massobreloslunes: enero 2013

miércoles, 30 de enero de 2013

Suites for solo cello

Estoy sentada en el aula magna de la facultad de medicina de la Autónoma, escuchando por obligación una conferencia sobre Arte y Salud Mental. Tengo el abrigo puesto, porque hace un frío que pela, e intento abstraerme del hecho de que quedan dos horas para el descanso y yo todavía no me he tomado el café. Los ponentes son Muy Aburridos. Ninguno supera mi criterio de calidad, a saber: que escucharles sea mejor que leerse el libro equivalente. Por eso, he sacado el Kindle y avanzo lentamente a través de Changeology: un libro estupendo sobre producir cambios positivos en personas y organizaciones.

Entonces me saca del letargo una música conocida. Es una de las suites para chelo solo de Bach, y la está reproduciendo en el ordenador una psiquiatra que da una charla sobre musicoterapia. Me acuerdo de esas suites. Cuando tenía diecisiete años y estaba enamorada de MQEN hasta niveles dolorosos, él me contó lo mucho que le gustaba la música de chelo. Yo llegué a mi casa, me descargué las suites de Bach y las escuchaba escribiendo furiosamente en mi diario, mientras me preguntaba por qué, POR QUÉ él no me amaba si claramente estábamos hechos el uno para el otro.

Después de la ponencia, salgo de la sala aunque no sea todavía la hora del descanso y me escapo a la cafetería. Pido un cafe con leche (muy caliente, por favor, le digo al camarero con los ojos desquiciados) y me siento junto a la ventana. El sol tras el cristal y la cafeína en mi cerebro comienzan a devolverme al mundo de los vivos. Busco las suites de Bach en Spotify y trasteo un poco hasta que encuentro mi favorita: la giga de la número 3. No sé por qué me gusta tanto ésa. Es quizá la más movida. Pienso en mi amor incondicional y desesperado por MQEN, y en lo mucho que me gustaba sentarme a oír a Bach y pensar que aquella era la forma más aproximada que tenía de escuchar su cerebro.

No sé si he cambiado mucho en estos diez años. Creo que aún soy capaz de sentarme a escuchar cerebros ajenos sin fe alguna en un futuro real. Sigo tratando desesperadamente de entender a la gente. Escribo mucho sobre los demás y versiono mis impresiones sobre sus vidas. Hace poco estuve repasando un montón de páginas de un relato sobre chico-cuya-identidad-no-tiene-sentido-que-revele y me conmovió tanto. Estaba intentando comprenderle con tanta fuerza que ni siquiera me daba cuenta de que no hacía falta.

Me pregunto si seguir estancada en este intento de entender es bueno o malo, tierno o un indicativo claro de que mi madurez emocional se ha quedado en los diecisiete. Me pregunto si escuchar cerebros es útil y si escribir aquí es la forma que tengo de intentar que los demás escuchen el mío. Después me contesto que tampoco tiene sentido preguntarse esas cosas y que, en cualquier caso, la Marina enamorada de diecisiete años me cae lo bastante bien como para dejarle un sitio en mi actual yo solterón y literalmente rodeado de gatos.

Nota: los comentarios están moderados. Eso quiere decir que no os preocupéis porque no aparezcan enseguida; en cuanto los lea y les dé mi aprobación, los publicaré. Gracias por entenderlo.

martes, 29 de enero de 2013

El Reto de los Aforismos Baratos

A veces hago un juego conmigo misma. Me reto a que puedo escoger diez objetos a mi alrededor y hacer frases medio profundas que empiecen por "la vida es como". Siempre pienso que tengo que escribirlo en el blog por diversión, pero nunca me acuerdo. Como hoy estoy demasiado cansada para componer algo más sesudo, ahí va: el reto de los aforismos baratos o RAB, ejecutado a partir de diez objetos o seres que se encuentran ahora en mi habitación.

- La vida es como un pintaúñas: a veces lo importante para que las cosas salgan bien es quedarse muy quieto.
- La vida es como una caja: está bien que sea bonita por fuera, pero más te vale llenarla de cosas buenas.
- La vida es como un flexo: a veces parece oscura, pero si encontramos el botón adecuado, se llenará de luz.
- La vida es como una hucha: si eres constante y haces un esfuerzo día a día, te encontrarás con una gra recompensa dentro de un tiempo.
- La vida es como la gata Mia: hace lo que le da la gana en cada momento.
- La vida es como el cesto de la ropa: más te vale revisarla de vez en cuando, si no quieres que tus trapos sucios apesten.
- La vida es como una vela: tarde o temprano se consume.
- La vida es como un Smartphone: utilizamos casi siempre las mismas aplicaciones y nos olvidamos de la cantidad de posibilidades que tiene.
- La vida es como unos altavoces: es importante lo que se dice, pero también el volumen que se le da.
- La vida es como un cubo de Rubik: te da muchos quebraderos de cabeza, y tampoco tienes claro que esforzarte por encontrar una solución sirva de algo.

Y con esta chorrada monumental, me despido hasta mañana. ¿Alguien se anima a repetir el reto con diez (o cinco, o tres) objetos que tenga ahora mismo cerca?

Besitos, lectores.

lunes, 28 de enero de 2013

Comienzos y finales

Todo tiene un comienzo.

Mira a la gente de la calle y piensa que todos han sido bebés. Piénsalo de verdad. Imagínalos en el vientre de sus madres. Imagínalos como diminutos seres calvos que hacían pucheros, que se cagaban en el pañal y que recibían carantoñas y mimitos de la gente de alrededor. Todos. Rajoy. La Reina Sofía. Tu jefe. Boris Izaguirre.

Observa a las parejas que van cogidas de la mano y que toman café en los bares. Piensa que en algún punto aún no se conocían y después coincidieron en el tiempo y en el espacio. Imagina los primeros momentos de indecisión. El tonteo, las dudas, el miedo compartido. Quizá fue un rollo veloz y fulminante de una noche de discoteca que acabó llevando a algo más serio. Quizá estuvieron enamorados en secreto durante años, o él tenía una novia a la que dejó, o ella no quería salir con él porque su último amor la había dejado hecha polvo. Aun así, reunieron el valor para encontrarse.

Mira los objetos que tienes. Piensa en cuando los fabricaron. En el momento en que formaron parte de una cadena de montaje, en cómo se unieron las piezas, se remataron los bordes, se pintó la superficie. Imagínalos en cajas con otros muchos iguales como ellos, viajando hacia la tienda donde los compraste, transportados después en una bolsa hacia tu caja, tu armario o tu coche.


Todo tiene un final.

Imagina a esas mismas personas moribundas. Todas se irán algún día. Habrá un momento en que todos, absolutamente todos los que pisamos el planeta estaremos muertos. Imagínanos viejos, heridos, enfermos. Rotos en un accidente. Deteriorados en una cama.

Recuerda que el amor se termina. Imagina a esas parejas rompiendo por una infidelidad, divorciándose por cansancio, separándose después de un tiempo en la distancia. Piensa que uno de los dos morirá antes que el otro. Piensa en el viudo o la viuda que se quedará después, echando de menos en la cama el calor del cuerpo que ha pasado tantos años allí.

