massobreloslunes: junio 2012

jueves, 28 de junio de 2012

Sacrificio

Así que se han ido a pasar el día a la playa. Van en coche hasta la costa escuchando los Beach Boys (contextualizar la música, lo llama ella) y después caminan un rato hasta una cala no muy transitada. Lo justo para apartarse de la masa acrítica, pero también para que él no se canse de llevar la nevera. Toman el sol durante todo el día. A ella le gusta tirarse sin hacer nada, pero él se aburre y a cada rato sale a correr, a darse un baño, a hacer un castillo de arena. La llama como un niño pequeño. Mira cómo cojo esta ola. Mira qué torre más alta he construido.

Ella no se atreve a explicarle que en la playa él no le gusta. Por la crema bronceadora, más que nada: tapa su olor, e imagina que algún surtidor secreto de esas feromonas que le vuelven loca, y le convierte en un moreno flaco más de tantos. A pesar de eso, el amor permanece, así que ella le mira con cariño mientras le sirve gazpacho de bote en el vaso de plástico blanco.

Después de comer y de echar una siesta perezosa bajo la sombrilla, él insiste en que den un paseo por las rocas. De acuerdo, dice ella, aunque teme resbalarse con sus chanclas fúcsia. No te preocupes, contesta él, yo te ayudo. Y, de hecho, trota con elegancia siempre una roca por delante de ella, y cuando la ve dudar extiende su mano y deja que la coja para seguir avanzando.
- No me agarras bien - dice entonces ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Tu mano. Está muy fláccida.
- Hay que joderse.

La palabra fláccida no le hace mucha gracia, aunque se aplique a su mano. No termina de entenderlo.
- ¿Qué importancia tiene? Te puedes agarrar igual.
- No se trata sólo de que pueda agarrarme. Se trata de sentir que me sostendrás si me caigo.

Él intenta poner la mano y el brazo tensos.
- Ahora estás tirando demasiado fuerte.
- No hay quien te entienda.
- A ver, lo que quiero es firmeza - aclara ella -. Sentir que tengo donde apoyarme.

Él resopla e intenta encontrar ese equilibrio entre suavidad y tensión que ella parece buscar. Pasean un rato por los alrededores de la cala. Luego la marea empieza a subir, ella se asusta y regresan a las toallas.

Por la noche han decidido echar los sacos y dormir al raso. Cenan los restos del almuerzo y un par de bombones helados que él trae de un quiosco tras un paseo de media hora. Sin embargo, piensa que le compensa mientras mira cómo parte los trozos de chocolate sólido con los dientes y después chupa la nata con su lengua rosada. Al cabo de un rato se meten en los sacos, se achuchan un rato (abrazos inofensivos, que les corta el rollo que pueda verles alguien) y cierran los ojos para dormir.
- Gracias por el bombón - dice ella, después de un rato de silencio.
- Ha sido un placer.
- No, en serio. ¿Sabes por qué te lo agradezco?
- ¿Por qué?
- Porque sé que no te hacía ni puta gracia. Sé que el quiosco estaba lejos y que has pensado que por qué se me antojaba a mí un bombón helado y que podríamos vivir sin ello. Sé que te gusta prescindir de lo prescindible y, aun así, has ido.
- Claro.
- Es el sacrificio, ¿sabes? Es la clave.
- Sacrificio es una palabra muy fea.
- Qué va - parece convencida -. Es una palabra preciosa. Hacer algo por alguien que cuesta esfuerzo. Es lo que diferencia al amor de todo lo demás.
- Bueno, pero eso se sobreentiende, ¿no?
- Qué va. La gente sólo reparte sus sobras. Sus sobras de dinero, de tiempo, de afecto. Y lo que diferencia a la pareja de todos los demás es que te da algo que le cuesta. Algo que le duele. A ti te han dolido los bombones.
- Va, tampoco te pases, no estaba tan lejos.
- Lo importante es el trasfondo del asunto.

Él hace un ruidito con la lengua, pero en el fondo está algo de acuerdo. Su mente de ex estudiante de latín rebusca para encontrar la raíz de la palabra. Sacrum facere, recuerda. Hacer algo sagrado. Mira sus ojos cerrados a la luz de la noche de verano, y la siente pequeña y precaria buscando brazos firmes y bombones helados traídos con dolor. Le acaricia suavemente el pelo por detrás de las orejas y la curva de la nariz. Luego se la arrima al pecho (porque a lo mejor así puede además protegerla de algo) y se esfuerza por quedarse también dormido, aunque tiene que confesar que el sonido de las olas le molesta un poco.

miércoles, 27 de junio de 2012

Lo inexpresado

Yo sé que puede parecer increíble, pero hay cosas que no cuento a nadie. Estoy sentada junto a alguien a quien quiero y, sencillamente, elijo no decir esto o aquello porque para esas palabras no veo esperanza. No pienso que vayan a servir para nada. El MIR me regaña. Habla con la gente, Marina, me dice. Cuéntales lo que sientes. ¿Qué arreglo con eso, MIR?, le pregunto yo, repasando con el dedo el borde de mi cocacola. No lo sabrás hasta que no lo intentes, me contesta, con su sonrisa de carnavales y su manía de hacer fácil lo que yo hago difícil pero que en realidad es fácil.

Están en algún lugar de mi mente, todas mis palabras no dichas, que yo imagino como pelotitas semitransparentes apilándose en un hueco muy profundo. Hoy voy pensando en ellas mientras camino del hospital al lugar donde aparco la furgo, y que está aproximadamente en el quinto carajo porque paso de pagarle al gorrilla todas las mañanas. Entonces me adelanta una Harley y precisamente es el MIR, como un Hell Angel de mi bienestar emocional. Le abrazo, le doy un beso y me lesiono al chocar con su casco. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues regular, contesto. Me he dado cuenta de que no tolero el conflicto. ¿Y eso? Ya te contaré. Me encojo de hombros y vacilo un poco: supongo, digo, que no se puede ser rubia, lista, guapa y fuerte como los limones y además tolerar el conflicto. Se ríe. Qué bien tenemos la autoestima, ¿no? Contesto con un tú sabes gaditano, nos despedimos y cada uno sigue su camino.

Mi no conflicto está hecho de todas esas palabras no dichas. Forman un colchón cómodo que, en realidad, está fabricado de la falta de expectativas de que alguien de hecho lo entienda. De la falta de ganas de gastar saliva. Y bueno, quizá sea una elección cobarde o quizá tenga que ver con que sospecho que en lo más profundo de mi corazón estoy emocionalmente tarada. Pero es la forma que he elegido para vivir. Y, para mal o para bien, de momento me sirve.

lunes, 25 de junio de 2012

CT

Estoy sentada junto a la orientadora laboral que viene una vez al mes a la Comunidad Terapéutica. Le he dicho que quiero verla trabajar, así que observo cómo aconseja a los pacientes para insertarse en el mundo laboral.

La Comunidad Terapéutica es un poco como el sótano de unos grandes almacenes, en el sentido de que por mucho que bajes, ya no hay nada más. Te has quedado sin recursos, y todo lo que le queda al paciente después de los intentos por tratarle ambulatoriamente, después de las crisis espectaculares y los ingresos en Agudos, es esto. Vivir allí o acudir a media pensión, pasar la mañana en talleres variados, pasear por los pinares y aprender a gestionar su propia medicación. Si pueden, insertarse en la vida con el porcentaje de minusvalía que les corresponda.

Si os digo la verdad, ahora pienso que antes de empezar el PIR no tenía ni puta idea de en qué consistía. Al menos desde el punto de vista existencial. No sabía que el sufrimiento mental podía ser tan intenso y tener tantas caras. Ahora creo que uno va por los distintos dispositivos y que a cada uno debe encontrarle un sentido. Los objetivos de cada rotación, los que te enumeran en el BOE para aprobarte después el curso de residencia, son secundarios; lo importante es hallar tu tarea principal en cada lugar.

En Agudos, por ejemplo, yo trataba de entender. No desde un punto de vista biológico, en plan que si el eje dopaminérgico se hiperactiva y tú te pones a delirar como un chalao, sino desde un punto de vista más intuitivo, más visceral. Qué ha llevado a esta persona a acabar amarrada en una cama llamándole George Clooney al psicólogo de la planta. Suele haber mucho más detrás; el delirio es falso, las alucinaciones son malas pasadas de tu cerebro, pero el sufrimiento es real y ésta es la única forma que estás encontrando para expresarlo. Así que aunque a veces sintiera que no podía hacer mucho más que esperar a que esponjara el Risperdal, al menos intentaba entender, abría mucho los oídos y los ojos, y de esa forma por lo menos no me sentía inútil. Si me apuráis, creo que sencillamente comprender a alguien, comprenderle de verdad y desde tus huesos, le da una entidad a su sufrimiento y le ayuda de una forma silenciosa.

