massobreloslunes: junio 2011

jueves, 30 de junio de 2011

Orden -- TMC19

Tengo un sueño que me muero. Es curioso lo delicada que es la frontera entre una siesta gustosa y otra que te deja lista de papeles para el resto de la tarde. Hoy ha sido un día raro. Me he olvidado de una reunión que tenía con mi tutora y he llegado una hora tarde, y ni siquiera me he sentido culpable. Luego no he podido nadar en la piscina municipal porque había un campeonato de nosequé y me he frustrado a tope. Nunca pensé que sería el tipo de persona a quien le jode no poder hacer deporte, pero desde que me apunté a este rollo de la vigorexia soy una caja de sorpresas.

Desde hace dos o tres semanas soy incapaz de ordenar mi casa. Mantengo niveles mínimos de higiene, pero el orden está fuera de mi control. Toda mi ropa está fuera del armario, tirada en el suelo. Sobre la mesa del salón hay, entre otros objetos, unos pendientes, un bote de crema anticelulítica, un salero, la cámara de fotos, un paquete de clínex, la cejilla de la guitarra, un martillo, la cartera, una caja de regaliz, y así hasta el infinito.

Mi desorden es mi defecto más molesto. A los demás (a ser borde, impulsiva, creída, despistada, carecer de estilo en el vestir, escribir como si tuviera cuarenta años o tener pocas tetas) me he acostumbrado y les veo hasta cierto encanto. El desorden me resulta muy molesto. Me gusta tener la casa ordenada y sentarme en ella como en una fotografía de dominical. Pero es superior a mí. Mantener el orden me parece increíblemente aburrido y exigente. Puedo hacerlo durante una o dos semanas, pero después todo se va precipitando hacia la entropía y llega un punto en el que simplemente dejo de luchar. Además, ser ordenada es una batalla que doy por perdida. Creo que podré escribir mejor, ser más deportista e incluso creo que en algún momento me libraré del acné del Averno, pero creo que nunca jamás seré ordenada; supongo que porque no me importa lo suficiente.

En realidad, creo que la casa es el espejo del alma, y creo que la mía está desordenada porque, por muy contenta y tranquila que me encuentre en la superficie, mi mente está agitada. Estoy un poco aturdida. Necesito parar un poco, dejar de nadar, de escalar, de escribir todos los días, de enamorarme del primero que pasa, de alucinar a tope con los pacientes. He de meditar si no quiero descompensarme. Pero bueno. Llegará cuando llegue. Me lo estoy pasando bien estas últimas semanas y también me merezco a ratos las riendas un poco sueltas. Incluso mi feroz autocoaching tiene un límite.

miércoles, 29 de junio de 2011

Sobre el dolor de huesos que da la vida -- TMC18

Hace un par de meses tuve una crisis profesional. Me planteé con seriedad moderada dejar el PIR e irme a vivir a un centro de Vipassana, o a viajar por el mundo, o a Granada a una cueva en el Sacromonte. Tuvo que ver con conocer y amar al Perriflauta Meditador (no sé qué me ha dado últimamente con los hippys, una especie de filia rara) y a otros meditadores alternativos que sirvieron conmigo en el curso de Abril. Entendedme: una está aquí, trabajando como una capulla, pagando impuestos y contando los días de vacaciones como si fueran pepitas de oro, y ahora llega el PF y te dice que ha estado en India comprando pañuelos y que los va a vender en Barcelona mientras vive en una casa okupa y recicla comida del supermercado de la esquina.

En mi momentazo de crisis profesional me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida. El PIR me parecía una opción aburrida como el Averno y no quería más que irme por ahí a vivir a lo bohemio. Quería meditar pero, sobre todo, quería escribir. No sé cómo me irá en esta vida con la meditación, porque soy tan inconstante que no tengo claro que vaya a progresar mucho en ese camino, pero quiero escribir, y a veces pienso que no podré hacerlo mientras no deje todo lo demás (pensamiento que, como prueba el Michelian Challenge, es erróneo en su planteamiento, pero no es ésa la cuestión).

Además de todo esto, estaba hasta el potorro de trabajar en el Equipo de Salud Mental. La curva exponencial de pringamiento del PIR no parecía tener asíntota, y me pasaba los días comiéndome marrones en sucesión sin que ningún facultativo estuviera ahí para respaldarme. Paradójicamente, sin embargo, había desarrollado una especie de Síndrome de Estocolmo y no quería irme del Equipo ni con agua caliente. A pesar de los marrones, me gustaba trabajar allí: había encontrado mi sitio, conocía a la gente, sabía a qué atenerme. Me escaqueaba de la consulta para criticar a mi jefe con el MIR de psiquiatría, cotilleaba con las auxiliares y entre marrón y marrón hasta ayudaba a algún paciente. Me daba pánico mortífero cambiar de rotación y enfrentarme otra vez a dar vueltas por un sitio de trabajo hostil sin saber dónde meterme.

Dos meses después, puedo decir que todo es tan impermanente como prometía Buda, porque me encuentro mejor de lo que me he encontrado en meses. Rotar por Primaria me ha permitido relajarme un poco, y entre unas cosas y otras me he vuelto a enamorar de mi profesión.

Cuando estaba ahí ahí, pensando si abandonaba la plaza o no, si me cortaba las venas o me las dejaba largas, mi amiga Elsa me dio un gran consejo. Me dijo "Mopi, ya has empezado esto. Termínalo y a ver dónde te lleva". Qué gran verdad. Uno no puede ir por ahí probando y hartándose a la primera frustración. No sé si el PIR es la mejor opción de vida. No sé si habría crecido más como persona siendo una escritora bohemia en una casa okupa. Lo que sí sé es que si quiero aprender lo que me tiene que enseñar este camino, tengo que seguirlo hasta el final.

El PIR me ha cambiado y me sigue cambiando en muchos sentidos. Porque es trabajo y por el trabajo que es. Porque es tremendamente real. Dejas lo teórico, lo filosófico, las pajas mentales de la facultad, y empiezas a incidir de forma directa en las vidas de la gente. Tienes el privilegio enorme de compartir sus emociones. Quiero mucho a Granada, pero ya conozco más Cádiz, aunque sólo sea porque he hablado con (literalmente) cientos de gaditanos que me están contando todos los días cómo es la vida aquí. Me cuentan cómo es quedarse inválido trabajando en Astilleros, que cierren Delphi y te tengan contratado en cursos de mierda, cómo es crecer pasando hambre y comiéndote lo que mariscabas, pescar caballas en la Caleta cuando entra el verano, tener a toda la familia en paro y apañarse con una ayuda raquítica. Me hablan de bajar a los niños a la plazoleta en invierno y a la playa en verano, de vivir exiliado en San Fernando y extrañar a tu Cádiz, Cádiz, de meterse pastillas debajo de la lengua. Hoy han venido a la consulta de Primaria dos mujeres, madre e hija, con sendas cadenas de oro con la foto impresa de un hombre joven: su hijo/hermano, muerto hace unos años en un accidente de coche. Hoy iba por el Hipercor, un niño ha gritado "Ese Cádiz" y yo he contestado bajito: "oé".