Ten presente que todos los objetos están ya rotos. Que, por muy caro que sea tu iPhone, por mucha garantía que te hayan ofrecido con tu ordenador, su destino final es acabar averiados o perdidos. Tu coche, tan precioso, tan querido, irá al desguace. Tu ropa la llevará otra gente o la triturará la basura.

Todo empieza. Todo termina. Aquí estamos nosotros, justo en medio, creyéndonos absurdamente eternos. A pesar de que sabemos todo lo anterior, no terminamos de entenderlo. Aun así, nos empeñamos en hacer las cosas bien. Porque hemos decidido que, como decía Woody Allen, esta experiencia, lo que hay entre el principio y del final, nos interesa. Es necesario, entonces, que seamos consecuentes. Es necesario que nos plantemos con firmeza entre esas dos incertidumbres. Y que justo antes del abismo, y hasta siendo conscientes de que nada importa nada, nos demos cuenta de que en realidad sí, en realidad todo importa muchísimo, y seamos capaces de vivir creyendo en eso.

La gata Mia, volumen I

Después de que mi gatita Clementina se escapara de casa, barajé la idea de adoptar otro gato. Lo aplacé porque ahora mismo es complicado encajar un animal en mi estilo de vida, pero también porque me daba mucha pena sustituir a la gatusa. La Clemen tenía mucha personalidad. Su manera de estar, de mirarte casi cabreada, de pedir jamón york de pie junto al frigorífico o de tumbarse sobre tu panza mientras dormías la siesta. Cómo bajaba los escalones bamboleando su tripota. Cómo se colocaba detrás del portátil, asomando la cabeza por un lado y la cola por otro. El día que se cayó de la cama con un golpe tremendo y tuvo a J. partiéndose de risa todo el fin de semana.

De las dos gatas que viven ahora conmigo, Mia es sin duda mi favorita. Me vendo fácil, porque Musa es una rancia que apenas deja que le acaricies la barbilla y Mia es toda amor. Le gusta tumbarse en mi cama, y maúlla mientras canturreo cuando no hay nadie en casa. Es una gata muy molesta, las cosas como son. Ayer estuve fabricando unas pseudocortinas para las ventanas y no hacía más que enredarse entre las telas. Se juega la vida cruzándose entre tus piernas, y cualquier día Cris o yo nos la pegaremos intentando esquivarla.

El viernes por la noche me puse muy malita. No sé qué me pasó, pero me desperté a medianoche y vomité varias veces. Cuando volví a la cama y me tumbé bocarriba muerta de frío, la gatita se coló por la puerta mal cerrada y se subió a la cama. Me quedé muy quieta, sintiendo cómo acomodaba su peso sobre mis piernas, y me dormí tranquila con su calor silencioso.


Ahora llevaba un rato aquí sentada, tratando de escribir. He escrito sobre pasear por Madrid y sobre el cine. He borrado los dos textos porque me parecían muy malos. Me encontraba (me encuentro) paralizada. Estoy asustada por varias cosas. Me asusta la posibilidad de que me guste alguien otra vez, con todo lo que eso implica, ahora que estaba empezando a disfrutar de haber saldado mis cuentas. Me asusta que mi abuela está ingresada y que todos intuimos que lleva despidiéndose un tiempo. No me asustan esas cosas por ese orden, obvio, pero hoy estaba frente al espejo del baño pensando que quizá mi abuela se marche y que yo tengo que seguir haciendo lo que le corresponde a mi edad y mi condición, seguir arriesgándome y tratando de construir una vida, signifique eso lo que signifique. De alguna forma, si mi abuela se muere coloca algo sobre mis hombros. Una nueva responsabilidad, un nuevo peso. No sé si me explico.

El caso es que estaba yo aquí delante del ordenador, asustada como el infierno, ya os digo, y entonces la gata Mia se me ha subido al regazo y se ha quedado ahí. Lo hace todas las noches. Espera a que lleve aquí un rato y después se me monta encima. Apenas se la siente respirar; está muy, muy quietecita. Yo había bajado las manos, esperando a la inspiración o a su sucedáneo, y ella ha apoyado su cuellecito oscuro contra mi muñeca. A ella le da igual que tú estés incómodo. Mia es una gata y piensa que se lo merece todo. No tiene conflictos, no tiene problemas ni piensa que sea o no digna de mi regazo o del de cualquiera. Se irá cuando le apetezca y volverá si quiere.

Como si me entendiera, Mia se levanta y baja al suelo. Luego sube de nuevo y yergue la cabeza, mirando la pantalla como si quisiera enterarse de lo que escribo sobre ella. Puedo oler desde aquí su piel de gatita. Me recuerda a la mía, a mi Clementina. Le agradezco que esté aquí hoy, conectándome con el sentimiento gatuno de sentir que uno simplemente se merece las cosas. Que lo que está aquí ahora puede no estarlo en el momento siguiente. Y que a veces hay que subirse a los sitios sin pedir permiso, apoyar la cabeza confiando en que habrá un respaldo y meterse entre las piernas de la gente, aunque sólo sea para que se den cuenta de que estás allí.

jueves, 24 de enero de 2013

Ni lo titulo de la pena que da

Va, de verdad, lo prometo, me voy a concentrar muy fuerte y NO voy a convertir este blog en una crónica de mi patético acoso a ChMM, porque me conozco y luego todo va mal, y me flipo enseguida, y después todos tienen novia o sucedáneo, o pasan de mí y lloriqueo, así que va, en serio, lo juro por la gata Mia, que está sentada en la cama haciéndose una limpieza de piel a lengüetazos, y lo juro por mi Olivetti rosa que me mira desde el escritorio, que voy a poner todo mi esfuerzo en respirar cual preñada y no contar que ChMM me hace reír de una forma criminal y que eso me desarma desde siempre, que es muy, muy gracioso incluso para alguien como yo que se ríe de una farola, y voy a beber agua a ver si bajo las endorfinas de combinar el entrenamiento con el tonteo, y me voy a sumergir los genitales en hielo o lo que haga falta, pero de verdad que es verdaderamente Muy Mono, tiene los ojos de algún color entre azul y verde, y la gata Mia se me acaba de subir al regazo como diciendo que estoy jurando en falso por su vida gatuna, pero a ver, Mia, es que además es Ingeniero y está haciendo el Doctorado y la inteligencia me pone casi tanto como la risa porque, ¿te he dicho ya que me hace reír muchísimo?

Esto va a acabar fatal.

miércoles, 23 de enero de 2013

Abu

Mi abuela tiene un carácter difícil. Sin más. Nunca ha sido la típica abuela que te hace comidas ricas y muchos regalos. Es más bien el tipo de abuela que te regaña porque no vas a verla, que te ignora mientras escucha la COPE y que en la nevera guarda medio aguacate, un paquete de actimel y cinco botellines llenos de agua fría. Mi hermano la llama la antiabuela.

Ahora tiene noventa años y está perdiendo la cabeza. Lo más curioso es que se le nota porque se está volviendo muy, muy simpática. Que me alegro mucho de saber de ti, Marina, me dice hoy al coger el teléfono. ¿En qué trabajas? Soy psicóloga, abu, le explico. Vaya, así que tú también te dedicas a esas cosas, ¿no? Intuyo que se refiere a mi prima, que es terapeuta ocupacional. Sí, abuela, a ayudar a la gente. Es el rollo que a mí me mola. Así me gusta, cariño.