Ahora, en la Comunidad Terapéutica, busco mi misión. Las dos primeras semanas casi me deprimo en serio. Aquello es menos estrambótico que la planta, pero mucho más duro. Los pacientes van de un taller a otro mirando el reloj para ver cuándo llega la hora de marcharse a fumar un cigarro. Y si te fijas en sus caras abotargadas por la medicación, te das cuenta de que la mayoría no es que esté aburrido, ni enfadado. La mayoría tiene la cara triste: están muy, muy tristes.

Hace algún tiempo una chica me dijo que, según los budistas, estar loco era una forma inferior de reencarnación, como una penitencia kármica. Me pareció cruel, pero es verdad que cuando uno mira a los pacientes no se puede librar del pensamiento de que sus vidas están recortadas para siempre. Y no me estoy refiriendo al estigma social, al síndrome metabólico de los antipsicóticos ni a los dramas que vive la mayoría en su casa y en su barrio. Me refiero a su sensibilidad, a la capacidad para percibir el mundo y relacionarse con los otros. Parece que les hayan recubierto el alma de corcho, y que los restos de angustia psicótica que les ha dejado la medicación sean lo poco real que les queda.

Entra al despacho uno de los pacientes: un chico jovencito que debutó con un episodio delirante hace un par de años. Es un chico aplicado, que va a todas las actividades aunque le cueste seguirlas, y ahora se nota que está poniendo todo su esfuerzo en enterarse de los talleres que la orientadora le va enumerando. Entonces ella menciona el de vidrieras y le explica que puede aprender a trabajar con cristales de colores como los de las iglesias. A él se le ilumina la cara, y a partir de ahí no quiere saber nada más de los otros talleres, "a mí me ha gustado el de los vidrios", repite. Yo miro sus ojos iluminados y pienso que me gustaría sacarle una foto; la chica no ha encendido la luz del despacho, así que el resplandor grisáceo del nublado se cuela por la ventana y se refleja en su piel. Parece tan sinceramente entusiasmado con los vidrios de colores. A mí se me está partiendo el corazón y no sé por qué.

Lo intuí al principio y lo confirmo ahora. Mi labor en la Comunidad Terapéutica es devolverles la dignidad a mis pacientes. Intentar aceptar en algún lugar de mi corazón que la vida que les ha tocado vivir es ésta, y que yo soy la primera que tiene que darle un valor si quiero que ellos también se lo den. Es complicado, porque la compasión y la condescendencia están demasiado cerca, y una siente en los huesos que la vida es injusta de verdad. Pero intento mentalizarme de esto todos los días, y creo que es lo más importante que puedo aprender aquí. Que todo está iluminado, como la cara de mi paciente pensando en vidrios de colores frente a la ventana del despacho. Que todos importamos. Que todo importa.

domingo, 24 de junio de 2012

El partido del siglo

Estamos sentados en el tejado de tu casa. Ya se nota que va entrando el verano, pero por las noches siempre refresca y se está bien en la calle, así que hoy hemos subido aquí a mirar cómo se va la tarde mientras bebemos cerveza y charlamos. Nos gusta contárnoslo todo. Hablamos del pasado e imaginamos el amor, más como una forma encubierta de examinar si somos compatibles que como un interés verdadero. Aun así, disfrutamos de estar hombro con hombro mientras el sol se desliza cielo abajo, apurando una cerveza que hace ya un rato que se ha quedado sin gas, retrasando como niños el primer beso del día.

Entonces escuchamos un grito que parece salir de lo más hondo de la ciudad, y sólo cuando superamos la impresión de oír cómo chillan a la vez miles de personas nos damos cuenta de que la palabra que los une es gol. ¿Gol de quién?, te pregunto. Digo yo que de España, contestas tú, y nos confesamos que ninguno tiene ni idea de contra quién jugaban hoy.

Después te recuestas un poco sobre la pared encalada de la terraza y me miras como el que va a cazar una mariposa. Tomas aire y empiezas a hablar. A mí no me gusta el fútbol, me explicas, nunca me ha gustado. Siempre fui un niño raro que no tenía de qué hablar con los demás, y ahora en el trabajo también me quedo callado durante las conversaciones del café. Pero, ¿sabes una cosa? Estos son los mejores ratos. Los del partido del siglo. Cuando el mundo está girado hacia otra parte y tú puedes escapar sin que nadie te mire. Así que cuando en un futuro (un futuro lejano, me aclaras) esté casado con la mujer de mi vida, el partido del siglo será el momento.

 ¿Qué momento?, te pregunto, atravesando encantada el capote que me tiendes.

El momento en que la cogeré en brazos, la llevaré escaleras arriba y le recordaré por qué se casó conmigo.

Esa mujer va a tener mucha suerte, te digo. Me acerco y me como con suavidad esos labios mentirosos que tienes. Y pienso, como he pensado antes, como voy a pensar otras muchas veces, que me da igual que estos rollos se los hayas contado a otras mientras ahora me escojas a mí para que los escuche. Pensando que me quedaré contigo mientras me sigas eligiendo, a mi cabeza, a mis oídos. Mientras me elijas.

Lista para arder

Estoy sentada en el salón de Villa Fanática, para variar. El Kpot anda por Grazalema y yo intento hacerme una manicura decente cuando aún tengo mugre incrustada en lo más profundo de las yemas de mis dedos. ¿Cómo pasa uno el día más largo del año? Trepando, obvio.

(Resumen de la entrada: unos cuantos párrafos sobre escalar así, sin miramientos, y después cambio de tema. Los no trepantes os podéis saltar lo primero).

No sé si ya he escrito esto o sólo lo he pensado, pero el día después del curso de escalada me levanté con la misma sensación que cuando te has acostado con alguien y no sabes si volverá a llamarte. Era como "qué genial es esto, ¿cómo me apaño para repetir?". En aquella época me sentía tan precaria en el mundo escalador que dejaba los pies de gato en medio del salón para recordarme que era real.

En mi libro de entrenamiento para la escalada (sí, tengo un libro de entrenamiento para la escalada) dice que el cuerpo necesita más o menos un año para adaptarse a las "tensiones específicas del deporte". Yo ya llevo un año trepando, así que en teoría mi cuerpo ha cambiado lo suficiente como para acostumbrarse a que le pida con frecuencia que luche contra la gravedad. Me lesionaré menos y me recuperaré antes. Seguirán saliéndome venas nuevas y misteriosas y quizá me sorprenda de vez en cuando al sacarme fotos con la luz adecuada.

Hoy vamos a San Bartolo, que es la escuela que nos queda más cerquita. Allí se escala en arenisca, una roca que te lima la piel de los dedos hasta dejártela en carne viva; por eso tengo hoy mugre subcutánea, pero por eso también la adherencia es tan buena que te quedas suspendido de agarres inverosímiles. Me siento fuerte y me motivan estas vías que piden equilibrio y elasticidad, y que son agradecidas para mujeres pequeñitas. Se me ocurre que la escalada es la demostración constante de que puedes hacer cosas que no te ves capaz de hacer. Cada paso es un acto de fe. Mi pie se quedará ahí clavado. El canto manchado de magnesio que veo desde aquí será bueno. Mi otra mano aguantará mientras paso la cuerda por el seguro.

A la vuelta paramos en Vejer para ver la primera parte del partido de España. Que a mí el fútbol me la chufla mortal, y este año en concreto, con la situación que atraviesa el país, lo de la Eurocopa me parece insultante y no la estoy viendo por motivos éticos. Pero hay consenso en la Roquipandi, así que aprovecho para tomarme un mollete calentito con aceite y jamón serrano y una coca cola. Qué buen color tenemos todos, pienso mirando a mis amigos. Qué bien vivimos. Mañana hay barbacoa en el campito del Jipi, así que nos despedimos acordando la hora a la que quedaremos para pasar el día tumbados a la bartola en la piscina, bebiendo sangría y comiendo subproductos cárnicos altamente cancerígenos. Qué buen rollo.

