massobreloslunes: mayo 2012

jueves, 31 de mayo de 2012

Ya echaba de menos los post sobre el Mercadona

Cola del mercadona. He entrado antes de entrenar para comprar yuca, que se me ha antojado: la cortas en rodajitas, la pones en la bandeja del horno diez minutos y queda estupenda. Mientras espero la cola con mi yuca en una mano y un extraño potingue de fresa y plátano en la otra para tomarlo antes de entrenar, miro a la gente que me rodea. Es feria en Puerto Real, así que han adornado el supermercado con farolillos y banderitas de Andalucía. Sonrío recordando a una paciente en la Unidad loquita por irse de alta, que todos los días me insiste en que tengo que dejarle salir porque ella no se puede perder la feria.

Imagino. Imagino que soy una cajera y que me dedico a inventarme las vidas de los clientes a medida que paso sus productos por la caja. Imagino que me llamo Vane, como la chica que atiende en la fila de al lado, y me entran ganas de preguntarle si en serio se llama Vane o si les obligan a cambiarse el nombre antes de entrar a trabajar. "Verá usted, no puede llamarse Sofía, es un nombre demasiado profundo; señorita Sofía, acuda a la línea de caja no va con nuestra imagen de marca. Desde ahora responderá únicamente al nombre de Vane y deberá quedarse embarazada como mínimo una vez cada dos años".

Pienso en un jercicio para un taller de escritura. Todos los participantes escriben nombres de productos de supermercado en un papelito. Se mezclan bien y se colocan en el centro de la mesa. Cada uno elige cuatro o cinco objetos al azar y tiene que construir un personaje con ellos.

Caso uno: el señor detrás de mí. Dos cervezas, un tarro grande de yogur cremoso, una pizza precocinada, un tubo de crema depilatoria, una bolsa de mandarinas. Mediana edad, vive solo, no cree en los productos desnatados y opina que quien quiera adelgazar lo que debe hacer es comer menos. Se depila las piernas para salir en bici los fines de semana, no porque le vaya esa historia de la metrosexualidad. Tiene pensado ver el fútbol solo en casa y dos cervezas para él solo le parecen una ración justa. Siempre intenta dejarse algo del tarro de yogur para después, pero termina por comérselo entero.

Caso dos: la señora mayor de la caja de al lado. Un paquete de manzanilla, un cartón de huevos, dos envases de queso fresco y una caja de krispis. Quizá su marido aún vive y está delicado del estómago. Seguramente su despensa esté bien surtida y sólo haya bajado porque ha caído en la cuenta de que, justo esta noche, su hija le deja al niño y ella no tiene ni huevos para la cena ni los cereales del desayuno que le gustan tanto. De paso, decide que el calcio no le viene mal a su edad, y de milagro se acuerda de la manzanilla, que siempre se le olvida cuando hace la compra grande.

Caso tres: el señor de delante de mí. Sin duda, el más interesante. Dos paquetes de comida para pájaros, un envase de helado de tarta de whisky, dos pastillas de ambientador de colonia y una botella de JB. A él me resulta fácil imaginarle. Llega a su casa y les llena el comedero a los pájaros, que pían tímidos y casi desfallecidos. Después pone el ambientador y se dice que a ver si contrata a alguien para que limpie, que aquello huele a rayos. Por último se sirve una copa sin hielo, abre el helado y come y bebe whisky hasta caerse redondo al suelo.

Bonita poesía urbano-alimentaria, pienso yo, y justo entonces me toca pasar y ya se me olvida mi particular juego, porque tengo que emplear toda mi energía en explicarle a Vane, la cajera embarazada, por qué llevo la etiqueta de la yuca pegada en un dedo y no en la bolsa que le correspondería.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Morir de Apocalipsis

Hace algún tiempo, colgué una encuesta en el blog en la que preguntaba a los lectores cómo preferirían morir: por una explosión nuclear o por el Apocalipsis. La gran mayoría preferían el Apocalipsis; supongo que, porque como dice mi padre, ya que se va a morir uno mejor morirse con todo el mundo y en medio de un buen espectáculo: los cuatro jinetes, las lenguas de fuego, el Dios justificiero apuntándote con su dedo vengador. Todo el pack.

Esta mañana, después de la reunión con enfermería, nos hemos quedado psiquiatras y psicólogos comentando los recortes. Parece que a los residentes no nos tocan nada; lógico, porque si nos recortan un sueldo que de por sí ya es justito, nos vamos a tener que ir a vivir debajo de un puente o, en mi caso, a la Dobloneta. Que mola comprarte una furgo, pero no para vivir en ella así todo el rato. El caso es que recortan dinero, privilegios y días libres. A currar en nochebuena y en fin de año se ha dicho. Y el caso también es que yo últimamente andaba preocupada por el tema de la crisis, haciendo números por aquello de que le debo dinero al Estado y no sé cuándo me lo va a reclamar. Pero desde hace unos días veo a todo el mundo tan igual, tan sobrecogido por el miedo, y veo como si todo se precipitara tan deprisa en dirección al carajo, que he llegado a la conclusión de que el día que yo no tenga qué comer será realmente porque, como dice mi padre, el sistema ha caído conmigo. Y entonces será todo un divertido sálvese quien pueda y mi deuda estatal no podrá importar menos.

