massobreloslunes: marzo 2013

domingo, 31 de marzo de 2013

Atascos y desatascos

Estoy atascada en un túnel en mitad de Despeñaperros. Llevo siete horas metida en el autobús y, con suerte, me quedan otras tres. No me importaría demasiado si tuviera un enchufe, pero un capítulo de Anatomía de Grey y un artículo de 3200 palabras sobre la asertividad se han comido casi entera la batería de mi Mac. Apuro los restos con la pantalla al mínimo y escribo en gris clarito para que nadie pueda leerlo.


Antes de ayer quedé con Elsa y con Ro para tomar un té. Eso ya lo conté en elpost que escribí esa noche, de hecho. Lo que pasa es que me dispersé hablando de tronos y de cristos y no me centré en lo importante. Lo importante es que al acabar el té, Elsa y yo caminamos juntas hasta su casa a través de las calles abarrotadas del centro. Yo me terminaba las pipas que había comprado con mi madre por la mañana. Las pipas me saben a yo misma hace diez años, cuando las comía sentada en un banco a la salida del colegio. Málaga me sabe a pipas y al olor de la sal del mar en el aire.

Hablamos del alcohol. Poco después de empezar a meditar, dejé de beber, pero hace un par de años que volví poquito a poco a las andadas. “Has pasado de no beber nada a beber... normal, ¿no?” me pregunta Elsa con prudencia. Puedo escribir sobre Elsa durante todo el tiempo que me queda dentro de este autobús y será difícil que os hagáis una idea de cómo es. Está como cincuenta reencarnaciones por delante de cualquier persona que conozca. Es un ser de luz. Ayer tomábamos café en el balneario a la caída del sol. Yo observaba su cara tranquila recortada contra el mar. “Qué guapa eres, Elsita – le decía – y cuánto te quiero”. Ella se reía. “Tú también eres muy guapa, Mopi, y también te quiero mucho”.

Elsa no bebe alcohol. Ni come carne. Ni se enfada nunca; se ha enfadado hace dos semanas por primera vez en su vida y ha decidido que es muy desagradable y que no lo va a hacer más. “Yo acepto que la gente a mi alrededor beba – me explica -, pero no me gusta nada”.

Yo intento justificarme. Le digo que beber es el menor de mis problemas. Que tomarme un par de cañas los martes y los jueves a la salida del roco, y una copa de vino si salgo a tapear algo con los del curro, o quizá un gin tonic si piso de puntillas la noche madrileña es, de verdad, el menor de mis problemas. Porque no tiene que ver con beber, sino con estar como no quiero estar, donde no quiero estar, con quien no quiero estar. Le explico toda la historia de mi disociación, y de esta sensación que tengo desde hace unas cuantas semanas de que debería sacudir mi vida desde los cimientos y no puedo hacerlo.
Subo a casa de Elsa a mear el batido de yogur que he pedido en la tetería. Nos espera Tahira, preciosa en su vestido de lana marrón, toda sonrisas y rizos rubios en mitad de la cocina. A sus casi veinte meses, Tahira me cae bien. Tiene las ideas claras y no llora cuando se cae. “Es una tía dura -le digo a Elsa -. Acabará como aventurera, o como reportera de guerra”.

Mientras vuelvo caminando a casa de mi abuela, un pensamiento me golpea en la frente. Mi vida es un desastre, pienso, un desastre total y verdadero, y yo no voy a beber más. Lo decido sobre la marcha, aunque me dé miedo volverme marciana y sepa que van a apetecerme las cañitas madrileñas durante toda la primavera. Pero lo decido porque no tiene tanta importancia y, al mismo tiempo, tiene un montón de importancia. Quizá no sea el último de mis problemas, ni tampoco el primero: quizá sea la oportunidad de poner en marcha todo lo demás. Al mismo tiempo, no puedo hacer algo que a mi amiga Elsa le parece mal, y sé que esto no lo va a entender nadie que no la conozca, pero yo lo entiendo.

Como si escribir hubiera liberado algún tipo de energía, el atasco se ha deshecho, y el autobús recorre tranquilo la autovía en dirección a Madrid mientras yo visualizo un futuro de tónicas, mostos y cervezas sin alcohol. Es mucho más difícil cambiar la vida sin sacudirla, permanecer comprometida con lo que te importa y construir tu autenticidad poco a poco y en mitad del mundo. Sé que estoy muy mística últimamente, y escribir en gris clarito sin revisar lo anterior tampoco ayuda, pero tengo que mantener la confianza. Nunca la he perdido, en realidad: no lo olvidéis nunca. En mitad de la desesperación y de la felicidad; entre tormentas y calmas; aburrida, entusiasmada y con el corazón roto... nunca he perdido la esperanza de que si continúo aquí sentada, poniendo una palabra detrás de otra y un post detrás de otro, algo sucederá. Irán encajando las piezas. Colocaré el número suficiente como para verle un sentido al conjunto. Así que aquí sigo, paso tras paso, post tras post.

sábado, 30 de marzo de 2013

Semana Santa


Estoy en Málaga, sentada en el cuarto de la chica que cuida a mi abuela, y que ahora mismo está de vacaciones de Semana Santa. Me he venido aquí porque mi abuela se partió la pelvis hace un par de semanas y mi madre está cuidando de ella. Yo ayudo un poco, pero lo justo, la verdad. Ni mi abuela es encantadora ni yo soy la Madre Teresa. No tengo ganas de ayudar a cambiar pañales ni de sentarme con amabilidad a los pies de su cama. Quiero que me dejen tranquila.

Quedo con Elsa y Ro para tomar un té en una tetería del centro. Las calles están abarrotadas de gente en busca de tronos. ¿Queréis saber algo friki de mí? Además de querer ser santa, de pequeña era una verdadera adicta a las procesiones. Mis tíos tenían alquiladas sillas en la Alameda, y yo me pasaba allí los cinco días de la semana, recogiendo cera en una bola cada vez más grande, correteando con mis primos de un lado a otro y observando anonadada a los cristos y a las vírgenes.

Lo de la Semana Santa es complicado de explicar si no vives aquí. Reconozco que resulta bizarrísimo si se ve desde fuera. Desde dentro es más fácil de entender. Quedas con tus amigos, paseas por las calles, ves un par de tronos y te tomas una caña. Te compras una patata asada, o una manzana de caramelo, o un limón cascarúo para tomar con bicarbonato. Esperas durante horas en una esquina para ver una salida o un encierro.

Yo no lo hago, que conste. Hace ya muchísimos años que sólo veo tronos por casualidad. A pesar de eso, y a pesar de que ahora soy atea como el infierno, cuando me cruzo con uno me emociono como una idiota. Es una emoción irracional, que se irradia directamente desde mi cerebro reptiliano. El tema es que a mí la historia de Jesús me da mucha pena. Las procesiones consiguen transmitirme muy bien todo el mensaje. La muerte, la humillación, la desesperación. Mel Gibson no se inventó nada; está todo aquí, en las calles de mi ciudad. No soy creyente, insisto; ni siquiera católica no practicante, ni cristiana a secas. Me parece una historia sin pies ni cabeza. Aun así, veo al Cautivo bajar una avenida entre tambores, con la túnica blanca ondeando en la brisa, las manos atadas delante y la corona de espinas sobre la frente y me da mucha pena, igual que me dan pena las vírgenes llorando porque su hijo se muere.

Cuando era pequeña, siempre pensaba en las formas en que se podía haber evitado la muerte de Jesús. Algo dentro de mí creía que no hacía falta todo aquello, Que si Jesús era el hijo de Dios y lo sabía todo, por qué había elegido como apóstol a Judas. Después buscaba fallos en el guión: Jesús podría haber huido, Pilatos no tendría que haberse lavado las manos. Los latigazos, la cruenta tortura de la cruz; todo eso y, sobre todo, que todo se repitiera una y otra vez sin que se pudiera hacer nada por evitarlo, me conmovía muchísimo.

Igual que me pasa con la navidad, me extraña la Semana Santa porque ya no participo en ella. Con profundo egocentrismo, me pregunto por qué se sigue montando este follón en torno a algo que no me interesa nada. A pesar de todo eso, camino por las calles y sigo conectando. Las sensaciones están almacenadas en mi cerebro. La brisa de principios de primavera, el olor a incienso y a manzanas de caramelo, los niños pequeños que tocan trompetas y tambores de plástico mientras sus padres piensan en cómo esconderlas cuando lleguen a casa.

Es difícil de entender si eres de fuera. Incluso a mí me resulta difícil entenderlo siendo de aquí. Pero una parte de mi cabeza lo va a entender siempre, creo yo. Por gracia o por desgracia.

martes, 26 de marzo de 2013

Rara

Estoy rara. Por si alguien no se había dado cuenta. Estoy y me siento francamente rara. Algunas cosas están cambiando. Y eso está bien, porque escribí hace ya tiempo que me daba la impresión de que esto seguía, y seguía, y era muy bueno, pero no daba más de sí. Ahora algunas cosas están cambiando, no necesariamente para bien y, al mismo tiempo, de la única forma posible.

Cambian cosas. Esta mañana estaba francamente desesperada. Hacía tiempo que no me encontraba tan mal. Mal nivel "no sé cómo cojones voy a aguantar toda la mañana metida en el hospital". Mal nivel ganas de llorar. He llamado a mi madre a media mañana porque no tenía nada que hacer en el curro. Era para verme: dando vueltas por la planta de maternidad, móvil en mano, mientras los pacientes me miraban preguntándose si no tendría nada mejor que hacer. "La vida no puede ir siempre bien, Pitu - me ha dicho mi madre por teléfono -. Seguro que puedes aprender de esto".

