massobreloslunes: Malagamemata -- TMC9

lunes, 20 de junio de 2011

Malagamemata -- TMC9


El viaje en un bus que casi pierdo. Inclinar la cabeza en San Fernando, creer que sigo despierta y, de repente, abrir los ojos y pensar "¿Ya estoy en Algeciras?". Que me confundan con una guiri en el baño de la estación. Comer chocolate negro con el ansia de después de la siesta y leer sin parar hasta llegar a Málaga.

Encontarme con MQEN, que se acaba de cortar el pelo y está guapísimo. Tomar lassi en San Agustín con Villena y su novia, ir a meditar al Yogasala escuchando el piano en el pasaje de Chinitas. Cenar tapas étnicas y raras rezando para no recuperar en un fin de semana lo que he tardado un mes en perder.

La casa de mi abuela en la que no vive mi abuela, la casa en la que vive mi abuela que no es de mi abuela. Los cuartos enormes y vacíos, las cajas por el suelo, los colchones de gomaespuma y las persianas que no bajan. Mi casa quemada, convertida en casa del terror o en casa abandonada. Comprobar que algunos de mis libros pueden salvarse y sentirme contenta, comprobar que algunos no pueden salvarse y tomarlo con filosofía.

El hospital de Carlos Haya, un cursillo sobre depresión, tomar café con la gente del área de Málaga pensando que me encanta estar en Cádiz. Olfatear encantada durante la ponencia el desodorante del chico que se sienta a mi lado. Escaparme del curso antes de tiempo porque, total, no me conoce nadie, y caminar por esa zona de Málaga tan fea sintiéndome guapa, con el vientecito fresco del día de bruma haciéndome cosquillas en la nuca.

El terral, el aire como salido del mismísimo infierno y el agua como hielo derretido. El día nacional de mejorar tu circulación. La playa desierta y terrible del Balneario, meterse en el agua entre las rocas con miedo a dejarse un tobillo, nadar con la PK mientras ella dice que "comparada con el Cantábrico, el agua está estupenda". Elsa y su panza desnuda al sol. Sentarse en la orilla a charlar y acabar con el bikini lleno de tierra y piedras.

Vagar por la Fnac sintiendo que quiero que me dejen encerrada allí por error. Acariciar los libros con la punta de los dedos. El vuelco en el corazón cuando veo que Dara Horn ha sacado un libro nuevo. Comprar con el dinero de mi cumpleaños dos novelas gruesas y caras; una de ellas, por supuesto, la de Dara Horn. Pasar por el Sephora, probar cinco clases diferentes de lápiz de ojos violeta en el dorso de la mano y llevarme el que tira a malva y tiene pintitas plateadas.

La casa de Metemary, con su terraza enorme y las diezmil plantas que Achito riega, cuida y explica con esmero. Subir los toldos y sentir despacio cómo cambia el aire y se larga el terral en medio de una brisa fresca y mojada. Conocer a personajes divertidos y dulces, jugar cinco partidas seguidas de Bang, comer pizza, inventar sobre la marcha odas nocturnas maltratando sin piedad la guitarra acústica.

Subir en moto a San Antón como cuando tenía dieciséis años. Parar porque la moto no tira y hacer correr a la PK veinte metros para que el bicho recupere fuelle. Escalar vías fáciles y sentirse bien, escalar una vía difícil y sentir un pánico tan real como inofensivo mientras cuelgas en el vacío y te arañas las manos contra la roca. Volver corriendo a casa, ducharse por turnos, reflexionar qué camiseta pega más con los pantalones nuevos de la PK. Indignarse. Elsa bailando frente a la batukada, moviendo su tripa de seis meses y medio con gracia shakiriana.

Cenar con Funes y Elsa en el vegetariano. Ponerme ciega a seitán e intuir que me gusta tanto sólo porque se parece a la carne. Hablar de meditación mientras el camarero nos sirve guarradas de soja y nos mira raro.

Tomar un rooibos con Funes en el café del Viajero en una noche tan perfecta que no parece real. Mirar a sus ojos risueños y vivos y sentir que "in your eyes I find confort and peace", todavía. Hacerme la loca para no saludar a una ex amiga de la adolescencia y tener que saludarla después de todo. Encontrarme a J. y constatar que está más calvo, y recibir sus besos apretados en el cuello mientras me pregunto qué tuve yo que ver con este desconocido.

Levantarme a las seis y media para coger el tren con dolor en músculos del cuerpo que no sabía que tenía. Maldecir la escalada. Pensar en lo que voy a escribir y lo que voy a callarme. Ir con mi padre en coche a la estación. Derrumbarme en el asiento del tren como quien se derrumba en los brazos de su amado. Marchar con los ojos cerrados, sin molestarme en despedirme porque, total; siempre vuelvo.

Málaga, que no me falta pero tampoco me sobra. Que ostenta el privilegio de cobijar a gran parte de la gente a la que quiero. Que me mata, para bien o para mal, siempre.

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