massobreloslunes: 2013

jueves, 26 de diciembre de 2013

Balance del año

Ya está aquí, ya llegó: el meme de todos los años que a mí me gusta escribir y no tengo claro que a vosotros os guste leer. Pero qué queréis que os diga. Es mi blog, y etcétera etcétera. Por si alguien tiene curiosidad, aquí está el del año pasado y aquí el del anterior

1. ¿Qué hiciste en 2012. que nunca habías hecho antes?
Ir a Estados Unidos. Plancharme el pelo. Hacer vías de largos y algo de escalada clásica. Tener consultas vía Skype y vía mail. Escribir una novela en un mes.

2. ¿Mantuviste tus resoluciones de Año Nuevo, y harás nuevas?
Bah. Qué va. Si me propuse algo, no me acuerdo. Ya he comentado en varias ocasiones que yo me hago resoluciones casi cada día. Lo de fin de año me parece de cobardes.

3. ¿Se casó alguien cercano a ti?
 El MIR. Y fuimos Pablito y yo así de guapos



4. ¿Nació alguien cercano a ti?
No está cerca en espacio, pero sí en el corazón: el niño de Batalecotal. Que, además, nació el mismo día que mi novela.

5. ¿Murió alguien cercano a ti?
Una buena amiga de mi madre y dos pacientes. 

6. ¿Qué países visitaste?
Estados Unidos y Marruecos, ambos para escalar. Estoy on fire.

7. ¿Qué te gustaría tener en 2014 que no has tenido en 2013?
Preocupante la celeridad con la que el universo me concede lo que pongo en este apartado. ¿Furgo para 2012? Pues furgo. ¿Maromo definitivo para 2013? Ahí lo tengo, sentado frente a mí. Así que he de tener cuidado con lo que escribo.

Me gustaría ser capaz de ganarme (medio bien) la vida cuando termine el PIR, sin necesidad de recurrir a la prostitución o el tráfico de drogas. Eso supone a) que me vaya bien Psicosupervivencia y me salgan unos cuantos clientes vía mail/Skype y b) que mi novela, una vez editada y corregida, se convierta en un best seller mundial, tipo Sombras de Grey pero con más calidad y (lo siento) menos sexo.

8. ¿Qué fechas de este año permanecerán en tu memoria?
El 8 de mayo: el día que el elefante entró en la habitación. O, bueno, el día que Pablo entró en la cafetería en la que habíamos quedado y empezó a iluminar mi mundo con sus ojazos azules.

9. ¿Cuál es tu mayor logro del año?
Encontrar el amor. Tuve que ir hasta Utah, ¡¡Utah!! 
Poner en funcionamiento mi fantabuloso blog de psicología, Psicosupervivencia, y tener ya casi 80 entradas publicadas y un número bastante decente de seguidores (726 víctimas a día de hoy. No nos mires, únete).

10. ¿Cuál ha sido tu mayor fracaso?
Creo que fui un fracaso como madrileña. No sirvo. Tampoco me importa.

11. ¿Has sufrido una enfermedad o herida?
Me hice un esguince de tobillo en febrero. Mi inconstancia rehabilitadora hace que aún me siga dando la lata. Por lo demás, todo bien. Además, el Acné del Averno ha desaparecido gracias a mi quinta tanda de Roacután. A ver cuánto me dura.

12. ¿Qué ha sido lo mejor que has comprado?
Un billete de avión a Denver, Colorado.
Y a pesar de lo que pudiera decir en el pasado... Me encanta mi iPad. Es tan prescindible como disfrutable.

13. ¿El comportamiento de quién merece celebración?

El de mi Pablo, por supuesto. Me cuida de una forma vergonzosa para una adulta. Por ejemplo: cuando me meto en la cama por la noche y se me ha olvidado TODO (la bolsa caliente de cereales, el móvil para poner la alarma, la botella de agua) pero, al contacto con el nórdico, me quedo inválida, como Frida Khalo, y le pido a gritos que me traiga mi kit de dormir. Me mima, me entiende, me respeta, me asegura cuando escalo, conduce cuando estoy cansada, se deja querer, se esfuerza por ser mejor. Además, trabaja como una mula, escala como un titán, corre, lee, escribe y, en general, hace que cada día me asombre de tener al lado a alguien como él.

También celebro el comportamiento de los lectores que hicieron de Madrid un lugar menos solitario (Laura, Carmen, Marta, Babette), el de Álex cuando me llevó a urgencias con el tobillo hecho polvo y me entretuvo para que no llorara, el de Pablo y Jenna con su hospitalidad en Boulder, el de los otros hosts de Couchsurfing que me cuidaron y alojaron en EEUU, el de mis compañeros de salud mental que hacen lo que pueden por aliviar el sufrimiento ajeno, el de mis pacientes bravos que luchan contra los problemas y buscan soluciones y... bueno, algo se me olvida, seguro, pero estáis todos en mi corazoncito.

14. ¿La actitud de quién te ha hecho sentir deprimido u horrorizado?
Todos los años me niego a contestar esta pregunta, y voy a seguir la tradición.

15. ¿Dónde ha ido la mayor parte de tu dinero?
A cafés en Madrid y cafés en general. Por otra parte, mi presupuesto en comida y mi paleo-obsesión han bajado un poco.
A libros. Tengo un problema serio con eso.
A EEUU. Qué ruina.

16. ¿Qué te ha hecho mucha ilusión?
Visitar Estados Unidos, alias La Dimensión Desconocida. Encontrar el amor: no ha defraudado para nada mis expectativas. Irme a vivir con Pablo. Mejorar en mi escalada con lentitud, pero con seguridad.

17. ¿Qué canción te recordará siempre el 2013?
Ho Hey, de los Lumineers. Oída por primera vez en Denver, en el coche de Jeremy, y reescuchada unos seiscientos millones de veces desde entonces.

18. Comparando con hace un año, estás: 
i. ¿Más contenta o más triste? Más contenta. Mucho mas contenta. Exponencialmente más contenta.

ii. ¿Más delgada o más gorda? Más delgada. El amor me alimenta, así que he perdido casi seis kilos desde mayo; esta mañana estaba en un sorprendente 49.4. No pesaba eso desde que era vegetariana y mi cuerpo se comía a sí mismo.

iii. ¿Más rica o más pobre? Más o menos igual: al borde de la indigencia. Vivir en Madrid y el viaje a EEUU destrozó mi bolsillo. Pero contenta. Y mucho.

19. ¿Qué te gustaría haber hecho más?
Meditar. Uf. Y entrenar, que la segunda mitad del año ha estado llena de perezón.

20. ¿Qué te gustaría haber hecho menos?
Ir en metro. Perder el tiempo en el curro por razones ajenas a mi voluntad.

21. ¿Cómo pasarás la Navidad?
Ya hemos liquidado la parte familiar, y ahora Pablo y yo nos vamos una semana a escalar a Margalef, en Tarragona. ¡Yuhu!

22. ¿Te has enamorado en el 2011?
Por favor. Enamorarse es un eufemismo. Yo he entrado en un estado de conexión espiritual con mi auténtica alma gemela, mi compañero de la vida, mi gemelo astral cósmico. Yo he alcanzado otro escalón en la conciencia humana. Yo he entendido el significado de las canciones de amor y he recuperado la fe en el género humano.
Vamos, que sí, que me he enamorado.

23. ¿Cuántos rollos de una noche?
Uno. Si todo va bien, el último.

24. ¿Tu programa de televisión favorito?

Anatomía de Grey permanece. También contribuye que tenga CERO competencia.

25. ¿Odias a alguien a quien no odiaras a estas alturas del año pasado?

Yo no odio. Yo soy amor. Pero a veces se destapan en mí profundos pozos de rencor que desconocía por gente a la que fingía apreciar. Tengo un par de pozos malolientes en funcionamiento ahora mismo, pero espero depurarlos pronto.

26. ¿El mejor libro que has leído?
Sin ningún género de dudas, El Arte de la Defensa, de Chad Harbach.

27. ¿Cuál ha sido tu mayor descubrimiento musical?

Los Lumineers. Obvio.

28. ¿Qué querías y conseguiste?
Un novio.

29. ¿Cuál es tu mejor recuerdo de 2011?
El viaje a EEUU. Conocer a Pablo en Utah y cada uno de los cientos de momentos maravillosos que hemos compartido desde entonces. El mes de noviembre escribiendo la novela.

30. ¿Tu película favorita del año?
Sé que suena fatal, pero vimos "The Hunger Games" ayer y me gustó mucho. Ya he dicho alguna vez que veo pocas pelis.

31. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños y cuántos cumpliste?
Cumplí 28. Estaba escalando con Pablo en Idaho. Me enmarroné en una vía rarísima y tuvimos que dejar una cinta colgando hasta el día siguiente. Se nos hizo tarde y sólo conseguimos para cenar una ensalada muy cutre y unos dulces chungos de peanut butter. Lo comimos bajo las estrellas con los frontales puestos, y Pablo me pidió perdón por no haber conseguido una cena mejor. Yo le dije que apagara el frontal, miramos las estrellas y le dije que no había una cena mejor que esa. Después (censura, censura) y dormimos abrazaditos en la tienda North Face.

Best Birthday Ever.

32. ¿Qué es lo que hubiera hecho tu año mucho más satisfactorio?
Quizá que las rotaciones de Madrid hubieran sido un poco más satisfactorias. Pero es quejarse de vicio.

33. Describe tu concepto de la moda en 2011.
Vaqueros. Leotardos bajo los pantalones durante el invierno en Madrid. Más vaqueros. Mis pantalones térmicos color lila que Pablo está empezando a apreciar a fuerza de mera exposición.

34. ¿Qué te ha hecho permanecer cuerda?
En Madrid, los pequeños momentos de presente y soledad, entrenar en el roco e importar a un argentino para que me diera mimos. En Cádiz estoy bastante cuerda, pero el sonido del mar en el salón ayuda mucho.

