massobreloslunes: Suites for solo cello

miércoles, 30 de enero de 2013

Suites for solo cello

Estoy sentada en el aula magna de la facultad de medicina de la Autónoma, escuchando por obligación una conferencia sobre Arte y Salud Mental. Tengo el abrigo puesto, porque hace un frío que pela, e intento abstraerme del hecho de que quedan dos horas para el descanso y yo todavía no me he tomado el café. Los ponentes son Muy Aburridos. Ninguno supera mi criterio de calidad, a saber: que escucharles sea mejor que leerse el libro equivalente. Por eso, he sacado el Kindle y avanzo lentamente a través de Changeology: un libro estupendo sobre producir cambios positivos en personas y organizaciones.

Entonces me saca del letargo una música conocida. Es una de las suites para chelo solo de Bach, y la está reproduciendo en el ordenador una psiquiatra que da una charla sobre musicoterapia. Me acuerdo de esas suites. Cuando tenía diecisiete años y estaba enamorada de MQEN hasta niveles dolorosos, él me contó lo mucho que le gustaba la música de chelo. Yo llegué a mi casa, me descargué las suites de Bach y las escuchaba escribiendo furiosamente en mi diario, mientras me preguntaba por qué, POR QUÉ él no me amaba si claramente estábamos hechos el uno para el otro.

Después de la ponencia, salgo de la sala aunque no sea todavía la hora del descanso y me escapo a la cafetería. Pido un cafe con leche (muy caliente, por favor, le digo al camarero con los ojos desquiciados) y me siento junto a la ventana. El sol tras el cristal y la cafeína en mi cerebro comienzan a devolverme al mundo de los vivos. Busco las suites de Bach en Spotify y trasteo un poco hasta que encuentro mi favorita: la giga de la número 3. No sé por qué me gusta tanto ésa. Es quizá la más movida. Pienso en mi amor incondicional y desesperado por MQEN, y en lo mucho que me gustaba sentarme a oír a Bach y pensar que aquella era la forma más aproximada que tenía de escuchar su cerebro.

No sé si he cambiado mucho en estos diez años. Creo que aún soy capaz de sentarme a escuchar cerebros ajenos sin fe alguna en un futuro real. Sigo tratando desesperadamente de entender a la gente. Escribo mucho sobre los demás y versiono mis impresiones sobre sus vidas. Hace poco estuve repasando un montón de páginas de un relato sobre chico-cuya-identidad-no-tiene-sentido-que-revele y me conmovió tanto. Estaba intentando comprenderle con tanta fuerza que ni siquiera me daba cuenta de que no hacía falta.

Me pregunto si seguir estancada en este intento de entender es bueno o malo, tierno o un indicativo claro de que mi madurez emocional se ha quedado en los diecisiete. Me pregunto si escuchar cerebros es útil y si escribir aquí es la forma que tengo de intentar que los demás escuchen el mío. Después me contesto que tampoco tiene sentido preguntarse esas cosas y que, en cualquier caso, la Marina enamorada de diecisiete años me cae lo bastante bien como para dejarle un sitio en mi actual yo solterón y literalmente rodeado de gatos.

Nota: los comentarios están moderados. Eso quiere decir que no os preocupéis porque no aparezcan enseguida; en cuanto los lea y les dé mi aprobación, los publicaré. Gracias por entenderlo.

3 comentarios:

  1. Escuchar cerebros... De vez en cuando sacas alguna perlita de este tipo; sin duda original, pero al mismo tiempo muy enraizado.
    La música tiene ese empeño de asociarse mucho con nuestros estados de ánimo, ¿verdad?
    Espero que lo de los comentarios moderados no sea porque algún troll esté haciendo de las suyas.

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  2. Tienes razón en eso de que la mayoría de los ponentes apestan, muchas veces es mejor quedarse en casa. Y sobre lo que cuentas, a mí me parece tierno, honesto y bonito. Pero bueno, quizás mi madurez mental también se quedó en los diecisiete ;-)

    P.D. Perdón por mandar dos comentarios ayer, pero es que estaba tan cansada que no vi el mensaje que decía que habías moderado comentarios, jajaja! :/

    Mua!

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  3. Sinceramente, creo que intentar comprender a una persona es una de las cosas más hermosas que puede hacer alguien.
    Un saludo.

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