massobreloslunes: septiembre 2011

jueves, 29 de septiembre de 2011

Aquellos años, que en verdad no eran tan maravillosos pero que lo parecen ahora a través del tiempo

Nadar me divierte bastante últimamente, y el hecho de ir a la piscina también. Es curiosa esa intimidad súbita con desconocidos, todos allí medio en pelotas haciendo estiramientos y exhibiéndonos con esos gorritos tan antilujuria. En la piscina no hay término medio: o un tío te pone brutísima o se te quitan los instintos heterosexuales. Ves maravillas de la naturaleza y aberraciones de la especie. Últimamente voy a la misma hora que el equipo juvenil de natación. Son diez o doce adolescentes fuertes como limones que nadan rapidísimo, y me encanta ver sus piernas levantando espuma y sus brazos hundiéndose veloces y precisos en el agua.

Cuando termino tarde, coincido en la ducha con las adolescentes nadadoras. Son en general feíllas pero bellas, con sus cuerpos altos y fuertes y sus espaldas anchas. Yo, que siempre he sido de las blanditas y me estoy dando al deporte a la vejez, admiro sus músculos potentes de guerreras del agua. Al mismo tiempo, me pone de los nervios que griten en la ducha mientras yo intento encontrar algo parecido al relax después de darme la paliza.

Ayer estaban especialmente expansivas. Yo intentaba sentir la calma mientras me ponía mascarilla de miel y karité y dejaba caer el agua ardiendo sobre mis hombros maltratados, y ellas hablaban a gritos de una esquina a otra de un tal Óscar que no les comentaba en el Tuenti. Cuando entramos al vestuario seguían con la historia de Óscar, y entonces una de ellas dijo que había una canción que le recordaba un montón a él. Sacó su smartphone con funda rosa y puso a toda pastilla a Álex Ubago, más concretamente "Me muero por conocerte".

La ostia, gente. Eso es de cuando yo tenía dieciséis, es decir: de hace diez añazos. Para estas chavalas será hasta antiguo, como cuando yo a su edad escuchaba Sergio Dalma. El primer disco de Álex Ubago me recuerda a cuando representé Jesucristo Superstar en el colegio y estaba superenamorada de mi amigo José Luis, que hacía de Pilatos y pasaba de mí. Se enrolló con otra chica de la obra, Alejandra, una preciosidad de ojos verdes y pelo rizado, y yo suspiraba mirando a las estrellas mientras ellos se daban el lote en el jardín de su casa. Luego él la dejo de forma dramática y ella empezó a odiarme porque pensaba que había sido mi culpa; como si yo pudiera hacer algo para influir en la testaruda cabeza de mi amigo José Luis.

Así que pienso en Álex Ubago y lo que recuerdo es a mí y a José Luis en el jardín de su urbanización, sentados juntos en un banco una noche de verano. Habíamos montado algún tipo de fiesta con la gente del teatro en la pérgola comunitaria y nos escabullimos con un porro y un par de vasos de calimocho a charlar de literatura y viajes, de un futuro próximo en el que él se iría a estudiar a Madrid y yo me quedaría terminando el bachillerato y añorándole en silencio.

Entonces empieza a sonar Álex Ubago a lo lejos, más concretamente "Me muero por conocerte", y yo le digo:
- Esta canción me recuerda a ti, no sé por qué -. Aunque claro que sé por qué: porque la canción describe exactamente lo que yo siento, cómo quiero saber lo que él piensa, cómo me muero por quererle y darle todo el amor de mi corazón exagerado.

Él me mira con intensidad, sonríe bajo sus rizos y sus gafillas de intelectual aficionado y contesta:
- A mí Álex Ubago me recuerda a Alejandra.

La segunda peor frase que me ha dicho un tío. Ya os contaré la primera en un post que me quede menos largo y disperso que éste.

Ahora tengo veintiséis años, estoy en el vestuario de una piscina en Cádiz y sólo me doy cuenta a ratos de lo lejísimos que me queda la adolescencia. No ya la edad, que no es más que un número, sino ese morir de amor y desesperación silenciosa, y escuchar a Álex Ubago, y aguantar como una capulla el tirón en los bancos de un parque mientras piensas que, si lo deseas con la suficiente intensidad, el chico que tienes al lado girará la cabeza y te verá de verdad de una vez por todas.

Las nadadoras ponen la misma canción en bucle y la cantan a gritos. Se hacen fotos con el móvil y luego dicen "sácame otra, que se me ve mucha barriga", sin saber que nunca tendrán tan poca barriga como ahora. Mientras yo me peino despacio y me echo crema en los codos, ellas salen por el pasillo en dirección a los secadores, con el móvil todavía sonando, pisando fuerte con sus gemelos de atleta. Yo canto bajito, porque me sé la canción entera, y recuerdo aquellos días dulces de teatro, amores platónicos, canciones ñoñas y barbacoas en la pérgola. Mola la adolescencia y esa turbia intensidad siempre inconclusa.

Y después de este bonito momento interpersonal, patrocinado por Nabaiji (la marca de natación del Decathlon), esta niña se va a dormir para ver si el viernes llega antes.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Relax (take it easy)

Esta mañana el terapeuta ocupacional del centro donde trabajo me ha invitado a hacer relajación con él y con una paciente. Es un tipo un poco extraño que colecciona smileys y está especializado en risoterapia. A mí tanta risa así por huevos no me inspira confianza; me resulta un poco agresiva. No en vano reírse es enseñar los dientes.

En cualquier caso, me apetecía relajarme esta mañana. Hace un par de días que empecé a meditar de nuevo, en la típica disyuntiva de o medito o me vuelvo loca, y cada vez que lo retomo después de un tiempo sin sentarme paso unos días terribles, con las emociones a flor de piel. Es como si abriera una presa invisible y tuviera que aguantar el violento empuje del agua antes de que pueda volver a su cauce.

La paciente me ha explicado que lleva dos años viniendo a relajación y que le está siendo muy útil. "Ya sólo me tomo el valium cuando no puedo más", comenta antes de empezar. La sala es grande, está cubierta de parqué y huele a incienso. Suena una de esas musiquillas cutres de flauta y campanitas tipo Natura y las persianas están bajadas. La paciente se tumba en la camilla y yo coloco dos aislantes en el suelo. Me quito las sandalias, el reloj y los pendientes, me tumbo boca arriba y me tapo con una mantita ligera, porque sé que en breve el aire acondicionado empezará a molestarme.

El risoterapeuta habla de sentir el cuerpo y decirse a uno mismo "estoy bien, estoy en calma, estoy tranquila". Las instrucciones son un poco batiburrillo entre relajación, meditación y visualización, pero procuro no juzgar y hacer lo que me dice. Yo visualizo fatal. Me hago un lío con las perspectivas. Por ejemplo, si estoy tumbada y visualizo un campo, ¿el campo tiene que estar horizontal al suelo o paralelo a mi cara? No sé si me explico. Parece una duda estúpida, pero a mí me perturba.

Más que relajarme, me abandono a no hacer nada. Es agradable, en el sentido de que mientras estoy ahí tumbada y el risoterapeuta sonriente enuncia las instrucciones con voz grave, me siento cuidada de una forma colateral. Cuando te acostumbras a estar en el otro lado (el lado que escucha, el lado que dice las instrucciones, el lado que asiente y comprende y empatiza), es raro cambiar de frente y que alguien intente hacerte sentir bien a ti.

Vivimos en un mundo en el que la gente pasa de la gente, eso está claro. A mí en general no me cuida nadie. Me cuido yo bastante bien, las cosas como son, que hacia mí misma soy una mezcla entre autoindulgente y hedonista, pero nadie más. Me acuerdo de cuando estuvo MQEN visitándome hace un tiempo. Yo tenía que descargar un programa para uno de los módulos que tenemos que hacer en la residencia y no era capaz de encontrarlo. Estaba cansada y quería dormir la siesta. MQEN me dijo que podía dormir mientras él lo buscaba, y esa sensación de alguien haciéndose cargo me resultó extraordinaria. No estoy acostumbrada a eso últimamente. Yo reconozco que voy por la vida como si no me hiciera falta nadie y tal, pero hoy, mientras intentaba visualizar un prado horizontal a mi cara tumbada en los aislantes, me ha dado miedo de que ese cuidado indirecto y ridículo me hiciera llorar.

Esta noche estoy triste y dolorida. A veces una hace lo que puede: medita, nada, charla con amigos y escribe, y aun así se siente el corazón como debajo de una apisonadora. Menos mal que es pasajero y menos mal que sé que el agua correrá tranquila si le doy el tiempo suficiente para que lo haga. Pero por hoy es mejor dormir, así que buenas noches.

martes, 27 de septiembre de 2011

Formspring, o en mi curro me aburro

Lectores de mi amor:

He estado dudando un tiempo sobre si hacer esto o no, porque a veces me parece que lo único que me gusta de la web 2.0 es bloguear. Como twittera no sirvo, al menos hasta que consiga centrar mi atención dispersa y/o me compre un iPhone. Como facebookera sí que he eclosionado a tope, pero no todos me tenéis en Facebook. El Formspring me parece como un canto al ego en do menor, pero yo qué sé. Me apetece escribir y tengo un montón de tiempo libre en el trabajo, así que... ¡preguntadme cosas!

Edito para aclarar que el Formspring consiste en enviar preguntas y que el autor en sí te las responda. Las preguntas pueden ser anónimas y sólo las veo yo hasta que decido publicarlas. Podéis preguntar sobre lo que queráis y ya veré yo lo que contesto. Es una manera bonita de establecer contacto. Vamos a probarlo y a ver qué tal.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Friki blog de escalada

Pues eso, que he abierto un friki blog de escalada. En realidad es más para mí que otra cosa, como un álbum de recuerdos escaladores, y no sé si le interesará a quien no le mole ese tema. Pero para aquellos que sois superfans y tal, pues os dejo la dirección por si le queréis echar un ojo.

No hay mañana, escalada novata extrema. Hu ha, gente.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La inocuidad sentimental

Voy a dejar de numerar los post, porque me estoy fumando algunos días y esto es un cachondeo. Pero seguiré escribiendo todos los días, que conste.

Hoy he llegado de Grazalema a eso de las nueve. He pasado un finde muy, muy bueno. De estos que son tan buenos que mejor no escribes mucho sobre ellos porque va a parecer que quieres fardar ante el mundo de que tu vida es guay y, en realidad, vosotros mejor que nadie sabéis que mi vida tiene sus más y sus menos.

La cosa es que cuando he soltado la mochila y me he dado una ducha tipo lavado prequirúrgico, me he acordado de que justo antes de irme a escalar bajé el primer capítulo de la nueva temporada de Anatomía de Grey. La felicidad me ha inundado de golpe. Lo peor del verano es el parón de las series, pero se compensa en otoño, cuando los nuevos capítulos que van apareciendo en seriesyonkis maquillan tu depresión estacional.

Grey suele salir el jueves por la noche, así que el año pasado me bajaba el capítulo el sábado por la mañana, me hacía un súper desayuno de paleocrepes y me lo veía más a gusto que un arbusto. Me requeteencanta esa serie por varios factores. El primero es que hay una cantidad de tíos buenos indecente, que encima va aumentando en cada temporada. Yo soy de las que piensa: si hay actores guapos, para qué los vas a poner feos. Además, los personajes pereza se han marchado y el argumento no deja de mejorar.

Pero el año pasado, cuando estaba aquí en Cádiz un poco sola y un poco desubicada de la vida, me daba la impresión de que la verdadera razón por la que veía Grey era por la intensidad. Cuando uno observa a otros personajes vivir en el drama como si no hubiera un mañana, tus neuronas espejo se lo curran de tal manera que te parece que la que lo está viviendo eres tú. Tú te enamoras, salvas vidas, amputas piernas en momentos críticos y estás ahí observando la vida, la muerte, el surgir del amor y los corazones rotos, oh-ah-uh. Con la diferencia de que, en realidad, tú estás tirada en tu sofá chaiselonguero comiendo paleocrepes y sintiéndote segura.

