadas, me estás mirando y yo te estoy mirando a ti, y algo intuirás cuando te levantas y dices "no puedo, no puedo, de verdad que no puedo", pero luego no sé cómo tenemos las bocas pegadas y uf, cómo hueles y qué suave tienes la espalda, pero no puede ser, no puede ser y me alejas con las manos extendidas mientras yo te miro, te miro como se mira lo que ya no se va a tener nunca.


Noviembre

Tienes que escribir un post que se llame reaching the top, me dice Kpot mientras caminamos en dirección a la vía que está probando. Claro, porque no todo va a ser darle cuatro pegues a la vía y caerse en la reunión, ¿no? A veces se llega. A veces se llega, y en ese momento no me doy cuenta del poder metafórico de las palabras que utilizo, porque estoy muy contenta de haber conseguido por fin encadenar "No es broma, es Kanfor", 6a+. Ese momento en que el encadene es posible, y entonces de repente te da miedo. Estás ahí arriba, has hecho el último tramo super despacio para no caerte por apresurarte, como la vez anterior. Y sabes que te quedan diez segundos, lo suficiente para agarrarte del canto con la derecha, coger la cuerda de tu cintura con la izquierda, deslizarla entre los dedos y chapar la reunión. Pesan todos los metros de cuerda que llevas debajo, te da miedo que no te queden fuerzas ni para abrir el mosquetón con los dedos, pero tienes que intentarlo, lo intentas y lo consigues, y conseguirlo te parece casi más irreal que caerte. Y para cuando escuchas los gritos de tus amigos y el Kpot te baja a toda velocidad para abrazarte, apenas te ha dado tiempo a asimilar que has llegado, que you have reached the top.


Diciembre

Hoy no te trabajado. Ha sido el primer día de mis vacaciones de navidad y me he levantado tardísimo, para variar, porque llevaba una época que parecía una de esas viejas que despega los ojos a las ocho y ya no puede volver a quedarse dormida. Pero hoy no sé si será porque me ha bajado la regla y me encontraba un poco débil, que hasta las doce he estado metida en la cama, eludiendo la realidad bajo mi nórdico. Después he paseado hasta el hospital para entregar el impreso de las vacaciones, vestida con los pantalones anchos que uso para escalar, una camiseta, un polar rojo, gafas de sol y el brillo de labios de Chanel que me han regalado por navidad. Me sentía guapa y pelirroja bajo el sol brillante del mediodía. Porque vaya sol más brutal, vaya diciembre piadoso que nos está regalando Cádiz. Caminaba por el paseo y a mis pies veía a gente jugando a la pelota, haciendo el pino, corriendo descalza sobre la arena: todo tan idílico y precioso que no te lo podías creer.

Luego, a la vuelta, he parado en la heladería. ¿Tienes alguno sin azúcar? Fresa y nata, ése de ahí. Pues dame de turrón, que fresa y nata no me apetece y, además, estamos en navidad. El heladero se ha encogido de hombros, rollo a mí qué me cuentas, y yo he caminado hacia la orilla sujetando la tarrina con mis dedos de uñas rojas. Me he sentado frente al mar y me he comido mi helado despacito, saboreando el frío en el paladar mientras me daba el sol en la nuca descubierta. Podía oír las olas, y todo estaba tan vacío y expectante como sólo pueden estarlo los días de finales de diciembre. Y he sido feliz, de verdad. Por un momento perfecto y total, he sido feliz.

martes, 27 de diciembre de 2011

Aran

De mis Muy Mejores Amigas, Aran fue la última en llegar, aunque última en nuestro grupo signifique que hace diez años que la conocemos en lugar de veinte. Aun así, se pica un poco cuando le llamamos llamo "la nueva", o cuando le digo que le vamos a convalidar la infancia para que no se sienta marginada. Es intérprete de lengua de signos y está especializada en sordociegos, y también tenemos cierta coña con el tema de que su hobbie en la vida sean los discapacitados. Lo que no sé si ella sabe es lo mucho que admiro el trabajo que hace y su manera de poner el corazón en dar palabras a quien no las tiene.

Es valiente de cojones. Se fue a vivir a Mallorca sin conocer a nadie por un sueldo de seiscientos euros y acabó enamorada de la ciudad. Recuerdo cuando nos invitó a pasar unos días allí con ella. Por aquella época trabajaba por las tardes con Julio, un sordociego adulto, y le tocó llevarlo a comer uno de los días en que estábamos de viaje. De camino al restaurante ella iba delante con él, agarrándole de las manos mientras signaba. Nosotras caminábamos detrás, y recuerdo perfectamente cómo miraba a mi amiga, que llevaba una falda vaquera y una cinta verde en el pelo, y pensaba en lo fuerte y hermosa que me parecía y en lo orgullosa que me hacía sentir.

Ahora vive en un pueblo de Teruel. Allí la mandaron cuando ya se había acostumbrado a Mallorca, e igual que no se lo pensó la primera vez, no lo pensó después y allí anda, adorando a la niña con la que trabaja y apañándoselas para sentirse en casa. De todas nosotras, Aran es la única que tiene problemas de verdad. Problemas serios y tristes de los que ella no tiene la culpa. Pero tira para adelante, porque su capacidad para soportar el dolor y, aun así, mantenerse dulce y entera, es espectacular.

Aran es la que siempre va a estar ahí para mí, y eso lo sé y me tranquiliza. El año en que fuimos a pasar la Nochevieja a Granada y agarré una infección de orina de caballo, y me levanté por la mañana llorando de dolor y sin haber pegado ojo, sabía que a quien tenía que despertar para que me acompañara a la farmacia era a Aran. Si alguien tiene que llevarte al aeropuerto, o pagarte los billetes de avión para que hagas un viaje con ella, o hacerte un regalo espectacular, ésa es Aran.

Porque hace los mejores regalos del mundo. No se trata sólo de que se gaste el dinero, sino de que realmente te observa e intenta averiguar qué es lo que te haría ilusión, y te fabrica cosas, y hace montajes fotográficos con música para verlos contigo y que llores de la emoción. Es muy, muy cariñosa y nunca olvida un cumpleaños.

Y además está llena de poesía. Como a mí, le emocionan y conmueven las palabras, y a veces inventa algunas, como acurrucosa: dícese de la persona o cosa susceptible de ser acurrucada. De vez en cuando nos manda al correo textos sobre su vida en Alcañiz, sobre la niña con la que trabaja o la trompeta que está aprendiendo a tocar.

Tiene mucho talento y no sé si lo sabe. Le gusta la vida, le entusiasman las cosas hasta fronteras ridículas, le encanta la comida alta en carbohidratos y el ajo en polvo del Mercadona. Es limpia y cuidadosa, siempre huele bien y sabe hacer cajitas con postales. Adora a su familia, a sus amigos y a su chica. Es realista y entusiasta, activa y perezosa, dura y dulce. Tiene una gigantesca, enorme, indescriptible y admirable capacidad de amar.

Chanchita, te quiero mucho. Sé que están siendo unas navidades difíciles. Ojalá pueda contribuir un poco a hacértelas más fáciles.




Ciego te crees al sentir que no ves nada.... pero hasta que no cierres los ojos y veas color ante ellos, seguirás ciego y vacío de sentimientos.

(Lo escribió Aran el verano en que la conocí, creo que en una cajetilla de cigarros. Y ahí se quedó, clavado en mi corazón y en mi memoria, exactamente igual que ella).

lunes, 26 de diciembre de 2011

De vuelta en Cádiz. Me tocaba currar un día esta semana y me preocupaba demasiado escaquearme, así que aquí estoy. Después volveré a Málaga hasta Reyes o hasta que vivir en una casa sin agua caliente me perturbe demasiado.

Hoy es uno de esos días en los que estoy tan cansada que querría meterme en la cama ya, y al mismo tiempo me parece demasiado temprano para meterme en la cama, con lo cual pierdo el tiempo por mi casa y lloriqueo diciendo "qué cansada estoy" y no hago nada útil y rompo cosas, y al final termino acostándome más tarde de lo normal porque me he entretenido a última hora con alguna chorrada.

No se muy bien qué contaros. Con eso del cansancio no me va bien el coco. Esto era más bien una entrada de hey, estoy aquí y hey, he de escribir para ubicarme un poco y ya mañana pensaré en algo artístico. Es increíble lo mucho que me perturban estos cambios de ciudad. Creo que en realidad yo nací para ser Amish, para vivir y morir en la misma tierra y llevar una vida sencilla, ahí con mi cofia, mis vacas y mi Fe Inquebrantable en Dios. Y en cambio aquí estoy, más perdida que el barco del arroz, dando tumbos en autobús y en un permanente deshacer de maletas.

Va, venga, me voy a ir a dormir. Voy a no cumplir mi propia profecía y me voy a meter en la cama tempranito. Me he comprado unas sábanas tan bonitas que debería poder utilizarlas como argumento para que la gente tuviera sexo conmigo, en plan "oye, de verdad, que no es por follar conmigo, es que tienes que dormir bajo esas sábanas tan preciosas". (Hasta que reúna el valor para algo así, sin embargo, creo que tendré que conformarme con mi bolsa caliente de cereales)

Noche-buena

La Nochebuena en familia es una cosa extraña, mezcla entre reconfortante, melancólica y perturbadora. Reconfortante porque, como decía alguien, la familia es el único lugar que está abierto toda la noche, y gusta que te conozcan y que te quieran de una forma más o menos incondicional. Melancólica porque bueno, uno piensa en cómo pasa el tiempo y en que tus primas pequeñas tienen todas más tetas que tú y es fácil ponerse tonto. Perturbadora por esa convivencia extrema y súbita aliñada con cantidades indecentes de alcohol, regalos y comida indigesta.

