massobreloslunes: enero 2012

martes, 31 de enero de 2012

Mi roco


Acabo de llegar de entrenar. Llevaba sin ir al roco desde diciembre por culpa del maldito tobillo, y aunque todavía me molesta un poco no podía ya más con mi vida sedentaria. Así que ayer fui a la ortopedia y me compré la tobillera más cara que tenían, y hoy me he plantado allí para apretar un rato.

Mi roco es, casi seguro, el más cutre del planeta Tierra. Con decir que nos han cortado el agua por impago y ahora no se puede mear. Está sucio nivel mi inmunidad se ha incrementado desde que entreno allí, y desordenado nivel un día llegué a mi casa y me había traído unos calcetines que no eran míos.

Los entrenamientos transcurren más o menos así: llegas en coche, aparcas en zona prohibida justo delante de la puerta y te encuentras abierta la persiana metálica. Entras lanzando un sonoro "illoooooooooooo" al que se te contestará con otro "illoooooooooooo" más o menos igual de sonoro. Empiezan los saludos: aquí en Andalucía das dos besos cuando llegas y dos cuando te vas, y da exactamente igual que te vieras por última vez hace un mes o hace dos horas y/o que estés sudando como un cerdo porque llevas un rato entrenando. Si son dos tíos cambian los dos besos por darse la mano y palmadas muy fuerte. "Qué pasa, quillo", "Aquí estamos a ver si entrenamos un poquito", "¿Lleváis mucho rato?", "Desde las cuatro de la tarde" (risa que indica que es broma y que acaban de llegar, exactamente igual que tú.) Etc, etc.

Te cambias. Hace un frío que te cagas (la calefacción no se conoce en Cádiz, ¿lo he dicho ya?) porque, además, la puerta no cierra y entra corrientazo húmedo desde la calle. Pero bueno; así al menos se airea y tu inmunidad aumenta aún más. Te cambias y te congelas. Si eres yo, calientas un poco; si eres cualquier otro, estiras mínimamente los brazos y te cuelgas de los tablones mientras te ríes de Marina, que está haciendo rotaciones de codos como en las clases de educación física del cole.

Después cada uno entrena un poco según sus gustos y caracteres. Jugamos a un dos mas dos, que yo no sé por qué se llama así si siempre vamos de tres en tres. Consiste en que el primero elige tres presas para las manos y pone los pies donde quiera; el siguiente repite lo del primero y pone otras tres; y así hasta que uno se cae. Siempre hay alguno que destroza el dos mas dos poniendo pasos imposibles de la muerte, y si jugamos tíos y tías nosotras solemos quedarnos intentando repetir, un poner, los veinte primeros movimientos, mientras ellos se retan en la parte más inclinada y emiten sonidos guturales.

Hay momentos para todo. Momentos en los que hay cinco notas compitiendo por un trozo de pared, y momentos en los que somos diez personas y solo hay una escalando, y los demás miramos, charlamos, animamos o nos peleamos por la música. Hay quien se marca vías y las repite un día detrás de otro. Hay quien le pide a otro que le vaya señalando las presas y luego le insulta cuando le pone pasos demasiado difíciles. Después los tíos compiten a ver quién se hace más dominadas y las tías practicamos posturas de yoga en el cuarto donde el Maik pega las palizas. A veces colgamos la cuerda de equilibrio de dos parabolts que hemos puesto en la pared para la ocasión y practicamos un rato.

Al final nadie entrena lo que quería. Los que venían decididos a intentar cuarenta movimientos seguidos para practicar continuidad acaban ensayando bloques duros de pocos pasos y cayendo reventados sobre los colchones. Los que querían ensayar su vía se enganchan al dos mas dos y protestan porque la gente no va lo suficientemente rápido. Y siempre hay alguien que al final dice "vamos a tomarnos algo", y algunos se quedan entrenando más rato y otros se dejan arrastrar al Lucky, el bar de la esquina. Nos sentamos fuera, porque los fumadores siguen imponiendo sus criterios nazis, pero nos da un poco igual porque venimos calentitos. El Lucky saca cañas, vinos y unas aceitunas riquísimas que aún no ha querido revelarnos dónde compra, y el Kpot dice "prohibido limpiarse el magnesio en el caldito de las aceitunas", mientras zabulle los dedos blancos en la cazuelita y se ríe muy alto.

Para cuando llego a Cádiz son las mil, como hoy, y acabo cenando tortitas de maíz con mantequilla porque no me dan las manos para prepararme nada. Estoy hecha polvo y me quedan ocho horas y pico para encajar otra vez en Puerto Real para ir al trabajo. Nuestro roco es un poco de aquella manera, lo confieso, y no creo que allí podamos entrenar ninguno como para acabar haciendo octavo grado. Ni falta que nos hace.

Y mientras miro las páginas web de los rocos de Madrid, anticipando los casi ocho meses que parece que pasaré allí el año que viene, pienso que bueno, que el nuestro no tiene vías largas para hacer con cuerda, ni gimnasio, ni sauna, ni duchas. De hecho, insisto en que no tiene ni agua. Es el sitio más cutre ever y nosotros los escaladores menos disciplinados del planeta. Pero no creo que haya otro roco igual. Y cuando esté ahí en Madrid acojonada, entrenando en mega rocos super equipados y rodeada de ochogradistas, pensaré en la Puerta Amarilla y me dará un montón de nostalgia.

lunes, 30 de enero de 2012

La luz y el túnel

Tengo la cara bien nivel mirarme al espejo así, por gusto, y no para examinar preocupada el avance del Acné del Averno en mi rostro inocente. Puedo decir sin temor a equivocarme que estoy mejor que en el último año y medio, y que además sigo mejorando. Hu ha. No tenía claro hasta qué punto era bueno compartirlo aquí, porque cada vez que digo que voy mejorando me ataca un Brote Infernal. Pero después de que hoy un chaval me dijera en el hospital que soy "un bombón" y de pasarme la tarde mirándome encantada de la vida en los espejos del Mercadona bajo la luz infernal de los fluorescentes, he pensado: qué coño.

ESTOY GUAPÍSIMA. Verídico.

¿Qué he hecho para llegar hasta aquí? Pues bueno, llevo una dieta ridículamente restrictiva la mayoría del tiempo. He cambiado de jabón y de crema. Tomo montones de Omega 3 hipercaro, junto con otros suplementos que voy alternando en función de mis ganas y mi dinero. No tengo claro qué está funcionando de todo esto; quizá es todo junto, o quizá, como dice mi madre, ya tocaba.

Hace unos días, dando vueltas por la librería, vi un libro de Buckowski y me acerqué mucho a la foto de la contraportada para distinguir las cicatrices de su acné en las mejillas. Ya hace mucho que leí "La senda del perdedor", pero el relato del acné del protagonista todavía me persigue. Explica cómo estuvo un tiempo sometiéndose a unos tratamientos muy dolorosos donde una chica le extraía la pus de los granos con una aguja. Después le empapaba la cara de desinfectante y se la vendaba, y a él le encantaba ir por la calle con su cara vendada, sintiéndose protegido y misterioso mientras clavaba miradas lascivas en los ojos de las chicas con las que se cruzaba.

Años después me vi tumbada en una camilla una vez a la semana mientras una esteticién me hacía unas limpiezas faciales muy, muy agresivas. Recuerdo el local, que estaba en una rotonda perdida del Zaidín, y cómo la tipa me daba un masaje relajante antes de empezar mientras sonaba música clásica. La música continuaba toda la sesión, y al final yo parecía la protagonista traumatizada de La muerte y la Doncella. Dolía mucho, física y mentalmente, sobre todo porque no servía para nada. Mi piel en aquella época era indescriptible. Indisimulable. Me rascaba la cara y caía una lluvia de piel muerta sobre mi jersey y, por debajo de mi cara despellejada y reseca, el acné se reproducía cada vez más violento. Los que no habéis pasado por esto igual no lo entendéis del todo, pero hay momentos en que es como tener un puto alien poseyéndote.

Ahora siento que me han devuelto mi cara. Aún me queda para estar del todo bien, pero ya he llegado a un nivel aceptable. Puedo maquillarme. Puedo rascarme. No me pica y no me duele. No me tengo que subir de espaldas al ascensor para no mirarme en el espejo. No evito la peluquería ni los probadores. Miro a las caras de la gente con cierto orgullo difuso. Cualquier día empezaré a sentirme hasta sexy. La cara es mucho más que lo que tenemos encima de los hombros: es nuestra identidad, nuestra forma de comunicarnos con el mundo. Y, como leí una vez que había dicho la francesa aquella a la que le transplantaron la cara, sin cara no hay futuro posible.

Escribo esta entrada para actualizar el estado de mi AA y porque me pone contenta. También porque no sé muy bien qué es lo que está funcionando, pero sé que lo que la solución, en realidad, está en el proceso. Dicen que cuando el alumno está preparado, aparece el maestro; de la misma forma, creo que cuando el paciente está preparado, aparece la cura. Es una mezcla entre testarudez y sensibilidad, entre sentirse agotado y mantener la esperanza. Yo estoy muy, muy lista para curarme.

El sábado por la noche pasé un buen rato hablando con mi madre del estigma del trastorno mental. Al final me acordé de algo que Prado, la psicóloga de drogas con la que roté, le dijo un día a un alcohólico en rehabilitación: cada uno tiene sus limitaciones. Lo que equivale a decir que cada uno tiene su cruz. Yo no sé cuáles son vuestras batallas, pero estoy segura de que las tenéis.

Si al final resulta que sigo por buen camino y me curo de esta Enfermedad del Mal, será lo más meritorio que he hecho en mi vida sin ninguna duda. Que yo sé que no es un cáncer, ni soy como el tetrapéjico ese que consiguió volver a andar con el único poder de su fuerza de voluntad. Pero para mí es muy importante todo el recorrido: haber sido capaz de sobreponerme al dolor y luchar. Cuando después de sufrir las limpiezas aquellas durante meses y de dejarme un dineral indecente terminé peor que nunca y tomándome otra vez el Roacután, sentía que no había esperanza. Cuando, meses después de terminar la última tanda de Roacután, me di cuenta de que estaba volviendo a empeorar y me puse a llorar delante del espejo del baño, otra vez volví a creerme que no tenía arreglo. De la consulta de último dermatólogo también salí llorando, cuando me dijo algo como "a ti con esto todavía te queda". Y ahora aquí estoy. Guapísima, insisto, y mejorando. Con arreglo. Con esperanza.

Así que bueno, ya está, eso era lo que quería contaros hoy. Que más allá de la dieta concreta o el suplemento concreto que puede ayudar en la batalla de cada uno, lo importante es estar ahí. Las batallas se ganan en las trincheras. No os deis por vencidos en la vuestra. Merece la pena.

Termino con una fotito de mí misma que incluye la preciosa coronilla rubia de mi preciosa sobrina Tahira.


domingo, 29 de enero de 2012

Fluyeeeeendo

No me puedo creer que ya vayamos otra vez camino al verano. Que eres una exagerada, Marina, me diréis algunos. Que estamos en enero, o bueno, si me apuras en febrero casi. Pero es que ya lo cantaba Quique González en Salitre, "nunca es primavera donde tú creciste", y aquí en el sur las cosas son así. Un invierno más que clemente, con un montón de días de sol de esos en que la Caleta parece la Quinta Avenida y casi no puedes andar. Las tardes cada vez más largas, que hoy me ha sorprendido ver que a las siete todavía quedaba luz. Febrero, que es un suspiro con los carnavales; marzo y abril, que igual sorprenden con los últimos coletazos de frío y lluvia. Y en mayo es mi cumple y ya hace calor, ya puedes irte a la playa, los días ya son estremecedoramente largos. Aquí en Cádiz no hay montañas y la luz reverbera en el océano, y a mí a veces me da miedo volverme loca como los del círculo polar cuando veo que son las diez y media y todavía no se ha hecho de noche.