36. ¿Qué tema político te ha inquietado más?
La nueva ley del aborto. Me parece una locura retrógrada e insultante. Ligadura de trompas YA.

37. ¿A quién has echado de menos?
A la PK, que está en la India. A Elsa, que está en Brasil. A Aran, que está en Málaga. A mucha más gente, porque cada vez me voy de más sitios.

38. ¿Quién es la mejor persona a la que has conocido?
Es que sé que me repito, pero es la pura verdad: mi Pablo.

39. Dinos una lección valiosa que has aprendido en 2013.
Que lo importante para encontrar el amor es estar preparado, no perder la esperanza y apostarlo todo una vez que lo ves claro.

40. ¿Dirías que el 2013 ha sido un buen año a pesar de todo?
Empezó regular, pero a partir de abril se ha puesto estupendo. Yo sé que todo el mundo va por ahí quejándose de 2013, pero yo no me puedo quejar. Conocer a Pablo ha sido, con diferencia, LO MEJOR que me ha pasado en la vida. Con diferencia. Un año con él no puede ser otra cosa que un año maravilloso, fabuloso, el mejor de mi vida. Estoy agradecida a ese número supuestamente tan feo. Para mí, siempre será el más hermoso.


Qué cosssssa

¡Feliz año nuevo, guapetes!

martes, 17 de diciembre de 2013

Vivir con Pablo

Vivir con Pablo es...

... irme a dormir con frío porque él no está y morirme de calor en cuanto entra en la cama.

... despertarme cuando él se acuesta, mantener conversaciones absurdas en el límite de la conciencia y arruinar mis ciclos del sueño para toda la noche.

... no poder salir de la cama por la mañana porque me atrapa con llaves poderosas y me dice: "¿pero dónde te creés que vas? Vos tenés que estar conmigo. Decíselo a tu jefe".

... preguntar qué significan dos de cada tres palabras que pronuncia, y asombrarme con la capacidad argentina para encontrarles sinónimos a los genitales y todo lo relacionado con ellos (por ejemplo, ¿quién adivinaría lo que quiere decir "acogotarse el pollo"?).

... no poder entrar en la cocina porque está invadida por frutas, verduras, germinados, cartones de leche de soja, la licuadora, la batidora y miles de botellas de agua mineral.

... tener ganas de ofrecerle palomitas y/o un babero cada vez que me quito (inocentemente) la ropa para ponerme el pijama.

... ver interrumpida la escritura por sesiones urgentes de mimo-time (os contará que yo le interrumpo más veces a él. Miente)

... recibir ofrecimientos generosos para ayudarme a sostener mi propio culo.

... tener un apoyo incondicional para comer chocolate, dormir siestas y autoproclamarme Emperatriz del Mundo.

... comer respondiendo las larguísimas encuestas sobre mí, mi pasado y mi futuro que se inventa sobre la marcha porque "gorda, yo quiero saberlo TODO de vos".

... estar lista para irme a dormir y no tener más remedio que sentarme con él a ver vídeos de escalada, porque no para de repetir "HOLY SHIT!" mientras mira a Ondra encadenar "La Dura Dura".

... sumar a mi desorden su desorden, multiplicarlo por dos y vivir en ello.

... ir siempre tarde al trabajo porque no me puedo resistir a esconderle notitas en el ordenador para que las encuentre cuando se despierte.

... haber tenido que aceptar por fin que quizá, pero sólo quizá, mi maravillosa bata de felpa morada para estar por casa no es la indumentaria más sexy del mundo.

... tener a alguien celoso de mi bolsa caliente de cereales.

... no poder mirar a Jackson Avery en Anatomía de Grey sin que él desee su muerte.

... proponernos ver pelis todos los fines de semana sin asumir que la escalada no nos deja tiempo para nada más.

... perder la objetividad sobre lo que escribo, porque para él es todo MARAVISHOSO y ME ENCANTÓ.

... ver la cara que pone mirando un vídeo de comer pulpos vivos, y luego aguantar que me diga que si yo sabía que no era bueno para él, ¿¿¿por qué le he dejado hacerlo???

... ser incapaz de entender cómo alguien puede pronunciar tan mal la palabra quillo [ki-i-i-o].


Vivir con Pablo es como si todos los días fueran la mañana de reyes.

Vivir con Pablo es como vivir a la vez con tu mejor amigo, con la Wikipedia y con un argentino ultra-sexy que quiere irse a la cama contigo.

Vivir con Pablo es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Pablo incitándome a dormir la siesta para abusar de mí


[La idea me la dio este post de Lorz]

viernes, 29 de noviembre de 2013

Reflexiones tras ganar el NaNoWriMo

Acabo de validar mi protonovela en la página web de NaNoWriMo. Acto seguido, he buscado en Youtube la canción "Lo hicimos - We did it!" De Dora Exploradora y me he dedicado un pequeño baile de la victoria.

¿Un mes para eso? ¿En serio?

Sobre la novela.

Como ya dije, creo que es un primer borrador bastante decente. Las últimas escenas no están escritas, sólo bocetadas, pero como el argumento está cerrado y he pasado de sobra las 50000 palabras, me voy a considerar ganadora. Ahora queda parar unos días, asimilar la resaca y decidir qué hago ahora con todas esas palabras.

(¿Qué hago con todas estas palabras? He ahí la historia de mi vida)

¿Primeras conclusiones?

Escribir una novela en un mes no es tan difícil. Lo difícil es pensar una novela en un mes. Si tienes un buen hábito de escritura y sabes lo que va a ocurrir en cada escena, tipografiar cincuenta mil palabras en un mes te requerirá menos de dos horas al día. No es para tanto.

Insisto: el problema es pensar. Ha sido averiguar qué iba a pasar con mis personajes queridos lo que me ha costado verdadero trabajo. Además, cada decisión iba acompañada por dudas existenciales sobre si eso era realmente lo que debía pasar o si estaba pensando idioteces bajo presión.

A pesar de eso, surgen cosas. Tú piensas que estás tomando decisiones al azar y después, cuando relees lo que has escrito, te das cuenta de que has alcanzado un sentido más profundo. El escritor sabe más de lo que piensa sobre su obra, decía mi primer profesor de escritura. Eliges nombres, ciudades, personajes y situaciones y, de repente, entiendes las cosas como cuando un paciente te cuenta algo de su pasado y tú atas cabos y dices: "ahora sí".

Me espera un trabajo arduo de reescritura, edición y post-producción. No creo que tarde menos de un año en completar algo decente que pueda vender para empezar mi camino al bestsellerismo. Sin embargo, estoy segura de que voy a seguir trabajando en esta novela. Y cuando ese duro año termine, la Marina del futuro tendrá, atentos, Una Novela Escrita.

Cuando terminé de escribir lo que ya sabía de la novela aproximadamente una semana después de empezar, me pregunté "¿y ahora qué carajo hago?". Como un depredador del conocimiento, leí cuatro libros seguidos acerca de construir argumentos para novelas. En realidad, los libros estaban más dirigidos a autores de fantasía o de ficción comercial facilona, pero muchas de las instrucciones me sirvieron. Construye los personajes, crea conflicto, aclara motivaciones y metas. Utilicé algo de eso y también algo de "esto se me acaba de ocurrir y lo voy a meter, porque yo lo valgo", y poco a poco construí algo parecido a una trama.

Así he descubierto que yo también puedo imaginarme cosas. Antes pensaba que los argumentos se entregan enteros y perfectos a los autores, como las Tablas de la Ley a Moisés, y que a mí nadie me había dado esa imaginación y, por tanto, estaba condenada al ostracismo literario. Ahora me he dado cuenta de que los argumentos se construyen poco a poco, con mucho sudor, muchas lágrimas, mucha asociación libre y mucha sensación de "esto que estoy escribiendo es una gilipollez como un piano". Pero se construyen. Mi historia será buena, mala o regular pero Es Una Historia.

Descubrir que puedo contar historias largas o, lo que es lo mismo: descubrir que puedo escribir una novela si me lo propongo, es como descubrir que soy capaz de volar.

Por último, me he dado cuenta de una cosa:

Yo siempre he querido escribir. Además, yo siempre he querido escribir novelas Me gusta el blog. Me gusta Psicosupervivencia. Me gustan los ensayos y los cuentos. Pero lo que lleva salvándome la vida desde pequeña, lo que siempre ha marcado la diferencia entre un buen día y un día de mierda, son las novelas. Ese me parece mi destino más digno. Eso es lo que querría hacer toda mi vida si sólo me dieran una opción.

(Lo que es un tema, claro está, porque soy psicóloga)

Tampoco se trata de pensar en blanco y negro. No son profesiones incompatibles. Pero creo que debo empezar a tratar la ficción como mi prioridad. Yo sé que cambio a menudo de opinión, como un pobre barquito a merced de los elementos y que, de hecho, hace unos meses anuncié que dejaba este blog para dedicarme de lleno a Psicosupervivencia. Pero la pura verdad es que desde que no escribo aquí y, en general, desde que no escribo nada que no tenga que ver con la psicología, se me ha secado el alma.

Esa ha sido la otra cosa importante que he recuperado con el NaNoWriMo: la alegría de escribir. De repente, mi trabajo y toda la desmotivación que sentía sobre él, la sensación de pérdida, la tristeza y el cansancio se han desvanecido. Me sentía contenta porque estaba escribiendo otra vez. He pasado bastantes horas delante del ordenador, con la mirada perdida y sin saber qué carajo poner en el siguiente capítulo. También he tenido momentos de odiar mi historia, a los personajes y a los concursos de Internet. Pero ha habido momentos grandiosos, divertidos, en los que miraba a la pantalla y pensaba, como Truman Capote, que soy tan buena que no puedo ni respirar.

(Ninguno de los dos extremos es cierto. No soy una basura. Tampoco soy Truman Capote, obvio)

Resumiendo...