Al mediodía enfilo hacia Cádiz a lomos de la Dobloneta para echar la tarde en la UCIP. Voy por la carretera casi desierta de Puerto Real mirándome en el retrovisor y pensando que vaya buen rollo tan poco tráfico a esta hora. Entonces veo el cartel: Puente de Carranza cortado, a Cádiz por San Fernando. Sus muertos, pienso. Doy como seiscientas vueltas para encontrar el camino a San Fernando y rotondeo como si no hubiera un mañana. Y entonces, de repente, me veo metida en el mayor atasco ever. Al principio me hace casi gracia: pero qué adulto todo, mi primera caravana desesperante, Chispas. Después empiezo a tener calor, hambre y, lo que es peor, ganas de mear. Avanzamos diez kilómetros en hora y cuarto, verídico. Miro a mi alrededor: todos esos coches, esas toneladas de acero quemadoras de petróleo, ocupadas por una o como mucho dos personas. Yo también me declaro culpable, que voy sola en la Dobloneta y con el aire acondicionado puesto para no morir. Y pienso: hay algo que va muy, muy mal aquí. Esto no puede ser real. No es lógico. Estas personas no tendrían que estar aquí; no tendríamos que encontrarnos en esta carretera, avanzando despacio con estas caras de resignación. De repente sólo quiero salir hacia donde sea: me da igual darme la vuelta que pararme en San Fernando, pero sólo le pido a Dios que me deje estar en otro lugar que no sea esta caravana y, sobre todo, que me encuentre un cuarto de baño. Alucino con retretes gigantes como el abuelo de los Simpson en el capítulo en que le revientan los riñones. Giro el cuello y miro los asientos de la furgo, a ver si hay algún material con el que fabricar un orinal casero.

Al final llego de milagro a la salida hacia Chiclana, viva y bravo, y aunque quede en dirección opuesta a Cádiz, para allá que voy con tal de salir de este infierno con ruedas. Llego a una zona de naves industriales y me paro en un McDonalds para entrar en el baño, y de camino decido comerme una ensalada de pollo, porque son las cinco de la tarde. Ya hace unos años que el McDonalds cambió el plástico brillante por ambientes oscurecidos y medias luces de bar de jazz. Las bandejas están cubiertas por información nutricional sobre los alimentos. Pago una cantidad de dinero indecente por una ensalada de pollo y una botella de agua, y sé que no debería estar haciendo esto: almorzar carísimo en el McDonalds un martes por la tarde, pero es que es muy tarde y aún no he comido, y mi cerebro falto de glucosa y aturdido por la caravana no puede pensar. Miro al exterior desde nuestro interior aislado y de colores sobrios. La ensalada está preocupantemente buena. I'm lovin' it.

Después aprovecho que no llego a currar por la tarde ni de coña y me meto en un gigantesco bazar chino a comprar una tabla de la plancha. De paso, busco algo parecido a un mueble que me sirva para guardar los trastos en mi habitación nueva. Hay mueblecitos de cajones de plástico brillante y estanterías desmontables con varillas de aluminio. En realidad no quiero comprar nada de esto. Sé cómo acaban estos muebles. Sé lo que duran y la facilidad con la que se desmontan. Pero hasta IKEA me viene caro últimamente, y aunque llevo unos días buscando muebles de segunda mano, ni es tan fácil ni son tan baratos. Y bueno, no es que me importe comprar o tener cosas cutres. Es que creo que no es una solución a largo plazo, como todo. Un estante de plástico de seis euros donde colocar los zapatos, de hecho, no arregla nada.

Así que ésta es la sensación que tengo últimamente. Que algo está muy mal, pero mal de verdad, pero mal a unos niveles que a lo mejor sí que haría falta que todo se fuera al carajo, y quemar coches oficiales, y que rueden cabezas de altos cargos, y volver a la peseta o a arar la tierra. No lo sé. Sólo sé que caminamos un poco como en la caravana de hoy, mirando sólo hacia delante y esperando con los dedos cruzados a que las cosas mejoren. Pensando que, en realidad, no podemos hacer nada. Y mientras llego a mi casa con mi tabla de planchar, mi estantería made in china y una especie de pato gigante y amarillo para guardar la ropa sucia pienso que, de hecho, esta crisis empieza a ser lo más parecido a morir de Apocalipsis que he conocido.

viernes, 25 de mayo de 2012

La piel sin miedo

Como la Dobloneta tiene los cristales de atrás tapados, el retrovisor de arriba no me sirve para nada, así que lo he colocado apuntando hacia mí para poder mirar de vez en cuando lo mona que voy mientras conduzco. Me observo de reojillo: las gafas de sol, el flequillo rubio rojizo, los labios pintados y pienso: qué pibón. Y al mismo tiempo reflexiono sobre la yo que conduce y que me parece como otra Marina distinta, que me suplanta todas las mañanas en la carretera de camino al hospital.

En mis malos momentos de Acné del Averno, es decir: a lo largo del último año y pico, tenía clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en función de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependía de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda había brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacía guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.

Ayer leía el post de Silvia sobre sus manos doloridas. Qué puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habría firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun así, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.

Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sí, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortíferos, no me sorprendería. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun así, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el día descubriéndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que debería dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mía aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.

