massobreloslunes: 38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

lunes, 5 de septiembre de 2011

38. Sufrir (y sí, voy a volver a escribir todos los días, ¡viva y bravo!)

A veces me pregunto si mi progreso espiritual es una ilusión de mi cabeza. Por ejemplo, hoy venía caminando hacia mi casa de Cádiz preguntándome si mi moto seguiría sana y salva. Había estado leyendo un libro sobre Vipassana en el tren, y me sentía tan bien y tan superinspirada que pensaba "Bueno, si me la roban me la robaron. Qué le vamos a hacer. Soy TAN ecuánime, y estoy TAN desapegada". En ese momento se me ha enganchado la rebeca de doce euros que me compré antes de ayer en la matrícula de un coche, se ha roto y me he puesto a jurar en arameo. Imaginad: Metro cincuentaytantos de rubia angelical gritando, y cito texualmente, "me voy a cagar en la madre que te parió sesenta pares de veces". Con esto quiero decir que la diferencia entre lo que mi ego cree que ha progresado, o entre lo que sé a nivel intelectual sobre la compasión y la ecuanimidad, y lo que se empeña en hacer mi limitado corazón, es un abismo del tamaño de Dakota.

A pesar de eso, ya os digo: si comparo mis niveles de felicidad y ecuanimidad pre y post Vipassana, es como la diferencia entre ser un chimpancé o ser una ameba. Igual pensáis que exagero, pero qué va. Yo me conozco. Conozco mi mente y sé cuánto sufrimiento es capaz de generar. He vivido mi propio, pequeño y desacogedor infierno personal y sé lo que es estar dentro y estar aunque sea medio fuera.

Cuando pienso en eso del infierno personal, la primera imagen que me viene es Barcelona. Yo acababa de decidir que iba a dejar el periodismo y me disponía a pasar el segundo cuatrimestre terminando algunas asignaturas para convalidarlas como créditos de libre. Quería aprovechar el tiempo que me sobraba para leer, escribir, mejorar el catalán, conocer Barcelona y un largo etcétera.

Entonces me di cuenta de que mientras más tiempo libre tenía, peor me sentía. Mi mente era una mente brutal, dolorosa, hiperactiva y perfeccionista, llena de pensamientos de todo tipo, de exigencias, de ideas, de creencias que cambiaban a cada instante, de rígidos conceptos sobre mí misma... una mente potente pero durísima, incapaz de callarse y que gritaba en mis oídos las veinticuatro horas. Con esa mente dentro de mi cabeza caminaba yo por el campus de la Autónoma en enero, febero y marzo de 2004. Ser consciente de que me había equivocado de carera y dejar la mitad de las clases había abierto una fisura entre lo que era mi vida normal hasta entonces, que encajaba con el molde de estudiante perfecta de primero de periodismo, y una existencia desbandada e incierta con la que no tenía muy claro qué hacer.

Entre clase y clase, vagaba sola por el campus. Daba vueltas por la biblioteca, pero inyectarle más materia a mi cabeza enfebrecida era todavía peor. De repente era consciente de todo lo que no sabía y una angustia existencial gigante me agarraba el pecho y me lo estrujaba. Intentaba pasear, escribía, escuchaba los recopilatorios de música que me grababa MQEN (los Para Peq) y me sentaba en mi almohada a contar mis respiraciones, pero no tenía paz. Nunca. Ni un segundo a lo largo del día.

Intenté rezar. Me iba a la Iglesia del Pi, que está en el Barri Gòtic, a la izquierda de las Ramblas. Es una iglesia preciosa en medio de la ciudad, con un gran rosetón de vidrio de colores por donde entra la luz. Me sentaba allí y rezaba: por favor, Dios, ayúdame, que no puedo más, yo sé que no creo en ti, pero es que es esto o comprarme un perro, o darme a las drogas, no sé, así que ayúdame. Lo de las drogas también lo intenté, por cierto, que le dije a mi compañera de piso que me consiguiera hachís y me lo fumaba en la ventana de mi cuarto, mirando el valle callado y cruel a mis pies. Pero nunca he sido muy de adicciones, y el hachís me mareaba sin que la angustia se fuera.

Hace un tiempo, un compañero de trabajo me preguntaba si alguna vez me había sentido paranoide respecto a los demás, y yo le decía muy segura de mí que no, que por eso me cuesta empatizar con los locos. Ahora estoy recordando que en Barcelona sí que miraba con suspicacia a la gente que caminaba por la universidad, como si ellos supieran algo sobre vivir que a mí se me escapaba. Parecían reposar con relativa calma en la existencia que les había tocado, mientras que a mí me estaba vetado eso. Les escupía en silencio un odio intenso y frío que todavía hoy me asombra.