Me ha gustado mucho ganar el NaNoWriMo. Ha sido fuckin' divertidísimo. Me ha sacado a patadas de mi zona de confort. He aprendido cosas nuevas. Estaba vacía y me he llenado de nuevo. De palabras, de significados y de la magia insana de inventar un mundo que es sólo tuyo y al que únicamente tú tienes acceso. Es un vicio. Mi vocación es esa. Yo quiero contar historias y es lo que he querido siempre. No sé en qué se traduce eso en términos de realidad, o de cambios conductuales a corto plazo, pero tampoco creo que eso sea lo más importante. Lo más importante es ese conocimiento íntimo, que se queda conmigo ahora y para siempre, pase lo que pase.

En Estados Unidos conocí a un chico que llevaba la pequeña pieza metálica de un fisurero colgada del cuello. Me gustó el adorno y le pregunté qué quería decir para él. "Esto se queda conmigo - explicó -. Es mi forma de recordar que, pase lo que pase, siempre seré un escalador. Aunque no volviese a escalar una pared en mi vida. Soy un escalador, y eso no va a cambiar". De la misma forma, aunque no vuelva a escribir una palabra en mi vida, soy una escritora. Eso no va a cambiar. Lo sabía antes del NaNo, pero, ¿qué puedo decir? Ojalá los humanos pudiéramos aprender las lecciones de la vida una sola vez.

A todas aquellas almas benévolas que se han apuntado a la lista de correo: no habéis recibido nada porque aún no he mandado nada. Dije que sólo información relevante y nada de spam. Todo llegará.

Se os quiere, siempre.

martes, 26 de noviembre de 2013

Siete mil palabras

Eso es lo que me queda para terminar el NaNoWriMo, oh, ciruelos y ciruelas. Parece que quizá este año, por fin, llegue al final de esta aventura de otoño.

Ya haré una reflexión profunda sobre escribir una novela en treinta días, pero he de admitir que la experiencia es, cómo decirlo... desigual. Hoy estás en la cima del mundo y mañana te quieres tirar a la basura. La web tiene un foro donde las nanovíctimas se consuelan unas a otras; uno de los subforos se llama "NaNoWriMo ate my soul" (NaNoWriMo se comió mi alma), y en él la gente se queja de lo hartos que están de escribir. Hace unos días, alguien comenzó un hilo titulado "My novel is so bad", en el que había que terminar la frase con cómo de mala crees que es tu novela. Había algunos muy buenos, como "mi novela es tan mala que una editorial para autopublicación la ha rechazado", o "mi novela es tan mala que el gato caminando por el teclado, de hecho, la mejoró".

Hoy yo tenía uno de esos días de querer tener un gato para que caminara por el teclado. Me parecía todo de lo más unidimensional. Estaba asqueada de los personajes, de mi estúpida historia, de los agujeros enormes que deja en tu argumento escribir a este ritmo y, en fin, de no escribir nada importante ni sesudo que legar a la Humanidad. Así que he decidido leer todo lo que llevaba escrito hasta ahora, y de paso ajustar el recuento de palabras. He tardado tres horas, y al final de esas tres horas puedo decir sin pudor que MI NOVELA MOLA.

Ya lo he dicho. Para haberlo escrito en menos de un mes, está muy bien. Es una novela que yo querría leer si la hubiera escrito otra persona. Sigue teniendo agujeros de tipo tunel de tren en la trama, y algunas frases escritas con prisa me dan ganas de sacarme los ojos pero, en general, no es un primer borrador del que avergonzarse. Para nada.

Además de cierto orgullo, otra emoción me ha inundado a medida que leía del tirón toda mi sarta de despropósitos. No sé bien cómo definirla. Estaba entusiasma, o conmovida, o una mezcla de ambos. Me acordaba de un post que leí el otro día en el foro. En él, Adhara mencionaba este post y hablaba de cómo cada vez que abandonas una idea por pensar que todavía no está lo suficiente madura o que no es lo suficientemente seria, Dios mata a una novela. Y es verdad.

Sé que en unos días, cuando se me pasen la Dignidad y el Entusiasmo que sentía hoy al releer lo que he escrito, volverá la Vergüenza. Y la Vergüenza me dirá que nadie en su sano juicio escribiría algo tan intrascendente y trivialmente contemporáneo como lo que he escrito hoy. Cuando la pura verdad es que sólo ahora puedo escribir de lo que escribo ahora. Sólo si supero esa Vergüenza y escribo de lo que quiero escribir ahora, verán la luz mis pobres personajes, esas criaturas tiernas y perdidas que tienen una historia que contar. Quizá no sea la historia con más trascendencia del mundo, pero es la suya, y a ellos les importa. A mí también.

Para los que tienen curiosidad: en la novela hay blogs, y viajes, y ciudades, y amor. Hay diálogos campechanos y párrafos no muy largos, para que nadie se agote. No hay nada experimental ni innovador, del tipo no utilizar la letra E. Hay referencias a mi culturilla cutre de chica despistada. No hay sesudas reflexiones filosóficas. Hay sexo. Hay trucos sucios para enganchar vuestro interés. Hay neologismos absurdos, chistes malos y siglas. Muchas siglas.

Mi novela es lo más.

Me quedan siete mil palabras y (lo más difícil) todo un arco argumental que cerrar antes de declararme oficialmente ganadora. Yes, baby. Después os contaré cuáles son mis planes para su (auto)publicación y distribución. Si pasas por aquí, querido lector, y no puedes soportar la idea de no ser el primero en enterarte el día que la publique, por favor: apúntate a la lista de correo hecha para la ocasión. Soy demasiado vaga como para spamearte.

Emocionada me hallo.

Besos para todos.

sábado, 9 de noviembre de 2013

NaNoWriMo 2013

Estoy sentada en mi salón con el culo entumecido. Cada vez que hable de mi salón, por cierto, tenéis que imaginar las olas del mar sonando suavemente de fondo. Yo pensaba que me gustaba el sonido del silencio, pero todavía no sabía lo que es tener el mar encendido todo el día.

Pablito está aterrizando en Filadelfia ahora mismo, y yo le echo de menos tanto que estoy escribiendo una novela para distraerme. Viva y bravo por mí. En efecto: este año he vuelto a apuntarme al NaNoWriMo. Pero esta vez tengo fe. Llevo 12503 palabras, y teniendo en cuenta que empecé el día cuatro, no voy demasiado retrasada sobre el horario previsto. Estoy participando en los foros, he donado veinticinco dólares y he comprado el libro del jipi que empezó toda la movida hace algunos años. Cien por cien compromiso y automecanismos psicológicos para evitar el abandono.

¿Qué puedo decir sobre la novela? Ahora mismo es un engendro y no tiene ningún tipo de sentido, pero le tengo fe. Al menos, tengo fe en el proceso. SÉ que este año voy a terminar, aunque no sé si el resultado será digno de ser publicado. Iré actualizando. Por cierto: recuerdo que creé una lista de correo para dar información sobre mi posible futuro libro con artículos del blog, y asumo que los que querían saber de ese libro, también querrán saber de la novela. Los que se apuntaron y aún no han recibido NADA, sencillamente porque no he escrito NADA digno de ser publicado, os pueden asegurar que es una lista 100% spam-free. En algún momento escribiré un libro de algo, así que si te interesa recibir información cuando eso suceda, tú también puedes apuntarte aquí.

Hoy he escrito unas siete mil palabras además de estas, así que me temo que lo voy a dejar. La buena noticia es que quizá la ausencia y lejanía de mi Pablo (oh, dolor y destrucción) me dejen el cerebro libre para actualizar con más frecuencia.

Os quiero, ciruelos y ciruelas.

jueves, 31 de octubre de 2013

Por qué no escribo

¿Dónde está Marina? Esa pregunta recorre sin parar la blogosfera circula por las cabezas de los tres lectores que me quedan. En este blog hay un silencio casi absoluto. Psicosupervivencia avanza a trancas y barrancas. La gente que me conoce sabe que no me he muerto. Y se preguntan: ¿dónde está esta chica? Se le llenaba la boca con la escritura y lo importante que era para ella su blog. ¿En serio nos ha abandonado por su nuevo novio? Y se contestan: qué va. Estará escribiendo una novela, o algo.

Nada más lejos de la realidad (me encanta esa expresión).

¿Qué estoy haciendo con mi vida?

1. Trabajar. Penosamente. Quiero terminar el PIR. Me quedan seis meses. Cada uno de estos días de trabajo se desliza despacio, como una gota al final de una estalactita. Necesito terminar el PIR, lo digo en serio y, mientras eso llega, me agobio por tener que dedicarle mis mejores horas al SAS. Estoy hasta el potorro de ser residente, y me da igual quién lea esto. Jefes, tutores y compañeros: estoy. hasta. el. potorro.

Esa situación laboral me tiene la energía por los suelos. Llego a casa a las tres y pico con ganas de dormir la siesta y morirme, por ese orden. Yo sé que esto es muy de buscar excusas, pero creo de corazón que la cosa escritora va a mejorar cuando pueda sacudirme de encima las manos pegajosas de la sanidad pública.

2. Morir de amor. Lo que nadie te dice cuando encuentras al amor de tu vida es la de tiempo que requiere. De repente es como descubrir una afición nueva. O una religión. Desde que estoy con Pablo, soy una conversa: me he convertido al Pablismo. Y claro, el Pablismo tiene sus rituales, como los veinte minutos de acurrucamiento matutino pre-laboral, las pausas para abrazos en cualquier actividad compartida, las excursiones al Royalty para tomar tarta de limón y (oh, sí, wait for it) el SEXO.

Por no hablar de la escalada a dos. Pero de eso trataremos en el siguiente punto.

De momento, vamos a dejarlo en que amar requiere tiempo y un preocupante y profundo cambio de estado mental. Nunca me había sentido tan unida a alguien como a este chico. Es muy raro. No se trata sólo de sentir cosas y hacer cosas; como ya he explicado en algún otro post, siento que se ha ampliado mi conciencia. Que yo sigo pensando lo mismo, pero que esos pensamientos resuenan en Pablo, y que de alguna manera también pienso sus cosas. Es raro. Entra en la cama a las cinco de la mañana, después de haber estado trabajando toda la noche, y sus pies están helados, como imagino que estarán los pies de los cadáveres. Yo se los caliento con los míos mientras le susurro "muahaha, ¡¡siente lo que es ser mujer!!", y sé que estaba tan concentrado frente al ordenador que se le ha olvidado que tenía frío, y que puedo imaginar perfectamente que le pase algo así.