Una vez escribí sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sé si Ciudadano, me comentó que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sé si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sí sé es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreía, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergüenza de ser como es, y eso me gusta mucho.

¿Sabéis qué regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no había espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cómo me quedaba la ropa. Encontré uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer día de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle después de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo después de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halógenas. Es casi como desafiar al futuro.

El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oración particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guíen por el miedo; que me equivoque, sí, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada útil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.

Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.

jueves, 17 de mayo de 2012

Esa delicada frontera entre la tristeza y la falta de sueño

¿Qué puedes escribir cuando estás triste? No te sale escribir cosas alegres, porque estás triste. Tus intentos de humor no te hacen gracia. Querrías contar que con la furgo tienes mucho menos peligro del que piensa el Kpot, que te llama "el Ángel de la Muerte", aunque el tema de aparcarla y/o moverla en espacios pequeños se te da regular. Que ayer te fuiste al Mercadona a comprar cosas pesadas sólo porque no tenías que llevarlas después a cuestas, y que después te pasaste diez minutos buscando la palanca para abrir el depósito de gasolina cuando el coche no tiene ninguna. Pero esas cosas, que en su momento te hicieron mucha gracia, ahora mismo te resultan forzadas y huecas porque tú en realidad sólo quieres dormir.

Así que piensas en contar lo que te lleva poniendo triste todo el día, pero a lo mejor no es tan buena idea. No tienes claro si va a ser mejor o peor. El caso es que en el curro han empezado a primera hora a hablar de recortes, y a ti te han dicho en cuánto se te queda tu sueldo base y te han dado ganas de llorar. Y no sólo porque te recorten el sueldo, que bueno, a las malas tienes un sueldo, de hambre no te mueres, tienes para vivir y para tus caprichitos. Es más bien porque encima es eso, que tienes que estar agradecida, cuando en realidad eres una mujer de veintisiete años con una licenciatura que sacó el puesto doce entre tres mil personas, que toma decisiones, asume responsabilidades y trabaja todo lo bien que puede.

El caso es que a media mañana te avisa el MIR para bajar a la despedida de los residentes de cuarto año. Tú ya has dicho muchas veces que el MIR es amor en estado puro, y tenerle rotando en la Unidad contigo es de lo mejor que te podía pasar. Porque él te ve, aunque a veces se ponga pesado con su "¿qué te pasa, PIR?" y tú tengas que explicarle que es sólo la hipoglucemia de las dos de la tarde. Porque conserva la calma en medio de la tormenta y el optimismo en medio del pesimismo. Así que bajáis los dos juntos por las escaleras, que a él no le gustan los ascensores y tú estás dispuesta a hacer el esfuerzo aunque prefieras ir en dirección ascendente. Te miras en el espejo. Vas supermona hoy, con unos vaqueros negro, una camiseta de tirantes de color coral y la bata remangada hasta los codos que te da un aspecto así como de profesional casual, de extra mal pagada de Anatomía de Grey.

Os sentáis en la primera fila del salón de actos. La ceremonia en sí pues nada, un rollo, o más bien un rollo si no formas parte de la ceremonia, ni conoces a los mires, ni nada. Estáis ahí para dar apoyo moral a la psiquiatra, que además ha ganado un áccesit a la mejor trayectoria y se merece vuestro aplauso. Cuchicheas con el MIR y le cuentas un chiste que acabas de inventarte: Va un hombre a urgencias y le dice al médico "oiga, que me duele el ojo", y el médico le contesta "porque tiene un cuerpo extraño", y el hombre dice "y usted una cara rara, pero no veo qué tiene que ver eso con el ojo". El MIR se ríe, no sé si por educación; a ti, personalmente, te parece un buen chiste.

Salen dos residentes a dar el discurso de despedida. El típico discurso jocoso. Van vestidos con batas rotas y manchadas, llevan cajas de cartón y colocan frente al atril unos carteles donde pone "limosna" y "dame un contratito". Hablan de la residencia, de las guardias, los adjuntos, las fiestas, los marrones, los amigos y, en fin, un poco todo lo que es esto. Tienen su gracia incluso para ti, que no los conoces y no eres médico, pero en realidad, mientras te ríes a ratos y toqueteas el móvil cuando te aburres, todo esto no deja de parecerte muy, muy triste. Porque ahí hay treinta o cuarenta personas que son buenos profesionales. Especialistas de área. Gente que ha tenido en sus manos la vida o la salud de otra gente, y que ahora están aquí haciendo bromas sobre cómo en breve se van a quedar sin trabajo. 

Así que bueno, te encoges de hombros y te preguntas cómo estará el asunto cuando acabes tú, dentro de dos años. "Vamos a tomarnos una coca cola", te dice el MIR, que está saliente de guardia y ha dormido cuatro horas. Os coláis en la cafetería, que es grande y luminosa,y pedís un par de coca colas light, la tuya con mucho hielo. Cómo te molan los extremos térmicos. Charláis de las cosas que os gustan de la Unidad y de las que no. El MIR entiende bien. Es un chico sensato y crítico sin cinismo. Esta mañana habéis visto un paciente juntos; le has pedido permiso para entrar con él porque atendiste al paciente en Urgencias la primera vez que vino y te interesa pero, sobre todo, porque te gusta pasar consulta con el MIR y observar su forma compasiva y atenta de escuchar.

