massobreloslunes: San Juan -- TMC12

jueves, 23 de junio de 2011

San Juan -- TMC12

Así que me siento frente al ordenador y me pregunto por qué me aburre tanto escribir últimamente. Por qué, si me siento feliz, si me tumbo a leer en la playa por las tardes, me baño en el mar y me chorreo por las olas como si tuviera siete años, y pienso que habrá poca gente en el planeta tan tranquila y tan feliz como yo en ese momento. Tengo el cerebro a tope de endorfinas de la luz y el sol que se derrama por Cádiz, que es azul y blanco todo el año. Pero me preocupan mis rodillas, que me duelen desde que estuve escalando el domingo, y quiero volver a escalar, así que necesito a mis rodillas en plena forma. Quiero hacer todo tipo de cosas que no haya hecho nunca, quiero escalar y hacer submarinismo y nadar en el mar abierto y aprender a tocar otro instrumento y aprender alemán e italiano y liarme con hombres y mujeres guapos. Mi casa está hecha un desastre. En mi salón se mezclan la bici con la guitarra, los libros con los altavoces que me dejó MQEN y que sólo escupen Quique González y Extremoduro, a partes iguales. Hay crema solar en el suelo, sal y pimienta en la mesa junto al ordenador y la funda de las gafas. Llevo días sin ganas de cocinar y me alimento de yogures de limón y tortillas francesas. Esta noche es San Juan, y pienso en cuando tenía catorce o quince años y estaba loca, y la noche de San Juan me parecía siempre el preludio mágico del verano que prometía la Super Pop. Un verano en el que yo estaría morena y delgada, con el pelo muy rubio y por fin unas tetas esplendorosas, y algún maromo guapo me besaría en el espigón mientras la luna iluminaba el mar sobre los sardineros. Pero atención, noticias frescas: Dios tiene otras cosas que hacer antes que buscarme maromos, y al final la adolescencia se me agotó en la frustración de copiar frases de Alejandro Sanz en libretas de tapas duras. Ahora tengo veintiséis años, soy la vieja de los jóvenes y la joven de los viejos, y en realidad me he dado cuenta de que el pasado no va a volver nunca, ni la adolescencia ni la universidad, y que voy quemando etapas despacio. Me doy cuenta de que cuando empecé a trabajar no me importaba, porque hacía tan poco que había dejado de estudiar que todavía podía tocar aquella época con la punta de los dedos y fingir que no estaba tan lejana. Ahora ha pasado un año más, dos desde que terminé la carrera, tres desde que empecé a vivir con la PK, cuatro desde que fui becaria ECTS, cinco desde que preparé las jornadas del Balneario con J., seis desde que empecé a comentar en su blog y a enamorarme de él despacio, siete desde que volví de Barcelona, ocho desde que empecé a salir con MQEN. Y paro de contar, que me deprimo. Hablo por teléfono con la PK, que se está preparando para irse a celebrar San Juan en el Balneario, y me doy cuenta de que yo trabajo mañana y no voy a celebrar nada. Aunque podría hacerlo, claro, y dormir un poco menos, si total, es viernes, y mañana tengo un curso en el que puedo vegetar tranquila mientras el ponente lee power points, pero no sé qué sentido tendría, porque no es el principio de las vacaciones, sino un punto intermedio en mitad de un montón de semanas iguales, a más de dos meses de empezar a disfrutar mis vacaciones de verdad, los veintitantos raquíticos días de vacaciones que me quedan. Y es curioso, porque puede que esto que estoy escribiendo dé la impresión de que estoy deprimida, o de que echo de menos el pasado o me aterra el transcurrir del tiempo, pero en realidad ya lo he dicho, me encuentro bastante feliz, casi todo en mí es mejor que antes excepto quizá mis rodillas, y al final lo único que me preocupa es que aunque mi vida no va mal, mi escritura parece empobrecerse igual que mis cartílagos, y al final me pregunto que si no me divierto escribiendo a lo mejor es porque escribo mejor cuando estoy triste o enamorada, y ahora mismo no estoy de ninguna de las dos maneras.

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