Mientras cruzo el puente de Carranza de camino a Villa Fanática, abro las ventanas y canto esta canción, que siempre me ha sonado a verano contento. Luego recuerdo que es San Juan, pero no tengo ningún tipo de ganas de acercarme a la playa a ver las hogueras. Es una pena, porque es el primer y seguramente último San Juan en un tiempo que no me pilla de exámenes o con curro al día siguiente. El primer año de PIR estuve en la Caleta con mis compañeros. Mirábamos los fuegos artificiales y comíamos regaliz sentados en la baranda de piedra. Las cosas ya me iban bien entonces y todavía van mejor ahora.

Llego a Villa Fanática pensando en el olvido. El olvido, como el humor, es uno de esos fenómenos cerebrales que me intrigan. Porque supongo que uno no olvida: no me creo que la información simplemente desaparezca. Se sabe que si estimulamos con una corriente electromagnética ciertas áreas del cerebro, podemos recordar información que creíamos que habíamos olvidado. El cerebro simplemente archiva, reprime y reconecta.

Desde el punto de vista emocional, creo que uno olvida cuando deja de reconocer al otro como algo suyo. Qué triste esta vida egocéntrica nuestra, en la que nuestra relación con los demás tiene que ver en un noventa y mucho por ciento con nosotros mismos. Lo que nos cuesta ver al otro como ente independiente en lugar de encajarle en nuestras expectativas. Y de repente sucede: el otro se desgaja despacito de nuestras vidas, como en esas imágenes de microscopio donde una célula se divide en dos, y casi te parece escuchar el "plop" cuando por fin se separa. Le devuelves su entidad, le liberas y le dejas marchar. Renuncias a todo lo que pusiste una vez sobre sus hombros; pobrecillo, él no tenía por qué asumir esa carga. Lo haces involuntariamente. Ojalá se pudiera olvidar a propósito. Pero por la razón que sea: por el paso del tiempo, las nuevas experiencias o por puro hastío, tu cerebro ya ha unido unas neuronas con otras de forma diferente y a ti, por gracia o por desgracia, ya no te duele.

Llego a mi casa, preparo algo de cena, hago unas últimas dominadas en la barra que tenemos colgada frente a la cocina. Después de cenar pienso otra vez que esta noche es San Juan, y que cuando tenía catorce, quince o dieciséis años siempre le daba a esa noche una cualidad mágica. Buscaba conjuros en la Super Pop y me lavaba la cara en la orilla del mar para estar más guapa. Cerraba fuerte los ojos y pensaba en todo lo que quería que fuera aquel verano: en la de risas y amor que podían caberle. Después saltaba la hoguera y quemaba en ella lo que ya no me servía.

Hoy no estoy en la playa, aunque el aire huela a mar todo el rato, pero sí que hay cosas que no me sirven, así que a las doce en punto doy una vuelta por la casa y las recolecto. Cojo una ensaladera, convierto el papel en pelotitas y le prendo fuego en el fregadero con uno de los mecheros precarios que guarda el Kpot junto al televisor. Cuando la cosa está más interesante y las hojitas llamean como fieras, me asusto un montón pensando que igual entra corriente y salgo ardiendo como una capulla y abro el grifo del fregadero. El papel sisea y se apaga rápido, y algunas hojas sobreviven en la parte inferior. Me da rabia: yo habría querido consumirlo todo, pero digo yo que al final siempre nos queda algún resto. Cuando la ensaladera se enfría, tiro el contenido por la taza del váter, lo observo desaparecer y pienso: mira qué bien. Qué sencillo. Ojalá fuera siempre así.

A partir de ahora los días empezarán a ser cada vez más cortos, pero al principio no nos daremos cuenta. No será hasta que cambien la hora y la Roquipandi y yo tengamos que madrugar otra vez para escalar los fines de semana cuando realmente echaremos de menos estos días larguísimos de círculo polar. Me siento a escribir ciertamente esperanzada mientras entra el aire cálido por la ventana del salón. La verdad: los conjuros de San Juan nunca me han fallado. Y aunque lo malo del olvido involuntario sea precisamente eso, que es involuntario, lo bueno es que cuando sucede es incluso más fácil que arrojar los recuerdos que no sirven por la taza del váter.

viernes, 22 de junio de 2012

Retrospectiva

Vale, éste es un post de tiesa. Un post de no tengo ganas de escribir y son las doce y veinte de la noche, y además me he pasado toda la tarde en El Helechal haciendo bloque vagueando y probando un par de bloques. Pero bueno. Es lo que hay y al menos trae material para el fin de semana.

Pensaba en la continuidad literaria. Yo escribo desde que tenía ocho años: cuentos, diarios y absurdeces. Luego pasó el tiempo y a medida que avanzaba, releía lo anterior y me parecía, como diría mi amigo el Cabesa, mierda pura. Pensé que quería que llegara el momento en que sintiera una continuidad con lo que había escrito y cómo escribía en este momento, sin avergonzarme de la yo escritora de antes.

Con dieciséis años escribí el que probablemente ha sido el diario más constante de mi vida. Estaba enfunada, es decir, enamorada salvajemente de MQEN, y necesitaba decírselo a alguien. La palabra Funes, de hecho, aparece 167 veces en 122 páginas. A medida que escribía ese diario, pensaba que no me avergonzaría de él, que aquella era mi verdadera voz. Ahora no es que me avergüence, que con dieciséis años usaba el punto y coma con la misma elegancia que ahora, pero sí que percibo cierta distancia con la chica que escribía "Funes es TAN mono que uff".

Así que hace un par de días decidí repasar el blog en retrospectiva y reflexionar sobre qué ha cambiado en lo que escribo a lo largo de estos siete años, que se dice pronto. Por cierto, el color de los enlaces es muy parecido al del texto, así que aclaro para los despistados que si hacéis clic al principio de cada párrafo os enlaza al post del que hablo.

Hace un año andaba en pleno Michelian Challenge, justo antes de esta euforia literaria que me tiene enamorada del teclado y sacrificándole al blog horas de sueño como a un idolillo cruel. Escribía sobre la falta de amor (para no variar). El post no me gusta mucho. No me gusta reflexionar sobre el amor, ya os lo dije, por aquello de que el amor es tú. Literariamente, sin embargo, no veo muchos cambios desde entonces. Emocionalmente, me temo que tampoco :D

Hace dos años escribía melancólicamente sobre el olmito que le regalé a mi amigo A., el que no me habla. Curioso que lo de A. ya no me dé pena y, sin embargo, todavía me enternezca el olmito. El post me gusta mucho, y también lo que intento transmitir: regar a los amigos como se riega a las plantas. Aunque lo de "la serenidad que emanaba" me ha matado.

Hace tres años andaba reubicando mi vida después del PIR. Aquí sí empiezo a notar cierta distancia. El cierre del post, por ejemplo, me parece una mierda. Y escribir "detesto" y un párrafo después "detesto profundamente" me aberra. Me ha gustado, eso sí, recordar lo que sentí cuando releí las libretas de Barcelona, y recordar el momento en que todavía Barcelona me importaba. Ahora lo veo taaaan lejano. Pero sí es cierto que releer lo antiguo te ayuda a desarrollar cierta compasión por ti misma y tus extrañas decisiones.

Hace cuatro años mi vida amorosa era una especie de Tormenta Perfecta que yo capeaba escribiendo a lo salvaje. Me llevaba libros a la biblioteca y los escondía bajo los apuntes, inventaba relatos extraños con Meg Ryan como protagonista y pensaba que el corazón me iba a reventar dos de cada tres días. Mi cara estaba saliendo de su Peor Época Ever y no sé cómo no me volví loca. El post me gusta. Me mola la historia de Albertina y mi forma de contarla. Me gusta recordar aquel viaje con J. y lo bien que lo pasamos riéndonos del mundo en el taller de escritura de las divorciadas.

Hace cinco años hablaba de mi padre, porque soy carne de diván, y escribía sobre escribir. Este post es un poco cursi y todavía abusaba de los paréntesis, pero no está mal. Conmueve por sincero.

Hace seis años apurábamos J. y yo la primavera granadina. Yo terminaba los exámenes por la mañana y me iba a dormir a su casa del Albayzín, sudando como un pollo sobre la cama mientras él dibujaba para las últimas asignaturas de la carrera. Nos conocíamos tan poco, pero era todo divertido y desenfrenado y un poco intenso y muy nuevo. Este post concretamente me encanta, siempre me ha encantado. Tiene mucho ritmo y refleja bien esos momentos en los que llamar o no llamar a J. en un momento dado todavía era una cuestión importante.