Durante los últimos años he pasado bastante tiempo creyendo que era una loca peligrosa en lo que se refería a las cuestiones sentimentales. La lié tanto y de formas tan diversas que pensaba que era una bomba de relojería oculta bajo un montón de pelo rubio. Así que creo que una parte de mí creía que si experimentaba las emociones así, a salvo bajo mi mantita, no sólo yo estaría segura, sino que también los demás lo estarían. Quería ser inocua y no quería sufrir, y me encantaba mi ración de tíos buenos y sentimientos precocinados de los sábados por la mañana.

Han pasado cuatro meses desde la última vez que vi Grey. De hecho, había partes del argumento que ni recordaba. El de hoy ha sido un capitulazo doble maravilloso, con un mega accidente y mogollón de muertos, drama, sangre, peleas, rupturas, reconciliaciones y de todo. Yo estaba cansada y un poco dolorida, que el recuento de lesiones post escalada de este finde está siendo abundante. Y mientras escogía un esmalte de uñas para reemplazar el que llevaba, y que estaba hecho polvo de arañar roca, he pensado en la de cosas que han cambiado desde el último capítulo de la última temporada. Ha cambiado que no es por la mañana y no estoy sola en casa viendo paleocrepes; es domingo por la noche y he tenido uno de esos findes de tobillos sucios que significan vida feliz.

Además han cambiado dos cosas. La primera es que me he sentido lo suficientemente fuerte como para salir al mundo a vivir emociones de verdad. A que no sean las neuronas espejo las que actúen, sino las otras: los órganos de los sentidos comunicando con el la amígdala, los neurotransmisores dándose una fiesta de dopamina en mi núcleo accumbens y el prefrontal intentando controlar el cotarro sin mucho éxito. Eso tiene sus más y sus menos, porque una no puede cerrar el quicktime player de la vida y volver a sus cosas como si nada, pero es más interesante, y además los tíos buenos son de verdad y los puedes tocar, y eso mola.

La segunda es que ya no me siento como una bomba de relojería. Sé que tengo repercusión en la vida de otra gente, y que al final no tengo más remedio que influir en los sentimientos ajenos. Pero también siento que estoy haciendo lo posible por ser inocua y conservar la buena intención, y que lo estoy consiguiendo bastante bien. Y eso me hace feliz.

Ah, y para quien tenga curiosidad, toca semana de uñas rojas. No tengo claro lo que significa, pero ahí está.

Feliz lunes, queridos lectores. Y gracias. Vosotros sabéis a lo que me refiero.

sábado, 24 de septiembre de 2011

55. El post que nunca estuvo allí

Llevo varios días en los que me está costando bastante escribir. Es el típico caso del elefante en la habitación. Hay un elefante en la habitación de mi mente ocupando todo el espacio, y mientras me empeño en ignorar que existe no puedo ver el resto del mobiliario.

Así que vamos a aprovechar que el elefante en sí está haciendo surf en nosedonde y en teoría no va a mirar este blog hasta el lunes y vamos a explayarnos un poco. Tampoco mucho, porque ya os dije una vez que la primera regla de oro para un bloguero es que si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas, punto. Así que elefante: si lees esto, que sepas que en realidad no me importa tanto como para no escribirlo.

Supongo que lo peor de este asunto es el blog. Una vez que ya has decidido poner punto final a algo, una vez que has eliminado móviles, facebooks y fotos, una vez que quieres salir de la vida de alguien y que ese alguien salga de la tuya, ¿qué haces cuando tienes un blog en el que cuentas tus intimidades y que en principio ve todo el mundo? Cuando llegué a la conclusión de que mi amigo A., el que no me habla, no iba a hablarme ya nunca jamás, le pedí que dejara de leerme. No sé si lo hizo, pero a mí la idea me tranquilizaba. Si no lo hizo: hola, A. Llevas casi dos años sin hablarme, así que deja de leer mi blog; no te lo mereces.

La cosa es que es una mierda. Si algo me saca de quicio es la falta de información. Y estar ofreciendo mi información, mi vida, a quien ya me ha dejado claro que no la quiere, me pone de mala ostia. En el sentido de que bueno, está guay leerme, ¿no? Es como la parte buena siempre. La parte corregida y pulida, la parte optimista pero fuerte y divertida y a la vez siempre bajo control de mí. La parte creativa y loca, pero loca en plan guay, rollo entrañable. Luego está la yo real, que supongo que no es ni de lejos tan guay, o quizá también es guay pero tiene sus historias. Es desordenada, tiene pesadillas y chirría los dientes cuando duerme. Cuando la yo real no interesa pero la yo literaria sí, es como si se abriera en mí una falla de incomprensión, un crack en mi cerebro de yo esto no lo entiendo, por qué una cosa sí y otra no, cuando en realidad sé perfectamente que mi escritura y yo no somos la misma cosa. Lo que pasa es que mi escritura no tiene contras, no exige nada, sólo está ahí para quien quiera disfrutarla y punto.

Y aun así, me jode. Me jode seguir dando cuando sé que no voy a recibir. Me entran ganas de ponerle contraseña al puto blog, aunque sea unas semanas, hasta que se me pase este cabreo y estas ganas de no escribir nada más nunca porque qué queréis que os diga: a veces se harta una de ir por la vida con el corazón en las manos. A veces echo de menos darle un poco más de uso a mi caja torácica. Pero no quiero ponerle contraseña, me parece un rollo. Quiero que esto esté abierto porque es como ha estado siempre y es la forma en que me gusta escribir y vivir. Me gusta que luego venga Elsa y me diga que el otro día escuchó a una amiga de su madre utilizar la expresión "flequillo venganza". Me parece super guay, no sólo por el masajito en el ego, sino porque es curioso y divertido que tus miserias se extiendan por ahí y diviertan y conmuevan a los demás.

Así que ésa es la disyuntiva. O sigues dando indiscriminadamente, en cuyo caso sientes que se te está quitando el derecho a una intimidad que en realidad no tienes, porque a ver, Marina, corazón, por eso escribes un blog y no un diario, seamos serios... o das un poco menos, y en ese caso lo que se te está quitando es el derecho a la apertura y a crear unos lazos que también te pertenecen. Odio muchas cosas, pero sobre todo odio sentir que no puedo ser como soy o escribir como quiero. Sentir que soy demasiado intensa, que doy demasiado, que escribo post muy largos y doy abrazos muy fuertes y me pego demasiado al otro mientras duerme. Que me despierto demasiado contenta y como demasiado chocolate y doy demasiados besos con lengua en momentos inapropiados.

Estoy desvariando. He tenido una tarde de mierda. Se me han saltado las lágrimas en la ferretería escuchando a Lady Gaga, tócate los huevos. Menos mal que después he ido a nadar, y casi me ahogo haciendo sprints de 50 metros con una sensación superdesagradable de no querer más que morirme. Pero al final no me he muerto, he entrado en calor, y al salir me dolía el cuerpo un poco más y el corazón un poco menos. Hoy estoy pesimista, de verdad. Hoy pienso que hay un abismo gigante entre los corazones y pienso que sí que hay razones para tener miedo. Que la próxima vez me lo voy a pensar más antes de todo: antes de escribir, de coger el teléfono, de coger un avión o de bajarme los pantalones, porque para acabar como hoy, escribiendo mierda autocompasiva, lloriqueando en el sofá chaiselonguero y pensando que lo prefiero todo antes que este vacío, y que para mí, que vivo entre palabras y me entiendo con ellas, el silencio me parece una ofensa tan grande, tan grande que querría gritar y arrancarte los ojos y partirte las piernas sólo para que te dieras cuenta de lo mucho que me duele.

Este post se autodestruirá el domingo por la noche. Hasta entonces podéis comentar con solidaridad y tal. Os lo agradeceré. No sé si releer el post o colgarlo del tirón. Me voy a dormir y mañana a escalar a Grazalema, así que no creo que publique nada más hasta el domingo por la noche. Me siento mejor, de una forma rara y seguramente transitoria.

Resumiendo: buenas noches.

jueves, 22 de septiembre de 2011

54. El otoño ya llegó

Se ha terminado el verano. Curiosamente, ya he pasado en Cádiz la mitad de mis veranos como PIR. Se han ido dos y me quedan dos. Por una parte me da penita que se termine este verano, porque ha sido lindo. Mucha escalada, mucha playita, poco trabajo y hasta una dosis inesperada de amor y sucedáneos. Por otra, me apetece descansar un poco de toda esta emoción triposa que me ha invadido de un tiempo a esta parte y que empiecen el otoño y la rutina tranquila del curso.

Ahora que trabajo me cuesta cogerle el ritmo a las estaciones. Los años de residencia empiezan a contar a partir de mayo, que es una fecha rarísima. A veces no me acuerdo bien de la época del año en la que estoy y me tengo que plantear por unos segundos si el verano ya ha llegado o cómo de cerca queda la navidad. Es verdad que a medida que te haces mayor los años pasan cada vez más rápido, pero ni me importa ya. Qué más da la edad, qué más dan las marcas que le hace uno al calendario. Si estás en el presente no importa mucho la cantidad de tiempo que tengas detrás o delante.

Tengo propósitos de otoño. El primero es que este año voy a participar en el Nanowrimo. Resumo en una frase y el resto lo miráis en el enlace, ¿vale?: se trata de escribir una novela de 50000 palabras a lo largo de noviembre. Creo que alguna lectora por aquí es nanowrimera (¿Aldery? ¿Coseta?), así que agradecería consejos y sugerencias durante el mes y pico que me queda. La idea me tiene entre divertida y acojonada, porque o no soy capaz de terminar o lo hago y me vuelvo loca, dejo el PIR y me dedico a escribir tirada debajo de un puente, lo que veo inviable porque yo escribo a ordenador y a ver dónde enchufo yo el Mac si me hago transeúnte.

Más proyectos. Seguir escalando. Este verano ha sido mágico en ese sentido. Era como si el universo estuviera a favor de que yo trepara, verídico. La gente que conocía escalaba, todo cuadraba para poder escalar y hasta mi sucedáneo de amor trepaba estupendamente. No sé si la racha de viento trepador seguirá flotando a mi favor, pero tengo claro que quiero comprometerme con este deporte y ver hasta dónde me lleva. Eso mola, porque cuando me haya hecho una chiflada del escalar y vaya por ahí con mi furgo, podré escribir otra entrega de "Por eso me quedé soltera" que se titulará "Pues me quedé soltera porque no hay tíos que escalen, mediten, lean, sean guapos, listos, alegres, dulces, crean en el amor y la tengan grande". Será un gran post.

Otro proyecto... ¿la artesanía? Quizá vuelva a pintar camisetas o a fabricar bisutería con Fimo. Una amiga pone un puesto en el rastro de Vejer una vez al mes y yo ahora tengo mucho tiempo libre. ¿Psicóloga de día, escaladora los findes, perriflauta una vez al mes? ¿Psicoescaliflauta? ¿Escapsicoperra?

Ey, y no olvidemos la Iluminación. Es mortalmente necesario que medite más a menudo. Me encuentro bastante bien, gracias a que el deporte me mantiene tranquila, escribir me mantiene cuerda y la luz de Cádiz me tiene el eje hipotalámo-hipofisiario más feliz que una perdiz. Peeero es verdad que no hay nada como la paz que te da meditar a diario. Entonces es como que todo te da igual, porque tú tienes paz interior y lo demás te la pela. Todo te fascina, la gente te cae bien, te da lo mismo ir que venir y puedes ver el devenir de las cosas en una perspectiva kármica. Es genial, en serio; es una pena que dé tanta pereza sentarse. Pero en estas últimas semanas estoy retomándolo muy poco a poco, y creo que ahora que se va el calor voy a empezar a coger otra vez el ritmo.

Me gustan todos mis proyectos y me gusta el otoño en Cádiz. Baja el calor, se van los turistas, la gente se relaja, cambian la hora y el centro se pone precioso, con las luces de los comercios todavía encendidas cuando se hace de noche. Me apetece comer castañas, ponerme chaquetas y botas, dormir debajo del nórdico y cocinar sopa. Quien inventara lo de las estaciones mola, porque no te aburres.