Lo que me parece curioso a medida que pasan los años es ver cómo crece la gente. Yo soy la prima mayor, así que cuando miro dónde están cada una de mis primas pequeñas tengo raros flashbacks de mi pasado. Me veo en mi prima Eva, que tiene cuatro años y busca todavía los regalos de Papá Noel escondida detrás de su madre, porque le da miedo encontrárselo de repente. Me veo en Silvia, que tiene diez, u once, nunca me acuerdo, y que ya sabe que los reyes no existen, pero se hace un poco la loca porque no quiere enfrentarse a ese momento violento en que tus padres deciden envolver los regalos en tu cara. Me veo en Carmen y Emma, que tienen dieciséis y que ayer andaban negociando la longitud de las faldas para salir a dar una vuelta por el centro de Nerja. Me veo en Ana, que está acabando la carrera ahora, y hasta en mi hermanito querido, que se administra los aguinaldos para poder darse un par de caprichos.

Y supongo que me veo en mí, la Prima Mayor y un poco rara, que de repente decide que escala, y se pone pelirroja, y deja a esos novios tan apañados y tan guapetones que se había echado (¿Y aquel tan alto ya no te gusta?, me dice mi abuela. ¿Y ese que charlaba tanto conmigo, tampoco?). Que toca la guitarra mezclando la improvisación con el histrionismo, que unos años cocina y otros no, que tiene un blog público y una falta preocupante de pudor y que a veces, pero sólo a veces, es un poquito borde, como su padre.

Ha sido una buena Nochebuena, valga la redundancia. Sin empachos, sin broncas más allá de ocasionales tensiones de juegos de mesa. Somos más que el año pasado y la mayoría estamos más contentos.

Después de la cena yo, que en el fondo soy más tierna que el mazapán, apoyo la cabeza en el regazo de mi madre. Dame mimitos, le digo. Tú quieres que yo te diga que todo va a salir bien, ¿verdad, Pitu?, me dice ella. Sí, porfa. Todo va a salir bien, Pitu, ya verás, repite mientras me acaricia la cabeza. Claro que va a salir bien, contesto yo, estamos bien, todos juntos, sanos, calentitos. Tenemos bebida y comida. Y trankimazines, me dice ella, también tenemos muchos trankimazines.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El olvido, esa cosa con plumas

Cuando mi mejor amigo A. dejó de hablarme, hace ahora dos años, pensé que me moría. Al principio no le di mucha importancia, porque creí que era un berrinche y se le pasaría pronto, pero cuando me di cuenta de que realmente tenía intención de No Volver a Hablarme Nunca, se me partió el corazón.

Yo no soy nada rencorosa. Dicen que para serlo hacen falta buena memoria y fuerza de voluntad, y yo no tengo ni una cosa ni otra. El rencor ajeno, por lo tanto, me resulta extraño y sobrecogedor. Vale que mi mejor amigo dejó de hablarme por mi puñetera y grandísima culpa, y vale que yo tendría que haber hecho las cosas de otra manera pero, ¿dos años? ¿Cómo puede alguien estar enfadado tanto tiempo? ¿No se aburre?

Hoy quería escribir sobre esto no por contar el asunto en sí, que es demasiado íntimo y escabroso incluso para este blog, sino para hablar del proceso. Porque aunque la realidad me siga atravesando con sus uñas de bruja, y aunque aparezcan nuevos niveles de dolor y puteo que desconocía, pienso que si pude con lo de A. podré con todo.

Porque fue un proceso muy difícil. El silencio me saca de quicio, ya lo he dicho alguna vez. Me gusta el lenguaje, la comunicación, y prefiero cualquier tipo de enfrentamiento a la dolorosa ausencia de palabras. Ahí estaban todos mis sentimientos: mi rabia, mi ira, mi culpa, mis fantasías de perdón y de venganza. Pero estaban solos. Se estrellaban contra la nada de su silencio y se quedaban así, removidos y hambrientos de que alguien los escuchara.

El dolor iba y venía, por oleadas. Había veces que pasaba semanas levantándome y acostándome con mi amigo en la cabeza, y me preguntaba qué iba a ser de mí, si me iba a seguir doliendo siempre. Porque la intensidad no disminuía con el tiempo: cada vez que reaparecía la pena, era igual de fuerte que la vez anterior, y por más que pasaban los meses me veía incapaz de arrancarle de mi cerebro.

Intenté muchas estrategias. Ignorarle, escribirle aunque él no me contestara, escribir yo sola en mi ordenador largándolo todo sin pudor cuando sabía que nadie iba a leerme. Mi casa estaba llena de objetos que me recordaban a él. El libro de ajedrez que me regaló cuando quise aprender a jugar. El cubo de rubik de competición que me compró por ebay. La pulsera y la rosa de los vientos que me trajo de Túnez. Con todas aquellas cosas yo mantenía una relación ambivalente: quería que estuvieran por allí, y al mismo tiempo cada vez que las miraba me pinchaba el corazón. Pero esconderlas o tirarlas suponía renunciar por completo a la presencia de mi amigo en mi vida, y no estaba dispuesta a hacer eso.

Los sentimientos se me iban revelando como las capas de una cebolla. Al principio, la culpa y la vergüenza no me dejaban respirar. No quería más que volver atrás en el tiempo o darme cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpida. Luego llegué a un punto en que fui capaz de perdonarme, y entonces empecé con la autocompasión. Recuerdo que le decía en silencio "no lo harías si supieras cuánto me duele", lo que era mentira, porque él sabía perfectamente cuánto me dolía y aun así seguía haciéndolo. No por nada, sino porque no podía ser de otra manera. Después de la autocompasión vino una rabia tremenda y me cabreé mucho.

No sé en qué punto empezó a dejar de doler, pero fue mágico. Como cuando una muela te está haciendo polvo y te tomas un ibuprofeno, y cuando el dolor deja de sacudirte es como si se hubiera producido un minimilagro en tus nervios. Llevaba tanto tiempo sufriendo por ese asunto que de repente me notaba relajada y ligera.

Tampoco sé muy bien qué ayudó. Creo que por una parte fue el tiempo. No hay mal ni bien que cien años dure, es verdad; la vida sigue, nos llenamos de nuevas experiencias, conocemos a otras personas y al menos cambiamos de preocupaciones. Mi amigo A., sencillamente, ya no forma parte de mi vida; ya no le computo. Me costó un montón llegar a ese punto, porque antes absorbía cada gota de información que podía conseguir de él por otras vías. Un día dejé de preguntar, sin más, y todo fue más fácil.

También me di cuenta de que él ya no me quería. Yo no creo en el amor de ida y vuelta, ya lo he dicho. No entiendo ni entenderé jamás que los sentimientos puedan cambiar de esa manera. He estado muy cabreada, pero sigo queriendo a mi amigo o, por lo menos, a su recuerdo. Sigo pensando que era un encanto cuando me invitaba a comer a su casa o me dejaba elegir bar de tapas; extraño su risa y su sentido del humor, ir al cine con él y negarme a compartir palomitas; me sigue enterneciendo el recuerdo de su sensibilidad, de cómo le gustaban Calvin y Hobbes o tocaba a Beethoven en su piano eléctrico. Pero, noticias frescas, no todo el mundo siente como yo, y parece ser que hay quien es capaz de dejar de querer. Y a mí mi amigo A. ya no me quiere.

El invierno pasado me lo encontré en Granada cuando fui de visita. Nos cruzamos por casualidad y charlamos unos minutos, y en realidad fue como si nos hubiéramos visto el día anterior. Fue bonito. Entonces él me dijo que si quería quedar luego para tomar algo, y aunque yo no podía ver mi cara, porque eso es imposible, la sentí iluminarse como un árbol de navidad. Claro, dije, claro que quiero, dame el toque luego y nos vemos en el centro. Y bajé Cartuja ilusionada como una niña, sólo de imaginarme que tomaba café con mi amigo en el Bohemia o en algún otro bonito bar granadino, que podía mirarle a los ojos oscuros, reírme con él y contarle cómo estaba siendo mi nueva vida en Cádiz.

No llegamos a quedar. Se evadió con excusas ese día, y después en Málaga en vacaciones, y al final me mandó un mail en el que puso que creía que ya no tenía nada que decirme. Y no me molestó tanto descubrir que me odiaba, que era algo que yo más o menos intuía, sino que me dolió la forma en que él había agarrado mi ilusión y la había estrellado contra el suelo. Creo que ése fue más o menos el momento de insight: cuando te das cuenta de que alguien te está haciendo daño de una manera tan frontal y directa que tú, si tienes un mínimo de sentido del autocuidado, no puedes permitir que suceda.

A partir de ahí todo fue más fácil. Guardé el libro, el cubo, la pulsera y demás objetos transicionales en el cajón inferior del armario, dentro de una bolsa de plástico. Quité su número del móvil, renunciando al breve alivio que me producía verlo cuando buscaba un teléfono con la letra A. Le borré por fin del messenger, porque cada vez que veía su nombre en la pantalla y él no me hablaba era un nuevo rechazo. En realidad, me dedicaba a borrarle y añadirle cada cierto tiempo, pero llegó un día en que no sentí la necesidad de añadirle otra vez.