Te quiero, abu, le digo antes de colgar. Yo a ti también, hija, me contesta, y creo que es la primera vez que me dice algo así en... no sé, quizá en su vida.

Cuando mis padres consiguieron la plaza fija en Málaga me mandaron a mí primero para que empezara el nuevo curso mientras ellos completaban el traslado desde Córdoba. Viví un tiempo sola en casa de mi abuela y dormía con ella todas las noches. Recuerdo que me agarraba a su brazo derecho como un koalita mientras ella escuchaba el transistor tumbada bocarriba. Nunca me había planteado lo incómodo que debe ser permanecer bocarriba con una niña de siete años colgada de tu brazo.

Está bien que se esté demenciando hacia la simpatía. Es mejor que volverse (más) cascarrabias y que todos la recordemos como un infierno de mujer. Ahora se desdibuja la antiabuela, la matriarca resistente que vivió en el Sahara con su marido y con sus seis hijos, y aparece un ser más tierno y más indefenso. Me da pena la otra, sin embargo: mi abuela con mal carácter, mi abuela raruna. Se ha ido y supongo que ya no volverá. Esta señora es un poco otra persona, y me parece que vamos a tener que aprender a conocerla de nuevo antes de que se vaya. Ya no habla de política, porque se cabrea; ahora escucha Radio María todo el rato. Mi madre dice que se está poniendo en paz con Dios.

Mi abuela, mi única abuela, que ha sobrevivido veintiséis años a la más longeva de todos los demás. Que hace dos años decidió que quería usar pantalones y pidió un chándal por reyes, pero más como muestra excéntrica de su carácter que como una señal adorable de no querer envejecer. Que se rompió por dentro cuando la guerra y no se ha vuelto a recomponer. Se irá y espero que nos acordemos de esta señora más amable que nos hace sonreír en vez de mosquearnos.

[Si algo me consuela, por otra parte, es que al final ha vivido lo suficiente como para cumplir su deseo de no morirse con Zapatero en el gobierno]

martes, 22 de enero de 2013

Tuesday, happy tuesday

Os voy a contar mi martes así sin ningún tipo de pretensión literaria, simple y llanamente porque ha sido un buen martes.

A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida a una pobre víctima un paciente. Que todos estemos ahí empeñados en encontrar la manera de que la persona funcione mejor, siempre de la forma más respetuosa y honesta posible, me conmueve y me hace creer en la buena intención de la gente. A mitad de la supervisión empieza a nevar por la ventana, y el frente andaluz-sureño de los residentes sale al exterior a hacerse fotos con los iPhones y atrapar copos con la punta de la lengua.

Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.

Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien. 

Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).

A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.

Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.

Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo: 

Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.

Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.

Feliz miércoles, queridos.

lunes, 21 de enero de 2013

La postura del loto

- Así que nos sentamos todas en la posición del loto - dice el profesor -. Quien no pueda ponerse en loto completo, que cruce una sola pierna.

Carolina cruza las dos. Siempre ha sido muy flexible. Le hace gracia ese "todas", y mira al único alumno masculino de la clase: Jonathan, un colombiano la mar de majo que se pasa todo el rato hablando de su novia de ultramar, en un intento desesperado (piensa Carolina) por demostrar su homosexualidad.

Se siente sudorosa y cansada. Quedan diez minutos para que acabe la clase y no se ha relajado ni un poco. Todas cierran los ojos, y ella pasea la vista por el círculo de señoras extrañamente sentadas. Alguna gruñe al notar la tensión en las rodillas. Carolina piensa que vaya pandilla de inadaptadas son todas, obligadas a que alguien les diga cómo relajarse y cómo estar presentes. Piensa que tiene que correr después del trabajo para llegar a la clase, y que tiene que correr al salir de clase para no perder el último autobús, así que se pregunta si no estará anulando con tanta carrera el efecto supuestamente beneficioso del yoga.
- Ahora quiero que visualicéis una escena - dice el profesor -. Debe ser una escena que tenga que ver con lo que os ha traído a estar hoy aquí. A tomar la decisión de inscribiros en esta clase.

Carolina no sabe si ha entendido bien las instrucciones, pero le tiran los muslos en la posición del loto y, sin darse cuenta, ya está pensando en Jaime. No tiene nada que ver con lo que le ha llevado a estar en esta clase, pero todo aquello le aburre tanto, le aburren tan inmensamente la docena de señoras perimenopáusicas que intentan escapar de la frustración retorciéndose los cartílagos, que decide que al menos se dará el capricho de fantasear. Y fantasea. Recuerda la última vez que estuvieron juntos. Les recuerda sentados en el sofá uno junto a otro, viendo una película, los calcetines de ella sobre el regazo de él.

 - Visualizad bien la escena - insiste el profesor -. Imaginad todos los detalles.

Ella piensa en la cara de Jaime cuando empezó a frotarle los talones en la entrepierna, y su eterno "no creo que esto sea una buena idea", y ella contestando que todavía estaba a tiempo de levantarse e irse. Después se recuerda incorporándose sobre él, recorriéndole el perfil de la cara con el índice mientras él cerraba los ojos y alzaba la cabeza, mientras la película seguía sonando sin que nadie la escuchara.
- Pensad en todos los que están presentes en la escena, si es que hay otras personas además de vosotras.

Carolina piensa que eran dos, tres si contamos el televisor, y que a pesar de la resistencia inicial tampoco es que él tardara mucho en quitarse la camiseta y los pantalones de chándal o en sacarle a ella el vestido por encima de la cabeza. Después se recrea despacio mientras el profesor dice nosequé chorrada de acompasar la respiración y ella se da cuenta de que todo eso le da tan igual que no estaría allí si ahora mismo pudiera teletransportarse otra vez a la cama de Jaime.
- Permaneced presentes en la escena, totalmente presentes.

Ella sabe que no habría podido estar más presente aunque quisiera y que casi se le secan los ojos de tanto abrirlos. Que cada vez que puede hundir los dedos en la carne magra de Jaime, que le puede recorrer con la lengua los huesos de las caderas, que puede mirarle con los ojos muy abiertos mientras él se mueve sobre ella, no hay ni una célula de su cuerpo que no sea consciente de su presencia.
- Ahora, preguntaos cuál es vuestra intención. Qué intención tenéis en ese momento. Qué os ha llevado hasta donde estáis.

"Mi intención, querido, es que este hombre haga conmigo lo que quiera durante lo que me queda de vida", piensa Carolina, y se le escapa una sonrisa mientras piensa en las escenas anodinas de la cabeza de todas esas perimenopáusicas y en cómo ella se está escapando a su oasis particular, a su spa mental donde Jaime no puede irse a ningún lado una vez hayan terminado.

El profesor hace sonar la campanilla, les dice que reorienten su atención al exterior y les pregunta qué tal la experiencia. Ellas (y Jonathan) descruzan las piernas despacio, quejándose de las artritis y las condromalacias, y comienzan a andar hacia el vestuario.

