massobreloslunes: 4. Think less, climb more

sábado, 16 de julio de 2011

4. Think less, climb more

Hoy me voy a limitar a copiar un articulillo que he escrito para mi profe de escalada hablando del curso que hice la semana pasada. Porque estoy en Grazalema y esto está programado (ou yeah).

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Yo siempre había querido escalar. No sé por qué: nadie a mi alrededor escala ni yo soy especialmente deportista. Pero veía a esa gente subida a la roca y pensaba “yo quiero hacer eso”. Era una de esas ideas que están siempre en la periferia de tu mente y que nunca te decides a llevar a cabo, porque no tienes tiempo o porque hay asuntos más urgentes. Así que cuando vi el curso anunciado en el tablón de la piscina municipal, no me lo pensé.

Pasé las dos semanas anteriores superemocionada. ¡Iba a aprender a escalar! Algunas cosas me preocupaban. ¿Haría falta estar muy en forma? Me imaginaba patéticamente agarrada a la roca mientras intentaba subir mi propio peso con mis débiles bracitos y no lo veía claro. Le escribí a Jose un correo y él me tranquilizó enseguida: tú tranquila, mujer, que no hace falta experiencia previa ni que seas como los extraterrestres de Avatar.

El día anterior el curso estuvo a punto de cancelarse, por problemas con el sitio y retiradas a última hora de la gente. Casi me da algo. Por un momento me vinieron a la cabeza pensamientos del tipo de “claro, cómo voy a escalar yo, si eso es para gente aventurera y chachi, si el destino no quiere que yo me suba a una roca porque seguro que no puedo y me tienen que izar con una grúa para que llegue arriba”.

Pero en realidad esos pensamientos no duraron mucho. De alguna forma, estaba convencida de que al final el curso iba a hacerse y de que yo escalaría. Así que le mandé un mensaje al móvil a Jose poniéndole una carita triste y debió de funcionar, porque una hora después me llamó y me dijo: “¿Te vienes mañana a aprender a escalar?” Preparé mis cositas con ilusión: mi almuerzo, mi crema para el sol... ilusa de mí, porque los escaladores ni se echan protector solar ni comen. Pero eso todavía no lo sabía.

La primera parte del curso es un rollo, yo lo aviso. Llegas a Grazalema, aparcas el coche y empiezas a echar un ojo a las rocas que se alzan en medio de la pradera. Las miras con respeto, sí, pero sin miedo. Tienes muchas ganas de probar y de saber si es tan fácil o tan difícil como parece desde abajo. Y entonces el profe te sienta en la hierba y se pone a explicarte cosas sobre el material de escalada. Que si esto es un arnés, esto un mosquetón, esto un grigri (pues vaya un nombre ridículo, piensas tú). Que si los tipos de chapa y los nombres de cada una.

Tú aguantas el tirón, porque en realidad hace un montón de calor y al menos ahora estás sentada a la sombra y a gustito, pero en realidad no quieres más que colocarte el arnés y subir. De repente se han ido tus miedos sobre tener que ser transportada con una grúa y te ves ahí arriba, coronando la reunión o como se diga, convirtiéndote en un prodigio de la escalada a pesar de que tienes ya más años que un gnomo y el deporte que más practicas en tu vida cotidiana es el levantamiento de caña.

Entonces te subes a la roca y empiezas a entender. Escalar no es cualquier cosa. No es hacer footing por el paseo marítimo. Lo que tiene escalar que es distinto a otros deportes es el miedo: aunque es un miedo controlado, divertido y adictivo, es un miedo que tiene que ver con que te estás jugando el tipo. Ahí es cuando agradeces que te hayan explicado todo lo anterior: porque por lo menos sabes lo que estás haciendo, qué es lo que te asegura y cómo lo hace, de qué depende que si se te escurren las manos de la piedra no hociques contra el suelo.

La primera vez que escalas también tomas de repente conciencia de tu amiga la gravedad. Al principio todo va bien: subes manos, subes pies, la vía es fácil, pim pam, y de repente te das cuenta de que te estás alejando un montón del suelo y a nadie parece importarle. Que tu mente racional sabe que estás asegurado, pero tu mente animal te dice “¿se puede saber qué intención tienes subiendo en vertical para no llegar a ningún sitio?”. Empiezas a sentir ese miedo del que os hablaba, y en ese momento es un miedo totalmente real. Porque es muy fácil cuando desde abajo ves al compañero decir que no puede, sobre todo si tú estás viendo que tiene unos apoyos estupendos, unos agarres enormes y un arnés superseguro amarrado a su cintura. Pero cuando tú estás ahí y te das cuenta de que es verdad, de que no puedes subir ni un centímetro más, empiezas a tomar conciencia de tus limitaciones.

Y en ese momento escuchas que alguien te anima. ¡Arriba, bicho! ¡Sí que puedes! Y dices: yo no he venido hasta aquí para que me bajen tristemente en plan grúa e irme al pueblo a comer jamón. Yo quiero escalar, siempre he querido escalar y voy a subir. Y de donde pensabas que no tenías fuerza, la sacas: elevas tu cuerpo unos palmos más y no puedes creer que unos segundos antes te pareciera tan difícil.