Eso espero, porque no estoy bien; de hecho, estoy regular tirando a mal. Como esos personajes de cómic que caminan por ahí con una nube de tormenta sobre los hombros. Sin encontrar la paz en ninguna parte. Y, aun así, siento que las cosas están cambiando, que están alcanzando un nivel nuevo y que eso es bueno. Madrid no me está dejando más remedio que volver a pensar ciertas cuestiones. Continúo buceando sentimientos y buscando la autenticidad. Sigo tratando de unir esas dos partes separadas de mí misma. Trato de comunicarme con los demás desde un núcleo más verdadero e intento disolver el tremendo bloqueo que siento desde hace un tiempo en lo que a relaciones íntimas se refiere. Sustituyo la soledad real, física, por una búsqueda de mi propio espacio interior que, en realidad, puede estar en cualquier parte. En la plataforma móvil del metro. En un rincón de la cafetería de la Casa Encendida. Encima de cualquier plafón del roco.

Es raro, pero no está mal.

No puedo ser mucho más clara que esto. Llevo un par de copas de vino encima; a mi favor diré que han estado cenando unas amigas en casa. En mi cabeza, de nuevo, todo tiene muchísimo sentido. No sé si en la vuestra también. Pero no nos queda otro remedio a todos (a vosotros, a mí), que sentarnos en silencio como frente a la pantalla de un cine. A observar cómo todo esto se despliega. La vida, las experiencias nuevas, las nuevas sorpresas. No tienen más remedio que hacerlo. El cambio es lo único que permanece siempre constante.

viernes, 22 de marzo de 2013

Y entonces va la escalada y te salva la vida



1.

Estoy escalando en San Martín de Valdeiglesias, a una horita justa de Madrid. Es la primera vez que toco roca madrileña, y aún no le he cogido el gusto a este granito frío e inseguro. Aun así, me siento mortalmente feliz de encontrarme en la roca. Hemos salido una compañera del roco y yo, y aunque sólo seamos dos, ya hay cosas que me suenan. Quedar en el bar del pueblo: un sitio que se autodenomina "rey de las tostadas" y en el que conviven los discos de jazz con adornos horteras del Real Madrid. Conducir hasta el sector, y después caminar hacia el pie de vía con mi querida Edelrid Phyton de 80 metros encajada sobre el cuello. El sonido de las cintas tintineando cuando las sacas de la mochila y las colocas en el arnés. Las mariposas en el estómago mientras te calzas los gatos, te encordas y te ajustas la magnesera a la cintura.

Ahora, concretamente, me encuentro lo que podríamos denominar como enmarronada. Llevo dos meses y pico sin pisar la roca, y aunque no voy mal de fuerza gracias al entrenamiento, el coco lo llevo fatal. Miedo es un eufemismo para lo que estoy pasando en este momento. Como siempre, tiene lugar un diálogo en mi cabeza. Es una mezcla entre palabras y sensaciones, entre instrucciones verbales y gestos. Observo los agarres y los pies, sé intuitivamente cómo tengo que colocar el cuerpo para llegar a la próxima posición segura. Sé que sólo me queda el próximo salto de fe. El problema es que la última chapa ya queda por debajo de mis pies, y cuando suba un poco más estaré vendida. No tendré otro remedio que tirar para arriba y chapar de nuevo, o arriesgarme a una caída fea sobre este tramo irregular de la vía.

Desde abajo, mi compañera me anima.
- ¡Recuérdame por qué me gusta la escalada! - le pido. Necesito distraerme, rebajar la tensión.
- ¡Por el chute de adrenalina que te va a dar cuando saques el paso! - contesta ella -. ¡Y por la naturaleza, los paisajes y las cervecitas de después! Y... ¡porque ahora viene la primavera, y los chicos sin camiseta no están nada mal!

Luego me dice que cree que más arriba tengo un canto para la mano, y también que el apoyo que ahora mismo está a la altura de mi cadera parece bueno para el pie. "Pero eso sólo lo puedes saber tú", añade.

En ese momento, un pensamiento me viene a la mente con mucha claridad. De aquí sólo te puedes sacar tú, me digo. Ahora mismo, aquí arriba, no hay nadie más que yo. Es esta experiencia de ahora la que me fascina desde que empecé a escalar. Esta soledad. Esta intimidad profunda. La negociación entre las dos partes de mi mente: la que busca seguridad y confort, que piensa en lo sencillo que sería bajarse ahora a comer bizcochitos All Bran, y la que quiere seguir. La que insiste en que no hay nada malo en parar ahora y la que no me dejaría jamás bajar de una vía a medias mientras me quede fuerza física para terminarla. Sé que sólo tengo que observar, decidir y comprometerme. Y, por último, dar ese pequeño salto de fe.

Al final me sale el paso, y al final es mucho más sencillo de lo que parece. Y ahí estoy, en la siguiente chapa, a dos metros del siguiente paso y del siguiente miedo. Sigue siendo mi responsabilidad. Yo coloco mis cintas, yo decido mis secuencias, yo llego arriba sana y salva, y desmonto la reunión, y quito el material, y bajo al suelo. Mi compañera de cordada es indispensable, pero su ayuda es limitada. En estos momentos es mi vía, la he elegido yo y nadie me ha obligado. Yo seré quien tenga que acabarla.

****

Mientras escribo esto son casi las doce. Creo que es la primera vez en mi vida que he hecho una compra parcialmente tajada. Quiero decir una compra-compra; nada de ir al chino a por macarrones porque necesitas preparar algo en casa para que absorba el alcohol, o a por un par de bolsas de patatas fritas y otra de chuches. Quiero decir meterte en el Carrefour, pasear por las estanterías con una determinación casi cómica y coger yogures, leche, ensalada. Palpar los aguacates para ver cuál está maduro, meterlo en una bolsa y pesarlo en la báscula. Todo esto sin poder evitar que se te escape la risa por los costados de la boca, porque te has tomado dos botellines y medio con tu estómago vacío post-entrenamiento y todo te parece muy divertido.

Ha sido un entrenamiento estupendo. Desde el momento en que caminaba en dirección al roco comiéndome media palmerita de chocolate y tirando la otra media porque hay que cuidar la línea, he sabido que hoy iba a darlo todo. Me han bajado a la parte chunga, con los fuertes. He recuperado mucha fuerza en las dos semanas que llevo escalando después del esguince.

Calentamos cinco minutos en el plafón. Luego hacemos dominadas, abdominales, tríceps. Practicamos el agarre en pinza hasta que no tenemos fuerza ni para abrir las botellas de agua. Después van varias travesías infernales, que parecen prácticamente bloques largos porque no hay ni una presa buena, alternando con descansos activos: dos o tres minutos colgados de un desplome, sosteniéndonos de dos cantos buenos, sacudiendo los brazos mientras respiramos como parturientas. Por último, bloques de techo absurdamente difíciles en los que apenas me meneo.

Aun así, es mágico. No sé explicar por qué. No sé explicar qué tiene la escalada que encaja tanto conmigo. Hoy me sale un paso que no me salía el martes. Quizá sea eso. Quizá incluso en el plano puramente físico, sin filosofías extrañas de guerrero de la roca, el hecho de comprobar que te haces más fuerte, más potente y más ágil con una diferencia de días es alucinante. Quizá son también estos momentos en el plafón, cuando de repente un bloque te sale y, no sólo eso, te sale bonito, y tú te sientes bailar sobre las presas, y piensas que las cosas también pueden ser duras, y sencillas, y elegantes.

Qué os voy a contar. Después terminas, tomas cervezas, haces bromas sobre los panchitos rancios. Te ríes, te tomas más cervezas. Explicas el paso clave de la vía que hiciste el finde anterior, en esa jerga que a los que no escalan les tiene que sonar a chino ("y justo antes de la chapa tienes que agarrarte a una regleta, y después hay un canto medio bueno donde juntas manos, y de ahí subes mucho pies, y ya te lanzas al bueno y chapas"). La cosa degenera, hablas del curro, de la crisis, de los hombres, de las mujeres. Te integras en el humor madrileño ("como le pidas a uno de Madrid que se vaya a tomar una cerveza contigo, se salta la cerveza y te lleva a la cama, eso que tú lo sepas") y afirmas, convencidísima, que tú no has venido de Cádiz a Madrid a tomar bocadillos de calamares y/o sucedáneos de boquerones rebozados con vete-tú-a-saber-qué.

