massobreloslunes: abril 2013

lunes, 29 de abril de 2013

CACP IV: Tocando roca

Hay algo raro en América. Algo irreal. Por una parte, todo es igual, es decir: todo es occidental, puedes entenderlo y compartirlo. Pero por otra, todo es sutilmente distinto, con un aire de recién fabricado, como de parque temático. Y ya para terminarlo de arreglar, lo has visto todo en las películas,así que esa misma sensación de novedad se mezcla con la de haber estado aquí millones de veces.

Ayer, después de escribir y tomarme un vaso de leche, fui con Saeed a la estación de autobuses de Denver para salir hacia Boulder. Por el camino iba mirándolo todo por la ventana, mordisqueando el pan de plátano que había comprado en Starbucks y tratando de retener los detalles. Otra cosa curiosa aquí es la poca gente que se ve por las calles. En las pelis no te llama la atención, pero en la vida real resulta raro; como si hubiera habido un cataclismo nuclear y sólo quedaran algunos supervivientes.

Boulder está al pie de las Rocosas y, según me han explicado Pablo y Jenna, es la antiamérica en lo que a obesidad se refiere. Aquí la gente está en forma, vive para el deporte y se pasea por la calle sin camiseta. Verídico. Pasear por la calle sin camiseta es el tipo de cosas que haces en Cádiz y quedas como un cani, pero que haces en Boulder y quedas como un cosmopolita sanote.

Pablo y Jenna me reciben en la estación de autobuses y me llevan a su casa: un bonito apartamento de dos habitaciones en una urbanización residencial. Preparamos rápidamente las mochilas y nos vamos a escalar a una zona cercana: Clear Creek Canyon. Por cierto, que resulta que Boulder está a casi 2000 metros, así que hay que tener cuidado con el mal de altura: te deshidratas, te mareas y no sé cuántas cosas más. El mal de altura y el jet-lag son la mar de útiles para echarles la culpa de todo. Si no estás escalando bien: mal de altura. Si tienes sueño: jet-lag. Si tienes hambre: mal de altura. And so on.

De todas formas, no escalo mal en mi primera intentona americana. Clear Canyon es granito, lo que en teoría es malo, porque la adherencia no es muy allá. Lo que pasa es que yo no he probado mucho granito, pero el que he probado en Madrid se parece a escalar la encimera de tu cocina, así que éste no lo veo ni tan mal. De todas formas, si hay algo que motive a escalar es haber volado miles de kilómetros para hacerlo. Estás ahí y piensas: ¿he volado doce horas para decir "pilla, pilla, que me da miedo"? Ni de coña.

Yo hago cordada con un chico colombiano muy majete que se llama Luis. Escalamos una vía equipada de dos largos y voy de primera con bastante dignidad en el segundo. Equipada quiere decir que ya están puestos los seguros en la roca, y de dos largos quiere decir que el primero sube, se queda arriba y te asegura desde allí, y después sigue el que ha subido segundo y se repite la operación.

(Prometo que voy a empezar a escribir las partes sobre escalada en otro color para no aburriros)

Después de escalar, mientras Pablo intenta una vía complicada que le está dando bastantes quebraderos de cabeza, camino un rato junto al cañón. El cielo está claro y se escucha el arroyo al pie de las montañas. Yo voy mirando las plantas, en las que se produce el mismo efecto de "parecido pero distinto" que en el resto de Estados Unidos. Hay cactus extraños y algo que huele cono el tomillo pero que está blandito y húmedo. Me siento en una roca a tratar de escuchar a las montañas. Desde que vivo en Madrid, creo que no había estado en un espacio tan abierto y tranquilo como éste. Pensar que todos mis problemas y mis historias están ahora mismo en la otra punta del planeta me reconforta. Cuando miro los paisajes de aquí y pienso en los pioneros y el salvaje oeste, me pregunto cómo debieron de sentirse avanzando cada vez más por estas tierras inmensas, sin tener idea de dónde acababan o de lo que iban a encontrarse. También pienso en los indios, tan tranquilitos, invadidos y masacrados de repente por aquellos desconocidos. La raza humana es rara. No podemos quedarnos nunca donde estamos; queremos seguir, avanzar, mejorar. Miradme a mí: no me vale Cádiz, ni Madrid, ni España, ni Europa, ni siquiera avanzar en horizontal. No tengo ni idea de si eso es bueno o una llamada constante a la insatisfacción.

Después de escalar, Pablo, Jenna y yo nos vamos a cenar a una brewery, que al parecer son unos bares-restaurantes que se han puesto ahora de moda y donde fabrican su propia cerveza. En honor a la vigorexia boulderita, cenamos miles de vegetales megafrescos; como yo sigo con mi política de no alcohol, pruebo la root beer, que resulta ser un brebaje dulzón con cierto aire inquietante a enjuague bucal.

Ahora estoy sentada en la moqueta de la habitación que me han adjudicado en el aparatmento. Hace un día precioso fuera. Mi plan es desayunar y salir a dar un paseo para solucionar un par de temas relacionados sobre todo con las comunicaciones, a saber: conseguirle una tarjeta al BI y otra al móvil americano, para que cuando empiece mi Great Roadtrip me pueda comunicar con el mundo y muy especialmente con mi madre. Después tengo que planificar un poco la semana por orden de prioridades, es decir: averiguar primero cuánto podré escalar y rellenar el tiempo restante con otras cosas.

De momento, eso es todo por yanquilandia, queridos. Estoy muy, muy contenta. Ayer una chica me deseó un feliz viaje. "Ya estoy feliz - le expliqué yo -, así que en adelante sólo puede mejorar".



domingo, 28 de abril de 2013

CACP III: hospitalidad y mal de altura

Estoy sentada en la cocina de Saeed, tomándome un vaso de leche gigante de una botella gigante. Qué americano. Saeed y otras dos couchsurferas mexicanas duermen la resaca en una combinación inverosímil de camas, futones y moquetas.

Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.

Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.

Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.

Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.

Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.

Seguiremos informando.

CACP II: desvaríos interestatales

(Nota: al final no conseguí publicar esto en el avión, así que ahora mismo estoy en casa de Saeed, alucinando después de 25 horas sin dormir. Ya os contaré más sobre él, que está muy loco. Lo importante es que he llegado sana y salva a Denver, ¡viva!)

¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!

Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.

He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!

No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.

Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.

Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.

Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.

Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.

En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.

(Insisto: desvarío)

CACP I: desvaríos transoceánicos

Llevo un rato tratando de meditar en el avión Madrid-Filadelfia sin conseguirlo en absoluto. No creo que tenga que ver (sólo) con que tengo la capacidad de concentración de una medusilla; es que estoy tan emocionada que no doy para más.

Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.

Flipa.

Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.

Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.

Comencemos las crónicas del viaje, pues.

Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.

Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.

Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.

Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:

1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.

2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".

3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.

De momento, ése es el plan.

Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.

Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.

Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.

A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:

1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.

2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.

Y eso no va a ser bueno.

Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.

Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.

Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.

Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.

Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.

Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.

A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.

Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.

A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.

La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.

No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.

Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.

Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.

Todo va bien.

Mis planes a corto plazo:

1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).

Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!

sábado, 27 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: tomorrow

Queridos ciruelos y ciruelas:

Estoy al borde del agotamiento. Seriously. Mi cerebro ha dicho basta. Me he venido a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar que el malvado duendecillo del equipaje me susurrara que lo dejara todo para el último momento. Ahora no sé si quiero dormirme para que todo llegue antes, o no dormirme para que no llegue tan pronto. No sabría decir cuáles son mis emociones en este momento. Supongo que hay más cansancio que otra cosa, y algo de incertidumbre sobre cómo será trasladarse a la Dimensión Desconocida.

A dios pongo por testigo de que mañana escribiré algo más coherente. Deseadme que no me paren los de inmigración.

jueves, 25 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: quedan tres días

Continúo sin creerme demasiado que vaya a viajar a EEUU, francamente. La sensación, más que de ir a viajar, es la de que me van a teletransportar a la Dimensión Desconocida. Hoy leía el último libro de Natalie Goldberg, donde menciona Nuevo Mexico, Colorado, Wyoming, Nevada... y pensaba: en breve estoy yo ahí, camino de las Rocky Mountains. Es surrealista.

Llevo varios días con un dilema mental sobre el soporte de escritura para el viaje. El tema es que yo quiero viajar Y escribir. Escribir es sumamente importante. Cuando me fui de Summer Steinbeck-Hill Project, escribir fue la mitad de la diversión. De hecho, a veces me acuerdo de ese viaje y no miro las fotos: leo los posts. Ahora también quiero escribir. El problema, vamos a reconocerlo, es que yo a mano no escribo un carajo. No me gusta. Sé que debería entrenarme, y sé que quizá en algún momento haya una explosión nuclear, y sólo sobrevivamos las bacterias, yo y un montón de hojas de papel, y que entonces tendré que volver a los comienzos. Hasta ese momento, por favor: dadme un teclado.

La cosa es que llevarme el mac me da miedito, porque lo pierdo o me lo roban casi seguro. Pero comprarme cualquier otro dispositivo eletrónico para un viaje me parece absurdo. Pero quiero escribir. Pero no quiero un mini-portátil, porque después no lo uso y además salen muy malos. Pero quiero escribir. Pero no quiero un iPad, porque en mi camino hacia la conciencia y la ecuanimidad no necesito OTRO gadget de continua distracción. ¡¡Pero quiero escribir!!

¿Decisión final? Salvar todos mis archivos y llevarme este ordenador con total desapego. Y si lo pierdo o me lo roban, que en realidad no tiene por qué suceder, pues me compraré otro a plazos, qué le vamos a hacer. Pero no puedo tomar decisiones basadas en el miedo, la acumulación y el gasto loco.

Hoy hablaba con MQEN de lo genial que es meditar. Me pasa siempre: paso épocas sin tocar un cojín, luego vuelvo y es como "por qué no hacía yo esto antes, que no me acuerdo". Entonces MQEN y yo charlamos durante horas de la suerte que tenemos y de la importancia de la paz interior. A veces se siente una un poco estúpida. Ayer tomaba una cerveza (sin alcohol) con C., una lectora amorosa, y me di cuenta de que estoy teniendo revelaciones existenciales que en realidad ya tuve hace seis años, y hace cuatro, y hace dos. Hay que joderse. Te preguntas si eres cortita de entendederas, o qué estás haciendo realmente con este milagro precioso llamado vida.

Sin embargo, creo de verdad que no he desperdiciado el tiempo que he pasado sin meditar. Ha sido un tiempo de volver a buscar la solución en el lugar equivocado. De continuar manteniendo la esperanza en que ciertas cosas (una pareja, un estilo de vida, un trabajo, un físico) me iban a dar la felicidad. Hay gente que aprende con suavidad, y otros que necesitamos ostias vitales para tirar adelante. Yo me la he tenido que pegar con la muerte, la soledad, el desamor y la angustia antes de tener la motivación suficiente como para volver a sentarme. Quizá ahora podría tener miedo; temer que en algún momento volveré a perder pie y a desviarme de lo que sé que me hace feliz. Pero quiero mantener la confianza en mí misma. A lo mejor me hacen falta más rodeos que a otras personas, pero hasta ahora siempre he sabido volver a casa.

En cualquier caso hoy, concretamente, me siento muy feliz. Muy afortunada y agradecida en muchos sentidos. Cualquiera que sea el camino que me ha llevado hasta este momento concreto, este presente de escribir frente al teclado en silencio y sentir el corazón ligero, es un buen camino. Así que doy gracias por eso a quien se dé por aludido.

[Y tú, MQEN: no te me mueras nunca, ¿vale? Por favor, por favor]

martes, 23 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project o CACP: quedan cinco días

Queridos todos:

Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.

Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.

Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.

Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.

No importa: es una bonita locura.

American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.

La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).

Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".

De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:

"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".

Yo: "I'm in".

Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.

Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).

[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]

Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.

La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.

Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)

PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.

domingo, 21 de abril de 2013

¿Cambios?

Me acabo de plantear, hace aproximadamente cinco segundos, que a lo mejor últimamente me cuesta tanto escribir aquí porque no debería escribir aquí. Estoy contemplando la posibilidad de hacer cambios de verdad en lo que escribo y cómo lo escribo.

En marzo escribí esto; lo releo ahora y todavía tiene más sentido. Es curioso, si lo piensas. Sé que parezco una persona sincera y abierta, que cuenta su vida en Internet y no tiene problemas de intimidad. En realidad, lo que escribo no es más que la punta del iceberg. La mayoría de mi vida emocional transcurre bajo la superficie y me la quedo yo sola. No sé si eso es bueno o malo. Últimamente he estado leyendo mucho a Geneen Roth: una autora americana que escribe sobre alimentación emocional. Lo que me sorprende de ella es que es brutal, radicalmente sincera. Lo cuenta todo. Y, precisamente por eso, consigue contactar de una forma muy poderosa. Su sinceridad y la constatación de su sufrimiento consuelan.

Mi estructura literaria online, ahora mismo, es la siguiente. Por una parte, escribo sobre psicología en Psicosupervivencia. Son escritos más o menos didácticos, más o menos sensatos y poco autorrevelados (aunque todavía bastante para lo que se ve por ahí). Después está este blog, que es un poco como el patio de recreo. El sitio al que vengo y donde escribo básicamente lo que se me pasa por el coco, sin preocuparme más de la cuenta por lo que pueda pensar mi audiencia.