"Nos están recortando la vida", dices tú. "No compares la vida con el dinero, PIR. Ni por un momento. El valor de la vida es incalculable". El MIR no es un tipo especialmente optimista: es realista, y cree de forma realista y sensata que encontraremos la forma de sobrevivir cuando terminemos la residencia. "Tú no te preocupes por eso. Nosotros valemos y seremos capaces de adaptarnos". Te encoges de hombros y piensas que ojalá que sí, pero que en cualquier caso a ratos te resulta difícil encontrar tu sitio en un sistema que parece no quererte. 

Lo que sí querrías es decirle al MIR lo muchísimo que te gusta tenerle cerca para que te recuerde las cosas importantes, y que él igual no lo sabe, pero su presencia tranquila y sólida en la Unidad te alegra las mañanas. No es que te quite la tristeza. El día transcurre a medias entre el cansancio físico y el agotamiento mental. Llegas, comes, sigues colocando cajas de la mudanza, te tumbas cinco minutos en la cama y cuando te quieres dar cuenta estás roncando suavito. Te acercas al roco, intentas colgarte, no te salen un par de pasos duros y tienes ganas de llorar como una idiota, no porque te importe un carajo hacer éste o aquel paso, sino porque quieres tener fuerzas para esto. No quieres que lo otro, lo feo, te quite fuerzas para lo que te gusta, para lo hermoso, que es trepar y es la roca además de muchísimas otras cosas. Pero bueno; te vas a casa, cenas arroz a la cubana acordándote de cuando te lo preparaba J. y procuras subir temprano a tu cuarto. Sólo es cansancio, y lo sabes. El cansancio nunca mató a nadie.

Buscas los puntos luminosos, buscas tema para el blog y piensas en el MIR, que es amor. Al final es lo que queda en todo esto, en toda esta crisis de mierda que nos tiene paralizados y asustados como ciervos iluminados por un faro muy pontente. Queda amor, queda esfuerzo, quedan personas lindas. Queda hacer chistes, como el del ojo o como uno que ha dicho esta mañana que si esto acaba en guerra, mandemos a luchar a los pensionistas y así nos los quitamos de encima. Que es un humor muy negro, lo sé, que tú para la risa siempre has sido oscura.

Y ahora te obligas a cerrar esto y a dormir por Dios Marina que no paras un puto segundo quieta. Y te das cuenta de que escribir lo ha vuelto a hacer. No arreglar nada. No ponerte contenta. Pero sí darte una entidad. Darle una forma a esto. Algo que se parece de forma sospechosa a un sentido.

domingo, 13 de mayo de 2012

El moreno con nombre de moreno

Moreno, tu nombre significa oscuro. Lo sabes, ¿no? Todos sabemos el significado de nuestro nombre, aunque sólo sea por los típicos llaveros que encuentra uno en los expositores de las tiendas de regalos. El mío significa "perteneciente o relativo al mar", por cierto; mira tú qué original. El caso es que no deja de tener cierta poesía que te llames así, y en eso pienso mientras me digo que hay que ver los morenos, que os carga el diablo, que no sé qué os dan para que esa piel aceitunada y esos ojos oscuros me perturben tanto. Te voy a contar una cosa, y te la voy a contar mientras te miro de reojo desde lejos, y mientras me presento porque nos han sentado en la misma mesa, y mientras hablamos del estilo rimbombante con que han escrito los nombres de los platos en el menú de la boda. Voy a contarte que hay muchas maneras de encontrarse con la gente. Charlando, leyendo, escribiendo. Muchas formas de contactar y muchas cosas que pueden tenerse en común; por eso te pregunto si escalas y me dices que sí, pero que hay otras cosas de la montaña que te gusta más hacer, y por eso me explicas que viviste unos meses en San Fernando y que Cádiz estaría mejor si no fuera por el viento. Pero sobre todo, moreno, te quiero explicar que la piel es un idioma por sí mismo, un idioma independiente con sus propias normas de ortografía y gramática, y esto lo pienso en cuanto me tocas como por casualidad el hombro descubierto cuando nos encontramos en la barra libre. Lo pienso cuando te pongo la mano sobre el brazo y cuando nos sentamos muslo con muslo y cuando, después de vacilarme un poco ("qué haces aquí sentada, podrías estar con cualquier otro") y sin saber muy bien con qué excusa nos estamos comiendo la boca y tú besas bien, mordiendo un poco, como a mí me gusta, abriendo la boca lo justo, llevando enseguida las manos a donde hay que llevarlas.

La piel, moreno, no entiende de horas ni de edades, no entiende de cuánto hace que nos conocemos o de todas esas cosas que podríamos o no tener en común, y cuando nos escapamos orilla abajo y se queda la música de la fiesta sonando al fondo estamos suspendidos en una franja horaria que no pertenece a ningún huso. La piel no sabe que seguramente no vamos a volver a vernos porque tú te vas en unas horas y yo en unos días, ni que yo a veces soy un desastre y tú tendrás tus neuras que no conozco; ahora mismo sólo entiende de cremalleras que se bajan, vestidos que se suben y labios y mordiscos y dedos y arañazos precipitados uno sobre otro con una urgencia que es difícil explicarse. La piel es piel y no hay que darle más vueltas a eso, y le importan cosas como lo bien que hueles y lo bien que sabes; mejor, incluso, que los platos complicados del menú de la cena. Y no sé qué va a pasar mañana, cuando volvamos al mundo de las palabras y de la resaca y de dormir tres horas y de joder yo no quiero ir a ver a mi abuela con este sol y este mal cuerpo que tengo, pero ya se verá. Sé, como ya te he explicado, que lo que hablamos esta noche, en este momento, es el idioma de la piel, que está al margen de cualquier otra cosa.