Todo esto para explicar sólo una pequeña parte de todo lo que me ha dado la escalada. Me ha regalado experiencias, amigos, unos brazos nuevos, viajes, una furgo, noches bajo las estrellas, largos ratos en coche llenos de risas, cordadas inesperadas. Me ha solucionado las tardes, los findes y las vacaciones durante los próximos (espero que muchos) años. Me ha dado una inspiración y unos sueños que no pensé que estuvieran al alcance de una patata de sofá como yo, y que no por absurdos son menos bonitos. Pero, sobre todo, me ha dado esto que estoy teniendo ahora, este momento: la capacidad de, en medio de un día de mierda de una semana de mierda de un mes de mierda, tener un lunes cojonudo, o una tarde de jueves cojonuda, y sentir que hay esperanza para casi todo, y después venir aquí, escribirlo, aburrir a muerte a todo el mundo menos a un par de frikis y que me dé exactamente igual.

martes, 19 de marzo de 2013

Seca II

Estoy pasando una época mala. Creo que más o menos os habéis dado cuenta. No sé si es el curro, el frío o cierta soledad persistente. Me vienen a la mente a menudo las palabras de El caballero de las espuelas de oro. No me dejes sola con esta soledad y con este frío. El caso es que me levanto como si llevara una losa a cuestas. La última vez que me sentí así de mal fue hace ya casi dos años, poco antes de terminar el primer año de la residencia. Me despertaba y preparaba el desayuno pensando en autolesionarme para poder darme de baja. No lo pensaba en serio, creo, pero se me pasaba por la cabeza. Hay un problema con esta profesión. Cuando estás bien, es estupenda; cuando estás mal, la idea de sentarte delante de alguien que también está mal se te hace enorme.

Hoy he visto a una paciente con un proceso de duelo. Hemos hecho un ejercicio de respiración y me ha contado que ha visualizado su corazón. "Le falta un trozo - me explicaba -, como si tuviera un agujero en la carne, en el músculo. He pensado que tenía que llenar ese trozo con algo. Que yo no quiero estar así". Yo me sentaba frente a ella sintiéndome como la Soledad de San Pablo: arrodillada y con las palmas abiertas. Sin nada que añadir a eso.

Me encuentro muy cansada. Quizá escriba menos de la cuenta aquí en estos días. Necesito recuperar algún tipo de equilibrio y recordar lo que mantuve en mente la última vez que me sentí así de mal: que hay que aguantar el tirón, porque nunca se sabe cuándo las cosas pueden empezar a mejorar. Fue cierto entonces. Esperemos que lo sea ahora.

domingo, 17 de marzo de 2013

Dos yos

Disociación.

Es una palabra que se repite últimamente mucho en mi curro. Disociación.

Tiene que ver con distanciarse. Con ser de una forma distinta en uno y en otro lugar. Nos comenta la tutora de rotación que debemos estar atentos para detectarlo en los pacientes. Que no hace falta parecer ida para estar disociada; que quizá tenga que ver con un ligero cambio de voz, o con un desacompasamiento entre el gesto y la palabra.

Yo me siento disociada. No sé explicarlo muy bien, pero hay distancia entre algunas partes de mí. Recuerdo un fragmento de un libro de Natalie Goldberg. Algo como estar sentado escribiendo, con una expresión ciertamente anodina en la cara, pero ser salvaje por dentro. Yo soy salvaje por dentro, y últimamente siento como si algo dentro de mí se estuviera muriendo, marchitando. Me siento seca. Y creo que tiene que ver con esa distancia. Esa disociación. Con una especie de fuego que arde dentro de mí y que tengo que apagar para que no lo vea el mundo. Con la buena cara que terminas por exhibir en tantos lugares. En el trabajo. Con los amigos. Con la familia.

Integración.

Esa es la carta que me salió el otro día en el tarot de Osho. Sí, lo confieso: a veces Cris y yo nos echamos las cartas frente a un vaso de café o de vino, y les preguntamos qué opinan acerca de la vida en general o de algún tío en particular. Las cartas de Osho me dicen que me integre. Que encuentre la forma de unir esas dos partes de mí. Yo me pregunto cómo hacerlo, porque siento que es cierto. Independientemente de las cartas y de la casualidad que encierra su mensaje: hay algo que necesito integrar. Tiene que haber una forma de que no me sienta tan separada de mí, de que no sienta que hay partes enteras de mí que tengo que dejar a un lado para llevar una vida comprensible.

No me estoy explicando nada, y lo sé, pero para mí esto tiene muchísimo sentido. De verdad.

jueves, 14 de marzo de 2013

El pensamiento más raro del día

Esta mañana hemos hecho un taller de mindfulness con los pacientes. Se trata de reunirlos a todos en una sala de grupos y enseñarles mini-meditaciones y estiramientos tipo yoga. Es agradable. Hoy pensaba mucho en el contacto con los pacientes y en la extraña forma en que enriquecen mi vida. Me dan la oportunidad de estar y de escuchar de otra manera. Te entrenan en absorber por completo tu atención en el otro, en dejar tu ego a un lado y enterarte de verdad de lo que te están contando. Además, son auténticos. Es curioso, porque yo tenía mis prejuicios respecto al tipo de relación que se puede establecer entre un paciente y su terapeuta. Pensaba que no podía ser otra cosa que un vínculo forzado. Pero no es así; quizá sea porque me encariño con un apio, pero yo a mis pacientes les quiero, y les agradezco de una forma que nunca podrán imaginarse que se muestren frente a mí tal y como son.

El caso es que estaba ahí sentada, intentando encontrar un mínimo de paz en medio de un lugar que es la guerra, y entonces he girado un momento la cabeza para ver quién estaba a mi lado. Era una señora mayor, de unos setenta y muchos u ochenta años. Su piel era bonita, de esa forma en que sólo puede serlo una piel que ha cambiado tanto que ya no se compara consigo misma, y que ha adquirido una textura de arrugas y manchas totalmente nueva. Le brillaba el pelo ralo y blanco a la luz que entraba por las persianas entrecerradas.

Entonces he pensado: "cómo va a molar ser vieja". Y me he quedado sorprendidísima por ese pensamiento, porque yo no quiero ser vieja ni tampoco quiero morirme. No quiero estar funcionalmente limitada ni pensar que me queda poco tiempo en este mundo precioso. Y, aun así, en ese momento concreto, no sé si por el taller de mindfulness o por mi loco cerebro ciclotímico, he tenido ese pensamiento con mucha claridad. A menudo pienso en lo que queda por venir en los próximos años y me alegro, porque pienso que va a ser bueno. Pero esta mañana me ha entrado mucha intriga por imaginar cómo voy a ser cuando sea anciana, y cómo me sentiré cuando me mire al espejo y observe mis mejillas arrugadas y mi pelo blanco. Qué clase de mirada tendrán mis ojos. Me gustaría ser una anciana hipersabia y amorosa, tener el cerebro a pleno rendimiento y vivir en una casa muy bonita con muebles de colores. Haber encontrado el amor el amor y envejecido como los viejecitos de "Up", sin hijos pero felices y con quizá un par de gatos, y que él se muera antes que yo, porque será así de galante, y echarle mucho de menos y hacer galletas para los nietos de otra gente.

Después se me ha pasado, lógico, porque insisto en que no quiero ser vieja; de hecho, quiero ponerme súper fuerte y escalar muy locamente. Pero me ha gustado esa sensación. Esa curiosidad. Me contó Anxo hace algún tiempo que, al parecer, cuando le preguntaron a Erickson qué iba a hacer cuando cumplió 90 años, dijo que intentaría descubrir qué cosas bonitas podía ofrecer la vida a esa edad. Ojalá yo también llegue a los 90, y ojalá pueda ser de esa manera.

Y eso. Que si total, ya escribo como las viejas a veces; al menos, cuando sea anciana no quedará tan raro.

Verdad. Ficción.

Me dice el señor M. que escribo poca ficción, aunque a mi favor diré que hay ya 76 posts con la etiqueta "relatos", así que ni tan mal.  Yo antes pensaba que no escribía ficción porque no tenía la imaginación suficiente. Últimamente, como tengo delirios de omnipotencia, estoy convencida de que podría escribir toda la ficción que quisiera si. Si tuviera más tiempo. Más energía. Más ganas.

La ficción es una florecilla delicada que crece en condiciones propicias. Es complicada. Si quiero escribir ficción, tengo que poner mi cerebro en ese modo. El pensamiento analítico, que es uno de mis mejores colegas, deja de servirme, y he de colocar la mente en el modo de las asociaciones laxas. Entonces me vuelvo inútil para todo lo demás y camino con torpeza a través de mi trabajo y de la vida cotidiana, así que no puedo pasarme con la ficción. Por otra parte, hoy he aprendido en un libro sobre hábitos que mientras más tiempo pasa uno pensando en un problema, más creativas son las soluciones que encuentra. Es complicado ser creativo en los cinco minutos que tengo a diario para reflexionar sobre qué escribir aquí.

Hoy casi me lo salto. El post, quiero decir. Porque para escribir porquería autocompasiva, o hablar de lo cansada que estoy, o de esta sensación que tengo últimamente de estar quedándome vacía a fuerza de intentar dar y, aun así, no ser capaz de hacer otra cosa... bueno, todo eso no sirve para nada. Aun así, escribo. Por daros de leer, como decía siempre J. Reflexiono sobre la ficción y pienso que es otro escalón, otro estamento de la creación literaria. Esta tarde he ido con Guille a la FNAC a mirar libros. Era para vernos, caminando Lavapiés arriba, yo llorando contra su hombro de pura angustia existencial después de un día de curro asqueroso, él consolándome suavito. En la FNAC los libros de no ficción y de ficción están separados en plantas distintas. Ya hablé una vez acerca de los libros que no vas a leer nunca, y de cómo aun así te hacen bien, reposando sobre las estanterías. Me hace bien la no ficción, ese saber colectivo que espera a que tengas el tiempo suficiente para dedicárselo. Pero la ficción, es decir: las novelas, los relatos, todas esas historias colocadas una junto a otra, todo el fruto de las horas de trabajo de una gente que se dedica a inventarse lo que no existe como si importara... eso me convence de que hay un Dios. Entendiendo a Dios como un ente espiritual indefinido, o un propósito colectivo universal, o algún otro tipo de destilado de belleza.