Lo que quiero decir no es que me esté dando un arranque de gaditanismo, que me disperso. Quiero decir que más allá de que me paguen o de que vea a muchos más pacientes que en cualquier máster, trabajar me ha cambiado y me sigue cambiando. Le da a mis actos un peso que, aunque les quita ligereza, les da una trascendencia mínima, casi anecdótica, pero verdadera. Creo que estoy perdiendo algo que tenía en la facultad, aunque no sabría nombrarlo. No es ilusión, ni alegría, ni capacidad de hacer el idiota, que de eso tengo a patadas. Es esa insustancialidad capulla del universitario que te da una libertad enorme pero que hace que tus pasos tengan la misma profundidad que caminar en el agua. Se desgasta despacio pero inexorablemente, como mis cartílagos, y creo que es lo que me está marcando arrugas entre la nariz y los labios.

A cambio, estoy ganando algo que tampoco sé nombrar. Cierta competencia, cierta habilidad difusa en esta profesión que nadie sabe muy bien de qué se trata. Algo de peso en el mundo, flexibilidad en la mente, ensanchamientos dolorosos del corazón y de la capacidad de sentir. Un poco se sensatez. No mucha. Ojalá quisieras tener la oportunidad de verme ahora.

Voy a dejar ya aquí este post indecentemente largo. Me ha gustado escribirlo, aunque no sé si habréis tenido paciencia para llegar hasta el final. Como siempre, no sé si la sensación que experimentaba ha encontrado, como decía Kerouac, la forma que le conviene, pero lo importante de todo este asunto es que si sigo escribiendo mucho rato más no me dará tiempo a publicar para cumplir el Michelian Challenge.

Y, por cierto, ayer mentí. Escribir a gusto, aporrear el teclado con convicción, es mucho mejor que cualquier previo.

martes, 28 de junio de 2011

Preliminares -- TMC17

Desde que vuelvo a tener internet en casa y no ando correteando por Cádiz a la búsqueda de una wifi, el Michellian Challenge se ha convertido en un reto mucho más tranquilo y gratificante. Ahora, simplemente, al final del día vengo aquí, me siento frente al ordenador y abro la página de blogger. Normalmente tengo abiertas otras veinte mil páginas a la vez, y finjo que escribo mientras chateo con MQEN acerca de Buda, busco información sobre la condromalacia patelar o bajo porno.

Normalmente pasaría de todo y me iría a dormir, pero el Michellian Challenge me obliga a hacer acto de presencia en éste mi blog, así que llega un momento en que tengo que cerrar todas las ventanas o, por lo menos, todas las interactivas, e intentar escribir sobre algo. Últimamente no tengo muy claras las ideas de los post, así que me quedo cinco o diez minutos callada frente a la pantalla encendida, con la mirada perdida como si me hubieran desahuciado de mi cuerpo. Por la ventana abierta se cuelan los sonidos de la Viña: las motos que atraviesan mi calle peatonal y las charlas de los vecinos en la calle. Entra el aire fresquito en mi casa recalentada después de una tarde de orientación oeste.

Tomo conciencia de la realidad de mi noche de Junio en Cádiz y paseo la vista por mi casa. Pienso que necesito criadas o esclavos que recojan este desastre. Reflexiono sobre lo que ha pasado durante el día. ¿Qué cuento? Intento escribir algo corto e ingenioso, pero no me sale. Ya que me pongo, prefiero echarle un rato y aburrir a base de parrafadas. Pienso en mi trabajo, mis pacientes, mis amigos, mis hombres, lo que me cruza la mente, lo que me preocupa, mi rodilla, mi Acné del Averno, los pies de gato en el suelo del salón y las ganas de seguir trepando.

Cuando escribo un post de no ficción (es decir, casi siempre), la mayoría de las veces es como bañar a un gato: trabajoso, el gato no quiere, yo no quiero, los dos nos hacemos daño y tampoco es que el resultado valga mucho la pena. Ayer me pasé una hora peleándome con el post, y ni siquiera tengo claro que me guste. Y encima no me habéis comentado, ingratos del Averno. Cuando escribo ficción es distinto. Casi siempre termino contenta, porque me parece que expresa más y mejor lo que siento que la no ficción. Lo que pasa es que mi imaginación es como el petróleo: limitada.

El tema, lectores de mi corazón, es que aunque el resultado sea discutible y aunque, como me dijo una vez mi ex mejor amigo que ahora no me habla, "me guste cómo escribo pero no siempre lo que escribo", en realidad lo mejor es el previo. La anticipación. Los cinco, diez minutos con la mirada perdida y las imágenes cruzándome el cerebro, las palabras luchando por salir, la primera frase, el arranque. El airecito viñero colándose en mi salón desordenado. El resto es puro trámite.

(Lo del porno, por cierto, es el guiño que me pediste. Habría dado algo por ver tus cejas enarcándose incrédulas y encantadas frente a la pantalla)

lunes, 27 de junio de 2011

Contacto -- TMC16

Hoy he tenido uno de estos pacientes que te roban el corazón. Dieciséis años de chaval listo y guapete, de ojos claros y sonrisa traviesa. Por supuesto, tenía problemas de piel: placas de alopecia que no respondían al tratamiento, y que ocultaba con cuidado bajo el pelo castaño y revuelto. Nada más sentarse en la consulta ha empezado a largar sobre lo preocupado que está por la caída del pelo, por sus padres separados, por no tener moto, porque su abuelo ha muerto. Le he preguntado si tenía a alguien a quien contarle todo lo que me estaba contando a mí, si se desahogaba con alguien. "No. Eres la primera persona a quien se lo cuento", ha contestado él, y me he sentido honrada de una forma profunda y misteriosa.

Me he quedado con él durante la pausa para el café. Hemos meditado juntos. He intentado explicarle por qué con la piel se sufre tanto: porque el infierno son los otros, porque nuestro cuerpo se nos rebela y no nos deja ofrecer la imagen que queremos, porque nos lo callamos todo y al final es la piel la que habla. No le he dicho que quizá el dermatólogo no solucione su problema. No le he dicho que quizá tenga que plantearse, como me planteo yo hoy por hoy, que su problema es crónico, y que lo único que puede conseguir es que mejore un poco o que no empeore mucho. Es una verdad muy cruda para los dieciséis. Tendrá que aprenderlo solo. Ojalá no le haga falta.

Me gusta mi trabajo porque, de vez en cuando, entre ansiedades y ataques de pánico y agobios laborales, encuentras una tajada de vida tan real, tan honesta y tan cruda que te hace temblar. Sufrimiento y punto. Lo que me conmueve entonces es el contacto, que es lo mismo que tiene el arte, lo que tienen las fotos y la escritura, lo que tiene la música. Recuerdo que me gustaba escuchar la música de MQEN porque me parecía que escuchaba su cabeza. Hace un rato estaba mirando las fotos de un colega en el Facebook y pensaba que es hermoso poder mirar con sus ojos y ver la belleza que él fue capaz de capturar con su objetivo.