La pregunta que me vengo haciendo últimamente es si massobreloslunes y psicosupervivencia podrían darse la mano de alguna forma. Quiero decir: ¿pueden unirse mi parte psicóloga y mi parte escritora? ¿La parte que ayuda y la parte que duda? ¿La terapeuta y la escritora? ¿La persona sensata y la que es un poco absurda? ¿Es eso poco profesional? ¿Es demasiada autorrevelación para el body? ¿Me sumirá en el ostracismo profesional y nadie querrá nunca jamás contratar mis servicios?

Sé que hay posts y temas que no tendrían cabida en un posible Blog Integrado o BI. No podría clasificar a los tíos en los niveles del gustar, ni criticar a las peluqueras, ni nada por el estilo. Quizá podría abrir una sección de artículos chorras, y otra para cuentos de ficción. Quizá hay determinados temas sobre los que ahora mismo no quiero escribir, porque creo que forman parte del conjunto de cosas a las que debo renunciar para crecer de verdad.

Lo que sé es que si no quiero ser dos personas en mi vida cotidiana, no sé hasta qué punto tiene sentido ser dos personas en mi vida online.

Si alguien entiende algo de lo que acabo de escribir, agradecería su opinión. De todas formas, creo que el viaje a Boulder viene en un perfect timing para todo esto. Me va a servir para airearme y reflexionar acerca de cuál quiero que sea mi camino bloguero a partir de ahora. Tengo muy, muy claro que quiero ayudar e inspirar (qué pretenciosa suena esa palabra) a la gente, y sé que este blog ayuda e inspira igual que el otro. O eso creo, o eso me dicen los lectores cuando me escribe. Es una pena desperdiciar eso.

(Tengo que darle muchas vueltas a este asunto, en cualquier caso. Estoy pensando sobre la marcha. Así que tranquilidad, que de momento no cierra el blog, ni cambia, ni nada por el estilo. Aquí seguimos, al pie del cañón; y preparaos, por cierto, que las Crónicas de USA van a ser memorables)

jueves, 18 de abril de 2013

Más sobre el Carrefour

No os he contado cómo terminó ayer mi episodio de pensar en el suicidio mientras hacía la compra. Ya os comenté que iba yo por el Carrefour, repartiendo mi atención entre el grado de madurez de los aguacates y la ausencia de sentido de la vida. Trataba de respirar hondo y de quedarme con mis sensaciones. Sonaba bossa-nova en los altavoces; la típica música de quédate con nosotros, remolonea, consume. Compra, compra, compra. A mí me pesaban los huesos mientras pensaba en toda esa comida, que pasaría a formar parte de cuerpos destinados a morir.

(Qué queréis que os diga; tenía un mal día, ayer)

Terminé de llenar la cesta y me puse en la cola. Mientras la gente avanzaba despacio, yo observaba las chucherías y cosméticos expuestos junto a la caja. Había un gel íntimo llamado "Chilli verde"; qué mal nombre, pensé. Llegó mi turno y empecé a poner la compra en la cinta transportadora. Me inclinaba hacia la cesta, cogía un par de cosas y las colocaba con poco cuidado. Entonces, el chico que estaba detrás cogió mi cesta con las dos manos y la levantó. Yo le miré algo extrañada. No sabía si pretendía dejarla sobre las demás cestas, que reposaban apiladas en una columna precaria. No te preocupes, te la sostengo así, ofreció, y mantuvo la cesta en alto hasta que terminé de colocarlo todo.

- A veces es muy difícil, ¿verdad? - me dijo, mientras yo estiraba el brazo para alcanzar la sacarina.

Alcé la cabeza y le miré a los ojos. Era un chico normal, de cara ancha, no muy guapo. Llevaba bermudas y una camiseta de algodón vieja. Me sonreía con una gran compasión.

Traté de devolverle la sonrisa desde detrás de mis pensamientos pro-suicidas.
- Sí - contesté -. A veces es muy difícil.

Y después observé, un poco desconcertada, cómo pagaba su compra (una única y solitaria bolsa de picos), pasaba por mi lado sin despedirse y se marchaba caminando despacio.

miércoles, 17 de abril de 2013

Reflexiones hiperprofundas sobre la vida y la muerte que deberías plantearte seriamente si quieres leer

Estaba yo hoy haciendo la compra en el Carrefour Express cuando me he puesto a pensar en el suicidio. Pero de buen rollo. Nada de "me suicido porque mi sufrimiento es insoportable"; más bien un "me suicido porque total, tarde o temprano me moriré, y cuando lo haga probablemente sea entre indecibles sufrimientos, y para eso casi mejor hacer acopio de algún tranquilizante buenrollero y agilizar los trámites".

No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.

Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.

El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.

En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.

Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.

Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.

Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.

Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.

¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.

Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?

En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.

Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

lunes, 15 de abril de 2013

Filosofía post-escaladora aplicada a las relaciones humanas, I

Son las once y media de la noche del domingo, y estoy en un tren de cercanías Coslada-Madrid frente a un americano pelirrojo que mide dos metros. El americano en cuestión se llama Patrick y, lo creáis o no, es de Boulder, Colorado. Hemos estado todo el día escalando en San Martín con otro chico, Juan, un canario encantador que no paraba de sacar comida de su mochila y repartirla. Quedamos para hoy a través de Couchsurfing y lo hemos pasado absurdamente bien.

Patrick es muy, muy gracioso. Además, como le explico en mi inglés de serie americana, sus bromas me hacen el doble de gracia, porque entender el humor en otro idioma masajea mi ego. Estamos hablando del sentido de la vida, de Nietzsche y del trabajo de nuestros sueños. Ya lo he vivido otras veces. Vas a trepar con gente más o menos conocida, y a la ida habláis básicamente de escalada estándar: qué vía vas a hacer, cómo es la escuela a la que vas, etc. etc. A la vuelta, sin embargo, el colocón de endorfinas, la oscuridad y el cansancio hacen que la conversación degenere hacia:
1) La escalada, sí, pero en el plano Profundo Existencial, en plan comparar todos los fenómenos de la vida con lo que te pasa en la roca, o decir una y otra vez lo maravilloso que es este deporte y lo que se pierden los que no lo entienden.
2) Intimidades de tu vida amorosa. No me preguntéis por qué.
3) Filosofía extrema o reflexiones sobre la naturaleza humana.