Y ese idioma, moreno, resulta que lo hablas la mar de bien.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Últimos minutos de mis veintiséis años (emoción, emoción)

Hoy ha entrado el calor de forma brusca y salvaje: un levante del Averno que ha tenido al Kpot protestando toda la tarde mientras íbamos, sucesivamente, a tomar café, a entrenar y a recoger las llaves de la casa nueva. Era para vernos a los dos saludando a los propietarios con las manos llenas de magnesio y colocando como primer adorno una chorrera rota de la Chamán encima de la tele. Este calor repentino le ha dado a todo un aire de cambio: de clima revuelto, épocas nuevas, oportunidades recién estrenadas.

No sé muy bien qué escribir. Los veintiséis han sido tan geniales. Es como si hubiera tenido veintiséis dos años seguidos, de lo que me han cundido. Me sentía como si fuera a quedarme siempre en esta edad. Y no sé qué escribir precisamente por eso. Porque estoy muy contenta, y la felicidad mola pero no inspira. 

Soy más feliz y más fuerte que hace un año. Está mejor mi piel, están mejor mis bíceps. Puedo hacer tres dominadas seguidas en la barra, tres, sin apoyarme en el suelo, sin que nadie me ayude un poquito a subir. Me están saliendo arrugas, pero son de reírme, y pecas, pero son de sol. Y aunque no tengo novio, en mi vida hay un montón de amor. 

Hace escasamente media hora he pulsado el ratón del portátil para hacer una transferencia al notas que me va a vender la furgo. Acabo de comprarme un coche, señores. Esas cosas que nunca pensé que sucederían están sucediendo: la vida te va pasando, quieras o no. Y de verdad, de verdad que hace un año, mientras le pedía a Fede Comín que me firmara su disco y me iba en metro a casa de Luna pensando que echaba de menos algo y no sabía bien qué, no podía imaginar lo que iba a ser mi vida justo un año después. 

Así que bueno, no voy a decir mucho más. No quiero hacer balance. Todos sabéis qué me ha pasado este año, que por algo llevo doce meses contándolo a tiempo real. La escalada, la escritura, los amigos, el amor, el desamor. Ha sido un buen año. Ahora estoy a punto de entrar en el 10 de mayo de 2012, en mi cumpleaños número 27, en la vigésimo séptima vuelta que le doy al sol montada en este planeta tan raro. Voy a disfrutar mucho de mi día. Me gusta porque me lo paso entero esperando que la vida me sorprenda, aunque sólo sea en forma de felicitación inesperada o de regalo bonito.

A lo mejor ahí está el truco. El de la felicidad, digo. En vivir todos los días como si fuera tu cumpleaños: sabiendo que son únicos, que son especiales. Manteniendo todo el rato un ánimo curioso y atento, confiando todo el rato en la capacidad de la vida para sorprenderte. Porque te sorprende, seguro. Quieras o no. Si hay algo que he aprendido este año, es eso.

(Así que, como en la foto, chapo este seguro y sigo escalando sin mirar atrás)

martes, 8 de mayo de 2012

Trastos (o tiestos, como dicen aquí en Cádiz)

Me cuesta escribir en mi casa a medio mudar, como si todos estos trastos revueltos por el salón me quitaran hasta cierto punto la sensación de arraigo. ¿Qué es la vida? Un frenesí. Llevo toda la semana en un puro estado de nervios. Por las mañanas me recoge el MIR en su Harley y nos vamos juntos al hospital. Me gusta empezar así los días: detrás de la espalda ancha y tranquila del MIR y de su cazadora de cuero. Cruzamos las carreteras de Puerto Real al sol, en mitad de los campos, y parece una de estas pelis europeas en las que todo brilla mucho y parejas guapas de americanos conducen motos alquiladas por caminos rurales. Como os decía, el MIR me recoge y yo tengo que esforzarme por decirle a mi cabeza que pare. Que pare de planear, de encajar horarios, de combinar el trabajo, la mudanza, la sesión clínica, mi cumpleaños, la boda de Erika, los entrenamientos del roco, las altas de mis pacientes y mi sueño fragmentado.

Recojo mis trastos de casa y me parece increíble haber acumulado tantas cosas en dos años. Si mi padre y yo lo trajimos todo en un solo porte, ¿cómo me he apañado para tener ahora la casa llena de cajas y que aún me quede por recoger la mitad? No sé si lo que uno acumula es proporcional al espacio del que dispone para guardarlo; lo curioso es que mi casa es pequeña. J. me dijo que la primera vez que vivió solo le inquietaba que todas aquellas cosas fueran suyas y de nadie más. A mí tener tantos objetos me da una sensación rara de estar ocupando más sitio en el planeta del que me corresponde, como cuando en el autobús coloco el bolso en el asiento de al lado y me siento culpable aunque esté todo vacío.