Mi esperanza es poder conseguir lo mismo cuando escucho a mis pacientes. El contacto, la calidez de sentirse comprendido, el privilegio de llegar con ellos a la parte humana, común y dolorosa que compartimos todos. No sé si mi paciente de hoy se ha dado cuenta de cómo su sufrimiento me estaba taladrando el corazón, o de las ganas que tenía de levantarme y estrecharle las manos o darle un abrazo. Me ha hecho falta respirar hondo para sobreponerme y seguir adelante con él. Al final no te puedes dejar arrastrar, porque entonces os vais los dos a pique: te tienes que quedar ahí, aguantar el tirón y acompañarle a través de su propia pena, que no es la tuya.

Entonces es cuando la escuchar se convierte en un arte, porque intenta conseguir el mismo efecto: la misma sensación de contacto, el chispazo de reconocer lo verdadero. A veces, cuando no estoy demasiado cansada o cuando, como hoy, un paciente me conmueve, les veo brillar detrás del escritorio. Les veo tan humanos, tan vulnerables y tan grandes. Sólo quiero que reconozcan su belleza y su grandeza, igual que lo veo yo. Porque en la buena terapia, igual que en las buenas fotos, o en la música, o incluso en el chulazo de mi profe de escalada trepando en horizontal por las rocas imposibles, el denominador común es el amor. Y al final, ya lo he dicho otras veces, es de eso de lo que se trata todo.

domingo, 26 de junio de 2011

The mecherian challenge -- TMC15

Me he encontrado un mechero en la puerta de mi casa. Quizá sea una declaración, me he dicho. Una declaración incendiaria. Un símbolo. Me consumo en la llama de tu amor. Puede que el vecino calorro de enfrente, que tiene un bulldog llamado Choco, en realidad sea un romántico empedernido que me ama en silencio, y por eso me pone Bisbal a tope en el patio de vecinos el domingo por la mañana.

Después de dejarlo ahí un par de días y ver que nadie lo recogía, he concluido que sí, que se me han declarado de forma indirecta. He recogido el mechero y lo he dejado sobre mi nevera, como recuerdo de que existe la poesía en la vida cotidiana y bueno, por si me hace falta encender una vela alguna vez, o algo.

sábado, 25 de junio de 2011

Dora escaladora -- TMC14

Estoy aprendiendo a escalar. Os preguntaréis por qué. Bueno, ¿por qué no? Vi un cartel en mi piscina y me apunté a un curso de iniciación. Siempre he querido ser una chica que escala y, al mismo tiempo, nunca he pensado que podría serlo. Es un poco como ser cirujana menor: no es que no sea capaz, pero nunca creí que me atrevería. Y últimamente estoy en modo "la vida es un juego y yo quiero jugar", así que ¿por qué no?

La gente con la que he ido es un grupo curioso. El curso es en la sierra, y he ido desde Cádiz con un chaval muy personaje, uno de éstos que se va al campo para alquilar una casa rural con los colegas y matarse a cubatas. Se ríe ruidosamente cuando está nervioso y escala resoplando de una forma un poco turbadora, en el mal sentido de la palabra. Además hay una pareja de mediopunkis seriotes, un chico de edad indefinida y los monitores. Él es un chulazo moreno, como bien preveía Funes, que además tiene los ojos verdes y huele a una mezcla genial entre colonia y cocacola. Ella parece algo mayor, aunque quizá sea porque de tanto sol y aire libre tiene la piel muy curtida. Está espectacularmente en forma, sin un gramo de grasa y con los hombros el doble de ancho que las caderas. Verla escalar es una pasada. Parece una de las extraterrestres de Avatar, y se mueve con soltura y elegancia ayudándose de sus manos grandes y aplastadas.

Yo y mi cuerpecito defectuoso subimos como podemos. La rodilla izquierda sigue dando lata, pero aguanta bien ahí la tía. Agarrarse a la roca es curioso, muy primario. Uno está ahí y piensa que mira que somos raros los humanos, que todo lo que vemos lo queremos subir, bajar o cabalgar sólo porque sí. Estás ahí, invirtiendo un montón de esfuerzo para llegar a un sitio y después deshacer el camino. Y en cuando tocas el suelo y vas hasta arriba de adrenalina no quieres más que empezar a subir otra vez. Al fin y al cabo, todo en esta vida son sensaciones que quieres repetir.

Creo que todo psicólogo, filósofo, escritor o gafapasta en general debería escalar alguna vez. Se experimenta un curioso vacío de pensamientos mientras buscas el siguiente agarre. La comunicación es completamente física: dame cuerda, pilla, bájame, sube la pierna, ahí a tu derecha tienes un saliente bueno. Nada de opinar sobre la inmortalidad del cangrejo. Es como cambiar de plano de realidad.

(Por no hablar de cuando llegas a casa, estiras tus articulaciones, te zampas una cena espectacular, te pegas una ducha y te metes en la cama, sabiendo que mañana habrá más y será mejor.)

PD: Últimamente no tengo ganas de meter fotos en los post y no sé por qué.

viernes, 24 de junio de 2011

El revelado sentimental -- TMC13

Ayer fueron a tomar un café "como amigos". Él no entiende ni aprueba eso de ser amigos pero, como siempre, anda cuidando de los sueños de ella, y si el que tiene ahora es que pueden tomar café de forma inofensiva y agradable, como si nadie hubiera sufrido la apertura en canal de su corazón, ahí estará él, sentado fuerte y heroico como una estatua impasible. Alimentando su sueño de normalidad mientras mira embobado cómo ella le quita la mermelada a la galleta con la uña, cómo le sonríe dulcemente al camarero cuando le cambia el sobre de azúcar por uno de sacarina.

Hoy está sentado frente al ordenador, solo, reflexionando sobre algo que ella le dijo cuando hacía un rato que se habían terminado los cafés. Ya habían repasado todos los temas de conversación apropiados (el trabajo, los amigos comunes, la crisis) y evitado los inapropiados (¿te acuestas con otros? ¿te acuerdas de mí?). Entonces ella se quedó mirando un punto por detrás de él con la barbilla apoyada en la mano.
- Tú nunca estuviste enamorado de mí - dijo -. Yo te gustaba, sí, pero enamorado no creo que llegaras a estar.

Ahora él está sentado frente al ordenador, ya lo hemos dicho, repasando esa frase tan tajante y tan gratuita. No hay nadie tan inconscientemente dañino como una mujer que ya no te quiere. Él sabe lo que busca en el disco duro. Mis documentos, doble clic, mis imágenes, doble clic, excursión febrero, doble clic, y empieza a pasar rápido por las fotos: él conduciendo, autofoto de ella en el asiento del copiloto, ella atándose los cordones de las botas, los dos cogidos del brazo en un mirador mientras algún turista amable pulsa el botón.

Y encuentra la foto que buscaba. Es ella recogiéndose el pelo y mirando de reojo al objetivo. Tiene una media sonrisa en los labios, la típica media sonrisa desprevenida y encantada de cuando te hacen una foto por sorpresa. La luz que atraviesa los árboles que tiene detrás hace brillar con suavidad el vello de sus antebrazos desnudos. Destaca la silueta de las muñecas, muy finas y diestras y ensimismadas en la tarea de atarse el pelo, y se fija en que se le marcan con suavidad arruguitas pequeñas en torno a los ojos y alrededor de la boca. Él puede ver todos sus detalles resplandeciendo intensos y persistentes, y le gustaría que alguien le dijera si es así de verdad, si a cualquier observador le llama la atención cómo relucen sus dientes y los mechones de pelo que le enmarcan la cara, si es la luz oblicua de la mañana de febrero o si es él quien tiene un problema.