Quiero mucho a este chico, lo digo en serio.

Pero, volviendo al tema, que se me olvida, el amor me ocupa tiempo. Porque, además, yo soy una novia entregada. Soy una novia ardiente como una Juana de Arco del amor. Tonterías, las justas.

3. Escalar, entrenar, etc. Cuidado con lo que deseas. Es decir: si deseas un novio que ame enfermizamente la escalada, cuidado, porque podrías acabar con un novio que ame enfermizamente la escalada. Y si quieres a alguien con quien entrenar y trepar, cuidado, porque podrías terminar compartiendo entrenamientos inhumanos de cuatro horas con un argentino chiflado que, cuando estás hasta el mismo e intentas estirar en el suelo, te pregunta, como quien no quiere la cosa, si has hecho suspensiones en los romos y lo bien que te vendrían unos abdominales antes de acabar.

Mirad qué bien que nos lo pasamos.



El problema es que la escalada es una amante mucho más exigente que Pablo.

Escalar es genial, pero pulveriza una proporción de tiempo y energía enorme. Que no me importaba cuando no tenía que hacer un hueco en mi agenda con el rótulo "besos", pero ahora se suma a todo lo demás.

4. Poco más. En serio. Es que no sé dónde se van mis días. Me acuesto hecha polvo y sin haber parado un momento, ni a tirarme en el sofá a ver Grey, ni a leer. Nada. Alguien se está fumando mi tiempo, y lo digo en serio.

Y os dejo, porque como parte integral de mi enésimo intento por volver a mi camino, ahora estoy levantándome con las gallinas y escribiendo antes de irme al trabajo. Y, como sospechaba, no hay nada bueno en eso, porque justo ahora, que estoy aquí más a gusto que un arbusto, tengo que levantar mi culo en pijama de la silla e irme al hospital a escuchar una charla de tres horas sobre la entrevista estructural de Otto Kernberg.

Matadme.

sábado, 19 de octubre de 2013

Me alegro

Me alegro de todas las veces que salió mal. De todos los que tenían novia, mujer o ex omnipresente. De los capullos engreídos, los emocionalmente distantes y los fríos de corazón. De los cobardes, los falsamente valientes y los que no comían ni dejaban comer.

Me alegro de los rechazos y las cobras. Agradezco profundamente no haberle gustado lo suficiente a nadie. Creo que me tocó la lotería cada vez que di más de lo que recibí o me senté a esperar mensajes y mails que no llegaron nunca. Respiro aliviada cada vez que imagino que lo que pudo haber sido hubiera decidido, de hecho, ser.

Me parecen una bendición todas y cada una de las noches que pasé acurrucada en mi lado de la cama, imaginando que alguien se acercaba desde detrás y me abrazaba. Me alegro de haber contado los meses que habían pasado desde la última vez. Estoy segura de que el karma estaba de mi parte cada vez que quedé con un chico y fue decepcionante, aburrido o directamente ridículo.

Porque imagina que hubiera salido bien con alguno de ellos. Imagina que hubiera empezado algo con cualquiera que no fueras tú. Nuestro destino era como una de esas largas cadenas de fichas de dominó, y un sólo fallo podría haberlo echado todo a perder. Estuve en riesgo muchas veces y me escapé.

Ahora estás aquí, sentado frente a mí, tecleando con furia en tu portátil. Yo me como el trozo de tarta de limón que me has traído del Café Royalty y recorro tu mandíbula con los ojos. A ratos nos miramos y nos sonreímos. Y yo agradezco todo lo que me ha llevado hasta aquí, porque creo que nunca lo sabremos de verdad. Creo que nunca seremos del todo conscientes de lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera nunca.

domingo, 29 de septiembre de 2013

A veces, escribir es un trámite

Hace mucho que no escribo aquí, y supongo que es porque no sé muy bien cómo empezar. Cuando una pasa mucho tiempo sin escribir, el cúmulo de experiencias por contar pierde nitidez, y se convierte en una masa informe de la que es difícil sacar detalles.

Estoy con Pablo en el salón de nuestra casa nueva. Se escucha el mar al otro lado de la terraza. Es ridículamente estupenda, nuestra vida juntos. Ridícula, de verdad. Despertarnos juntos, desayunar, navegar las horas de este domingo en un fluido indistinto de sueño, charlas y sexo. Cocinar crema de calabaza y fideos chinos; leer juntos en el sofá, hechos un nudo. Enfilar el camino hacia el roco con las manos agarradas y las mochilas a la espalda. Soy absurdamente feliz. Verídico.

Hace tiempo, cuando me dolía el cuerpo en Madrid de soledad y de frío, trataba de recordar todo lo malo de tener una pareja. Esos momentos malos que son horribles, porque te hacen sentirte acorralada y no ser capaz de recordar quién eras cuando estabas sola. Intentaba mantener la cabeza fría y saber que la felicidad no depende de estar sola o en pareja; que, al final, acabas sintiéndote más o menos igual.

Lo retiro. Estar con Pablo es bastante mejor que estar sola. De hecho, si me apuráis, diría que estar con Pablo es como estar sola, pero mejor. Nos gusta el silencio compartido. Están mi mente, su mente y la mente de los dos, que es el valle de espacio común donde resuenan nuestras ideas. Yo escribo, él lee y a cada rato comentamos alguna frase o nos preguntamos la opinión sobre un tema. 

Vivir con él es una sensación muy rara. Es... no sé. Es divertido. Después de un tiempo viviendo sola y de mis desastrosas últimas experiencias de convivencia, pensé que me había quedado tarada; nadie iba a aguantarme ni yo aguantaría a nadie. Pero Pablo tiene las mismas manías que yo, y le entiendo casi todo el rato. 

No sé qué más contar. Es el típico post de actualizar después de un montón de tiempo y contar lo que está pasando en tu vida para poner a los lectores al día. O de obligarte a escribir después de un fin de semana sin haber hecho ni la mitad de lo que te habías propuesto. Todavía tengo las cajas de la mudanza desperdigadas por la casa, y lo poco que hemos arreglado se lo debo a Pablo y al set de destornilladores que se ha comprado. El curro bien, sin estridencias. Me desapego de la vida PIR, sabiendo que apenas me queda ya medio año antes de ir a engrosar las filas del paro.

Así que aquí sigo. Disfruto de las pequeñas cosas. Reúno despacio algo de fuerza de voluntad para escribir más y espero que la inspiración no dependa de mi infelicidad. Porque, francamente, mientras escribo esto, y siento cómo Pablo respira al otro lado de la habitación, y planeo los próximos minutos de lavarme los dientes, ponerme el pijama y arrastrarle con o sin su colaboración a nuestro estupendo colchón nuevo de IKEA, me parece difícil sentirme lo bastante desgraciada como para atraer a las musas. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Amor-raro-llorar-Roma

Si pudiera hablar ahora con la Marina de hace un año, la de "me siento sola, y cuándo encontraré a alguien, y tengo que conseguir ya un gato", y un largo etcétera, le diría: relájate. Encontrar el amor no soluciona nada.

Encontrar el amor, de hecho, es una experiencia bien rara.

No sé cómo explicarlo. Es verdad que han sido muchos cambios. Cambio de lugar de trabajo, de ciudad, de piso. Viajar a otro continente, conocer a Pablo y atraerlo con mis malvadas artes de escaladora hipnotista a esta tierra gallega que nunca le hizo gracia. Pero es mucho más que eso. Yo antes sabía dónde estaba el centro: justo en mi interior, en algún lugar entre mi pecho y mi espalda. Las paredes de mi identidad se construían alrededor de mi mundo y mis experiencias. Yo elegía qué compartir y qué no.

Ahora es como si en mi cabeza cupiéramos los dos, y los dos cupiéramos también en su cabeza y, de hecho, cuando me encuentro mal la experiencia de su amor me transforma, porque es como si yo viviera también de alguna manera en la mente de Pablo. Yo sé que él me quiere todo el rato, y es una sensación muy rara; como si alguien, en un lugar muy remoto, encendiera todos los días una velita por tu alma. Eso es muy bonito, pero también te obliga a buscar un nuevo centro: porque ya no está en ti, ni está tampoco en él; se encuentra en algún lugar muy íntimo, en mitad del espacio que queda entre los dos.

Lo que quiero decir es que estoy pasando una época difícil, incluso a pesar de haber encontrado el amor, y eso es lo más desconcertante de todo. Que no hay premios en esta vida; no hay ningún lugar a donde llegar. Y cada vez que reaprendo eso; cada vez que cambian las condiciones de mi vida y se convierte en lo que siempre quise que fuera y, aun así, la masilla gris y decepcionante de la realidad se filtra entre los ladrillos que yo coloco con tanto cuidado... bueno, entonces me pregunto, como Lionel Shriver, que todo esto para qué.

Pienso mucho en la muerte, últimamente. No me quiero suicidar, ni matar a nadie. Pienso en la muerte como experiencia inescapable, y es como si todos los días tuviera sentado a mi lado al fantasma de la transitoriedad. Hoy hablaba con Pablo sentada en la silla caletera, y lloraba porque me sentía inmensamente triste y, sin embargo, más allá de ciertos problemas con el coche que son sobre todo económicos, y de ciertos problemas laborales que se resumen en que ME ABURRO, lo más preocupante que podía contarle es que con el vestido que voy a llevar a la boda del sábado se ve la marca blanca que ha dejado en mi espalda la camiseta de escalada. "Cuando me pasa algo así - me explica él -, cuando me siento triste y no sé por qué, examino mi vida y me doy cuenta de que no tengo motivos. No hay ningún problema. Entonces me doy cuenta de que tiene que ver con algo más. No puede ser mi vida, porque mi vida está bien; debe ser algo más". 