Y Carolina se siente casi bien, casi contenta, casi nada frustrada por pasarse las tardes en clase de yoga y las noches sola comiendo verdura frente al televisor, y podría irse así con esa sensación tan agradable, de no ser porque, en ese momento, Puri, la más perimenopáusica de todas, la que se pasa la vida comentando los precios de la colección fitness del Decathlón, yergue la cabeza, sonríe y dice, dirigiéndose a todas y a ninguna al mismo tiempo:
 - Que levante la mano la que no estaba pensando en sexo.

domingo, 20 de enero de 2013

Más sobre los libros con churros



Hace justo un año escribí esto sobre los libros, los churros y las tardes de invierno. No sabía que un año después me encontraría leyendo otra vez a Franzen en otra ciudad, también en una tarde de invierno y también comiendo churros. El mecanismo lectoculinario sirve exactamente igual. Es importante conservar el meñique limpio para pasar las páginas y Franzen sigue pareciéndome devastadoramente bueno.

Llevaba todo el día sola. A media tarde me saqué a patadas de mi estupendo piso a pesar de la llovizna: mueve tu culo, Marina, que estás en la capital. Caminé hasta Sol y compré maquillaje, líquido de lentillas y el libro de Franzen. Luego tenía frío y un poco de hambre, así que entré en un Café&Té, pedí chocolate con churros y me puse a leer. Estaba en la planta superior, justo en el borde, y podía ver las mesas de debajo. Era una perspectiva bonita: todas aquellas parejas, grupitos o personas solitarias, tomándose su té, o su café, o su tarta, charlando un rato de las cosas que les importaban y saliendo después otra vez al frío de fuera.

Al cabo de un rato, pensé que ya no estaba sola. Era como si llevara una hora sentada en frente de Franzen escuchándole hablar. Él me estaba contando, con esa manera animalmente precisa que tiene de utilizar el lenguaje, sus ideas sobre el amor, la literatura y la muerte. Me lo imaginé sentado enfrente, con sus gafas de pasta, quizá animándose a probar los churros. Hablando despacio y puntuando también sus palabras con comas invisibles.

Tiene un cerebro hermoso, Jonathan Franzen. Dice que un escritor debe escribir en cada momento el mejor libro posible, y que si quiere seguir mejorando no tendrá más remedio que convertirse en la persona capaz de escribir un libro todavía mejor. Escribe también sobre el amor. “Es en el amor donde empiezan nuestros problemas”, afirma, y después explica cómo el amor verdadero y concreto por algo o por alguien nos saca de nuestra caja abstracta y distante de observadores imparciales y hace más fácil, y no más difícil, convivir con nuestra rabia, nuestra desesperación y nuestro dolor. Qué bonito es tener una cabeza capaz de pensar eso y un corazón capaz de sentirlo.

Ahora acabo de subir de tomar un vino con B., una lectora de largo recorrido. Intimida saber que alguien lleva leyéndote cinco años. Cinco años escuchando mentalmente tus chorradas. Por la mañana había desayunado con M., otra lectora más reciente pero igualmente fiel. Pienso que, salvando las distancias, también es como si yo me sentara a tomar café con un montón de desconocidos (vosotros) que, por alguna razón, tenéis interés por mis opiniones sobre el amor, la vida y la literatura. Hay un desajuste en eso, “un desequilibrio”, dice B., imitando una balanza con sus manos blanquitas. Pero es un desequilibrio en ambos sentidos, pienso yo: por una parte es verdad que yo de ella, o de vosotros, apenas sé nada; también es verdad que llevo muchos años monopolizando la conversación.

Ahora intento construir este texto. Barajo la esquizofrenia entre lo que escribo y la realidad, entre la interacción segura y unidireccional de este espacio y el doloroso contacto cuerpo a cuerpo entre dos humanos imperfectos. Intento encontrar una conclusión que me sirva de cierre: algo como que prefiero la palestra de la realidad al mundo seguro e hiperprotegido de la literatura. Pero luego es mentira, porque si tuviera que elegir, preferiría leer a Franzen que hablar con él. Así que si algún día me sucede algo parecido, si algún día alguien elige leerme a hablar conmigo, quizá no debería lamentarme por el desprecio a mi vulnerable y defectuoso ser real. Quizá debería sólo sentirme una escritora fabulosamente buena.

jueves, 17 de enero de 2013

#cosasdeMadriz

Hoy estoy rara. Como un poco disociada. Camino entre mi roco y mi casa mirando el GPS del móvil. Las calles tienen sentido porque unen un punto con otro, pero no forman parte de algo más grande en mi cabeza y no tengo muy claro hacia dónde voy. Cuando llego a casa, ceno algo rápido y me siento en mi habitación, frente al escritorio. Oye: que esto que tienes debajo es Madrid, me digo, y es raro. Aún no siento esta vida como mía.

Recuerdo el proceso de ser parte de algo y cómo me fui gaditanizando poco a poco. ¿Qué necesitas para ser de un sitio? Quererlo un poco. Poder prever ciertas cosas. Que algunos movimientos se conviertan en hábitos, mientras conservas la capacidad de dejarte sorprender.

Cosas que me encantan de Madrid a dia de hoy:
- El metro. Es tan bizarro. Todos corriendo por ahí como si fuéramos los ejércitos del mal. La gente en silencio subiendo y bajando escaleras, con sus pasos firmes resonando entre los túneles: pam, pam, pam. En el transbordo entre las línes 3 y 10 en Plaza de España, justo a los pies de la escalera mecánica, hay uno de esos puntos musicales, y cada día te sorprende un notas diferente. El martes había un chico que cantaba pop británico con una guitarra. Ayer un mariachi que desafinaba tela. Hoy un tipo que había construido una batería con regaderas: verídico. Sus músicas extrañas llenan el ambiente y no consiguen humanizar el metro: al contrario, le dan un aire todavía más siniestro, más de distopía cutre. Pero yo lo miro desde fuera, y me río, y me mola correr escaleras arriba como quien hace ejercicio.
- La calefacción. Bendita seas. Bendito calor en todas partes, benditas puertas cerradas de los bares. Se acabó esa negación andaluza de "como estamos en Cádiz no concebimos el frío". Amo la calefacción y el Ikea Lifestile de meterme en casa a las tres y ver tranquilamente cómo anochece sobre mis tejados.
- ChMM. No es guapo, pero es realmente Muy, Muy Mono, y muy divertido. Tiene algo tierno. Me hace reír en dos frases, y eso me encanta, y me da igual que escribirlo en letra de tamaño normal me lo gafe: mola ChMM y es un buen aliciente para entrenar.
- Mi calle. Es guapísima. Está llena de bares, de pequeños comercios y de gente por las calles. Las tiendas tienen un montón de comidas raras marroquís y sudamericanas. Hoy he encontrado una cosa que se llama harina de plátano y no quiero más que comprarla y comerla todo el rato, aunque no sepa exactamente lo que es.
- El bullibulli. Me gusta que parece que hay muchas cosas y mucha vida. Como si todo estuviera fácilmente accesible, y uno pudiera extender la mano y coger lo que le apeteciera. No es real, por supuesto; no creo que en realidad todo este mucho más cerca aquí que en Cádiz desde el punto de vista existencial. Pero me gusta la sensación de que podría pasar cualquier cosa.
- Lo nuevo, en general. Me gusta la gente nueva, la casa nueva, la calle nueva, el roco nuevo... desempolvar otra vez la mirada curiosa de recién llegada e ir construyendo una vida ladrillo a ladrillo. Me gusta formar lazos. Reírme con los residentes frente al café asqueroso del McDonalds, que otro compañero del roco me enseñe las fotos de cuando estuvo escalando en hielo en Davos, tender la ropa de Cris porque a ella no le da tiempo.