Y después de esta chorrada de post, que lo he escrito sin ninguna convicción y con unas ganas de irme a dormir que me muero, os deseo buenas noches, un feliz otoño y un bonito viernes.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

53. Gema y la lealtad

Reflexiono mucho sobre la función que cumple un psicólogo. Ya os he dicho muchas veces que es una profesión súper extraña: eso de estar ahí diciéndole a la gente cómo vivir la vida. Además, cada paciente es un mundo. A unos les enseñas técnicas y consejitos prácticos y con otros te limitas a escuchar. Con muchos lo importante es la relación que estableces: no tanto lo que le dices como el vínculo que se forma, el hueco que llegas a ocupar en su vida.

Y hoy os voy a contar un ejemplo bonito de eso: el caso de mi paciente antifavorita, a la que vamos a llamar por ejemplo Gema. Igual que os hablaba ayer del cariñito que le cogí a P., que es amor con ansiedad, Gema me aberraba desde el primer momento que entró en la consulta. Era quejica, me llevaba la contraria y se empeñaba en empeorar. Cada vez que veía su nombre en la lista de pacientes del día me amargaba la mañana.

Resumiendo el caso: a Gema no le gustaba su curro y se había dado de baja por ansiedad. Si se le quitaba la ansiedad, tendría que volver al curro y no quería. Ergo, la ansiedad no se le iba a quitar en la vida. Sin embargo, venía a la consulta a pedirme que yo se la quitara, colocándome en lo que llamaremos "El doble vínculo de quiero seguir de baja para siempre y a la vez encontrarme bien, arréglalo", y que es muy común en la sanidad pública.

A medida que pasaba el tiempo, el asunto se complicaba. Gema iba desarrollando síntomas nuevos y terribles, como despersonalizarse mientras cuidaba a los niños en el parque, tener mini desmayos conduciendo el coche o sufrir violentos ataques de pánico cuando la inspección médica le obligó a volver a trabajar. Además, me pedía una media de siete informes al mes. También la veía psiquiatría, y por supuesto ningún fármaco le hacía efecto: el prozac le daba sueño, los tranquilizantes se lo quitaban y le aparecían toooodos los efectos secundarios de toooodos los prospectos.

Después de seis meses de tratamiento infructuoso, yo me dedicaba a sentarme frente a Gema con la barbilla apoyada en la mano, a asentir con cara de comprensión y a intentar meter baza en el relato de sus desdichas con sugerencias que ella inmediatamente contradecía. Yo no tenía claro para qué le servía venir a la consulta, pero sabía que iba a seguir en tratamiento forever, por el tema de la baja y porque entre medias de todo esto se le había ocurrido llevar a juicio a su empresa, al SAS, al INSS y a todo quisqui por reincorporarla y posteriormente despedirla. Y claro, para el juicio necesitaba estar en tratamiento psicológico y necesitaba (más) informes.

Cuando yo pensaba que Gema no me podía dar más motivos para odiarla a muerte, va y me trae una carta del juzgado donde se me convoca como perito de la acusación para el juicio que había emprendido contra medio Cádiz. Marronazo del quince. Yo nunca había estado en un juicio y me daba miedito, y además tampoco tenía claro si declarar contra mi empresa (el SAS) era ético o beneficioso para mí. Lo consulté con mi jefe y me dijo que yo podía negarme por incompatibilidad de intereses, pero que hiciera lo que quisiera. Entonces Gema me miró con sus ojos claros que siempre estaban mustios y me dijo:
- Si tú no vienes, el juicio no servirá de nada y no podré reclamar.

Así que me dio lástima. Pensé que a mí qué más me daba ir que no ir. Y fui al juicio. Para colmo, Gema me regañó por estar allí con menos de diez minutos de antelación, a pesar de que tuvimos que esperar como tres horas a que nos hicieran pasar. Como experiencia fue curiosa. Al final lo único que tuve que hacer fue ratificar los dos mil millones de informes que le había hecho a Gema y declarar un par de cosas. Gracias a mis visionados de Ally McBeal y mi aplomo natural, creo que no se dio mal la cosa. Una vez pasado el trago, Gema me medio agradeció el gesto, en medio de sus ansiedades y despersonalizaciones, y la cosa quedó ahí.

Dejé de currar el el Equipo del Averno, derivé a Gema a otra psicóloga y me quedé más a gusto que un arbusto.

Y si habéis tenido la paciencia de llegar hasta aquí, tranquilos, que la parte bonita llega en breve.

De los ciento cincuenta pacientes que me comí en el año que me explotaron como a una esclava trabajé en el Equipo, Gema fue la que me dejó peor sabor de boca. Me caía muy, muy mal y me sentía inútil. La vi como veinte veces, le escribí miles de informes, supervisé el caso con mi tutora, se lo comenté a mis compañeros. Intenté todas las estrategias que se me ocurrieron, lo hablé con la psiquiatra que llevaba el caso y le mandé metta mientras meditaba. Nada. Cero. Niente.

Dos meses después de cambiar de rotación, cuando estaba en el centro de salud y volvía de tomar café, me encontré a la madre de Gema en la calle. Al principio no me vio y pensé en hacerme la loca, pero estaba intrigada por saber qué había pasado con el juicio, así que me acerqué y la saludé. Charlé con ella un rato y resultó que estaba esperando a Gema, que había entrado en el centro de salud a pedirle nosequé a su médico (apuesto mi cabeza a que era un informe).

En cuanto la vi salir, supe que estaba mejor. Caminaba erguida, estaba más llenita y parecía casi despreocupada. Y cuando me vio, oh maravilla, sonrió encantada y siniestra como Miércoles Adams en la segunda peli. De verdad que sólo había visto sonreír a Gema una vez, cuando le felicité la Navidad, y me dieron casi escalofríos.

Resulta que el juicio había ido mal. Aún no sabía el resultado, pero seguramente iba a perder y nadie le compensaría que la hubieran echado del trabajo, según ella injustamente. Y aun así, estaba contenta y decía encontrarse mejor y estar saliendo adelante. Entonces me miró y me dijo algo que no se me olvidará nunca.
- ¿Sabes lo que marcó el punto de inflexión, Marina?
- Sorpréndeme (casi seguro que no contesté esto, pero lo pensé).
- Cuando viniste al juicio. No sabes lo que significó que alguien hiciera eso por mí. Cuando te pusiste ahí de pie y dijiste que yo realmente estaba mal, que decía la verdad y que me había pasado todo lo que ponías en los informes, sentí que alguien estaba dispuesto a apostar por mí. Significó mucho para mí, de verdad, y te lo agradezco.

Y me dio un abrazo enorme que yo le devolví, porque en el fondo hasta a los pacientes coñazo les coges cariño, aunque sólo sea por el efecto de la mera exposición.

Así que al final me quedó un bonito recuerdo de Gema. No tengo claro cuál es la moraleja de esta historia. Creo que aprendí que la lealtad es importante y puede ser por sí misma terapéutica. Y también que no hay que sobrevalorar, pero tampoco infravalorar, el papel que ocupas en la vida de la gente. Me alegré de verdad de verla mejor y me sentí orgullosa, de mí y de ella. Y la vida siguió, y ahora echo mucho de menos tener pacientes propios y por eso os cuento estas historias, y además acoso a mis expacientes cuando me los encuentro por la calle... pero ésa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

martes, 20 de septiembre de 2011

52. Maneras de arreglar un corazón

Como tengo el corazón roto y tal, hoy me he echado una siesta doble, como los whiskys, y después me he sentado en el sofá chaiselonguero y me he dicho: Marinita, Marinita, ¿qué quieres hacer esta tarde? Algo bonito y agradable, que te lo mereces. Al factor bonito y agradable había que sumarle varios condicionantes. El primero es que soy pobre como las ratas, desde que el bodorrio de mi primo me desequilibró el presupuesto del trimestre. El segundo es que hoy ha hecho un levante horrible y no apetecía irse a pasear junto al mar pensando en tirarse por el malecón con piedras en los bolsillos. El tercero es que estoy a dieta baja en carbohidratos, con el doble objetivo de perder los kilos de vacaciones y acabar con el acné del Averno. El cuarto es que me duele el codo.

Total, que no podía ni pasear a lo melancólico, ni atracarme a helado de chocolate, ni nadar, ni darme masajes, ni hacerme la pedicura, ni comerme un muffin de chocolate, ni comprarme unos zapatos preciosos, ni matarme en el roco hasta que se me olvidara la vida, ni nada que se pareciera remotamente a un consuelo para el alma.

Como tenía cita en el centro de salud para que me curaran la quemadura de la pierna, he ido tirando para allá mientras se me ocurría algo. Está guay que te curen, es como que te cuidan y además es gratis, aunque no es tan agradable como los masajes. De hecho, la enfermera me raspa la herida y dice que es mejor que sangre, y encima yo luego en mi casa me quito la venda y me pongo otra pomada que me ha recomendado mi padre porque no me fío de ella. Pero quitando que soy una absurda y que duele, tiene su punto.

Después de la cura, cinco de la tarde, levante del Averno, corazón roto, he hecho lo que hago cuando estoy perdida y no sé dónde meter mi maltrecho cuerpo: me he ido al Corte Inglés. El Corte Inglés me pone de buen humor. No sé por qué, no me pasa en otras tiendas. Creo que es la variedad, poder ir de un sector a otro y vagabundear mirando objetos bonitos de todas las clases y colores. Ni siquiera me hace falta comprar para que me buenrolle.

Primero he estado en la sección de deportes, calibrando si ya tengo los suficientes abdominales como para poder ir por la vida en sujetador Nike (la respuesta es no). Me he encontrado a la madre de una paciente que me ha dicho que su niña está fatal y que lo arregle. Le he dicho que vea la Supernanny, porque yo ya no curro en ese equipo del Averno (mentira, soy patológicamente amable, le he dicho que fijaríamos una cita de despedida y lo arreglaría).

Después, por supuesto, libros. Oh, los libros. Ya he dicho alguna vez que de mi padre sólo me fío en dos cosas: sus recetas y su gusto literario. Me había recomendado "Que empiece la fiesta", de Niccolo Amaniti, un libro en el que no me habría fijado si no fuera de Anagrama. Así que me he empezado a leer el primer capítulo apoyada en una columna. Y cuando me he encontrado (cinco de la tarde, corazón roto, la mayor dosis de cariño de hoy me la ha dado una enfermera, etc. etc.) descojonándome de risa mientras el dependiente me miraba, me he dicho: este libro ha de ser mío. Y me he gastado veinte euros en un libro, siendo como soy pobre como las ratas, tócate los pies.

He pasado de mirar zapatos, y mira que me gustan los zapatos de invierno. Esa obscena variedad: botas altas y bajas, con y sin tacón, con y sin cordones, manoletinas, zapatos con hebillas con o sin tacón, de piel, de ante, de charol, y ya paro que me estoy poniendo nerviosa. Pero es que no pega mirar zapatos de invierno con este calor. Así que me he ido directamente a la tienda del Gourmet a comprar chocolate exótico. Libros y chocolate, que Dios me perdone: ya he dicho que tengo el corazón roto. He dudado un rato entre naranja y fresa con pimienta, y al final me he llevado el de fresa por variar. He caminado entre las estanterías, acariciando las tarrinas de foie y los paquetes de setas desecadas. Luego me he tomado un descafeinado y unas cuantas pastillas de chocolate con fresa y pimienta, que no está mal, por cierto, pero el de naranja sigue siendo un caballo ganador.

Cuando ya me iba me he acordado de P., que es una ex paciente que trabaja allí. Siempre que voy me acuerdo de ella, pero estaba de baja maternal y nunca la encontraba. Hoy he tenido la inspiración de que se había incorporado ya, así que me he ido a buscarla a su sección. Y ahí estaba, toda guapetona post parto. P. es una de las pacientes a las que tengo más cariño. Tiene unas ansiedades de la muerte y hubo que quitarle todas las pastillas porque se quedó embarazada. Así que fue una especie de intervención en crisis, un bonito reto terapéutico, porque no le quedaban más narices que enfrentarse a la vida sin química. Recuerdo consultas al límite, con ella respirando en una bolsa de papel y yo diciéndole "¡Piensa en tu hijo, P.! ¡Piensa en él!".