Así que quizá por eso pienso en la muerte: porque en realidad toda mi vida va bien, va estupendamente bien si la comparamos con un 99% de las vidas humanas que han poblado alguna vez este planeta. Quizá ahí está la clave: he alcanzado algún tipo de meta, sé lo que quiero hacer y sé a quién amo, y ahora sólo puedo preguntarme si eso es todo. Y es una pregunta bastante existencialista y deprimente que hacerse a los 28 años, así que no sé si estaré al borde de algún tipo de importante despertar espiritual.

O quizá sólo es la vuelta al cole. Quién sabe.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Back home

A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.

Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.

Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.

Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.

Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.

Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".

El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.

Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.

Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.

martes, 30 de julio de 2013

(No) voy a tener un hijo

Yo quiero no tener hijos.

No es que no quiera tener hijos. Es que quiero de forma activa llevar una vida libre de hijos para llenarla de otras muchas cosas.

Este tema es delicado. Yo lo sé. No es mi intención convencer a nadie, sino compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto. Últimamente lo pienso mucho; más que nada, porque antes no era una opción por aquello de que iba a morir soltera y rodeada de gatos, pero como Pablo está opositando duramente al puesto de Maromo Definitivo, la cuestión podría ser al menos biológicamente posible. Y Pablo no quiere hijos, así que creo que es importante para mí tener una postura firme respecto al tema para que no haya malentendidos en el futuro.

Hasta hace poco, siempre había querido tener hijos. Estaba muy claro en mi cabeza. De hecho, me preocupaba bastante la posibilidad de no poder tenerlos, por no encontrar a un maromo o por ser estéril (¿es el miedo a ser estéril algo bastante común o yo soy medio rara?). Después, de repente, mi reloj biológico se paró y ya no lo tenía tan claro. Se lo comentaba a la gente y me decían que tenía que ver con estar soltera. Que ya cambiaría de idea y que lo veía demasiado lejano.

No obstante, ahora que tengo novio (DIOS, que hayáis vivido para leer esto, queridos míos, después de toda la brasa que he dado), mis ganas de tener hijos se han reducido hasta desaparecer en la nada. Porque, a ver, si nuestra vida de pareja ahora mismo es ridículamente estupenda, ¿por qué narices podría yo querer sacrificar eso por unos seres que no existen? ¿Qué clase de craving de experiencias y sensaciones podría ser tan potente como para renunciar a una vida que me encanta?

Porque me encanta mi vida. En serio. Y eso que es mejorable, por aquello de que odio Madrid y de que el PIR está empezando a quemar mis precarios fusibles. Pero ahora mismo mi realidad es fucking awesome. Pablo y yo viajamos, escalamos, charlamos, leemos, estamos en silencio y nos hacemos mimos. Hoy hemos almorzado juntos en un restaurante, hemos ido a mi piso, jugado al parchís, intercambiado masajes y mimos y charlas. Después él se ha marchado a su casa y yo me he quedado básicamente tirada semidesnuda en la cama, en absoluto silencio, leyendo blogs en el iPad y comiendo pepitas de cacao puro. No quedaba papel higiénico, pero no me apetecía bajar a comprar y estoy usando cleenex. Me he apañado una cena con alubias cocidas y un par de verduras que quizá o quizá no estén en mal estado. He puesto y tendido mi mini-lavadora con mi ropa, hablado por teléfono un buen rato y ahora estoy escribiendo sin nadie que me interrumpa.

De verdad, de verdad: me encanta esto. Me encantan el silencio y la capacidad de poder hacer con mi tiempo lo que me sale de las narices. Me encanta disponer de mi (poco) dinero, no tener que aceptar trabajos de mierda para mantener a una familia, poder plantearme mudanzas frecuentes, viajes largos, periodos de meditación o una dedicación intensiva a la escritura. Me encanta mi tiempo a solas con Pablo. Me aberraría que nuestras conversaciones sólo giraran en torno a nuestros hijos. Sé que son los primeros meses, que es la emoción, que blablablá, pero opino que esto va a ir a mejor. El porteño y yo somos dos grandes mentes, así que no tenemos más remedio que evolucionar. Y si nos aburrimos hasta el punto de necesitar a un tercero para que nos dé vidilla, quizá la cosa no vaya del todo bien.

Además, están mis razones espirituales. No me interesa el amor maternal. No quiero ese tipo de apego irracional e incondicional hacia nadie, ni que nadie lo sienta hacia mí. Quiero cultivar relaciones voluntarias de amor condicional y maduro. Quiero trabajar mi capacidad de servir a otros y ser generosa porque sí, y no porque locos chutes hormonales me obliguen. No creo que tener un hijo para quererlo y que te quiera sea un acto particularmente generoso. Adoptar es generoso. Crear a un humano de la nada para que llene mis necesidades de realización, amor y propósito me parece, como mucho, normal.

Desde el punto de vista ético, no tener hijos es la acción ecologista definitiva. Mis no hijos van a dejar más sitio a los hijos de los demás. Tampoco tengo claro que me guste la idea de traer niños a un planeta que vamos a dejar hecho una mierda. Creo que hay bastante trabajo que hacer, y prefiero destinar mis recursos a la gente que ya existe. Quiero comunicarme con mis lectores. Quiero mejorar el mundo. Para eso necesito tiempo y energía. Mi tiempo y energía pueden llegar a mucha gente; ¿por qué querría crear a un par de seres para que lo consuman todo?

Por no hablar de todos los aspectos que me dan simplemente PEREZA. Estar preñada, ponerte como un balón, andar como un pato. Que mi cuerpo se estire y luego se achique. Las estrías, las hemorroides, que tu vagina se ensanche, la episiotomía, las varices, el amamantamiento esclavo y no poder dormir bien durante AÑOS. Ser "mamá" y tener que relacionarte con otras "mamás". Que gran parte de tu cerebro y tu personalidad queden absorbidos por el nuevo ser. Que TODA TU VIDA (trabajo, tiempo libre, vacaciones, lugar de residencia...) tenga que girar en torno a él. Perder apetito sexual. Estar más cansada, no tener silencio, verte siempre obligada a elegir entre tu trabajo y tus hijos o entre tu ocio y tus hijos, sentirte culpable, sentirte frustrada. Pensar en la de cosas que podrías hacer si.

Y termino con el hecho de que a mí en general me la pelan bastante los niños. No es que me gusten o me dejen de gustar. Son personas. Si la interacción que tengo con ellos es buena, me gustan; si no, no me gustan. Hay niños que me caen bien y otros que me caen fatal. Prefiero pasar el tiempo con adultos que con niños, en general (aunque, claramente, prefiero a algunos niños antes que a ciertos adultos). Me aburro de un bebé en los cinco primeros minutos. Entre los cuatro y los nueve años hay un intervalo de edad que me suele divertir; después viene la preadolescencia y la mayoría de los niños se pone insoportable. Luego los adolescentes, por el amor de Dios. Y después seguir tragándote los marrones laborales, familiares, económicos y de salud de tu hijo hasta que te mueras, con la esperanza de que te cuide en tus años chungos y la posibilidad de que lo haga odiándote o directamente pase.

En cualquier caso, y volviendo al principio, después de todo este trabajo reflexivo que estoy haciendo últimamente respecto a este tema, se trata mucho más de los aspectos positivos. De tooooodo lo que podré hacer, ver, experimentar y decidir si no tengo hijos. Me encanta imaginarme esa vida. Me gusta, imaginarla con Pablo, pero también me apetecería yo sola si no le hubiera conocido. Hay muchas experiencias en esta vida que me llaman más la atención que ser madre. Escribir libros, escalar muy alto, aprender a querer como es debido a mi hombrecito argentino, encontrar la paz, recorrer el mundo, servir a los demás. Me encanta la posibilidad de disponer de muchos años de juventud en blanco, sin los tiempos que impone la crianza, y elegir cómo rellenarlos a medida que vayan viniendo, como quien coloca libros en una estantería.

Seguro que a otros les compensa. Tiene pinta de ser una droga dura. Yo, sin embargo, no lo veo claro, y prefiero arrepentirme de no tenerlos a arrepentirme de tenerlos.

Creo que esta decisión es buena, porque me da mucha paz y mucha alegría.

I can't wait to not have kids.


 

sábado, 20 de julio de 2013

Reencontrando a Fante

A mí Fante me chupaba un pie.

Empecé uno de los libros de Arturo Bandini cuando conocí al señor K. y todavía le hacía caso; creo que era "Pregúntale al polvo". Me aberró tanto que lo dejé a la mitad. Lo poco que recuerdo del libro es que el tipo se pasaba la vida sin un duro porque quería escribir. Robaba comida, se alimentaba sólo de naranjas y atracaba el camión del lechero. Entretanto, lloriqueaba: ¡¡quiero escribir!! Yo pensaba: John Fante, búscate un trabajo, págale al casero y crece de una vez. Me desesperó y lo dejé.

El martes pasado vagaba yo por la FNAC al mediodía. El calor de la calle me hacía pensar en esconderme tras una estantería y quedarme dormida. Rebusqué sin prisas por la sección de literatura extranjera y me quedé por enésima vez dudando ante Las uvas de la ira, como Hamlet con la calavera. Me gusta lo (poco) que he leído de Steinbeck, pero ese libro me da como pereza.

Resulta que últimamente he tenido un par de batacazos literarios. Uno es La mujer que pasó un año en la cama: la idea es buena, pero el resultado es un desperdicio. Le falta un hervor. El otro es La verdad sobre el caso Harry Quebert, que es uno de esos libros con efecto Cheetos: te gustan, no puedes parar cuando los empiezas, pero sabes que no te hacen bien. No sé explicar lo que me ha pasado con ese libro, porque no está mal escrito nivel el pavo aquel de Vive como puedas. De hecho, la trama está muy, muy bien construida y resulta muy sorprendente y adictiva. Pero no escribe bien. Creo. Es un suizo que escribe sobre América a golpe de topicazo. Y abusa de las comas.