He comprado "El regreso", lo último de Schlink. Queremos mucho a Schlink en este blog, ¿verdad, chavales? Saltaba escaleras abajo con el libro en la mano, mientras Guille decía: "a los niños, caramelos; a las adolescentes, un novio; a Marina, un libro". "Pero no cualquier libro - decía yo -. No cualquier libro".

A vees te salvan las palabras que no existen. A veces, las que existen.

En una estantería he encontrado un libro de minicuentos que me ha llamado la atención y de cuyo nombre no puedo acordarme. Sí recuerdo, sin embargo, el relato que más me ha gustado de los que he leído.

"Quiero echarte de menos. Quiero darme la vuelta y encontrarte".

No recuerdo el título. Pero es eso. Es exactamente eso.

martes, 12 de marzo de 2013

Las palabras que no existen




Que me gusta mucho Vetusta Morla es un hecho, y que me gusta mucho Rey Sol es otro. Casi diría que es mi canción favorita de ellos. Es extrema e intensa. Sobre todo, es una canción que varía, que muta. Dice Nick Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar las canciones cuando las resolvemos; en ese sentido, y aunque probablemente la haya escuchado varias decenas de veces, yo todavía no he resuelto Rey Sol. Cada vez que la escucho, me parece que habla de una cosa. Cuando conocí a IA, me parecía que hablaba de amor. Cuando estuve de huelga, pensaba que hablaba de revolución. Otras veces la escucho y no pienso en nada: sólo pronuncio las palabras despacio y saboreo su gusto metálico.

Hoy subía caminando desde el roco y estaba un poco triste. No sé por qué. Decir que estaba triste porque hemos estado probando bloques y sólo he completado dos es un poco friki. Es más profundo que eso. Llevo un mes parada y dos y pico sin tocar la roca. Me duelen bastante las rodillas, y eso me preocupa. Me jode el hecho de no llevar una vida que me deje escalar todo lo que querría y todo lo bien que querría, lo cual es francamente absurdo, porque tengo más años que un gnomo, y cero predisposición genética, y nada ni nadie en el mundo da un duro por que yo escale. Y además tengo un trabajo, y me gusta un montón, y que no me deje tiempo para escalar más es un mal absolutamente menor. Por no hablar de que me hice un esguince hace un mes, y demasiado que hoy he sido capaz de caer desde el techo en los colchones sin hacerme daño. Pero no sé. Estaba triste, como si caminara despacio con mis sueños recortados.

Esta mañana he ido a ver a un paciente al hospital de día de oncología, mientras esperaba a que le pusieran la quimio. Trabajar en onco es una puta mierda por muchas cosas, pero una de las peores es el hecho de que no puedes hablar de ello, ni escribir sobre ello, sin que todo el mundo ponga mucha cara de gravedad y, al mismo tiempo, de "qué mal rollo, yo no quiero hablar de la muerte". Cuesta un montón acostumbrarse a hablar de la muerte a diario, y sé que no puedo pretender que mis interlocutores lo consigan en un segundo. Luego escribes sobre ello y es más de lo mismo, en el sentido de que te parece que estás utilizando el sufrimiento como material, o queriendo generar algún tipo de compasión primaria en tus lectores, y tampoco es así. Escribo sobre onco porque es lo que me pasa ahora.

El caso es que me he sentado entre mi paciente y su mujer en las sillas de la sala de espera. Hemos hablado un buen rato. Hablar ha sido duro, pero además estaba esa sensación de sentarse en la sala de espera de oncología, esperando a que llamaran a los enfermos para darles la quimioterapia, escuchando el goteo de nombres por el altavoz. Nombres de gente a la que, no tengo muy claro por qué, les ha tocado un número muy malo en la lotería de la vida. Y era horrible, de verdad. Estar ahí sentada entre mi paciente y su mujer, escucharles a ellos y después oír los nombres por el altavoz, era horrible. Al terminar, caminaba a través de la plaza que hay entre los edificios del hospital, notando el viento frío por debajo de mi bata y pidiéndole a alguien invisible: por favor, límpiame esto, quítame esto.

Así que hace un rato subía la calle hacia la plaza de Lavapiés y, ya os digo, estaba triste. He llegado a casa, he cenado algo y pensaba en Rey Sol. Pensaba en el estribillo. "Las palabras que no existen nos pueden salvar". Podría hablar de amor. Cuántas veces dos personas se salvan por las palabras que no existen o, al menos, por el intento de ponerle palabras a las cosas que no existen. Podría hablar de lucha, seguro, porque hay que inventar palabras para construir algo nuevo. Esta noche, para mí, hablaba de escribir. Eso pensaba mientras ponía a cocer unos huevos para el almuerzo de mañana. Pensaba: hoy quiero escribir, pero sólo me podrían salvar las palabras que no existen, porque hoy quiero escribir algo que está más allá de lo poco que mis dedos torpes pueden expresar, y precisamente esa naturaleza inefable de lo que quiero escribir hace que sea imposible hacerlo.

Aun así, aquí estoy: intentándolo. Porque decía una amiga de Golfo que hay que traducir lo intraducible, y yo pienso que hay que escribir lo inescribible. Hay que encontrar palabras para todo lo que pasa en este mundo nuestro. Hay que buscar con todo el ardor que se pueda esas palabras que no existen, desenterrarlas y colocarlas una detrás de otra con el máximo valor del que seamos capaces. Y quizá entonces podamos salvarnos de algo, aunque todavía no tengo muy claro de qué. O quizá no. Quizá no sirva absolutamente para nada.

lunes, 11 de marzo de 2013

Pedro y la fe

Pedro es un chico que vende clínex y mecheros por las mañanas a la entrada del metro de Lavapiés. Todos los días saluda a cada persona con un "buenos días" que pronuncia algo así como "Bosdías". Está haciendo un tiempo asqueroso en Madrid y, aun así, día tras día, aunque nieve o haga frío, él sigue incansable en la entrada del metro, saludando a todo el mundo. 

Tiene una forma especial de saludar. No sé muy bien cómo describirla. Aquí hay mucha gente que pide dinero y te vende cosas, y creo que el problema está en la percepción que tenemos los espectadores de que la misma letanía ha sido repetida muchas veces. Pedro tiene la curiosa habilidad de ser capaz de decir "buenos días" a todas las personas que pasan y, aun así, dirigirse a cada una de ellas de una forma profundamente individual, muy personal. Es sutil. O quizá sólo lo noto yo, que soy una fantástica.

La cuestión es que me gusta mucho Pedro, porque no se rinde. Porque llevo dos meses viviendo en Madrid y me ha saludado cada mañana laborable aunque no le comprara nada. Diría incluso que me saludaba como si ya le hubiera comprado algo y esperara a que se lo pagase. Tanto es así que, de hecho, el viernes pasado me llevé un mechero para la hornilla. Me vendrá bien para las velas del quemador y es bonito: amarillo y morado, como el traje de un torero.

Me gusta Pedro, me gustan sus buenos días y su incansable educación matutina. Pensaba que podría aprender de su esfuerzo, o de ese micro-marketing que se hace a sí mismo generando una lenta pero persistente deuda de reciprocidad con nosotros. Pero escribiendo esto me he dado cuenta de que es otra cosa. Es su fe. Es su capacidad para dejar de lado el rencor y la frustración y tratarte como si supiera que vas a comportarte como debes. Y ya os digo que me resulta difícil explicarlo, pero hay algo inspirador en eso. Podría decir que Pedro cree cada mañana en la gente que pasa. Pero igual me estoy pasando; quizá sólo es educado, o quizá yo sólo estoy buscando una frase bonita para acabar el post.

Mia y Musa, Musa y Mia

Todos los días pienso que tengo pendiente hablaros de Mia y Musa, las gatas de Cris. Esta semana Cris estaba en Amsterdam, así que las tres hemos vivido en el piso de Lavapiés cual simpáticas y bien avenidas Chicas de Oro. Durmieron conmigo hasta que me di cuenta de que apenas dormía porque no quería molestarlas, así que ahora las dejo fuera y por las mañanas me miran con rencor.

Si fuera una persona, Mia sería una adolescente rebelde. En realidad, tiene nueve años gatunos, pero quizá sea por su cuerpecillo estilizado de gata de bruja que parece una jovencita. Primero piensas que es cariñosa. Después piensas que es una pesada y quieres matarla. Después te das cuenta de que no puedes matarla porque es amor puro, aunque te vacile con sus miaus insistentes cada vez que intentas regañarle.

A mí Mia me enternece porque me recuerda un poco a mí: maúlla desesperada en busca de un maromo gatuno, y ni siquiera puede escalar para compensarlo. Está en celo dos veces al mes, y cuando no lo está sigue maullando como una desquiciada y nos pone los nervios de punta. Cris dice que yo la mimo. En realidad, lo único que hago es dejar que se siente en mi regazo mientras escribo, porque no molesta y está calentita. Cuando gorjea suspirando de amor, le acaricio el lomo. "Qué le vamos a hacer, enana -  le digo con resignación -. Está la cosa muy mala".

Lo más flipante de Mia es su momento peluche. Estás en la cama y se mete a tu lado, con el cuerpo bajo el edredón y la cabeza en la almohada, como el osito al que yo me abrazaba de pequeña. Luego se pone a ronronear como el motor de un coche, y cuando te ha metido los bigotes en los ojos tres veces no tienes más remedio que sacarla de la cama.