Hace unos años J. y yo conocimos a una señora que venía con nosotros al taller de escritura. Era una de estas mujeres de edad indefinida, soltera independiente, esforzada en no arreglarse y mezcla entre intelectual y alternativa. De las que lee a Cortázar comiendo pan de higo ecológico. Nos fuimos con ella de viaje a la Alpujarra y lo pasamos bien visitando los reductos hippies escondidos en los pueblos. Luego nos invitó a cenar en su casa del Albayzín, que estaba de reformas. No sé lo que imaginábamos J. y yo que sería su casa, pero seguro que algo coqueto, recogido, con jarapas de colores en el suelo y lamparitas de cristales adornando los rincones. Cuando llegamos, encontramos una casa vieja donde habitaciones de suelo torcido se enganchaban de forma absurda unas con otras. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros antiguos, revistas atrasadas, apuntes, adornos feos. Una amenaza de Síndrome de Diógenes flotaba en el ambiente.

También conocí a un chico que tenía la casa tan ordenada que daba miedo. Tenía los diez libros de Mafalda (punto a su favor) apilados en dos columnas alineadas de cinco y cinco ejemplares (punto en su contra). Su congelador estaba lleno de bandejas de pollo del mismo tamaño amontonadas una junto a otra, y cenaba la misma cantidad de pollo cocinada de la misma manera todos los días. Sólo pasé una noche allí, pero todavía me estremece recordar la soledad desgarradora que espiraba aquella casa.

Nos relacionamos con las personas y también con los objetos. Intentamos ordenar de alguna forma este caos colorido que nos rodea. Al principio de "Mi vida sin mi", la protagonista dice algo como que las tiendas, los supermercados, los centros comerciales y, en general, la forma en que tenemos organizado el mundo, no son más que un intento de olvidar que un día vamos a morirnos. A mí me gustan casi todos mis trastos, y a pesar de mi voluntad firme de simplificar y deshacerme de cosas he descubierto que no tengo tanto que no me sirva. Es preocupante que estos cincuenta y pocos kilos de niña tengan que arrastrar tantas cosas por las casas de Cádiz, y espero no ir camino de la acumulación indiscriminada de nuestra amiga de Granada. Aunque, por otra parte, prefiero terminar así (un poco chalada, en una casa vieja, rodeada de papeles arrugados) a apilar en mi frigorífico un montón de bandejas congeladas de pollo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Slightly overwhelmed

Queridines:

Pensaba escribir algo hoy sobre la mudanza. Algo intenso y profundo que elevara vuestros corazones de lunes. Pero llevo un día de lo más estresante. La Unidad parece una mezcla entre Alcatraz y el camarote de los hermanos Marx; los niveles de locura son elevados incluso para los que vamos teniendo tolerancia. La mudanza, por otra parte, va fatal; confío en que el jueves me dé un ataque de inspiración y sea capaz de meterlo todo en el coche.

En cuanto a mis reflexiones sobre el tema... bah, ya las imaginaréis. Blablabla el paso del tiempo, blablabla recuerdo cuando llegué aquí hace dos años y no conocía el barrio y pensaba "cuándo conoceré el barrio" y ahora ya lo conozco y las dependientas me saludan, y hay que ver los buenos ratos que he pasado yo en chanclas por la Viña. Blablabla por qué me voy si estoy bien, qué es lo que busco, hacia dónde va mi vida, lloro por dentro pero la soledad no es mejor que la buena compañía, y todo esto me recuerda a Granada y a mis pacientes y por supuesto a J.

Más o menos eso escribiría si tuviera tiempo, ganas y menos cansancio. Así que no os perdéis mucho.

Ya en serio: todo va bien. Estoy contenta. El jueves cumplo veintisiete y no tengo ni un poco de crisis. Me parece un bonito número y me gusta ser mayor, aunque me preocupa que después de millones de años con acné ahora resulta que me han salido unas arrugas debajo de los ojos que parezco Nosferatu. Pero bueno.

Se os quiere.

domingo, 6 de mayo de 2012

Varados

Le llaman de la delegación a eso de las doce, justo cuando acababan de aparcar el coche en el centro comercial, y en cuanto ella escucha el cambio de tono en su voz, presta atención y frunce el ceño.
- Sí, vale, de acuerdo. ¿Pero está vivo? Ya, bueno, me da igual que sea por poco tiempo, tienes que llamar a los de Málaga entonces. Sí, sí, sé cómo son. Sí, sé que tengo que ir de todas formas, pero es que hay que hacer las cosas bien. Vale, en Los Alemanes. Voy para allá.

Vuelve a abrir la puerta del coche y se mete dentro. Ella se queda un momento de pie, con los brazos lacios y los ojos cerrados. Después suspira y se sienta a su lado.
- Sorpréndeme.
- Un delfín en Zahara. No me da tiempo a dejarte en casa, lo siento. Si quieres te coges el bus de vuelta cuando lleguemos.
- Lo que hay que aguantar. Un sábado por la mañana.
- Qué quieres que te diga. Los delfines no tienen hora para morirse.
- Te dije que no tenías que sacarte la licencia esa. Que lo de poder manipular bichos muertos no te iba a servir para nada.
- Sin la licencia a lo mejor no me habrían contratado.