Iba yo entonces con una cierta sensación incómoda, pensando que se me había averiado el criterio de la belleza. Aun así, insisto: el libro está muy bien hecho y doy por bien empleados mis veintitantos euros. Pero había tomado una determinación: al carajo los autores desconocidos y contemporáneos. Que a veces aciertas y a veces la lías, Marina querida. Vamos a lo seguro. Comencé con Carson McCullers, que escribe tan bonito que quieres llorar, y ahora ahí estaba en la FNAC, mirando a Steinbeck con la cara de Popeye cuando fuma en pipa.

Entonces vi El vino de la juventud: una recopilación de relatos de John Fante. Justo unos minutos antes había estado pensando que me apetecía leer relatos, lo que es bastante raro, porque casi siempre apetecen más las novelas. Eché un ojo a la contraportada y vi que los cuentos hablaban de una familia italoamericana afincada en Colorado. Me acordé de Toni, que me escribía cuando viajé a Boulder pidiéndome que recordara a Fante. Y bueno, sintiéndome un poco culpable por el riesgo económico-lector que estaba corriendo, me lo compré.

Y ahí, una vez más, entiendes que la diferencia entre el libro del suizo y esto no sé si se puede describir muy bien con palabras, pero está ahí. Es gozo literario. Es que tus neuronas cantan cuando las alimentas con libros así. Qué bien me lo estoy pasando contigo, John Fante. Qué bien escribes y cómo me molas.

Me gustan los relatos de infancia y adolescencia. Este libro me recuerda a Guillermo el Travieso, que sacaba yo de la biblioteca de mi colegio con mi carnet de cartón verde, o a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me gustan los chicos malos, supongo que porque yo siempre he sido una chica buena. Me encantaba Guillermo y ese magnetismo extraño que sentía hacia la maldad, hacia hacer travesuras sin poderse contener. Cómo se peleaba, se ensuciaba el cuello y desesperaba a su elegante familia. Aquí también seguimos a varios chicos italianos que rompen farolas, se escapan de casa, mendigan pastel a las monjas y huyen corriendo de las palizas de su padre. Hay una alegría inusitada en estos cuentos. Hablan de pobreza, de miseria y de desesperación, pero tienen esa alegría intensa de descubrir con palabras que todo está iluminado.

En este libro, Fante habla de las familias italianas y pobres asentadas en Denver, de la nieve de Boulder, de las costumbres absurdas de la iglesia católica. Casi lloro de risa en el metro cuando el protagonista le llena al cura el cáliz con tinta y zumo, y después se pasa toda la misa arrepentidísimo intentando lograr una "verdadera contrición" porque piensa en Jesús llorando lágrimas de sangre. Me divierte reconocerme en esa imaginería católica y bizarra, y también reconocer las calles de Boulder cubiertas por la nieve: Pearl Street, Arapahoe, Walnut. El Boulder de Fante no se parece nada al mío, sin embargo; no quedan rastros de esa dureza en la bonita burbuja ortoréxica que yo conocí. Aun así, son las mismas calles, las mismas Rocosas al fondo y la misma nieve.

Menos mal que existen los libros, en serio. Ni el amor, ni mi trabajo, ni siquiera Buda, ni siquiera escribir, me devuelven tanto la fe en la Humanidad como los libros buenos. Muchas gracias, John Fante: has dejado de chuparme un pie. Voy a darle otra oportunidad a Bandini. Espero que haya algún cielo para ti. No el paraíso católico, de nubles blancas y llamativas túnicas de raso. Ahí te aburrirías como una mona. Espero que haya algún paraíso reservado para alguien que se dejó la piel buscando la belleza, que tuvo el arrojo de escribirla y publicarla, y que ahora me la presta durante un rato para poder sonreír espachurrada en el metro. Ahora entiendo lo de las naranjas. Porque, como muy bien dices en El soñador, tenías mucho que escribir. Tanto que te dolía por dentro.

lunes, 15 de julio de 2013

Al menos

Al menos ronca.

Eso pienso ahora mismo, mientras le miro dormir boca arriba, cubierto con mis sábanas de rayas color pastel. Al menos ronca, y ni siquiera es porque fume, que no fuma, sino porque alguna planta que todavía no ha identificado le da alergia y le tiene la nariz medio tapada.

Digo al menos porque, más allá de eso, es perfecto. No él. No yo. Nuestra relación. Ni siquiera nuestra relación: digamos que es lo bastante imperfecta como para ser perfecta. Los días se deslizan redondos como monedas. Nos despertamos hoy sobre las sábanas blancas de un hotel de Cuenca, y comemos entre risas en un bar donde al camarero casi le explota el cerebro al pedirle que le quitara la carne a una pizza. Escalamos poco y mal en los escasos sectores que este asqueroso sol de julio deja a la sombra. Volvemos a casa como en un videoclip: yo conduzco, él se adormila en mi hombro, hablamos, se hace cereales con leche de almendra en el asiento del copiloto y me va dando cucharaditas en la boca como si fuera un pájaro bebé.

Por la noche vemos Ruby Sparks con palomitas caseras en el salón de casa, debatimos sobre la peli tumbados en la cama mientras olemos la lluvia tras la ventana abierta y le leo un par de cuentos acodada sobre las almohadas. Luego hablamos de la muerte y nos abrazamos desnudos bajo las sábanas.

Y ni siquiera he empezado a hablar sobre sexo.

Me he levantado hace un rato de la cama porque, por un rato, pensar en la realidad de la muerte me abrumaba: ahora me aterra no sólo morirme yo, sino que se muera él, y la certeza de que las dos cosas van a pasar y de que las dos nos separarán. Sé que es ponerse intensa y que seguramente estamos hablando de algún efecto de la primera fase de la relación que se me pasará (¿tanatoerotofobia temprana?). O no, qué sé yo: me cuesta imaginar un estado posterior a éste en el que la posibilidad de perderle no me dé pánico.

"Mi certeza", me llama él, y me rasca la cabecita diciéndome que le da lástima pensar en toda mi vida anterior, tan a corazón abierto. Que entiende que haya sufrido por amor. "Conmigo estás segura", me explica, y me siento así; no tanto porque él vaya a ser bueno siempre, o a quererme siempre, sino porque saca lo mejor de mí con la suficiente frecuencia como para creer que puedo merecer y cuidar ese amor toda la vida.

Pero, como os decía, ronca, y no sé si son sus ronquidos o el miedo a la muerte lo que me mantiene despierta esta madrugada de lunes, cabreada ante la certeza de que otra vez voy a empezar la semana cansada. Qué vamos a hacerle. Dentro de unas horas, cuando me duelan los párpados y note en la lengua el sabor metálico de la falta de sueño, pensaré cómo duerme ahora mismo boca arriba, apoyando los dedos en la caja de sus costillas. En la curva que la barba dibuja en su mandíbula y en el recuerdo de sus ojos azules detrás de sus párpados. Y, por supuesto, pensaré en estos ronquidos terribles, disonantes y bruscos, que deja escapar a ratos entre sus labios traviesos y que estoy convencida de que en algún momento empezarán a gustarme.

lunes, 8 de julio de 2013

Dos meses

Hace dos meses hoy, lo que quiere decir que, si descontamos el desfase horario, hace exactamente dos meses estaba yo sentada en Love Muffin en Moab, Utah, esperando a que Pablo entrara por la puerta para irnos a pasear por Canyonlands. Había pedido un gofre integral gigante de ocho dólares y un café americano con crema, y los liquidaba con alegría mientras leía en el iPad. Entonces llegó él y lo cambió todo.

Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.

Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.

Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.

Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.

No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.

Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.

miércoles, 5 de junio de 2013

Objeto transicional

Queridos míos:

¡Os echo de menos! ¡¡¡AAARGHHH!!!

Se admiten porras acerca de cuánto aguanto sin volver.

No obstante, de momento me voy a mantener firme como la aldea gala, aunque sólo sea porque estoy invirtiendo mi tiempo en preparar el recopilatorio del que os hablé. Va a quedar chuli. La idea es reunir los mejores posts y añadir explicaciones y comentarios, como los directores famosos cuando proyectan su peli y van hablando, solo que sin peli y sin fama. También quiero incluir posts inéditos y otros materiales jugosos (¿Fotos guarras? ¿Secretos inconfesables?).

No quiero que andéis volviendo por aquí a cada rato como almas perdidas, así que he creado una lista de correo para que os apuntéis. Prometo no rayar y limitarme a avisar de las novedades respecto al libro: cómo va, cuándo estará listo, dónde y cómo se podrá comprar, etc. etc. A lo mejor también envío algún fragmento para que me digáis si os gusta el formato y cómo va quedando.

Os podéis apuntar aquí.

Nos vemos, guapetes.

domingo, 2 de junio de 2013

Tengo una noticia buena y una mala

[Edito: he creado una lista de correo para quien quiera información sobre el libro: cuando saldrá, qué formato tendrá, etc. Quizá también mande algún fragmento u os pida vuestra opinión sobre algo. Es una lista 100% spam-free que tiene como única misión permanecer en contacto, y borrarse es fácil. Os podéis apuntar aquí]

La buena es... bueno, la buena es que estamos vivos, que parece que sí habrá verano, que muero de amor de una forma ridícula, que he salido de Muertelandia, que voy a escribir todos los días y que vosotros lo podréis leer.

La mala es que voy a dejar de escribir aquí.

Sé que he dicho muchas veces que nunca me iría, que del barco de Chanquete no me iban a mover y tal, pero después de pensarlo un tiempo y de reflexionar sobre posibles cambios, creo que es el camino adecuado.

Algunas cosas han cambiado últimamente. Incluso antes del viaje, de conocer a P. y de pasarme las noches hablando por Skype y los días escribiendo mails de longitud agotadora, algo estaba cambiando. Los temas principales sobre los que he reflexionado estos meses han sido la autenticidad y la integración entre mis diferentes facetas. Además, cada vez crece más en mi mente (y un poco también en la realidad) el Proyecto Psicosupervivencia, y cada vez tengo más ganas de intentar hacer de la escritura online algo que pueda contribuir a sostenerme en un futuro.