Si fuera una humana, Musa sería la niña empollona y buena que gana el premio máximo en el concurso de ciencias. Es una gata redonda y gris que me recuerda a mi Clementina; a veces, de hecho, la llamo foquita, como a mi gatusa, o le canto la canción "Clementina" de "El diluvio que viene", un musical que representamos en el cole hace un montón de años.

Musa es mágica. Me lo dijo Cris hace unas semanas y yo no me lo creía. "La gata se tumba donde te duele", me explicó, y yo asentí y le seguí la corriente. Desde entonces, Musa se ha tumbado con increíble precisión sobre mi tripa de regla, mi tobillo lesionado, mi cabeza jaquecosa, mis psoas doloridos y, todavía, más preocupante: mi corazón arrugado, en una tarde de sábado en la que estaba particularmente triste. Yo imagino que será casualidad, pero es MUCHA casualidad. Y me gusta, porque me recuerda que hay cosas que no se terminan de comprender y que te dejan en un estado de amable estupefacción.

Por la tarde-noche, hay una hora en la que Musa se vuelve loca, se le va la olla y patina por las paredes mientras Mia le bufa, mosqueada. A ratos se pelean. Otras veces te las encuentras durmiendo con las cabezas juntas. Si pisas a Mia, lo superará; si pisas a Musa, puede que Mia te mate.

Es raro, lo de los animales. Los tocas y te preguntas qué clase de espíritu habita en ellos. Imaginas cómo será ver la vida desde detrás de sus ojos, notas cómo les late el corazón, cómo se llenan y vacían sus pulmones. No puedo decir que sea amor total lo que me inunda cuando toco a las gatas. Se parece más al desconcierto. Sin embargo, hay ciertos momentos, cuando noto la totalidad de su entrega, cuando se sientan sobre mí confiadas en que no voy a hacerles daño y, a la vez, sintiéndose merecedoras de todo lo bueno de la vida, en que vislumbro un poco el calor de su conciencia. Y en esos momentos, las cosas como son, me conmueven de una forma que me resulta difícil explicar con palabras.

jueves, 7 de marzo de 2013

MEGT

Hace unos días, Wilk me llamó algo así como Miss Esfuerzo Total Global, y quizá fue lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.

Hay mucho de mí misma que siempre he sabido que tengo. Sé que soy lista. Qué le vamos a hacer. Sé que se me dan bien las palabras y que no me defiendo mal con la escritura. Sé que soy rápida, y creativa, y que aunque hay alguna gente que al principio no me aguanta (verídico), a la larga acabo por caer bien.

Nunca había pensado que fuera capaz de esforzarme realmente por algo. No sé por qué. Creo que pensaba que en algún momento se me apagaría el fuelle. Me veía como una de esas personas que prometen mucho y que se quedan a medio camino. Quizá tiene que ver con los mitos familiares, o con mis propias y protectoras previsiones de riesgo. El caso es que imaginaba para mí misma una vida bastante sosa y llena de frustraciones.

No sé qué va a ser de mi futuro. A veces sueño con vivir de escribir, viajar mucho, escalar por ahí y correr aventuras. Otras veces disfruto tanto, tanto, tanto viendo pacientes que pienso que no voy a poder hacer otra cosa, y que eso es exigente y vocacional como una llamada al sacerdocio y exigirá muchos sacrificos. Lo que sí sé es que me va a dar igual mientras continúe siendo capaz de volcar este esfuerzo en cualquier cosa que haga. Creo que cualquier proyecto que emprenda con la mitad de ilusión y empeño que los que tengo ahora mismo entre manos será suficiente en sí mismo.

Hay muchas cosas que nunca imaginé que podría ser o hacer. Nunca imaginé que podría escalar, o comprarme una furgo, o ponerme fuerte, o escribir todos los días, o pensar en autoeditarme libros, o ayudar a la gente, o hablar con J. de otras mujeres. Todas esas cosas me mantienen en un estado constante de agradecimiento, y me hacen tener ganas de que llegue un futuro al que todavía espero que le quepan muchas sorpresas. Pero sobre todo, nunca pensé que podría esforzarme tanto. Y me quedo con eso. De todo lo anterior, de todo lo que pueda haber conseguido en el pasado o lo que venga a partir de ahora, me quedo con mi gran esfuerzo. De eso sí quiero presumir. De eso sí me siento orgullosa.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Avui no en toca

Hoy ya no me da para más el cerebro. Así que si queréis algo para leer, echad un ojo aquí. Si no, esperad a mañana.

Besitos.

PD: Que nadie se alarme por la miniprivatización de hoy; en principio, ha sido momentáneo y no creo que se repita. Si algún día privatizo en serio, avisaré con tiempo.

Más besitos (que dice Ángel que lo de mandar besos dos veces es como una cosa muy mía :)

martes, 5 de marzo de 2013

Más momentos metro

Estoy sentada en el metro, camino del fisio. Mi tobillo ya está estupendo; el pie cada vez se parece menos a la extremidad edematosa de un cadáver y más a la de una persona. Voy escuchando Vetusta porque, sinceramente, mi proyecto melómano se ha atascado entre Pink Floyd y Nirvana, y no tengo claro por dónde encontrar la salida. Vetusta mola casi siempre. Canturreo La cuadratura del círculo mientras observo a la gente perdida en las pantallas de sus smartphones.

Entonces entra un tipo con una guitarra. De todas las #cosasdemadriz, la peña que entra en el metro a perturbarte el viaje es mi menos favorita. De menor molestia a mayor: violinistas chungos -> guitarristas chungos -> peruanos y otros flautistas del maligno -> gente que pide normal -> gente que pide con gritos angustiosos -> gente que pide con gritos angustiosos mientras sacude frente a ti sus deformidades físicas (verídico).

Este señor era un guitarrista chungo italiano, así que ni tan mal. De todas formas, yo estaba tan contenta y absorta escuchando Vetusta que cuando ha empezado a rasguear su guitarra y he tenido que parar mi música he resoplado. La gente me ha mirado en plan "mira la gruñona esta, dónde se cree que va con su abrigo rosa"; o quizá no me ha mirado, porque la gente en Madrid en realidad pasa de ti y yo últimamente estoy un poquito autorreferencial.

He escuchado al tipo de la guitarra perpetrar un par de canciones desconocidas. Las tocaba muy rápido, casi como queriendo molestarnos el tiempo mínimo como para que no quedara feo pedirnos dinero. Una cosa hay que decir a favor de los pedigüeños del metro: saben que son un coñazo y se van prontito.

Entonces el señor ha empezado a cantar lo siguiente:
"Io sonno innamorato di Marina/ una ragazza mora ma carina..."

Oh, My God. Es la versión italiana de "Marina, Marina, Marina / contigo me quiero casar": esa canción que todas las Marinas del mundo hemos tenido que escuchar en algún momento. La versión italiana me gusta mucho por pura egomanía. Mi fantasía más bizarra y kitsch de amor romántico incluye al Maromo Definitivo pidiéndome que me case con él cantándome a voces esta canción en italiano, o incluso en castellano, bajo mi balcón. En serio.

Total, que he sonreído, y después me ha dado mucha vergüenza porque la sensación era muy rara. Vale que el señor no sabía que yo me llamo Marina, y vale que cantaba mirando al vacío como si se estuviera volviendo un poco loco de tocar en el metro, pero ahí estaba el tipo: diciendo alto y claro que se quería casar conmigo. En serio: daba vergüenza en algún plano absurdo de mi ser. Era inevitable.

Aun así, me ha gustado. Ha sido gracioso. Un quiebro de caderas del destino, sacándome de una patada de la ensoñación posmoderna que se apodera de uno en cuanto entra en el metro. Ha molado, por no hablar de que es lo más romántico que alguien ha hecho por mí desde... bueno, no; de hecho, desde ayer por la mañana, que alguien tuvo conmigo un detalle la mar de bonito.

En fin.

Que le he dado dos euros.

Así es el ego.

lunes, 4 de marzo de 2013

Yo, universitaria

Aunque me gusta muchísimo más trabajar que estudiar, y muchísimo más mi vida de ahora que la universitaria, a veces me gustaría volver a Granada y a la facultad por un periodo de tiempo indeterminado.