(Madre mía, por cierto, seis años)

Hace siete años escribí este relato extraño y un poco perverso que, la verdad, no me avergonzaría en absoluto de haber escrito hoy. El blog acababa de abrir los ojitos y yo todavía tenía la esperanza de utilizarlo sólo para escribir ficción.

Hoy le he dicho al Kpot que tiene mérito esta disciplina mía de subir todas las noches la escalera para escribir con el ordenador debajo del brazo. "Pero lo haces porque te gusta", ha dicho él. En realidad, leo todos esos textos y sí que hay una continuidad y, sobre todo, una voluntad importante de seguir. Pero al releerme en retrospectiva, sobre todo, la sensación que me viene es que no escribo porque me gusta, que también, sino porque no puedo no hacerlo. Una razón tan buena como cualquier otra.

jueves, 21 de junio de 2012

Recuerda

Me estoy reconciliando poco a poco con mi nueva rotación, pero lo que todavía no supero es tener que pasar todas las mañanas por delante del tanatorio. Que voy caminando despacio con la fresquita matutina, taconeando contenta entre los pinares que rodean el hospital, y de repente me encuentro con un coche fúnebre o con una familia que llora desconsolada. Menos mal que he encontrado una ruta alternativa que atraviesa la cafetería del hospital, así que dependiendo de mi estado de ánimo elijo una u otra. La ruta de la vida o la de la muerte.

Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.

Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.

La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).

Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.

Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.

miércoles, 20 de junio de 2012

Agradecimiento

Lo que no sabe nadie es que a veces, después de un día malo, pero malo de verdad, después de haberme pasado un rato sola sin poder parar de llorar o de pensar, con más seguridad de lo que parece razonable, que nunca más va a pasarme nada bueno; después de creer que debería dedicar mi existencia a proteger de los golpes mi desnudo corazón... me pongo a escribir. Que escribo sobre algo que no tenga que ver con nada de lo que me está pasando, o a lo mejor sí, pero normalmente mientras más triste estoy más intento que la línea que traza la escritura se separe de la que dibuja mi vida. Que entonces entro en un mundo distinto y se parece a cerrar los ojos y meter las manos en un líquido espeso y cálido, buscando sin saber con las puntas de los dedos, modelando objetos en silencio. Que todo se olvida o, más bien, se transforma de una manera que no termino de comprender. Que la sensación es que miro mi corazón, que me parecía reseco como los preciosos montes andaluces en verano, y descubro que está lleno de cosas. De brotes de jara brillante, que según me explicaron el domingo crece mejor entre la ceniza de los incendios. Que entonces sí sé que algo merece la pena, y que no es la vida en sí, no son las cosas que nos pasan, sino la corriente subterránea de luminosidad que la recorre, y que esa luminosidad es como la de la selva de Avatar, sorprendente y mágica, y que está al alcance de mis ojos si los abro bien. Y entonces, y esto es lo que a lo mejor no sabéis y os parece un poco ridículo cuando lo cuente, pero tengo que decirlo porque, total, es cierto; entonces alzo los ojos al cielo, junto las manos y digo, a veces en voz alta, gracias, Dios mío, gracias, y eso que soy atea, pero lo siento de verdad, es un agradecimiento intenso y absoluto: gracias, Señor, por dejarme escribir, por darme estos momentos, por no dejarme saber lo que es la vida sin esto porque, como leí hace poco, tengo la sospecha de que quizá incluso el amor no me baste, así que mientras escribo y escribo y, de verdad, no hay nada mejor.

martes, 19 de junio de 2012

Dibujar

¿Nos vamos a dibujar?, me propones después del desayuno. Es una de estas mañanas largas de domingo que ya se va convirtiendo en mediodía, pero tú y yo estamos repletos de café y pan con tomate, reposando felices sobre las sábanas, y no nos importa mucho a qué hora cierran las cocinas de los bares.

Nos levantamos y nos duchamos (juntos siempre, porque cómo eres, que no te hartas nunca de piel), y después nos vestimos de gemelillos cutres: vaqueros, camisetas, Converse. Me enseñas cómo acoplar la carpeta tamaño A3 bajo los tirantes de la mochila para que no moleste al caminar y salimos a la calle. Cae un sol plano de mediodía y recuerdo cuando me explicaste que la luz de la ciudad es dorada porque el aire tiene unas partículas especiales que hacen que brille así; una explicación lo bastante bonita como para que no me preocupe su exactitud.

Callejeamos por el Realejo, cruzamos Plaza Nueva y atacamos el Albayzín por su flanco más débil: la Cuesta del Chapiz, que aunque es larga y a mitad de camino desmoraliza, termina por dejarte arriba del todo, casi en Plaza Larga. Desde allí callejeamos sin mucho desnivel hasta llegar a una placita pequeña. Está tranquila y no ha sido invadida por los turistas, y tú y yo bromeamos sobre los guiris que se pierden en el Albayzín y son devorados por los hippys. Luego me señalas un edificio viejo: verás que bonito queda cuando dibujas los desconchones, me dices, y a mí me encanta que le devuelvas su dignidad a la pared convirtiéndola en modelo.

Nos sentamos separados, porque yo quiero encontrar mi propia perspectiva. Tú dibujas rápido, con las manos estrechas y morenas moviéndose por el papel, sin borrar. Yo miro la pared, trazo un par de líneas, mido con el lápiz y un ojo cerrado, trazo otro par de líneas, borro. Después de un rato te levantas a mirar mi boceto y me enseñas el tuyo. Me doy cuenta de que he elegido mal el ángulo: mi perspectiva es muy plana y la calle parece muerta. Tú te has girado un poco y el volumen de la esquina sale hacia el exterior con gracia. Tu dibujo está centrado y el mío ya se me ha comido la mitad inferior de la hoja. En mi papel se ven borrones; el tuyo está limpio y cruzado por tus trazos delicados. Me quejo.
- Chiquita - me explicas - llevo años dibujando y tú acabas de empezar.

Sonrío. No me extraña que después te burles de mí: "yo más y yo mejor", me dices siempre, y es verdad que ése podría ser mi lema. Yo más, yo mejor, y esta manía idiota que tengo de llevar mi vida estupenda y mi montón de cualidades colgados frente a mí como las insignias de los scouts. Entonces es cuando tú me atacas con tu ternura, con esa forma de reírte de mi manía de querer vivirlo todo siempre bien, y me desarmas por completo. Y ahora, mientras te veo dibujando y veo la clara superioridad de tu versión frente a la mía, disfruto de esta sensación de admirarte sin reservas. Me explicas cómo dibujar hojas de árboles con la mano temblona, y también que no hace falta que las líneas sean continuas; que a veces se insinúan en algunas partes y le dan delicadeza al conjunto.
- Hay dos tipos de dibujantes - me explicas después -, los que dibujan las cosas más finas de lo que son y los que las dibujan más gruesas.

Nos damos cuenta de que tú eres de los finos y yo de los gruesos. Me quejo otra vez; lo fino me parece más elegante. Bromeo acerca de que a ti te conviene que yo vea las cosas más gruesas de lo que son. Nos reímos un poco.
- Entonces, ¿nadie ve la realidad tal y como es?
- Claro que no. Los humanos no vemos: construimos. Hay muchas formas de ver la realidad. Piensa en las serpientes, que tienen visión térmica. No creo que nuestro mundo tenga por qué ser más real que el suyo. En realidad, la visión es más una cuestión de utilidad: vemos lo que nos sirve.

Nos marchamos antes de que me dé tiempo de terminar mi escena plana y emborronada. Tú ya le has dado el toque final a la tuya (un farolillo de forja que te has inventado sobre el marco de la puerta) y planeas hacerle un marquito de cartulina para que la cuelgue en mi habitación. Bajamos el Albayzin charloteando ("¿te gustaría tener termovisión?", "claro, para poder ver a las mujeres desnudas a través de las paredes", "pero sólo a las que estuvieran calientes, ¿no?", "ya me encargaría yo") y me doy cuenta de que es una mañana feliz, uno de esos raros momentos felices que quizá rememore en unos años, cuando me encuentre un poco sola una noche de junio en una ciudad bastante lejos de ésta. Y mientras agarro tu mano y saltamos juntos con las Converse por las baldosas torcidas del Albayzín, pienso que ojalá entre tu manía de ver las cosas más finas y la mía de verlas más gruesas consigamos componer un mundo que se parezca lo más posible al real o, por lo menos, que a nosotros nos sirva.

lunes, 18 de junio de 2012

Una entrada demasiado abstracta para mi gusto pero bueno, así se va a quedar




Es jueves por la tarde y estoy sentada en una cafetería de Valladolid, donde llegué ayer para asistir a las jornadas de ANPIR. Hace un rato que han terminado las ponencias del día, así que me he escapado para escribir un rato. No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí; de repente mis piernas han empezado a correr por las calles que empiezan a sonarme, y cuando me he querido dar cuenta estaba en este café, el Nueva Orleans, frente a un trozo de tarta de queso, un descafeinado y un puñado de folios.