Adjunta la imagen a un correo electrónico y teclea de memoria la dirección de ella. Escribe en el asunto "Sí que lo estuve" y firma con su nombre en el cuerpo del mensaje. Y cuando está a punto de darle a enviar, aprieta los dientes, piensa "al carajo" y cierra de un golpe la pantalla del ordenador.

jueves, 23 de junio de 2011

San Juan -- TMC12

Así que me siento frente al ordenador y me pregunto por qué me aburre tanto escribir últimamente. Por qué, si me siento feliz, si me tumbo a leer en la playa por las tardes, me baño en el mar y me chorreo por las olas como si tuviera siete años, y pienso que habrá poca gente en el planeta tan tranquila y tan feliz como yo en ese momento. Tengo el cerebro a tope de endorfinas de la luz y el sol que se derrama por Cádiz, que es azul y blanco todo el año. Pero me preocupan mis rodillas, que me duelen desde que estuve escalando el domingo, y quiero volver a escalar, así que necesito a mis rodillas en plena forma. Quiero hacer todo tipo de cosas que no haya hecho nunca, quiero escalar y hacer submarinismo y nadar en el mar abierto y aprender a tocar otro instrumento y aprender alemán e italiano y liarme con hombres y mujeres guapos. Mi casa está hecha un desastre. En mi salón se mezclan la bici con la guitarra, los libros con los altavoces que me dejó MQEN y que sólo escupen Quique González y Extremoduro, a partes iguales. Hay crema solar en el suelo, sal y pimienta en la mesa junto al ordenador y la funda de las gafas. Llevo días sin ganas de cocinar y me alimento de yogures de limón y tortillas francesas. Esta noche es San Juan, y pienso en cuando tenía catorce o quince años y estaba loca, y la noche de San Juan me parecía siempre el preludio mágico del verano que prometía la Super Pop. Un verano en el que yo estaría morena y delgada, con el pelo muy rubio y por fin unas tetas esplendorosas, y algún maromo guapo me besaría en el espigón mientras la luna iluminaba el mar sobre los sardineros. Pero atención, noticias frescas: Dios tiene otras cosas que hacer antes que buscarme maromos, y al final la adolescencia se me agotó en la frustración de copiar frases de Alejandro Sanz en libretas de tapas duras. Ahora tengo veintiséis años, soy la vieja de los jóvenes y la joven de los viejos, y en realidad me he dado cuenta de que el pasado no va a volver nunca, ni la adolescencia ni la universidad, y que voy quemando etapas despacio. Me doy cuenta de que cuando empecé a trabajar no me importaba, porque hacía tan poco que había dejado de estudiar que todavía podía tocar aquella época con la punta de los dedos y fingir que no estaba tan lejana. Ahora ha pasado un año más, dos desde que terminé la carrera, tres desde que empecé a vivir con la PK, cuatro desde que fui becaria ECTS, cinco desde que preparé las jornadas del Balneario con J., seis desde que empecé a comentar en su blog y a enamorarme de él despacio, siete desde que volví de Barcelona, ocho desde que empecé a salir con MQEN. Y paro de contar, que me deprimo. Hablo por teléfono con la PK, que se está preparando para irse a celebrar San Juan en el Balneario, y me doy cuenta de que yo trabajo mañana y no voy a celebrar nada. Aunque podría hacerlo, claro, y dormir un poco menos, si total, es viernes, y mañana tengo un curso en el que puedo vegetar tranquila mientras el ponente lee power points, pero no sé qué sentido tendría, porque no es el principio de las vacaciones, sino un punto intermedio en mitad de un montón de semanas iguales, a más de dos meses de empezar a disfrutar mis vacaciones de verdad, los veintitantos raquíticos días de vacaciones que me quedan. Y es curioso, porque puede que esto que estoy escribiendo dé la impresión de que estoy deprimida, o de que echo de menos el pasado o me aterra el transcurrir del tiempo, pero en realidad ya lo he dicho, me encuentro bastante feliz, casi todo en mí es mejor que antes excepto quizá mis rodillas, y al final lo único que me preocupa es que aunque mi vida no va mal, mi escritura parece empobrecerse igual que mis cartílagos, y al final me pregunto que si no me divierto escribiendo a lo mejor es porque escribo mejor cuando estoy triste o enamorada, y ahora mismo no estoy de ninguna de las dos maneras.

miércoles, 22 de junio de 2011

Más sobre la psicología -- TMC11

Escuchar a tus amigos y vecinos y dar consejos sobre lo que crees que deberían hacer no te convierte en psicólogo.

La expresión "yo tengo mucha psicología" es terrible. La psicología es una rama del saber y no pertenece a nadie. Nadie dice "yo tengo mucha medicina" o "yo tengo mucha ingeniería".

Lo que distingue a un psicólogo de tu vecina del quinto es que el psicólogo, te lo creas o no, se está pensando mucho lo que te dice, cómo te lo dice y cuándo te lo dice.

Las palabras son importantes. Que sean nuestras únicas herramientas no quiere decir que sean poco poderosas. Las palabras duelen o consuelan, y una frase dicha en el momento inoportuno puede ser tan dañina como un medicamento mal recetado.

Si yo no aspiro a controlar diabéticos o anticoagulados con un curso de tres meses sobre insulina o sintrom, los médicos no deberían aspirar a dar terapia con una formación mínima o inexistente.

Si yo no hago intervenciones médicas, tú no haces intervenciones psicológicas.

Ni somos completamente inútiles ni somos omnipotentes. Hacemos lo que podemos.

Un buen psicólogo se pone a sí mismo en juego todos los días de su vida. Intenta explicar, sentir, conocer y entender. Es autocrítico y reflexivo, y trabaja con lo que a la mayoría de la gente más le cuesta manejar: con su capacidad para relacionarse plenamente con los otros. Está mirando al sufrimiento ajeno de frente todos los días. Que no vea heridas abiertas ni meta la mano en orificios no quiere decir que no haga un trabajo sucio. Es una profesión delicada, difícil y dura, y merece un respeto.

Y aquí me quedo, que tengo sueño y debo descansar para continuar mi dura lucha por la salud mental.

Amén.

martes, 21 de junio de 2011

El amor dura tres años -- TMC10

Me estoy leyendo un libro de Frédéric Beigbeder, el de 13'99 euros, que se titula así. El libro es brillante, conciso y tristemente divertido, o divertidamente triste. La tesis básica del autor es que el amor dura tres años, y que si lo aceptáramos podríamos disfrutar de ese tiempo en lugar de buscar la perfección inalcanzable que nos venden en las pelis. Dice que si las mujeres no buscaran al Príncipe Azul, un solo hombre imperfecto bastaría para hacerlas felices.