Así que sí, vamos camino del verano. Cuando me quiera dar cuenta estaré otra vez tumbada al sol en la silla caletera. Acabo de estar echando un ojo a algunas fotos y vídeos antiguas que tengo en el ordenador. Que de verdad: si muero de forma inesperada, por favor, que alguien queme el Mac antes de que haya tiempo de meterle mano, porque me he dado cuenta hoy de que almaceno demasiados vídeos privados cantando Shakira con la guitarra. El caso es que hay uno de este verano y se me ve mortalmente rubia de pelo y morena de piel; parezco californiana, o algo. Canto Maldita Nerea con estusiasmo, pero sonrío poco y no sé por qué.

Llevan un par de semanas picándome las ganas de ir a vivir a otro sitio. En enero del año que viene me mudo a Madrid un mínimo de cuatro meses y un máximo de siete. Voy a rotar en la Paz con una psiquiatra que practica terapia narrativa con víctimas de trauma, y después quiero irme a un hospital de día a trabajar el apego en psicóticos. Me apetece muy mucho. No es que no me guste estar en Cádiz, que sabéis que me encanta, pero también me gusta mucho mudarme. Al final uno acaba amando las cosas si las hace el número suficiente de veces. Me recuerdo lloriqueando en Granada porque echaba tanto de menos... no Málaga, porque no era Málaga, sino cierta sensación de arraigo. Después aquí, extrañando Granada. Al final, para arraigar solo hace falta echarle un poco de corazón.

Me gusta más mudarme que viajar. Creo que es porque soy de reacciones lentas y tardo mucho en cogerle el ritmo a los sitios y a las personas. Pero al final, si te mudas dos o tres veces y consigues arraigar un poco en cada sitio, desarrollas una fe abrumadora en el proceso. Sabes que con la gente hay que ir despacio pero seguro, que quizá tengas que salir cuando no te apetece o pasar cierto miedo difuso si vas sola a entrenar a un rocódromo y temes que los maromos te hagan bullying. Pero al final no queda más remedio que conectar, y conectar es devastadoramente guay.

Ayer hice guardia con el MIR de psiquiatría. Iba a hablar bien de él, pero me ha pedido la dirección del blog y ahora me da vergüenza (¡hola, MIR!). Así que resumo diciendo que hizo de la guardia una buena guardia. Porque es un psiquiatra que escucha y que sabe hacer sentir a los pacientes que le importan. Porque es inequívocamente cálido y muy honesto. Porque aunque le cueste la misma puñetera vida quedar para tomar una caña, es la persona a la que llamo si me caigo con la moto y estoy llorando sola en el hospital a las ocho de la mañana. El MIR mola muchísimo. Y esta tarde he quedado para tomar algo con Nuria, que es BIR (Bióloga Interna Residente) y que también es mi amiga no tengo claro por qué. Las dos nos sentíamos solas al principio y las dos pusimos una voluntad tremenda en llevarnos bien: empezamos a quedar por quedar, sin coincidir nunca en ningún lado, y año y medio después seguimos llamándonos con regularidad aceptable y nos juntamos para criticar a los hombres. Hoy estaba todo cerrado y hemos terminado en un bar infumable del Mentidero, con el fútbol de fondo a toda pastilla, bebiendo un rioja de calidad dudosa mientras repetíamos "putos tíos" con una frecuencia aproximada de dos veces cada cinco minutos. Y eso está muy bien. El MIR salvó mi guardia, la BIR salvó mi domingo. Y me acuerdo ahora concretamente de los primeros meses que pasé en Cádiz, cuando pensaba: es una ciudad preciosa, pero para compartirla con gente. Quiero quedar con alguien para entrar en estos bares y pasear estas calles. En ese sentido parece que todo ha empezado a fluir bien, y me voy con el argentino a cenar vino con muffins de chocolate al Café Levante y con el Kpot a fumar tabaco de liar y a intentar descifrar los recorridos mentales de la gente. Y, en fin, esa es mi vida y es guay pero, aun así, me apetece un montón mudarme.

Que no hay prisa, ojo. Que me quedan once meses en Cádiz y luego otros diez, cuando vuelva de Madrid. Pero no es tanto. Si consigo hacer las dos rotaciones externas seguidas, este verano será mi último verano aquí, así a priori. Lo que es muy increíble, porque el verano en Cádiz está ahí a caballo entre la indolencia y la magia y una se siente muy, muy afortunada cuando cabalga en moto por el aire cálido y puede oler el mar desde cualquier parte. Aun así, me imagino en Madrid de aquí a un año. Me imagino compartiendo un piso un poco cutre con veinteañeros largos como yo, gente que a lo mejor está también un poco perdida pero que se junta por las noches para contarse el día y tomar una caña en el salón. Me imagino apuntándome a algún roco, que allí debe de haberlos buenos, y quedando los fines de semana para ir a escalar adherencias en la Pedriza (y eso que no me gustan las adherencias). Me imagino discutiendo recorridos de metro para llegar lo más rápido posible de un punto a otro, y vagando por el centro los domingos solo porque están las tiendas abiertas y porque puedo. Escuchando conciertos en el Libertad 21. Comiendo al sol en los indios de Lavapiés. Paseando por el Retiro así toda melancólica y luego escribiendo aquí en el blog y creando una etiqueta llamada "Madrid".

Así que bueno, la vida. Uno siempre está en otro lugar, supongo. Estás en un futuro donde tienes amigos con los que tomar vinos, y después, cuando esos amigos llegan, estás en otro futuro en el que vagas por otra ciudad y piensas, a su vez, en un futuro en que podrás irte con alguien a descubrir sus mejores esquinas. Y en medio de todo eso vas haciendo el viaje. Y al final lo más importante, lo mejor de todo, es la gente a la que conoces por el camino. Porque ellos son los que construyen verdaderamente las ciudades que habitas.

jueves, 26 de enero de 2012

Duele

Vale, las cosas claras. Sí, estoy con la regla y sí, mi útero está empeñado en demostrar que tiene su propia opinión respecto a las cosas y sí, odio el frío húmedo de la costa todo lo que un ser humano puede odiar un fenómeno meteorológico. Y acabo de terminar el post (estoy añadiendo esto a última hora) y no me siento nada mejor que cuando empecé. Más bien al contrario. Así que igual os sale más a cuenta esperar a que me cambie el humor y vuelva a escribir sobre lo mucho que mola todo. Hecha esta aclaración, prosigamos.

Hoy he tenido momentos de particular empatía con los pacientes. Empatía de la mala, de la dolorosa. Creo que es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en cuanto a dinero, a salud, a posibilidades, pero no es fácil darse cuenta de que uno es afortunado en amor. Porque todos nos sentimos más o menos solos, porque la gente va a su puta bola y las relaciones románticas se están convirtiendo en un compás neurótico a dos voces. Pero a veces ves a alguien que está solo, solo de verdad: una familia realmente patológica, donde a un miembro se lo está silenciando. Y la enfermedad mental es una de las mejores excusas para silenciar a alguien. Es muy terrible.

Hoy estaba de observadora en la consulta y ha habido un momento en que he tenido que mirar al suelo porque no podía aguantar mirar a la paciente a la cara. Porque me dolía. El psicólogo estaba empeñado en dejarle muy, muy claro hasta qué punto estaban equivocados los delirios y las alucinaciones del principio del ingreso. La chica estaba mejor y empezaba a hacer crítica, pero yo sentía como si se le estuviera robando algo muy básico. Es decir, que los delirios son falsos, claro que lo son, pero el sentimiento que esconden es verdadero. Y nadie le estaba reconociendo ese sentimiento, y ella estaba triste y desconcertada y yo me daba cuenta de hasta qué punto tenía que estar sola.

Así que luego me he venido a casa pensando que me da mucha penita, y pensando también que no es bueno que me dé tanta penita, y pensando, por último, que me estoy sobreimplicando y que eso puede perjudicar a la paciente. Porque después están todas esas barreras que nos ponemos, el cuidado extremo en que no se confundan papeles, en que nadie se tome más confianza de la cuenta. Y acabas sintiéndote mal y encima sintiéndote culpable por sentirte mal.

Lo que decía: que el amor es un bien muy preciado. Es muy, muy importante que construyamos vínculos. Por la tarde he estado dando vueltas por el Corte Inglés y hablando con Elsa por teléfono, y en realidad yo quería escribir hoy sobre eso: sobre una conversación completamente absurda que hemos tenido en la que intentábamos dilucidar si un hombre puede ser a la vez espiritual Y sexy. La hipótesis general es que no: que lo sexy tiene que ver con cierto componente retador y cuasi-malvado que no está presente en lo espiritual. El tema es que tener amigos es tan guay. Tan positivo. Amigos y familia, gente que te quiere, que te valida y que te escucha. De verdad que los vínculos son muy importantes. Y tenemos mucha suerte de poder tener vínculos sanos y de que nuestras cabezas están sanas.

A algunos pacientes hay que inyectarles psicofármacos una o dos veces al mes, y nosotros nos quedamos tan panchísimos, ¿sabéis? Tan jodidamente panchos. Pensando en el buen, buenísimo rollo que da que exista una medicación que favorece el cumplimiento terapéutico porque sólo hay que administrarlo una vez al mes. Sin darnos cuenta de lo que está significando para una persona el hecho de tener que ir una vez al mes a un centro de salud mental y ponerse en cola con otro montón de enfermos abotargados y rechonchos a que le pinchen su inyectable. Y mientras vamos por ahí con nuestras batas y los bolis, los cuadernos, los calendarios con las caritas sonrientes del Risperdal y el logotipo futurista del Xeplion. Y los compañeros te cuentan orgullosos que el de Janssen se los lleva de congreso a Barcelona con todos los gastos pagados. Y no es que yo esté en contra de la medicación, en absoluto. La medicación es una ayuda muy grande que muchas veces controla y apacigua lo que nosotros, por desgracia, todavia no sabemos controlar ni apaciguar. Pero no se puede tratar de eso, es decir: no puede consistir todo en convencer al paciente de que acepte el inyectable y después sentarnos con él en una consulta para que reconozca que lo que dijo en la primera parte del ingreso no eran más que delirios absurdos inducidos por su enfermedad. Hay algo dentro de mí que se rebela muy mucho contra eso y es lo que me tiene hoy un poco dolida.

Esta mañana hemos visto también a un preso que había matado a otro notas de una puñalada, verídico. Nos ha contado una historia familiar que me abstendré de detallar por la confidencialidad y demás, pero que era tan sórdida que llorabas. Y al final te dice que se está tomando su antidepresivo y su alprazolam. WHAT THE FUCK. Es decir, ¿qué cojones estamos haciendo con nuestras vidas? ¿Qué clase de sociedad estamos produciendo? Como si los putos niveles de serotonina fueran el puto problema del notas. Un chico con problemas familiares, de drogas, de alcohol: un chico que, sencillamente, tiene la cabeza y el corazón tan destruidos que muy probablemente no sea capaz de establecer relaciones normales y sanas nunca. Porque tiene el alma torcida ya, desde siempre.