La ciudad me está sorprendiendo. Me la imaginaba rancia, estática, pero es grande y animada, con zonas verdes y gente amable. Me gusta cuando hablas con alguien en el norte y en seguida te preguntan de dónde eres ("tú no eres de aquí, ¿verdad?"), y empiezan a contarte que ellos estuvieron en Cádiz hace X años y que les encanta, o que su sobrina estudió en Sevilla y que no veas qué calor.

Por la mañana me dedico a dar vueltas réflex en mano mientras espero a que mis compañeros amanezcan de resaca en el hostal, y pienso que últimamente paso mucho tiempo esperando a que la gente se despierte. Me atrapa la luz del cielo despejado de junio. No es como la de Cádiz, blanca y excesiva; ésta es rotunda, y llena de contrastes los objetos de las calles. La busco reflejada en las fuentes y rompiendo la superficie del suelo, e intento que aparezca en la cámara con la misma vibración con la que la estoy viendo yo.

Después reflexiono sobre la luz, sobre lo que es y por qué hoy me está enamorando tanto. El cerebro sólo puede procesar parte de los estímulos que recibe, así que si sólo te fijas en la luz durante un rato verás cómo el mundo cambia. Se te afila el ojo como si estuvieras dibujando a carboncillo y te das cuenta de la sutileza de los matices. Pienso que la luz hace que los objetos aparezcan reflejándose en ellos: sin ella estarían ahí, pero no podríamos verlos.

Trasladémonos a esta mañana de domingo, de vuelta en Cádiz. Sé que es un gran salto. De repente estoy en mitad de Castilla y, cuando me quiero dar cuenta, con siete horas de coche y unos cuantos cientos de mosquitos muertos en el frontal de la Dobloneta, he vuelto a Cádiz. A este universo líquido de aire salado y luz blanca. Por la mañana no sé muy bien qué hacer. Estoy cansada. Así que me acerco a nadar un rato a la piscina municipal, y después me voy a la playa a tomar el sol. Antes me compro un libro, "Bajo la misma estrella", que me llama la atención porque parece fácil y bonito y habla de gente con cáncer. Creo que ya hablé en algún punto de mi filia por los libros sobre cáncer y por lo urgente y preciosa que hacen parecer la vida. Éste me está gustando, aunque quizá no tanto como "Antes de morirme", que me pareció muy bueno.

La cosa es que me llama la atención este párrafo:

- Recuerdo una clase de mates en la facultad, una clase de mates buenísima que daba una mujer mayor muy bajita. Hablaba de la transformada rápida de Fourier cuando de repente se detuvo en mitad de una frase y dijo: "A veces parece que el universo quiere que lo observen. Eso es lo que creo. Creo que, aunque no lo parezca, el universo se posiciona a favor de la conciencia, que recompensa la inteligencia en parte porque disfruta de su elegancia cuando lo observa. ¿Y quién soy yo, que vivo en mitad de la historia, para decirle al universo que algo - o mi observación de algo - es temporal?.

Los libros, los buenos libros, y quizá escribir bien o, por lo menos, escribir a gusto, es en realidad lo único que me salva de la pena. No la distrae temporalmente, ni la transforma en la euforia vacía y falsa de "pero mira la de cosas positivas que tengo". La buena literatura le inyecta otra vez sentido a mi vida. La reanima. La colorea. Y en este domingo post viaje me hace falta algo así. Leo el párrafo de antes y lo conecto conmigo buscando la luz en Castilla. Pienso en el universo colocándose para ser mirado debajo de las vibraciones raras del sol que nos ha tocado, y en mí misma como voyeur infinita, como la persona que infinitamente mira a ese universo como si realmente él quisiera que lo hiciera. Como si esta inteligencia que intento desplegar sirviera para algo.

Y ahora vamos, Marina, busca una conclusión. Llevas un montón de días sin escribir. Tus lectores te odian. Así que piensa rápido en algo que pueda animarles este lunes. Tres conclusiones sobre la luz, rápido:

La primera es que hay que intentar ser luz sobre las cosas. Reflejarse en ellas. Hacerlas aparecer para que los demás las miren. A lo mejor no es muy útil, pero no es una mala forma de entretener el tiempo.



La segunda es que la luz, de hecho, siempre está. No hay que crearla, sino apartarse para dejar que aparezca.




La tercera es que bueno, yo intento ser luz o, por lo menos, dejar que la luz pase a través de mí. Y que a veces, como por ejemplo hoy (pero porque estoy cansada y porque no me apetece currar mañana y porque los domingos, como siempre me decía J. lloriqueando para no irse a dormir, angustian mucho), lo veo todo bastante absurdo, en plan y a quién cojones le importa. Pero no hay que perder la perspectiva. Así que yo, personalmente, voy a mantener alta la cabeza mañana, cuando a primera hora me pongan triste las incidencias de enfermería. A recordar que el mundo está a favor de la inteligencia. Y a pensarme con ternura a mí misma, esforzada y pequeña, intentando atrapar una mañana cualquiera la luz terrible de Valladolid.

martes, 12 de junio de 2012

VM, mi tipo femenino y el inquietante olor del Varo

Ayer fui al Corte Inglés a lavar la furgo. Resulta que mañana nos vamos de road trip los pires del área y quiero que mis pasajeros vayan cómodos, limpitos y, a ser posible, sin pelos de perro en la ropa.

Llego con la hora justa, como siempre. Me pierdo por el aparcamiento (verídico) y tengo que llamar al centro de lavado para que me guíen. Cuando lo encuentro, la chica que trabaja allí  se está descojonando en mi cara; lo que hay que aguantar. Pero me bajo y quedo encantada, porque nada más llegar ya huele a vainillita y a cosas limpias y ricas de lavadero pijo.

La chica que se ha reído de mí me observa bajar de la furgo, que tiene que ser para verme: yo toda mona en modo CI, con mi falda rosa con lunares blancos, una camiseta rosa, sandalias de tacón y las gafas de sol en la cabeza, y luego mi furgo, que en cualquier momento va a ponerse a andar sola transportada sobre los lomos de miles de ácaros del polvo. Me habla de las modalidades de limpieza.
- Y por sólo diez euros más tenemos el especial, con limpieza de huecos, pulido de superficies, cepillado de tapicerías y desodorización del habitáculo.
- ¡Ése, ése quiero yo! ¡El del taco! - exclamo, entusiasmada.

Para que la señorita comprenda mi situación tendría que decirle algo como "verá, señorita, es que le debo dinero al Estado, y por eso en vez de comprarme una furgo nueva del paquete o por lo menos con unos cuantos miles de kilómetros menos, le he comprado la Dobloneta a un notas al que cariñosamente llamaremos el Varo, que a su vez tiene una perra, la Lana. Y resulta que mi coche está lleno de pelos de la Lana y que además, según mi amigo Kpot, el coche huele al Varo. Que sí, Marina, me insiste, que yo cierro los ojos en tu furgo y es como estar con él. Así que por favor, señorita, cóbreme lo que sea, pero haga que mi furgo deje de oler al Varo".

Pero creo que con decir que quiero el lavado caro le basta.

Así que me explica que el ticket de aparcamiento corre de su cuenta (sólo faltaría) y me voy feliz de la vida a matar el tiempo en mi querido CI. Doy vueltas por la parte de ropa y me pruebo vestidos de Desigual. En realidad, estoy siguiendo una política de compra cero por convicción ética. Algo como "si tengo ropa para vestirme todos los días, en realidad no necesito ropa, así que no compro ropa". Pero me gusta probarme cositas monas y taconear por los probadores. Me miro y me veo estupenda. Ligeramente quemada del finde; a lo mejor el rosa no es una buena opción, porque en ciertos puntos de mi piel se fusiona con mi cuerpo, pero estoy mona, en cualquier caso.