Hoy miraba mi casa y me miraba a mí con los ojos de un extraño. Yo otras cosas no sé, pero la autoestima la tengo bastante bien. Siempre he pensado que soy amable, que se me puede amar. Pienso que si alguien me viera bailando por mi casa, y después canturreando con la guitarra, o cocinando, o incluso dormitando en el sofá, pensaría: he aquí una chica adorable. Y mi piso, que me gusta mucho, también es un piso amable, con la frigopoesía, las fotos de mis amigas, la pizarra llena de dibujos de colores y mis libros de calidad heterogénea alineados en la estantería. El piso de una persona interesante y moderadamente feliz.

Después pienso en alguien mirando esos mismos libros y decidiendo si soy lo suficientemente buena para él. No querría que nadie me juzgara por mis libros, en realidad, aunque yo también mire los libros ajenos cuando visito las casas de la gente. Pero es que me aterra que me juzguen. Que alguien me compartimente y compare con lo que en teoría es su ideal de mujer, que en realidad, como he dicho otras veces, no es más que el conjunto de características del que se superponen con las propias. No es más que un juego de espejos.

Entonces pienso que si el amor dura tres años, no lo quiero. Porque que te quieran y luego dejen de quererte es chungo, pero querer y dejar de querer luego es casi peor. El desamor y su increíble potencial dañino, y ese sentir el corazón como una uva pasa o como un picadillo de carne. Reflexiono sobre todas estas cosas y pienso en mi amiga Metemary, que me dice que me rayo demasiado respecto a ese tema. Y no es que me raye, es que vuelve a mi cerebro a menudo, como una canción que no consigues sacarte de la cabeza, porque no es que no encuentre el amor; es que ni siquiera tengo claro qué coño es lo que estoy buscando o si existe siquiera.

Entretanto ejercito el corazón como ejercito los cuádriceps: para que sea útil y fuerte, para poder caminar con él incluso cuesta abajo, para que no me duela el roce del movimiento. Porque Beigbeder puede decir misa en arameo, pero yo, en mi ingenuidad, estoy convencida de que todo esto, la vida y sus idioteces, en realidad va del amor. Que mis días deberían ir de eso y que los últimos pensamientos de mi existencia irán de eso.

PD: El libro está chulo, en cualquier caso.
PD2: No puedo creer que sólo lleve 10 días de Michelian Challenge. Se me están haciendo eternos.

lunes, 20 de junio de 2011

Malagamemata -- TMC9


El viaje en un bus que casi pierdo. Inclinar la cabeza en San Fernando, creer que sigo despierta y, de repente, abrir los ojos y pensar "¿Ya estoy en Algeciras?". Que me confundan con una guiri en el baño de la estación. Comer chocolate negro con el ansia de después de la siesta y leer sin parar hasta llegar a Málaga.

Encontarme con MQEN, que se acaba de cortar el pelo y está guapísimo. Tomar lassi en San Agustín con Villena y su novia, ir a meditar al Yogasala escuchando el piano en el pasaje de Chinitas. Cenar tapas étnicas y raras rezando para no recuperar en un fin de semana lo que he tardado un mes en perder.

La casa de mi abuela en la que no vive mi abuela, la casa en la que vive mi abuela que no es de mi abuela. Los cuartos enormes y vacíos, las cajas por el suelo, los colchones de gomaespuma y las persianas que no bajan. Mi casa quemada, convertida en casa del terror o en casa abandonada. Comprobar que algunos de mis libros pueden salvarse y sentirme contenta, comprobar que algunos no pueden salvarse y tomarlo con filosofía.

El hospital de Carlos Haya, un cursillo sobre depresión, tomar café con la gente del área de Málaga pensando que me encanta estar en Cádiz. Olfatear encantada durante la ponencia el desodorante del chico que se sienta a mi lado. Escaparme del curso antes de tiempo porque, total, no me conoce nadie, y caminar por esa zona de Málaga tan fea sintiéndome guapa, con el vientecito fresco del día de bruma haciéndome cosquillas en la nuca.

El terral, el aire como salido del mismísimo infierno y el agua como hielo derretido. El día nacional de mejorar tu circulación. La playa desierta y terrible del Balneario, meterse en el agua entre las rocas con miedo a dejarse un tobillo, nadar con la PK mientras ella dice que "comparada con el Cantábrico, el agua está estupenda". Elsa y su panza desnuda al sol. Sentarse en la orilla a charlar y acabar con el bikini lleno de tierra y piedras.

Vagar por la Fnac sintiendo que quiero que me dejen encerrada allí por error. Acariciar los libros con la punta de los dedos. El vuelco en el corazón cuando veo que Dara Horn ha sacado un libro nuevo. Comprar con el dinero de mi cumpleaños dos novelas gruesas y caras; una de ellas, por supuesto, la de Dara Horn. Pasar por el Sephora, probar cinco clases diferentes de lápiz de ojos violeta en el dorso de la mano y llevarme el que tira a malva y tiene pintitas plateadas.

La casa de Metemary, con su terraza enorme y las diezmil plantas que Achito riega, cuida y explica con esmero. Subir los toldos y sentir despacio cómo cambia el aire y se larga el terral en medio de una brisa fresca y mojada. Conocer a personajes divertidos y dulces, jugar cinco partidas seguidas de Bang, comer pizza, inventar sobre la marcha odas nocturnas maltratando sin piedad la guitarra acústica.

Subir en moto a San Antón como cuando tenía dieciséis años. Parar porque la moto no tira y hacer correr a la PK veinte metros para que el bicho recupere fuelle. Escalar vías fáciles y sentirse bien, escalar una vía difícil y sentir un pánico tan real como inofensivo mientras cuelgas en el vacío y te arañas las manos contra la roca. Volver corriendo a casa, ducharse por turnos, reflexionar qué camiseta pega más con los pantalones nuevos de la PK. Indignarse. Elsa bailando frente a la batukada, moviendo su tripa de seis meses y medio con gracia shakiriana.

Cenar con Funes y Elsa en el vegetariano. Ponerme ciega a seitán e intuir que me gusta tanto sólo porque se parece a la carne. Hablar de meditación mientras el camarero nos sirve guarradas de soja y nos mira raro.

Tomar un rooibos con Funes en el café del Viajero en una noche tan perfecta que no parece real. Mirar a sus ojos risueños y vivos y sentir que "in your eyes I find confort and peace", todavía. Hacerme la loca para no saludar a una ex amiga de la adolescencia y tener que saludarla después de todo. Encontrarme a J. y constatar que está más calvo, y recibir sus besos apretados en el cuello mientras me pregunto qué tuve yo que ver con este desconocido.

Levantarme a las seis y media para coger el tren con dolor en músculos del cuerpo que no sabía que tenía. Maldecir la escalada. Pensar en lo que voy a escribir y lo que voy a callarme. Ir con mi padre en coche a la estación. Derrumbarme en el asiento del tren como quien se derrumba en los brazos de su amado. Marchar con los ojos cerrados, sin molestarme en despedirme porque, total; siempre vuelvo.