Así que Patrick y yo hablamos de Nietzsche mientras el cercanías rueda despacio. Después, no sé por qué, pasamos al desapego y a mantener el contacto con la gente de tu ciudad cuando te mudas. "A mí me gusta estar realmente aquí", me explica él, y yo asiento con la autoridad que me da pisar mi casa una vez cada seis meses. "Es importante cultivar el desapego". 

Es demasiado pronto para explicarle mi teoría del bosom, pero sí comento algo que leí hace tiempo en el blog de Steve Pavlina y que, aunque ni lo entiendo del todo, me parece una bonita idea. Según él, las personas no son más que una manifestación de determinadas cualidades: la amistad, la entrega, el calor o la comprensión. De esta forma, uno no conoce a personas individuales, finitas, sino a las partes de ese todo que es la condición humana, y que muestran esas cualidades en el contacto contigo. Tal y como yo lo entendí, es como si la amistad, o el amor, o llámalo X, fueran la red eléctrica, y las personas los enchufes: uno no se pone triste cuando tiene que abandonar un enchufe, porque habrá otro más allá.

Le explico a Patrick, haciendo malabarismos con mi inglés agotado, que esa teoría por una parte me disgusta, porque me da la impresión de que le quita importancia a la individualidad de la gente; por otra, sin embargo, creo que mi mente necesita gestionar la idea de que el mundo está lleno de personas maravillosas a las que terminarás por perder.

Él asiente, pasándose reflexivo la mano por la barba pelirroja. "Creo que tienes razón - me dice -. Yo tenía una idea parecida. Leí que las personas a las que conoces son la forma en que se manifiestan las circunstancias en cada momento. Pero no estoy del todo de acuerdo. Porque las personas conforman las circunstancias. Son parte de ella".

Sonrío. Pienso en el día de hoy. En estos dos chavales presentándose en Coslada a un domingo a las diez de la mañana para irse a escalar con una desconocida. En las presentaciones, las bromas hispano-americanas, los juegos de palabras. Probar las vías, aprender la jerga en inglés y animar con un entusiasta "c'mon, bro, you gotta it!". El bizcocho que Juan horneó ayer y que ha repartido alegremente justo antes de que Patrick encadenara un bonito 6c con una placa inverosímil. Los tres caminando a las tantas de vuelta hacia la estación de tren, después de aparcar mi furgo; yo: "I'm sorry I had to leave the car here, guys... I know it's annoying". Patrick: "It's part of the adventure".

Después de eso, no sé lo que contesto. Que estoy de acuerdo, por supuesto, y luego aprovecho el inglés para decirle a Patrick algo como: "you are really funny, I like you". "You're also kind of cool", contesta él. Sin duda. Hay que encontrar la manera de gestionar esto. Esta gente a la que conoces, esta gente que sigue llegando cuando pensabas que no había espacio para lo demás. Parte de lo que me fascina de la escalada es que me sigue pasando. Que no se acabó enseguida y que a mi vida le cabe todavía mucha diversión. Con la gente es igual. Sigue pasando. Y espero que nunca deje de sorprenderme.

jueves, 11 de abril de 2013

Qué hacer con

Cuando estás todos los días viendo desgracias (que se dice pronto, hay que joderse), hay preguntas que te haces a menudo y que tienes que encontrar la manera de responder. A saber: ¿qué hacer con esa constatación del sufrimiento? ¿Qué hacer con la sensación de que tú tienes mucha suerte y otros no tienen tanta? ¿Y con tu miedo? ¿Y con todas las reflexiones trascendentes que te vienen a la cabeza a lo largo del día?

Hoy he visto a un paciente al que le están friendo el cuello con radioterapia. Está muy asustado y ha perdido muchos kilos porque no puede comer. El tema es el miedo. Colocamos la desgracia en los demás: nosotros, ellos. Los pacientes graves y los moribundos se sitúan en otro plano de realidad, y parece que con el diagnóstico tiene que venir de serie la aceptación de su condición, y esa sabiduría de enfermísimo grave que nos vende Hollywood. Y la distancia sólo tiene que ver con que es la única forma de apaciguar nuestra inquietud. Pasarlos a otra categoría de humanos, porque si son de otra categoría, eso quiere decir que a mí no me va a pasar nunca. La realidad es que tienen miedo: un miedo que te cagas. Y que al señor mayor con diez mil enfermedades le importa lo mismo su vida que a ti la tuya. Aun así, tú sabes que tienes una mano de cartas mucho más afortunada en esta partida. Qué vas a hacerle. También tú te morirás un día.

Llevo haciéndome esas preguntas desde que empecé la rotación: desde que conocí a mi primer paciente terminal y salí a la calle pensando cómo podía yo seguir viviendo cuando alguien tan cercano estaba a punto de morirse. Sigo viendo terminales y gente que sufre un montón, y ese constante contraste me agota. Yo en el rocódromo, con el corazón latiéndome a toda velocidad después de una vía difícil de pies marcados, abrazándome las rodillas sobre los colchones sucios. Mis pacientes sin poder hablar bien, comerse un bocadillo, subir escaleras sin asfixiarse, planearse la vida más allá del próximo ciclo de quimio, del próximo TAC. Yo sin poder hablar de esto con nadie. Ellos con sus náuseas, sus pelucas y sus lágrimas. Yo incapaz de escribir ficción. Ellos incapaces de imaginarse el futuro.

Lo siento. Siento no ser alegre. Siento escribir sobre esto, porque sigo con la sensación de que entonces los utilizo. En realidad, ellos no son "oncológicos", ni "terminales", ni "moribundos", ni nada. Son personas. Personas que, en su mayoría, me caen bien. Pasa de darte pena que se estén muriendo porque son humanos y empatizas con ellos, a darte pena la posibilidad de que se vayan porque te gustan y no quieres que la tierra les pierda. Porque te lo pasas bien con ellos, hablando en consulta de las cosas importantes, tratando de echar una mano. Sabiendo que los que se van, lo hacen porque les toca, y que a ti también te va a tocar. A veces es como si estar en uno u otro lado de la mesa fuera cuestión de suerte. O cuestión de tiempo.

Ayer le decía al chico con el que quedé para hablar del PIR que la estabilidad es la mentira más grande del mundo. Estabilidad es cuando todo te va bien, y entonces un día te duele la espalda, te hacen una placa, es una metástasis ósea de un cáncer gástrico y a ti te queda un año. Hoy hablaba con un compañero a la salida del roco. "No sé si ir a escalar el sábado - me decía -. La roca me da mucho miedo". También mi padre me pregunta por el viaje a Boulder y me dice que le da miedo. "A mí también, papi - le contesto -, pero es que la vida da miedo".