Después decido que me voy a probar unos Levi's. Es una decisión así como absurda, porque en mi vida me he comprado unos y, de hecho, ni siquiera sé cómo va el tallaje. Pero recuerdo cuando mi primo Sergio me explicaba el efecto sobrenatural que en los culos femeninos ejercían los Levi's y pienso: pues a ver cómo van en mi culo. Y allá que voy, eligiendo tallas a ojo con cara de entendida y asintiendo mientras murmuro "ajá, con que ésta es la nueva colección de verano". Hay diez millones de modelos en varios colores y curvaturas, así que agarro un par así un poco por azar y enfilo hacia el probador.

No están mal, pero lo del culo es un timo. Los pantalones me lo aplastan y estoy cero sexy. No puede ser, señor Levi o como se llame el dueño de la marca: aún no tengo claro que me vaya a gastar noventa pavos en unos vaqueros, pero si lo hago quiero que me hagan un culo de noventa pavos.

En esto que salgo y me encuentro a un ser a quien a partir de ahora llamaremos el Vendedor Motivado, por razones que quedarán claramente expuestas a lo largo del post.
- ¿Qué tal te queda? - me pregunta, señalando los pantalones.
- Regular - contesto.

Me pienso un rato cómo explicarle mi problema y al final opto por un simple:
- Me hacen el culo raro.

Se ríe.
- Verás - me explica -. Levi's ha hecho un estudio entre miles de mujeres y ha concluido que existen tres tipos de cuerpos femeninos, tres, y ha sacado un modelo para cada uno de esos cuerpos. ¿Me permites que averigüe cuál es tu tipo femenino?

Estoy embelesada. Hace un momento no sabía el tallaje de Levi's y ahora alguien me va a decir mi tipo femenino.
- Claro, claro, averigua, que para eso estamos.

Saca un artilugio medidor con cintas y clips y me lo amarra a la cintura y las caderas con mucho cuidado mientras me pide perdón cada vez que me toca. Es muy adorable; parece un novicio. Yo le animo: "no pasa nada, hombre", mientras espero anhelante que mis Vaqueros Perfectos caminen despacio hasta mi Futuro Culo Glorioso.
- Vale - me dice VM después de muchas mediciones pudorosas -. Resulta que tú tienes un Demi Curve y habías cogido un Bold Curve, ¡¡¡enorme error!!! Los Bold Curve tienen tensores que aplastan tu trasero - juro por Dios que utiliza la palabra "trasero" -. Tú espera aquí, que yo lo arreglo.

Madre mía, qué novata. Mira que no saber mi tipo de curve; menos mal que había acertado con mi talla de cintura. VM me trae unos cuantos vaqueros con distintas perneras y colores y curves y yo entro al probador llena de esperanza.
- ¿Qué tal?
- Me siguen haciendo el culo raro - grito por encima de la puerta -. Pero que no te preocupes, que igual es mi culo.
- No, mujer - me dice VM, encantador y motivado.
- Que sí, que a mí me cuesta mucho encontrar vaqueros, de verdad, que tengo un culo complicado.

Salgo del probador. VM está frustrado. Estudios en miles de mujeres y resulta que no encajo en ninguno de los tres tipos femeninos Levi's. Me propone mirar otras marcas y me trae unos Lee y un par de Salsa Jeans. La parte buena es que son más baratos; la parte mala es que VM está estableciendo una relación comercio-manipuladora conmigo que no me va a dejar más remedio que gastarme en vaqueros el presupuesto para comida del mes. Fantaseo con la devolución posterior y me resigno.
- Estos Lee - me está diciendo entretanto VM - llevan más elastano que cualquier otro vaquero del mercado. Esto quiere decir que permiten un 30% más de libertad de movimientos que los demás vaqueros.

Le miro fijamente sin poder creer que haya dicho algo como "30% más de libertad de movimientos" así, en mi cara, sin parpadear, pero como soy muy educada asiento y entro a probarme los cinco nuevos modelos.
- Regular.

Abro la puerta para que compruebe con sus propios ojos el drama de mi culo aplastado por el abundante elastano del Lee. Los Salsa prometen, pero no me entran. VM va a buscarme Salsa más grandes mientras exclama muy convencido que si hoy no logra encontrarme unos vaqueros se suicidará. Verídico. Y luego soy lo a la que le mola el drama.

Los Salsa de mi talla me hacen el culo más horrible que ningunos pantalones sobre la faz de la tierra me han hecho jamás. Es como si primero lo aplastaran y después lo empujaran hacia el suelo y después me pusieran veinte años encima. El horror. Tengo que mirarme el culo sin vaqueros en el espejo para convencerme de que no es así de feo y no irme a mi casa llorando. Y me da mucho, mucho miedo abrirle la puerta a VM.
- ¿Voy preparando la soga? - pregunta.
- Me temo que sí.

Abro, le enseño el Culo más Horrible Bajo Unos Vaqueros Ever y el pobre hombre se queda sin palabras. En mi opinión, sin embargo, no debería quejarse: él tiene muchos vaqueros que vender, pero yo sólo tengo un culo.
- Déjalo, de verdad, que hoy no está de Dios que me compre unos vaqueros - le digo, mientras le apoyo una mano en el hombro. El hombre parece tan triste que estoy a punto de confesar que soy psicóloga y explorar su intención autolítica, pero me contengo. Acabamos consolándonos mutuamente, algo como "eres un gran vendedor", "y tú tienes un culo estupendo", y salgo de la parte de vaqueros caros inundada de drama. Al menos mi política de gasto cero permanece intacta.

Después voy a por mi furgo, que brilla como el sol desde el fondo del aparcamiento. Abro la puerta, esnifo su aroma y me regocijo en la maravilla de que ya no huela al Varo. Qué estupendo todo, incluso aunque mi culo escape a los tallajes internacionales de los vaqueros de marca. A lo mejor estoy hecha para comprarme los vaqueros en el Lefties; ni tan mal, al fin y al cabo, que allí por veinte euros te los encuentras la mar de apañados.

Moraleja: si alguna vez tenéis verdadero interés por compraros unos vaqueros, id al CI de Cádiz y buscad a VM. Pero antes haced unas cuantas miles de sentadillas, que los tensores de los traseros los carga el diablo.

Largo domingo de verano

Es domingo, son las ocho de la mañana y ya me he aburrido de dormir, así que después de obligarme un rato a permanecer horizontal dentro de la Dobloneta, decido que al carajo todo y que voy a levantarme. Guille está frito a mi lado, y Pablo e Irene también van a tardar en amanecer dentro de su Vito, así que decido vestirme e ir a tomar un café y dar un paseo, por ese orden.

El café me lo ponen en la venta de al lado, que a pesar de la hora ya está dando de desayunar a abuelitos madrugadores. Hay una terraza con mesas de piedra que da al monte y a la duna de Bolonia, y ahí que me siento con un café supercaliente tamaño barreño y una manzana. El sol sale desde detrás del cerro de San Bartolo, y la bruma alrededor de la montaña no tiene claro aún cuánta luz le va a dejar al día.

Le pregunto al camarero cuánto tardo en llegar a la playa de Bolonia andando. En mi mente hippy matutina me doy un paseo hasta allí y me baño en bolas en el Atlántico. O bueno, con bikini, lo mismo da, pero un baño matutino y helado ahora mismo no me sobraría nada. El notas me dice que a cuatro kilómetros, pero que por un caminito lateral se llega a otra playa más cercana y bonita. Visualizo playas vírgenes en mi cerebro y a mí correteando por ellas como Brooke Shields en la peli esa en la que se tiraba a su hermano. El camino no tiene pérdida, me dice el señor.

Echo a andar. Tengo un amigo que dice que él con calcetines podría irse a Laponia, porque todo el frío se le concentra en los pies. Yo es echar a andar y podría llegar a Laponia también, porque me encanta andar y esa certeza de que si te mantienes en movimiento el tiempo suficiente puedes llegar a cualquier parte.

La carretera recorre despacio las colinas amarillas. Me gusta tanto este paisaje, su sólido empeño en permanecer vivo a pesar del levante, de los meses sin agua y del salitre del mar. Veo la playa a lo lejos y las casitas salpicando el monte. A ratos me cruzo con algunas vacas marrones que han empezado a masticar hierba tempranito para ir adelantando trabajo. Camino y pienso, y me acuerdo de la vez que alguien me explicó que andando se piensa mejor porque te llega más sangre al cerebro. Si hasta hay una escuela filosófica griega que hace eso: los peripatéticos, que es un nombre genial para no sé, un grupo popero modernito.