Intentas mantener agrupados tus huesos, tus músculos y tu mente. Te das cuenta de que hay momentos en que los músculos pueden y la mente no, y hay momentos en que la mente quiere y los músculos dicen que hasta aquí hemos llegado. Se te olvida tu nombre, se te olvida en qué trabajas, no sabes quién eres ni qué hacías con tu vida antes de estar subido a esta roca, porque has dejado de ser tú y te has transformado en un ser increíblemente pequeño y ridículo que lo único que quiere es llegar arriba sin matarse.

Al día siguiente te duele todo. No debería decirlo, que se supone que escribo esto para animar a la gente a que escale, pero de verdad que no he tenido peor resaca deportiva que después del primer día del curso. Te duelen los brazos, los hombros, los dedos. Te duele el culo del arnés, las manos de asegurar, te duelen los dedos de los pies por culpa de los gatos. Y te da exactamente igual. No quieres más que volver a subir. Yo, que soy de las que no sale si le duele la cabeza, que en cuanto bostezo me estoy queriendo echar una siesta, y el segundo día del curso sólo quería tomarme un ibuprofeno y volver a Grazalema.

Los sitios empiezan a resultarte familiares. Las personas que ayer eran extrañas hoy no es que sean tus mejores amigas, pero ya tenéis un pequeño trocito de historia en común. Ves desde lejos a las escaladores encaramados en la roca y piensas “eh, yo puedo llegar a ser uno de ellos”. Escalas mejor que ayer, porque te ves más seguro, o peor que ayer, porque estás más cansado, pero escalas. Ves a tu compañero dar patadas de rabia porque no ha podido llegar arriba y porque tiene los dedos tan agarrotados que no es capaz de abrir la botella de agua. El día termina y tú quieres que sea el principio de algo, aunque no sepas muy bien de qué.

No puedo acabar de escribir esto sin hablar de los profes. Escalar es de por sí alucinante, pero creo que el curso no habría sido igual de no ser por Jose y Ana. Sé reconocer a un apasionado de lejos, porque yo también lo soy, aunque sea de algo tan diferente a la roca como es escribir. De la pasión de Jose te das cuenta enseguida, desde la primera llamada de teléfono, desde el primer momento en que empieza a hablar de escalada y a enseñarte el material. Respeta lo que hace porque lo conoce y porque está comprometido con ello. Disfruta viéndote subir porque está contento de poder compartir contigo algo que a él le ha hecho feliz. Ana y él se complementan a la perfección: ella sube y muestra lo que él está explicando, él la asegura mientras ella se deja caer para enseñarnos en la práctica que quiere decir volar. Los dos te hacen sentir acogido desde el momento en que llegas a Grazalema, y ellos son quienes marcan la diferencia entre un curso cualquiera y una experiencia inolvidable.

Para mí empezar a escalar ha sido un regalo. Siempre había querido hacerlo. Y creo que si no lo había intentado antes, más que con mi forma física o con la gente de mi entorno tenía que ver con que no pensaba que fuera ese tipo de persona. Pero, al fin y al cabo, ¿quién decide qué tipo de persona eres? ¿Tú, los que te rodean, los límites que tú mismo has creado? Este curso me ha hecho darme cuenta de que puedo ser una escaladora, porque he tenido la suerte de que quienes han recorrido parte del camino quieran compartir conmigo lo que saben. Hazlo tú también. Descubre qué tipo de persona eres y dónde están tus límites. Comienza a escalar.

5 comentarios:

  1. Qué gracia, yo he estado en Grazalema, en un pueblito que se llama Villaluenga del Rosario, hace unos años ya, llovió casi todos los días y había un taller de quesos con infnidad de premios. Y miel. Y pinsapos inalcanzables.. y alguna vez lo dijimos, es un buen sitio para escalar... qué cosas.

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  2. Cómo me alegro de que "te la estes gozando".... Si algún dia te apetece trepar por el norte no dudes en avisarme, mi furgo y yo estaremos encantados de hacer de guía. Joder cómo me cuesta escribir al teclado, ¡tengo dolor de dedos pos find! ¡cómo me duele y cómo me gusta!

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  3. Por cierto, no se si ya habrás llegado al grado de fanatismo suficiente pero por si fuera asi, echale un vistazo a este enlace.
    http://www.arco2011.it/index.php/video/ifsc-climbing-world-championships-arco-2011/
    ¡para que te motives!

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  4. B. (para abreviar): Grazalema es una pasada de bonito, y el queso de allí (el Payoyo) tiene mucha fama por los alrededores. Y sí que es un buen sitio para escalar, doy fe. Además, en verano está tranquilito y en realidad no se pasa demasiado calor.

    Alex: ¡gracias por el ofrecimiento, lo tendré en cuenta! Yo también tengo los dedos listos hoy... y los cuádriceps, y los brazos, y la espalda... y tengo la rodilla derecha morada... pero estoy muy contenta :)

    Sendos besos.

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  5. Marina, para lo que quieras:
    alexmurias@gmail.com (creo que en mi perfil no se ve)
    Sigue disfrutando de la escalada pero no te pases que tienes que escribir ehhh???

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