No voy a hacer una lisa de lo que no me gusta, porque me parece una pérdida de tiempo. Me pregunto qué pensaré de este post cuando pasen seis meses. De momento, voy a tratar de no agobiarme cuando siento que no soy yo entera, sino yo a trozos, y que estoy aterrizando en una rutina que no me pertenece. Voy a dejarme llevar por este pequeño y controlable caos. Voy a averiguar cómo se prepara la harina de plátano esa. Y, sobre todo, me lo voy a pasar la mar de bien.

miércoles, 16 de enero de 2013

De nada

No te has enterado de nada, le dice en silencio mientras la mira dormir, sentado en el borde de la cama. Ella se ha acurrucado en el sofa vestida con una camiseta de tirantes demasiado grande, y no se ha dado cuenta de que la sábana que le tapa medio cuerpo es en realidad una bajera. Él se levanta, se acerca a la cocina, come un poco de queso y bebe agua directamente del grifo. No te has enterado, piensa, enfadado, y después vuelve a su cama a mirar cómo duerme, lo abandonada que está en el territorio que escogió al llegar a casa para dejar muy clara la frontera entre los dos.

No te has enterado de nada, repite, porque no sabes que no hacían falta las fronteras. Porque cuando te piense después de esta noche, lo que recuerde no será tu vientre desnudo, ni la curva de tus caderas moviéndose sobre las mías. Será esta versión de ti, tumbada en el sofá de una ciudad desconocida, con el hombro descubierto brillando bajo la luz de las farolas. Será la soledad que te empeñas en escoger una y otra vez. Será la idea de que seguro que tienes fría la piel que no te tapan las sábanas. Y serán estas ganas que voy a tener siempre de abrazarte fuerte, protegerte del mundo y consolarte de algo. Ni siquiera sé muy bien de qué.

martes, 15 de enero de 2013

Las lesiones hacen hogar

Soy una capulla que no calienta bien y que se pone a escalar un bloque duro en una sala de Leganés cuando sus músculos tienen la misma consistencia que una piedra. Y como soy una capulla, subo mucho los pies, bloqueo a muerte para alcanzar la siguiente presa y el brazo derecho me da un latigazo. Pero bueno, eso no es lo peor. Eso le podría pasar a cualquiera. Lo peor, me temo, son las dos horas que paso escalando después, frotándome a ratos el deltoides y pensando que si me concentro lo suficiente, el dolor desaparecerá.

Por la noche me pongo hielo un rato, y después hago un mejunje con todas las pomadas antiinflamatorias que tengo en la mesilla de noche y me masajeo. Quiero entrenar mañana en mi roco nuevo y quiero escalar con el Chaval Muy Mono *

Por la mañana no es que no pueda escalar, sino que apenas puedo alzar el brazo por encima del hombro. Me paso todo el día cabreada y sintiéndome como una minusválida. Luego tengo a una paciente a la que le han quitado un pulmón y claro, en la competición de quién está más fastidiado por su organismo, me deja por los suelos.

El cuerpo. Qué cosas. Desde que trabajo en muertelandia, me estoy precipitando cuesta abajo hacia la hipocondría. Cuando el cuerpo te falla y se interpone entre tu mente y el mundo, te jode. Joden un brazo dolorido y un pulmón de menos y, por supuesto, jode un tumor creciendo de forma maligna en tu organismo sin que puedas hacer nada para remediarlo.

Hoy iba caminando por la calle y he sentido una gran compasión por mi cuerpo. Por mis músculos, mis huesos, mis órganos. Veintisiete años trabajando a todo gas para mantenerme viva. Está mi piel defectuosa (que, por cierto, va mucho mejor gracias al Roacután, viva y bravo), mis rodillas doloridas, mi estómago barrita hormigonera. Mis ovarios poliquísticos, los callos de las manos, las no arrugas de la cara. Las huellas de pasar por este mundo siendo un poco lista y un poquitín torpe. Siento penita por mi cuerpo porque al final acabará por perder la partida. Está ahí, luchando como un loco contra el tiempo, y no sé si sabe que el tiempo gana siempre, sin importar la ventaja que te deje.

Pero bueno. Lo importante no es eso. Lo importante es que esta noche me dolía mucho menos que por la mañana, que ahora estoy en medio de otra sesión de hielo y pomadas y que, si todo va bien, en breve nada se interpondrá entre mi cabeza escaladora y las estupendas paredes de resina de mi roco nuevo (por no hablar de los ojos de Chaval Muy Mono, que son una cosa rara entre azules y grises y que le brillan cuando sonríe).

*Escribir con mini letra es mi última táctica para que el blog no me gafe los maromos. Habil, ¿eh?

domingo, 13 de enero de 2013

Aterrizando, pero esta vez ya de verdad

Cuando te mudas mucho, empiezas a aprender que las casas son como las personas: no hay ninguna perfecta, así que aprovecha las ventajas de la que tienes en cada momento y trata de ignorar los pequeños defectos.

Ya estoy en mi nueva casa, en el centro de Lavapiés. Es un quinto sin ascensor, así que de aquí a agosto voy a tener un culo para partir nueces. Está a diez minutos de mi roco nuevo y a dos de la parada de metro. Tiene vigas en el techo, una estantería llena de plantas y una espaldera para estirarse en una de las paredes.

Me va a gustar mi cuarto, que da a tejados. Todas las casas en las que he sido feliz últimamente han dado a tejados: la última de Granada y las dos de Cádiz. Me encanta el paisaje de tejas frente a mis ojos e imaginarme a seres traslúcidos que se sientan en ellas con las piernas colgando. Me va a gustar tener cama de matrimonio, que siempre esconde la posibilidad de que quepan dos, y mi enorme armario con hueco para guardar mi desorden sin que se vea. Me van a gustar las dos gatas, Mía y Musa, y la calefacción central, y el suelo de parqué.

Nunca pensé que viviría en Madrid, le digo a Cris poco después de llegar, mientras ordeno por trigésimo octava vez en mi vida el contenido de las cajas. ¿Y eso? pregunta ella. Pues no sé, contesto; supongo que llegó un punto en el que creí que me quedaría siempre en el sur. Es raro: por una parte Cádiz está muy reciente, a la vuelta de la esquina del pasado, y también planea sobre un futuro feliz y luminoso de aquí a ocho meses. Por otra parte, desde que llegué el martes todo esto me ha absorbido, y mi presente inmediato es muy Madrid, y eso me gusta. Estoy aquí sentada en pijama y me encanta la sensación de tener un hueco en esta ciudad invivible.

Cuántas ciudades ya. Cuántas maletas. Y qué bonita la oportunidad de descubrir una nueva. De cruzar la frontera entre un turista y una persona que tiene un hogar bajo uno de esos tejados. De conocer despacio y desde abajo otra manera de estar en el mundo.