Málaga, que no me falta pero tampoco me sobra. Que ostenta el privilegio de cobijar a gran parte de la gente a la que quiero. Que me mata, para bien o para mal, siempre.

domingo, 19 de junio de 2011

The Michellian Challenge, tropecientasmil

Soy el negro de Marina, no el negro de "mi negro cubano" sino la que escribe cuando Marina no quiere. La señorita está cansada, ha escalado como una valiente y ya ha tenido bastante challenge, así que pide disculpas y os saluda hasta mañana con todo el cariño.
Saludos

sábado, 18 de junio de 2011

Cosas veredes -- TMC7

Cuando yo era pequeña, mi abuela vivía en una casa muy grande en Calle Manrique, en el barrio de la Victoria. Estaba formada por dos pisos unidos y tenía (esperad que los cuente) cinco dormitorios, tres baños, la cocina, el salón y un cuarto de estar. En mi memoria la casa está llena de la luz de las mañanas de la infancia, cuando te levantas un sábado y no te importa la hora que es ni el número de cosas que te va a dar tiempo a hacer antes de comer.

Me encantaba esa casa. No era la casa más abuelil del mundo, porque de por sí mi abuela es poco abuelil, pero estaba llena de libros antiguos, bisutería anudada en el fondo de los cajones y objetos extraños, como un postizo hecho con el pelo de una de mis tías cuando era pequeña, rollo mujercitas. Yo vagaba por las habitaciones y todo me parecía misterioso y fascinante, porque de pequeña estaba llena de pajas mentales y no quería más que tener amigos invisibles, volar y que estallara una guerra para ser como Ana Frank, por ese orden.

Hace unos años, mi familia decidió vender la casa. Sacaron todos los trastos y los fueron colocando junto a la basura para que la gente se los llevara. Limpiaron a fondo, quitaron los grifos para llevarlos a la casa de veraneo y trasladaron a mi abuela. A mí me daba pena pensar que nunca iba a volver a explorar esa casa buscando tesoros entre la morralla de los cajones; por otra parte, tenía ya más años que un gnomo y tampoco pegaba corretear por los pasillos de casa de mi abuela creyéndome Bastian Baltasar Bux.

Ahora que mi casa se ha quemado, mi madre y mi hermano se han instalado allí porque no encontraban piso para alquilar tan poco tiempo. La mitad de la casa está sin bombillas, las persianas no se bajan y los marcos de las ventanas no encajan. Apenas hay muebles, y lo tienen todo esparcido por el suelo como en un piso de yonkis. "Elige un cuarto", me dijo mi hermano. "Cada uno tiene un inconveniente". Elegí el pequeño cercano al baño, que tiene el inconveniente de que parece un zulo, y ahora mi hermano me llama Ortega Lara y me dice que me afeite la barba.

Me tengo que ir, así que sólo me queda tiempo para una rápida conclusión: la vida es rara, rara rara. No menospreciéis su capacidad de sorprenderos.

viernes, 17 de junio de 2011

Timing -- TMC6

Él se había levantado tarde aquella mañana. Entraba el sol a chorros por la ventana del salón mientras desayunaba un café y una tostada con aceite. Leyó un poco en diagonal las últimas páginas del libro que ella le había dejado. Solía acabar todos los libros por costumbre, pero había estado a punto de hacer una excepción con aquel. Era pesado, lento, de argumento absurdo. Recordó con una media sonrisa la expresión de la cara de ella cuando se lo tendía: "tienes que leer este libro, es una preciosidad". Con los libros, como con la vida, a veces coincidían completamente y a veces se llevaban a matar.

Terminó el desayuno, ojeó un rato el dominical y agarró el teléfono para llamarla. Iban a quedar más tarde para tomar algo y habían acordado hablar por la mañana para fijar la hora. Buscó su número en la agenda y esperó a que su voz alegre cortara los tonos de espera. Le gustaba de ella que siempre estaba alegre por las mañanas.
- Hey, hola.
- Hola, bonita. ¿Qué tal?
- Bueno, aquí ando. ¿Y tú?
- Lo mismo, desayunando. Acabo de terminar de leerme el libro que me dejaste.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué tal, te ha gustado?

Él notó en su voz la ilusión breve de ella e hizo una pausa, pero las mentiras piadosas nunca fueron su estilo.
- Qué va, la verdad. No me ha gustado nada.
- ¿En serio?
- En serio.
- Vaya...

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Ella se despertó más tarde de lo que esperaba y supo que el gatito había muerto porque no le habían despertado los maullidos débiles y quejumbrosos pidiendo comida y calorcito. En realidad lo habiá sabido a media noche, la última vez que se había levantado a darle el biberón. Estaba medio dormida, con los ojos hinchados por la falta de sueño, e intentaba que aquella criatura diminuta que nunca había abierto los ojos no se muriera de hambre. Entonces el gatito empezó a rechazar la leche, retiraba la cabeza de la tetina de plástico y se iba quedando dormido, y ella supo por instinto que se estaba muriendo.
- No te mueras, no te mueras - empezó a decir bajito, mientras le acariciaba la cabeza con la punta del dedo. Mientras pensaba que lo raro era que no se hubiera muerto antes. Lo había traído a casa dos días antes, cobijándolo entre las manos del fuerte sol del mediodía, y llevaba desde entonces intentando obligarle a sobrevivir.

Abandonó el intento de darle de comer, lo colocó en su caja con la bolsa de agua caliente recién rellena y se fue a dormir. A la mañana siguiente lo encontró tan rígido y ligero que parecía de mentira, como un llavero kitsch comprado en una gasolinera.

Le daba pena tirarlo a la basura, así que decidió enterrarlo. Lo más parecido a una pala que encontró era una cuchara grande de servir. Echó una ojeada a la calle vacía de su urbanización antes de echar a andar hacia el descampado que había junto a la pista de tenis, con la cuchara en una mano y la caja con el gatito muerto en la otra.

Le costó más de lo que pensaba abrir un agujero en la tierra, que estaba dura y reseca después de meses sin lluvia. Al final dejó la cuchara y arañó la tierra con las manos, sacó unas cuantas piedras y consiguió hacer un hueco decente. Cogió al gatito muerto con la punta de los dedos y se estremeció al sentir otra vez aquella ligereza extraña. Lo colocó en el agujero y lo tapó con tierra y unas cuantas piedras. Te habría llamado Shere-Khan, le dijo bajito, porque quería que fueras un tigre.

Cuando volvió a su casa le sobresaltó el timbre del teléfono. Era él, que la llamaba para quedar aquella tarde. Se preguntó si habría terminado de leer el libro que le dejó; un libro tan bonito y tan mágico que se lo había prestado como si fuera una rodaja luminosa de su vida.

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Él nunca entendió por qué le sentó tan mal aquello. Al fin y al cabo, sólo era un libro.
Ella no tuvo ganas de explicarle que a veces los malentendidos humanos son sólo una cuestión de timing.

jueves, 16 de junio de 2011

The Challenging Challenge -- TMC5

Lectores queridos: después de venir en autobús desde Cádiz y cenar como los pavos con MQEN, me he venido a casa de mi abuela a la velocidad del rayo sólo para no faltar al Michelian Challenge. Recordemos que mi casa se quemó, y ahora mi familia está viviendo aquí hasta que terminen de reconstruirla.

Francamente, el Michelian Challenge está siendo mucho más complicado de lo que pensaba. La red de mi casa de Cádiz sigue sin pirular. Aquí no hay suficientes colchones y tenemos que ir al otro piso de mi abuela a dormir. Estoy escribiendo en el miniportátil diseño ferrari de mi hermano mientras mi madre ve Friends en una tele gigante que han comprado para reemplazar a la quemada. Este piso estaba vacío esperando a venderse, así que mi madre y mi hermano lo han medio habilitado con colchones en el suelo y sillas donde doblar la ropa. No deja de tener cierto encanto okupa-estudiantil, aunque todos mis pisos de estudiantes eran como el Ritz en comparación con esto.