Escribo esto porque es navidad, hace ya dos años que no nos hablamos y barajo la idea de escribirle por si le apetece tomar algo. Es raro, porque ya no siento que esté poniendo mucho en juego. Sé que, me conteste lo que me conteste, no me va a dejar con esa sensación de puñetazo en el estómago que me daban antes sus respuestas. Ya no tiene ese poder porque ya no es parte de mi vida ni parte de mí. Pero me da un poco de pereza que me mande otra vez a la mierda. Y ni siquiera sé si me apetece mucho verle.

También escribo esto porque me ha parecido importante compartir el proceso. El mágico proceso de sanación de los corazones, oh ah uh. El indicador definitivo de que ya pasó es que hace meses que no sueño con él, cuando hubo una época en que me pasaba casi todos los días. Le veía en sueños, estábamos bien y entonces yo le decía: "¿Esto es real, no es un sueño? Porque tú no me hablas". Y él sonreía con sus ojos redondos y me decía: "Es real, te lo juro." Así de puteante era mi inconsciente.

Y a pesar de todo esto, pasó. Pasó y ha pasado y ya no duele. Ahora duelen otras cosas, claro, porque mientras el apego permanezca, el sufrimiento seguirá encontrando su camino a través de mi pequeño y cansado corazoncito. Pero está bien recordar nuestra capacidad de salir adelante, sobre todo en días como hoy, cuando la navidad me está estrujando el cerebro como si fuera un estropajo y no quiero más que acurrucarme en la cama en posición fetal y desear que algunas cosas sean de otra forma.

martes, 20 de diciembre de 2011

Querida Lucía Etxebarria:

Me he leído por lo menos cuatro libros tuyos, así que no pienso que lo hagas del todo mal. Para mí, leer tus novelas es el equivalente a comerme una palmera de chocolate o una bolsa de cheetos: te lo comes si tienes hambre, entra bien, pero ni es alta cocina ni a la larga es bueno para tu salud física y mental.

Aun así, respeto a la gente que es capaz de escribir una o varias novelas y, sobre todo, que es capaz de escribir novelas que mi déficit de atención y yo queramos terminar. Dicho esto, me parece que lo de anunciar públicamente que dejas de escribir ficción para adultos por la piratería ha sido una columpiada tamaño pirámides de Bisbal.

No se trata sólo de que en estos momentos, cuando la gente las está pasando putas putas, pero putas de verdad, tú vayas por ahí diciendo que te puedes permitir dejar un trabajo que en teoría amas y te llena, sólo porque consideras que las condiciones no son lo bastante buenas. Lucía, corazón: el sábado pasado vi en consulta a un señor que se había tomado una caja de diazepam porque lleva dos años buscando trabajo, se le acaba el dinero de la indemnización y no sabe cómo sacar adelante a sus hijas. Estamos hablando de un señor con dos carreras y quince años de experiencia laboral que va a hacer entrevistas de trabajo a Murcia, a Sevilla, a Alicante; que se fue en verano a Londres a ver si le salía algo. Estamos hablando de que cuando la ambulancia lo recogió estaba tan hecho polvo que tenía una puntuación de cuatro en una escala, la escala de Glasgow, que va del tres al quince.

Es decir, que este señor no es que perciba poco por lo que trabaja, Lucía: es que no puede trabajar. No puede. Y está tan desesperado que casi se mata. Eso es lo que hay ahora en España: eso es lo que veo yo todos los días. Me preguntaron que por qué no escribía sobre actualidad: bueno, porque la actualidad, a pie de calle, en vivo y en directo, sin periódicos de por medio, es una puta mierda. Así que si todos los que creen que sus condiciones de trabajo son malas o que cobran menos de lo que merecen dejaran de trabajar... bueno, pues no curraría nadie, eso es así. Tienes todo el derecho del mundo a tu opinión, pero en en el clima social que estamos viviendo me parece una falta de sensibilidad y sensatez que un personaje público suelte algo como esto.

Tienes razón, Lucía, en que hay que pagar por aquello de lo que se disfruta. Yo creo que lo gratis no existe; que, casi siempre, lo gratis se basa en aprovecharse del esfuerzo ajeno. También opino que la solución, en este punto, no es criminalizar ni culpabilizar a los internautas. Creo sinceramente que entre todos tenemos que encontrar la manera de generar cultura sostenible, encontrando modelos de negocio que hagan que al usuario le compense pagar esa cantidad. Por ejemplo: yo estoy suscrita a Spotify por no oír publicidad. A mí me compensa. Así, poquito a poco, podremos ir cambiando la mentalidad de que por las cosas de Internet no se paga; igual que pagas diez euros por tomarte unas tapas, los puedes pagar por escuchar música todo el mes.

También creo, Lucía, que a lo mejor como escritora tienes que cambiar la mentalidad. A lo mejor ahora escribir ya no da para vivir. Bueno, mujer, pues es lo que hay. No sé en qué mundo vives, pero saca tu cabeza de tu piso de Lavapiés y échale un ojo al panorama cultural de ahora. Yo fui hace unos meses a un concierto buenísimo de Fede Comín en Madrid y éramos menos de diez personas. A diez euros por cabeza, menos lo que se llevaba el bar, no creo que ganara más de sesenta o setenta euros por tocar dos horas. Y es bueno, de verdad. Fede ha utilizado el concepto de micromecenazgo para financiar su último disco: donaciones pequeñas que retribuye con regalitos y participaciones en sorteos. También ofrece a su banda para tocar en fiestas privadas. No se le caen los anillos con tal de seguir adelante y poder vivir, mal que bien, de su música.

Así hay tela de gente, Lucía. Gente que no tiene por qué ser peor artista que tú; simplemente, ha tenido menos suerte, menos acierto o no ha estado en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Mi colega Fuckowski ha estado vendiendo y enviando uno por uno ejemplares de sus libros durante años. Javier Malonda ofrece contenido gratuito, vende sus libros en formato electrónico y da la posibilidad de donar por Flattr. Laura Pacheco, tan brillante como su hermana Carmen, empezó a dibujar gratis en Tumblr y ha sacado su primer libro de cómics hace unos días, al parecer con un éxito razonable.

La gente, en resumen, se está buscando la vida. Gente que no tiene nombre ni fama más allá de los círculos de Internet. Qué no podrás hacer tú, que dices una parida del calibre de ésta en tu Facebook y sales literalmente en los periódicos. ¿Que no vendes novelas? Pues monta talleres, da charlas, métete en la facultad. Si no te gusta el sistema de distribución de tus libros o el porcentaje que percibes por ellos, hazte tú cargo. Quique González montó su propio sello cuando se cabreó con su discográfica y no le va mal. Deja de llorar por cómo están las cosas, porque las cosas están así, y tú y tus colegas pro canon y persecución policial no hacéis más que hostilizar a la peña.

Aun así, Lucía, lo que más me entristece de tu declaración, y creo que me decepcionaría si me pudiera considerar fan tuya, es el tema de dejar de escribir. No se deja de escribir. No. O, por lo menos, no se anuncia así. Uno lee ese anuncio y se siente estafado, como cuando ves los trucos que esconde el mago o la cara vieja y cansada detrás del maquillaje de los actores. Uno quiere creer que los escritores a los que admira son apasionados, que escriben porque no pueden hacer otra cosa, que existe cierto atisbo de generosidad y belleza en lo que hacen. Creo que ése ha sido tu mayor error. Trivializar tanto la escritura como para poder decir que la dejas con esa tranquilidad. Eso es lo que a mí me huele chungo en tu discurso y creo que por ahí va a ir la boca que hará que tu pez se muera.

Por último, quiero decir que a mí no me da ningún miedo que se dejen de publicar libros. Primero, porque ya hay un montón de libros en el mundo, más de los que voy a poder leer en mi vida. Segundo, porque creo que la cultura y la belleza no se van a morir nunca, porque veo cultura y belleza todos los días por estos mundos internáuticos del Señor. Salen a paletadas de mentes brillantes que tengo la suerte de vislumbrar sin intermediarios que las filtren.

En fin, Lucía, bonita, que me imagino que se te pasará pronto la pataleta ésta del "pues ahora no respiro". Que dices que escribirás novelas para niños: cuidado, porque los niños ven una cosa llamada tele que es preocupantemente gratis. Que escribirás teatro; bueno, espero que luego no vayas por ahí apedreando pasacalles o festivales de entrada libre. No sé, la verdad. Allá tú. Pero no olvides nunca lo que daríamos muchos por estar donde tú te hayas. No seas desagradecida, Lucía, que está muy feo.


***************
Hay material muy interesante sobre piratería en el blog de Centinel. Aquí hay un artículo de Javier Malonda hablando sobre modelos alternativos de financiar un blog que también está muy bien.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Escribirlo todo

En este vídeo dice Adam Ondra, un escalador que se parece preocupantemente a Harry Potter, que él quiere escalarlo todo. Paredes verticales, desplomadas, boulder, deportiva... todo.

Así me siento yo con la escritura. Yo quiero escribirlo todo.

Quiero escribir novelas policiacas, románticas, de humor, dramones tremendos que al final se arreglen en un final feliz. Quiero escribir poesía rimada, humorística, seria, poesía de Dios Se Me Está Partiendo el Corazón Ahora, sucedáneos de Luis García Montero, acrósticos, verso libre. Quiero escribir ensayos sobre literatura o psicología. Quiero escribir biografías de gente conocida e inventarme una para mí. Quiero escribir mis diarios, siempre, y cuentos cortos y largos, incluso algún microrrelato, aunque se me den fatal.