He aquí lo que haría:

- Ir a dos clases al día (como mucho). Pasar el resto del tiempo en la cafetería comiendo tostadas con tomate y roquefort, o suizos con mantequilla, o bebiendo té de canela.
- Maldecir porque en el baño hay, sin exagerar, diez grados menos que en el resto de la facultad.
- Tomar café en las escaleras con la PK (si volviera a la facultad, tendría que estar la PK; si no, no lo quiero).
- Subir al mirador con J. Apoyar la cabeza en su hombro, observar los tejados de la ciudad, resoplar cuando se bajara a corretear por el monte y a buscar ruinas.
- Quedar para ver una peli y fumar una cachimba con mi amigo A., el que ya no me habla (porque en mi imaginación me hablaría, obvio).
- Subir a la casa de Porras. Terminar el dibujo que empecé una tarde y al que le faltan las hiedras y los farolillos de forja que cuelgan de la pared. Colarme en una clase de un taller de escritura y criticar mentalmente cómo escriben (casi) todos los demás, con adorable narcisismo literario.
- Caminar hasta el Sacromonte. Tomar una cerveza en el bar de Pepe, también conocido como "un gitano con una nevera", y ver atardecer.
- Ir en bici de noche por las calles vacías.
- Tomar patas de pulpo fritas con mayonesa en la Plaza de Gracia.
- Coger el veinte minutos. Leer sólo el horóscopo. Soltar el veinte minutos.
- Tomar apuntes a velocidad de vértigo. Copiar dibujitos de neuronas en los de psicobiología.
- Ir a la biblioteca, fingir que estudio y leer novelas. Caminar por el pasillo de autores anglosajones. Observar cómo entra la luz por los ventanales.
- Tener sexo inapropiado con alguien, o sexo con alguien inapropiado, y no cambiar las sábanas porque passso.
- Alimentarme sólo de chocapic, o de arroz con atún y salsa de soja, o de croquetas de bechamel sin nada.
- Comprar tés raros.
- Ir al Bohemia, ir a otro Bohemia porque ése está lleno, ir al tercer Bohemia que acabas de saber que han abierto en nosedónde y pedir un cóctel carísimo sólo porque te gusta cómo suena el nombre.
- Ir al DeCuadros, o al Pan Pan, o al Reventaero, y no dejarme amedrentar porque no hay sitio. Conquistar un trozo de barra con el codo y aguantar el tirón hasta ascender en la escala de los bares: máquina de tabaco -> barril de cerveza -> barra -> mesa.
- Ir al Hollywood. Alquilar muchas pelis porque son baratísimas. Que se me olvide verlas, devolverlas tarde y pagar la multa.
- Ir al cine del Neptuno escondiendo bajo el abrigo castañas secretas. Tomar un café en el bar de fuera, que es un tranvía convertido en cafetería.
- Subir a la calle donde vivía J., hacerle una foto a su balcón y mandársela por WhatsApp con un mensaje así medio sucio.
- Comprobar si el flautista sigue tocando en la esquina de Gran Capitán.
- Comprarle pasiflora al herborista que habla como José Manuel Parada, sólo para escucharle decir "passiflooora".
- Ir al Amador sólo para cantar "Qué puedo hacer".
- Ir al antiguo Lobos, comer pipas, beber mistelas, pedirle Los años 80 al camarero calvo y que me ignore.
- Pasear por Puerta Real un domingo por la mañana, mirar a los filatélicos y numismáticos, señalarles con el dedo y reírme de ellos.
- Comer helado de yogur y muchos litros de leche merengada.
- Invitar a MQEN a casa a tomar el té. Meditar en mi habitación y hablar después de Buda.
- Colgar muchas cosas en las paredes y dejarlas después todas desconchadas y manchadas de blu-tack.
- Escalar (¿por qué no?).
- Recortar con tijeras el bajo de los pantalones.
- Desayunar al sol con J. en el Lisboa. Leer el suplemento dominical, criticar a los columnistas y obligarle a decir que yo escribo más y mejor que todos ellos.
- Hacer footing en el Parque García Lorca y sentirme instantáneamente más delgada y mona.
- Aburriiiirme mortalmente en alguna clase y salir a la mitad fingiendo que me llaman al móvil y que es muy, muy importante.
- Hacerles handling a las ratas del laboratorio. Montar y desmontar las maquetas del cerebro.
- Ir a secretaría a pedir algo. Cualquier cosa. Robar caramelos de fresa de las mesas de los oficinistas y reírme de la mala follá granaína.
- Coger de la biblioteca de la facultad los libros con punto amarillo, que sólo podías quedarte un día. Olvidarme de devolverlos y que me multen meses y meses.
- Estudiar con la PK. Improvisar cómics absurdos en los márgenes de los apuntes, reírnos mucho y tener que salir a la puerta para no molestar. Criticar el peinado de la gente sentada frente a nosotras. Criticar el vello axilar de las estudiantes de filosofía.
- Subir a hacer un examen con el bolso y un boli, mirando con aire de superioridad a la gente que repasa los apuntes en el último momento.
- Escribir posts en los ordenadores de la biblioteca.
- Ir a comprar cualquier cosa al mercadona porque en mi casa hace un montón de frío.
- Ir de fiesta a casa de la PK y subir desde el centro con una litrona en la mano y mucho frío. Fumar ibuprofeno, quemar lámparas y disfrazarnos. Beber mojito con tequila y al día siguiente tener mucha, mucha resaca, y tomar churros y luego ir al parque a beber cerveza.
- Subir al mirador de San Nicolás y reconocer que sí, que es típico, y tópico, y que está lleno de gente, pero que quizá tenga una de las vistas más hermosas del mundo.

Y paro ya, porque creo que podría seguir con esto toda la noche.

sábado, 2 de marzo de 2013

Cómo escribir todos los días



Escribir todos los días sin necesidad de luchar conmigo misma es, sin duda, el mayor logro de mi vida adulta. Hoy quiero escribir sobre cómo he conseguido este logro por si ayuda a alguien, ya que en la lista de cosas que me proporcionan felicidad, sentido o llámalo X, la escritura está claramente la primera.

Hay un verbo en inglés difícilmente traducible: struggle. Yo lo entiendo como luchar trabajosamente con algo, esforzarse de forma incómoda. Los escritores struggleamos tela con el hábito de escribir. En mi caso, al menos, siempre ha sido así: una parte me decía "escribe", y la otra le contestaba "no me apetece". Luego, no sé cómo, me sentaba a escribir porque, como dice Paul Auster, "era mucho peor no hacerlo". Entraba en faena, me sentía feliz, no comprendía por qué lo había abandonado tanto tiempo. Luego paraba y todo volvía a empezar. Desesperante. Esto fue así hasta hace más o menos un año y medio, cuando me desafié a escribir todos los días durante un mes: el Michelian Challenge. Lo completé entero y cuando terminé decidí seguir así un tiempo más, hasta que me di cuenta de que no podía parar. Desde entonces, escribo aquí casi todos los días, salvo fines de semana muy intensos y/o ocasiones especiales.

Ya lo comenté hace un par de entradas. Lo increíble no es que me siente a escribir. Lo increíble es que me cuesta un esfuerzo mínimo. Es lo que me pide el cuerpo a última hora del día y, de hecho, también en otros momentos. Ahora mismo es sábado, son las nueve menos cuarto de la mañana y lo primero que he hecho al despertar, después de remolonear un rato y hacer café para un regimiento, es sentarme aquí. Del tirón. Sin ningún tipo de lucha interior.

Considerando el Michelian Challenge, la respuesta parece obvia: si quieres escribir todos los días, propónte hacerlo durante un mes y asunto resuelto. Yo creo que no es tan fácil. Creo que no cualquier persona puede escribir un mes y encontrarse con que le resulta sencillísimo seguir así toda la vida. Yo llevaba mucho tiempo escribiendo antes del Michelian Challenge; creo que lo que me dio aquel mes fue una estructura definida donde encajar mis ganas y mis habilidades.

Así que bueno, voy a hacer un análisis un poco a mi manera de qué pienso que puede estar detrás de mi hábito de escritura, y de cómo creo que otra persona puede conseguirlo también. Anticipo que no tengo claro que cualquiera pueda escribir todos los días y disfrutarlo, pero bueno; sabéis que mi confianza en la capacidad de cambio de la gente es bastante poderosa.


CÓMO ESCRIBIR TODOS LOS DÍAS: un miniensayo idiosincrásico

1. Disfruta escribiendo (y leyendo lo que escribes)

Esto es básico. Si no disfrutas escribiendo y leyendo lo que escribes, no entiendo cómo carajo pretendes construir un hábito saludable a partir de ello. A mí me gusta muchísimo escribir y releer lo que escribo. Sé que puedo mejorar, y siempre pienso que otro escritor con más talento sería capaz de darle una vuelta de tuerca a las cosas que yo todavía no termino de lograr. Pero creo que escribo bien (hala, ya lo he dicho). De todas formas, si después de veinte años escribiendo no lo hiciera medio bien, sería para pegarme un tiro.

¿Cómo hace uno para disfrutar escribiendo? No es algo que se tiene o no se tiene; creo que hay factores que influyen y que, hasta cierto punto, uno puede trabajar para crearlos.

Flow

El flow lo describió Csíksztentmihalyi como un estado óptimo de motivación intrínseca en el que uno se encuentra completamente absorto en lo que hace. Motivación intrínseca quiere decir que no te importa recibir o no una recompensa externa, porque el estado en el que entras mientras realizas esa actividad es lo bastante agradable como para constituir un premio en sí. Cuando escribes en flow, te apetece escribir porque disfrutas mientras lo haces.

Decía el protagonista de La velocidad de la luz que, llegado un punto, se dio cuenta de que él no quería escribir, sino haber escrito. Igual que hay gente a la que no le gusta escalar, sino el rollito de la escalada, hay gente a la que le gusta el rollito de la escritura. Decir que eres escritor. Beber café negro. Llevar gafas de pasta. Torturarse. Pero te vas a tener que pasar un montón de horas tú solo como un capullo delante del ordenador, así que si no te gusta escribir mientras escribes, la llevas clara.

El problema es que cuando uno empieza a escribir, a menudo se parece demasiado a bañar a un gato. Tú no quieres, el gato no quiere, el proceso es doloroso y el resultado es discutible. Queremos hacerlo muy bien, así que escribimos una frase, no nos gusta y la borramos. Escribimos otra, cambiamos varias veces de verbo, la borramos. Lo comparamos mentalmente con todos los libros que nos han gustado alguna vez y lo odiamos. Y así, sucesivamente. Esto complica bastante entrar en flow.