Supongo que así me contesto a esas preguntas. Me contesto persiguiendo a los pacientes por el hospital para poder verles un rato antes de que les den la quimio. Me contesto escalando. Me contesto yéndome a Boulder y bromeando con la posibilidad de que me descuartice un chalado en cualquier callejón. Me contesto encogiéndome de hombros y repitiéndome una frase que me gusta: cada uno tiene su propio karma. Eso es así.

El sentido de la vida, como dijo Mark Vonnegut a su padre, es ayudarnos unos a otros a cruzar esta cosa, sea lo que sea. Porque esta cosa es jodida. Y mucho.

miércoles, 10 de abril de 2013

Bosom

Uno de los cambios más curiosos que están ocurriendo últimamente en mi vida es que soy capaz de leer inglés sin (demasiado) esfuerzo. Empecé a comprar libros como una loca cuando me regalaron el Kindle y ahora ahí estoy: pasando anglopáginas con la yema del dedo como si no hubiera un mañana.

Hoy he descubierto una bonita palabra inglesa: bosom. Es el pecho de una mujer, pero en literario es algo así como "el espacio entre el pecho y la ropa, que se utiliza para guardar cosas". Creo que no tiene traducción al castellano. Lo utiliza Natalie Goldberg en "The true secret of writing" (hablando de títulos poco ambiciosos, por cierto) en la expresión "bosom friends". Algo así como amigos muy cercanos.

Cambiemos radicalmente de tercio y movámonos a esta tarde. Son las ocho y estoy sentada en la Libre, mi cafetería favorita de Madriz, hablando con un psicólogo amigo de una amiga que ha venido a preguntarme qué opino del PIR. Estudió la carrera de mayor y no tiene claro si invertir tanto esfuerzo y tiempo, perder su trabajo actual y arriesgarse a encontrarse de aquí a cinco o seis años en la calle y sin nada.

Cambiemos de tercio otra vez. Son las doce de la mañana y estoy sentada delante de M., mi paciente favorita de esta rotación. M. es una persona maravillosa a la que le ha pasado Algo Muy Malo (los lectores de la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo saben de lo que les hablo). Pero es una persona maravillosa. Muy sana, muy sabia, con una gran capacidad para ser feliz. Aprende, reflexiona y tiene un corazón grande. Yo la escuchaba hablar esta mañana y pensaba que tengo que encontrar la forma de agradecerle cómo me está iluminando esta rotación tan oscura.

M. me habla de la disyuntiva entre tener pocos o muchos amigos. Del dolor de mostrar los agujeros del corazón y dejar que los demás te vean a través de ellos. Yo recupero la fábula del huevo, el café y la zanahoria metidos en agua hirviendo. ¿Qué hace el sufrimiento contigo?, le pregunto. ¿Te destruye como a la zanahoria? ¿Te cubre con una coraza de rigidez y dureza, como al huevo? ¿O te permite enriquecer el agua que tienes a tu alrededor, como al café? Como siempre, yo, que tengo tendencia a ser zanahoria, defiendo la capacidad de vincularse. Defiendo la empatía y me acuerdo de un poema que leí hace tiempo en un libro de meditación Vipassana, y que decía algo así como "ojalá mi manta pudiera cubrir el sufrimiento del mundo". M. asiente. Comprende esa sensación.

Volvamos a la cafetería. Le digo al chaval que, aunque para trabajar en la pública haría falta que todos los facultativos presentes murieran de una extraña epidemia y que, aun así, es probable que el ministerio aprovechara para eliminar la psicología clínica de la oferta de servicios, el PIR merece la pena. Le hablo con entusiasmo de lo mucho que me gusta mi trabajo. Le digo que, sobre todo, tiene que pensar en sus pacientes: no en si es la formación que más le conviene a él, o la que le ofrece más posibilidades de mantenerse. Que es su obligación ética pensar en qué es lo mejor que le puede ofrecer a una persona que busca ayuda, y después esforzarse por aprenderlo.

Parezco Juana de Arco.

Después le suelto una de las grandes Frases De Anxo, de estas que él dice sin pensarlo mucho y que a mí me cambian la vida aún no sé si para bien. A saber: "La única manera de suplir nuestras carencias teóricas, técnicas y formativas como terapeutas es matarnos a trabajar". 

Ahí lo llevas.

El pobre chico asiente, da un sorbo a su zumo de naranja y papaya y me habla de psicología positiva. 

Volvamos al presente. Al bosom.

Yo a veces me preguntaba qué hace uno con tanta gente estupenda que se puede conocer en esta vida. Dónde los guardas. El sábado hablábamos Erika, Elsa y yo de la amistad. "Ésta se muere - decía yo, señalando a Elsa - y se muere un trozo de mí". Es verdad. Podemos hablar del desapego hasta aburrirnos, pero si Elsa (o la PK, o MQEN, o Aran) se van de esta tierra antes que yo, a mí el corazón se me queda cojo hasta que sea yo quien se vaya. No sería dolor, ni tristeza; sería una ausencia insustituible. Eso, como dirían en Cádiz, es así. Y creo que mi capacidad para querer de esa forma es limitada.

Pero está el bosom. En el bosom cabe mucha gente. Se puede ensanchar para llevar en él, bien calentitos, a todos los que alguna vez nos han enseñado cosas. Y, si me apuras, para ser un buen profesional tienes que encontrar la manera de llevar a tus pacientes en el bosom; al menos a algunos de ellos.

M. está en mi bosom.

Porque el corazón es limitado, pero el bosom es infinito.

Y ser PIR es la ostia.

martes, 9 de abril de 2013

Yo estoy aquí, pero mi corazón...

Hace ya más años que el sol, cuando amaba a MQEN en silencio y él me ignoraba, me emborraché como una idiota en la fiesta de graduación de bachillerato. Él estaba en Pamplona, haciendo el examen de ingreso para la Universidad de Navarra, y yo le echaba de menos como llevaba haciéndolo casi un año. Soy experta en echar de menos a gente que nunca ha estado conmigo. El caso es que iba de mesa en mesa, con mi copa de vino malo en una mano, diciéndole a todo el quisiera escucharme: "yo estoy aquí, pero mi corazón... mi corazón está en Pamplona". 

Ahora mismo, yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.

Leo las guías de viaje que me he comprado (una general, otra de parques naturales), observo una y otra vez el billete de avión y me digo: esto no es real. Supongo que es el efecto Hollywood, pero EEUU me parece más que un viaje en el espacio: es algo así como cambiar de dimensión. En cualquier caso, mi corazón anhela viajar, y viajar sola. Anhela cierto tipo de libertad. Mi corazón está en el lugar en que va a colocarse en un continente, un país, un estado y una ciudad desconocidos. Me apetece salir de aquí, poder estar sola y abierta a nuevas experiencias, relajarme en el presente y metabolizar cosas. El viernes y el sábado pasados no podía hablar bien. No me salía terminar las frases y temí estar quedándome idiota. "Creo que estás procesando cosas - me dijo una compañera -, a nivel subconsciente, o algo así". "Haces demasiado con tu mente, Pitu", opinaba mi madre. Creo que necesito viajar y alejarme de todo esto para darle tiempo a mi cerebro para masticar. Eso, o me estoy quedando de verdad idiota (quién sabe).