Hoy sí, hoy ya va en serio. Hoy inauguramos oficialmente Madrid.

Que tengáis un feliz lunes.

viernes, 11 de enero de 2013

Viernes

Este mediodía iba yo caminando junto a las Cuatro Torres y pensaba que me gusta Madrid. Imagino que cinco días aquí no son suficientes para hacer un juicio como ese, pero lo he pensado. Es curioso cómo el estado de ánimo inluye en lo que nos rodea. Las grandes ciudades siempre me han angustiado; las veía enormes y hostiles. Como últimamente, sin embargo, vivo en el país de la piruleta, no me siento amenazada por Madrid. Pienso que a mí me gusta la gente y aquí hay mucha, y que me gustan los detalles y aquí hay muchos también.Tiene uno la sensación de que está en el cogollo, de que aquí pasan cosas.

Ayer me apunté al roco, viva y bravo. Mi roco nuevo es fabuloso. Es gigante y tiene varias salas de distinto tipo, con presas sobre un plafón que imita a la roca. Me he unido a un grupo de entrenamiento dirigido, con el loable fin de ponerme fuerte como un limón salvaje, y ayer di mi primera clase. Al principio estaba de los nervios, como si se me hubiera olvidado escalar de un día para otro. Después resultó que hice un papel bastante digno, encadenando a la primera varios bloques de una compe que celebraron hace poco. Estoy más fuerte de lo que pensaba. Lo mejor, sin embago, fue encontrarme al final de la clase exclamando los mismos "vamos, bicho" que en Cádiz y discutiendo dónde íbamos a ir a escalar en cuanto den bueno.

Creo que lo voy a pasar muy bien aquí.

La muerte la voy llevando. Aún es pronto para hablar de eso. Ésta es la vez de toda la residencia que más rechazo estoy sintiendo hacia enfrentarme al sufrimiento ajeno. Normalmente no me da miedo, pero a ratos pienso que esto me viene un poco grande. He pasado la mañana a medias entrando con mi adjunta y a medias leyendo el capítulo sobre paliativos de un libro sobre psicooncología, tratando de reunir el valor para visitar a mi paciente la semana que viene. La situación de tener que acompañar a alguien a la muerte me parece todavía demasiado fuerte y surrealista, y creo que algo dentro de mí se rebela frente a ella. Aun así, no me va a quedar más remedio que agarrarme los machos y tirar adelante. Porque a veces pienso que quién me manda a mí meterme en esto. Y la mayoría de las veces contesto que bueno, que alguien tiene que hacerlo.

Aun así, curiosamente, esta profesión sigue haciéndome regalos. Ayer pensé en no ir al roco. Estaba cansada y casi decido dejarlo para la semana que viene. Después me dije que estoy viva y sana, y que si puedo escalar hoy, por qué no hacerlo. Pensé en todos los pacientes a los que he visto esta semana, y que no pueden ir a un roco porque están enfermos o doloridos o tristes. Pensé que mañana podría estar demasiado lejos, y que cada segundo que pasamos sobre la tierra es tan, pero tan precioso. Y me fui al roco, y lo pasé genial.

Me estoy dando cuenta de que una buena vida, en realidad, tiene que ver con prepararse bien para la muerte. Con vivir cada momento planteándonos si esa decisión nos hará estar más o menos en paz con la vida cuando nos toque irnos.

[Estamos apañados. Lo que le faltaba a mi cansina felicidad es el contacto diario con la muerte. Ya os podéis ir preparando para meses y meses de "oh-Dios-estar-vivo-es-la-ostia". Os pido disculpas de antemano.]

Este post se parece a las entradas de mi diario cuando tenía quince años, pero no doy para mucho más. Tengo el cerebro agotado de procesar información nueva y me quiero ir a dormir. Os veo en breve. Os quiero.

miércoles, 9 de enero de 2013

Madrid y la muerte

Estoy sentada en el escritorio de la habitación de mi primo, en Coslada. Al otro lado de la pared escucho cómo mis tíos agitan los dados en los cubiletes del parchís mientras ven Puenteviejo. Todavía no he podido mudarme al piso de Lavapiés, así que estoy aquí de refugiada política. Aunque tardo hora y media en llegar al curro, mi tía es amor, me hace lentejas y lava el olor a humedad gaditana de toda la ropa que traigo.

Me resulta complicado escribir hoy. Hay tantos datos nuevos en mi cerebro que no sé por dónde empezar. Quizá deba hacerme caso a mí misma y utilizar los detalles para ver hasta dónde me llevan.

Son las nueve de la mañana y estoy en la estación de Chamartín. Hoy entro más tarde, pero a partir de mañana tendré que salir de casa a las siete menos cuarto. El termómetro marca menos tres grados y las Cuatro Torres se pierden en la niebla. Yo salgo de la estación y bajo unas escaleras para cruzar bajo una carretera enorme. Llevo en la mano un café con leche de la enésima franquicia madrileña y me lo voy bebiendo a sorbitos.

En ese momento, tengo una revelación: voy a trabajar con personas con cáncer. CÁNCER. No sé si había contado eso aquí. En la rotación que estoy haciendo ahora te asignan a un dispositivo dentro del hospital, y a mí me ha tocado psicooncología y dolor crónico. En princpio, ni me iba ni me venía; pensé que aprendería de cualquier lugar. Pero hoy he caído en la cuenta.

Gente con cáncer. Gente que igual se muere. Me he dicho: a ver, Marina, si tú te encariñas con un apio, qué cojones piensas hacer cuando tus pacientes empiecen a palmar.  Luego he pensado: bueno, no se morirán tanto. Seguro que la mayoría sobrevive. La lucha contra el cáncer, los avances de la ciencia y tal.

A última hora, ya me habían asignado a mi primer paciente y, adivinad qué: se está muriendo.

Íbamos con la psiquiatra por las habitaciones y nos presentaba a los pacientes que íbamos a tener cada uno. Y yo, que ya sabía que el mío se estaba muriendo, pensaba cada vez "por favor, que no sea éste, que es muy joven, que parece agradable, que me cae muy bien".

A la salida del hospital, miraba otra vez las torres. Pensaba que son grandiosas. Realmente grandiosas. Te pueden gustar o no, pero nada puede negar el hecho de que los humanos han conseguido apilar uno sobre otro un montón de pisos hasta llegar casi a los 250 metros. Un cuarto de kilómetro en vertical. Pensaba en mi paciente y en la putada que tiene que ser saber que te vas en breve y que te vas a perder todo esto. Toda esta locura humana tan absurda y tan bella.

Las torres, la niebla, los menos tres grados bajo cero. El café caliente entre las manos, los cientos de coches cruzando las calles, la cara de la dependienta del Rodilla cuando te tiende un sandwich de pan integral y pavo. Las lentejas de mi tía, el parchís, caminar con calcetines sobre el parqué templado sabiendo que fuera hace frío. Escribir, leer, escalar, los amigos, los abrazos, los besos, las celivibraciones y las vibraciones obscenas. Todo eso se queda y tú te vas.

