massobreloslunes: Varados

domingo, 6 de mayo de 2012

Varados

Le llaman de la delegación a eso de las doce, justo cuando acababan de aparcar el coche en el centro comercial, y en cuanto ella escucha el cambio de tono en su voz, presta atención y frunce el ceño.
- Sí, vale, de acuerdo. ¿Pero está vivo? Ya, bueno, me da igual que sea por poco tiempo, tienes que llamar a los de Málaga entonces. Sí, sí, sé cómo son. Sí, sé que tengo que ir de todas formas, pero es que hay que hacer las cosas bien. Vale, en Los Alemanes. Voy para allá.

Vuelve a abrir la puerta del coche y se mete dentro. Ella se queda un momento de pie, con los brazos lacios y los ojos cerrados. Después suspira y se sienta a su lado.
- Sorpréndeme.
- Un delfín en Zahara. No me da tiempo a dejarte en casa, lo siento. Si quieres te coges el bus de vuelta cuando lleguemos.
- Lo que hay que aguantar. Un sábado por la mañana.
- Qué quieres que te diga. Los delfines no tienen hora para morirse.
- Te dije que no tenías que sacarte la licencia esa. Que lo de poder manipular bichos muertos no te iba a servir para nada.
- Sin la licencia a lo mejor no me habrían contratado.

Ella deja escapar un ruidito, algo como un bah o un buf, y empieza a trastear en el móvil.
- Pues tú me dirás ahora cuándo compramos el regalo de Pablito.
- Tiene un año. No le va a importar que no llevemos el regalo justo a la fiesta - él remarca un poco la palabra "justo" mientras frena bruscamente en un semáforo en rojo.
- No se trata de eso.
- Entonces dime de qué se trata.

Lo bueno y lo malo de este asunto es que, en realidad, prefiere mil veces pasar la mañana de sábado con un delfín muerto que buscando un regalo para un niño de un año en un centro comercial. Pero ni loco se lo diría a ella, que teclea en la Blackberry con furia. ¿Qué estará haciendo? ¿Actualizar el estado de Facebook? Hay una aplicación en el móvil que localiza el lugar en que te encuentras y lo publica en tu muro. Antes estaban en el Bahía Sur, ahora van camino de la playa de los Alemanes y, por alguna razón que no alcanza a entender, todos sus amigos van a enterarse en tiempo real. Le preocupa esa noción que parecen haber adquirido los humanos de que son importantes por el mero hecho de existir. De que todas las cosas que hacen, incluso las más anodinas, merecen la atención y el aplauso social.

Ella deja el móvil y se quita las sandalias. Coloca las piernas en el salpicadero. Lo hizo una de las primeras veces que salieron juntos, cuando él la llevó a conocer la duna de Bolonia. En aquel momento le pareció increíblemente desenfadado y original, y miraba todo el rato los pies desnudos contra el cielo azul como si fueran la promesa de algo. Ahora sólo puede pensar que si el coche choca contra algo, ella se partirá las dos piernas de una forma muy desagradable. Y si ya es coñazo normalmente, no se la quiere ni imaginar con las piernas partidas.

Llegan a la playa. Un voluntario está sosteniendo al animal, y el resto se dedica a intentar mantener alejados a los curiosos. Le pasan un peto de goma y unas botas altas; no hace frío, pero no se sabe cuánto tiempo tendrá que estar dentro del agua.
- Se quedó varado en la orilla e intentamos devolverlo, pero está muy débil.

Se mete en el agua y llega junto al delfín. Es joven, no llegará a los dos metros, y le calcula unos ciento cincuenta kilos. Apenas se mueve. Lo agarra entre los brazos y le asombra lo ligero que parece. Consigue flotar un poco con las últimas fuerzas que le quedan.

En la orilla ella da vueltas despacio con las gafas de sol puestas.
- ¿Va a tardar mucho?

Él no contesta. Le parece absurdo contestar, porque no sabe decirlo. Se limita a medir las constantes cada cierto tiempo. En realidad no es su cometido; él debería entrar en escena cuando el delfín muere, para asegurarse de que se retira correctamente el cadáver y se realiza la autopsia.
- ¡El autobús sale cada dos horas, creo que no me merece la pena! - ella grita para hacerse oír por encima del viento.
- ¡Me parece bien!