A este blog le dedico entre media y una hora por cada entrada, y ahora mismo necesito ese mismo tiempo para avanzar en mis demás proyectos de forma consistente. Además, como ya os conté, me gustaría integrar parte del espíritu de Massobreloslunes en Psicosupervivencia: introducir más experiencias personales, más conexiones con la vida cotidiana y con la belleza que nos rodea. Quizá menos chorradas, pero bueno; últimamente no tengo tantas ganas de chorradas en el mal sentido de la palabra. Últimamente quiero escribir cosas que importen.

Pero creo que lo más importante es que todo este tiempo, y sobre todo durante los últimos dos años, yo me he sentado a escribir aquí con todo mi corazón. Mi alma estaba en este proyecto. No sabía dónde me llevaría, pero estaba aquí: totalmente presente y dispuesta a descubrir qué surgía. Ahora mi alma está en otros sitios. Quiero escribir sobre psicología, y también extraño escribir ficción. Quiero ir dando forma y profundidad a lo que escribo, en lugar de repetir un formato que ya tengo dominado.

Para que dé menos pena, y para darle un final merecido y por todo lo alto a este blog, he decidido recopilar los mejores posts y editarlos con material extra, algo así como un "making off", o como los extras de un DVD; después quiero formatearlo para Kindle y ponerlo a la venta en Amazon. El tema de venderlo no tiene que ver con nada más que con empezar a dar un valor a lo que escribo, más allá del inmenso cariño, alegría y agradecimiento que los lectores de este blog me habéis aportado siempre.

Sois amor, de verdad que lo sois.

Se me parte el corazón por dejar esto, pero estoy convencida de que tienen que entrar cosas nuevas. Además, insisto: voy a seguir escribiendo. Seguiré estando presente y compartiendo por Internet, pero quiero encontrar una única voz que pueda integrar en los distintos formatos y dar a conocer.

Gracias a todos, en serio. Gracias por todos los comentarios de apoyo, los regalitos de cumpleaños, las quedadas en Cádiz, en Málaga, en Granada, en Madrid, en Gijón, en Zaragoza... por la amistad, el amor, hasta el sexo... por defenderme de los trolls, por apuntaros a listas de correo cada vez que he privatizado, por contarme que me leéis por la mañana con el café, o por la noche antes de dormir.

De momento, nos quedamos aquí. Voy a emplear mi tiempo las próximas semanas en hacer la recopilación de posts y escribir más material para el libro. No sé si actualizaré con algo en estos días, porque ya sabéis que cada vez que digo que no escribiré más aquí, cambio de idea y vuelvo muy loca. Pero me parece que esta vez es distinto. Ya llevo varios meses arrastrando la sensación de que debía dejar marchar esto.

No os perdáis Psicosupervivencia, en cualquier caso. En breve voy a cambiar el formato y a tratar de escribir allí todos los días, a ver qué sale. Escritura Psicológica Extrema. No sé si va a ser una muy buena idea o una idea terrible que me condenará al ostracismo profesional, pero hay que arriesgarse.

De nuevo: gracias. Y lo siento por quien me vaya a echar de menos en este rincón. Será insustituible, de verdad. Vendrán otras cosas que espero que sean buenas, pero este blog siempre estará en mi corazoncito.

Os quiero más de lo que vosotros pensáis.

Besitos,

Marina

jueves, 30 de mayo de 2013

Madrid impermeable

Vuelvo a casa después de cenar sushi con Toni. Escucho Vetusta Morla y canto todo lo alto que me permite mi sentido de la vergüenza, mientras me tapo con el paraguas y trato de ignorar este frío extraño de primavera anómala. Mi vida madrileña ha cambiado bastante desde que volví de EEUU. Rehúyo el metro, traumatizada por el transbordo entre la línea amarilla y la azul oscuro en Plaza de España. No salgo de cañas, no entreno y divido mi día entre trabajar, escribir, meditar y comunicarme de forma constante y compulsiva con P. Mientras camino sobre las baldosas mojadas, me viene a la mente que me siento impermeable. Como si esta ciudad me resbalara.

Me molesta el ojo derecho y llevo unos días con las gafas puestas; como están mal graduadas, no veo muy bien, así que bajo la cabeza y fijo la mirada un par de metros por delante de mí. Me recuerda a algo que me contó mi madre acerca de los monjes que están muy cerca de la iluminación: se supone que deben caminar mirando al suelo para no recibir nuevos estímulos que dificulten su progreso.

Yo estoy tan lejos de la iluminación como lo puede estar un ser humano y, aun así, me gusta esta mirada de monje. Después del entusiasmo inicial madrileño y posterior derrumbe y sufrimiento en el infierno de Muertelandia, he concluido que Madrid para mí no es buena ni mala; simplemente, es demasiado. Demasiada gente, demasiados bares, demasiadas tiendas. Todo podría estar bien en menor cantidad, o podría estar bien si a mí la vida me la soplara, pero soy sensible y esta sobreestimulación me agota.

Invierto mucho, ya lo sabéis todos. Invierto en general. Está bien, porque en general recibo beneficios, pero las operaciones que salen mal me dejan agotada. No es que Madrid haya salido mal. Lo que he aprendido aquí no podría haberlo aprendido en Cádiz. Pero estoy cansada de invertir. Quiero guardar mi energía y tratar por un momento de que las cosas me toquen lo justo.

Así que camino impermeable, mirando al suelo y resistiéndome a esforzarme en los dos meses que me quedan. Negándome a querer hacerme un hueco. Renunciando a todo lo que sé que no voy a vivir aquí y abriendo los brazos a todo lo que quizá sí viva. Y, sobre todo, camino intentando aproximarme a uno de los dos lados de la acera, porque tengo que practicar para recordar cómo caminas cuando no vas sola.

miércoles, 29 de mayo de 2013

domingo, 26 de mayo de 2013

Sonrisas y lágrimas

Ayer fui con mi madre a ver el musical de Sonrisas y Lágrimas. SyL fue mi película favorita durante toda la infancia; después la reemplazó Dirty Dancing, que muy probablemente va a ocupar ese lugar hasta el día de mi muerte. A no ser, claro está, que me haga mayor e, igual que Patrick Swayze vino a sustituir a Friedrich, un seductor bailarín geriátrico conquiste mi corazón.

No entiendo muy bien por qué me gustaba tanto esa peli. Además, normalmente veía sólo la primera parte: hasta que María volvía del convento para culminar su amor por el capitán Von Trapp. A partir de ahí, la historia de amor, los nazis y la huida montañosa me la traían floja. Hoy reflexionaba sobre el musical (que, por cierto, es precioso) y trataba de enumerar los componentes posiblemente responsables de mi obsesión:

1) Familia numerosa. A mí de pequeña me gustaban las familias numerosas. No entiendo por qué; no aguantaba a mi hermano, así que no sé para qué quería más. Quizá para tener alternativas. El caso es que todos esos niños juntos, organizando teatros de marionetas, canciones por el pueblo y locos bailes regionales me parecían lo más.

2) Uniformes. Yo de pequeña quería llevar uniforme. Imagino que si lo hubiera llevado, habría querido ropa normal. El caso es que para mí levantarme de la cama y no tener que pensar qué ponerme era una maravilla.

3) Desfilar. Yo qué sé. Me parecía diver. Y dar pasos al frente, y decir mi nombre, y tener institutrices. Era una niña rara. Algún día os contaré lo de querer que estallara una guerra para poder escribir sobre ella como Ana Frank y hacerme famosa.

4) El campo. Yo soy campófila. En un entorno más apropiado, habría evolucionado como montañera hasta terminar enmarronándome hasta la muerte en los Himalayas. Cuando veía SyL quería vivir en Austria, corretear por las montañas, beber leche muy espesa que me dejara bigote y tener vacas. Todo el kit.

5) La música y los bailes. Obvio. Me encanta canturrear, y me encantan los musicales porque la gente se pone a cantar a lo chalao en mitad de la calle y a todo el mundo le parece normal. También me gustan los flashmobs, y versionar temas, y todavía echo de menos La Parodia Nacional. Verídico.

6) Friedrich. Ya os lo he contado. Ese chico me ponía palota. Después evolucioné y me gustaba Rolf, y ahora, como ya confesé en su momento, me está empezando a parecer atractivo el capitan Von Trapp. Qué triste es envejecer.

Sin embargo, si pienso en las tres películas vergonzosas que me han encantado a lo largo de mi vida (SyL, DD y Sister Act 2: de vuelta al convento), el elemento común podría llamarse... no sé... evolución, supongo. Posibilidad de cambio. Porque los niños Von Trapp no cantaban y de repente cantan genial; Baby era súper torpe y luego se vuelve una bailarina sexy y experta; los chicos del instituto St. Francis eran unos macarras chungos y tras mucha práctica asombran al mundo con una versión marchosa y noventera de "Joyful, joyful".*

Lo que me gusta de SyL es la posibilidad de la magia.

Yo siempre intento vivir mi vida así, con la posibilidad de la magia a un lado, y a veces la siento crecer calentita y emocionante en el fondo del corazón y me doy cuenta de que es porque he tomado demasiado café esa mañana. Después sigo adelante y pienso que la magia es una cuestión de probabilidad y de crear el entorno apropiado, como cuando ponía semillas en algodones húmedos dentro de botes de yogur.

Ahora es curioso todo. Porque cuando alquilé el Acurrucoche en Boulder y enfilé hacia Moab con menos gasolina de la cuenta, pensaba: ¿y si conozco a un chico interesante, y se me va la olla, y cambio todo el plan, y nos vamos a escalar por ahí, y es todo como súper romántico, y después seguimos en contacto, y hacemos viajes transoceánicos, y volvemos a Utah después de veinte años para celebrar nuestro aniversario?

Luego pensaba: qué va. Yo no soy el tipo de chica al que le pasan esas cosas.

Entonces quedé para escalar con un chico de un foro y acabé muriendo de amor en Idaho. I-da-ho.