Sé que no es un buen primer post madrileño. Podría escribir con más ánimos sobre las miles de horas de transporte público que me estoy chupando, mis complejos andaluces y mi miedo a que empiecen a llamarme "la Juani" o lo mucho que echo de menos los molletes con tomate, pero hoy mi verdad es esa. Ya llegará la alegría, porque siempre llega, pero hoy Madrid es Madrid y la muerte, y no puedo ni quiero hacer nada para esconderos eso.

martes, 8 de enero de 2013

Aterrizando

Demasiado cansada para escribir.
Madrid bien.
Nostalgia gaditana en niveles máximos a las nueve y media de la mañana con tres grados bajo cero.
La rotación tiene una pinta alucinante.
Mañana más.

(¿Me echáis de menos? Últimamente paro mucho en twitter: @marinalunes Pero tranquilidad en las masas, que no voy a ser una de esas que abandonan su blog por twitter. Blog forever.)

lunes, 7 de enero de 2013

La de Zuckerberg


Yo tendría que estar escribiendo una entrada mortal de conmovedora sobre dejar Cádiz, la luz blanca que baña los edificios y lo mucho que voy a llorar cuando la gente a mi alrededor no diga "pisha". En lugar de eso, estoy haciendo la de Zuckerberg, a saber: me he puesto frente al ordenador con una cafetera y medio roscón de reyes y A DIOS PONGO POR TESTIGO de que no me levantaré de aquí hasta que no tenga lista Psicosupervivencia.

Así que hoy el cafelito os lo tomáis allí ;)

domingo, 6 de enero de 2013

Por qué no tengo un iPad

Yo lo del iPad nunca lo vi claro. No se puede teclear bien, cansa la vista si quieres leer en él, no es lo que se dice súper-portátil y total, para tenerlo en casa puedes utilizar el ordenador.

Hasta que lo probé.

Hay que reconocerlo: el iPad es chulo. La forma, los colores de la pantalla, la interacción táctil-erótica. Estuve con él una mañana en casa de mi amiga María la MIR (¿Miría?) mientras ella dormía y fue amor. De inmediato, mi mente decidió que QUERÍA UN IPAD YA y me preguntaba cómo coño había hecho toda mi vida para vivir sin ella.

Miré iPads de segunda mano en internet. Miré los precios de las nuevas en la tienda Apple. Leí foros que comparaban las que sólo tienen wi-fi con las de 3G. Me pregunté si sería cómoda una vez le incorporaras un teclado. Lo mejor del asunto es que me inventé que realmente necesitaba el iPad. Porque claro, ahora me voy a Madrid y me voy a pasar el día en la calle porque tendré que currar de forma infernal, y en los ratos muertos puedo sacar mi iPad y jugar a diva de Internet con el Twitter, el Facebook y sus muertos.

Y claro, ya empieza el difunto Steve Jobs a meterse en mi mente. Porque ya que te compras un iPad, no te vas a comprar la 2. Chica, cómprate la 3, que tiene pantalla retina y una cámara de la ostia, y nosecuántos píxeles más por centímetro cuadrado que el ojo humano no puede distinguir, y un procesador de veintemil núcleos rápido como gacela. Y ya que te vas a gastar ese pastizal, pues te gastas un poco más y te la compras con 3G, porque vale que ahora no quieras meterle una tarjeta, pero ¿y más adelante? ¿para qué quieres un iPad si no puedes estar conectada EN TODAS PARTES? Y bueno, por supuesto, habrá que comprarse una funda, un protector de pantalla y un teclado.

¿Estás loca, Marina? ¿En serio?

Tengo un portátil, un smartphone muy bueno y un Kindle. Tengo una cámara réflex y una compacta. Tengo libros de papel, libretas y bolígrafos. ¿¿Para qué cojones quiero un iPad?? ¿¿En serio quiero estar conectada en todas partes a ese bicho?? ¿¿Es serio me estoy planteando gastarme setecientos pavos en eso??

El dinero quieto no es nada. El dinero en la cuenta no existe; sólo cobra sentido cuando lo gastamos. No es más que la forma que tiene el mundo de devolvernos el valor que aportamos. Si yo he aportado valor con mi trabajo y mi tiempo, el mundo me da vales que me permiten recuperar ese valor, haciendo uso del trabajo y el tiempo de otros mediante la adquisición de bienes y servicios.

Por esto, hay que tener mucho cuidado cuando se gasta el dinero. Porque si estamos vendiendo nuestro tiempo para después vender todavía más tiempo en forma de adicción incontrolable a la conectividad y a las pantallitas, algo no va del todo bien. Porque realmente no quiero tener un estilo de vida que me exija estar conectada en todas partes. Yo quiero que mi dinero me regale más tiempo, que sea una inversión en solucionar problemas y en disfrutar de la vida que elijo llevar. Quiero que el dinero compre mis sueños, no los que otro me está fabricando.

Todo esto, queridos lectores, para contaros que al final cogí el dinero que me iba a gastar en el iPad y me compré un billete de avión a Denver para visitar a Pablo y a Jenna, la encantadora pareja que me acogió en Oviedo durante el SSHP.

Así que en mayo, por fin, viajaré a EEUU y escalaré en Boulder, Colorado.



Flipa.

A dormir, lectores. Y que os traigan muchas cosas los reyes. Si es lo que queréis, incluso un iPad estará bien.

jueves, 3 de enero de 2013

Un buen día

Llevo unos días escuchando "Un buen día", la canción de los Planetas. Me gusta. La letra, la estructura sin estribillo, la forma en que vuelve a esos momentos de tristeza que se cuelan entre los días mejor pensados.

J. siempre decía que la última parte, la de las rayas que se mete el pavo con su colega, estropeaban el resto de la canción. Yo creo que sólo estropean el final. Porque el tipo dice "y no he podido dormir, como siempre me pasa", y en lugar de pensar uno que es porque muere de desamor, no te queda más remedio que decirle: claro que no has podido dormir, inútil, si vas super drogado; ahora te aguantas y comes techo.

Lo que quiero decir es que hay días, como hoy, que son buenos, y en los que una hace todo lo que se supone que tiene que hacer: trabaja duro, se ríe bastante, lee, queda con un colega couchsurfero que pasaba por la ciudad, escala en el roco y se sienta aquí a escribir, pensando que va a ser la ostia, que todo eso que está haciendo y sintiendo y pensando se va a escurrir hasta sus dedos y se plasmará en forma de belleza inefable. Pero no es así.

Me siento rara hoy. A veces es muy extraño estar poniendo tanto esfuerzo en algo sin saber si va a llegar a alguna parte. No me refiero a Psicosupervivencia, que al fin y al cabo es un proyecto que está todavía en pañales, sino a escribir en general. ¿Sabéis que llevo ya 941 entradas publicadas? En dos o tres meses llegamos a las mil, chavales. Mil entradas. Suponiendo un promedio de una hora por entrada, son mil horas aquí sentada como una capulla, teclea que te teclea. Hay días en que escribir te salva y lo ves clarísimo, y otros en los que, como hoy, escribes porque crees que el hábito debe ser más fuerte que el desánimo, pero tampoco firmarías ningún papel jurando que así es como hay que hacer las cosas.

Sin más, me despido. No os equivoquéis; estoy contenta. Sólo un poco desconcertada.

