massobreloslunes: abril 2011

miércoles, 27 de abril de 2011

Transportada

La moto para cantar Extremoduro.
El bus para escuchar a Quique.
La moto para hablar sola.
El bus para pensar.
La moto para llegar antes.
El bus para dejar que te lleven.
La moto para no aparcar.
El bus para no aparcar.
La moto para el calor.
El bus para el frío.
La moto para sentir el aire.
El bus para mirar el mar.

Me gusta ir en moto y bus por la Ciudad del Viento.

martes, 26 de abril de 2011

Minutos



Nota previa: éste es un post un poco raro, que seguramente sólo será comprendido por completo por los freaks de la meditación. Pero me apetecía escribirlo.
Nota previa 2/mini-glosario: un sankhara es una reacción de deseo o aversión, lo que se intenta eliminar cuando meditas. El metta es el amor compasivo que envías a los demás después de meditar. Servir en un curso, aunque suene raro, es ir allí a ayudar de voluntario en la organización, la limpieza, la cocina etc.




No sé qué edad tiene. No sé su apellido. No sé a qué se dedica. Nos hemos pasado diez días sirviendo juntos en un curso de meditación y desconozco la mayoría de los datos básicos sobre él, de lo que "se debe saber" de una persona.

Los dos somos managers del curso, es decir: somos las personas encargadas de solucionar los problemas de los meditadores. Desde querer una manta hasta querer dejar el curso: todo pasa por el manager. Es un trabajo muy bonito pero muy exigente: meditas muchas horas, tienes la cabeza en mil sitios y eres la primera barrera contra la que se estrellan las negatividades de los estudiantes.

Él y yo, por tanto, somos compañeros de fatigas. Entre el poco tiempo libre que tenemos y que las comidas las hacemos separados, la verdad es que apenas cruzamos cinco o diez frases al día. Nada de larguísimos monólogos explicándonos lo que creemos que somos o lo que esperamos de la vida. En las pausas entre meditación y meditación cambiamos una mirada, una sonrisa, una frase. La sentada debe empezar a una hora concreta y él y yo somos los encargados de tocar el gong. Mientras miramos el reloj esperando a que llegue el momento, me dice "aquí me he dado cuenta de lo mucho que dura un minuto". Yo sonrío, y desde entonces miro mis minutos con cariño y silenciosa admiración, como si cada uno de ellos fuera una enorme moneda redonda.

A la hora de la siesta siempre coincidimos en la cocina. Nos levantamos diez minutos antes que los demás para dar el gong y nos tomamos un rooibos y restos de postre lactovegetariano. Ahí intercambiamos algo más de información: sobre mi trabajo, sobre su vida, sobre la importancia de fluir, el miedo al compromiso, el miedo al cambio. Es dulce. No es borde, ni trata de ser ingenioso, ni me desafía: es simplemente dulce, simplemente bueno.

Tiene rastas. No me gustan los chicos con rastas: me parecen antihigiénicas y no veo que favorezcan. Además, es como superhippy. De estos que compran pañuelos en la India (y dicen "India" en vez de "la India") y luego los venden en el mercadillo. Y es mayor. Bueno, no muy mayor, pero tendrá sus treintaytantos fáciles. Pero es moreno. Me gustan los morenos. Tiene los hombros anchos, y la manera en que sus pies descalzos caminan por la sala de meditación es extrañamente sexy.

Sin embargo, no he venido al curso a ligar, así que observo. Observo mis sensaciones y procuro no buscar más de lo necesario sus ojos castaños en las pausas entre horas. Le pillo mirándome a veces mientras comemos. Yo a veces también le miro a él. Pero no tonteo, no digo frases con segundas intenciones, no me pongo guapa. Sólo soy yo misma, pequeña y ajetreada, de la sala de meditación a la cocina, intentando centrarme en la práctica. Aun así, me noto la calidez en el pecho cuando me sonríe, el nudo en el estómago cuando nos acercamos más de lo normal.

Nos contamos historias de Buda en los intervalos. Me explica que han tenido que sacar un nido de hormigas de la sala y que se le partía el corazón al ver cómo se agrupaban en el camino de tierra para darse calor. También me cuenta cómo cierra y abre las ventanas de la sala en los descansos: "con intención, que la gente medite bien cuando las cierro, que el aire limpie los sankharas cuando las abro". Le escucho traducir las preguntas de los estudiantes a la profesora, que no sabe castellano. Cuando ella responde en inglés él traduce intentando imitar su tono para transmitir el metta.

Me da pena irme. No tendría sentido fuera del curso. Por las rastas, por India, porque él tiene miedo al compromiso y yo tengo miedo al miedo. Así que me da pena que se rompa este vínculo tan frágil, esta burbuja de cariño mudo que hemos construido estos diez días. Una burbuja rara de freaks del Dhamma.

El último día estamos coordinando a los estudiantes en equipos para la limpieza del centro. Él se encarga de la cocina, y cuando paso por allí camino a los baños, con el cubo en una mano y la fregona en la otra, me mira sonriente.
- ¿Dónde estás? - me pregunta, refiriéndose a los equipos de limpieza. Me da la sensación de que es un poco por decir algo, por saludarme.

Yo le miro a los ojos.
- Estoy aquí - le digo, y sonrío.

Él se queda desconcertado un segundo y luego también sonríe.
- Aquí y ahora, ¿no?
- Sí, aquí y ahora.