El camino no tiene pérdida, y cuando me quiero dar cuenta me he perdido y estoy saltando una alambrada con precariedad. Se me engancha el pantalón, me escurro, me caigo, pero nadie me ve cargarme el bucolismo matutino con mi torpeza. Que vaya tela yo, aficionarme a escalar con esta capacidad para la coordinación tan limitada. Llego al otro lado y corro como una fugitiva hasta llegar otra vez a la carretera, porque lo de saltar una alambrada que en realidad probablemente esté pensada para que no se escapen las vacas me ha hecho sentir peligrosa. Me lo estoy pasando muy bien y ya escucho el mar. Troto durante unos minutos para acelerar el proceso Brooke Shields, pero el ruido de mis pasos no me deja oír el silencio, así que aminoro.

Llego al Chaparral, un área de pinos cruzada por caminos de tierra. El del bar dijo algo de un camino, creo, y sigo escuchando el mar, pero en realidad ya llevo cuarenta minutos andando y se supone que eran dos kilómetros. Aun así, empiezo a atravesar los pinos como si no hubiera un mañana. El mar ulula desde lejos como las sirenas de Ulises, pero el camino no me acerca lo más mínimo a él. Entonces me suena un whassap, que ya me vale: de paseo, sí, pero con el 3G encendido, y es Pablo que me dice que si tomamos café, y yo le digo que de acuerdo pero que tardo un rato, que me he ido a pasear y me he desviado un poco de la ruta. Aborto el proyecto Brooke Shields con lástima y doy la vuelta.

Entonces decido que voy a hacer un poco de barefooting. Que me voy a quitar los zapatos, vaya, porque desde que vi este vídeo me ronda la idea de probar el barefoot running a ver si lo toleran mis rodillas de anciana. Pero antes parece ser que tienes que hacer callo en las plantas de los pies, y yo pienso con penita que tendré que resignarme a perder el concurso de plantas de los pies suaves cuando seamos viejas que la PK y yo acordamos hace unos años.

(El concurso tiene que ver con que, según la PK, para tener pies suaves hay que usar piedra pómez y, según yo, basta con crema hidratante. Pensábamos cuidar nuestros pies con los respectivos tratamientos y compararlos cuando tuviéramos cincuenta años. Ahora escalo y quiero correr descalza por los campos, así que paso de la crema hidratante y le cedo a la PK con gusto el cetro de la suavidad plantar).

Así que bueno, me quito los zapatos y los calcetines, los amarro a mi minimochila Quechua de cinco euros y echo a andar por los caminitos de tierra. Es curioso. Un poco molesto a ratos, pero nada del otro mundo. Voy pisando con muchísimo cuidado, y de repente mi universo sensorial se amplia y aparece otro montón de sensaciones con las que antes no contaba. Me doy cuenta de que el camino de tierra, que hasta hace un momento era un todo uniforme en mi cabeza, ahora se ha descompuesto en muchos trozos que se diferencian sutilmente en textura, en material, hasta en temperatura. Voy buscando las agujas de los pinos y la tierra húmeda y prensada, evitando las piedrecitas y los trozos rotos de piña seca. Camino despacio y sin hacer ruido mientras sigo escuchando las olas traidoras detrás de mí.

Al cabo de un ratito me vuelvo a poner los zapatos. El café me espera y como siga con esto del walking zen voy a llegar a las tantas. Troto otro poco colina arriba para compensar la tardanza descalcera. Las vacas me miran divertidas, intuyendo que esta vez no me voy a molestar en saltar la alambrada de pinchos.

Y esas son las dos primeras horas de mi domingo, ahí es nada. Todavía me queda un buen baño en el Atlántico (con bikini, snif), una aproximación de media hora bajo el solano al pie de vía del sector que visitaremos hoy, unas cuantas vías de estas de sufrir porque da el sol en la pared y te parece que te van a reventar los pies dentro de los gatos, una hora y pico de conducción de camino a Cádiz con un episodio de casi muerte, porque a la roulotte que llevo delante se le desprende un toldo que se revienta contra el frontal de la Dobloneta. Luego llegar, descargar la furgo, comentar el finde con el Kpot mientras tomamos café en el salón de Villa Fanática, embadurnarme de after sun porque quemada es un eufemismo para el estado de mi piel. Y aún me va a dar tiempo a subir unas cuantas fotos al blog para, como dice Khal Yeleytr, hacerme la sexy (aunque, Khal querido, yo no me hago la sexy; yo soy sexy).

Y cuando me voy a dormir sintiendo cómo me pican los hombros al roce de las sábanas, y pensando que joder conmigo, que parezco nueva quemándome al sol andaluz con veintisiete años, pienso que bueno, que igual no salvo a la Humanidad ni gano el Pulitzer ni nada, pero que la vida me cunde. Otra cosa no, pero me cunde tela.

viernes, 8 de junio de 2012

Jueves esforzado, post desorganizado

Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca, y a lo mejor es por eso que llevo media hora parada delante del ordenador sin decidirme por nada. Los minutos gotean en el reloj de la pantalla y me dicen que es el tiempo que le estoy quitando al sueño. Debería dormir más. Intento escribir sobre varios temas y veo que voy con prisas y sin ganas. Pienso que a lo mejor hoy la honestidad es no escribir nada, y luego me digo lo que le dije al Kpot hace un par de semanas: si todos los días que creo que no tengo nada que decir no escribiera, no escribiría nunca.

Hoy, por cierto, el Kpot y yo hablamos durante la cena de qué haríamos si nos quedara poco tiempo de vida. Yo le digo que escribiría mucho, seguro. Que me abriría un blog sobre mi propia muerte, algo como memuero.blogspot.com, y que seguro que sería un éxito, porque la gente es muy morbosa. Él piensa que no. Cree que si me quedara poco tiempo por delante, no escribiría; que me dedicaría a hacer cosas. Yo le aseguro que sí, porque para mí escribir es hacer o, por lo menos, asentar lo hecho y darle un sentido. Y porque me encantaría tener un blog que fuera realmente un éxito, y estoy segura de que mi blog moribundo o moriblog lo sería.

Es como una condena, le digo mientras cierro el portátil y me lo coloco bajo el brazo para subir a mi cuarto. Sobre todo cuando atraviesas periodos como éste, así un poco estériles o quiza sólo distraídos o hartos de mi propia voz. No sé qué me pasa últimamente. A lo mejor debería plantearme otro reto, tipo el Michelian Challenge, no sé. Necesito algo que me sacuda.

Los jueves siempre quiero escribir mejor que nunca porque luego me voy el viernes y el sábado y me sabe mal dejar esto aquí solito con un post de mierda. Quiero escribir mejor que nunca porque, aunque penséis que no, yo os tengo presentes. Sé que estáis al otro lado, y os imagino, y de verdad que quiero que esto os haga pasar un buen rato. Es curiosa la conexión entre el autor y el público. Hoy una paciente se ha encerrado en una de las salas de la comunidad a escuchar música. Pensábamos que estaba bailando, pero al abrir para buscar sillas la hemos visto sentada frente al radiocasette mientras sonaba Amaia Montero. La canción era romántica y cursilona, y la paciente estaba muy seria, con la cabeza apoyada en las manos. No he pensado nada concreto; simplemente me ha llegado la intuición del desfase tremendo entre Amaia, tan mona, tan rubia, con su voz tan esplendorosa, y nuestra paciente feúcha y solitaria sentada en una comunidad terapéutica de salud mental. Creo que en su mirada fija hacia los altavoces estaba la conciencia de ese abismo.

