massobreloslunes: Superando positivamente la depresión posvacacional

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Superando positivamente la depresión posvacacional


Estoy en el mostrador de una de las plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que curiosamente es de Gijón.

El hospital es como 13 Rue del Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos. La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos, sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento, y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de cumpleaños.

Ahora estoy un poco aburrida, pasando el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí. He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el día encerrada.

Entonces giro la cabeza hacia la habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud, cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi ojo clínico.

El caso es que la mujer mayor está mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible, y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada, avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.

Me quedo pensando en la vida como códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.

1 comentario:

  1. No sé si lo dije alguna vez, pero me gusta mucho cuando escribes sobre tu trabajo!

    :*

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