El hospital me sigue deprimiendo y sorprendiendo a partes iguales, como lo hace en general mi vida aquí. Estoy pasándolo peor que en mucho tiempo, y también estoy aprendiendo más que en mucho tiempo. Es como cuando en Anatomía de Grey abren las costillas de los pacientes para operarles el corazón (¿toracotomía?) con esa especie de sacacorchos brutal. Así me siento yo, y sin anestesia. Todo el día se ponen sobre la mesa de mi quirófano existencial cosas importantes. La muerte y la salud. Nada se da por sentado. Veo a pacientes que no pueden hablar, o comer, o subir varios tramos de escaleras, o planear su futuro más allá de unos meses. Me obligo cada minuto a volver mi cabeza hacia mi presente afortunado de comida rica, gente encantadora, entrenamientos extremos y un futuro razonablemente extenso.

En estos días raros y madrileños, trato de buscar llaves en mi sufrimiento. Haber salido de mi zona de confort me hace feliz de una forma extraña. Quiero decir, que es como mirar una casa donde todo parece estar muy bonito y ordenado y darse de repente cuenta de la cantidad de basura que hay bajo la alfombra o detrás de los muebles. Me queda tanto por aprender todavía... Aquí mis defensas han bajado, y todo lo que me hacía ser yo y mantener la estabilidad (tener mi espacio, escalar casi todas las semanas, encontrar hueco y tema para escribir cada día, las playas, el sonido del levante entre los edificios del centro...) ha desaparecido y me ha dejado desnuda. 

En realidad, todo puede seguir desapareciendo. Conservo mi trabajo, mi cuerpo, mi salud y a la gente que me quiere, pero también eso podría irse. Hoy hablaba con la enfermera de cirugía maxilofacial porque estábamos viendo a un paciente de la planta. "Pierden la cara y pierden su identidad", decía ella. Yo trataba de esforzarme por creer que existe algo más en nosotros además de nuestra cara. Después me imaginaba con la mandíbula abierta, como alguno de los pacientes de allí, o simplemente me recordaba hecha polvo por el acné, y pensaba que sí, que ese algo debe de existir, pero que yo no sé muy bien dónde está.

Si a alguien le quedaba alguna duda de que necesito vacaciones, he aquí estos posts que escribo últimamente. Nada de composiciones bien logradas, con párrafos comprensibles y un bonito final. Escribir aquí en estos días se parece más a caminar a tientas por un espacio que no conozco, como cuando cruzo mi salón por la mañana y no quiero encender la luz para no despertar a Cris. Se parece a un acto de voluntad, o a conducir por una carretera donde sólo puedes ver el trozo de asfalto que alumbran los faros. No tienes claro que haya algo más allá. Simplemente te mueves con toda la confianza que eres capaz de reunir.

En cualquier caso, estoy mejor. Bastante contenta. Aprendiendo sobre hambre y saciedad, riqueza y pobreza, soledad y vínculos. Creciendo mucho. Y pensando en mi futuro más próximo. Porque, insisto: yo estoy aquí, pero mi corazón está en Boulder.

lunes, 8 de abril de 2013

La entrada 1001



Resulta que no he hecho bien la cuenta y que la entrada número 1000 fue la de ayer. Qué poco glamour. En realidad, todo ha ido mal en esta celebración. No he tenido tiempo (ni fuerzas, ni un sitio) para hacer tarta. No he terminado de poner bonito el otro dominio. No he empezado el desafío moleskiniano, a la convocatoria de Q-Ball ha venido UNA lectora (a los demás no os voy a decir que os odio, porque no sería verdad) y la sorpresa que quería preparar también está esperando en lo más bajo de mi lista de tareas.

En cualquier caso, voy a contaros cosas.

Es domingo, siete de abril, y yo estoy en el Retiro con seis personas de procedencia variopinta, intentando como si me fuera la vida en ello que no se me caiga al suelo una pelota de Dora Exploradora. Hemos jugado un rato al Q-Ball (que, por cierto, es probablemente el juego de equipos más grande desde el curling), hemos practicado el pino contra los árboles y ahora nos limitamos a pasarnos la pelota intentando alcanzar un número modesto de toques sin que se caiga al suelo.

Por supuesto, hoy estaba nublado, pero a mitad de la tarde se ha aclarado el cielo y Elsa y yo hemos ido a por helados a un kiosco cercano. Ahora entra una luz dorada a través de los árboles e ilumina el césped verde y las caras de la gente. Yo me siento como si tuviera... bueno, no sé, no me siento como ninguna edad anterior, porque a mí, en realidad, nunca me ha gustado demasiado jugar a nada, y menos con una pelota de por medio. Me sentía torpe y absurda. Igual hace falta crecer y darte cuenta de que tu cuerpo no va a estar siempre a tu favor para valorar este tipo de cosas.

En cualquier caso, éste es un momento feliz. Uno de estos momentos en los que sabes que estás creando bonitos recuerdos para tu álbum personal. Un momento de esos en los que J. diría "¡post!", porque son precisamente la diana inocente de lugares como este blog.

Mientras vuelvo andando a casa, cansada pero contenta, reflexiono acerca de estos momentos y de el poquísimo poder de convocatoria que hemos mostrado esta tarde Erika, Elsa y yo. Ha aparecido una lectora del blog. Un chico de couchsurfing. El resto éramos conocidos o víctimas inocentes amigas de los conocidos. Me pregunto qué se llevan a casa la lectora y el couchsurfer, y si se lo habrán pasado la mitad de bien que yo haciendo el idiota sobre el césped.

Voy pensando en esta entrada y en qué voy a escribir. Ya dediqué unas palabras a algunos lectores cuando alcancé las 50000 visitas. No quiero meterme en una de las mías, tipo "los 100 mejores momentos que el blog me ha traído", porque me conozco y después me paso escribiendo hasta mañana. Quiero encontrar la manera de transmitir lo importantísimo que esto es para mí y, al mismo tiempo, contar qué he aprendido escribiendo mil entradas de blog, si es que he aprendido algo.