El primer paso, entonces, es construir un hábito de escritura desatada, o sin censuras, o automática; llámalo X. El gozo de escribir, diga lo que diga mi querido M., viene muy bien para eso. La idea es escribir sin censuras, sin volver atrás, sin preocuparse demasiado por un resultado perfecto. Bajar al mínimo las expectativas sobre el texto y recordar algo que a veces se nos olvida: que siempre hay tiempo para corregir después.

Para mí el flow en escritura se parece a hilar la lana. A convertir el material algodonoso y multiforme de la mente en una sola hebra, sólida y larga, con un principio, un final y un montón de bonitos y prácticos signos de puntuación en medio. Nunca jamás estaremos contentos con esa hebra, porque el material con el que trabaja la mente es inmenso, variado y evocador, y aunque las palabras son mágicas y lo que tú quieras, las pobrecitas tienen sus limitaciones. Si una imagen vale más que mil palabras y nuestro cerebro está lleno de imágenes (y de música, olores, sabores y pensamientos veloces que apenas sabemos expresar), calculad cómo de lejos se queda del material mental el mejor texto del mundo.

Aun así, a mí personalmente me da paz interior el hecho de poder sacar esa hebra. Me tranquiliza. Por un momento, se callan todas las demás voces. Es un proceso sumamente agradable.

Si quieres saber si entras en flow escribiendo, he inventado un test: el Test de la Sonda. Antes de sentarte a escribir, bebe un montón de agua. Si llega un momento en que no te queda más remedio que ir al baño, pero estás tan metido en lo que escribes que no te importaría ponerte una sonda para seguir, has entrado en flow.

Escribir bien

Que sí, que hay que darse permiso para escribir basura, y no censurarse en los primeros borradores, y blablablá. Pero también hay que dejarse de ombliguismo, pajas mentales y relativismo artístico y empeñarse con esfuerzo en Escribir Bien.

Escribir Bien según tú, por supuesto, porque quieres hacerlo como condición para a) disfrutar escribiendo y releyendo y b) que otros te lean y te motiven a seguir. Si a ti no te gusta lo que escribes, no disfrutarás del resultado, y tampoco conseguirás establecer un contacto verdadero con tus lectores. Los escritores que dice "qué va, si lo que hago es una mierda" mientras otros intentan convencerles de que está muy bien me parecen raros. Es decir: a mí no me gusta, a ti sí, ¿cómo voy a respetarte entonces, si dices que te encanta algo que a mí me parece una mierda? Así las cosas, o como escritor eres sincero y reconoces que te encantas, o te esfuerzas para producir algo que te guste un poco.

Para Escribir Bien de acuerdo contigo mismo, es necesario que leas muchísimo y que corrijas muchísimo.

Leer muchísimo: obvio. Si quieres escribir ficción, lee ficción; si quieres escribir ensayos, lee ensayos; si quieres escribir un blog, lee (buenos) blogs. No te termines libros que no te gusten. La vida es corta. Lee sólo libros que te encanten. No te esfuerces por tragarte algo que todo el mundo dice que es bueno y que a ti te aburre. Nadie te va a dar palmaditas en la espalda por haber leído a Proust. A veces hay que hacer un esfuerzo, sí; lee a Faulkner para ver a qué sabe. Pero si te cuesta la misma vida, déjalo y pasa a otra cosa.

La única forma de que se imprima poderosamente en tu cerebro la idea platónica de cómo deberían ser tus textos es que leas. Y que leas mucho de lo que te encanta. Después, trata de analizar los mecanismos que utiliza el autor. Para esto es necesario que escribas. Una vez que te hayas enfrentado a solitarios problemas de escritor, estarás más atento para enterarte de cómo los solucionan otros. Quizá la primera vez que leas a Franzen no te llame la atención cómo resume un año del tiempo de la novela en tres párrafos. Cuando hayas intentado hacerlo tú y fracasado de forma humillante, te fijarás.

Corregir muchísimo: no confundamos la parte de escritura desatada con autocomplacencia. No todo lo que sale de tu cerebro es bueno. Si tienes claro cómo quieres escribir, porque has leído muchísimo y quieres que la gente sienta lo que sientes tú con la buena literatura, es necesario que corrijas. Que de forma consciente te plantees en qué se diferencian tus textos de los de los autores a los que amas. Es complicado y muy, muy sutil, sobre todo una vez que alcanzas un nivel aceptable, pero puede hacerse. Como decía el Che, tienes que endurecerte sin perder la ternura.

Como consejo para principiantes, normalmente vas a beneficiarte de borrar. Los primeros escritores tienden a pasarse con los adjetivos, detalles, metáforas, descripciones, etcétera. Intenta escribir de forma que el recorrido de tus palabras se parezca a tu recorrido mental. Si cuando te levantas y te preparas el café te llama la atención el zumbido de la cafetera porque te recuerda al torno del dentista, o si siempre se te ocurre que deberías cambiar el filtro y nunca lo haces, escribe eso. Los humanos somos asquerosamente parecidos unos a otros, así que es probable que el movimiento de la mente de tus lectores se parezca al tuyo, y que esa identificación les guste y les conmueva. No te empeñes en describirlo todo si en tu realidad no lo observas todo. No hay mucho más secreto.

Escribe con corrección, por el amor de Dios. Sin faltas. Utiliza las palabras con propiedad, y cuando tengas una mínima duda, consúltalo en la RAE o en Google. En esta época no hay excusas que valgan. Aprende a puntuar. En serio. La puntuación no es arbitraria, no está sujeta al relativismo ni a la opinión del escritor. Existen una reglas sobre ella que pretenden hacerle la vida más fácil a tu lector.

Los dos errores más comunes de puntuación son los siguientes: puntuar como se habla y abusar de la coma.

- Puntuar como se habla quiere decir que haces corresponder las pausas al hablar con los signos de puntuación. Por eso es tan común la gente que pone coma delante del sujeto y a la que me gustaría matar con mis propias manos. Por ejemplo: "los escritores principiantes, suelen abusar de las metáforas". Mal. MAL. Incorrecto. Si dices esa frase en voz alta, es posible que la pausa entre "principiantes" y "suele" sea microscópicamente mayor que entre el resto de las palabras, pero eso no quiere decir que tengas que poner una coma.

- Abusar de las comas. Respóndeme a una pregunta: ¿eres Saramago? ¿No? En ese caso, deja tranquilas a las comas. Aprende a usar otros nexos. Utiliza a tus amigas las conjunciones, subordina oraciones, atrévete con los dos puntos o el punto y coma. Ante la duda acerca de si una frase es demasiado larga, divídela en dos con un punto y seguido.

Aprende a puntuar, te lo suplico. Sé que con este tema me pongo violenta, y que la gente después me escribe los mails acojonada, pero no es lo mismo mandar un mail que pretender ser escritor. Decía Rafael Fernández que no entendía por qué la gente se metía con él cuando publicaba los libros sin corregir, con faltas de ortografía. A ver, bicho: pues porque la ortografía, la gramática y la puntuación son PUTOS BÁSICOS. No tendrías que corregirlos demasiado después; deberías saberlos. Y corregirlos después, por si acaso. Son normas de cortesía. Facilitan que la gente te lea. Evitan confusiones, atascos y pensamientos intrusivos del tipo de "DIOS, ¿en serio has puesto una coma detrás del sujeto?" (le pasó a una amiga).

Ojo: sí estoy de acuerdo con Rafa en que las faltas las comete quien escribe, en que si escribes mucho siempre se te cuela algo y en que hay normas y convenciones de la RAE tan ortopédicas que a veces te las pasas por el forro. Pero uno se esfuerza por conocerlas, las examina y decide de una vez si va a seguir poniéndole la tilde a "sólo" cuando significa "solamente". No se dedica a escribir, a no corregir bien porque no quiere o no sabe y a defender que eso es el preciado producto bruto de su privilegiada mente.

Después de este arrebato de nazismo lingüístico, voy a tomarme una pausa y una tila, por ese orden.

Uf.

Listo. Continuemos.

Relee, relee, relee. Es parte de corregir y de Escribir Bien. Empecé a escribir esto a las ocho y media. Son las doce y veinte, y sólo he parado media hora para desayunar. Es sábado. Podría estar paseando, o de cañas, o tomando café y leyendo, o de compras, y estoy aquí sentada, releyendo este texto por cuarta vez para dejarlo lo mejor que sepa.

Releer es un arte y un coñazo. Porque relees, cambias algo y tienes que re-releer la frase, el párrafo y el texto entero, para que lo que has cambiado encaje con lo demás. Tienes que ser capaz de identificar lo que no queda claro, de alterar el orden de las frases confusas, detectar las palabras que se repiten, corregir errores... Un post decente debería ser releído al menos tres veces; un texto importante, al menos  diez y en distintos días.

Estos últimos párrafos han quedado un poco estrictos, pero créeme cuando te digo que escribir cada vez mejor es fundamental para que te apetezca y te compense escribir todos los días. Y se puede, así que déjate de misticismos y de aires de poeta incomprendido y TRABAJA.