Ella deja escapar un ruidito, algo como un bah o un buf, y empieza a trastear en el móvil.
- Pues tú me dirás ahora cuándo compramos el regalo de Pablito.
- Tiene un año. No le va a importar que no llevemos el regalo justo a la fiesta - él remarca un poco la palabra "justo" mientras frena bruscamente en un semáforo en rojo.
- No se trata de eso.
- Entonces dime de qué se trata.

Lo bueno y lo malo de este asunto es que, en realidad, prefiere mil veces pasar la mañana de sábado con un delfín muerto que buscando un regalo para un niño de un año en un centro comercial. Pero ni loco se lo diría a ella, que teclea en la Blackberry con furia. ¿Qué estará haciendo? ¿Actualizar el estado de Facebook? Hay una aplicación en el móvil que localiza el lugar en que te encuentras y lo publica en tu muro. Antes estaban en el Bahía Sur, ahora van camino de la playa de los Alemanes y, por alguna razón que no alcanza a entender, todos sus amigos van a enterarse en tiempo real. Le preocupa esa noción que parecen haber adquirido los humanos de que son importantes por el mero hecho de existir. De que todas las cosas que hacen, incluso las más anodinas, merecen la atención y el aplauso social.

Ella deja el móvil y se quita las sandalias. Coloca las piernas en el salpicadero. Lo hizo una de las primeras veces que salieron juntos, cuando él la llevó a conocer la duna de Bolonia. En aquel momento le pareció increíblemente desenfadado y original, y miraba todo el rato los pies desnudos contra el cielo azul como si fueran la promesa de algo. Ahora sólo puede pensar que si el coche choca contra algo, ella se partirá las dos piernas de una forma muy desagradable. Y si ya es coñazo normalmente, no se la quiere ni imaginar con las piernas partidas.

Llegan a la playa. Un voluntario está sosteniendo al animal, y el resto se dedica a intentar mantener alejados a los curiosos. Le pasan un peto de goma y unas botas altas; no hace frío, pero no se sabe cuánto tiempo tendrá que estar dentro del agua.
- Se quedó varado en la orilla e intentamos devolverlo, pero está muy débil.

Se mete en el agua y llega junto al delfín. Es joven, no llegará a los dos metros, y le calcula unos ciento cincuenta kilos. Apenas se mueve. Lo agarra entre los brazos y le asombra lo ligero que parece. Consigue flotar un poco con las últimas fuerzas que le quedan.

En la orilla ella da vueltas despacio con las gafas de sol puestas.
- ¿Va a tardar mucho?

Él no contesta. Le parece absurdo contestar, porque no sabe decirlo. Se limita a medir las constantes cada cierto tiempo. En realidad no es su cometido; él debería entrar en escena cuando el delfín muere, para asegurarse de que se retira correctamente el cadáver y se realiza la autopsia.
- ¡El autobús sale cada dos horas, creo que no me merece la pena! - ella grita para hacerse oír por encima del viento.
- ¡Me parece bien!

Estoy sosteniendo en las manos una vida que se acaba, piensa. Dicen que los delfines son los animales más inteligentes del mundo. A él le resultan siniestros. Quizá es por el desfase entre la inteligencia que se supone que tienen y su falta de expresividad, lo distintos que son a los humanos. No es difícil atribuirle inteligencia a un mono, que gesticula y se mueve casi como una persona, pero asumir que los delfines esconden habilidades increíbles detrás de su cara rígida y su cuerpo resbaladizo le inquieta. Mientras le da vueltas a esta idea, siente cómo el delfín gime y se estremece.

Pasa el tiempo. Lleva ya hora y media aguantando al animal, y se le han entumecido las piernas y los brazos a pesar del mono de goma. Ella pasea por la arena como un animal enjaulado.
- ¡Pues menos mal que había prisa! - protesta, y luego se dirige a una de las voluntarias -. Me dijo que no le daba tiempo a dejarme en Cádiz.

La chica se encoge de hombros. Él vuelve a tomarle las constantes al delfín.
- De verdad, ¿es que no se podía morir el lunes?

Él se vuelve.
- ¡Ven aquí! - exclama.
- ¿Qué?
- Que vengas, joder.
- ¿Para qué? No puedo, mira cómo voy vestida.
- Pues quítate las sandalias y súbete el vestido.
- Estás como una cabra.
- ¡Ven de una puta vez!

Ella enarca las cejas, pero se quita las sandalias, se agarra la falda con las manos y camina hasta su lado, quejándose un par de veces porque el agua está fría.
- Tócalo.
- ¿Que?
- Que lo toques. Quiero que lo toques. Ya que estás aquí, por lo menos toca al delfín, ¿no? Nunca habías tocado ninguno.

Extiende la mano con precaución y la pasa por la piel resbaladiza del animal.
- Uf, qué grima. Está tieso, el pobre bicho, ¿verdad? Qué lástima...

Él levanta la cabeza. La mira a los ojos, que ella abre mucho, como intentando despertar algún tipo de simpatía que él ya no encuentra.
- Y ahora - dice él - te coges el autobús y te vas para Cádiz.
- Bueno, eso lo decidiré yo, ¿no?
- Coge el autobús. En serio.
- Pero, ¿por qué? ¿qué te pasa a ti ahora?