Quiero escribir realismo sucio, con descripciones escuetas de escenas urbanas que terminen en un final inquietante y Carveriano. Quiero escribir sencilla, como Auster, y a veces dejarme ir con metáforas coloridas y largas, a lo Belén Gopegui o Isabel Allende. Quiero tener una imaginación desbordante y también la capacidad de atenerme a lo real. Inventarme mundos extraños y explorar el que ya tenemos. Escribir con ilusión Coelhiana o cinismo a lo Buckowski, con ironía a veces, con sencillez, con pasión siempre.

Quiero relatar lo que me pasa todos los días e inventarme lo que me gustaría que pasara. Quiero contar las historias de la gente que se me cruza por la calle, hablar de mis amigos y de la gente linda, explicar por qué me parecen importantes casi todas las cosas. Quiero escribir sobre nadar, sobre escalar, quiero contar mis recetas de cocina favoritas y la mejor manera de pintarse las uñas. Quiero escribir en primera persona, en un tú indefinido, en narrador omnisciente. Quiero escribir bellas historias de amor y sucias escenas de sexo.

Quiero escribir por las mañanas, cuando me levanto y todo está silencioso y frío, mientras se hace el café en mi cocina-armario y se despierta el sol por detrás de la Catedral. Quiero escribir en el trabajo, en los ordenadores corporativos que no me dejan abrir más que el bloc de notas chungo porque no tienen Office, o en las libretas con publicidad de los laboratorios. Quiero escribir por las tardes, ahora que anochece temprano y está bien quedarse a veces en casa, protegido por la luz del flexo. Quiero escribir de noche, cuando todos se han callado, no me queda nada por hacer y puedo escuchar mis pensamientos alinearse tranquilos y claros.

Quiero escribir en mi moleskine, en los asientos traseros de un autobús de línea o en un avión, justo antes de que empecemos a aterrizar y las azafatas me obliguen a cerrar la mesita. Quiero escribir en mi Mac blanco de teclas suaves o en teclados antiguos que hagan mucho ruido cuando los pulse rápido con mis dedos de uñas pintadas. Quiero escribir en libretas grandes de anillas, con hojas blancas o de rayas (cuadros no, cuadros nunca).

Quiero escribir sola en casa, en talleres rodeada de gente, en bares. Quiero escribir en mi salón mientras un hombre guapo también escribe o quizá lee, o cocina algo rico mientras me mira a ratos de reojo. Quiero escribir desnuda o con mitones en las manos porque hace muchísimo frío. Quiero escribir despacio, parando en cada párrafo para mirar el Facebook, o deprisa, dejándome llevar mientras se me olvida el resto y pienso en que cuando tecleo a gusto la boca me sabe a sangre.

Quiero escribirlo todo.

(El tema, supongo, es que hay que vivir un poco también. Qué pereza.)

sábado, 17 de diciembre de 2011

Baños

Le propongo los baños árabes porque tengo frío y porque es la única manera que se me ocurre de mirarle mucho rato (casi) desnudo. Lo justifico porque estamos cansados, hace ya tiempo que se hizo de noche y no hay muchas otras formas de pasar el tiempo en la ciudad helada. Vamos en ropa interior, porque a ninguno se nos ha ocurrido traernos bañadores en diciembre. Menos mal que los dos somos fans de la sencillez, así que él lleva unos boxer negros elásticos y ajustados y yo llevo sujetador y bragas negras. Podría pasar por un bikini, quiero pensar.

Es curioso cómo en verano andamos paseándonos por ahí con toda la carne al aire, pero cuando nos acostumbramos a sentir la piel bajo las capas de ropa, despojarnos de ellas se convierte en una provocación abierta. Así que cuando salimos de los vestuarios y nos encontramos en el pasillo, nos miramos con curiosidad y sonreímos un poco. El suelo está caliente y todo huele a incienso dulzón y un poco a cloro. La música relajante no es demasiado cutre, así que me siento casi digna cuando atravieso la cortinilla que da entrada al recinto de baños y le noto a él pisándome los talones.

Nada de líos raros, establecimos antes de venir. Sin confusiones. Somos amigos, punto; amigos que van a pasar un fin de semana juntos a una ciudad desconocida. Yo le deseo de forma digamos inofensiva, como se desea a Brad Pitt o al marido de tu hermana: con la resignación tranquila de lo imposible. Ahora mismo, en realidad, sólo quiero meterme en el agua.

Hay varias piscinas con diferentes grados de calor y, en el centro, una de agua fría que corre desde una pequeña cascada. Se trata de ir alternando temperaturas, nos ha contado la señora de la recepción mientras nos daba las llaves de la taquilla. Es bueno para la circulación. Así que empezamos en una piscina templada y rectangular. No tiene mucha altura: la justa para que él tenga que agacharse bastante para mojarse el pelo y después salga del agua como un diosecillo moreno y guapo que me sonríe tras las pestañas mojadas. Y su sonrisa me destruye, pero yo aguanto y también me agacho, y me echo la melena mojada hacia atrás pensando que a lo mejor, si me concentro mucho mucho, puedo convertirme en una diosa sexy y atractiva de esas que salen en los anuncios de perfume.

Porque a él no le gusto. Si algo tengo claro en esta noche de invierno, en este viaje improvisado en el que nos hemos embarcado, es que a él no le gusto. Porque sólo me dice "estás guapa" a veces, cuando me he cambiado el peinado o cuando me pongo falda, pero utiliza el verbo estar y no el verbo ser, y eso, unido al tono casi de sorpresa con que lo dice, me convencen de que no le gusto. No pasa nada. Ningún planeta se ha acabado por eso.

Vamos a la piscina fría. Nos reímos mientras competimos por ver quién tarda menos en ser capaz de meterse en el agua helada, y al final gano yo, que soy tan estoica en el amor como en la temperatura. Él baja los ojos hasta mi sujetador, "¿tienes frío o te alegras de verme?", bromea. "No me hagas mirarte los gayumbos", sigo yo la broma, y salgo corriendo del agua para volver al calor. Esta vez nos metemos en la segunda piscina, un poco más caliente que la primera, y el contacto con la piel fría después del último baño hace que un cosquilleo ingrávido me envuelva el cuerpo. Siento como si mi piel se dilatara y me dejo flotar en la superficie del agua.

Él está sentado en una esquina. Me coloco enfrente. "Ponte a mi lado, ¿no?", me dice, y de repente se enciende una alarma en mi cerebro. Ponte a mi lado. Porque yo no le gusto y lo sé, y no sé si quiero ponerme a su lado porque con el pelo mojado está tan guapo que no puedo respirar. Porque sus ojos claros me miran desde encima de su sonrisa golfa y le brillan en las pupilas los anzuelos que podría clavarme si quisiera.

Así que me evado, sonrío, me levanto, me voy de nuevo a la piscina fría y después a la tercera más caliente, que me sigue pareciendo agradable porque me encanta el agua ardiendo. Ahora es él quien se sienta a mi lado, charlamos un poco, nos quedamos en silencio. Me mira, y no quiero decir que sus ojos se cargan de significado porque me parece una mierda de expresión, un topicazo, pero es así. Y entonces yo comprendo que quizá no le guste, pero que en este momento, en este lugar, no sé si por el aumento de circulación de las dos aguas o por el pelo mojado o por el conjunto bragas y sujetador con relleno, le gusto. Y eso me aterra.

Piscina fría, piscina caliente y él ya empieza a decir que tiene un poco demasiado calor, y yo no sé cómo interpretarlo. Porque esta vez se sienta a mi lado, pero a mi lado de verdad, con una porción considerable de su muslo tocando mi muslo, de su brazo tocando mi brazo. Entra otra pareja y se meten en la primera piscina. Yo miro al frente muy seria, él sonríe, me aparta con la mano el pelo de la cara, y entonces es cuando yo no puedo creer a la voz que sale de mi boca y dice no, de verdad, no, dijimos que amigos, no estropeemos las cosas, de verdad, no. Y entonces él se queda muy serio, y a mí se me ocurre que la única forma de que no me siga es mudarme a la última piscina, la más caliente de todas, y eso hago, no sin antes meterme en el agua fría por razones que a estas alturas son bastante obvias.

Pero me sigue, y aunque frunce el ceño al meterse en el agua ardiendo, vuelve a acercarse a mí. Esta vez su cuerpo no toca el mío y sigue sin sonreír. Yo le miro interrogante, sin atreverme a preguntar si se ha enfadado. No quiero empezar una retahíla de explicaciones, así que bajo un poco el culo, apoyo la cabeza en el borde y cierro los ojos.

Entonces siento su mano en mi estómago, y para cuando abro los ojos y le miro ya es demasiado tarde. Porque me atraviesa serio con sus ojos mientras sus manos juegan con mi ombligo y con mi vientre. Su mano grande, que cubre entera casi toda mi cintura y que es morena, nudosa y muy suave. Intento sonreír, preguntarle qué hace, pero se me mueren las palabras a mitad de camino y miro al frente, porque de repente ya no siento nada en ninguna parte: sólo el burbujeo en la superficie de la piel y en la tripa una bomba, una araña, una serpiente gigante.

Su mano baja, cruza la frontera de las bragas, explora y se hunde entre los pequeños montículos de carne. Yo cierro los ojos, suspiro y me deslizo un poco más en el banco, abriendo las piernas. Porque no es que quiera o que ni quiera: es que sé que en este momento no tengo opción, que podría derrumbarse el techo, que la pareja de la piscina uno podría sentarse ahora mismo en nuestra piscina y yo seguiría sin más opciones que quedarme ahí quieta, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Sigue moviendo despacio los dedos y se mantiene lo bastante alejado de mí como para que su mano sea lo único que me toca. Y me mira, me mira, me sigue mirando, lo noto a través de mis ojos cerrados como el calorcillo persistente de un flexo. Sus dedos se introducen y salen, escarban, dan vueltas con suavidad y yo no puedo creerme que esto esté pasando, y querría girarme y comerle esos labios oscuros que tiene, la frontera dudosa de su sonrisa, pero simplemente no puedo, porque él está serio, tan serio...