Después llegó el 11 de marzo. Creo que toda la violencia y la tristeza que se derramaron ese día en el país hicieron que el vaso de mi aguante se volcara en alguna dirección, y decidí largarme. Ni créditos de libre, ni nada. Y en mi casa de Málaga, otra vez, la angustia mortífera. El olor del incienso que me ponía en mi habitación lila mientras intentaba sentir el miedo que me agarrotaba los brazos y las piernas. Respiraba, respiraba, respiraba y trataba de conectar con la sensación de que todo el aire del planeta se desplazaba un poquito cada vez que lo hacía.

Todavía me quedaban tres años, tres, de vida razonablemente normal en Granada, con cantidades ingentes de sufrimiento colándose por sus normales y coloridas esquinas. En primero no me adaptaba, me costó la vida sacarme el carnet de coche y tuve uno de los peores brotes de Acné del Averno que recuerdo. En segundo conocí a J. y caí atrapada en las garras perversas de nuestros comienzos oscuros. En tercero, así por nombrar un ejemplo, las prácticas de Psicología de la Percepción, que eran los martes a las ocho de la mañana, me sumían en un estado de pánico tan grande que apenas podía subir Cartuja, y ni siquiera recuerdo por qué.

Ésa era yo. Mi cabeza era como un túnel de viento. No podía ser feliz ni podía hacer feliz a nadie. Al pobre J., aunque también tenga lo suyo, lo llevaba por el camino de la amargura. Mi relación con él estaba basada en el apego, un miedo intensísimo a que me dejara por su ex y algunos rastros de algo parecido al cariño y la comodidad que nos mantenían unidos. Y lo peor, lo peor de todo eso, es que yo lo intentaba. Lo intentaba muchísimo. No me dedicaba a ver la tele, alcoholizarme y procurar pasar la vida medio qué. Iba a talleres de danza y dibujo, compraba libros de autoayuda, viajaba, veía películas New Age, ¡estudiaba psicología, por el amor de Dios! Tomaba valerianas, infusiones, Hierba de San Juan y pautas cortas de ansiolíticos cuando la cosa se ponía muy, muy mala.

Decidí meditar porque no tenía otro remedio. Cuando la gente me dice que le gustaría hacer un curso pero que no tiene tiempo o no ve el momento, les digo "ya lo encontrarás". Cuando estás muy mal, no tienes otras prioridades. Es como si tuvieras un cáncer y dijeras que no vas a ir a tratarte porque no tienes tiempo o no ves el momento. Cada uno tiene su momento cáncer, e incluso hay gente, como mi espiritualmente muy avanzada amiga Elsa, que es capaz de motivarse para meditar siendo medio feliz. A mí me hizo falta penar tela para reunir el valor necesario, pero al final no me quedaron más cojones. Así fue.

Después de empezar a practicar Vipassana he sido de todo menos perfecta. La he liado tela en muchos sentidos, con muchas personas. Continúo llamando gratuitamente monguers a mis amigas y gruñéndole a mi madre. A veces lloro, a veces como demasiado, hace un año rompí la puerta de un armario en medio de una discusión con mi hermano y sigo siendo gordófoba. Rompo corazones, me dejo romper el mío, mi mejor amigo no me habla y tengo el ego del tamaño de la catedral de Cádiz, pero menos bonito.

Y aun así, la diferencia entre el antes y el ahora es abismal. Enorme. La cantidad de sufrimiento que tenía comparado con el que tengo es como lo que cuentan las parturientas del dolor de parto comparado con el dolor de la inyección para la epidural. Irrisorio. Desestimable.

Sobre todo, ya no estoy desesperada. En general, claro. Tengo mis momentos de pensar que la vida me supera, y que total, tanto esfuerzo para al final morirse y a ver si lo de la reencarnación va a ser un cuento chino y lo que pasa es que te disuelves en la nada y ya está. Pero sé lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sé cuál es el túnel y dónde está la luz, y ese conocimiento me da una tranquilidad que es más sólida que cualquier otra cosa que haya tenido.