Él no dice nada. Sabe que a veces tiene un carácter difícil. También sabe que es sábado por la mañana, que el crío es el hijo de su mejor amiga, que ella tampoco se ha quejado tanto, dadas las circunstancias. Pero no sabe cómo explicarle que el delfín se está muriendo, que era un animal vivo que iba por el océano tan tranquilo, pensando en su plancton, en sus cosas, y ahora se está muriendo entre sus brazos. Y si ella no es capaz de respetar eso (al bicho que se muere y, sobre todo, a sus brazos que tienen que sostenerlo) entonces más le vale coger el puto autobús.

Al final el delfín para de moverse. Todas las luchas tienen que terminar de alguna manera, por mucho empeño que le pongamos a seguir flotando. Él nota enseguida cómo el cuerpo comienza a hundirse y cómo aumenta la sensación de peso en sus brazos agotados. Da un par de voces para avisar y acaricia muy suavito la piel gris del bicho, que ya no le parece tan siniestra. No tiene muy claro si ella sigue en la playa o se ha ido sola para la parada. A decir verdad, tampoco le importa mucho.

viernes, 4 de mayo de 2012

Preocupante pesimismo de viernes

Una unidad de agudos, en realidad, es igual que en las pelis. Los pacientes paseando con la mirada ida, los mutistas, los agresivos, los maniacos. Uno que canturrea solo, otra que se desmaya de histerismo en medio del pasillo, otro que necesita correr en calcetines por las noches porque si no, no puede dormir. Los contenidos, amarrados a sus camas y gritando "¡Dejadme salir! ¡Yo no estoy loco!". Los que bajan por las mañanas a que les den terapia electroconvulsiva. Y, aun así, tú te acostumbras a eso, entras, sales, saludas, sonríes, intentas trabajar y te tomas tus yogures a media mañana. Como en todos lados, hay momentos aburridos, y también días desesperantes en los que te harías una camiseta que pusiera "no te voy a dar el alta hoy por mucho que te empeñes" o "no, aquí no se puede fumar".

Otros días, sin embargo, la realidad te atrapa y te sobrecoge, y tú no puedes más que asistir boquiabierto y asombrado a las muchas maneras de sufrir que tiene la gente. Y yo hoy me he reído y casi he llorado también cuando después de su entrevista la pequeñita se resistía a marcharse del despacho, y nos miraba a los ojos, y nos preguntaba si íbamos a acordarnos después de ella... y antes de cerrar la puerta me ha dicho adiós con la mano, así enfundada en su bata naranja, y el psicólogo me ha mirado y me ha dicho "qué ganas tiene de establecer un vínculo, ¿verdad?". Y yo me he tenido que morder los labios para no llorar.

Porque en una unidad de agudos uno puede ver de verdad que la soledad y el abandono taran a la gente, y que algunas familias, algunos entornos, convierten a ciertos seres sensibles en carne de cañón. Buceas por las historias de pacientes antiguos y ves ingresos y más ingresos y salidas y otros ingresos, listas y listas de fármacos, diagnósticos, entrevistas. Todas las veces que alguien se ha sentado delante de ese paciente y le ha preguntado "a ver, qué te pasa", y tú como profesional lo haces con la mejor intención, claro, pero no puedes obviar la realidad de que después te vas a tu casa y tus pacientes se quedan solos. También la pequeñita. A mí de verdad que a ratos me estruja el corazón pensar que ahora estoy aquí en mi casa y que ellos están tumbados en las habitaciones azules de la planta, con esos pijamas tan horrorosos que les dan, en medio de su angustia o de su pena. Esa angustia psicótica tan solitaria, esa certeza de que el mundo es raro y tú no entiendes las cosas y hay mucha gente que quiere hacerte daño sin que sepas por qué. Que en realidad no se diferencia de la angustia de cualquiera más que en una cuestión de grado.

Abro el google y no sé por qué mierda pero me salta siempre con publicidad de periódicos que no quiero leer y estúpidos artículos de suplemento para mujeres. Ventajas de ser soltera, se titula uno: anímate, la soltería está de moda. Sustitutos para el sexo, se llama otro, verídico, y menciona el chocolate, el deporte y la danza del vientre. Yo me cabreo porque no es esa la solución. Porque todos necesitamos vincularnos hasta el punto de terminar haciéndonos los remolones para salir del despacho del psiquiatra que nos trata. Necesitamos amor de una forma enorme e indescriptible, y no es malo, no es nada malo, es completamente normal, y la solución no es atiborrarse de chocolate mientras se piensa en lo genial que es ser independiente. No sé cuál es la solución, pero estoy harta de solterismo irracional y también de familias taradas. Los humanos venimos mal hecho, faltos de equipamiento, incapaces para el vivir, y al final los que pagan el pato son mis queridos renglones torcidos de Dios, que vagan por los dispositivos de salud mental preguntándose qué les está pasando.

Esta tarde tenía muchas cosas que hacer y al final me he escaqueado de la mitad. Porque ha sido una mañana dura, aunque bonita, aunque dura, y necesitaba descansar de ella. Todavía no sé si quiero seguir toda la vida en esto. Me enseña cosas, está claro, seguramente las cosas más importantes que puede aprender uno, y a veces pienso que tiene la culpa de que se me esté poniendo esta cara de adulta que apenas reconozco. Pero a veces me pregunto si el precio que tengo que pagar por aprenderlas no puede llegar a ser demasiado alto.