Y mientras sigue moviendo los dedos en círculo, abro los ojos, giro la cabeza y veo sus ojos helados clavados en mí, su cara sin un atisbo de sonrisa. Y no son sus dedos diestros los que hacen que al final yo me disuelva en un orgasmo incrédulo y acuático: es eso, es la seriedad que ha tatuado en su cara, la importancia abismal con que me mira.

Huevos kinder

Un euro diez había costado el huevo kinder, y mientras ella le mira rasgar el papel con ojos entusiasmados, se pregunta cómo ha subido tanto el precio, o si valía tanto cuando ella era pequeña. Entendiendo, más o menos, por qué sus padres lo consideraban un artículo de lujo y no se lo compraban casi nunca; por eso y porque ella se dejaba la mitad del chocolate y se iba enseguida a por el juguete.

Él hace lo mismo. Deja las dos mitades del huevo abiertas sobre la mesilla de noche y coloca el otro huevo, el amarillo pequeñito, en la palma de su mano. Está sentado con las piernas cruzadas sobre el edredón, sonriente y espídico, mientras ella, tumbada, apoya la mejilla en la mano y piensa en dormir otro rato.

Sacude el huevo amarillo. Ella comienza a darle mordisquitos al chocolate, que le parece absurdamente fino y dulce, y tan poco motivador como en su infancia. Él pega el oído para ver si consigue averiguar lo que tiene dentro.
- Me gusta cuando suena a piezas, a que hay muchas piezas que se pueden montar.

Ella sonríe. Por fin, él abre el huevecito y saca los papeles de instrucciones y las piezas. La pieza, para ser más exactos. Es un llaverito con forma de coche de carreras. Pero no es un coche, sino la silueta de un coche, y todo lo que hay que hacer es pegarle la imagen del coche real encima y engancharlo a las llaves que todo niño actual debe tener.

Él frunce el ceño.
- Esto es una mierda de regalo - dice, mientras despega el papel y lo adhiere al llaverito de plástico -. ¿Ahora es esto lo que regalan con los huevos kinder? No me lo puedo creer.
- A ver, yo qué sé, ¿qué esperabas? Son regalitos cutres, te parecían mejores antes porque eras pequeño.
- No, no, no es eso - protesta él -. Cuando era pequeño los regalos eran mucho mejores. Traían maquinaria de metal y todo. ¡Traían hasta poleas!
- ¿Poleas? Pues seguramente alguien habrá decidido que era peligroso y las habrán retirado. Es más difícil que los niños se metan el llavero por la nariz que una polea metálica.

Él se ha puesto de pie y da vueltas por la habitación, indignado, mientras agita al inocente llaverito como si quisiera arrancarle alguna confesión.
- Pero es que si por lo menos fuera un coche de verdad... pero es que ni siquiera es un coche, ¡¡es la foto de un coche!!
- No es para tanto, cariño. Tranquilo.

Ella no sabe si reírse o preocuparse, porque la imagen de él, en pantalones de pijama y sin camiseta, con el pelo ligeramente canoso brillando al sol de la mañana y el llavero colgando del dedo índice, le resulta un poco cómica.
- Sï que es para tanto. ¡Son los niños, es su ilusión! ¿Tú te crees que a un niño le puede apetecer jugar con esto? Un niño necesita algo que montar, algo que construir. Necesita piezas. No se puede jugar con un llavero.
- Yo creo que estás exagerando, ¿eh? Los niños juegan con todo.

Él resopla y da vueltas por la habitación, y a ella se le ocurre que a ver si encuentra trabajo de una vez y desfoga toda la energía contenida que está volcando ahora mismo en el huevo kinder. Porque esta escena le parece profundamente rara.
- Voy a llamar al teléfono del consumidor. O a poner una hoja de reclamaciones.
- ¿A quién?
- Pues yo qué sé, a la fábrica kinder o a quien sea. Es que no me parece bien, mi amor, en serio.
- Estás como unas maracas.

Ella se ha sentado en la cama y decide que definitivamente la situación le parece graciosa. Le hace gracia cuando él se pone a repasar los papelitos que venían con el regalo, buscando un número de teléfono al que llamar para protestar. Le hace gracia cuando llama a información telefónica preguntando a quién le puede decir que los regalos del huevo kinder de ahora son una basura. Le hace gracia verle todo sulfurado, repitiendo una y otra vez "¡es que ni siquiera es un coche!". Pero entonces él cuelga el teléfono y suspira. Se sienta en el borde de la cama, se encoge de hombros, acaricia el llavero con resignación y casi con cariño.
- No se puede jugar con un llavero - repite, bajito.

Y es en ese momento cuando a ella la cosa deja de hacerle gracia, y no sabe por qué.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Adicta

Escribir todos los días es el mal. Es el bien, claro, pero es el mal porque te das cuenta de que vuelves tarde de una cena con la roquipandi, estás hecha polvo, mañana tienes que madrugar y, aun así, te sientas delante del ordenador a escribir algo. Porque te haces adicta.

Adicta a pasarte el día recolectando imágenes, impresiones e ideas, a apuntar en la libreta de tu coco (porque la libreta física nunca te acuerdas de cogerla) posibles títulos de post.

Adicta a escribir con la mente, a ir relatando con palabras los momentos de tu día y pensando en cómo podrías describir las escenas para que los demás puedan verlas con tus ojos. Cómo puedes describir tu sensación sentada en el autobús a las ocho de la mañana camino del hospital, rodeada de universitarios, mientras te preguntas si tú podrías pasar por universitaria, te contestas que sí y miras el cielo de la bahía naranja y rosa sobre el mar en calma.

Adicta a hacer cosas raras, como salir del trabajo y caminar hacia el paseo marítimo, hundir tus botas de tacón en la playa y luego tumbarte junto a la orilla, con el bolso como almohada, sin importarte que las bragas se te estén llenando de arena, sólo porque sabes que tienes cierto compromiso extraño contigo misma y con tus lectores de vivir la vida así, porque ésas son las cosas que luego se escriben, porque son las pequeñas cosas que marcan la diferencia.

Adicta a sentarte aquí y entrar en el flujo extraño de la escritura. Al proceso misterioso por el que las ideas se transforman en palabras, y cómo tú contemplas la forma en que tu cerebro ordena, escoge y compone para acabar formando frases que al final describen tu realidad de una forma más o menos digna.

Adicta a vuestros comentarios después, a vuestras palabras siempre amables, al honor de formar parte de las rutinas ajenas. A la posibilidad de seguir conociendo a gente bonita que tiene el detalle de emocionarse con lo mismo que tú.

Adicta al exhibicionismo, a la sinceridad, al corazón roto y abierto y esparciendo sangre entre las letras, a la calidez, a la ternura, a la rabia, al humor, al no puedo creerme que otra vez esté hablando de uñas, al vergüenza de tus hijos Marina como lea esto DDM te vas a tener que suicidar. Adicta a la ingravidez deliciosa de los dedos sobre el teclado. Adicta a la suerte gigante de tener una pasión, algo que amas mucho mucho mucho mucho y que puedes hacer siempre siempre siempre siempre.

Adicta a escribir. O a bloguear. Llámalo X.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Mamá, yo quiero ser santa

Esta entrada se la dedico a Neikos y a su dulce y recién nacido Mateo. Sed felices, pequeños.

Yo no sé en qué punto de mi perturbado cerebro infantil nació la idea de ser santa. Ya os digo que creo que era una mezcla entre querer coger buen sitio en el cielo, por un lado, y pretender ser siempre la mejor en todo y también en la religión y la bondad. Igual que quiero sacar dieces, pues quiero ser santa: así funcionaba yo.

Mi inspiración era clara: Santa Teresa de Jesús, la santa que fundó mi colegio, las Teresianas. Santa Teresa así grosso modo era muy muy buena de pequeña, y su madre se murió, y luego quería irse a África para ser mártir y que le cortaran la cabeza, pero la pillaron saliendo de Ávila y se tuvo que confirmar con ser santa a secas. Creo que me gustaba porque había empezado a ser santa desde pequeña, que era lo que quería yo. Por otra parte, yo tenía bastante claro que quería ser santa, no mártir, que he tenido mi época religiosa, pero sufrida no he sido nunca.

De pequeña el rollo religioso me gustaba mucho. ¿Por qué? Pues no sé, me resultaba reconfortante. Había cosas buenas y cosas malas, tú te limitabas a hacer las buenas, Dios siempre estaba ahí, te escuchaba y tú podías pedirle cosas aunque no te hiciera ni caso. Y si la liabas, pedías perdón y punto. Yo hablaba mucho con Dios y le contaba mis problemas. A lo mejor de haber podido escribir un blog de pequeña no habría necesitado la religión, quién sabe. Pero así tenía como una especie de amigo invisible superpoderoso que encima me prometía cosas bonitas para después de la muerte. Recuerdo que entonces la muerte me daba cero miedo; más bien sentía curiosidad, y algunas veces hasta me entraban ganas de suicidarme para ver qué pasaba (esto es cien por cien morboso y raro, lo sé y lo siento).