La saludo superentusiasmada desde lejos, y ella me mira raro y cuando me reconoce también se superentusiasma. Nos abrazamos. Habrá quien se pregunte qué tipo de vínculo establece realmente un psicólogo con sus pacientes. Pues yo a la mayoría termino por quererlos, pero yo me encariño con una escarola, así que no sé si es lo más común. Charlamos, me cuenta que tuvo un parto horroroso, me enseña fotos de su hijo. Me pregunta si voy a volver al equipo, porque ha intentado pedir cita conmigo y no puede. Le explico que ya no trabajo en ese equipo del Averno, pero que si alguna vez me veo obligada a volver será la primera en enterarse.

"Que me acuerdo mucho de ti, Marina. Que no sabes lo que me has ayudado", me dice. "De vez en cuando me encuentro tus papeles por ahí y los releo. Tú no sabes la influencia que ejercéis en la vida de la gente, en serio. Y ya la ansiedad no me paraliza. Sigue ahí, pero no me paraliza, no me da la gana". Nos hemos abrazado tres veces, así que la enfermera ha bajado un puesto en el ranking de personas que me han dado cariño hoy.

Al final creo que el camarero me ha puesto el café con cafeína, así que perdonadme la verborrea. Acabo de ir en bici hasta Cortadura para ver si se me pasaba un poco, pero qué va. De todas formas ha sido un bonito paseo, escuchando Vetusta Morla, cantando cuando no había gente y observando las playas enormes y vacías de Cádiz. La fauna veraneante ya ha dado paso a la gente de aquí, y se nota la diferencia en cantidad y en una cierta intimidad tranquila de los habitantes de la ciudad reencontrándose con ella.

Total, lectores, que entre el chocolate, el libro, mi paciente y la bicicleta, pues ni tan mal. Sí que hay cierta continuidad extraña entre la tristeza y la alegría, Anónimo76. O a lo mejor soy yo y la ciclotimia poseyéndome; el caso es que ha sido una buena tarde, la de hoy.

Siempre hay tiritas, pequeños. Siempre hay tiritas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

51. Ser valiente no es sólo cuestión de suerte

Así que reúnes el valor y lo dices. Me bajo aquí. No quiero esto. No eres tú, soy yo, llámalo equis, pero la cuestión es que voy a pasar. Gracias por los momentos, eres estupendo, cuídate mucho. Que te vaya bien.

La sensación es una mezcla entre tener ganas de vomitar, haber cogido la gripe y que se te agarroten los dedos por las ganas de estrangular a alguien.

El momento llega y se va, como todos los momentos, y marca el principio del montón de horas de después. Del montón de horas que tendrán que pasar antes de que empieces a alegrarte de lo que acabas de hacer.

Y entonces cierras los ojos, vuelves a abrirlos y estás sola. Se te caen unas lágrimas rabiosas mientras te acaricias con suavidad el pelo de la nuca. Aguzas el oído, porque estás segura de que en algún lado vas a poder escucharlos. Los aplausos. Las enhorabuenas. Los vítores.

Pero sólo hay silencio, y el zumbido intermitente de la nevera.

Así que te dices que el valor es un gesto ético y estético. Que debe de haber cierta gloria de andar por casa en elegir la victoria a largo plazo.

Con eso te consuelas.

Y te vas a dormir. Qué otra cosa te queda.

domingo, 18 de septiembre de 2011

49. Guardia

Estoy en la sala de estar de los médicos con la psiquiatra y la residente de psiquiatría. Nos hemos tumbado cada una en un sofá y dividimos nuestra atención entre la tele, el whatsapp y el techo. Estar de guardia es extraño. De repente el mundo se reduce a las paredes del hospital y a las veinticuatro horas que tienes que pasar en él. Se te van cansando los ojos de la luz del fluorescente y te vas sintiendo cada vez más alejada del mundo.

No es tan terrible, pero tampoco parece fácil. Nos han llamado tres veces, en los tres casos por intentos autolíticos de distinta intensidad y naturaleza. Una se había zampado varias cajas de pastillas y llevaba desde ayer en observación adormilada en una camilla. Otra se había tomado cuatro benzos y tres chupitos de whisky. La otra tenía las piernas abrasadas de quemaduras de cigarros y había intentado tirarse por una ventana. Viva la salud mental.

No tengo muy claro por qué elegí este trabajo. Cuando pasas un rato rodeada de desgracias puedes sentirlo de forma física. El dolor se transmite a través del aire como las ondas de radio y te va poniendo mustia. Es delicado: puede afrontarse cuando estás bien y te sientes fuerte y generosa, pero si estás mal te sobrepasa. Cuando trabajaba en el equipo pasé mañanas de verdadero pánico en las que me preparaba el desayuno y me arrullaba en voz alta "tú puedes, Marina, puedes hacerlo, tranquila, puedes ir allí".

Hoy concretamente, como me siento feliz y fuerte como los limones, el contacto con los suicidas vocacionales despierta mis ganas de vivir. Sobre todo, me da perspectiva. No quiero crear más sufrimiento gratuito. No tengo por qué hacerlo. Para mí, que soy lista y con recursos, que tengo amigos y gente que me quiere, ser feliz es una obligación ética. Por eso a veces me da rabia ver que alguien se tortura por cosas poco importantes. Me dan ganas de traerles un ratito aquí y decirles: mira, esto es lo que hay, así vive la gente, así de desigualmente se baten en el duelo de la vida. Aprovecha lo que tienes, mira lo positivo, tira hacia delante, da cariño a los que tienes cerca. Déjate de miedos y de neurosis, abre tu corazón, perdona a los que te hirieron y aprende a escalar. Hazte cargo de tu felicidad. Espabila, cojones.

Pero en realidad no debe de ser tan fácil, ni siquiera para los que de verdad tenemos la botella medio llena. Es rara la vida. Es trabajosa. No sé por qué elegí esta profesión, cuando seguro que las hay más fáciles o, por lo menos, más alegres. No creo que tenga que ver con ser particularmente buena persona. Dicen que los que vivían cerca de las centrales nucleares se sentían menos inseguros frente a un posible riesgo de desastre nuclear. Tener cerca el peligro te hace pensar que puedes controlarlo. A lo mejor pienso que ver el sufrimiento todos los días me ayuda a mantener la perspectiva, o incluso que puede inmunizarme. Me siento sensata y dura mirando a los ojos de los suicidas.

No sé cómo acabar este post. No sé si es fácil o difícil salir del sufrimiento. No sé si querer trabajar con la pena ajena es noble o increíblemente patológico. En realidad estoy hoy aquí por no hacer tardes entre semana. No tengo especial interés por pasar un sábado oyendo historias de gente que quiere morirse. Preferiría estar escalando o teniendo sexo. Y tampoco sé por qué elegí este trabajo. A lo mejor me gusta, a lo mejor pienso que tengo lo suficiente como para empezar a dar. A lo mejor alguien tiene que hacerlo.

Ahora mis compañeras se han ido, la sala está en silencio y la combinación de fluorescentes, linóleo y sofás de polipiel es un poco deprimente. Pienso en los hospitales, tan llenos de pena y ruido. Mi alrededor está lleno de enfermos y muertos, y yo aguanto aquí con una conexión a Internet y una fe inquebrantable en el proceso de la vida.

Me voy ya a dormir, que me estoy poniendo mística. Os quiero y os agradezco los ánimos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

48. Preguardia

Mañana tengo mi primera guardia, chispas. Resulta que después de dar mucho por saco, los pires hemos conseguido hacer guardias presenciales de 24 horas con los psiquiatras. Es bueno porque nos va a permitir hacer menos tardes a la semana y vamos a cobrar más, pero en estos momentos existenciales tengo un poco de miedito. Me produce claustrofobia encerrarme 24 horas en un hospital.

También está la angustia ante lo desconocido. Cuando eres PIR te enfrentas a lo desconocido con una frecuencia inhumana. Cada tres o cuatro meses cambias de rotación y tienes que empezar en un sitio nuevo, con compañeros nuevos y una forma distinta de trabajar. Que está guay porque te vuelves adaptable como un ornitorrinco y porque no te aburres, pero al principio es duro.

Llevo desde el lunes trabajando en drogas. Así a priori no me atraía mucho la idea, pero después de unos días estoy fascinada. También hay que decir que igual que me encariño con un apio, puedo fascinarme con una piedra. Pero en serio, las adicciones son estremecedoras. Tienes la impresión de ver a la persona luchando con algo intenso y ajeno como un dragón. Te das cuenta de cómo la sustancia (o el juego, o lo que sea) se introduce en la vida de la persona y la ocupa por completo, como un amor destructivo y feroz de estos que te dejan sin fuerza para nada más.

Hoy no tengo ganas de escribir más. Ya sé que ayer estaba tope de entusiasmo por la escritura y tal, pero hoy estoy cansada y preocupada por mañana, y quiero dormir para no pasarme el día como una zombi. Creo que me irá bien, en realidad. Seguro que es interesante, porque interesante es todo, y además tengo la guardia con Pilar, una psiquiatra encantadora que chorrea compasión hacia sus pacientes. Y el domingo escalo. Y el lunes también. Así que bueno, no puedo quejarme.

Aun así, deseadme suerte, ¿vale? Una guardia tranquilita y dormir sin sobresaltos. Poder echarme la siesta y que la cama no sea completamente mierdosa. Que nadie quiera matarse ni morirse. Con eso me conformo.

jueves, 15 de septiembre de 2011

47. Caramelitos



Este post se lo quiero dedicar al señor K. El señor K. es un melenudo adorable y depresivo que escribe como los ángeles. Tiene una gramática seductora, un verbo incisivo y un sentido del humor de alto nivel. Las editoriales no lo reconocen porque son mongolas, pero yo tengo una fe inamovible en que en algún punto se darán cuenta y le publicarán. En ese momento se hará minoritariamente famoso, en plan escritor de culto, y poco a poco irá mudando a bestsellerista de manera respetable, como Murakami. Entonces yo podré decir que le conozco, aunque seguro que se vuelve insoportable y pretencioso, y va por ahí comprando obras de arte caras para luego destrozarlas, como una extraña estrella literaria del rock.

El señor K. y yo nos conocemos desde hace más de tres años ya. Nos vemos en persona con una frecuencia aproximada de una vez cada eclipse solar completo, pero hablamos por facebook bastante a menudo sobre por qué las mujeres guapas están locas y los hombres guapos son unos neuróticos. Son conversaciones infructuosas pero divertidas, porque además el señor K. tiene la pluma ágil y una ortografía exquisita. Es la única persona que conozco que chatea colocando las exclamaciones iniciales y que nunca jamás equivoca una tilde. Es la persona a la que le consulto mis dudas ortográficas, lo que da lugar a conversaciones frikis del tipo de "pues si tú vas a seguir poniéndole la tilde a sólo cuando significa solamente, yo también, y me la suda lo que digan los capullos de la RAE".

Hechas las presentaciones, vamos al lío. Últimamente soy feliz y es raro. Este mayo estaba hecha polvo. Cocinaba pensando en autolesionarme para pedir la baja; a ver, no lo pensaba en serio en serio, pero la idea se me pasaba por la cabeza y me parecía muy deprimente. Supongo que tenía que ver con estar trabajando en el equipo de salud mental, epicentro de la hostilidad gaditana, con hacer tres tardes por semana y no tener vida, con no ser capaz de desengancharme de J., con el acné del Averno y en general con que mi sistema nervioso no es que sea último modelo y se desequilibra facilito.

Entonces decidí cambiar el chip. Verídico. Lo escribí en algún post de aquella época, creo recordar: que vi una peli en la que la protagonista decía que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas están a punto de cambiar. Decidí ver el lado bueno y la botella medio llena. Escribí en mi pizarrita de IKEA, en letras grandes, "Haz esfuerzos positivos por lo bueno", y cada vez que entraba en casa me entraba así como una punzadilla de autocompasión porque pensaba que era un poco triste mi coaching pizarrero. Pero bueno, ahí estaba y me esforcé como buenamente pude.