Es que no sé. No sé muy bien cómo expresar esto, porque insisto en que yo soy muy pro pastis cuando las pastis ayudan. Lo que pasa es que cuando llevas un tiempo trabajando en el SAS empiezas a darte cuenta de que el mundo no es esto, es decir: el mundo no es el puto twitter. El mundo no es nuestras movidas, no es decidir si te compras el Ipad de 16 o de 32 gigas, no es preguntarnos si mi trabajo de ocho a tres llena todas las aspiraciones de mi alma inmortal ni es preocuparse todo el rato por el Acné del Averno. No sé. Recuerdo el día que mi padre me dio mi tarjeta de la seguridad social, cuando se empezaron a utilizar las individuales en lugar de las cartillas. Me soltó una charla larguísima acerca de las desigualdades. Me dijo que debía tener en cuenta que el mundo se dividía en dos clases: los de arriba y los de abajo. Y que nosotros, por pertenecer a la clase media, o a la clase mediaestúpida, que diría Mafalda, no nos teníamos que equivocar. Que no estábamos arriba. Que arriba estaban otros, los muy, muy poderosos, esa gente que va por ahí ganando mucho, mucho dinero a costa de jugar con el bienestar más básico de los demás. Y yo estoy de acuerdo con mi padre, pero también discrepo en el sentido de que me temo que están los de abajo, sí, pero también los de Muy Abajo, como el de la cárcel o como la paciente del inyectable. Los hay que están realmente muy desprotegidos. No sabéis cuánto. Están en la parte de abajo de toda esta cadena alimenticia económica y afectiva que recorre el mundo, y lo peor de todo esto es que tres de los cinco medicamentos más vendidos en el mundo son psicofármacos. Tres. Y tú los ves rodando y rodando, desde que una cabecita privilegiada los concibe y otras cabecitas privilegiadas los venden y te imaginas esa cajita de alprazolam llegando hasta Puerto II, que es la parte de prisión preventiva del Penal del Puerto de Santa María y dices: ¿en esto es en lo que estamos pensando? ¿En esto piensan los laboratorios cuando invierten en regalar cosas bonitas a los médicos, en comprarles libros y en invitarles a viajes? ¿Esta es la manera en que la Salud Mental está arreglando el mundo?

No sé, todo es muy confuso y yo estoy muy cabreada. Por esto no hablo de noticias de actualidad y por esto adopto la táctica del avestruz, a saber: cierro los ojos. Si no lo pienso, no existe. Bastante tengo con la Guardia Civil hoy apostada a la puerta de la consulta. Está bien recordarlo, sin embargo: recordar que esas cosas existen y que hay gente que está viviendo así. En nuestra ciudad. En nuestro primer mundo. Que cómo no estarán los de abajo. Porque yo hago lo que puedo con mi vida, de verdad: hago lo que puedo. De entre toda la cantidad tremenda de sufrimiento que uno puede escoger ayudar a aliviar, yo elegí el emocional: porque lo que me toca es esa privación afectiva horrorosa que está matando de sed a mis pacientes. Pero aun así es como poner una cabeza de alfiler en un colador enorme y a veces duele. Y hoy duele.

En fin. Lo voy a dejar ya aquí, porque es que no me encuentro ni un poquito mejor. Ni un poquito. Y yo que quería escribir sobre la relación inversamente proporcional entre espiritual y sexy. Así me va.

miércoles, 25 de enero de 2012

Por eso me quedé soltera, VI: la risa

Ya os he dicho que yo busco al MD: el Maromo Definitivo. Es un chico sexy e inteligente a la par que espiritual y deportista. Es una especie de superhombre cuya existencia ideal en lo profundo de mi mente me condena a morir soltera y rodeada de gatos.

Entretanto, un hombre divertido tiene mucho que hacer.

Yo tengo mucho sentido del humor. Mucho y muy amplio. Cosas que me hacen gracia, así que se me ocurran:
- Los juegos de palabras absurdos (¿Qué es una oreja? Sesenta minutejos).
- Loa chistes clásicos de los que tardan una hora en contarse, como el de Patxi Skywalker y la espada láser (necesario conocerme en persona para que os cuente el chiste entero).
- El humor negro negrísimo rollo Espeonza. Aunque, ¿a quién no le hace gracia Espeonza?
- El humor surrealista, como las tiras de Silvio José, el buen parásito.
- Los monólogos del Manu en Canal Sur.
- "Los euskolegas", de Vaya Semanita.
- El videoclip de "Qué pasa contigo tío". Creo que lloré la primera vez que lo vi.
- Mafalda y Garfield.
- Los cuentos de Saki.
- Mortadelo y Filemón.
- Chistes cortos y absurdos, como el del viejo con Alzheimer y cáncer o el del borracho que llega a su casa y su mujer le dice "Paco, ¿de dónde vienes?", y él contesta "¿Paco? ¡De Francisco!" (tiene más gracia en andaluz, por la fonética).
- Hacer que la gente rime cosas con "-ota" y "-olla" para poder decir "agárrame las pelotas/polla".
- Las chirigotas.
- Convertir frases inocentes en alusiones sexuales.
- Friends, Modern Family, Los informáticos y hasta Cougar Town, la serie rara de Monica la de Friends de mayor, que no le hace gracia ni a la PK.

Así que mi humor es muy versátil. Lo único que no me hace gracia son los vídeos de caídas así de forma gratuita y cierto tipo de humor violento o snuff como unos dibujitos de animales de peluche que se suicidan, que no recuerdo cómo se llamaban.

Así que un chico que me hace reír tiene mucho ganado. Pero no es sólo eso. Es que creo que no pudiera estar con alguien que tuviera un sentido del humor bastante poderoso.

Hoy iba por la playa y pensaba que Andalucía me gusta muchísimo. Es un lugar particular al que le tienes que tolerar muchas cosas: mucho ruido, gente que tira papeles por la calle así de forma gratuita, gente que ofende tu sentido estético enseñando sus lorzas sudorosas en mitad del verano. Hacer fiesta por todo, ser los que más gritamos del mundo, que escales en el norte y sólo haya pacífico silencio y que escales en el sur y no puedas oír lo que te dice tu compañero porque hay veinte personas haciendo chistes y diciendo chorradas a pie de vía. El calor en verano, el hacinamiento playero, los estereotipos, las hordas de guiris, el hecho cierto de que somos muy impuntuales. Pero te ríes, cojones. Te ríes tela de practicamente todo.

Es curioso, porque mientras que MQEN y yo tenemos un sentido del humor muy similar y nos seguimos riendo juntos muchísimo, la verdad es que J. y yo ahí no coincidíamos tanto. "¿Te has fijado en que en Futurama nos reímos en momentos distintos?", me decía él. Y era cierto. Y a él sí le hacían gracia las caídas y los peluches suicidas. Aun así, resistimos porque sí que coincidíamos en cierta parcela surrealista y boba y porque él era en general alegre. Algunas noches nos poníamos a contarnos chistes en bucle, chistes que además los dos nos sabíamos de antes, y podíamos pasar horas doblados en dos en el sofá del salón.

Para mí el humor tiene una dimensión muy amplia: considerar la vida una especie de broma gigante y reírse al máximo de la mayor cantidad posible de cosas. Verle la gracia a casi todo, como al chihuahua de mi vecino, que se llama Shakira, o al chico con esquizofrenia que le ha dicho hoy a otra paciente: "No, si tú eres buena persona; lo que te pasa es que tienes un problema con tus hormonas".

Así que no me gustan los secos ni los serios, aunque tenga ciertas fantasías chungas con los polvos castigadores. Quiero un chico que me haga reír y que se ría de al menos la mitad de las cosas de la lista que he incluido al principio. Y, muy importante, al que yo también pueda hacer reír mucho. Porque soy graciosa, de verdad; aquí no se nota tanto porque me pongo trascendente con una frecuencia preocupante. Pero soy graciosa.

*****
Pregunta del millón: ¿y qué pasa con el argentino?

Pasa que temo que me lea en algún punto, porque estamos demasiado cerca en la red y los caminos del Señor son inescrutables, y ya conocéis mi primera regla para escribir sobre gente.

Pero se ríe. Se ríe mucho. En los mismos momentos que yo. Y me deja pasar delante siempre.

martes, 24 de enero de 2012

Besos que fueron y no fueron



Tercera entrada que escribo hoy. Es una de esas noches en las que estoy hasta el potorro de mi propia voz de escritora. Todo me suena como tan cursi, tan oh ah uh la lectura y la escritura y la psicología y la vida y todo es increíblemente enriquecedor y guay. Por Dios. Yo sé que os gusta eso del blog y, de hecho, es que hoy me siento así. Henchida. Ha sido una tarde muy bonita. He tenido una consulta superhardcore donde los padres del otro día me han contado cómo murió su bebé, lo cual es tremendo de horroroso, lo sé, pero me ha hecho sentir honrada de una forma extraña por poder compartir eso. He estado a punto de llorar, que es algo que no me había pasado nunca en la consulta, y en realidad he sentido que no hubiera pasado nada si lloraba, porque ellos se lo merecían. Era esa clase de respeto el que estaban pidiendo.

Al terminar les doy las gracias. He aprendido mucho con vosotros, les digo; es hermoso ver cómo os estáis apoyando el uno al otro. Lo estáis haciendo muy bien. Luego salgo a la calle, miro los restos de luz que le quedan al día. Camino hacia la playa, pero un enorme charco del agua que ha dejado al bajar la marea me impide el paso hacia la orilla. Calibro si cruzarlo con mis botas chungas de plástico y decido que no, así que me quedo mirando el mar desde lejos, como una exiliada, mientras los corredores trotan frente a mí por la estrecha franja de arena y las nubes brillan con una luz rosada. Pienso que el mar es enorme y yo soy enorme, y que lo que aprendo cada día, todo esto del sufrimiento y la luz, de la locura y los libros, lo que me da trabajar y escribir y leer y amar, lo que me da escalar cuando escalo porque llevo un mes parada con la mierda del esguince y, en fin, lo que me da esta vida que estoy llevando, es casi tan inconmensurable como lo que tengo ahora delante.

Después camino por la avenida y contrato Internet con ONO, lo cual pega poco con todo el rollo poético de la playa y tal que os acabo de soltar, pero bueno; es lo que hago. Y me meto en una librería a buscar algo que sustituya a "Libertad", de Jonathan Franzen, cuando termine las escasas cien páginas que me quedan; quiero llorar de penita por acabarme el libro. Quiero olvidarlo y empezarlo otra vez de nuevo. Ese libro, lectores, ese libro es como la materialización de por qué me gusta escribir y por qué me gusta leer: por la esperanza de poder hacer algo mínimamente parecido algún día, por compartir el empeño absurdo de iluminar nuestros actos torpes de humanos, los trompazos que nos damos en el camino, con cierta comprensión compasiva que no mejore el mundo pero sí proporcione, por lo menos, una extraña felicidad estética.

Al final me voy a la parte de libros para niños y acaricio los preciosos y enormes cuentos ilustrados. Es increíble el arte y la sensibilidad de los ilustradores infantiles. Está Blancanieves, que te hace estremecerte cuando ves el dibujo de la princesa con los labios muy rojos y los bordes de los párpados también rojos, y todo lo que debería ser una princesa contenido en la pálida belleza de su rostro dormido. Está Alicia goteando agua desde su pelo húmedo y reflejando lo que es ser una niña y a la vez estar seria y ser fuerte y encontrarse asustada. Y siempre que miro estos cuentos pienso en llevarme alguno, pero luego me digo "qué tontería, si ya eres mayor, y si además nadie se va a querer reproducir nunca contigo porque eres una tarada". Pero hoy me decido y me llevo Besos que fueron y no fueron, que es un libro maravilloso de verdad, en el que cada página habla de un aspecto de los besos: La Máquina de dar Besos, el Vertedero de los Besos, los Robabesos, Besos con Superpoderes, y cada uno está acompañado de una ilustración colorida y soñadora. Me lo llevo porque es bonito y porque puedo permitírmelo pero, sobre todo, me lo llevo porque contiene una manera tan divertida y loca de ser y de mirar el mundo, tiene dentro de sus tapas una cantidad tan grande de dulzura y de imaginación que quiero tenerlo cerca por su acaso a mí se me olvida.