Total, que quería ser santa. ¿Qué hacía para conseguirlo? En mi cabeza era bastante fácil: se trataba de ser buena todo el tiempo, punto. También rezaba mucho: por la mañana, por la noche y cuando me acordaba a lo largo del día. Recuerdo perfectamente mi rutina de rezo nocturno: un padrenuestro, tres avemarías, un gloria, angel de la guarda, Jesusito de mi vida y la señal de la cruz. Luego lo fui tuneando a medida que aprendía oraciones nuevas, como una superbonita de la que todavía me acuerdo:

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea
pues todo un dios se recrea
en tan graciosa belleza
a ti, celestial princesa
Virgen sagrada, María
te ofrezco desde este día
alma, vida y corazón
cuídame con compasión,
¡no me dejes, Madre mía!

Me encantaba la exclamación del final y la pronunciaba mentalmente así como en un éxtasis de fe. Recuerdo que mi abuela me regaló una virgen de escayola pintada a mano para que la colgara en el cabecero de mi cama y tuve una época super friki hardcore de Dios en que por las noches rezaba de rodillas frente a mi Virgen de escayola. Era preciosa y tenía dedos largos largos, que según mi tío Quique tienen que ver con la espiritualidad. Las oraciones me reconfortaban, por el tema poético-lírico, creo yo. Ahora, de mayor, de vez en cuando recito poesías que me sé de memoria porque tranquilizan a mi corazón ateo. La única oración que sigo rezando cuando me acuerdo es la de San Francisco, sobre todo la parte de "Oh, Señor, haz que yo no busque tanto/ ser comprendido, sino comprender/ ser consolado, sino consolar/ ser amado, sino amar." Me gusta, yo qué sé.

Yo debí de ser la única niña de España y del mundo que hizo la comunión firmemente convencida de que quería hacer la comunión, seguir a Jesús e ir al cielo. El momento problemático llegó en la confesión, cuando teníamos que ir a decirle nuestros pecados al cura para comulgar en gracia de Dios. Que es la caña el tema de la religión cristiana: al fin y al cabo, te confiesas y vuelves a quedar limpio, es como meter el alma en la lavadora. Los budistas y su karma infinito e inmutable: eso sí que es complicado.

La cosa es que yo no sabía cómo decirle al cura que yo... en fin... que yo había pensado y hecho cosas llamémosle sucias. Pero sabía que tenía que decírselo porque eso era muy muy malo, y si comulgaba sin confesar eso me iba a freír en las llamas del infierno. Al final lo camuflé entre otros pecados menores, como el típico que va a comprar a la farmacia y dice "tiritas, betadine, condones y esparadrapo". Pues yo dije algo como "he mentido, he pegado, he cometido actos impuros y me he peleado con mi hermano". El cura asintió y no me llamó pervertida ni nada, así que bien. Hice la comunión en gracia de Dios y me puse super contenta de haber lavado el pecado original, y durante una época iba a misa los domingos y rezaba rosarios por las tardes.

Durante la adolescencia mi relación con la religión iba y venía. Seguí creyendo varios años, aunque todo se hacía cada vez más laxo y confiado en la supuesta misericordia infinita de Dios y en que al final me pasaría la mano. Digamos que era muy difícil combinar mis oraciones a la celestial pureza de María con mis pensamientos lujuriosos hacia Leonardo DiCaprio y diversos maromos morenazos dos o tres años mayores que yo. Me separé definitivamente de Dios cuando, en cuarto de ESO, llevamos a cabo una serie de debates sobre anticonceptivos, homosexualidad, masturbación y sexo prematrimonial que me hicieron ver claramente que aquello no era para mí. Me afectó especialmente el tema de la homosexualidad: ¿cómo podía estar Dios en contra del amor? Me resultaba muy ajeno y simplemente dejé de creer.

Tonteé de nuevo con la fe en unos campos de voluntariado religiosos a los que fui con dieciséis años, pero ahora creo que no era la fe, sino las hormonas. La última vez que pensé en Dios fue también haciendo voluntariado, en un centro para enfermos de SIDA de Málaga, porque uno de los enfermos me miró a los ojos de una forma que yo pensé que era Jesucristo. Verídico. Y yo tenía casi veinte tacos, ojo, pero se ve que seguía siendo sugestionable.

Por último decir que ahora no es que no quiera creer; simplemente es que tengo cero fe. Cero. Nada. No me lo trago. La religión cristiana/católica y la Iglesia me parece que están fundadas sobre una serie de mitos y dogmas tan raros y tan absurdos que hace falta ser muy ingenuo para creérselos. Por eso supongo que fui religiosa siendo niña: porque sólo pude creer en Dios mientras creía en los reyes magos o tenía amigos invisibles. En el momento en que perdí mi capacidad de fantasear e imaginar con cierta verosimilitud, perdí la fe.

Hoy pienso que en realidad ser cristiano es superguay, y que ojalá ojalá yo me tragara la historia del Dios que lo creó todo y que vino a salvarnos y que nos va a llevar a un lugar mejor si somos buenos. Ojalá pudiera seguir hablando con Dios por las noches y pensando que le da un sentido a todo. La vida sin Dios da bastante más miedito. Pero bueno. No me va mal. Ahora mismo creo en la Iluminación y en practicar el amor bondadoso y confío en que me irá bien en lo trascendental... y bueno, sólo espero que después de la muerte no pase como decía Mr. Bean en un monólogo que vi una vez: que al final los judíos tenían razón.

martes, 13 de diciembre de 2011

Navimal, II: Cualquier tiempo pasado fue mejor

Andaba yo esta tarde paseando por la Viña, que es un barrio antidepresivo, en serio. Un barrio Prozac. Estás en tu casa pensando que la vida carece de sentido, sales a la calle y si no te animas es que estás muerto por dentro. Caminas por las callecitas oscuras y sin coches, con las luces de navidad encendidas y los villancicos saliendo de la puerta de los comercios. Ves al ferretero, a la frutera, al zapatero y escuchas salir de las tiendas el rumor de las conversaciones, "llévate esta lana que no pica nada", "ponme chirimoyas, pero sólo si están para comerlas". Mi tutora me cuenta que su padre vive en el centro de Cádiz porque dice que está "seducido por los callejones". Así me siento yo: seducida por los callejones, qué preciosa frase.

Y mientras caminaba he visto un belén que había montado nosequé asociación en una casapuerta (casapuerta=portal+patio en gaditano), y entonces me he acordado de esos tiempos antiguos en que no estaba poseída por el señor Scrooge y me gustaba la navidad. Aquellos tiempos en que la vida era no mejor, pero sí más simple. La infancia.

Cuando yo era pequeña me ENCANTABA la navidad. Para empezar, las navidades de la infancia duraban como doscientos años, o por lo menos a mí se me hacían larguísimas. En el colegio preparábamos villancicos y los cantábamos en la fiesta. Nunca me elegían para hacer los solos, porque querían a niñas con la voz muy aguda y yo canto bien pero un poco ronco, pero podía llevar mi pandereta y tocarla con el dedo mojado en saliva. Y me encanta cantar y me encantan los villancicos, sobre todo los rocieros que nos enseñaban en el cole.

Además, yo de pequeña era superreligiosa. Ésa es una faceta oscura de mi vida que algún día revelaré aquí, pero el caso es que yo de verdad de verdad que creía en Dios. Oye, y estaba guay: era como no sentirse nunca sola. Dios estaba allí, te escuchaba y te consolaba por algún mecanismo extraño. Durante un tiempo, incluso, me empeñé en que quería ser santa. El proceso mental por el que llegué a esa conclusión era sencillo: si la vida duraba X años pero el cielo duraba infinito, yo prefería hacer méritos para el cielo. Y ya que iba a ir allí, quería pillar un buen sitio. Luego me di cuenta de que ser santa era muy complicado e implicaba celibato y soltería, y como yo siempre he tenido muy claro que no quería ser ni célibe ni soltera, me quité.

Al grano, que me despisto. Como era superreligiosa, pensaba en el sentido profundo y espiritual de la navidad. Me pasaba todo el Adviento intentando ser más buena para preparar la llegada del niño Jesús, porque por aquel entonces no me la pelaba el niño Jesús. La Historia Sagrada siempre me ha parecido muy bonita: como una gran cuento épico, una especie de Señor de los Anillos trascenental. Y Jesús, aunque me la pele, me cae muy bien, y de hecho de pequeña me daba verdadera penita que lo hubieran crucificado, y siempre deseaba que fuera de otra manera, como la típica peli de la que ya te sabes el final pero que no puedes evitar querer cambiar. Así que me daba pena el niño Jesús, porque pensaba: ahora eres un bebé primoroso, pero en breve serás un niño repipi y allá por marzo te putearán y te crucificarán. Así que disfruta ahora que puedes y que la gente te trae regalos en vez de escupirte.

También me encantaba el día en que ibas al colegio y te disfrazabas de pastorcita. El traje de pastora era genial: Camisa, chaleco, delantal, falda de florecitas, pañuelo en la cabeza y sobre todo sobre todo las zapatillas de pastora, esas con esparto y cintas que se ataban alrededor de la pierna y que al final del día siempre se te quedaban colgonas, a no ser que te las apretaras hasta cortarte la circulación. Y el zurrón donde tu madre te metía mantecados. Ah, porque también era una época en que te podías llevar mantecados al recreo y/o desayunar mantecados, que también era algo muy genial de la navidad y afortunadamente lo sigue siendo. De hecho, si me apuras, los mantecados casi casi hacen que esta Época del Averno me compense.


Fotito del día de disfrazarse en mi infancia. Yo soy la del centro.
La PK es la que está justo debajo del mural. ¡Te quiero, PK!