¿Moraleja? Quizá no todos estemos hechos para cantar en un coro, o quizá en nuestras próximas vacaciones no haya un profe de baile cañón que nos vaya a dar lecciones y bambú al mismo tiempo. Pero la posibilidad de la magia existe. Siempre. Aunque a veces haya que estar dispuesto a viajar hasta Utah, Idaho o cualquier otro lugar perdido de la mano de Dios** para encontrarla.

* Me sigue encantando este vídeo. Si no se os pone la piel de gallina con la introducción de Lauryn Hill, es porque estáis muertos por dentro.
** En teoría, por otra parte, Utah no es precisamente un lugar dejado de la mano de Dios.

jueves, 23 de mayo de 2013

Obsesiones

"¿Cuáles son tus obsesiones?", me pregunta P. por mail. Se está leyendo "El gozo de escribir", y es el tipo de persona que hace las tareas de cada capítulo a medida que avanza. Le contesto que primero quiero saber las suyas. Me las manda, así que no me queda más remedio que hacer los deberes.

Se supone que las obsesiones son aquello que se filtra a través de lo que escribimos. Que vuelve una y otra vez y que está lleno de energía. Doy un repaso a las etiquetas del blog y a los relatos de ficción. Reflexiono sobre los programas que emite mi cadena mental a lo largo del día. No tengo claro si distingo bien entre gustos y obsesiones, entre intereses y obsesiones, pero aun así lo intento. Empiezo a escribir sin pensar demasiado y lo intento.

Me obsesiona escribir. Escribo todos los días. Me obsesiona hacerlo bien y encontrar la forma de utilizarlo para profundizar en mi cerebro y en las vidas de los demás.

Me obsesiona la psicoterapia. Hoy un párrafo de Mahoney sobre la profesión de psicoterapeuta ha hecho que se me saltaran las lágrimas. Hablaba de tocar a los demás y de dejar que te toquen, y del peso silencioso que uno lleva sobre sus hombros si se dedica profesionalmente a esto.

Me obsesiona el amor, o la posibilidad del amor, o la plausibilidad de la monogamia. ¿Por qué? Imagino que porque es una bonita promesa. Un Eldorado apetecible. Hace poco estuve pensando que igual la solución para mi efecto apio, a saber: mi capacidad para enamorarme de casi cualquier ser vivo, eran las relaciones abiertas, o el poliamor, o llámalo X. Dejando de lado lo que me cuesta encontrar siquiera a uno, claro. Pero en realidad no creo mucho en eso. Punto uno, porque me ocuparía demasiado tiempo y esfuerzo, y bastante tengo ya con lo mío. Punto dos, porque esto del amor a mí me recuerda un poco a las excursiones del colegio: cuando te cogías de la mano con alguien y era tu responsabilidad no soltar a esa persona, y él o ella se comprometía a no soltarte a ti. Somos muchos. Si unos nos encargamos de otros en grupitos de a dos, quizá la cosa sea menos complicada.

Aun así, insisto, me parece que el amor es una promesa ilusoria. Una de esas cosas que huelen mejor de lo que saben. Estoy leyendo sobre recompensa alimentaria para Psicosupervivencia, y me llama la atención que el concepto de recompensa no tiene que ver con que algo te guste o no: tiene que ver con hasta qué punto te sientes motivado para ir a buscar lo mismo una y otra vez.

Como si el cerebro fuera incapaz de olvidar que la primera vez tampoco fue suficiente.

Me obsesiona mi piel, aunque ahora no, porque está estupenda. He recuperado mi cuello y mis mandíbulas y, sobre todo, el montón de espacio mental que hace unos meses dedicaba al acné. Pero sé que la obsesión desaparece cuando desaparece la causa, y que si mañana me levantara con la cara cubierta de granos, volvería a hacerme la vida imposible exactamente igual que antes.

Me obsesiona la alimentación, y comer, y estar bien nutrida, y que la comida sepa rica, y comer cuando me aburro, y preparar cosas para gente, y simplificar la comida, y comer lo mismo muchos días, o comer distinto cada día, y los macronutrientes, y los micronutrientes. Me obsesiona averiguar por qué comemos más de lo que debemos, o por qué la idea de privarme de algo para siempre me hace tener ganas de arrancarme los ojos. Igual que con el amor, me obsesiona la promesa de una vida mejor a través de una dieta mejor.

Me obsesiona la utilidad. Me obsesiona que los cambios se vean, y el concepto de cambio, y el concepto de posibilidad, y aprovechar bien mi tiempo y el de los demás.

Me obsesiona mirar las cosas. Me obsesionan los detalles y la certeza de que, por mucho que viva, la inmensa mayoría de este mundo se me va a escapar.

Me obsesionan las historias, las novelas, las buenas series de televisión, lo que me cuentan mis pacientes.

Me obsesiona la idea de progresar espiritualmente, entendiéndolo como un todo: la práctica y la ética. Me obsesiona ser capaz de meditar y desarrollar una mente firme. Me obsesiona, de hecho, la idea de fortaleza.

Me obsesiona la preocupación de morir sola y ser comida por los perros.

Me obsesiona comunicar y contactar. Me obsesiona abrirme hasta límites absurdos.

Me obsesiona evitar a toda costa construir una familia disfuncional, incluso si eso significa evitar a toda costa construir una familia. Me obsesiona la idea de no esparcir mi sufrimiento por el mundo. Me obsesiona la inocuidad.

Me obsesiona la escalada. Me obsesiona la posibilidad de poder pasar una época de mi vida escalando todos los días. Me obsesiona la fortaleza mental necesaria para seguir adelante, arriba, arriba, siempre arriba, y también el inmenso mundo que se me ha abierto desde que empecé a tocar la roca.

Me obsesionan las caras de la gente. Los retratos a lápiz, las fotografías de rostros, las descripciones y las miradas en el metro. Me obsesionan los nombres.

Me obsesiona la voluntad de construir una vida que sea mía y que nazca de la autenticidad. Me obsesiona evitar cumplir con los plazos fijos del ciclo vital estándar. Me obsesiona irme.

Me obsesionan, en menor medida, la infancia, la infidelidad, los recuerdos, el sexo. Granada, Cádiz, el chocolate. La locura, el cubo de Rubik, tirar a la basura lo que no sirve, las recetas de repostería desde un punto de vista teórico, las máquinas de escribir antiguas, la certeza de que voy a morirme, las siestas,  terminar las comidas con algo dulce, el olor de los colegios, las tazas bonitas, Estados Unidos, mi ex novio J., los baños calientes y la certeza de que todo podría ir peor todo el rato.

Me obsesiona este blog, siempre.

martes, 21 de mayo de 2013

Entre el jetlag y la nostalgia

Lo peor no es no estar de vacaciones. Ni siquiera no estar en USA o estar dramáticamente lejos de P. Lo peor es la sensación de que lo bueno de la vida, el relax, la fluidez y la alegría van a ser siempre sólo temporales; que lo normal, lo natural y lo que nos corresponde son los días llenos de momentos que no es que te disgusten, pero que tampoco elegirías si tuvieras opción.

Mañana empiezo rotación nueva. ¡Adiós, Muertelandia! Esta vez se trata de un hospital de día para pacientes con diagnóstico de psicosis (esquizofrenia y similares) que, por lo que me han contado, emplea un abordaje medio jipi-alternativo del trastorno que puede resultar interesante.

El tema no es el dispositivo. El tema es que es la octava rotación que empiezo en el PIR y me da mucha pereza repetirlo todo: presentarte, aprenderte los nombres de la gente, saber a qué hora se desayuna, localizar a la administrativa apañada que te va a resolver todos los marrones y a la torpe que la liará siempre. Entender qué esperan de ti, intentar hacer lo que crees que está bien, descubrir si será posible y escurrirte silenciosamente entre las grietas que deja el sistema. Conocer y querer a pacientes nuevos.

Espera, repite:

Conocer y querer a pacientes nuevos.

Va, que se me olvida. Se me olvida mi factor apio y mi capacidad de encariñarme con casi todo. Conoceré y querré a pacientes, y también a facultativos, y quizá termine llevándole un trozo de brownie el último día a mi auxiliar favorita, que está en otra planta. Me reiré de los jefes, me solidarizaré con los residentes y espero aprender algo útil. Seguro que no es tan malo.

Lo que pasa es que después de mucho tiempo en que no sabía dónde querría estar si me lo preguntaran, hoy sí lo sé. En una cama king size de un motel de Moab, tecleando en la pantalla del bicho ipadero mientras miro cómo te afeitas por el rabillo del ojo. Cómo te miras a tus propios ojos en el espejo, te acercas, examinas el resultado entrecerrando los párpados y te alejas de nuevo. Hay algo muy decidido en ese gesto que no sé si me enternece o directamente me pone. En cualquier caso, quiero estar ahí, entre las sábanas tiesas, con una camiseta de tirantes y las gafas puestas, bebiendo descafeinado repugnante sólo porque me encanta que haya una máquina en la habitación. Esperando a que vengas oliendo a after-shave para morder risueña tu cara de niño. Con un colchón vacío de obligaciones que se extienda lo bastante alrededor de nosotros como para hacer que nos sintamos seguros.

Frente a eso, es complicado mirar el lado positivo de según qué cosas.

(Pero estamos trabajando en ello, bicho. Estamos trabajando en ello).

domingo, 19 de mayo de 2013

CACP, X: Despedida

Así que se acaba esta aventura desquiciada de escalada y pereza. El miércoles hice bloque en otro gigantesco rocódromo de aquí, el jueves algo de clásica en Eldorado Canyon y ayer todo un día de apretar en vías de deportiva a diez minutos de Boulder. Hoy me duele todo el cuerpo, así que sentada en "The Cup", una cafetería intelectual y carísima en Pearl Street, pienso en todas estas cosas que seguirán sin mí cuando yo me vaya. ¿Qué hago, entonces, con todo lo que he aprendido estos días?

Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.

Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.

Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.

Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.

Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.

Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.