Desde entonces me han pasado muchas cosas bonitas, y ahora estoy en uno de los mejores momentos de mi vida adulta. No sé exactamente qué ha determinado el cambio. Quizá fue quedar con J. un día, meternos cuello y que fuera como besar a una almeja, y que a partir de ahí sintiera que ese capítulo de mi vida, por fin, ha terminado. Quizá fue empezar a escalar, que me tiene enamorada, divertida y en una sucesión permanente de lavar ropa y echarme trombocid en las rodillas. Quizá fue rotar por primaria y salir a la una todos los días. Quizá la sobredosis de endorfinas de la playa de Cádiz.

Pero mira tú por dónde que yo creo que fue el Michelian Challenge.

Ser medio feliz es raro porque estás suspendido en el vacío, como en una cuerda de estas de equilibrio tendida en mitad de las montañas de Yosemite. Tú aguantas ahí como puedes, y a un lado y a otro hay mucho sufrimiento. Lo veo en el trabajo, porque vaya tela las adicciones, en serio, son más duras de lo que había pensado y me parten el corazón. En la UCI pediátrica se estaba muriendo hoy un niño y había como veinte familiares llorando a coro en la entrada, perdidos en una burbuja inconcebible de pena. Y la gente sufre, en general; mis amigos, mi familia, mis compañeros... sufren mucho. Y en medio estás tú abrazando la fragilidad de tu presente, porque sabes que no eres invulnerable al dolor ni a la penita y que en cualquier momento la aguja puede atravesar el disco y ponerte los pelos de punta.

La cosa es que en medio de esa fragilidad cuesta encontrar algo sólido. Yo digo que en realidad sólido no es nada, porque todo es impermanente y blablabla, pero mira tú por dónde, después de años y años escribiendo y de leer en todas partes eso de "escribe a diario, nulle die sine linea, que la inspiración te pille trabajando" y tal, resulta que tenían razón todos. Que escribir todos los días toca alguna tecla misteriosa relativa al compromiso y al disfrute retorcido y mágico de tener una obligación que te gusta. Por eso cuando vuelvo de escalar y es la una de la mañana, y me duelen los antebrazos y pienso "qué cojones estoy haciendo yo aquí y ahora", el compromiso supone que en realidad no tengo alternativa. Tengo que escribir; sencillamente, no puedo decir que no. Y descubro un lugar de calma y encuentro que es un oasis, y que no me falla porque soy yo misma. Como cuando Momo visita al maestro Hora con sus hermosas flores horarias y después se da cuenta de que ha estado todo el rato en su propio corazón.

Así que gracias, señor K. Escribir todos los días me hace muy feliz. Era tan fácil como eso. Y en cuanto llegue al bestsellerismo será usted mi primer mecenazgo, chispas, y no tendrá que preocuparse más por el tercermundismo literario.

Se le quiere, pelanas. Muchos besitos.

46. Good morning, sunshine

Me gustan mis mañanas del verano tardío y levantarme con la fresquita tapada con la sábana. Últimamente me despierto de buen humor. Camino por mi casa, abro el balcón para que entre la brisa de la mañana, admiro la luna sobre el cielo azul clarito y los tejados blancos y me pregunto si nadie ha patentado todavía la luz de Cádiz. Enciendo el ordenador. Me planteo si aprovechar el café de ayer, pero termino por poner una cafetera nueva para que huela a despertar mi salón-cocina. Reviso el correo, el facebook, el blog, leo chorradas. Me levanto, busco ropa, me siento, le echo más leche al café, lo recaliento, camino descalza por las baldosas frías, pongo algo de música y friego los platos de la cena. Después me ducho y el tiempo se va plegando sobre sí mismo hasta que me doy cuenta de que voy tarde, para variar, y lo tengo que hacer todo deprisa y corriendo: vestirme, curarme la quemadura que me hice la semana pasada con la cuerda, lavarme los dientes, meter a toda leche en el bolso la cartera, el móvil, una libreta, un libro, el ipod. Dejo las cosas del desayuno por medio. Cuelgo mal la toalla en la mampara del baño. Bajo en el ascensor mientras me cambio las gafas de ver por las de sol, me miro al espejo, pienso "no estoy mal" y salgo correteando hacia mi moto, que me espera en la puerta cual fiel corcel. Conduzco hacia el trabajo por el campo del sur, mirando el sol y el mar recién amanecido, las olas batiendo enormes contra el malecón y, en serio, ¿nadie nunca ha querido registrar estas vistas de Cádiz, ponerles copyright, taparlas y cobrar porque la gente las disfrute? Porque es descomunal el amanecer, la catedral sobre el cielo de colores, las olas y el viento de uno u otro lado barriendo esta ciudad-barco tan inconcebible y tan bella. Me aturrullo, los coches van muy despacio y luego me recuerdo que el de delante no tiene la culpa de que yo vaya siempre con la hora pegada al culo. Más vale perder cinco minutos en la vida que la vida en cinco minutos, y siempre hay un momento para mirar las cafeterías, a los niños que van al colegio, que me encantan con sus coletas repeinadas de colonia y sus mochilas de Dora Exploradora... Y después llegar al curro, aparcar, sentir el breve pellizco en el estómago, la incertidumbre, la angustia de tener que estar aquí por huevos, y luego cambiar por agradecimiento: estoy agradecida por tener este trabajo y poder aprender todos los días, por mirar a la gente a las caras y descubrir la historia que hay detrás de la yonqui embarazada que aparca coches en el paseo, y que ahora se sienta frente a mí y me mira con sus ojos grandes, grandes mientras habla de dormir en un cajero y de tener hambre y síndrome de abstinencia y yo pienso que joder, que en realidad quién cojones soy yo para juzgar, y que cómo no voy a madrugar contenta, si soy una privilegiada de la vida, y que bueno, no me hagáis mucho caso, que he estado escalando esta tarde y tengo las endorfinas a tope, y me voy a dormir porque quería hablar de mis mañanas y no sólo me he salido del encuadre sino que, además, con tanta coma parezco Saramago y paso.

martes, 13 de septiembre de 2011

45. El mal vial

Como ya sabéis, queridos lectores, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así que después de escribir este post sobre mis problemas con la mecánica y demostrar de forma empírica que se solucionan con facilidad haciendo algo tan simple como llamar a la grúa, he vuelto a caer.

El martes pasado mi moto se paró. Simplemente dejó de andar, como un viejecito esquimal en la nieve. La aparqué en la avenida, y como soy zen y había quedado para escalar, ahí que se quedó. El miércoles fui al rocódromo y allí, viéndome rodeada de rudos machos escaladores, pensé que era el momento ideal para hacer una pregunta sencilla:
- ¿Alguno conoce un buen taller en Cádiz? Es que se me ha quedado la moto tirada y no sé dónde llevarla.

Entonces uno de los rudos machos escaladores se giró, me miró y preguntó sagazmente:
- ¿Tiene gasolina?
- Sí - contesté. Si no, te habría preguntado por una gasolinera.
- Pues yo tengo un colega que te la arregla en la calle.

¡Danger! ¡Peligro! Cualquier frase que empieza por "yo tengo un colega que" es garantía de fracaso, a no ser que estemos hablando de trapichear con droga. Pero qué queréis que os diga: el bodorrio me ha dejado a dos velas. Ir guapa, además de ser complicado, sale caro. Total, que llamé a su colega y quedamos en que se pasaba el jueves por donde estaba aparcada la moto para echarle un ojo.

Cádiz, jueves, dos de la tarde. Levante del Averno. Yo esperando en la calle a la solana a que apareciera el colega misterioso. Llega una moto con un chaval que se quita el casco y me saluda. Por azares de la vida, resulta que le conozco de haber hecho barranquismo juntos este verano, y eso al menos me tranquiliza en cuanto a que el tío quiera... bueno, en realidad no se me ocurre nada, porque no me va a secuestrar en scooter, y si pretende sacarle algún rendimiento económico a mi pobre moto va listo.

Anyway, el chaval aparca su moto tal cual, transversal en mitad de un carril de la avenida, y ejecuta los siguientes procedimientos.
1. Pregunta si tiene gasolina. Soy mujer, no retrasada.
2. Le da a la patilla con energía. Soy mujer, no coja.
3. Sopla en el depósito de combustible. Insisto: Sopla.En.El.Depósito.De.Combustible.
4. Pregunta:" ¿A tu moto hace falta acelerarle para arrancar?". Parece una pregunta diagnóstica importante. A lo mejor el tipo es un House de las motos y yo no me estoy dando cuenta.
5. Contesto que no.
6. Dice "ajá".
7. Por fin, sentencia:
- Le falta compresión. Pero mucha mucha, vamos. No tiene nada nada de compresión.

(Apuesto a que todos pensabais que iba a decir que la bujía le hace perlilla)

Otros dos o tres minutos dándole a la patilla, a ver si es capaz de generar compresión de la nada, y después me mira y me dice:
- Yo es que con las motos me pierdo un poco. Con un coche te hago lo que quieras, pero de motos no entiendo mucho...

What the fuck! Entonces ¿qué hacemos? ¿transformamos mi moto en un coche y a ver si así puedes arreglarla?
- Vamos, yo de hecho mi moto ni la toco.

Tranquilo, que si le soplas en el carburador tampoco creo que le pase nada.
- De todas formas, yo tengo un colega que...

¡Alto! ¡Stop! Una y no más, Santo Tomás. Le pregunto el nombre de un taller y le digo que voy a llamar a la grúa, que para eso está y pago mi seguro. Inspirada por la generosidad y la corrección social le pregunto si le debo algo. "No, mujer", contesta, "si eso otro día me invitas a una caña". Menos mal; me llega a cobrar y le estampo una llave de bujía en la cabeza.

Total, que llamo hoy al gruísta, que no, no está bueno. Se ve que el mítico Gruísta Buenorro va a pasar a la categoría de "experiencias que en realidad no sé si me inventé", como la leyenda de Jorjazos. Me pregunta qué le ha pasado a la moto y si tiene fuerza cuando la arranco. A ver, ¿cómo va a tener fuerza? ¿No te estoy diciendo que no arranca?

Obvio decir que lo primero que me pregunta es si tiene gasolina, porque seguro que ya os lo habíais imaginado todos.
- Eso va a ser la batería.

Claro, joder, así también juego yo a entender de mecánica. Pregunto obviedades, compruebo la gasolina y luego digo que eso es la compresión/batería/perlilla de la bujía y después no hago absolutamente nada útil.

Total, que el señor me ha llevado la grúa al taller, no sin antes insinuarme de una manera retorcida y extraña que le tenía que invitar a un cubata (genial, le debo alcohol a medio Cádiz). Los del taller son apañadísimos y han tardado tres horas justas en arreglarme la moto, que ya está durmiendo en mi portal tranquila y orgullosa en su decrepitud.

Conclusión de la existencia: me voy a hacer un cartel plastificado para llevarlo en la guantera en el que ponga:

"Cualquier paso intermedio entre que se te pare la moto y llevarla al taller es inútil".

Menos escalar, claro. Escalar es fundamental.

44. Viajando en el blogotiempo, o blogoviajando en el tiempo, como más os guste

Mi queridísima amiga Elsa propuso hace algún tiempo que hiciera una encuesta para ver cuál es el post favorito de mis lectores. Hoy es tarde y he pensado que sería una buena solución para no tener que comerme la cabeza escribiendo algo. Una estupidez, claro, porque el blog tiene ya casi ochocientas entradas, llevo media hora leyendo post antiguos y habría tardado menos en escribir cualquier chorrada.

Anyway, lectores, haciendo un repaso rápido de los archivos he encontrado algunos post que me gustan especialmente. Os dejo la selección por si queréis echarle un vistazo. Me encantaría que me dijerais si alguno os ha gustado especialmente u os ha llamado la atención, tanto de los que os enlazo ahora como del blog en general. No lo he revisado entero, así que seguramente falten algunos que también me molan.