Además estaba todo lo de hacer manualidades navideñas, belenes variados, plastilina, dibujitos etc etc etc. Qué chollo los profesores, que en esa época no tienen que pensar temática para las actividades. A mí me encantaba dibujar belenes, pero no sólo el nacimiento, sino belenes con muchas figuritas, con pastorcitos, ángeles, los reyes, gallinas, patos, árboles, ríos... y la estrella fugaz encima de todo, enorme y muy amarilla, con la cola terminada en picos. Los belenes siempre me han fascinado, y de niña imaginaba que me hacía muy pequeñita y podía meterme en el belén, pasear por el río de papel albal y tocar con la mano a los burritos de plástico.

Los regalos estaban muy bien, aunque en realidad mi relación con ellos se basaba en el autoengaño. Me engañaba diciéndome que este año sí, que este año jugaría con la Nena Melenas, el Penique Elástic o La Herencia de la Tía Ágata, cuando en realidad yo nunca en mi vida he jugado a prácticamente nada. Mi infancia se reducía a leer todo el rato, y no estoy fardando de intelectual: es que leer me parecía mucho más divertido que todo lo demás. Como ya os he contado alguna vez, menos mal que mi madre me llevó a los scouts aunque llorara y me salvó de convertirme en una autista. Aun así, los regalos me hacían siempre mucha ilusión, y pasaba por lo menos tres días inseparable de mi nueva muñeca/peluche/cosa y creyéndome que era una niña normal.

Había más navicosas en mi infancia. La obra de teatro, que solía ser vanguardista e incomprensible porque mi profesora estaba loca. La fiesta de los scouts, que también tenía sus teatrillos y donde hacíamos concursos de tartas y disfraces. Con los scouts también fuimos un par de veces de... ¿cómo se llama? Cantando por la calle para recoger dinero para los pobres. Tiene un nombre, pero no me sale ahora mismo (Edito: PASTORAL. Íbamos de pastoral). Y después de Nochebuena nos íbamos de campamento, que era un campamento que a mí nunca me apetecía porque se pasaba muchísimo frío dondequiera que fuéramos, pero que al final me acababa molando.

Total, que aquello sí que eran navidades bonitas y especiales y ambientadas. Eran mágicas. Estaba guay que todo estuviera lleno de navidad, porque tú eras parte de ello, eras el núcleo. Porque hacías cosas divertidas con alegría y con ilusión. Así que bueno, a lo mejor sí es verdad que las navidades se hacen por los niños, y a lo mejor hay que resignarse a su obligatoriedad aunque sólo sea para que ellos se lo pasen tan bien como yo me lo pasaba entonces. En cualquier caso, ahí están, que le vamos a hacer, así que intentaré poner buena cara, comer muchos mantecados y, ¿quién sabe?, quizá comprarme una pandereta.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Llevando el exhibicionismo siempre un poco más allá

Sin mucha presentación, me lanzo de lleno en el mundo del videoblogging... chanchanchán...

Nota: el contenido del vídeo es otra pregunta del formspring. Que ya me vale a mí, por cierto, que soy lo peor contestando :(

Nota 2: Hablo muy bajito, pero es porque me da vergüenza que me escuchen los vecinos y piensen que estoy loca.


domingo, 11 de diciembre de 2011

Navimal, I: primer alegato

A mí antes me gustaban todas las fiestas, así, sin criterio. Navidad, Semana Santa, San Valentín, Halloween: todas. Ni día del Corte Inglés, ni invento consumista: yo siempre decía que las oportunidades de divertirse hay que aprovecharlas. Divertirse, regalar, zampar, salir por ahí a organizar cenas caras. Era una entusiasta. Lo que yo no sabía y sé ahora es que la vida se va encargando de que tus experiencias en los festejos varios vayan siendo cada vez más decepcionantes, hasta que se te quitan las ganas de volver a celebrarlos. Y en ese punto, cuando ya no tienes ganas, llega la gran putada de estos acontecimientos: que son por cojones. Que no te dan opción.

Las navidades me aberran desde su planteamiento, que es absurdo desde el principio. Celebramos que ha nacido el niño Jesús, en un pesebre y tal, vale. ¿Cómo lo celebramos? Comiendo hasta reventar, bebiendo como si no hubiera un mañana, regalándonos un montón de cosas que no necesitamos, gastando en luces navideñas, gastando en fiestas de fin de año, y todo esto encima con bastante mal humor. Esto ya de por sí sería chungo si yo fuera creyente, pero es que encima yo No Creo en Absoluto. Sin profundizar en las razones morales y filosóficas, digamos que todo el rollo del Dios cristiano me resulta como muy poco verosímil.

Total, que tenemos unas fiestas religiosas, impuestas porque sí y que se contradicen en su planteamiento. Aquí voy a soltar los típicos tópicos: que si el niño Jesús querría que compartiéramos con los pobres, que si mandemos a Africa el dinero que nos íbamos a gastar en turrón... etc etc etc. Y es muy cierto, pero insisto, ¡es que yo no creo en el niño Jesús! ¡Es que me la pela que naciera! Para mí lo ideal no es mandar el dinero a los necesitados, que también, sino que la Navidad se aboliera por anticonstitucional y me dejaran tranquila.

Pensando profundamente en por qué la Navidad es tan chunga y pone a la gente tan depresiva, creo que tiene que ver con varias cosas. Lo primero es lo que dije el otro día: cuando te restriegan por la cara esa felicidad tan gratuita, tus propias carencias saltan a la luz. Y encima sin motivo, porque es una felicidad falsa. ¿Por qué hay que estar feliz? ¿Porque nació Jesús? ¿A traer paz al mundo? Venga ya, hombre. Si realmente existe un Dios, está claro que es bastante perverso. Mandar a su hijo se suponía que iba a arreglar algo: lo del pecado original, que total también lo organizó Dios con toda la historia de la manzana. Pues desde entonces yo no veo que nada haya ido lo que se dice a mejor, qué queréis que os diga.

La otra razón es que las navidades, en general, son tan previsibles que te hacen ser dolorosamente consciente del paso del tiempo. Piensas que no te puedes creer que ya haga un año desde la última vez que te viste comiendo gambones con tus tíos y cantando "Ve y dile a las montañas", una canción super rara que creo que sólo conoce mi familia. Y luego piensas en lo que ya no es igual, que normalmente va a peor: en la gente que ya no está, en los niños que son mayores y menos graciosos, en los adultos que están más feos y arrugados. En ti misma, también más fea, arrugada no porque la increíble capacidad sebácea de tus glándulas mantiene tu cara congelada en el tiempo... pero sí mayor, para bien o para mal, signifique lo que signifique.

Y en medio de todo eso deberían quedar cosas bonitas. Los regalos pueden ser algo bonito. No tienes por qué ir por ahí comprando cosas estúpidas, como neveras para vinos o cojines cervicales del Natura. Puedes realmente ponerte en la piel de la otra persona, pensar en qué necesita o qué le haría ilusión y regalárselo. Eso es bonito y a mí me gusta regalar. No me importa dar vueltas por las tiendas cuando tengo en mente la imagen de lo que quiero comprarle a esa persona, no me importa gastarme el dinero y me hace feliz hacer regalos. También se me dan bien los regalos currados, del tipo montajes con fotografías y vídeos de los de llorar, libros con mis cuentos, poemarios anotados... Pero a la gente de mi alrededor no parece hacerle mucha gracia regalar, lo cual en realidad entiendo, porque de aquí a veinte años de regalos navideños casi seguro que yo también estoy hasta el mismísimo.

El ambiente de queja es generalizado, por lo menos en mi entorno. La gente está harta de compras, de multitudes, todo el mundo parece ir a la comida del curro por obligación, nadie quiere darse la trabajera de cocinar tantísimos platos en la cena familiar para que sobre la mitad. Organizar el fin de año con los amigos es cada vez más titánico, y el año pasado lo dedicamos a jugar a las cartas disfrazados de cow boys. Entonces, me pregunto yo, ¿por qué hacemos esto? ¿Quién nos obliga? ¿Alguien nos está poniendo una pistola en la cabeza? Por los niños, te dirán. ¿Los niños? ¿Esos niños tiránicos y distraídos que estamos criando, que no saben a dónde atender cuando se abren los regalos porque hay muchísimos y cada uno es más grande y brillante y sonoro que el anterior? Además, ¿los niños por qué? ¿Por el niño Jesús? ¿He dicho ya en algún momento que Me Da Igual El Niño Jesús?

Creo que se podrían hacer cosas mucho más bonitas con las navidades. Creo que en algún punto todos deberíamos plantarnos y decir: tengo elección. Si voy a la cena es porque quiero, si hago regalos es porque quiero, si me pongo jincha de polvorones es porque quiero. Nadie, insisto, nadie me impide largarme unos días por ahí a la montaña, o de viaje, o quedarme en mi casa en plan autista mientras como ensaladas y medito todo el rato. Podemos elegir, de verdad. A la gente de vuestro alrededor no le importa tanto. Si queréis aprovechar para ver a la familia, id en otra fecha, sin obligaciones de regalos ni de mega cenas. Yo ya llevo un par de años yendo a Madrid fuera de fechas festivas para poder estar tranquilamente con mis tíos. Sacad a los niños de viaje. Regalad manualidades o cupones por tiempo compartido. Organizad un picnic de Nochebuena.

Y bueno, si nadie piensa en ningún plan alternativo, pues entonces a pelarla. A hundirse en el fango navideño con entusiasmo y a no quejarse. Yo este año todavía no sé lo que haré. En nochebuena iré a casa en plan relámpago, que la semana siguiente trabajo. En nochevieja y los días siguientes quiero irme a escalar o puede que incluso a meditar. Estoy pensando seriamente en decir que paso de hacer regalos y que no los quiero tampoco para mí, pero ya he dicho que en realidad me gusta hacer regalos. Voy a ir a la comida del curro porque los de mi curro actual me caen bien. Voy a comprar el décimo de lotería porque la verdad la verdad es que me encantaría ser millonaria.