Escribir sobre lo que te gusta

Si quieres disfrutar escribiendo y releyendo, escribe sobre lo que te gusta a ti. Sobre lo que te interesa, te mueve y te apasiona a ti. Hay gente para todo y existe Internet, así que si eres auténtico encontrarás a un grupo de frikis que disfrute con lo que haces. Si te empeñas en escribir sobre algo porque deberías hacerlo, no disfrutarás escribiendo ni releyendo. Yo escribo sobre mi vida porque mi vida me mola. Me interesa. Me gusta repasar después los posts como si fueran un álbum de recuerdos; me da otra visión. También escribo sobre psicología, nutrición, Acné del Averno y otros temas; cuando algo me interesa más, escribo sobre ello y no me preocupa que haya temas, como la actualidad política, que en este blog ni se huelan. No me gusta escribir sobre política o sociedad, y me da igual lo teóricamente beneficioso o éticamente correcto que se considere. Yo escribo sobre lo que me gusta, y me alegro mucho de que a la gente también le guste y se identifique, porque me hace sentirme menos rara. Y está claro que no escribo para mí, porque lo publico en Internet. Pero me interesa lo que escribo y me interesa releerme después, y eso es clave.

Crear flow, leer muchísimo y escribir bien son tres procesos que se nutren entre sí. Mientras mejor leas, más escribirás; mientras más corrijas, releas y pulas tu estilo, más te saldrán los textos aceptablemente escritos en el primer borrador, y eso ayudará a tu flow. Está muy bien escribir sin preocuparse de nada, blablablá, cabellos al viento, pero cuando además te está gustando la forma que le das a medida que sale de tus manos, te lo pasas mejor. Al menos yo.

2. Crea los hábitos auxiliares

Para escribir todos los días un rato es necesario trabajar durante el resto del tiempo de vigilia. El mayor obstáculo para escribir todos los días es sentarte al ordenador y pensar que no tienes nada que decir, así que procura buscarlo el resto del tiempo. No es cierto que no tengas nada; siempre hay algo que decir. Aun así, si no eres capaz de darle materia prima a tu cerebro en los primeros minutos, es posible que te desmoralices y pases a otra cosa.

Con el tiempo, esto también mejorará. Ya lo he contado algunas veces y es cien por cien verídico: a veces me siento al ordenador y me paso diez minutos mirando la página de blogger, y después escribo tres primeras versiones de un post y las borro. A veces escribo cinco párrafos y descubro que el verdadero comienzo está en el sexto, así que borro los anteriores. Pero esto sólo me ha pasado después de llegar al punto de "no puedo no escribir"; antes, sencillamente, me levantaba y me iba a la cama.

Esto quiere decir que además de entrenar la disciplina para sentarte a escribir, tienes que entrenar la disciplina para mirar el mundo, generar ideas y, a ser posible, apuntar las cosas. Personalmente, confío en que antes de morirme conseguiré implantar el hábito de apuntar mis ideas. De momento, voy despacio: o no las apunto, o después no las miro. Creo que me beneficiaría mucho de hacer las dos cosas, pero bueno; baby steps.

Lo de mirar el mundo sí es importante. Observa lo que te rodea. Observa a la gente. Escribir bien no es una oda al narcisismo. Si los demás te importan tres cojones, podrás escribir algo sobre ti y tu increíble vida interior, pero llegará un punto en que cansarás a tus lectores. Hay que salir fuera.

El amor y la curiosidad también se entrenan. Este otoño me dio por intentar aprender a dibujar retratos. Imprimí algunas fotos bonitas y me pasaba las tardes lápiz en mano. Cuando llevaba un tiempo practicando, me di cuenta de que la gente ya no me parecía fea. Me fijaba en los rasgos sin juzgarlos, intentando identificar las líneas, las luces y las sombras. Escribiendo pasa un poco lo mismo: cuando empiezas a observar con atención y a reflejar lo que observas, dejas de juzgar. Las cosas ya no son buenas ni malas: son, y se alinean una frente a otra en igualdad de material literario.

Por supuesto, tienes que reservar un espacio de tiempo para escribir. En mi caso, creo que uno de los ingredientes para conseguir escribir a diario es que no tengo otro hábito que compita. Algún día me echaré novio, y entonces sí que tendremos un problema. Cuando vivía sola, no hacía nada después de cenar que no fuera escribir: no tenía costumbre de ver la tele, ni de leer antes de dormir, ni nadie con quien hablar, así que escribía. Ahora vivo con Cris, pero como tengo el hábito insertado en mi cerebro, primero me meto en la habitación con la puerta abierta para no ser maleducada, y cuando al cabo de un rato la tele me está sacando de quicio, asomo la cabeza, digo algo como "mhsmshscribir" y cierro la puerta. Y escribo.

Esto vale para cualquier hábito. El día sólo tiene veinticuatro horas, y en principio tú ya las tienes todas cubiertas, así que decide qué vas a dejar de hacer para escribir. Esto es indispensable. No pretenderás alterar las leyes del espacio-tiempo para jugar a ser escritor. La renuncia es un elemento indispensable en cualquier cambio.

3. Encuentra a alguien que te lea todos los días

Creo que el Michelian Challenge tuvo dos efectos importantes para mí. En primer lugar, como ya he dicho, me dio una estructura: todos los días, antes de dormir, siéntate y escribe (o, en momentos de precariedad internetil: corre ordenador en mano hasta la plaza de la catedral, pilla la wi-fi y escribe). En segundo lugar, acostumbró a los lectores a leerme todos los días. Como yo soy una chica muy considerada, llegué a un punto en el que no quería decepcionar a nadie. Esto os va a parecer una chorrada como un piano, pero imaginar que alguien llega al blog esperando encontrar algo nuevo y no lo encuentra es lo bastante aversivo como para hacerme escribir.

Una rutina diaria es una cosa seria. Los hábitos tienen distintas frecuencias: algunos se hacen un par de veces al año (ir a ver a los abuelos al pueblo, donar sangre), otros todas las semanas (desayunar en el bar de abajo los domingos) y otros todos los días. La diferencia entre hacer algo todos los días y hacerlo  cada dos o tres días es abismal. No hay hábito en algo que se hace cada dos o tres días. Pierde toda la estructura. Por eso hay gente que cuenta que me lee todas las mañanas, mientras se toma el café, o por las noches antes de dormir, y eso me resulta mucho más potente que si publicara cada dos o tres días y la gente mirara el blog cuando se acuerda.

Sencillamente, no puedo defraudar a mis lectores. Esto suena un poco creído, pero os lo digo como lo siento.

Encontrar a alguien que te lea todos los días no es fácil. Tienes que escribir todos los días y tienes que hacerlo lo bastante bien como para que la gente vuelva. Todos los puntos anteriores vuelven a ser necesarios: lee, escribe, disfruta, corrige, relee, escribe más, publica, mejora, contacta, escribe, y así sucesivamente.


Como verás, no es nada fácil escribir todos los días. Pues claro que no. ¿Cómo va a serlo? Escribir no es fácil. Supone ponerte en contacto con partes de ti mismo que la mayoría de la gente ignora de forma sistemática. Casi nadie se pasa el día examinando y registrando sus emociones y su percepción de lo feo o bello. Casi nadie hace el esfuerzo de averiguar qué es lo que piensa verdaderamente sobre las cosas, sacarlo fuera y después, cuando ya está hecho polvo, tomarse encima la molestia de corregirlo y pulirlo para que se acerque a su ideal de belleza, y encima tener el valor o el narcisismo de enseñárselo al mundo. Obligarse a uno mismo a hacer eso todos los días es casi hercúleo. Hacerlo durante el tiempo suficiente como para que deje de ser obligación y se convierta primero en hábito y después en necesidad es todavía más alucinante.

¿Se entiende ahora lo que quiero decir con "el mayor logro de mi vida adulta"? Es así. Literalmente.

Esto no es una guía en pasos sencillos. Es mi propia hoja de ruta, e insisto en que me ha costado un montón llegar hasta aquí, y en que no tengo claro que sabiendo lo que sé ahora pudiera haberlo hecho en menos tiempo. Es decir, que si ahora mismo no escribes nada-de-nada, llegar a escribir todos los días sin esfuerzo igual te cuesta veinte años. No me digas que no te lo advertí.

La cuestión, creo yo, está en no tomarse esto como un sencillo camino por etapas que uno empieza y termina en un tiempo determinado, como la dieta Dukan. Esto es más serio. Es una vía hacia la felicidad, la sabiduría, el multiorgasmo y muchos otros beneficios. Te dará unas raíces muy sólidas en el mundo, un centro al que volver siempre, un camino directo y barato hacia la cordura y el contacto con los otros. Lo que quiere decir que te lo puedes plantear perfectamente como uno de tus tres o cuatro grandes objetivos vitales. Algo como "encontrar el amor, escalar 8a y escribir todos los días", o "descubrir la vacuna contra el sida, tener un hijo y escribir todos los días". Para mí (personalmente) merece la pena hasta ese punto.

Si te lo planteas así y le echas paciencia, puedes empezar a trabajar todo lo anterior. Lucha trabajosamente con ello. Strugglea. Comprométete a fallar. Busca el flow, aprende a puntuar, da la vara a la gente con tus escritos y corrígete en serio. Escribe sobre lo que amas, observa la vida, cómprate una libreta y llévala contigo. Deja de escribir un mes porque estás hasta los huevos. Después escribe otra vez. Lucha trabajosamente durante unos cuantos años y en algún momento las piezas harán click, se te ocurrirá algo parecido al Michelian Challenge y cuando te quieras dar cuenta tendrás un problema serio con la escritura diaria y te habrás convertido en una yonki.

En ese momento, te darás cuenta de que todo ha merecido la pena.