Por qué la otra tarde fue una tarde cojonuda, septiembre de 2005. Me recuerda un momento muy bonito. Lo leí al año siguiente en las jornadas del Balneario, cuando di mi primer taller de escritura con J.

25 ideas para escritores confusos, septiembre de 2005. Me parecen muy buenas ideas... de hecho, de algunas ni me acordaba y creo que me podrían venir bien incluso ahora. Me encanta la de Hemingway, había olvidado esa frase y es buenísima.

Nociceptores, noviembre de 2005. No vale mucho literariamente hablando, pero el concepto es genial. Debería imprimirlo y colgarlo en un corcho, para que no se me olvide.

Te voy a recordar así siempre, noviembre de 2005. Aún se me pone la carne de gallina al recordar ese momento. De estos momentos en que encuentras realmente las palabras precisas.

Siesta, mayo de 2006. Me hace gracia y me recuerda a alguien a quien quise mucho, mucho.

Siete, junio de 2006. Me encanta este post. Me gusta el ritmo que tiene, la forma en que describe el momento que viví, el final... me parece muy bueno. Me llama la atención la frase de "mientras menos te veo, más ganas me entran de escribir".

Lisboa, marzo de 2007. Me trae muy buenos recuerdos, aunque al final las cosas no salieran como pensaba. Aunque creo que en lo más profundo de mí nunca nos vi volviendo al Lisboa con 50 años, qué queréis que os diga.

Muero de amor, marzo de 2007. Este post me hace gracia, es así como de estar hasta las trancas de amor y lujuria, y es bonito recordar cuando me sentía así.

Excursión, mayo de 2007. Me gusta el momento que atrapa el post y también me recuerda a la época linda en que estuve dibujando el Albayzín en primavera con mi amigo A. Además, sale un dibujo mío, aunque no sea muy bueno.

Sin título, junio de 2007. Este post me parece muy bueno, y cada vez que lo leo me inquieta de verdad.

Otro sin título, marzo de 2008. Así como texto me parece de lo mejorcito que he escrito. Bien construido, original y con un final redondo.

Tiburoncitos, junio de 2008. Por este post se me tachó de cruel, pero qué queréis que os diga, a mí me gusta mucho. Me mola el diálogo, la historia de los tiburoncitos y recordar la carilla de Isaías mientras hablábamos.

Marco, julio de 2008. No tengo claro si me gusta el post o acordarme del italiano. Mi amiga Ana me dijo que como texto era una mierda, pero no sé, fue un momento intenso y eso me mola. Me pasé MESES acordándome de Marco y él ni siquiera contestó a la carta que le escribí. Muy triste.

El amante del círculo polar, agosto de 2008. Es un post muy, muy triste, seguramente de lo más triste que he escrito, pero muy tierno, y me hace toda la gracia acordarme de J. con sus renos y sus cosas. Si yo hubiera sabido que después de escribir ese post volveríamos al menos tres veces más, a lo mejor no me habría puesto tan emotiva.

La suerte de N., marzo de 2009. Otra vez no sé si me gusta el texto o lo que representa, porque me encantó leer ese libro y todavía me acuerdo con cariño del personaje.

Jorjazos: la leyenda, junio de 2009. Me meo con este post y con la historia de Jorjazos.

El día del bacterio, agosto de 2009. También me meo con este post. Junto con el anterior, me recuerda mucho a la época en que vivía con la PK y el Húngaro y eso me pone contenta, porque lo pasé muy bien con ellos.

Voy a parar aquí, porque curiosamente me resulta más difícil juzgar los recientes que los antiguos, y además es más probable que los hayáis leído gracias al LinkWithin. Y ahora me voy a dormir a las mil como la monguer que soy, después de haber pasado más tiempo de la cuenta rememorando pero, qué queréis que os diga, bastante orgullosa de mi blog y feliz de tener dedos y área de Broca para poder escribir como una salvaje toda la vida


domingo, 11 de septiembre de 2011

43. La boda

La boda fue muy bonita y yo estoy triste.

Mi primo iba guapo como un modelo de El Corte Inglés. Cafremente guapo. La novia no llegaba al punto modelo, pero estaba preciosa y feliz. Yo iba normal. El peinado me hacía la cara un poco gorda, en mi opinión.

No lloré, aunque cuando sonó una versión a violín de Loosin my religion y entró mi primo del brazo de mi tía, y vi su cara sonriente y todas las cosas hermosas que hay en él, y vi a mi tía aguantando el tirón a pesar del dolor de piernas, se me saltaron un poco las lágrimas debajo de mi rimmel waterproof. Mi discurso fue un hit. Hice llorar a todos mis primos varones. La otra que leía (la prima de la novia) llevaba un vestido más bonito que el mío, una maravilla roja de espalda descubierta, pero mis zapatos ganaban, aunque casi me caigo de camino a la mesa.

Me puse de gintonics hasta arriba. Hasta me fumé un puro y todo. No es que me guste especialmente beber, pero era como participar de una especie de ritual familiar en el que todos íbamos borrachísimos y contentísimos y dábamos botes sobre la pista de baile. Mis primos son guapos todos y bailan bien todos, y yo me sentía orgullosa sólo de mirarles. Mi hermano parecía Beckam y es el que mejor baila de todos. Nos hicimos millones de fotos vergonzosas y mi padre me hizo jurar que no iba a coger un coche, mientras mi tía me señalaba y me decía "vas más pedo que Alfredo" y yo balbuceaba "es la boda de mi primo y bebo si quiero".

Bailé con Sergio y coincidió que cantaba Muchachito, "Ojalá no te hubiera conocido nunca", y pensé que vaya canción para bailar con él, con lo que yo lo quiero y lo que me alegro de haberle conocido, del amor incondicional que me destina. Y me dijo, todo borracho y feliz también, "ojalá te hubiera conocido siempre". Y luego "eres de lo mejor que me ha pasado, sorda", porque me lo tuvo que repetir siete veces hasta que me enteré, y luego dimos vueltas y nos abrazamos y me agradeció mil veces que le hubiera escrito el texto.

Luego todo se acabó, sin más.

Hoy estoy resacosa y de vuelta en casa. No sé por qué estoy tan triste. No es que quiera tener pareja. Quiero algo sólido, algo estable, quiero cierta seguridad en algo y un rincón primitivo de mi mente cree que tener pareja te lo da, que los anillos o las firmas o el libro de familia te lo dan. Me siento como si pasara la vida caminando sobre agua. No entiendo por qué todo tiene que ser tan complicado. Hace algún tiempo leí una frase acerca de que los hombres y las mujeres se han encontrado a lo largo de todas las épocas, y no teníamos por qué hacer such a big deal de esto. Yo quiero casarme. No sé si a lo grande, porque los bodorrios son una cosa un poco grotesca si uno lo piensa fríamente, pero quiero que alguien apueste por mí. Y no sé si va a pasar. No es pesimismo ni optimismo; realmente no lo sé. Y eso me pone triste porque sé que aunque supiera que va a suceder tampoco estaría segura, que la seguridad no existe, que incluso cuando las cosas me han ido bien con un tío estaba ahí subterráneo el miedo a perderle y la soledad, que no se va nunca. Que tendré que construir la única seguridad que puedo conocer a partir de la nada en mi pobre y cansado corazoncito y que pensarlo me agota.

De todas formas no me hagáis caso. Estoy resacosa y no tengo costumbre. El alcohol es el maligno, por cierto. Pero mañana es lunes y está a punto de empezar el otoño, que en Cádiz es una época acogedora de tiempo suavemente fresco y luces encendidas en las noches azules. Me acostaré y dormiré y despertaré, iré a trabajar, limpiaré mi casa, seguiré escribiendo, nadaré y escalaré, forzaré el corazón como el músculo que es y al que le tienes que exigir cosas grandes para que se haga más fuerte. Me casaré algún día, seguro. Aprenderé a vivir en la impermanencia. Me irá bien, espero.

Y lo dejo aquí, queridos. Sé que esperábais una crónica más alegre, extensa o simplemente coherente, pero es lo que hay.

sábado, 10 de septiembre de 2011

43. En el tren

Tiene más o menos mi edad, es delgada, desgarbada y moderadamente guapa. Lleva el pelo rubio y rizado, shorts verde oscuro, una camiseta negra y sandalias romanas. Se ha subido al tren en la parada de Jerez, ha dejado su bolso en el asiento de al lado y se ha ido a la plataforma del vagón a hablar por teléfono. Ha pasado así un buen rato, mientras yo me concentraba en escribir el texto de la boda y en pensar absurdeces.

Al cabo de unos minutos la chica se ha sentado a mi lado. Yo había terminado con el texto, y escribir a ordenador delante de extraños me pone nerviosa, así que he pasado la siguiente hora vagando por Internet y después he ido a la cafetería a por un bocadillo. Lomo con pimientos, aunque el factor pimientos era un poco como jugar a encontrar a Wally con los dientes.

Una cosa graciosa de los trenes es cuando te levantas y caminas entre los vagones. En un espacio de tiempo muy corto tu cerebro registra las caras de ¿cuántos? ¿cuarenta, sesenta, ochenta pasajeros? De repente tienes una visión muy clara de la variedad de vidas humanas que pueblan el planeta. Ves las expresiones de los rostros, la gente que duerme, que ve películas en el ordenador, que lee o hace sudokus. Cada uno en su historia, cada uno convencidísimo de su propia importancia. Te das cuenta de que están ocupándose al máximo en hacer que ese tiempo pase lo más rápido posible.

La chica rubia simplemente espera. Vuelvo con mi bocadillo caliente entre las manos, me siento a su lado con el mp3 en las orejas y pienso que en un rato intentará dormir o sacará un libro, pero se limita a manosear el móvil y a mirar a su alrededor como un conejo asustado. Espera algo y ese algo está al otro lado de su iPhone. Entonces a mí me entra un cabreo subterráneo e inexplicable, porque creo que esa chica debería estar haciendo lo que todos y tratar de distraer su tiempo. En lugar de poder sentirme a salvo porque ella está en su burbuja de entretenimiento, la percibo muy cerca de mí, atenta a mis movimientos, carente de vida interior. Está esperando, punto, y eso me pone nerviosa.

Entonces tengo un momento rarísimo de pánico, una especie de ataque disociativo en que no sé muy bien quién soy ni qué me pasa, pero siento un miedo helado deslizándose por mi garganta y paralizándome el cuerpo. No sé si estoy preocupada por el texto de la boda o por ver de nuevo a la mujer de mi padre, la única persona en el mundo que es manifiestamente hostil conmigo. No sé si me da miedo la intensidad familiar o si me duele la quemadura de la cuerda que me hice escalando el martes. El caso es que de repente creo que pienso y siento demasiado, que esto es demasiada intensidad para un cuerpo tan pequeño y que algo dentro de mi cabeza va a explotar.

Respiro, respiro, respiro. Cierro los ojos. Intento volver a integrarme, encontrar en mí un espacio de calma. Me quedo medio dormida mientras escucho mi respiración, amplificada por los tapones de los oídos. Entonces la chica de los rizos se levanta y yo tengo que moverme para dejarla pasar, y la veo hablar por el móvil en la plataforma con voz rápida y nerviosa. A lo mejor es por la chica rubia, pienso, este pánico súbito. Por esa chica que no sabe entretener su tiempo y sólo espera una llamada de teléfono durante las cuatro horas de tren Cádiz-Madrid.

La miro cuando vuelve y se sienta de nuevo. Los minutos pasan despacio hasta que llegamos a Madrid. A diez minutos de la hora prevista de llegada, la chica rubia saca el cargador del iPhone y lo enchufa al asiento. Me sorprende que no se le haya ocurrido antes. A los cinco minutos lo quita y me mira pidiéndome disculpas por molestar, y después recoge sus cosas y se marcha.

La veo caminando entre maletas, subiendo deprisa las escaleras mecánicas. Manosea el móvil y casi me parece oírla respirar de alivio cuando suena y se lo puede llevar a la oreja. Pienso en la inutilidad de la espera. Mi pánico parece haber disminuido un poco y me concentro en encontrar el camino a la salida. Y mientras ando por las rampas mecánicas veo a la chica rubia, y me limito a intentar transmitirle un mensaje de forma muda. No es tan importante, seguro. No esperes todo el rato.

jueves, 8 de septiembre de 2011

42. Onicoterapia

Pues hoy estoy cansada y es jueves, así que voy a escribir una entrada mortalmente pueril. Que no todo va a ser abrirse el corazón en canal día sí y día también, hombreyá.