Todo para justificar que no pienso escribir nada mucho más complejo que esto, y que demasiado que me las he apañado para llegar aquí antes de las doce cual Cenicienta virtual. Mañana más y mejor, lo prometo.

miércoles, 15 de junio de 2011

Contemplaciones -- TMC4


Hoy estaba yo en la estación de autobuses, haciendo cola para comprar el billete e irme mañana a Málaga, cuando unos metros por delante de mí he visto a un monje. Un monje monje, con su hábito, su capucha y hasta su tonsura. Estaba de espaldas y pedía un billete para no sé dónde, porque no alcanzaba a oír su voz.

Eso tendría que ser yo, he pensado. Monja. Católica, budista, tanto me da; apartarme del mundanal ruido. Acababa de llegar corriendo desde el centro de salud mental, después de pasar la tarde puteada a partes iguales por mis pacientes y mi jefe, y se me iba a salir el corazón por la boca.

He valorado en un microsegundo mis preocupaciones actuales y las que tendría siendo monja. Acné del Averno, jefe que me putea y pacientes que se empeñan en contarme problemas versus crisis de fe y apego a los placeres sensoriales. Me he imaginado en mi convento, de la capilla al huerto y del huerto a la cocina, lo mismo cultivando tomates que haciendo mazapanes caseros y yemas de Santa Teresa. Metiendo el dedazo en la masa cuando no mirara la superiora. Engordando sin pudor, con mis colegas las novicias africanas y sudamericanas y haciéndome la dueña del cotarro cuando se fueran muriendo todas las monjas viejas. Ni tan mal.

Entonces he girado la cabeza y he visto a un chico de unos veintitantos inclinado sobre su maleta. Por encima del pantalón asomaba la parte baja de una espalda estrecha, lisa y morena. Me he quedado absorta en esa curva de piel vertiginosa: alguien debería inventar una palabra nueva para definir ese medio palmo de huesos, músculos y carne. De repente mis neuronas estaban reproduciendo la sensación de hundir los dedos en los dos hoyuelos que le intuía sobre la base del culo y acariciar después la parte de espina dorsal que se le notaba bajo la piel.

Todo ha sido tan rápido: la evocación de la vida contemplativa y, de repente, el descenso a los abismos del deseo. He comprado mi billete con resignación, casi escuchando la voz de MQEN en mi oído: "Te gustan demasiado los chulazos morenos, Peq". Luego podría decir que me he quedado observando con envidia al monje, que se alejaba despacio en dirección a un destino desconocido y tranquilo. Pero en realidad estaba demasiado ocupada mirando al moreno, que seguía rebuscando nosequé en su maleta, y rezando silenciosa y sacrílegamente para que no lo encontrara nunca.

martes, 14 de junio de 2011

Mala suerte y voluntad -- TMC3



Mala suerte: que la red gratuita que pillas en tu casa desde hace meses deje de funcionar justo el segundo día después de empezar el Michelian Challenge.

Voluntad: dispuesta a no defraudar a tus sufridos lectores, agarras la bici, que lleva tirada en el armario desde que te diagnosticaron rodillas de anciana, le inflas las ruedas y allá que te vas a la plaza de la Catedral a pillar wifi gratis. Todo sea por no quedar en ridículo el tercer día de tu propio y autoestablecido Desafío Micheliano.

Así que aquí estoy, en la Catedral, como las primeras semanas de mi vida gaditana. Está terminando de anochecer, porque Cádiz tiene los días más largos de la península, y el cielo es de un bonito color turquesa oscuro. En las escaleras no hay ningún guiri chateando con su novia transoceánica, así que estoy solita absorbiendo inspiración y ancho de banda. Me gusta esta catedral a espaldas del mar, con la piedra agujereada por la sal del aire, rodeada de palmeras que se balancean con la brisa. Hace una noche perfecta, y al menos el Michelian Challenge me ha servido para recordar lo feliz que es ir en bici por una ciudad que oscurece.

Hoy no tengo mucho que escribir. Es uno de esos días que terminan y te dejan con la sensación de ser Sísifo: exhausto, contemplas la piedra que por fin has conseguido subir a la montaña y sabes que mañana estará otra vez al pie de la ladera. ¿Esto es la vida? Me pregunto. ¿Esta sucesión de días? Levanto la cabeza, veo los balcones abiertos y las luces encendidas y casi puedo imaginar la sensación de estar en tu casa en una noche como ésta, con el balcón abierto y el vientecito fresco y salado entrando hasta la cocina. Si la vida es esto, esta noche está fingiendo bien, la cabrona. Se las está apañando para aparentar que tiene momentos así, calmados, perfectos, con la temperatura justa, con el psicótico viento de Cádiz parado por una vez.

A lo mejor este momento perfecto es una recompensa. Porque me siento heroica viniendo a escribir en bicicleta después de un día agotador. Siento que soy una caballera andante en su montura metálica que viene a cumplir la estúpida misión de salvar al mundo escribiendo un post. Aquí estoy, mundo. Para ti soy sólo una rubia en chanclas que escribe en su mac, con la bici a los pies como un animal que descansa. Para mí soy grande hoy, a la altura de Mariana Pineda y Juana de Arco: una heroína de la prosa de la experiencia.

Y entre fanfarrias y plantillos lo dejo ya, que no quiero más que irme a casa y echarme a dormir.

lunes, 13 de junio de 2011

Cirujana menor -- TMC2

Desde hace tres semanas estoy rotando por Atención Primaria. Pensaba que iba a ser una rotación chunga y aburrida, pero la verdad es que me lo estoy pasando pipa. Entro con el médico de cabecera y aprendo un montón de cosas cada día. Algunas más útiles, otras más inútiles, pero que en general tienen que ver con la experiencia de la salud, la de la enfermedad y en general la de la vida. Yo pienso, como decía Adriano, que nada de lo humano me es ajeno.

El viernes no venía mi médico y estuve toda la mañana en cirugía menor. Que la noche anterior pensaba yo: qué se te ha perdido a ti en cirugía menor, Marina, si tú eres psicóloga y en parte lo eres porque es una especialidad como mucho más limpita. Pero si hay algo que me está gustando de Atención Primaria es la fisicalidad. Es curioso, porque algunos médicos pueden ser emocionalmente distantes, pero son muy físicos. Recuerdo uno de los primeros días como residente, cuando le comenté al MIR de psiquiatría que me habían hecho la prueba del mantoux para ver si tenía tuberculosis. Él me agarró el antebrazo y empezó a palparme la piel a ver si se me había inflamado, y a mí me sorprendió esa invasión tan súbita de mi espacio personal y la confianza con que me tocaba sin casi conocerle.