Así que me voy a casa con mi cuento enorme y añado un par de libretas de la marca Moleskine (Míchel tribute, él sabe a lo que me refiero) porque la última que compré, en Madrid el día de mi cumpleaños, está llena de textos ilusionados y cursis de cuando conocí a IA, y ahora cada vez que la abro y/o la veo en mi escritorio no es que me entren ganas de quemarla, que también, sino que sencillamente me veo incapaz de seguir escribiendo en ella. Porque estoy tan enfadada. Tan, tan enfadada. Pero la vida debe seguir, y si no sigue en las libretas de antes pues habrá que comprarse libretas nuevas. Y ahora estoy aquí, en casa, con el cuento a un lado del ordenador, lista para echarle un ojo mientras me tomo un colacao de mediaoche. Tengo la casa muy desordenada, pero casi como acto consciente y voluntario: porque lo elijo y porque no me apetece ordenarla, porque quiero que sea más importante sentarme aquí a escribir que fregar los platos. Por eso.

No sé ni sabré nunca si ésta es la mejor versión de la entrada, lo que es como decir la mejor versión de mí misma. Si es mejor que las otras que escribí antes, que también hablaban de libros, de la muerte y de la luz imposible del atardecer de invierno detrás de la playa de la Victoria. Creo que una se cansa de su voz cuando no deja que se filtre toda su verdad por miedo. Y a lo mejor mi verdad de esta tarde no son solo los libros infantiles, ni la reverencia profesional ante el sufrimiento ajeno. La pura verdad es que estoy enfadada de la ostia con IA por joderme mi libreta de cumpleaños. Y no hay mucho que él pueda o quiera hacer por eso, y yo lo siento por los dos, lo siento de una manera tan profunda y rabiosa que no lo puedo expresar muy bien aquí. Hay pocas formas de acabar bien las cosas para todos, Peq, me dice MQEN por el teléfono, y yo lo sé, lo sé y lo siento. En ocasiones la gente se hace daño.

Lo voy a dejar aquí, más que nada porque o voy al baño a quitarme las lentillas o cuando lo haga me voy a arrancar de paso la córnea. Os quiero. Gracias por ser testigos de todo esto. ¿Os lo agradezco suficiente? Igual no. Gracias. De verdad. Leo vuestros comentarios desde el móvil y me sacan sonrisas a lo largo de todo el día. Escribir es genial y leer también. Comprad "Libertad". Comprad cuentos y libretas. Escribid y leed, amad, enfadaros. Que la vida es corta, pero ancha.

lunes, 23 de enero de 2012

Quedar con lectores: guía para principiantes

Estoy en un modo como didáctico estos días, así que os voy a ilustrar en un ámbito en el que mi experiencia no es muy muy amplia pero sí es valiosa y profunda: quedar con lectores. Y con quedar con lectores quiero decir con objetivos sucios. Se puede quedar con otros objetivos, pero para eso hacen menos falta mis dotes didácticas.

Si me dieran un euro por cada lector masculino potencialmente frinkable al que he conocido a través del blog, tendría como para irme a cenar a una pizzería de calidad media; si me dieran uno por cada lector con el que de hecho he frinkado, me podría comprar quizá una hamburguesa del Mc Donalds. ¿Normal, de oferta, con extras? ¡Jajaja! Ahí está el intríngulis de la metáfora. La cuestión es que tampoco voy por ahí tirándome a todo lo que me lee. Que yo soy una tía profunda y selectiva, por Dior.

Lo mejor que os puedo enseñar sobre quedar con lectores es lo siguiente:

NO LO HAGÁIS. NUNCA. BAJO NINGÚN CONCEPTO.

¿Por qué? Os preguntaréis. Pues porque no. Porque el nivel de exposición al que se llega a partir de un blog supone que si quedas con un lector al que le gusta tu blog llegues en unas circunstancias de desventaja extrema y dolorosa. Además de arriesgarte a que se decepcione. "Yo te imaginaba más dócil", me dijo uno. Además de que la química es algo que no se puede calibrar a través del ordenador, y si luego no existe y tienes que darle calabazas al notas, resulta violento. Además de que si luego la cosa sale mal, y hay muchas posibilidades de que salga mal, tú sigues teniendo un blog, sigues escribiendo y el notas te sigue leyendo, lo que supone que el tío que te acaba de partir el corazón tiene acceso ilimitado a tus intimidades y tú ni siquiera te puedes desahogar a gusto. Marco en negrita esta última frase porque es muy importante.

Si una vez leída esta advertencia seguís teniendo ganas de intentarlo, hay cosas que se pueden hacer para mitigar el potencial daño, y aquí entra en escena mi sabiduría.

1. Los previos. Cómo escribir para follar.

Yo esto no lo hago, que conste. Creo que este blog es demasiado... cómo lo diría... intenso y explícito como para eso. Por eso no me llueven del cielo las proposiciones indecentes, aunque caiga alguna que otra de vez en cuando. Pero si uno se lo propone, es relativamente fácil.

Si eres tía:
- Sé misteriosa, así como poco clara.
- Habla de sexo. Di que te gusta y escribe entradas atrevidas.
- Publica fotos tuyas insinuantes pero elegantes. A saber: cara borrosa, ojos pintados, enseño un hombro. Cara borrosa, labios rojos, destaco el cuello. Semidesnuda de espaldas. Semidesnuda en blanco y negro tapando pecho con libro. Tienes que dar a entender que eres guapa, estás buena y además eres medio lista: no olvides que quieres ligar con lectores/otros blogueros, así que no interesa salir enfrente del espejo del baño con un culotte de Hello Kitty.
- Busca un nick sugerente. Marina no es sugerente; sólo para Toni, que tuvo una maestra estricta que se llamaba así. Nicks de blogueras sugerentes sacados de la realidad: "Descalza", "Chica con falda roja", "Ella", "La Petite Claudine". ¿Cómo crear un nick sugerente? Yo te propongo que utilices los recursos que muestran los ejemplos anteriores: algo rojo, algo relacionado con tu cuerpo, algo francés.

Si eres tío:
- Muestra que eres suuuuuuuuuuper sensiiiiiiiiiiiiiiiiiiiible. Así me conquistó a mí J. Habla de tejados, luces de atardecer, de la forma en que se conmueve tu alma inmortal al escuchar las notas de un viejo piano colarse por una claraboya en un callejón. Muestra que estás atento a los pequeños detalles. Sé atrevido sin perder la inocencia.
- No pongas fotos. Si estás muy bueno, parecerá que quieres exhibirte. Si eres feo, las ahuyentarás.
- Habla de sexo, sí, pero también de forma sensible. Da a entrever que buscas a la mujer de tu vida. No enumeres conquistas así porque sí. Recuerda que nos gusta sentirnos únicas.


Una vez que se establece el contacto con un lector/admirador, comenzará una época de tonteo virtual. Dependiendo de lo gafapastil que sea el lector, esta época se alargará más o menos y será más o menos refinada. Puede ir desde el "qué tal, me llamo Pepito, agrégame al Facebook" hasta los largos mails diarios contando absurdeces y hablando de referencias literarias comunes. Las dos cosas tienen su encanto.

Fotos: cuanto antes mejor. A ver, seamos sinceros: el físico importa. Está ahí, es un factor. Desconfía de los que tardan mucho en mandar fotos. Desconfía de los siguientes tipos de fotos:
- Fotos muy escoradas.
- Fotos borrosas, aunque sea con intención artística.
- Fotos en las que la moda de la ropa que lleva su destinatario pertenece claramente a una década anterior.

Luego ya en función de tus manías. Yo hay veces que he intentado calcular la altura a partir del tamaño de los huesos del brazo porque al tipo no se le veía de cuerpo entero. Verídico.

Aquí me vais a decir que soy una nazi, pero qué queréis que os diga: mejor ir con las ideas claras y tener los filtros activados desde el principio que darle esperanzas a un tío que luego no va a gustaros y tener que dejarle tirado in person. Esto me ha pasado y es muy desagradable.

Teléfono: fundamental. FUNDAMENTAL. No es lo mismo hablar que escribir. No es lo mismo una animada y estimulante conversación de chat que una animada y estimulante conversación telefónica. El paso de chat a teléfono es mucho más traumático y determinante que el paso del teléfono a la realidad. Si podéis pasar horas charlando, si os gustan vuestras voces, si el ritmo es adecuado, si os reís, si os entendéis... entonces hay muchas posibilidades de que en persona paséis, por lo menos, una tarde agradable. Os habla una que ha pasado momentos realmente críticos intentando sostener conversaciones normales en persona con excelentes chateros/escritores de mail.

Y ahora voy a introducir un concepto obvio pero importante:

ASEGÚRATE DE QUE NO TIENE NOVIO/A. ¿Cómo? Pues mediante sutiles indirectas. Si ves que se escaquea de las indirectas, plantéale directas. Habla la experiencia: mejor quedar como una tía un poco demasiado franca que verte depilada y anhelante frente a un chico que te confiesa que "bueno, sí, en realidad tengo algo ahí desde hace unos meses, aunque no es del todo serio". True story.

¿Cuándo quedar? Cuanto antes, mejor. Ya lo he dicho en otras ocasiones: las expectativas las carga el diablo. Mientras menos tiempo tenga vuestro pobre cerebro para ilusionarse y montarse pelis respecto al lector/bloguero, menor será la caída si la cosa no va bien.

¿Cómo quedar? Depende. Depende del grado de seguridad que tengáis de que la cosa va a ir bien.
- Quedadas para café, cena, cine: idóneos si el notas en cuestión vive en vuestra ciudad o si vosotros vais a la suya por motivos ajenos al idilio. Idóneas también para niveles de atracción moderados o fotos confusas. Si quedáis con alguien que no sabéis seguro si os va a molar, está bien tener una coartada alternativa para escabullirse, en plan "no, es que después he quedado". Aunque igual canta mucho, pero bueno: mejor quedar mal que tener sexo no consentido. Digo yo, vamos.
- Quedadas con alojamiento incluido. J. me dijo una vez que cuando un chico y una chica sin pareja duermen bajo el mismo techo, la posibilidad de tener sexo va implícita. Hay que tener en cuenta que mi J. está salido cual pico de mesa, pero su parte de razón tiene. Así que si invitáis a alguien a dormir a casa e intenta meteros cuello, tampoco os sorprendáis. Yo, personalmente, no me quedaría en casa de nadie con quien no tuviera una seguridad razonable de que voy a frinkar.

En estos casos yo, personalmente, creo que es útil llegar al nivel de confianza suficiente con el maromo como para poder acordar qué va a pasar en caso de que al final no os moléis. Recordad que no importa lo guapo que salga en sus fotos del Facebook ni lo bien que lo paséis charlando: siempre, siempre, siempre existe la posibilidad de que en persona tengáis la misma química que Alberto de Mónaco y su mujer. Así que si acordáis que en ese caso no pasa nada y que vais a pasar un finde divertido los dos juntos, pues estupendo.

A partir de ahí, pipiolos, adelante. No tiene por qué ir ni mejor ni peor que una relación que empieza por otros cauces. Que a una persona le guste lo que escribes no quiere decir que se haya enamorado de tu alma inmortal y que tengas vendido todo el pescado, lo que se traduce en: procura depilarte, o lo que quiera que hagáis los tíos cuando quedáis con una chica que os gusta.

Personalmente, estoy en una fase de noquierolectoresnimuerta, pero si mañana me escribiera un moreno guapo y majo y me dijera qué bonitos ojos tienes es más que probable que me tirara otra vez a la piscina. Soy así de absurda. De momento, sin embargo, he quedado el miércoles para ir al cine con un chico que no me lee. Que vive aquí, en Cádiz. Que escala y que me dice linda de vez en cuando, porque es argentino. Y aunque a los argentinos los cargue el diablo, qué sé yo; la vida real no deja de tener su gracia.

domingo, 22 de enero de 2012

Escribiendo sobre otros: guía para principiantes

Yo escribo sobre gente. Uh-uh, novedades importantes en éste mi post número 892. Además, escribo sobre gente a la que conozco y a veces, muchas veces, sobre gente a la que conozco y me lee. Éste es un tema no exento de riesgos.