Así que bueno, éste es mi esfuerzo de jueves. Mañana por la tarde cargo la Dobloneta y me marcho a la playa y a la roca, no necesariamente por ese orden. Voy a intentar de corazón rellenarme de algo la mente y el cuerpo y contar algo interesante el domingo por la noche. Los domingos también me esfuerzo para compensar las ausencias. Hasta entonces, sed felices. El lunes pasado estuve en el Café con Libros, en Málaga, y había una exposición de este chico. En una de las viñetas se veía a un grupo de gente preocupada y triste detrás de un muro gris. En lo alto del muro, un monigote rubio miraba al sol y al prado que se veían al otro lado y sonreía. Yo me siento así ahora, le dije a Elsa: en la parte bonita de la vida. El muñequito sabía trepar lo suficiente como para intentar ver qué había encima del muro, y resultó que era hermoso. Esos son mis deseos para vosotros hoy: que este viernes en particular y en esta vida en general seáis capaces de subir lo suficiente como para ver la belleza al otro lado.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 6 de junio de 2012

Carta a un MIR de psiquiatría

Hey, MIR:

Hoy te quiero escribir concretamente a ti para contarte una cosa bonita. Hemos estado tomando algo al mediodía y me ha encantado verte, como siempre. Llevo regular este cambio de rotación. Cada vez que te adaptas a un sitio y después tienes que irte es un poco como ser expulsado... no exactamente del paraíso, pero sí de un lugar al que ya te habías acostumbrado. Como minidespidos sucesivos: el PIR es una ETT constante. Así que me consuela verte y que me cuentes cómo van las cosas en la Unidad.

No es fácil esto, ¿eh, MIR? Por eso me gusta charlar contigo desde que te conocí: porque eres objetivo sin perder el optimismo, y porque desde el principio te tomaste este camino como lo que es. Nada perfecto pero sí bastante interesante. Por eso te quiero contar que esta tarde, después de comer y echar una mini siesta, he cogido la furgo y me he ido al centro de salud donde estuve rotando el año pasado. Allí me empeñé en ver pacientes aunque en principio no estuviera previsto, porque me parecía que podía ser útil. Presenté el proyecto, a la directora le pareció bien y me abrieron una agenda los lunes por la tarde.

Ahora imagíname, MIR, todos los lunes de julio y agosto, desde las tres hasta las siete, viendo pacientes nuevos como si no hubiera un mañana. Uno cada media hora. Yo en la consulta, el centro casi en penumbra, la playa a trescientos metros, mis camisetas de tirantes gritando debajo de la bata. De aquellas consultas recuerdo un batiburillo de penas y a mí intentando hacerlo lo mejor que podía. La idea era ver a los pacientes una o como mucho dos veces y luego mandarlos otra vez a su médico de cabecera.

Hoy estaba un poco triste, MIR, porque a veces siento que no llego. Me siento una farsa profesional, verídico: con todo mi desastre a cuestas, creyendo que podría hacer mucho más, que a veces me limito a apagar fuegos. He vuelto a primaria para revisar las consultas que hice el año pasado, porque voy a publicar un poster con los resultados y quería echar cuentas. Cuántos pacientes vi, a cuántos derivé, cuántos mejoraron. El objetivo era evitar que pequeños problemas se conviertan en grandes trastornos. Transmitir un poco eso que tú y yo sabemos: que la vida no es perfecta, que a veces uno está triste, o angustiado, o se siente solo, pero que eso no quiere decir que necesite ir a un centro de salud mental.

He empezado a repasar historias. De la mayoría aún me acordaba: del chico de la alopecia, de la chavala que estaba deprimida porque, después de mucho tiempo pidiéndoselo, su novio francés se había venido a vivir a Cádiz y no sabía qué hacer con él. De la mujer que adelgazaba sin parar y estaba convencida de que nadie podía verla. Del señor con infarto de miocardio que se había quedado asustado para siempre.

En total, veintisiete pacientes, MIR. Que no está mal para menos de dos meses. De esos veintisiete, sólo uno tuvo que ir después a salud mental. Uno. Los demás siguieron con sus vidas, y si miras el resto de la historia la mayoría vuelve a su médico a contar catarros y esguinces de tobillo. Alguno se queja otra vez de ansiedad o de tristeza, pero son los menos.

Y entonces me entra una cosa por dentro que igual se puede llamar orgullo. Porque cuando me fui del centro de salud intenté seguir con las consultas, pero no fue posible. No ahondemos en las razones, que los blogs los carga el diablo. El caso es que a pesar de eso, ahí están esos veintisiete pacientes, ¿sabes? Que son veintisiete personas con veintisiete vidas, y no es que yo se las arreglase, pero se les dio una respuesta, se intentó aliviar su sufrimiento, hubo un cambio.

Por eso estamos aquí, MIR. Igual yo soy un poco farsa como psicóloga a veces, y seguro que podría hacerlo mejor. El sistema también podría ser mejor. Tú y yo podríamos estar más contentos, en general, o por lo menos sentir que estos cuatro años nos están llevando hacia algún puerto medio seguro. No siempre es así. A veces nos balanceamos en lo precario de este extraño presente. Aun así, resistimos. Tenemos que resistir. Por todo: por esos momentos en consulta en los que sientes que estás conectando con alguien y que sólo por eso merece la pena. Por las cocacolas compartidas y el tabaco de liar al sol. Porque nos reímos casi siempre. Y por los pacientes, MIR, sobre todo por eso; porque a veces pasa, a veces hay un cambio, a veces significas algo. Y en ese momento, tú y yo lo sabemos, todo lo demás merece la pena más que de sobra.

martes, 5 de junio de 2012

El amor es tú

Siguiendo con el análisis de comentarios, me pregunta un anónimo cuál es la manera de entender bien el amor. Entonces yo le doy vueltas a su pregunta para ver si la puedo contestar de una forma no ya buena o mala, sino útil. Pienso en la aceptación, la comprensión, en quererse sin agobiarse, en ser cómplices, amigos, amantes, etc. etc. Compongo en mi cabeza algo que podría haber escrito Jorge Bucay.

Después recuerdo este texto de "Juliet, desnuda" y pienso que tiene razón. Que el amor es tú. No se puede abstraer el amor porque amor es un tú, es precisamente cuando no hay nada más que ese tú, y si eso no existe no hay amor. Y el amor bien entendido, digo yo, es precisamente dejar que ese tú te inunde. Salir del cascarón del ego. Ahí está su belleza: en que permite nuestro abandono.

El amor es tú, y cuando tú no estás, el amor se ha ido. No hay nada abstracto en ello. La abstracción está en el otro lado y no pueden convivir las dos cosas, como la luz y la oscuridad: si una está es porque la otra ya no. Así que si llegan la razón y las teorías es porque tú se ha ido o porque no estuvo nunca. Cuando existe amor es porque existe en concreto y tiene un nombre, un cuerpo y una cara, unas ideas y nuestra capacidad, que nunca deja de sorprenderme, de honrar a ese ser singular, ese cuerpo, esa cara, esas ideas, sabiendo que hay otros muchos seres mejores y peores, o al menos diferentes, siendo capaz de quedarnos con éste.

(Ayer por la mañana, por cierto, iba yo con Elsa y Tahira por las calles de la Malagueta. La niña se había hartado de la mochila, así que yo llevaba en brazos sus diez kilos de maravilla de la naturaleza para hacer honor a mis preocupantes músculos. Le daba besitos en la pelusilla rubia de la cabeza mientras Elsa y yo hablábamos del mundo moderno y de que es feo, de mudarnos a una ecoaldea, de vivir más cerca de lo verdadero. Pero no te preocupes, Tahi, le decía yo a la enana, porque el mundo en realidad es bonito, es flipante, está lleno de cosas hermosas. El mar y el sol y las palomitas y las bicicletas, enumeraba mientras le agarraba las manitas con las mías. Escalar y escribir y correr descalzo y meditar y las ecoaldeas y los mangos. Y la amistad y tu mamá y las sonrisas y el amor. Y cuando dije amor Tahi empezó a dar chillidos entusiastas y a moverse como una epiléptica, ¿te gusta el amor, Tahi? le preguntábamos, y ella no hacía más que dar palmas y emitir ruiditos. Así que igual venimos de serie con un conocimiento del amor mucho más profundo del que pensamos, con un increíble arsenal de amor de bebé alegre e incondicional. Todo es cuestión de desenterrarlo de donde quiera que lo tengamos guardado).

lunes, 4 de junio de 2012

Fuerte (II)


Qué vida ésta... tú ahí relajada, en la naturaleza...
  
Haciéndote fotos así como muy natural, sin prepararlas casi...  

y darte cuenta de repente de que quizá, pero sólo quizá...

se te está yendo un poco la mano con las dominadas.

A Dios pongo por testigo que es un efecto de luz y que no tengo esos brazos ni de broma... pero me ha hecho mucha gracia verme así.

PD: Estupendo estreno de la Dobloneta como lugar de pernoctación y como vehículo precario con el que atravesar las sierras andaluzas. Por cierto, conduzco bien, entendiendo bien como que sobrevivo :)

Mañana más.



(Perdiendo el equilibrio como si no hubiera un mañana...)