Así que ya os digo: cirugía menor. Yo pensaba observar y punto, así que cuando el enfermero me colocó el bisturí eléctrico en la mano y me dijo “esa verruga la quitas tú”, pensé “ni de coña”. Pero como estoy loca y no sé decir que no, agarré el bisturí con una mano, la pinza con otra y corté una verruga con estas manitas. Y luego otra. El enfermero que hace cirugía menor es una de estas personas que parece perfectamente feliz con su vida y su trabajo, que sabe que ocupa un lugar en el mundo, que tiene una función y la desempeña bien. Le gusta explicar y lo hace con paciencia y claridad. Piensa que no hay ningún problema en que una psicóloga lista y habilidosa empuñe un bisturí eléctrico sin tener ni puñetera idea.

Después había que extirparle nosequé cosa de la cara a una anciana graciosísima y verborréica: noventa y tres años de vitalidad en silla de ruedas. Nos lavamos a lo quirúrgico, sacamos el material estéril, nos pusimos los guantes y nos movimos con las manos levantadas como en Anatomía de Grey. Limpié la sangre mientras el enfermero rebanaba y suturaba. Observé cómo pasaba el hilo por la grasa subcutánea para no dejar cicatriz. Nunca en mi vida había pensado que podía tener tanto estómago.

La cuestión de todo este rollo de la Atención Primaria y la fisicalidad tiene que ver con algo que oí hace un par de semanas en una peli tremendamente chunga que vi con mi amiga María. La ha dejado el novio y está tristísima, y como yo había viajado hasta Toledo para unas jornadas, decidí acercarme un día a Madrid para consolarla un poco. Vimos, como os digo, una peli terrible llamada “La niñera y el presidente”. Bueno, pues en un momento dado la protagonista le decía a una de las niñas a las que cuidaba “hay que aguantar, querida, porque nunca se sabe cuándo las cosas van a empezar a cambiar”. Estas últimas semanas estaba un poco triste, pero me repetí esa frase, siendo consciente de que es todavía más triste repetirte una frase que has oído en una película chunga de sobremesa con esta señora como protagonista.

Así que hoy estaba pasando consulta con la médico de cabecera, observando gargantas y oídos, renovando recetas y repasando analíticas, y han llamado por teléfono. Era el enfermero, que necesitaba ayuda para una intervención y me preguntaba si quería bajar. ¡A mí! Nunca jamás en la vida me hubiera podido imaginar que ayudaría a alguien a hacer cirugía menor. Al sacar los guantes estériles de la estantería me ha preguntado cuál era mi talla. El seis y medio, he contestado yo con seguridad. Y he pensado: “Heme aquí, sabiendo mi talla de guantes quirúrgicos”. No quiero decir que esto sea un cambio a mejor en mi vida, sino que constantemente pasan cosas inesperadas, constantemente te encuentras superando límites y conociendo a personas, ampliando el campo de tu experiencia. Y eso es bonito.

Y con esto y un bizcocho, dejo aquí el post para que me dé tiempo a publicar antes del plazo estipulado por el TMC. Esto quiere decir que no me da tiempo a corregirlo, así que perdonadme por lo inconexo.

Ah, por último: ahí tenéis una prueba documental de mis experiencias cirujanas. Y creo que los guantes me quedan un poco grandes, así que igual el próximo día los pido del seis :D




domingo, 12 de junio de 2011

El Reto Micheliano (The Michelian Challenge) -- TMC1

Queridos lectores:

Estoy hasta el potorro de este blog y de mí misma. He entrado en una de esas etapas de "para-qué-escribir-si-lo-que-escribo-es-una-mierda-mi-vida-no-es-interesante-y-me-leen-cuatro-gatos". No se lo deseo a nadie. Así que para agitar un poco a las musas me he propuesto un reto: en los próximos treinta días voy a escribir todos los días, sin importar la calidad o cantidad del texto. El objetivo es dinamizar esto un poco y ir dando salida a las ideas estúpidas que me rondan, en lugar de esperar grandes ideas geniales que cambien el futuro de la ciberliteratura.

El título del reto es, lógicamente, un homenaje a este señor, uno de los pocos blogueros que conozco que escribe todos los días con una calidad envidiable.

Y sin más, inauguro los treinta días de The Michelian Challenge, contando por supuesto este post como número 1.

PD: A veces siento que mi vida es como un autocoaching constante.

sábado, 4 de junio de 2011

Ya'aburnee


Hoy es el cumpleaños de MQEN. Ya hace casi nueve años que nos conocemos y me sigue pareciendo increíble que esté en mi vida.

Yo a MQEN fue verle y amarle. Tengo que creer en el amor a primera vista, porque a mí me pasó: desde el primer momento en que le vi, preparando una obra de teatro para el pregón de bachillerato, fue como si me abdujeran los marcianos, y no quería más que estar con él y darle mi ternura y mi amor. Hoy por hoy, la única explicación que le encuentro a mi flechazo es que fue una cosa kármica: que le reconocí de vidas y vidas anteriores, aunque él dice que no cree en esas chorradas. Y cuando digo que me parece increíble que esté en mi vida, incluso ahora que ya hace mucho que no somos pareja, es porque durante los meses que pasé muriendo de amor mientras él me ignoraba (fue un flechazo one-way) sólo tenía la certeza de que había mucho que podíamos compartir y quería una oportunidad para hacerlo. Ahora, nueve años después, aquí seguimos: compartiendo tanto y de una manera tan rica que ojalá todos tuvierais un MQEN en vuestra vida para saber lo genial que es.

MQEN es fabuloso de principio a fin. Es como si coges a un chico muy alto y guapo, le añades cantidades indecentes de bondad y paciencia, un sentido del humor retorcido y sutil y una inteligencia privilegiada. Sus mayores defectos son que le gusta la música rara (y ahora es cuando él dice "¡pero eso no es un defecto, Peq!" Pues sí, Pepito, es un defecto, lo sentimos) y que se pasa la mitad del día con el arousal disminuido porque tiene hambre y/o sueño. Pero si le pillas en horario de alerta y lejos de un reproductor de CDs, es prácticamente perfecto.

A mí me quiere y me cuida por siete. Medita conmigo y me insiste para que medite yo cuando él está lejos y a mí me entra la pereza. Escucha mis parrafadas hipomaníacas y las escucha de verdad, sin limitarse a esperar para meter baza. Es a él a quien llamo para llorar y autocompadecerme, porque sé que es capaz de oírme sin angustiarse y porque si se lo pido me tira besitos por el móvil. Confía en mí y dice que sabe cuándo le oculto cosas, pero que no me dice nada porque me respeta. Me saca a cenar y me deja elegir sitio, y no se pide lo mismo que yo aunque le apetezca porque tengo esa manía y él es así de buena persona.

A veces le digo que no se le ocurra morirse. Hace un tiempo leí un artículo muy bonito sobre palabras intraducibles, y entre ellas encontré ésta: ya'aburnee. Se traduce como "tú me entierras", y según el artículo alude al deseo de morirse antes que el interlocutor, para no tener que sobrellevar su dolorosa ausencia. Cuando la leí pensé en MQEN y me di cuenta que que esa palabra define exactamente lo que siento por él. Porque yo puedo imaginarme mi vida sin muchas personas, pero no sin él.

Pepito: gracias por ser como eres. Te admiro cada día que pasa. Cumple muchos años más. Ya'aburnee. Felicidades.