Mi propia intimidad me la trae un poco floja. Me compensa contar las cosas, aunque supone que la gran mayoría de gente con la que me relaciono tiene mucha más información sobre mí que yo de ellos. Cuando tus amigos te dicen "sí, ya lo sé, lo he leído en tu blog" tres veces seguidas empiezas a pensar que eres una persona un poco rara. Pero para mí el blog y mi intimidad son como la anécdota del niño que intentaba vaciar el mar con una concha. En mi coco y en mi corazón hay muchas más cosas y no me da miedo quedarme sin nada.

Con los demás hay que tener más cuidado. La primera regla para un bloguero es la siguiente: si no quieres que alguien lea algo nunca jamás y bajo ningún concepto, no lo escribas. La blogosfera es pequeña y la posibilidad de que te encuentren siempre existirá. Ése es el primer filtro por el que pasa todo lo que escribo. Esto quiere decir que si, un poner, DDM llega aquí y lee que mirarle me produce dolor o que pienso que últimamente se ha portado como un gilipollas, podría vivir con ello.

A partir de ese primer filtro funciono de forma simple: yo escribo, procurando ser respetuosa y no contar tus intimidades de forma gratuita, y si te molesta me lo dices y yo ya veré lo que hago. Que ya somos todos mayorcitos. Hay un subgrupo de gente que me preocupa, a saber: gente que lee mi blog pero que ha decidido no hablarme en la vida real. Es un subgrupo raro al que no termino de entender, pero lo asumo pensando que yo soy una cosa y lo que escribo es otra. Igual que no todo el mundo puede tener interés por tomarse un café con Paul Auster aunque compre su último libro. El problema es que nunca sabré si lo que escribo les molesta. Pero como no soy yo quien les ha prohibido hablarme, su derecho a protestar sigue intacto.

(Esto no es una indirecta, por cierto. Es una directa directísima)

Después están los relatos. La mayoría de las veces surgen de escenas, sentimientos y personas de la vida real. Estoy segura de que esas personas se pueden reconocer con facilidad, entre otras cosas porque a la gente le encanta buscarse en los textos de escritores a los que conocen. Entonces los mensajes pueden confundirse.

Cuando yo escribo un relato, o una escena en modo relato, normalmente exagero y distorsiono cosas. Es como explorar las posibilidades de un sentimiento o de una escena: no dejan de ser metáforas. Cuando tenía diecisiete años escribí un cuento inspirado en mi familia, en el que los protagonistas eran bastante más desagradables que en el mundo real. Pero era una gran metáfora, como los delirios: son historias exageradas que expresan un sentimiento demasiado doloroso para ponerlo en palabras.

Lo que más me preocupa son los puntos medios, las áreas grises. Los mensajes que puedan llegar torcidos en medio de toda esta comunicación unidireccional. Me preocupa que a los que me rodean les inquiete esta manía mía de mirar todo el rato. Entiendo que el problema fundamental del escritor, a saber, por qué la gente funciona de la forma en que lo hace, se la traiga un poco al fresco. Entiendo que las personas normales no se pasen la vida abriéndose en canal frente a una pantalla de ordenador.

Hay una escritora americana, Geneen Roth, que escribe sobre trastornos alimentarios con un enfoque psicoespiritual curioso. Relata con mucha crudeza las experiencias de maltrato de su infancia. En uno de sus libros cuenta cómo el nuevo marido de su madre intenta convencerle para que no publique cierta información. Le dice que su madre ha cambiado, que ahora es otra persona, que no se merece eso. Geneen se encoge de hombros: voy a publicarlo porque es mi verdad, se lo debo a mis lectores. Entiendo que te haga daño y lo siento, pero no puedo hacer otra cosa. Y es curioso. La lealtad a tu verdad y a un público indefinido y lejano es un sentimiento mucho más poderoso de lo que puede imaginarse. Te hace tirar por tierra las censuras y el pudor. Te das cuenta de que, por alguna razón que no alcanzas a entender, parte de tu misión en la tierra es contar las cosas tal y como tú las ves, alzar la voz y decir lo que estás sintiendo y viviendo. Y no es que hagas el mundo mucho mejor con eso, la verdad. No estás salvando bosques, ni evitando guerras, ni apadrinando niños. Pero sabes que de alguna forma es tu deber. Que no estás aquí para mantener en pie los castillos en el aire de los demás. Su creencia de que son buenas personas y lo hicieron lo mejor posible, de que ellos en realidad no querían hacerte daño. A veces tu necesidad de levantarte y gritar: ME HAS HECHO DAÑO es tan grande que no puedes ocultarla, y la cuentas en un blog igual que lo contarías en un best seller si tuvieras la oportunidad de escribirlo.

Como dice Natalie Goldberg en uno de sus libros, a mi yo escritor todo lo demás le importa un carajo. "El resto de mi persona se queda descalza, sin casa, hambrienta". Es importante que tu vida te sustente desde detrás, que tus relaciones con las personas a las que quieres sean lo bastante sólidas. Incluso una relación rota puede ser una relación sólida, en el sentido de que ahora, por ejemplo, tengo tan claro lo que siento hacia mi amigo A., el que no me habla, que tendría que denunciarme por difamación para obligarme a quitar los post sobre él.

Así son las cosas para mí, más o menos. Escribir puede ser muy sanador, pero para sanar de verdad hace falta coraje. No escribo sobre algunas personas porque no haya conseguido superar ciertas cosas. Escribo precisamente porque las estoy superando. Las integro, las metabolizo y cada nuevo post, cada relato, casa frase que se me cuela en una reflexión que no tiene nada que ver, suponen un nuevo cabo que ato en la historia. Y eso para mí es muy bueno.

Y ahora así, releyendo la entrada, pienso que mi padre nunca me comentó el relato, aunque venía incluido en una selección de cuentos míos que le pasé. Que, en general, la gente que tendría más motivos para protestar no dice absolutamente nada. Que J. no lee mi blog, porque decidió hace ya tiempo que no le compensaba. Muchas veces crees que estás siendo valiente e incisiva y el otro no acusa el recibo. Quizá cierra los ojos, o pasa a otra cosa, o esconde debajo de la cama la imagen que has intentado devolverle. Pero ése, amigos míos, para bien o para mal, ya no es mi problema.

La manzana de Eva



Está pintándose las uñas de los pies en el sofá mientras él trabaja con el ordenador. Se ha separado los dedos con bolitas de algodón y desplaza despacio el pincel mojado de rojo: una, dos, y procura no respirar para no salirse, tres, cuatro, cinco, y extiende el pie primoroso y recién arreglado para que se seque al aire. Él ni siquiera levanta los ojos del escritorio. Ojalá fuera un fetichista, piensa ella; ojalá ver sus pies pintados bastara para inspirarle un deseo tan irrefrenable como para tumbarla sobre el sofá y arrancarle la ropa. Pero de momento está trabajando y no parece que vaya a parar en un buen rato.

Se levanta del sofá, caminando con los talones para no estropearse las uñas, y va a la cocina.
- ¿Quieres un café? - pregunta.
- Bueno.
- Te lo pongo caliente - dice ella, y pronuncia un poco más fuerte la palabra "caliente", para ver si así consigue inspirar alguna asociación en su cerebro. Pero es una tontería y sabe que no funcionará, así que lo hace casi a modo de chiste privado.

Se desplaza torpemente por la cocina, llena la cafetera de agua, vierte el café molido formando una montañita y lo pone al fuego.
- Que luego nos podíamos dar una ducha, ¿te apetece? - exclama en dirección a la salita.
- Te la puedes ir dando tú si quieres. Yo me ducharé luego en casa.
- Ya, pero - ella se muerde los labios. Ya se está odiando por decir esto y, de hecho, se plantea no decir nada, pero al final no se puede contener - yo me refería a una ducha los dos, tú y yo juntos. Nunca nos hemos duchado juntos.
- Tu baño es muy pequeño.

Ella se inclina por encima de la barra americana y le toca los hombros, pero él no se vuelve.
- Podemos apretarnos un poco.
- Que no, lo digo en serio... que nos vamos a clavar el grifo en los riñones.

Procura sonreír, se encoge de hombros y aparta del fuego la cafetera, que lleva unos segundos silbando bajito. Ya está, ya está, se arrulla como una niña pequeña. Basta. Stop. Esto no puede seguir así. Que te busque él. Se propone la distancia como un reto. Sirve las dos tazas, zambulle en la suya una pastilla de sacarina y coge el azucarero.

Cualquiera diría que ni siquiera viene a follar, piensa mientras se bebe la taza mirando la parte trasera del portátil. Ni siquiera soy su amante. Soy su secretaria. O ni eso, porque si fuera su secretaria estaría ayudándole, y en cambio lo único que hago es estar aquí. Soy una recepcionista que abre la puerta, vigila la entrada y trae café.
- Está rico - musita él, distraído.

Ella no entiende por qué no puede trabajar en casa y venir cuando lo tenga terminado, para poder pasar directamente a la parte divertida. Cuando él no está y ella tiene todo el tiempo del mundo para pensar en ese momento, le imagina llamando al timbre un par de veces potentes, sostenidas, y a ella abriendo con las uñas ya pintadas y un look de estar por casa estudiado pero informal: pantalón muy corto, camiseta con un tirante un poco bajado, el pelo recogido encima de la nuca. Él la mira con urgencia, empieza a besarla en la puerta, continúa por el pasillo, se dejan caer en la cama enfermos de pasión.

Pero nunca sucede así: él llega, llama a la puerta y ella aún no se ha pintado las uñas porque quiere tener algo con lo que entretenerse mientras él trabaja.

Termina el café, se levanta y se mete en la ducha, sola. Cierra la puerta con pestillo, como si fuera ella quien quiere ducharse sola.

Debajo del grifo, con el agua muy caliente, intenta pensar. Debería decirle que se vaya a casa con La Perfecta Lucía a trabajar. Que seguro que ella hace el café igual de bueno. Es curioso, pero una de las cosas por las que le da rabia todo esto es por su piso: un piso de chica, pequeño, coqueto, con las paredes lila. Tiene las estanterías cubiertas de libros interesantes, portafotos con fotos bonitas y divertidas de ella con sus amigos, con sus sobrinos, posando sola. Ha colgado poesías en la nevera y la cama está cubierta de cojines mullidos: es un piso que él debería apreciar, observando los libros, echándose sobre los cojines y follándosela con desesperación bajo la mirada atenta de las fotos, y en cambio ahí está. Bebiéndose el café en una preciosa tacita de vaca y concentradísimo en su hoja de cálculo.

Sabe que nadie entiende lo suyo con él, y ni siquiera ella misma lo entiende mucho. Se supone que los casados se portan mejor con la amante. Se supone que el amantismo es una isla de placer donde todo se olvida, se apartan los quehaceres cotidianos y la única preocupación es fingir el amor con el mayor acierto posible.

Se pone mascarilla de melocotón en el pelo, se frota bien el cuerpo con su gel de vainilla favorito. Se rasura las piernas un poco porque sí, ya que al vello apenas le ha dado tiempo a crecer desde que se enteró de que él vendría. Sale, se seca el pelo despacio, se enrolla la toalla en torno al cuerpo. Cruza la salita en dirección a su habitación, y en lugar de sentirse seductora y hermosa, es como si con la toalla estuviera justificando su desinterés hacia él. Como si todo su cuerpo encogido dijera: lo entiendo, entiendo que no me desees y lo siento mucho.