Es de todos sabido que me gusta pintarme las uñas. Hoy llevaba un precioso tono nude que estoy probando para el bodorrio, a juego con los super zapatos peep toe, y me he pasado todo el día sulibeyada por la elegancia de mis manitas. Que tuviera heridas en ellas después de escalar el martes no me preocupa. Tengo que encontrar un nuevo vocablo que mezcle divina, lista y aventurera: ¿divisturera? ¿diviturista? ¿avendivista? Oh, un mundo de posibilidades neologísticas se abre ante mí.

Durante el café, José Luis me ha preguntado que cuántos esmaltes tengo. "No tantos", he dicho, "diez o doce". Luego me he puesto a contar y he tenido que parar en veinticinco porque me daba vergüenza, sobre todo porque la enumeración es del tipo "el morado normal, el morado guinda, el morado fúcsia, el morado con textura de vinilo, el rojo oscuro, el rojo claro, el rojo casi coral", etcétera.



El sector rosa-morado de mis esmaltes. En la imagen no se aprecia, pero son MUY distintos unos de otros.
De fondo, mi cocina-armario


Si os pasa como a mí y estáis fascinadas por la increíble variedad de tonos y texturas que hay en el mundo del esmalte de uñas, puede que os cueste escoger. Pero tranquilas, queridas, que aquí estoy yo para guiaros en el mundo fascinante de la onicoterapia. A mí me sirve, verídico.

Los rojos son para sentirse sexy. Eso está bastante claro. He tenido épocas de pintarme las uñas de los pies de rojo en invierno, con calcetines y sin novio ni posibilidad de amante, sólo porque me sentía guapa y atractiva cuando me quitaba los zapatos por las noches y me miraba los pies. Pero hay que tener cuidado; un rojo inadecuado puede hacer que tus manos recuerden a Drácula y den grimita. Yo prefiero el rojo oscuro. También mola muchísimo para beber vino tinto en elegantes copas; sabe mejor con las uñas rojas, en serio. Lo que pasa es que yo apenas bebo y no le saco rendimiento a ese aspecto de la onicoterapie.

Si quieres sentirte una buena profesional, prueba el negro o el marrón oscuro. El año pasado, cuando temblaba de pánico en la mesa de la consulta, tener las uñas pintadas de oscuro me hacía sentir competente y poderosa. Por supuesto, estamos hablando todo el rato de uñas bien pintadas y cuidadas; las uñas negras deterioradas harán pensar que eres una gótica chunga con mochila en forma de cadáver y quizá te despidan.

Los morados son colores imaginativos, espirituales, artísticos. Escribo mejor con las uñas moradas. Además, tengo tanta ropa morada que es fácil que me haga juego con ella y vaya combinadita y mona. Por cierto, si llevas las uñas pintadas, por dios, combina con ellas la ropa que te pones o mandarás la onicoterapia a tomar viento porque aberrará la combinación de tus uñas rosa con tu camiseta roja.

Verdes y azules. Alegres, complicados, no a todo el mundo le gustan. Pensarán que eres una modernilla trasnochada o un espíritu libre. Pero los verdes y los azules son increíblemente terapéuticos, sobre todo si te los pones poco. Cambian la manera en que estás acostumbrada a verte las manos y, por extensión, tu perspectiva de la vida. Combina uñas verdes y ropa rosa; si todavía estás triste, tienes derecho a que te invite a una caña.

Si quieres sentirte elegante y fashion, lo suyo es el nude o el gris. Si das con el tono adecuado para tu piel, fliparás. Además, pegan con toda la ropa y te harán sentir una persona glamourosa y fina que lo tiene todo controlado. El esmalte que me he comprado para la boda es ma-ra-vi-lloso, una mezcla indescriptible entre color carne y café que va per-fec-to con el vestido, los zapatos, mi piel y la alineación de las estrellas.

Por último, el rosa. El rosa es genial y ya lo sabéis todos. A mí me da ganas de jugar, de no tomarme demasiado en serio, de comer piruletas y comprarme gafas de sol en forma de corazón y ligar con tíos mayores. Por otra parte, a lo mejor estoy talludita ya para esas cosas. El caso es que el rosa, y por extensión el coral y si me apuras ciertos tipos de naranja, están hechos para esos días en los que te das cuenta de que estamos aquí por casualidad para vivir puteados y al final morirnos, pero por alguna razón eso hoy no te importa y todo te hace muchísima gracia.

Píntate las uñas de las manos con tiempo y calma. Dedícate sólo a eso y deja que se sequen bien. No te apresures: las uñas rayadas son el mal. Compra algún acelerador de secado y te desesperarás menos. Las de los pies son más agradecidas. Prueba a pintarlas en invierno y verás cómo te sorprendes cuando te quites los calcetines por la noche y veas tus dedos alineados como alegres soldaditos.

Por último: marcas. Elige a poder ser Mercadona, KIKO y Bourjois. Digan lo que digan, Essence no está tan mal y es baratérrimo. Pero, sobre todo, cúbrelo todo con toneladas de brillo secante Deliplús y olvídate del mundo.

Y recuerda: en este mundo chungo y desalmado las uñas pintadas son uno de los últimos resquicios de imaginación y alegría en los que te podrás refugiar siempre. Es barato, es inofensivo, es verídicamente terapéutico. Así que a disfrutarlo.

41. Supervivencia emocional, I

Me estoy leyendo el libro de la supervivencia del que os hablé el otro día ("Quién vive, quién muere y por qué", de Lawrence Gonzales) y me está gustando un montón. Es un rollo muy psicológico, que diría mi profe de escalada. Explica cómo funciona la mente de la gente en situaciones límites y la forma en que ciertos errores cognitivos, que en la vida cotidiana no tienen grandes consecuencias, en la naturaleza pueden ser fatales. Apasionante de principio a fin.

Yo siempre he pensado que en una situación límite sería de las que mueren, igual que siempre he pensado que en una dictadura sería de las cobardes que se quedan calladitas en su casa por miedo a que las torturen. No me veo como superviviente. Igual es porque pienso que soy débil y torpe, y que si en mi propia casa voy dándome con los quicios de las puertas, seguro que en la montaña la lío con algún despiste y muero de la forma más absurda.

Sin embargo, he estado pensando en lo que me comentó Anónimo76 sobre la supervivencia emocional y el libro que podría escribir yo, titulado (su propuesta) "Quién mueve montañas, quién se estrella contra ellas y por qué". En realidad, hay mucho en común entre la supervivencia física y la emocional, entendiendo sobrevivir emocionalmente como no sufrir por amor. Que te duela es normal, pero el sufrimiento lo pones tú.

Una de las cosas que más me está gustando del libro es que te da cierta sensación de control. A pesar de que los accidentes se llaman así porque en teoría son accidentales, si los analizas en profundidad te das cuenta de que sí que hay variables que dependen de ti y que puedes manejar hasta cierto punto. A mí con el amor me pasa un poco igual. Cuando algo no sale bien, o no todo lo bien que podría, me siento a merced de los elementos. Mi pobre corazón indefenso, ahí a la intemperie; me lo imagino clavado en la punta de una lanza mientras la lluvia y la nieve lo zarandean. Entro en bucles de autocompasión. Pobrecita yo, pobrecita yo, por qué me pasa esto a mí si soy genial.

Pero sí que se pueden hacer cosas. Para que no te partan el corazón, para no sufrir; para que las heridas sean limpias y sanen rápido. Para tener la sensación, no muy útil pero sí reconfortante, de que estás haciéndolo todo bien, y que si la historia no tiene un final feliz al menos por ti no ha quedado.

En uno de los primeros capítulos del libro, el autor explica un accidente de tres escaladores que intentaron una vía de largos en Yosemite. Empezaron más tarde de la cuenta, les pilló una tormenta y le cayó un rayo a uno de ellos. Según el autor, el problema se resume en que estaban tan obcecados en el plan que habían trazado, en la imagen mental que se habían hecho de la situación, que no fueron capaces de darse cuenta de los impedimentos reales (retrasos, cambios en el parte meteorológico, cansancio) que se interponían entre esa imagen y ellos.

En el amor nuestra capacidad para sustituir la realidad momento a momento por esquemas que nos hacemos de las cosas es alucinante. Cuando pienso en el tema del plan aplicado al ámbito emocional me viene a la mente mi relación con J. En términos de supervivencia creo que con él lo hice (casi) todo mal. Sobreviví porque soy fuerte y tengo recursos, pero tal y como afronté la situación podía haber acabado chiflada.

Yo tenía muchos planes respecto a nosotros: pensaba que nos casaríamos y que tendríamos niños con déficit de atención que me sacarían de quicio. Me imaginaba perfectamente a J. jugando al escalextric con nuestro hijo mientras yo me ponía de los nervios y les gritaba que quitaran la pista del salón, que íbamos a comer. Gran parte de mis juicios hacia la relación estaban basados en ese plan/paja mental que yo me había hecho sobre pasar toda mi vida con J., y cada palabra o discusión que teníamos la multiplicaba hasta llenar esos años hipotéticos que íbamos a pasar juntos.

Porque yo tenía un plan. Quería estar segura. La perspectiva de estar siempre con J. y levantarme todos los días olfateando su nuca cálida no es que me hiciera mortalmente feliz, pero me parecía algo a lo que podía aferrarme. Y es absurdo mirado desde aquí, porque ahora J. está en Bonn y yo en Cádiz, y no pienso en él más que de vez en cuando y con cierto cariño inofensivo. Pero no se trata sólo de que hayamos cortado; él podría haber muerto, yo me podría haber enamorado de otro. No teníamos que pasar toda la vida juntos y, sin embargo, ese plan obcecaba mi perepción de lo que él era y de nuestra relación momento a momento.

En el post anterior, Isabel comentaba que le extraña el miedo al compromiso. El compromiso es el intento de hacer que las condiciones del entorno sean razonablemente estables, conocidas y seguras. Es el equivalente de pensar que si empezamos a escalar a las ocho, a las tres podemos estar de vuelta y la tormenta no nos pillará. Cuando las condiciones cambian, el tiempo se pone malo, estamos más cansados de la cuenta o nos perdemos, todo eso no sirve. Cuando una relación se deteriora y nos empeñamos en el plan mental que teníamos hasta entonces, en que tenemos una hipoteca común, o nos hemos casado, o sencillamente todos dicen que somos perfectos el uno para el otro... nos aferramos al plan y no vemos la realidad.

El autor del libro aconseja estar dispuesto a abandonar todos los planes y vivir en el presente. Dejarse acoger por la flexibilidad de saber que nada es seguro. No podemos controlarlo todo y, sin duda, no podemos controlar al otro. No es que sea bueno o malo; es que es imposible. Así que en los profundos bosques del amor, vamos a centrarnos en lo que tenemos ahora, en lo que llevamos verdaderamente en la mochila, en la realidad que transcurre frente a nuestros ojos, a veces dolorosa, a veces mágica. No todo es cuestión de suerte. No es una partida de billar. Se puede (y se debe) sobrevivir.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

40. (Des)encuentros esperados

El chico de los ojos verdes camina hacia la parada del autobús. Va con el tiempo justo, como casi todas las mañanas, y si llevara reloj se lo miraría todo el rato. Piensa que ya le vale, que nunca es capaz de levantarse la primera vez que suena el despertador y lo deja una hora sonando cada cinco minutos. A lo mejor ayudaría si el otro lado de la cama no estuviera tan frío, pero prefiere no pensar en eso.

Camina deprisa, con pasos cortos y los hombros un poco echados hacia atrás, y sabe que si le viera alguien que no le conoce pensaría que está enfadado. Quizá sí esté un poco enfadado. No es la mejor versión de sí mismo por las mañanas, y se pregunta si tiene sueño o si le está pudiendo esta rutina dura de oficina y zapatos, de querer que llegue el viernes y odiar que llegue el lunes y querer que llegue el viernes y vuelta a empezar.