Y no puedo terminar este post sin enseñaros mis uñas de este lunes, que no tiene nada que ver pero el color es fabuloso aunque no tenga ni idea de con qué ropa combinarlo.


Lunes de uñas azules... que tiemble el mundo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

De vuelta

Llevo un montón de rato aquí sentada y en realidad no quiero más que acostarme. Y tengo un problema, porque mi cama, que es fabulosa, está cubierta de mochilas, ropa, bolsos y objetos variados, y además mi habitación está helada. Todo el calor se concentra en mi mini-salón y más concretamente en mis pies, en los que tengo enchufado el calentador de aire haciendo caso omiso de la necesidad de ahorro energético, la posibilidad de que me salgan varices en las piernas o la subida del coste de la luz.

Cádiz ya es mi hogar; eso es así. Y no es que no me dé pena dejar Málaga, porque es verdad que me encantaría poder ver más a menudo a mi gente y tener siempre la Fnac a mano. Pero ya vivo aquí; ésta es mi casa, y es lo que he sentido cuando desde el autobús he visto San Fernando asomar al fondo, y después he cruzado la bahía recién anochecida mientras escuchaba a Quique González en el iPod.

Ya se me ha pasado un poco el arrechucho del otro día, aunque sigo sin tener ganas de navidad. Uno de estos días voy a escribir un alegato largo y furibundo sobre por qué creo que debería ser anticonstitucional. Pero bueno; a aguantar el tirón con la alegría de que a la vuelta me espera mi vida moderadamente feliz y mis proyectos moderadamente entusiasmantes.

En Málaga bien. Un poco lo de siempre. Visitar a amigos, alucinar con Tahira, suspirar frente a mi padre. "Llevo mucho tiempo pensando en comprarme un molinillo eléctrico para la pimienta - me dice después de que comamos juntos en una trattoria nueva del centro -. Lo que pasa es que creo que me haría tanta ilusión usarlo que le echaría demasiada pimienta a la comida. Yo es que le echo pimienta a todo". "Claro - contesto yo -, es que hay que echarle pimienta a todo. A las ensaladas, a los purés... yo le echo pimienta hasta a los postres..." "... como los romanos", decimos los dos a la vez, y es en estas coincidencias de cocina y friquismo clásico donde reconozco el amor.

Por último, deciros que el pelo se me está aclarando y que ahora me veo guapísima de pelirroja, que sigo manteniendo la esperanza en conseguir controlar en algún momento al Acné del Averno y que sé positivamente que encontraré al maromo de mi vida. No doy más de mí hoy, que me caigo de sueño. Gracias por vuestros ánimos. Mañana más y mejor.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Está siendo un puente muy, muy extraño. Se me olvida que el puente de diciembre siempre me perturba porque está muy cerca de la navidad, y la navidad me perturba hasta límites insospechados. Es la época del año que más emocionalmente tarada me hace sentir, con diferencia.

Estoy sentada en el sofá de la casa de mi abuela, mientras mi perro apoya la cabeza en el sofá y hace unos gruñiditos guturales con una pelota de tenis en la boca. Si pretende que se la tire, va listo, porque yo ni saco al perro, ni alimento al perro, ni juego con el perro, que no es mi perro. Llamadme insensible. El caso es que ayer llegué de El Chorro un poquito mejor que muerta, que empiezo a sospechar que no tengo edad para tanto ejercicio físico combinado con dormir en el suelo de una tienda de campaña, y hoy he conseguido medio recuperarme, combinando cafés, siestas y analgésicos, y sobre todo escribir. Porque si hay algo que me incomoda de estar fuera de casa es no poder sentarme a solas frente al ordenador para escribir un rato.

La escritura moldea mi percepción de la vida de una forma curiosa. Me ayuda a ordenar lo que vivo, y, sobre todo, me da el sentido de mí misma como persona que escribe y que así consigue alzar la voz. De verdad, de verdad que no termino de entender cómo lo hacéis el resto. Por eso estos días campestres andaba sintiéndome un poco rara, como perdida, y me preguntaba por qué si todo iba bien: escalar, estar con los amigos, ir y venir y disfrutar del sol increíble de Málaga en diciembre. Y creo que es por dos cosas: la primera, porque yo me siento más sola si estoy rodeada de gente. Empiezo a percibir con claridad la barrera que nos separa a los humanos por el simple hecho de ser eso, humanos, y me entra la angustia tremenda de no importarle a nadie y me saturo y no puedo respirar. Además, si no escribo me pierdo. Si no tengo mis ratitos de sentarme a solas a anotar la vida, es como si se me escurriera entre las manos en un todo difuso de experiencias y sensaciones que se me mezclan y me aturden.

Ahora estoy así, aturdida, sin saber muy bien cómo voy a atravesar estas semanas que le quedan al año. Llega la navidad, ya lo he dicho, y de verdad que me aberra. Su obligatoriedad, lo mucho que brillan la carencia y la tristeza cuando uno las tiene en medio de esa supuesta felicidad obligatoria. Los días cortos, las noches largas, el frío húmedo de costa que no se quita por muchas mantas que uno se eche encima por las noches. Acordarme de otras navidades más o menos afortunadas, de J. y yo comiendo caramelos de chocolate rellenos de toffee mientras buscábamos regalos en el Hipercor. Pensar por enésima vez un regalo absurdo para mi padre, recibir por enésima vez un "cómpratelo tú, que yo te lo pago luego" de su parte. Quedar con mi padre y su mujer, la persona más malvada de mi vida real. Las cenas, las comidas, el décimo de lotería, más cenas, más comidas, mantecados, la sensación angustiosa de que tu cuerpo es un blandiblú.

Ya llegará el momento de hacer balance de este 2011 que se acaba. Digamos que hay muchas cosas que pensé que cambiarían y no han cambiado, como el Acné del Averno o mi soltería sentimental. Hay otras que pensé que no cambiarían y han cambiado, como mi estatus social gaditano, empezar a escalar, escribir todos los días o tener sexo con alguien que no fuera J. El tema es que recuerdo que como deseo pedí "alguien a quien querer y cuidar", y bueno, ese alguien no ha aparecido, aunque siempre se puede querer y cuidar a los que tenemos cerca, y eso intento. El otro día soñé que me cogía de la mano con un chico desconocido: no había sexo ni amor ni casi palabras en ese sueño; solo estábamos sentados juntos, había más gente alrededor y todo lo que recuerdo es cogerle de la mano y apretársela, como diciendo "estoy aquí y tú también, estamos juntos y eso es lo que importa". Y esta noche he soñado que se acababa el mundo porque todo se inundaba, y yo caminaba sola por el resquicio de tierra que quedaba junto al agua, con una mochila grande de acampada y una navaja en la mano. No tenía miedo, sólo sabía que tenía que salir adelante y que nadie iba a ayudarme a hacerlo.

Así que tal día como hoy, sobrellevando como puedo estos sentimientos de soledad que me acompañan últimamente, corrijo: quiero a alguien a quien querer y cuidar Y que me quiera y me cuide. A alguien que me coja de la manita en las horrorosas reuniones sociales navideñas y me diga "estoy aquí y después vamos a casa, no pasa nada, no te preocupes". A alguien que me quiera y me vea, que piense en qué necesito y me lo regale envuelto en papel de colores. Lo peor de este asunto es que ahora mismo como que he perdido la esperanza en ese sentido: me parece ciencia ficción que alguien me quiera, y eso es terrible. Sé que MQEN tiene razón: que no hay que pensar ni esperar ni darle vueltas, porque al final las cosas simplemente suceden, y uno tiene que centrarse en ser el tipo de persona que quiere ser. Pero el hecho de no tener esperanza me parece más triste todavía que no tener pareja.

A veces, cuando me pongo metafísica y me harto de la paleodieta, me pregunto si el Acné del Averno no será más que un reflejo de ese convencimiento íntimo de que no le puedo gustar a nadie siendo como soy. Estos días en el campo tenía la cara fatal, pero fatal fatal mortal de necesidad, de no encender la luz del baño del camping para no verme en el espejo, y había momentos en que no podía dejar de pensar "¿cómo te va a querer alguien con estas pintas?" lo cual es muy, muy triste y muy, muy doloroso, sentirte así de invalidada por algo sobre lo que no tienes control.

En fin, yo qué sé, me estoy deprimiendo. No sé muy bien qué quería escribir hoy, y de hecho ésta es como la cuarta versión del post que tengo. Sé que mi ciclotimia me devolverá a la alegría en unos cuantos días, pero odio esta época del año y esta oscuridad prematura, y al final esa tristeza también se acaba filtrando en lo que escribo. Le quedan veintidós días al año. Veintidós días en los que estoy dispuesta a sorprenderme. Después ponemos de nuevo una marca aleatoria en el continuo del tiempo y empezamos a contar: otro capítulo, otra aventura, otra ilusión. Yo ahora me agarro al teclado del portátil e intento resistir los embates del tiempo y este ligero mareo que me aprieta las sienes con un dolor intermitente. Y a lo mejor de esto va la vida: este capear el temporal como buenamente se puede, este intentar respirar cada vez que sacas la cabeza del agua, este confiar contra todo pronóstico, contra toda lógica humana; este seguir esperando las cosas buenas con una fe que a veces raya la estupidez.