Estoy sosteniendo en las manos una vida que se acaba, piensa. Dicen que los delfines son los animales más inteligentes del mundo. A él le resultan siniestros. Quizá es por el desfase entre la inteligencia que se supone que tienen y su falta de expresividad, lo distintos que son a los humanos. No es difícil atribuirle inteligencia a un mono, que gesticula y se mueve casi como una persona, pero asumir que los delfines esconden habilidades increíbles detrás de su cara rígida y su cuerpo resbaladizo le inquieta. Mientras le da vueltas a esta idea, siente cómo el delfín gime y se estremece.

Pasa el tiempo. Lleva ya hora y media aguantando al animal, y se le han entumecido las piernas y los brazos a pesar del mono de goma. Ella pasea por la arena como un animal enjaulado.
- ¡Pues menos mal que había prisa! - protesta, y luego se dirige a una de las voluntarias -. Me dijo que no le daba tiempo a dejarme en Cádiz.

La chica se encoge de hombros. Él vuelve a tomarle las constantes al delfín.
- De verdad, ¿es que no se podía morir el lunes?

Él se vuelve.
- ¡Ven aquí! - exclama.
- ¿Qué?
- Que vengas, joder.
- ¿Para qué? No puedo, mira cómo voy vestida.
- Pues quítate las sandalias y súbete el vestido.
- Estás como una cabra.
- ¡Ven de una puta vez!

Ella enarca las cejas, pero se quita las sandalias, se agarra la falda con las manos y camina hasta su lado, quejándose un par de veces porque el agua está fría.
- Tócalo.
- ¿Que?
- Que lo toques. Quiero que lo toques. Ya que estás aquí, por lo menos toca al delfín, ¿no? Nunca habías tocado ninguno.

Extiende la mano con precaución y la pasa por la piel resbaladiza del animal.
- Uf, qué grima. Está tieso, el pobre bicho, ¿verdad? Qué lástima...

Él levanta la cabeza. La mira a los ojos, que ella abre mucho, como intentando despertar algún tipo de simpatía que él ya no encuentra.
- Y ahora - dice él - te coges el autobús y te vas para Cádiz.
- Bueno, eso lo decidiré yo, ¿no?
- Coge el autobús. En serio.
- Pero, ¿por qué? ¿qué te pasa a ti ahora?

Él no dice nada. Sabe que a veces tiene un carácter difícil. También sabe que es sábado por la mañana, que el crío es el hijo de su mejor amiga, que ella tampoco se ha quejado tanto, dadas las circunstancias. Pero no sabe cómo explicarle que el delfín se está muriendo, que era un animal vivo que iba por el océano tan tranquilo, pensando en su plancton, en sus cosas, y ahora se está muriendo entre sus brazos. Y si ella no es capaz de respetar eso (al bicho que se muere y, sobre todo, a sus brazos que tienen que sostenerlo) entonces más le vale coger el puto autobús.

Al final el delfín para de moverse. Todas las luchas tienen que terminar de alguna manera, por mucho empeño que le pongamos a seguir flotando. Él nota enseguida cómo el cuerpo comienza a hundirse y cómo aumenta la sensación de peso en sus brazos agotados. Da un par de voces para avisar y acaricia muy suavito la piel gris del bicho, que ya no le parece tan siniestra. No tiene muy claro si ella sigue en la playa o se ha ido sola para la parada. A decir verdad, tampoco le importa mucho.

3 comentarios:

  1. Marina, eres la puta ama y vas a llegar muy lejos como escritora pero la verdad, eso me parece insignificante comparado con el hecho de q tengas esa imaginacion y sensibilidad ... es como tu dijiste una vez de Nick Norby: el mundo merece la pena xq hay gente como tu en el!!!! Gracias.

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  2. Qué bueno, Marina!
    Me ha encantado y me quedo con la reflexión sobre los delfines, su inteligencia y por qué le inquietan.
    Y también la tristeza,soledad y hartazgo que esconden muchas veces las relaciones.
    Un abrazo
    Maria

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  3. Me encanta como escribes, me remueve, ...vamos que me engancha!

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