Llego a casa y llamo a J. por Skype. Le cuento lo de las mil entradas. "Vaya, mi niña - dice él -. Tienes que estar orgullosísima. Me haces sentir pequeño". Me pregunta si releo el blog a veces y qué siento cuando lo hago. "Siento que soy genial", contesto yo, medio en broma, medio en serio. "Eso no está bien, chiquita. Tienes que ser humilde e intentar mejorar cada día". "Si lo soy, de verdad, pero también pienso que escribo bien. Si no escribiera bien, me dedicaría a otra cosa".

Esa llamada no habría sucedido de no ser por el blog. Si ese chaval moreno y chalado está al otro lado de mi ordenador declarando convencidísimo que me sienta muy bien la coleta, es porque en agosto de 2005 le dio por hacer click en marinainthemiddle* y dejar un comentario. Y no es que mi vida haya sido mejor o peor de lo que podría haber sido sin J., pero sin duda ha sido distinta. Lo que quiero decir es que las decisiones pueden tener un impacto enorme, y que escribir tiene un impacto enorme.

No tengo claro si mi vida cambia el blog o es el blog el que cambia mi vida. El caso es que le estoy tan agradecida. De verdad. Lo que no es más que un canto al ego, digo yo, porque el blog soy yo y punto, así que supongo que agradecerle cosas no es más que agradecérmelas a mí y a mi gigantesco sentido de la autoimportancia. Pero imagino que le agradezco que me dé esta estructura. Que sea un espacio al que puedo volver.

Volvamos a mi paseo de esta tarde hacia Lavapiés. Pienso que hoy ha sido el primer día de verdadera primavera, con una tarde larga y dorada, correteando al aire libre. Le doy la razón a Erika y a Elsa, que me decían ayer frente al curry de un restaurante indio que no me desanime con Madrid: que lo mejor está por llegar. Me pregunto sobre mi escaso poder de convocatoria y pienso que no tiene nada que ver conmigo. Que la gente tiene mejores cosas que hacer un domingo por la tarde y, sobre todo, que presentarse a jugar con desconocidos a un extraño juego con rastrillos y pelotas es algo que sale bastante de la zona de confort de la mayoría.

Entonces me he dicho que si puedo transmitir una sola lección como bloguera el día que conmemoro (por error) la entrada número 1001 es la siguiente:

La próxima vez que alguien os proponga jugar al Q-Ball en el retiro, decid que sí.

No se trata de jugar al Q-Ball, ni de conocer blogueros, ni de celebrar conmigo las mil entradas. Eso es lo de menos. Se trata de decir que sí. Una vez dije que mi blog era mi manera de escribir sobre las cosas que amo. Hoy pienso que este blog es un sí constante. Un sí a estar viva, al riesgo, a atreverse a hacer cosas, a mirar alrededor, a arrepentirse, a hacer el ridículo, a masajearme el ego, a soltar chorradas, a sentarse aquí delante y sentir como si en vez de cerebro tuviera un limón reseco.

Un sí a conocer a lectores y lectoras. Cuántos momentos, queridos. Tomar cervezas con Fuckowski y sus amigos en el irlandés de la plaza del Siglo. Entrar al museo Picasso con Neikos. Comprar pintaúñas con Laura y remojarnos en el Spa, en la ducha de eucalipto que no huele a eucalipto. Pasar San Valentín con Carmen. Ir con Dani al japonés y lloriquear después en el Lobos porque ya no ponen pipas ni canciones de los Piratas (ni se llama Lobos, siquiera). Mirar libros con el señor M. Tomar gintonics con el otro J. (el lurker) y helados frente al mar con el señor K. Buscar sidrerías con el GPS de Nieves, y después levantarnos de la mesa porque no tienen platos vegetarianos. Jugar al Q-Ball con Marta. Beber vino con Babette, entrenar con Álex, ir al teatro con Elena. Montar un taller de escritura individual con Ángel en mi casa de San Fernando, y después verle trastear la plantilla de Psicosupervivencia en su bonito macbook Air.

Hablar y escuchar a IA. Escalar con él, mirarle con asombro desde el asiento del copiloto, oírle cantar Vetusta, compartir un dulce en un bar cualquiera en un pueblo desconocido de Castilla. Acariciar con los dedos su piel alucinante. Enfadarme con él, reconciliarme con él, seguir hablando y escuchando, entender algunas cosas. Agregarle al facebook, quitarle del facebook, agregarle otra vez al facebook. Esperar que, pese a todo, podamos volver a escalar juntos muchas veces.

Chatear con J. por el messenger (¿os acordáis del messenger?). Cruzarme con él en Rector López Argüeta, de camino a la facultad de políticas: yo con veinte años, sin saber nada de la vida, con las gafas de pasta puestas y una carpeta cruzada frente al pecho. Él con veintisiete, moreno como un tizón, montado en su bicicleta. Mirarle durante uno de los segundos más intensos de mi vida y pensar "es él". Tomar café en el Lisboa, cervezas en su tejado, espaguetis con nata en su cocina, almohaditas con chocolate a la mañana siguiente. Ocultarnos, encontrarnos y volver a empezarlo todo desde el principio. Contar chistes, hacernos masajes, conducir, escribir, leer mientras él terminaba su fin de carrera, cortar corcho para sus maquetas. Dormir, despertar, montar picnics urbanos y piscinas en las tartas ajenas. Perdernos en mitad de la nada, llamarnos en mitad de la noche, hacer fotos de saltos extremos y de edificios que a mí no me interesan un carajo. Dibujar en las plazas del Albayzín. Desayunar. Compartir palomitas. Dejarnos, volver, llorar, gritarnos, darnos sesenta millones de besos y echar sesenta millones de polvos. Querernos lo mejor que hemos sabido.

Con esto quiero decir que las cosas importan, y la gente importa y las decisiones también. Que por supuesto que lo que haces tiene consecuencias, y lo que escribes, y tus llamadas de teléfono, y atreverte a dar un salto al vacío y conocer a la gente. Intimar con la gente es difícil. Te puede cambiar la vida.

Aun así, insisto: decid que sí. Un sí en general. Un sí al Q-Ball. Un sí, me da igual pasar vergüenza porque no conozco a nadie y sí, voy a echar el domingo haciendo el idiota. O voy a aprender a escalar. O me voy por ahí con la furgo a un proyecto absurdo que me he inventado, o me propongo escribir todos los días durante un mes. Un sí, vamos a experimentar, vamos a probar y a abrirnos. El tema es abrirse. Si algo tengo que decir después de escribir mil entradas es que el tema es abrirse todo el rato, cada vez más, y que, al mismo tiempo, nadie os va a recompensar nunca por ello. No hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora. Como esta tarde. Como todas las otras tardes y como todo lo que nos queda juntos, a vosotros y a mí, con las palabras que me quepan en los dedos.