A veces le gustaría que alguien se lo explicara. Le parece que hay algo de todo que se está perdiendo, como cuando te enseñan un juego de cartas y juegas la primera partida sin enterarte de nada, y los demás te dicen "ya lo irás pillando", pero tú eres un poco torpe y ni siquiera te lo estás pasando bien. Él no entiende por qué se siente solo, o por qué las personas que ayer estaban en su vida hoy han desaparecido y, sobre todo, no entiende cómo se apañan los demás para que no les importe.

Entonces ve a la chica del pelo castaño sentada bajo la marquesina y se le escapa una media sonrisa, que se convertirá en sonrisa entera cuando sus ojos se crucen. Ella está allí agarrada a su carpeta de la universidad como una náufraga, con los ojos grandes y oscuros suspendidos sobre el tráfico de la mañana, y le encanta observar cómo esos ojos se animan y los labios se curvan cuando le ve llegar.

Un día, hace ya algunos meses, él le pagó el viaje de autobús porque ella no llevaba bono. Intercambiaron un par de frases y desde entonces se saludan, pero no hablan; él piensa que si iniciaran la costumbre de charlar todas las mañanas crearían una obligación que terminaría por volverse incómoda. Así que después del saludo silencioso, él suele sacar un libro y ella se concentra especialmente en la música que sale de su mp3.

Le gusta mirarla. Porque aunque le saca quince años, seguro, y son dos mundos separados que se miran desde detrás de sus respectivas carteras, le parece que ella está tan perdida como él. Por cómo sonríe casi con alivio cuando le ve llegar desde el otro lado de la calle. Por la forma en que asoma sus ojitos asustados por la ventana del autobús cuando sube, mientras se agarra tan fuerte a la barra que los nudillos se le ponen blancos. A veces piensa que la chica del pelo castaño es una isla de calor en medio de la mañana, como si les estuvieran filmando con una de esas cámaras termosensibles y pudiera identificarla a ella, caliente entre un montón de cuerpos fríos. Ni siquiera la ve guapa. Sólo la siente viva.


La chica del pelo castaño llega demasiado temprano a la parada. Porque le da pánico ir tarde a la facultad; ya le cuesta bastante entrar como para tener que hacerlo en mitad de una clase, mientras todas las cabezas recién peinadas y perfumadas de las nueve de la mañana se vuelven hacia ella. También por él, claro; no quiere coger otro autobús porque en el de menos cuarto va él y a ella le gusta mirarle.

Tendrá unos veintimuchos, se imagina, y es guapo cuando está serio y guapísimo cuando sonríe. Le gustan los días que se pone su camiseta verde, porque hace juego con sus ojos. Tiene las manos bonitas, y ya se había fijado desde antes del día en que le dirigió la palabra para ofrecerse a pagar su billete de autobús. Ese día pudo mirarle fijamente los dedos morenos y largos mientras él sacaba la cartera, la abría para buscar su bono y lo pasaba por el lector.

Todas las mañanas teme que no venga. A veces, de hecho, no viene, y ella intuye que pierde el autobús, porque incluso cuando lo coge siempre va apurado. Ella está ahí sentada, y mientras escucha música en el mp3 y piensa vagamente en las clases que tendrá hoy, en realidad busca su figura apareciendo tras la esquina y cruzando el semáforo. No es exactamente que le guste, porque es demasiado mayor, aunque a veces fantasea con que le invita a tomar un café y le confiesa que lleva meses enamorado en secreto de ella. Es que le da la sensación de que él la quiere un poquito, de que le inspira cierta ternura anónima y absurda de chica sola en una parada de autobús, y a las nueve menos cuarto de las mañanas de lunes ella necesita que la quieran.

El chico de los ojos verdes termina de cruzar el semáforo y llega a la parada. Algún día superará su resistencia a crear un hábito y le preguntará a la chica del pelo castaño qué tal le van las clases. Hoy vuelve a sonreír, y después se apoya en la marquesina y se pone a leer su novela.

La chica del pelo castaño mira al chico de los ojos verdes, inclinado sobre la marquesina como si él, y no la boba de Natalie Portman, fuera el verdadero anuncio, concentradísimo en su novela policiaca sueca. Algún día superará su timidez patológica y le preguntará a qué trabajo va todos los días con esa cara tan larga.

De momento, simplemente, los dos esperan el autobús, me atrevería a decir que de forma heroica.

lunes, 5 de septiembre de 2011

39. Vestidos del Averno, toma 2

Bueno, queriditos, no todo va a ser hablar de espiritualidad y cosas profundas, ¿no? Así que, como me quedé a la mitad en las crónicas de un vestido anunciado, voy a terminar hoy de contaros mi lucha por ir a la boda de mi primo como una chica atractiva y casadera.

Después de aberrar contra el sistema en el Corte Inglés, decidí irme a las tiendas de Amancio Ortega, a ver si alguna me sacaba del apuro. Empecé por Mango. En general, Mango me parece un horror. ¿Qué les pasa a sus colores? ¿Por qué están hechos para no favorecer a las mujeres? El invierno pasado tuve que cambiar unos regalos de allí y hubo un momento en que me vi intentando elegir entre mostaza verdoso y butano apagado. Me dije que Mango había alterado mi percepción de lo cromáticamente aceptable y tuve que irme antes de empezar a pensar que el problema lo tenía yo.

Aun así, nada más entrar por la puerta veo un vestido medio mono. Elegante. Manga corta, cuello redondo, parte superior en crudo, inferior en negro y como de encajito. Elegante y audreyhepburniano. Me lo pruebo, me veo mona y aunque no es que esté despampanante de la muerte, me lo llevo, por si acaso. Siempre me quedará el recurso de comprarme unos zapatos preciosos para compensar.




He aquí el vestido. La frontera entre ir elegante y parecerme a mi abuela se difumina peligrosamente.


Unos días después, por probar, fui al Zara. Y allí encontré un vestido que no tenía mala pinta. Violaba dos de mis principios para que los vestidos favorezcan, a saber:
1) Que era palabra de honor.
2) Que sólo lo tenían en dos tonos, a cuál más horrendo: azul petróleo y rosa palo. Si el azul petróleo es chungo, el rosa palo es casi peor. ¿A quién le sienta bien, aparte de a Naomi Campbell? Te hace parecer enferma.

Pero días vagando por las tiendas de ropa me habían enseñado que tendría que tragarme mis principios si quería ir a la boda en algo mejor que unos vaqueros, y también que los vestidos a veces ganan cuando los llevas puestos. Así que me los probé (el rosa y el azul), junto con unos zapatos maravillosos de charol en tono nude, tipo peep toe y de altura travesti.

[Nude = color carne. Peep toe = con el dedo fuera. Lo aprendí en la Cuore]

Me hice un par de fotos calorras con el móvil para enseñarlo por ahí. El azul era terrible, pero el rosa no me disgustaba. Y siempre podía comprármelo y llevarlo con los zapatos de travelo para consolarme.

Así que mostré las dos fotografías a dos especímenes del género masculino. El primero, IA, me dijo que le gustaba el audreyhepburniano, que estaba"muy linda". El segundo, MQEN, me dijo:
- ¿Y por qué no te gusta el rosa? ¡A mí me gusta el rosa! Joer, Peq, es que el rosa... - seguido de resoplido elocuente.

Pensé que prefería estar puntos suspensivos y resoplido a estar linda, sin ánimo de menospreciar la opinión de IA, que conste. Pero es que MQEN sabe lo que mola. Una vez, a la pregunta de "¿El color de este vestido pega con mi piel?" me contestó "No lo sé, pero pega con tus piernas y tus tetas". Me convenció.

Así que me fui al Zara y me volví a probar el vestido rosa y los zapatos de travelo. Una cosa estaba clara: adoración total por los zapatos, a pesar de que estuve a punto de quedarme sin tobillos ya en el probador como cinco veces.

Salgo del probador, me paseo por el pasillo y se me acerca la dependienta, dando suspiros de admiración.

- ¡¡Monísima, monísima, estás monísima!! Espera, que te pruebo un cinturón. No le pega el color, ni la forma, pero es para que te hagas una idea.

¿Una idea de qué? ¿De cómo estropear el vestido?

En esto que sale del probador de al lado una chica, me mira y me dice:
- Yo le metería un cinturón cobre. O me iría a una mercería, pediría una cinta de raso en el tono del zapato y le haría una moña.

[Moña = lazo. Es que no sé si se dice en todas partes o sólo en el sur]

En mi mente se dibujó la secuencia de yo yendo por las tiendas a la búsqueda de un cinturón en tono cobre, o por las mercerías buscando cintas de raso en tono zapatos para hacerme moñas. Improbable como un unicornio. Enarqué las cejas, le agradecí el gesto y decidí que me lo llevaba todo: el vestido rosa palo palabra de honor y los zapatos modelo travesti que, ahora que lo pienso, harán juego con mis manos con venorras de escaladora.

Total, gente, que ya tengo vestido. Como soy medio guapa y los zapatos son preciosos (¿lo he dicho ya?) el resultado me deja bastante contenta. Mi madre me ha dicho que me lleve unas bailarinas para cambiarme, y yo le he contestado que ni muerta me bajo yo de mis tacones a mitad de la fiesta por algo tan efímero y prosaico como el dolor de pies, y más después del entrenamiento que les estoy dando últimamente a base de gatos de escalada.

Además, Erika me ha traído de Hawaii (verídico) un kit de maquillaje BareMinerals, porque su madre trabajaba como representante y le sobraban muestras. Tiene miles de tarritos y de brochas. Las instrucciones vienen en inglés, y parece que las ha escrito una maníaca harta de prozac. Traduzco y cito de memoria.

¡¡¡Saca tu maravillosa belleza brillante y perfecta con BareMinerals en sólo cuatro pasos!!!

1) Aplícate "recién levantada" con la brocha "pura precisión" alrededor de los ojos para un look descansado, fresco y luminoso, como si hubieras dormido en colchones de plumas y ahora brillaras como una estrella matutina.
2) Aplica "falso bronceado" con la brocha "suelta y fabulosa" en las áreas donde te daría el sol, para un look soleado y radiante como salida de las mañanas caribeñas.
3) Aplica "brillo radiante" con la brocha "biselada estupenda" en toda la cara, empezando por la frente y acabando por la barbilla, para un resplandor angelical y reluciente como si miles de ángeles te envolvieran en polvo de estrellas
4) Aplica "velo mineral" incidiendo en la zona T con la brocha "suelta y fabulosa" para un maravilloso acabado mate y eterno que brillará por siempre sobre tu rostro divino.

Y así. De verdad que no sé de dónde saca esta gente los adjetivos. Son como el buscador de sinónimos del Word. Yo quiero algo que básicamente disimule el Acné del Averno sin hacerme parecer Jordi González. Por cierto, mi piel está sorprendentemente bien últimamente y ni siquiera sé por qué. Intuyo que la cura de mis males cutáneos van a ser las vacaciones.

Resumiendo: que esta noche me he dedicado a ponerme uno encima de otro sin orden ni concierto probar cuidadosamente los potingues de BareMinerals, pintarme los ojos, peinarme la melena y aprender a andar con los tacones (que seguro seguro me van a costar un tobillo... sólo espero que no sea mientras camino hacia el estrado para leer). Y ahora estoy escribiendo en el chaise longue con todo el modelé puesto, rollo "Divas de diván", y pensando que ojalá estuviera el tema listo, pero que en realidad me faltan la chaqueta, el bolso, los pendientes y el esmalte de uñas, y que ser mujer es un coñazo, además de muy caro.

Y para los que hayáis tenido la paciencia y solidaridad de llegar hasta aquí, un premio en forma de foto.



No estoy mal ;) La expresión de la cara es rara, lo sé, pero es que tenía que darle al ratón, alejarme sin matarme y poner pose en tres segundos justos. Un estrés.

Hale, ya sólo queda templar la voz, echarle valor y darme después al whisky con naranja como si no hubiera un mañana.