massobreloslunes: Imaginación

sábado, 20 de octubre de 2012

Imaginación

El chico de la sonrisa bonita llevaba tanto tiempo solo que un día le dio por acordarse de sus amigos imaginarios. De pequeñito, siempre le habían dicho que tenía mucha imaginación, pero lo decían como algo negativo: la tutora movía la cabeza mientras lo comentaba con los padres, la psicóloga del colegio rebuscaba entre los papeles de su escritorio el dibujo que había hecho en clase la semana pasada. Lo de los amigos imaginarios no lo sabía nadie; incluso de niño, intuía que la idea podía no tener un efecto positivo entre los que le rodeaban.

Su primer amigo se llamaba Darwin y era un pájaro carpintero. ¿Por qué carpintero? Porque cuando el chico de la sonrisa bonita estaba en clase, mirando distraído por la ventana, le gustaba imaginar que el pájaro agujereaba con su pico el techo o las paredes del aula y que él podía ver cosas fascinantes. El despacho de la directora, a la que siempre imaginaba sacándose mocos cuando no la observaba nadie. El cogote de los niños de la clase de al lado. También imaginaba que el pájaro podría picar en la nuca al profesor de educación física, o comerse la coliflor del almuerzo cuando su madre no miraba.

Cuando le regalaron su primer coleccionable de dinosaurios, se dio cuenta de que quería uno. Para no ser desleal a Darwin, se lo imaginó volando feliz en dirección a los mares del sur, y justo después imaginó a Santi, su dinosaurio, saliendo de un huevo violeta en mitad del patio de recreo. El dinosaurio, sin embargo, duró bien poco; pronto se hizo demasiado grande para la clase y para transportarlo en coche hasta su casa, y al final no tuvo más remedio que dejar que se marchara libre en dirección a los campos de cultivo, montando con sus grandes patas jurásicas un estruendo que sólo escuchaba él.

Después vino Leo, que era un chico un par de años mayor que él. Leo lo sabía todo: cuándo y cómo empezar a afeitarse, qué curaba más rápido un grano inoportuno o qué eran las pajas esas de las que hablaba todo el mundo. Cuando el chico de la sonrisa bonita quería entablar conversación con una chica desconocida, Leo le susurraba al oído las palabras adecuadas. El chico se habría muerto antes de admitir que tenía un amigo imaginario cuando se suponía que debía estar comprando porno a escondidas, y se habría dejado torturar durante días antes de confesar que, en el fondo fondo, no creía que fuera imaginario. Que una parte de él pensaba que Leo existía en un plano de realidad alternativo.

El caso es que, como decía al principio de este relato, el chico llevaba tanto tiempo solo que decidió inventarse una novia imaginaria. Lo hizo más bien como un juego. Era bonito imaginar que había una chica esperándole en la cama antes de dormir. Quiso ponerle un nombre, pero no le salía, así que pensó en una inicial. Tenía que ser la inicial de una chica con la que no hubiera estado nunca antes y que fuera complicado encontrar después, así que la llamó Hache.

Podía imaginarse perfectamente la cara de Hache. Era preciosa, claro que sí, pero nada vulgar: tenía unos ojos marrones y cálidos, los labios gruesos y un pelo castaño y brillante cayéndole por la espalda. Apenas usaba maquillaje; sólo un poco de brillo de labios. La imaginaba siempre con vaqueros y siempre descalza, con unos pies muy bonitos de uñas pintadas asomando por las perneras. Por la mañana, cuando el chico de la sonrisa bonita se desesperaba por tener que ir otra vez a trabajar, se daba la vuelta en la cama y se imaginaba a Hache. Con la mejilla apoyada en la mano, los ojos medio cerrados, el pelo suave cayéndole sobre la frente sólo un poquito desgreñado. Hache le daba ánimos, porque sabía que no tenía ganas de levantarse, y luego él le contaba lo que había soñado por la noche y le daba un beso en la mejilla antes de ir hacia la ducha. Le gustaba marcharse de la casa e imaginarla todavía dormida y calentita bajo el edredón.

Al salir del trabajo, Hache le esperaba sentada en el murete del parque cercano. Fumaba tabaco de liar y balanceaba sus piececitos perfectos sobre la hierba. Él se sentía orgulloso de verla ahí, tan preciosa y tan joven, y se acercaba para recibir un abrazo estrecho que olía a sudor dulce y colonia de baño. "Estoy hasta los huevos de la crisis", decía, y Hache le consolaba, le contaba un par de chistes y tapaba con su manita el viento mientras él encendía un cigarro.

Le gustaba imaginar a Hache de muchas formas. Acodada en la barra del bar con todos sus amigos, riéndole los chistes, buscándole la mirada para marcharse cuando estaba cansada. Sentada al extremo de la mesa familiar los domingos al mediodía, sonriendo cuando le veía resoplar por la octava burrada que su hermano el pijo había dicho sobre la editorial del ABC. Quedándose dormida sobre su hombro en el cine, sin que parecieran molestarle en absoluto los tiros de las pelis de acción que él elegía siempre. Sobre todo, le gustaba imaginársela a su lado por las noches. Él leía bajo la lámpara y Hache, que siempre decía que tenía demasiado sueño para concentrarse, apoyaba la cabeza en su hombro y se quedaba dormida. Él pasaba las páginas con muchísimo cuidado, para no despertarla, y al final se deslizaba bajo el edredón como un gusano enamorado y también se quedaba frito.

Unos meses después, el chico de la sonrisa bonita conoció a una chica que también tenía una sonrisa bonita y que trabajaba con él. Parecía simpática, estaba soltera y, más aún, parecía interesada en él. Le esperaba para ir a comer al mediodía. Se acercaba a su ordenador con excusas. Una tarde de viernes le interceptó justo cuando salía de la oficina en dirección a casa. "Voy a ver una exposición al centro esta tarde - le dijo -, ¿te apetece?". Él pensó que sería agradable. La chica tenía una sonrisa muy bonita. Pero luego miró a Hache, que fruncía ligeramente sus bonitas cejas justo un metro detrás y se sacudía la melena con ese gesto que demostraba que estaba enfadada aunque intentara disimularlo. Se encogió de hombros. "Lo lamento mucho - dijo -. Me encantaría, pero no puedo. De verdad que no puedo".

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