Es curioso que sean 1001 entradas. Igual que Scherezade, sigo contando historias hasta que sale el sol. Confío en que queráis seguir oyéndolas a la mañana siguiente y no entreguéis mi cabeza al verdugo del olvido o del desinterés. Nunca sabréis lo que os agradezco vuestra clemencia.

Brindad conmigo por 1001 más.

Muchos besos.

*Todos los posts de allí están en este blog, por si os picaba la curiosidad.

domingo, 7 de abril de 2013

Convocatoria oficial de Q-Ball, tarta y celebración de las 1000 entradas

Nos vemos mañana a las 17'00 en la parada de metro del retiro que está dentro del parque. Estaré yo. Estarán mis fabulosas amigas Erika, Elsa y Ro. Habrá gente desconocida convocada por couchsurfing. Habrá algún que otro lector que ha anunciado su asistencia (no muchos de momento, me temo, pero al menos ya sabéis que vendrá alguien). Jugaremos a meter pelotas en un cubo con un rastrillo en un juego cuyas reglas están aún en proceso de creación. Comeremos una tarta aún por decidir. Y después, por la noche, caiga quien caiga y esté como esté de embotada mi pobre cabeza pensante, escribiré la entrada número mil de este mi querido blog.

Allí os espero.

Besitos y buenas noches.

miércoles, 3 de abril de 2013

Poesía económica VI: Hacienda strikes again

¡Declaración de la renta
hoy me la has vuelto a jugar!
Esperaba tu respuesta,
y me sales a pagar.

¿En qué clase de universo
injusto y malencarado
con mi sueldo mileurista
le debo pasta al Estado?

Será que cobré la Renta
(maldito sea su recuerdo)
o que a mi chunga casera
pagué el alquiler en negro.

Por tener curro en la crisis
debo estar agradecida
pero pagar ahora a Hacienda
me deja jod... algo herida.

Puedo aprovechar Madrid
para pedir en el metro
o ir a la calle Montera
a menear el esqueleto.

Los planes para mi viaje
se empiezan a perfilar:
pisar suelo americano
y con drogas traficar.

Para colmo, Dios me ignora
y los maromos me evitan
¿Son las celivibraciones,
o el karma, que me castiga?

Menos mal que Muertelandia
me enseña algo verdadero:
que la salud y la vida
no se compran con dinero.

(Posdata: querida muerte
he aprendido la lección.
Déjate ya de chorradas
y que me toque el cupón)


*Nota: ya empezaré mañana con el desafío Moleskiniano; hoy era necesario escribir esto.

martes, 2 de abril de 2013

Retos y celebraciones

Queridos lectores:

Esta es una entrada breve (*edito: sigo teniendo problemas con el concepto de breve) para comunicaros dos cosas.

Primera: sobre la próxima celebración de las mil entradas (ésta es la 997)

Yo quería aprovechar que estoy en Madrid y convocar a quien quisiera a tomar tarta de cerveza negra (que va a ser la elegida para la celebración, me temo que sin glaseado rosa, porque desde que la probé no quiero más que aprender a hacerla y alimentarme sólo de eso). El problema es que incluso a mí me parece raro reunir a unos cuantos desconocidos en torno a mi persona. Es como ¿y de qué vamos a hablar? ¿De mi blog? ¿De mí misma? Luego he pensado en dinámicas grupales y cosas así, pero insisto en que es friki hasta para mis niveles de egocentrismo y alternatividad vital.

Así que lo que voy a hacer es lo siguiente: aprovechando que mi amiga Elsa, que es amor, y mi amiga Erika, que también es amor, organizan un partido de Q-Ball este domingo en el retiro, os convoco a todos los que queráis a uniros a nosotras. No se lo he preguntado a ellas (¿qué opinas, Els?), pero dado que son amor, estoy casi 100% convencida de que no van a tener problema en que invite a los lectores. Luego todos comeremos tarta de cerveza negra y, aunque no tengamos nada de qué hablar, las endorfinas y la glucosa fluirán por nuestra mente y todo dará igual.

¿Qué es el Q-Ball? No lo tengo claro. Es un juego que se han inventado Erika y Elsa. Tiene muchísimas reglas, y se juega con pelotas y rastrillos de playa. Me parece que en algún momento hay que hacer el pino (verídico). Aquellos vergonzosos o no coordinados: tranquilidad. Mi torpeza con una pelota sólo es comparable a mi torpeza al ligar con hombres guapos. Seguro que no se os da peor que a mí.

Creo que la quedada de Q-Ball (Q-dada) es una buena opción. Podéis aparecer si queréis, y si no, pues no. Habrá más gente que tampoco se conocerá entre sí. Erika y Elsa insisto, son amor en estado puro, y yo tampoco estoy mal. No tendremos que buscar tema de conversación, ¡jugaremos al Q-Ball! Si no viene ningún lector, no me sentiré mal porque habrá más gente, e igualmente celebraré y comeremos tarta de cerveza negra. Será genial.

No obstante, lectores: escribir mil entradas (¡¡¡MIL!!!) es un logro sumamente importante para mí. Mucho. Me encantaría que lo celebraseis conmigo.

Segundo: sobre el Reto Moleskine* o Moleskinian Challenge

El otro anuncio del día es que voy a empezar otro reto, estilo Michelian Challenge. Va a durar sólo 21 días, porque si me descuido se me junta con el viaje a Boulder, pero creo que puede estar bien. El tema es que mi creatividad está bajo mínimos, y que tiene que ver también con que ando muy distraída intentando sobrevivir en la jungla capitalicia. Se me ocurren ideas (¡muchas!) y después se me olvidan. Así que voy a proponerme tres cosas:

1) Llevar siempre encima la libreta marca Moleskine roja superguay que me regaló MQEN por mi 27 cumpleaños.
2) Escribir en ella todas las ideas que se me ocurran.
3) Escribir cada noche un post que obligatoriamente sí o sí deberá emerger de la libreta roja.

De esta forma, espero estimular la creatividad y la variedad bloguera, porque últimamente me siento aquí y no hago más que chorrear autocompasión o ambiguas lecciones vitales.

Eso es todo por hoy.

Cuando me entere con todo detalle de la convocatoria oficial de Q-Ball, os la apunto aquí. De entrada, anticipo que será este domingo por la tarde, creo que en el Retiro. No sé si habrá que traer rastrillos y demás o se encargan ellas. Contadme qué os parece.

Besitos y a descansar esas molleras (o a ponerlas en marcha aquellos que me leéis con el café, como si el blog fuera una galleta María cualquiera).

*Esto también es un Míchel tribute. Él sabe de lo que hablo.