Va al cuarto, se viste y se queda mirándole sentado en la cama. Lo peor de todo es que es tan guapo. Observa la mandíbula ancha, la piel morena y el pelo muy oscuro y un poco rizado, los ojos color miel concentrados en la pantalla, la camisa arrugada y remangada en torno a los codos. Y ella está justo enfrente, sentada con su pijama y con la entrepierna humedeciéndose de forma irremediable mientras él teclea.

Se levanta, se acerca a él y ya se está odiando otra vez por lo que va a hacer, pero el deseo es más fuerte que todo, más poderoso. Se acerca por detrás y le da un beso suave en la mejilla.
- Pequeña... - murmura él, pero no en tono cariñoso, sino un poco severo, alargando la segunda e, como un padre que regaña a su hijo cuando está siendo travieso.
- Qué pasa - ella le besa en la sien, la coronilla, la nuca.
- Pequeña...

Sube un poco la intensidad de los besos, le pasa una mano por el cuello y la otra por la cintura. A partir de aquí ya sabe que no tiene el control. Ya no importa la de veces que él la llame Pequeña; tendrá que reducirla a la fuerza si quiere que pare. Empieza a morder suavemente y él deja quietas las manos sobre el teclado.
- Eres mala.
- No soy mala.

No soy mala, se repite. Soy buena. Esto es bueno. ¿Por qué no está entendiendo que esto es bueno? Mete una mano bajo el cuello de la camisa y le acaricia el vello suave del pecho, y con la otra saca el faldón de los pantalones y le araña el vientre. Él deja caer los brazos a los lados. Ella le muerde más fuerte en la nuca, y después baja la mano y toca la línea del pubis, clavando un poco la punta de los dedos.
- Cómo eres, joder, cómo eres - dice él, y parece casi enfadado, pero a ella le da exactamente igual -. Que no soy de piedra.

Por fin, y era lo que ella estaba esperando, se da la vuelta y le busca los labios. Coge su mano y se la lleva a la entrepierna, y a ella, como siempre, notar su erección le parece un milagro. Nunca se puede creer que sean sus caricias las que se la están poniendo tan dura. Él se levanta ("ven para acá, que no te voy a quitar ni el pijama", le dice) y la lleva a la cama casi arrastrando.

Ni siquiera folla bien, piensa a veces, en otros momentos, cuando le recuerda a solas en la cama e intenta averiguar, como una detective de los sentimientos, por qué y para qué está pasando esto. No se recrea en el sexo. No le van los preliminares largos, ni se preocupa excesivamente por ella. Toca lo justo y en los puntos básicos pero, sobre todo, se deja hacer. Le gusta tumbarse boca arriba y que sea ella quien le toque. Besa con brevedad, como con miedo: se acerca y se aleja enseguida, alternativamente, sin querer pasar más de dos segundos con las bocas pegadas.

Pero lo peor de todo es que a ella le da igual. Que no necesita preliminares, porque para cuando él decide metérsela ella está todo lo mojada y caliente que puede estar una persona. Entonces es cuando él sí se coloca encima, la agarra de las caderas y se la folla, tal cual; no hacen el amor, no follan los dos a la vez: él se la folla a ella con la misma determinación disciplinada con que se dedica al Excel. La mira con fuerza. Entonces ella se aplica con tal intensidad a vivir esos momentos, los momentos lúcidos y vibrantes en los que él está ahí partiéndola en dos, que le parece que le van a restar días de vida por el ímpetu que le está poniendo a estos minutos. Ella sólo quiere quedarse para siempre en este instante en que sabe que él está ahí y en ningún otro lugar. Le ve deshacerse en el orgasmo, abrir más los ojos, asombrado, gritar un poco, y le sorprende y enternece esa vulnerabilidad extrema que nos inunda cuando nos corremos. Saber que en ese momento de puro presente él no tiene otro remedio que pensar en ella la excita tanto que no le resulta difícil correrse a ella también.

Después, mientras él va al baño y ella se envuelve en el edredón, aterida de frío, piensa que desde la primera vez que se acostaron su vida nunca volvió a ser igual, y seguramente no vuelva a serlo nunca. Porque se masturba pensando en su cara. No en su polla ni en su culo ni en la imagen de él comiéndole el coño, no; se excita pensando en la expresión de su cara. Porque ahora entiende que no hay un sexo mejor que el que supone la única oportunidad de que esa persona esté verdaderamente contigo. Cuando si se va de tu cama lo has perdido del todo, y cuando incluso mientras estáis allí el hilo que os une es tan frágil, tan perecedero, que tú te conviertes en una muñeca colocada de miedo como de una droga dura.

Mi vida no va a volver a ser la misma, nunca, se dice, y cierra los ojos mientras se pregunta si él dormirá un rato al otro lado de la cama o se irá a casa para no llegar demasiado tarde. No va a ser la misma, pero ya hace tiempo que eso no le importa mucho. De alguna forma sabe que si una se ve tocada por esa totalidad está maldita y, sin embargo, en medio de esa maldición se siente afortunada. Bendecida, aunque expulsada de algún paraíso anodino y extraño al que ni siquiera sabía que pertenecía. A eso debió de referirse Dios con el tema de la manzana. Y mientras la satisfacción física la va adormeciendo suavemente, piensa que le da igual. Que merece la pena, todo. Por haber conocido esto, por este momento, por esto.



La fotografía es de Gerardo M. Chinchilla (www.gmchinchilla.com). Si eres tú y quieres que la retire, por favor, avísame.

sábado, 21 de enero de 2012

Locos, II

Esta semana ha sido estupenda. Me gusta mucho, mucho Agudos. Mucho hasta el punto de tener ganas verdaderas de ir a trabajar por las mañanas, que es algo que no me ha llegado a pasar en otros dispositivos. Pero es que es superguay. Os cuento un poco, y si me pongo pesada con el tema me lo decís e intentaré reprimirme.

La Unidad de Salud Mental es una planta del hospital. Se llega por una puerta a la que tienes que llamar para que te abran o por un ascensor que te deja allí directamente; para bajar sí hace falta llave. Simplemente subir por las mañanas en ese ascensor y pulsar la cuarta me hace sentir un poco peligrosa: ahí voy yo, pienso, caminando decidida hacia la locura. En cuanto sales al vestíbulo ves el cotarro: enfermeros, celadores y los pacientes con sus pijamas azul desteñido, sus zapatillas y a veces sus batas de andar por casa. Unos están sentados, otros hablan y otros simplemente deambulan por allí.

"¿Aquello es como en las películas?", me pregunta la gente. Pues un poco sí. El otro día entré en un grupo clavado a los de "Alguien voló sobre el nido del cuco", con su maníaca agresiva, su catatónico con la mirada perdida al que los demás intentan convencer para que hable y sus paranoides apoyándose entre sí en la idea de que claro que la tele se comunica contigo con mensajes secretos, hombre: a mí también me pasa. A veces hay que amarrar pacientes a la cama y gritan; otros lloran a voces, insultan a sus familiares, se pegan o saltan el mostrador de enfermería amenazando al personal con un cepillo de dientes. La mayoría del tiempo, por otra parte, el ambiente es más o menos tranquilo.

Es un sitio tragicómico. La octava vez que una paciente entra en la consulta diciendo que no se va a poner el inyectable ni muerta y que se quiere ir a su casa PERO YA te tienes que reír, porque no te queda otra. Pero otras veces, la mayoría de las veces, de hecho, intuyes el sufrimiento y la soledad del trastorno mental grave y te estremece. Yo siempre digo que todos estamos rotos en algún punto, pero estas personas están rotas de verdad. Les faltan piezas de la mente que los demás traemos más o menos de serie: el sentido del yo, la percepción adecuada de la realidad, la capacidad de confiar en la gente. Lo que más me afecta es la fuerte sensación de que su cabeza se ha estropeado porque no podían aguantar la presión del entorno. Que se han roto por sufrir. Hay muchos locos con historias de maltratos, abusos y crianza inadecuada. Entonces tú te imaginas el grado de dolor que hace falta para que hayan llegado a donde están y se te ponen los pelos de punta.

A veces voy por el pasillo y veo a algún paciente solo, sentado en la galería, recibiendo el sol a través de los cristales. En un aire que siempre está un poco enrarecido porque no se pueden abrir las ventanas para que no se tire nadie. Otras veces los ves en el taller, dibujando, o coloreando, o haciendo estiramientos, como niños grandes en un colegio raro.

Yo nunca pienso en mis pacientes cuando estoy en mi casa, eso es así; tengo una capacidad casi psicopática para desconectar cuando salgo del curro y, sin embargo, hace un rato me he descubierto imaginándome a los internos de la Unidad en estos momentos, tumbados en sus camas. Solos de verdad. No solos como yo en mi piso de la Viña, con mi ordenador y mi blog y mi Vetusta Morla y mis movidas, no. Solos nivel no entiendo por qué la gente que se supone que me quiere me ha encerrado aquí, o nivel no sé qué cojones he hecho con mi vida para acabar ingresado en Salud Mental.

Y planteado así no sé por qué me gusta tanto. A lo mejor es porque, aunque no tengas claro si puedes ayudar mucho, al menos quieres intentar entender, y sólo entender algunas cosas, vislumbrar un pedazo de verdad a tu alrededor, ya me parece bonito. Porque ponerse en juego y poder sentir cosas también es bonito. Porque atisbas la posibilidad de descubrir qué tienen de sano los locos y qué tienen de loco los sanos. Y porque está guay intentar, o creer al menos, o llámalo X, que en la enorme capa de dolor que cubre el mundo esta niña de aquí intenta ser parte de la solución en vez de parte del problema.

PD: Creo que es la primera entrada que etiqueto a la vez como "Contenta" y como "Penita".

jueves, 19 de enero de 2012

Locos, I

Estoy en consulta con el psicólogo de la Unidad de Agudos. Delante tenemos a un paciente que está convencido de que su madre le ha internado para poder incapacitarlo y quedarse con su piso. Insiste en que él llevaba meses tomándose todos los días el Risperdal en gotas delante de su médico y en que cuando le quisieron cambiar la medicación por un inyectable fue a denunciarlo al juzgado de guardia.

Lo tengo todo en una carpeta, dice, ¿quiere que vaya a buscarla?

El psicólogo se lo piensa unos nanosegundos y después asiente. El paciente vuelve a los cinco minutos con una gruesa carpeta de cuero que abre con una llavecita, y a mí me enternece muchísimo que abra su carpeta con una llave y no sé por qué. Empieza a cubrir la mesa con papeles y a explicarnos qué es cada uno: ésta es la cita con el médico, ésta es la denuncia que hice al juzgado de guardia, ésta es la solicitud que tengo que presentar para la entrevista de trabajo. Para él todos esos papeles demuestran su teoría con una claridad abrumadora. Después de escucharle un rato el psicólogo carraspea, "tenemos cosas que hacer", le dice, y él nos mira con ojos desolados desde detrás de sus papeles porque sabe que no le estamos creyendo.

Entonces me acuerdo de Sandra, una niña de ocho años a la que estuve viendo el año pasado en el Equipo. Tenía el pelo rubio, los ojos azules, un padre en la cárcel y una madre heroinómana. Venía con su abuela, que había asumido la custodia y la vestía de punta en blanco. Cuando yo salía a buscarla y la veía balancear sus calcetines de colegio de monjas en la silla de la sala de espera, se me alegraba la mañana. Era una de esas niñas dulces y listas que saben que lo son.

Sandra siempre llevaba un bolsito, y cuando entraba en mi consulta se empeñaba en sacar todos sus objetos y explicarme qué era cada uno. Ésta es mi mamá, me decía, mostrándome una foto de carnet donde una mujer joven y escuálida miraba seria al frente; y ésta es mi otra abuela, y éste es mi hermano pequeño. Sacaba bolígrafos, cromos, gormitis, una libreta de colores, una pulsera, chocolatinas, y los iba colocando sobre el escritorio como quien monta un top manta.