Así que cuando la gente me pregunta si lo recomiendo... pues claro que lo recomiendo. ¿Cómo no lo voy a recomendar? Si me ha salvado la vida. Lo que pasa es que creo que uno debe hablar poco y hacer mucho. Debe demostrar con su vida y su actitud lo que esto ha supuesto para él. Debe centrarse en transformarse a sí mismo y, a partir de ahí, dar a los demás, ser generoso y compasivo, tener el corazón abierto, aprender, seguir, seguir, seguir. Hablar sobre el tema, o escribir sobre ello, tampoco vale de tanto, sobre todo si no se acompaña con la práctica.

Aun así yo lo escribo, por si os sirve. Me ha salido así. Llevaba una hora intentando postear algo en el blog y todo me parecía basuril, y no sé por qué, escribiendo sobre (algunos de) los momentos más difíciles de mi vida, me estoy sintiendo contenta y plena. Será la alquimia mágica de poner las cosas en palabras. O será que estoy agradecida. Quién sabe.

PD: Casi olvido el link.

5 comentarios:

  1. Después de mucho trifulcar con uno mismo, he llegado a la conclusión de que los resultados no los vemos constantemente y que tampoco es para preocuparse.

    Por mucho que meditemos, nos demos a la PNL, viajemos para descubrir nuestro interior y un largo etcétera, lo que realmente importa es que detectemos esos momentos que parecen taras de carácter y los observemos. Que pensemos en lo que nos ha llevado a ello, las percepciones, y esperemos a la próxima ocasión hasta que surja el acto reflejo que evite esas pequeñas taras. Análisis, acción-reacción, autocrítica, ¡paciencia!

    Los actos impulsivos ligados al carácter desde los primeros años de vida son los más difíciles de cambiar, por lo que me parece injusto valorar todo el esfuerzo (¡aunque fuera por un momento!) a raíz de lo que, probablemente, sea de las últimas cosas que una persona pueda modificar.

    ¡Ánimo con ello! :)

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  2. A ver, chica-torbellino, dicen los maestros y no es q yo sea uno, q es mejor un gramo de práctica q cien kilos de teoría. Pega tu culo al zafú y repliega tu mente sobre sí misma porque no hay mayor placer q sentir como los pensamientos pierden velocidad y dejarse a cariciar por los momentos de tu verdero SER. ME voy a meditar, agur

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  3. Waghman: muchas gracias por tus ánimos. Yo procuro ser paciente y comprensiva conmigo misma, porque si no lo soy yo, ¿quién lo va a ser? Y tienes mucha razón con el tema de la impulsividad.

    A mí lo de los resultados más que nada me resulta gracioso. Cómo uno se esfuerza un montón y después ve que le queda taaaanto camino por andar. Por ejemplo, la última vez que fui a servir me pasaba todo el día meditando, trabajando y con pensamientos super alegres y compasivos, y de repente un día me encontré pillándome un cabreo espectacular porque no podía repetir brownie de chocolate!! Uno se pierde en pensamientos elevados y después la realidad más pequeña y mezquina le pone la zancadilla. Pero está bien para permanecer humildes.

    Speedy: ¿En qué sentido? Pero sí, es una pasada.

    Ciudadano: Tienes toda la razón. Lo que pasa es que a mí la teoría me sirve para animarme a volver a la práctica cuando estoy muy desconectada. Por ejemplo, si escribo este tocho sobre meditación sería muy hipócrita si no me sentara.

    De todas formas, te alegrará saber que tu comentario me ha dado un chute de motivación y me acabo de sentar media horita. Poco a poco voy volviendo a las buenas costumbres. ¡Gracias, Dhamma brother!

    Por cierto, me gustaría ir a Sevilla un finde de septiembre-octubre, ¿tenéis programado algún curso corto/meditación de varias horas? Avísame cuando haya algo, porfa.

    Besos para todos.

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  4. Tengo los pelos como escarpias. Supongo que por todo lo que proyecto en lo que leo. Qué jodidas son estas cabezas que no se callam nunca. Pero vaya, hay esperanza.

    Yo te quería preguntar una cosa al respecto de la meditación, aunque aún no he mirado bien el enlace que has puesto, veo que se organiza en cursos y demás, ¿se trata de una actividad (o lo que sea) que se practique siempre en el contexto de grupos? Quiero decir, ¿puede uno meditar estrictamente individualmente?

    Pues gracias por el post, en serio.

    Y nada, tú sigue, que no hay la menor duda de que eres una persona creciente (...); además, defectuosos hay que serlo un poco siempre, ¿si no qué se hace después?

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