Y ese minuto, de repente, dura un siglo.

martes, 12 de abril de 2011

Pausa

Me voy a Barcelona a meditar. Vuelvo el 24. Lo siento, yo odio cuando los blogs que me gustan hacen pausas. Quería dejar post programados, pero teniendo en cuenta que me quedan diez minutos para salir y aún no he metido la mitad de las cosas en la maleta, no creo que sea factible. Os lo compensaré, palabrita.

Os quiero.

PD: Me han gustado mucho todas las aportaciones al post anterior, ya comentaré cuando vuelva que como siempre lo he dejado todo para última hora y no me da tiempo.

viernes, 8 de abril de 2011

La hipomanía es amor


Tengo la semana optimista. Estoy yendo a nadar, tomando el sol y probando a ver qué se siente al ver la botella medio llena. Así que he aquí algunas cosas que me gustan, o que me hacen sentir agradecida o creer en la existencia de algún tipo de Dios bondadoso:

- Que existan las gafas y me las pueda comprar y no ser una minusválida.
- Ser capaz de hacer rapidísimo la prueba de los cubos del WAIS, para así convencerme de que soy superdotada.
- Los secantes instantáneos de esmalte de uñas.
- El sistema inmunitario.
- Esprintar nadando y llegar al bordillo con la lengua fuera.
- Hacer deporte tres días y sentirme como Lara Croft.
- Las ilustraciones de los cuentos infantiles.
- Los perros con pliegues.
- Elsa embarazada.
- Darte cuenta un día de que has empezado a querer a alguien.
- Mis pacientes cuando mejoran.
- Mis pacientes cuando me dicen que soy genial.
- Lush.
- La paleodieta.
- Los pintalabios.
- Los tíos guapos.
- Los niños listos.
- El coco.
- El Corte Inglés.
- El pasillo de comida internacional del Hipercor.
- Hojear libros de autoayuda y pensar que la vida puede ser fácil.
- Escribir con la mente cuando me aburro.
- Releerme.
- Los cuchillos que cortan mucho (para cocinar, no para matar).
- Los momentos en que parece que el modo aleatorio del Spotify me lee la mente.
- Los libros absurdos y entretenidísimos.
- Las series. Oh, Señor, me encantan las series. Las series son la mitad del sentido de mi vida.
- Los comentarios en el blog.
- El blog.

Anda, sed buenos y contadme alguna cosa que a vosotros, concretamente a vosotros, os haga sentir agradecidos, o que la vida es bonita, o que definitivamente la botella está medio llena
(véase que los dos últimos ítems están escogidos hábilmente para inducir al comentario de manera superliminal).

miércoles, 6 de abril de 2011

Instrucciones para olvidar, II

Hoy me ha venido una de esas maravillosas primeras consultas que a los cinco minutos sabes que podrás dar de alta en una sola sesión. De ésas que te hace preguntarte mosqueada de qué iba el médico de cabecera cuando la derivó, y al mismo tiempo sentirte muy, muy contenta porque no se te va a sobrecargar la agenda más de lo que está.

Se trataba de un chico de 34 años a quien su novia dejó hace un mes. Esto es un alta clara, porque si tu novia te ha dejado estar mal es lo lógico y no necesitas venir a salud mental. Una parte importante de mi labor como psicóloga, de hecho, es convencer a la gente de que sufrir de vez en cuando es normal.

- ¿Y qué piensas que voy a decirte yo ahora? - le he preguntado cuando ha terminado de hablar -. ¿Qué tipo de ayuda crees que puedo darte?

- Pues... - el chaval me ha mirado como avergonzado - creo que me vas a decir que es normal y que el tiempo lo cura todo.

- Exacto – qué alegría cuando da una con pacientes espabilados.

Me han dado ganas de explicarle que el olvido es casi tan mágico como enamorarse o como hacer un amigo. Que igual que sin darte cuenta te vas vinculando a una persona hasta que la haces parte de tu vida, te puedes desvincular si pones el empeño suficiente. Sigues colocando un pie delante del otro y confías en que dejará de dolerte, aprietas los dientes y sigues adelante, y no llamas, y sigues adelante, y no mandas mails, y sigues adelante, y no mandas mensajes... y hay días tan duros que te sientes como un alcohólico anónimo, y a lo único que puedes comprometerte es a no dar señales de vida en las siguientes veinticuatro horas. Hay semanas en las que la tristeza permanece tan inalterable un día, y otro día, y otro, que te preguntas si vas a seguir así toda la vida.

Pero más tarde o más temprano llega el día en el que puedes mirar atrás y decir con asombro: ayer no me acordé de él. Repasas la jornada, incrédula, porque antes le recordabas a cada paso, cuando escuchabas tal canción o veías tal restaurante... pero qué va, ayer estuviste pendiente de muchas cosas y él no era ninguna de ellas. Y luego esos días se van haciendo más frecuentes, y poco a poco la pena se va diluyendo, y te sientes tan aliviado como cuando te hace efecto el ibuprofeno en medio de un dolor de muelas.

Es tan corto el amor y tan largo el olvido, decía Neruda. Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria, cantaba Sabina. Y bendito olvido, digo yo hoy, bendito tiempo, que sana las costuras de las cosas y nos permite seguir adelante sin llorar en silencio a todas las horas del día.

- Se te pasará, en serio - le he dicho a mi paciente mientras se levantaba para irse -. Te lo juro. Palabrita del niño Jesús.

Me ha mirado y he debido de sonar bastante convincente, porque se ha ido sonriendo. Y yo también he sonreído mientras me volvía hacia el ordenador y le daba el alta.