El paciente de hoy, que extiende sus papeles sobre la mesa, se parece mucho a Sandra con su bolsito. Los dos intentan construirse una historia y apuntalar la verdad con sus objetos. Sandra, con su padre en la cárcel, su madre en una institución y sus juguetes esparcidos por tres casas distintas, necesita llevar ese bolsito porque ahí está ella, y necesita enseñármelo para que yo le dé entidad y reconozca que existe. El paciente de hoy acumula las pruebas porque quiere salir de la soledad terrible que implica que nadie se crea lo que está contando. Imaginad que vuestra verdad es mentira y que la gente lo sabe.

Pensaba que no podría entender a los locos, pero a lo mejor la frontera que nos separa no es tan grande. Mi parte escritora lo entiende. Yo asesinaba a personajes cuando me enfadaba con J. Incluso cuando cuento cosas reales, les doy formato narrativo. A veces no puedes expresar una emoción con palabras abstractas, no puedes expresar el dolor, y entonces acumulas detalles y metáforas. Explicas la manera en que él te preparaba el desayuno o se rascaba la cabeza cuando estaba confuso, o cómo le gustaba dormir la siesta en el cuadrado de sol que entraba por la ventana del cuarto. Mis detalles son los objetos de mi bolsito o las citaciones judiciales de la cartera de cuero: son mi verdad.

Nos extrañamos de que los locos no quieran dejar de delirar, pero cuando uno se ha instalado en su delirio y es la única manera que tiene de expresar sus emociones no puede abandonarlo, porque entonces se queda sin nada. ¿Cómo le vas a quitar su historia a un hombre? Nuestras historias son probablemente nuestro único patrimonio verdadero.

Espero que el paciente de la cartera encuentre la forma de expresar su dolor sin hacer daño a nadie. Que deje de creerse sus metáforas o que las adapte para que a los demás nos quepan en la mente. Espero que Sandra deje de necesitar llevar a todas partes su bolsito para saber quién es. Yo seguiré cubriendo el escritorio de este blog con mis detalles y mis extrañas metáforas, aunque a veces parezca un top manta emocional lamentable. Pero es mucho más que eso. Para mí es muy importante. Es mi forma de hacer las paces con la realidad. Y vosotros sois los que estáis al otro lado de la mesa para aceptar mi verdad, y no sabéis lo mucho que me ayuda eso a mantenerme cuerda.

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros, churros y tardes de invierno

Esta tarde he ido a la biblioteca a devolver unos libros. He pasado un rato leyendo "Escribir y Publicar", una revista que edita Silvia Adela Kohan dirigida a aspirantes a escritores. Lo que gusta el rollo metaliterario cuando uno está empezando: que si Hemingway comía mandarinas, que si Auster compró un cargamento de cintas para su máquina de escribir cuando se enteró de que iban a dejar de fabricarlas. He estado leyendo un texto de Steinbeck sobre sus costumbres literarias. No te dirijas a una masa anónima de lectores, dice; eso da miedo. Escribe en segunda persona o para alguien en concreto: alguien que conozcas, alguien que te quiera.

Desde que escribo de manera casi furibunda, la metaliteratura cada vez me da más igual. Cada vez pienso más que el proceso trata básicamente de escribir y que te lean, punto. Escribir no tiene mucho más misterio que ir poniendo una palabra delante de la otra con valor y cierto tiento. Que te lean te la medida de tus palabras y te proporciona un otro que hace que la comunicación sea posible. Aun así, me gusta imaginar a Steinbeck buscando lápices con la consistencia y la oscuridad perfecta, holgazaneando mientras mira por la ventana, lijando el barniz de su escritorio para crear una superficie de escritura novedosa.

Después he salido a la calle. Atardecía en el cielo despejado, surcado sólo por unas cuantas nubes azuladas y lila. Cádiz es brutalmente bonito. Brutal, brutalmente bonito. Ahora que trabajo en Puerto Real cruzo todos los días la bahía en autobús, y todos los días me sorprenden la amplitud del agua, el amanecer asomando detrás del puente y las barquitas solitarias meciéndose en el frío. Y a la vuelta, la luz blanca del sol calentando el autobús a través de los cristales, los destellos hirientes sobre la superficie del mar y un cielo tan ancho que te parece mentira que quepa en el mundo.

Vago por el centro sin hacer nada en concreto. Me pruebo pintaúñas en el KIKO y compro uno de color vino mortal de precioso. Después entro en un bar a tomarme un café, y por no se qué mecanismo misterioso de mi mente, el café se convierte en chocolate y el chocolate en chocolate con churros. Pero bueno. Quién se va a resistir a unos churros cuando te los ofrece un camarero diciéndote algo como "anda, muhé, tómate unoh shurritoh, que son shicoh".

Abro mi nuevo libro. He terminado hoy "Amores en fuga", con la pena que da cuando se acaban las cosas bellas. Ayer compré "Libertad", de Jonathan Franzen, un tío del que no había oído hablar en mi vida, sólo porque es gruesa y parece entretenida. Los churros con chocolate son perfectos para tomarlos leyendo, porque no necesitas cubiertos ni las dos manos. Con la izquierda, que está limpia, sujetas el libro; con el pulgar, índice y corazón de la derecha coges los churros y los mojas en chocolate, y con el meñique limpio de la derecha pasas las páginas.

¿Cómo empezáis vosotros los libros? Yo miro la foto del autor sin leerme su biografía, porque me gusta imaginar la cara a la que pertenecen esas palabras. Después busco el título de la versión original, para ver si lo han traducido literalmente o se lo han inventado, y si es diferente al castellano lo retengo para poder relacionarlo con el contenido. Luego miro la dedicatoria. Me pregunto quiénes serán esos nombres que se merecen que otra persona ofrezca un libro entero. Hace poco volví a dejar una novela en la estantería de la librería cuando leí la dedicatoria: "Para Melody, Summer y Phoenix, mis tesoros". Si les pones esos nombres a tus hijos, qué no harás con tus pobres personajes.

Después leo la cita del principio. La de "Libertad" dice así:

Id juntos, ilustres y felices ganadores, mientras lo sois. Cambiad vuestros regocijos con compañía. Yo, vieja tórtola, iré a suspenderme de alguna rama seca y allí lamentaré hasta el fin de mis días la pérdida de mi compañero, que nunca será hallado.

Lo encuentro críptico y claro, terrible y precioso. Luego leo las cuarenta primeras páginas mientras mojo los churros en el chocolate. A ratos observo el bar. Hay gente, pero está tranquilo y no hay televisor. Una de las paredes esté cubierta con un panel enorme modernista y feo, y en otra cuelga una maceta de geranios rojos de plástico. Estoy calentita y resguardada en una esquina mientras fuera brillan en la noche las farolas y los puestos de flores.

Escribir es escribir y punto, no es pasarse la vida dándole vueltas al tema, afilando lápices, preguntándose cómo lo hacían Steinbeck y Hemingway, planeando a qué concursos va a presentar uno sus relatos. Igual que vivir. Vivir es vivir y punto, no plantearse todo el rato de qué va la vida, porque lo más seguro es que la vida no vaya de nada. Va de estar aquí por cojones, porque no tenemos elección, esperando una muerte segura y un futuro incierto. Y entretanto va de no hacerse tantas preguntas, no buscar tantas respuestas y tomarse unos churritos de vez en cuando. Porque estás vivo y, si tienes el suficiente estómago, a todo este asunto le puedes encontrar hasta la gracia. Y porque es maravilloso poder merendar dulce cuando fuera está oscuro y hace frío.

martes, 17 de enero de 2012

Cuentos

Hoy va a ir la cosa de recomendaciones literarias. No soy muy partidaria de escribir sobre libros, a no ser que alguno en particular me haya impresionado mucho. Pero hace poco, revisando los comentarios sobre la entrada de "El lector", me di cuenta de que escribir sobre libros sirve, básicamente, para que una persona se sienta atraída por un libro, lo compre y disfrute con él igual que yo. Y sólo eso ya me parece hacer buen karma.

Vamos a hablar de cuentos/relatos/llámalo X. El cuento es un género gourmet: poco leído pero muy valorado. Yo no os voy a engañar: donde se ponga una buena novela, que se quite lo demás. El problema de los relatos cortos es que uno tiene que realizar demasiadas veces en poco tiempo el esfuerzo de meterse en una historia, y también que a veces te quedas con ganas de saber más de los personajes. Pero cuando un relato está bien construido, proporciona un momento breve de belleza, una especie de satori del alma, que a veces a las novelas les cuesta alcanzar.

Si no estáis acostumbrados a leer relatos, aquí tengo algunas recomendaciones para comenzar. Leer cuentos da mucho glamour cuando te preguntan qué tipo de literatura te gusta: te rascas la cabeza, te subes las gafas y dices "yo soy un admirador del relato corto como género, ya sabes: herederos de Carver y Chéjov, realismo sucio... todo eso". Y la gente flipará con tu gafapastismo. Ya en serio: está muy bien leer relatos de vez en cuando, abre nuevas posibilidades a la ficción y a tu cabeza.

Se me ha ocurrido esta entrada porque sigo leyendo a Bernhard Schlink; concretamente, los relatos de "Amores en fuga". Qué puedo decir. Hoy le he dado un beso al libro. Un beso. A un libro. Así, por la cara: lo he sacado del bolso para colocarlo en la mesilla y he visto su cubierta amarilla diseño Anagrama, repleta de amor y belleza y vida y todo lo que me gusta de la literatura, y me ha salido del alma. Espero que mi vida no resulte ser al final como el show de Truman, porque entonces estoy haciendo el ridículo pero bien.

Schlink, cojones, eres GRANDE. De verdad. Excepto uno de los relatos, que no me ha hecho mucha gracia porque no me he enterado muy bien de la trama política, el resto son una maravilla. Bien construidos, conmovedores, imaginativos, maravillosamente escritos. Con un gran equilibrio entre reflexión y acción, y con una mirada sobre el mundo que es sensata y trágica, esperanzada, realista, compasiva y triste, si se puede ser todo eso al mismo tiempo. Brillante. Compradlo. Leedlo. Ahora.

Otro libro de cuentos que es bueno para llorar es "Si te gustó la escuela, te encantará el trabajo", de Irvine Welsh. Welsh, en general, es muy grande: es el autor de Trainspotting y de su segunda parte, Porno, que son tan duras como divertidas. Pero el libro de relatos me impresionó: es muy, muy bueno. Y si sólo tenéis que elegid uno, por favor, leed "Miss Arizona", que es una de estas historias que no vais a poder olvidar nunca. Escribo el título y se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Welsh, por cierto, me ha recordado a "Fantasmas", de Chuck Palahniuk, que no es un libro de relatos, sino una sucesión de historias unidas por una trama común pelín floja, para mi gusto. Los relatos son durísimos pero brillantes. Ésta es la historia que comienza la novela. Aviso que es un poco escatológica/desagradable. Bastante. Mucho. Pero está tan bien construida que te da igual que al terminar tengas que ir a potar al baño.

Grace Paley fue profesora de A.M. Homes, que no es relatista pero también es muy buena. Su recopilación de relatos casi me hace llorar. Paley es la que decía en el prólogo: "los escribí con toda la verdad y la belleza de la que fui capaz", y vaya si lo hizo. Ahora es cuando me da rabia no tener el libro aquí, porque recuerdo un párrafo sobre el amor, que simplemente hablaba de cómo el marido antes compartía con ella sus cigarrillos y ahora no, que te parte el corazón.

