massobreloslunes: SSHP 5: Recordadme que la próxima vez que me ofrezcan hacer un barranco me niegue en redondo

lunes, 27 de agosto de 2012

SSHP 5: Recordadme que la próxima vez que me ofrezcan hacer un barranco me niegue en redondo

Me despierto en mi cama de Jaca y compruebo constantes vitales. La respuesta de mi cuerpo es clara. Dolor. Voy probando músculo por músculo. ¿Gemelos? Dolor. ¿Cuádriceps? Dolor. ¿Bíceps, tríceps, dorsales? Dolor, dolor, dolor. Yo que ya pensaba que este pobre cuerpo mío se estaba acostumbrando a recuperar rápido, y me encuentro en una de esas resacas deportivas horribles que ya hacía tiempo que no vivía.

Me paso toda la mañana sin poder moverme. Verídico. Nivel no querer abrocharme el sujetador. Jorge me dice de ir a escalar esta tarde, y lo peor es que todavía tengo el valor de pensármelo. ¿Escalar, Marina? Seamos objetivos: no puedes andar, así que resígnate a descansar hoy. El resto de la mañana transcurre en medio de objetivos concretos y pequeños: paracetamol. Agua. Dormir.

Por la tarde recupero parecialmente las ganas de vivir y voy a visitar la quesería de la familia de Arriel, el compañero de piso de Jorge. Nos enseña las instalaciones y el obrador y nos da a probar el queso. Las ocas que compraron para hacer foie siguen vivas porque les dieron pena, y amenazan con alas abiertas y chillidos salvajes a cualquiera que ose acercarse a ellas. A Arriel le gusta el trabajo y se le nota; "ojalá no me gustara, porque así huiría de aquí", dice justo antes de explicar, encantado, cómo su madre y él charlan de las cosas del día mientras rellenan los moldes de queso antes de meterlos en la prensa.

Mañana me marcho de Jaca en dirección a Polientes, en Valderredible, al sur de Cantabria. Me da penita irme, porque es curioso lo poco que se tarda en habituarse a un sitio y a una gente. Un viaje es una buena metáfora de la vida: gente que llega y que se va, conocer y encariñarte con algo y perderlo justo después. Vivir muy consciente el presente porque sabes que nunca va a ser lo mismo que esto: nunca vas a vivir de nuevo la experiencia de llegar aquí sin conocer a nadie y que te traten bien porque sí, que te lleven a escalar, que te den las llaves de una casa. Hoy he leído que la vida no va de merecerse, sino de permitir. Permitir que te pasen cosas buenas: el amor, la amistad y la generosidad. Creo que a mi autosuficiencia esta generosidad tan gratuita del couchsurfing le está sentando bien. Es como un bálsamo que te ofrezcan cosas sin esperar más que los mínimos.

De todas formas, me apetece seguir viaje. Mañana la Dobloneta y yo saldremos temprano en dirección a Cantabria. Mis planes cántabros se vertebran sospechosamente en torno a buscar y consumir la mayor cantidad posible de sobaos pasiegos. Sobaos que rezumen mantequilla. Sobaos que pesen en mis manos como diciendo: aquí estoy, soy una bomba calórica, ven a mí. Y entre sobao y sobao, quizá dar algún paseíto y demás. Allí me alojaré con Carlos, un andaluz exiliado que sale los fines de semana a buscar y fotografiar animales.

Seguimos informando. Me da la impresión de que las agujetas causadas por la parte Hill del proyecto se están cargando la calidad literaria de la parte Steinbeck, pero qué le vamos a hacer.

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