Sed felices.

miércoles, 2 de enero de 2013

Los libros que no te vas a leer nunca

Mi definición de mi estado económico ideal es: "te puedes comprar libros sin mirar el precio". Un par de veces al año, normalmente coincidiendo con las pagas extra o con el aguinaldo, llego a ese estado económico y hago pedidos enfermizos a Agapea. Ahora estamos en esa época, así que esta tarde he sorteado el atasco de gente-absurda-que-se-cree-que-comprar-en-rebajas-es-ahorrar-cuando-ahorrar-es-no-comprar-y-punto, y me he incrustado en el Bahía Sur a recoger unos libros.

Había cola en la tienda y todo el mundo andaba envolviendo para regalo. Espero que los libros no se conviertan en uno de esos objetos que sólo se adquieren para regalar, como las velas aromáticas o los pijamas. Yo echaba un ojo a la sección de libros infantiles, un poco cabreada por el cartel de "No tocar". Vale que los cuentos de ahora son obras de arte. El otro día, de hecho, me quedé fascinada por Ondina, de Benjamin Lacombe. Pero de ahí a que no los puedas tocar para mirarlos, hay un paso.

 Lacombe de mi vida: amo los lagrimales de tus personajes

El otro día, en Málaga, hablaba con mi padre del libro electrónico. Le hice un resumen de sus ventajas, que para mi padre son omitibles porque él no lee inglés, ni viaja, ni lee artículos científicos, ni novelas de Marian Keyes. Además, el factor pijama, es decir: poder comprar libros en pijama desde tu casa, para mi padre es un contra más que un pro. A mí me gusta ir a la librería, Marina, me explica. Voy allí, echo el rato, miro todos los libros que hay a mi alrededor. Me gusta que estén allí. Incluso los que no voy a leer nunca.

Esta tarde estoy de pie frente al mostrador cuando veo expuestos en la estantería superior dos libros, uno al lado del otro. El primero es el de las cartas de Benedicto XVI y el escándalo de la Iglesia Católica. Como si hicieran falta escándalos para desacreditar a la Iglesia, ese desafío colectivo a la lógica más evidente. Al lado hay un libro escrito por el propio Papa sobre la infancia de Jesús. Enseguida me pregunto de qué irá. ¿De dónde ha sacado la información? ¿Ha descubierto otro evangelio? ¿Se la ha inventado? Se supone que la infancia de Jesús es misteriosa; nace en el pesebre, se pierde en el templo y poco más. Me pregunto si el Papa Mazinger se habrá currado esa parte de la historia para dar un poco de coherencia argumental al hilo, porque pasar de los turrones buenrrollistas al asunto gore de la cruz es un poco brusco.

Entonces siento un tonto entusiasmo por el libro del Papa. No porque me importe un carajo la infancia de Jesús (aunque tengo curiosidad. ¿Cuál fue su primera palabra? ¿Mamá? ¿Jehová? ¿Andaba sobre la bañera? ¿Y la preadolescencia? ¿Soltaba gallos Jesucristo? ¿Le enseñó a afeitarse San José o le dijo, despechado, que se lo pidiera a su padre verdadero "ya que es tan poderoso"?). Lo que me parece guapo es que el Papa se haya sentado a escribir todo un libro sobre eso y que a la gente le importe y se lo vaya a comprar. No creo que lea nunca el libro del Papa, pero está bien saber que sus ideas, buenas o malas, científicas o imaginarias, reposan ahí entre dos cubiertas de papel, para quien quiera enterarse. El mundo lleno de libros como cerebros empaquetados.

Os dejo y me voy a empezar mi primer cerebro empaquetado de 2012: Qué es el qué, de Dave Eggers, una de las trece recomendaciones de "El guardián entre el centeno", puro talento bloguero recién descubierto. Sed felices. Leed mucho.

Año nuevo


A veces pienso que en fin de año se sale a muerte sólo para que el día uno se queden las calles vacías, y que con ese decorado de persianas bajadas y carreteras desiertas podamos creernos que empezamos una etapa verdaderamente limpia, verdaderamente nueva.

Desde que decidí que me voy a Colorado en mayo (más detalles próximamente), mi mente está en modo sacar dinero de debajo de las piedras, así que ayer no se me ocurrió otra cosa que apuntarme a la guardia de hoy. El festivo lo pagan doble y no tenía ningún problema en no ir de fiesta el 31. Así que esta mañana salí de casa a las nueve y media con la mochila, el portátil y la nariz enterrada debajo de la bufanda. Me crucé con un grupo de adolescentes borrachos de camino a la furgo. Me dolía un poco la cabeza del cava de ayer, pero estaba contenta: empezar el año madrugando me da buen rollo.

De camino al hospital iba escuchando Vetusta Morla en la furgo: Año Nuevo. Yo es que la música la contextualizo. No había visto nunca tan vacías las carreteras de la Bahía, y el cielo sobre las marismas estaba a medias azul y a medias de un gris algodonoso y empapado. Dentro de una semana ya no estaré aquí, y mientras canturreaba Vetusta y frotaba los dedos en mi ambientador de azahar y naranja pensaba que es como si me hubieran dejado a solas con Cádiz para despedirme.

La guardia transcurre tranquila. Razonablemente tranquila en escala Salud Mental, quiero decir: hemos tenido nuestros intentos de suicidio y nuestras cuatro cosas. Pero estoy con Pilar, mi psiquiatra favorita, y nos reímos de chorradas mientras remojamos en mayonesa la tortilla del comedor para hacerla comestible. "¿Os vais a olvidar de mí cuando esté en Madrid?", le pregunto, haciendo morritos, mientras me termino el arroz con leche. "Qué va, mujer. Nos vas a dar envidia".

A mí ocho meses se me hacen largos, eternos, mientras pienso en todas las cosas que van a pasar aquí sin que yo no esté. No creo que vaya a cambiar nada fundamental. El menú de los sábados en el hospital seguirá siendo chuletas con fideuá. En el roco se seguirá entrenando con Fuel Fandango o con el ska horrible del Mallorquín. Llegarán los carnavales y pasarán; llegará la semana santa y pasará; llegará la primavera y la gente empezará a conquistar las playas a golpe de silla caletera, y después el verano con su mezcla entre invasión y éxodo. Y a todo esto yo fuera, sin poder asistir un año más a todos esos pequeños grandes eventos desde mi primera fila de gaditana conversa.

Un año más. Un año menos que dolerse de esta herida y de esta luz, dice Vetusta, y eso pienso mientras conduzco. Esta herida y esta luz. Así me siento esta mañana del 1 de enero de 2013, en mi vigésimo octavo año de viaje sobre este bonito planeta. Con una herida cada vez más honda y, al mismo tiempo, una luz cada vez más intensa.

Iba a escribir la versión de este año de los doce momentos, pero ayer se me echó el tiempo encima y hoy ya como que no pega. Algo dentro de mí se rebela. A lo mejor es una tontería, como dice Centinel, celebrar algo tan irremediable como que el planeta dé otra vuelta alrededor del sol. Pero, sea como sea, una parte de mí ha pasado página y no quiere mirar atrás. Está ocupada explorando las carreteras vacías y limpias del año nuevo. Y, sobre todo, está demasiado entusiasmada ante el futuro como para andar dando vueltas a lo que no va a regresar nunca.