Cortázar. En la lista de cosas que de verdad de verdad me animan en la vida, y no me refiero a salir por ahí con los colegas o irme a nadar, que puede animarme o me puede dejar igual, sino medicinas emocionales con un 100% de fiabilidad, está la escritura, está Extremoduro y está Cortázar. Cortázar, queridos, es otra historia. Sabe algo que los demás no sabemos. Es de estos escritores de los que dices: me follaría a su cerebro, pero no a él como escritor porque es listo, sino que le encontraría erotismo a su materia gris así pura y repugnante, porque está llena de belleza y de ideas hermosas. Hay Que Leer A Cortázar.

Truman Capote también es un buen cuentista. A mí me gustaron más sus relatos que "A Sangre Fría", que es un libro que, por la temática y la forma de tratarlo, y sobre todo por la historia de perversión moral que lleva detrás, a saber: Capote no queriendo interceder por los asesinos de los Clutter para que los ejecutaran y poder publicar su novela... me pone un poco los pelos de punta, en el mal sentido. Pero los relatos son conmovedores y humanos, muy América profunda y esas cosas que me gustan.

Paul Auster no tiene relatos, pero tiene una recopilación espectacular de historias reales y curiosas llamada "Creía que mi padre era Dios", que no es que te guste, sino que te engancha exactamente igual que una buena novela. Son relatos cotidianos llenos de casualidades extrañas, situaciones absurdas, amor, sueños, amigos, familias... Pura vida. Muy recomendable.

Bolaño, que también es grande grandísimo, tiene un libro de cuentos, "Llamadas telefónicas", que me gustó mucho. Aunque si queréis empezar con Bolaño, leed "La pista de hielo": menos amenazador que sus mamotretos tipo "2666" pero hermoso, hermoso, hermoso.

No sé si Nick Hornby tiene libros de relatos suyos; ahora mismo creo recordar que no, pero hizo una recopilación de cuentos de otros escritores, "Hablando con el ángel", cuyos beneficios iban destinados a una asociación de autismo. Y ahí el propio Hornby decidió partir la pana y escribió él mismo el cuento más bonito y conmovedor del libro y, en general, casi de todos los que he leído en mi vida. Un cuento sobre un guardia de museo y un cuadro que te hace pensar: me da igual que el mundo sea una basura y la crisis y el hambre y todo, porque existe esto, existe un humano en el planeta con esta sensibilidad y, como en Sodoma y Gomorra, sólo él basta para salvarnos a todos. Así de bueno es el cuento.

Ishiguro, que oscila peligrosamente entre la magia y el aburrimiento, sacó hace poco unos "Nocturnos", relatos con la música como elemento común, que afortunadamente cayeron del lado de la magia. Quim Monzó también escribe muy buenos cuentos, aunque son más soprendentes que conmovedores, y quizá por eso me inquietan un poco.

Éstos son los que se me han ocurrido. No son los mejores relatistas de todos los tiempos. Podéis leer a Chéjov, obvio, y a Carver, obvio. A Dorothy Parker, a Flannery O'Connor, a Kafka, a Poe, a Aldecoa, a toda esa gente que recomiendan en los talleres. Podéis leer hasta a Clarice Lispector que, ojo, a mí No Me Gusta, lo siento por el gafapastismo. Pero las de antes son recomendaciones con sello de garantía massobreloslunes, es decir: que me atrevo a afirmar que si os gusta este amasijo literosentimental que escupo todas las noches, más os van a gustar los cuentos que he recomendado.

Y ahora os voy a decir algo: podéis saltaros todas las recomendaciones anteriores, pero todos y cada uno de vosotros, sea cual sea vuestra edad, condición, extracción social, sexo u orientación sexual, todos, TODOS...

TENÉIS QUE LEER A ROALD DAHL. Es fundamental. Os alegrará el día, mejorará vuestro humor, os hará personas más risueñas, sorprendidas y fascinadas de lo que sois ahora. Se os olvidará el mal de amor y el dolor de tripa. Dejaréis de escribir si sois escritores, y lloraréis en la cama por no poder crear historias como las suyas. Como decía Aracne, Roald Dahl es una recomendación segura para cualquier amigo, porque si no le gusta puedes dejar de ser su amigo sin sentimiento de culpa. Leed "Relatos de lo inesperado", "Historias extraordinarias" o cualquier otra recopilación de cuentos suyos: todos son buenos. Y, por supuesto, si no lo habéis hecho aún, leed sus libros infantiles, sin importar la edad que tengáis. Roald mejoró este mundo. Fue un ser humano de categoría A, mejor que la mayoría, así os lo digo, al menos en proporción a los niveles de felicidad que ha producido y seguirá produciendo.

Y sin más me voy a dormir para despertar, desayunar, coger el bus y seguir leyendo allí a Bernard Schlink, porque esta semana, sin duda, él ha sido lo mejor de mis mañanas.

Escribe

Hoy pensaba en escribir para los que no escriben y querrían escribir (vaya trabalenguas me ha quedado). Yo animo a todo el mundo a que escriba, igual que animo a todo el mundo a que medite y a que escale y cante y saque fotos y toque instrumentos y, en general, a que viva la vida de todas las formas que pueda y no se dedique sólo a tomar cubatas y a ver Sálvame. Pero escribir me parece particularmente beneficioso y bonito, porque es mi rollo. Es lo que se me da bien, el lugar donde respiro y la zona que habito.

Si quieres escribir, escribe y punto. Es mucho más fácil empezar a escribir que a hacer cualquier otra cosa. Es barato, silencioso y no requiere de habilidades especiales previas. Encontrarás que al principio te cuesta comenzar. Esto es porque tus expectativas son mayores que tus capacidades y te bloquean. A la escritura hay que enfrentarse como un samurai y colocar el ego al lado: escribes tú, pero no eres lo que escribes, y en el mismo momento en que abandona tus dedos deja de pertenecerte a ti y comienza a formar parte del proceso de la vida. Así que ponte metas de cantidad, no de calidad; no te juzgues, deja que todo salga, ya cortarás luego.

Escribe todos los días. Te lo dice alguien que ha pasado los veintiséis años de su existencia luchando consigo misma en la batalla continua del "escribe", "no quiero", "deberías escribir más", "no me apetece", etc etc etc. Ahora mismo sentarme aquí al final del día es el mejor momento de todos. Me apetece desde por la mañana. Hoy, por ejemplo, iba en la moto pensando en este post y la perspectiva de escribirlo me ha animado durante todo el día. Si escribes a diario te encontrarás con que tienes algo sólido a lo que agarrarte, y ésa es la mejor base desde la que partir.

Acaricia tiernamente los divinos detalles. Esta frase no es mía, pero ahora mismo no recuerdo el autor y no soy capaz de encontrarlo en Google. La vida está hecha de detalles. Utilizar los detalles es el consejo más útil y poderoso que te pueden dar para escribir bien, y no quiere decir volverse tediosamente descriptivo. Quiere decir que si quieres describir a una persona observes aquello que la hace única y lo plasmes de forma sencilla, como si estuvieras recorriendo con palabras los rincones de una fotografía. Te fijas en las raíces oscuras del pelo que asoman dos centímetros por debajo del tinte barato. Te fijas en el tatuaje con un nombre de mujer en su antebrazo y asumes que será el suyo o el de su hija. Te fijas en las uñas mal pintadas, en las ojeras y en que, a pesar de todo, le brillan encima unos ojazos azules que reflejan la luz tímida del sol de la mañana. Escribir es un arte visual y nuestros cerebros se agarran como monos a lo concreto.

Utiliza frases cortas y palabras potentes. No desperdicies energía con rodeos, ni en la escritura ni en la vida. La energía es preciosa y debe ser conservada, y tu tiempo y el de tus lectores es valioso como el oro. No uses demasiado palabras ambiguas, como "cosa" o "asunto", y ten cuidado con las expresiones dubitativas, con los "creo", con los "¿no?". Sé preciso y valiente: estás aquí para contar tu verdad y no tienes por qué dudar de ella. Cuidado con las palabras complicadas y con el buscador de sinónimos del Word.

No tengas miedo. Sabes contar historias: lo haces todo el rato. Cuentas lo que te pasó estando de viaje en Praga, cuando te cogiste un cebollón de vodka y acabaste perdido por la ciudad a diez grados bajo cero. Cuentas cómo conociste a tu novio o la pelea que has tenido esta mañana en el trabajo. Todo eso son historias y tú sabes manejarlas, distribuir el tiempo, introducir los diálogos, volverlas interesantes. Sé intuitivo y veraz; todo irá bien.

Relee mucho. Yo releo lo que escribo aquí una media de diez veces antes de publicarlo. Cuando una frase me chirría dos veces seguidas, la cambio. Aquí tienes que ser de nuevo un samurai y cortar lo que no funcione: no dejes que la gente se aburra, ponte en el pellejo del que te lee; empatiza, por el amor de Dios. Escribes para comunicar, que no se te olvide nunca. Una vez, una chica de uno de los talleres que di en Granada declaró muy seria que ella escribía "con letra pequeña, a lápiz y a oscuras", para que nadie lo viera. Es una opción, pero anímate a escribir con letras grandes y a que te lean los demás. Atrévete a que te conozcan, a contactar. Es tan doloroso como bonito.

Sé ferozmente tierno con lo que escribes. Crítico pero acogedor. Ya es un mérito que te estés derramando en palabras a cambio de nada, a no ser que seas Carlos Ruiz Zafón, en cuyo caso te estás derramando en palabras a cambio de un montón de pasta y debes ser ferozmente feroz. En cualquier caso, admira tus virtudes y procura trabajar tus defectos. Lee mucho, mucho, mucho. Lee lo que te guste y no lo que la gente te diga que leas. Hay tantos libros hermosos que para qué malgastar el tiempo con los que no lo son. Escribe lo que te gustaría leer. No te preocupes demasiado por el copyright, por lo menos al principio. No te aferres.

Valora más el proceso que el contenido. Hurga donde duela. Disfruta y sufre al mismo tiempo; aprieta, bicho. Estás en un ejercicio de generosidad y de honradez. Tienes la oportunidad de mirarte en un espejo claro y despiadado, y si consigues permanecer ahí el tiempo suficiente podrás entrar al laberinto y salir victorioso. Eres grande sólo por ser persona y tienes un montón de cosas que decir. Que nadie te arrebate el derecho a contar la verdad de tu experiencia.

Si piensas que no sabes utilizar las palabras, ponte a ello y verás cómo aprendes. Yo reconozco que a estas alturas de la vida me resulta fácil. Me imagino mi cerebro como uno de esos talleres de la gente a la que le encanta el bricolaje, con decenas de herramientas ordenadas y colocadas por colores y tamaños. Siento que he ido adquiriendo un conocimiento intuitivo de lo que funciona o no, y cuando tengo una sensación o un pensamiento, incluso cuando estoy viviendo una escena de la vida real, en seguida las palabras se alinean en mi cabeza para contarlo. Imagino que la mente de alguien que empieza a escribir es un poco como yo cuando intento arreglar algo en mi casa con mi martillo y mi llave inglesa del chino. Pero no te preocupes. Las herramientas se adquieren con la práctica.

Escribir es muchas cosas. Es hermoso. Te ensancha la existencia. Si acaricias los detalles te acostumbras a buscarlos, y entonces empiezas a observar a tu alrededor sin juzgar, simplemente registrando esos rincones particulares y relucientes de tu vida cotidiana. El drama de tu vida se aligera porque lo puedes contar luego. Procesas tu experiencia en historias y cobran un sentido, aunque en realidad sea el sentido que les das tú y no cambie en nada el hecho de que estás triste o sola o te ha dejado tu novio. Compones un bonito álbum de palabras que puedes mirar luego y que te enseña acerca de cómo te sentías en el pasado y cómo las situaciones cambian y las heridas sanan.

Sobre todo, es muy divertido. Y me gusta hacerlo. Y se me da bien. Os animo a todos a que lo probéis. Ya me contaréis cómo va la cosa.