massobreloslunes

viernes, 11 de noviembre de 2011

Son las once y media de la mañana y estoy en el Palacio de Justicia de Cádiz, esperando a que se celebre un juicio por posesión de drogas. Han convocado a mi tutora como testigo y he venido por aprender y tal.

En la puerta de la sala están mi tutora, la trabajadora social, la abogada y los dos acusados, uno de ellos con su familia y el otro solo. Me quedo de pie junto a las sillas mientras mi tutora aclara con la abogada lo que le va a preguntar dentro. El chico que está solo, que en realidad no es un chico, sino un señor de unos cuarenta, se presenta y me saluda.
- ¿Tú también trabajas en el CTA?
- Más o menos, sí. Estoy allí de prácticas hasta diciembre - lo que no es del todo cierto, porque yo no estoy de prácticas, pero explicar lo que es la residencia me da demasiada pereza.

Hay un ellos y un nosotros. Siempre. Hay una creencia estúpida y prepotente de que ciertas cosas a nosotros no nos van a pasar nunca. Esos hombres ahí parados esperando a que un juez decida qué va a ser de su vida los próximos años me producen un desconsuelo difícil de describir. Es como las ejecuciones. Que llegues a un punto en el que otros pueden decidir si vives o mueres, si quedas libre o entras en prisión, me parece tremendo. Así que supongo que por eso es más fácil que ellos sean ellos, y no nosotros.

Los drogodependientes me transmiten desamparo. Actúan con la lucidez perversa y ambivalente de quien sabe que lo que hace está mal pero ve dificilísimo solucionarlo. La droga es como un dragón enorme. Su putada es que ellos han encontrado una solución parcial a sus problemas y se resisten a dejarla; quizá nosotros no somos drogadictos porque no nos soluciona nada, no porque seamos especialmente fuertes o superiores a nadie.

El chico que está solo ha entablado conversación conmigo y me cuenta que está nervioso, que lleva días sin dormir. Seguimos separando: nosotros, ellos, y cuando vemos por la tele juicios de este tipo, o pensamos en el drogata al que pillan con cincuenta gramos de coca en su casa, son ellos, y no te imaginas que el día antes del juicio que se han ganado a pulso por semejante temeridad pueda estar nervioso.
- Tengo hasta náuseas por las mañanas. Me siento como si estuviera embarazado - me dice, y se ríe.
- Bueno - contesto yo - embarazado no estás, eso seguro.

Me siento un poco violenta. Me gustaría poder hablar con mi tutora, que charla con la trabajadora social, o incluso poder sentarme en una esquinita a leer la segunda parte de los Guerreros de la Roca. Porque estamos nosotros y están ellos.
- Van a intentar decir que era para consumo propio, ¿sabes? - me explica el hombre -. Ese señor de ahí - señala a un tipo mayor con una cartera que habla con la abogada - es otorrino. Ha examinado nuestros tabiques nasales para probar que somos consumidores.
- Ajá.
- Parece ser que en función de la erosión del tabique puedes saber cuánto se droga una persona. Es como los anillos en los troncos de los árboles.

De todas las cosas que he hecho desde que empecé la residencia, los controles de orina son lo peor. He visto citologías, hemorroides, he cortado verrugas, sacado quistes y contemplado cicatrices en las muñecas y agitaciones con cabezazos contra la pared. Pero de momento nada es comparable a tener que observar detrás de un espejo como una persona mea. Hoy, sin embargo, concluyo que estoy viendo un nuevo nivel de indignidad, que consiste en ir a la Audiencia Provincial e intentar probar por medio de radiografías de tu tabique que te drogas tanto, tanto, que esos cincuenta gramos de coca que había en tu casa te los ibas a soplar tú solo.

Al final llegan a un acuerdo y el juicio no se celebra. Vamos todos en procesión a una oficina que hay en la primera planta a pedir los justificantes de asistencia. El otro acusado, al que he visto en consulta un par de veces, espera en la puerta. Yo apoyo la cabeza en el quicio y también espero, porque no voy a pedir justificante ya que en general a la gente se la suda dónde esté mientras me porte razonablemente bien.
- ¿Estás cansada? - me pregunta el paciente.
- Me duele un poco la cabeza.
- A ver si estás abusando de las lentillas - lo dice porque el primer día que me vio yo llevaba gafas, y me parece intensamente dulce que se esté preocupando por mis hábitos oculares.

Sale el otro chico y los dos se quedan frente a frente, esperando a que termine el papeleo. Entonces miro sus zapatos: uno lleva unos botines bicolores extraños con pinta de baratos, el otro unos mocasines de cordones viejos pero muy limpios. Y mientras estoy ahí de pie, con mi leve dolor de cabeza, y miro sus zapatos y pienso en sus tabiques erosionados, de repente me parece que el mundo al final sí que está lleno de cosas feas y tengo que hacer esfuerzos para contener las ganas de llorar.

5 comentarios:

  1. Me das envidia por la intensidad. Que aunque te preguntes si este camino que has elegido profesionalmente es para ti o no, sepas que al menos tienes algo que preguntarte. Y que seas feliz por sentir intensidad, aunque eso te ponga triste, porque también sabes que esa intensidad triste te hace comprender mejor la vida.

    Fuerzas.

    Anónima.

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  2. Vale, todo lo relacionado con los juzgados, el derecho, el resumir vidas y sentimientos en radiografias del tabique, para los que nos dedicamos y/o vivimos en este otro mundo da ganas de llorar. Recrudece la vida a conceptos concretos y la mayoria de veces grises y tristes. trozos incompletos de la realidad ...
    Pero de ahi a que te dejes llevar por eso No, por ahi no paso!!!! Puedes estar en una etapa más o menos gris, puedes echar de menos que el amor dé más chiribitas a tu vida , hasta si quieres acepto que los estados de ánimo son cíclicos...pero de ahi a dejarte dominar por la vision de la vida desde un juzgado NO!! que tu tienes mas recursos que eso!!
    Y con este rollo y un bizcocho, chau!!besos!!
    Mireia

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  3. El viernes por la noche conocí a un chico al que le gustaba observar a la gente orinar. La escena sucedió así:

    (4 a.m. calle céntrica de Zaragoza. Arantxa se agacha para orinar entre dos coches)

    Arantxa: Perdonar, os podéis apartar que tengo que mear.

    Chico raro: No, no te preocupes, si a mí me gusta.

    Arantxa: Ya, pero a mí no.

    Chico raro (extrañado): ¿cómo? ¿ni aunque a la persona que te mire le guste?

    Arantxa (asustada): No.

    Lo siento...me he acordado leyendo el post.

    Loviu!!

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  4. Speedy: sí.

    Anónima: no te equivoques, no me lo pregunto. Estos momentos son parte de mi trabajo y para nada me hacen dudar de que me guste, porque me encanta. Pero gracias por lo de la intensidad, que yo también pienso que mola y que me ayuda a comprender mejor la vida, a la gente y a mí misma.

    Mireia: jajaja no te preocupes! Fue un momentito solo y después se me pasó. No me puse en plan depresiva ni nada. Mi naturaleza ciclotímica me impide estar triste demasiado rato.

    Aran: no he podido reírme más con tu comentario xDD Loviu too.

    Besos para todos.

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