massobreloslunes: septiembre 2013

domingo, 29 de septiembre de 2013

A veces, escribir es un trámite

Hace mucho que no escribo aquí, y supongo que es porque no sé muy bien cómo empezar. Cuando una pasa mucho tiempo sin escribir, el cúmulo de experiencias por contar pierde nitidez, y se convierte en una masa informe de la que es difícil sacar detalles.

Estoy con Pablo en el salón de nuestra casa nueva. Se escucha el mar al otro lado de la terraza. Es ridículamente estupenda, nuestra vida juntos. Ridícula, de verdad. Despertarnos juntos, desayunar, navegar las horas de este domingo en un fluido indistinto de sueño, charlas y sexo. Cocinar crema de calabaza y fideos chinos; leer juntos en el sofá, hechos un nudo. Enfilar el camino hacia el roco con las manos agarradas y las mochilas a la espalda. Soy absurdamente feliz. Verídico.

Hace tiempo, cuando me dolía el cuerpo en Madrid de soledad y de frío, trataba de recordar todo lo malo de tener una pareja. Esos momentos malos que son horribles, porque te hacen sentirte acorralada y no ser capaz de recordar quién eras cuando estabas sola. Intentaba mantener la cabeza fría y saber que la felicidad no depende de estar sola o en pareja; que, al final, acabas sintiéndote más o menos igual.

Lo retiro. Estar con Pablo es bastante mejor que estar sola. De hecho, si me apuráis, diría que estar con Pablo es como estar sola, pero mejor. Nos gusta el silencio compartido. Están mi mente, su mente y la mente de los dos, que es el valle de espacio común donde resuenan nuestras ideas. Yo escribo, él lee y a cada rato comentamos alguna frase o nos preguntamos la opinión sobre un tema. 

Vivir con él es una sensación muy rara. Es... no sé. Es divertido. Después de un tiempo viviendo sola y de mis desastrosas últimas experiencias de convivencia, pensé que me había quedado tarada; nadie iba a aguantarme ni yo aguantaría a nadie. Pero Pablo tiene las mismas manías que yo, y le entiendo casi todo el rato. 

No sé qué más contar. Es el típico post de actualizar después de un montón de tiempo y contar lo que está pasando en tu vida para poner a los lectores al día. O de obligarte a escribir después de un fin de semana sin haber hecho ni la mitad de lo que te habías propuesto. Todavía tengo las cajas de la mudanza desperdigadas por la casa, y lo poco que hemos arreglado se lo debo a Pablo y al set de destornilladores que se ha comprado. El curro bien, sin estridencias. Me desapego de la vida PIR, sabiendo que apenas me queda ya medio año antes de ir a engrosar las filas del paro.

Así que aquí sigo. Disfruto de las pequeñas cosas. Reúno despacio algo de fuerza de voluntad para escribir más y espero que la inspiración no dependa de mi infelicidad. Porque, francamente, mientras escribo esto, y siento cómo Pablo respira al otro lado de la habitación, y planeo los próximos minutos de lavarme los dientes, ponerme el pijama y arrastrarle con o sin su colaboración a nuestro estupendo colchón nuevo de IKEA, me parece difícil sentirme lo bastante desgraciada como para atraer a las musas. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Amor-raro-llorar-Roma

Si pudiera hablar ahora con la Marina de hace un año, la de "me siento sola, y cuándo encontraré a alguien, y tengo que conseguir ya un gato", y un largo etcétera, le diría: relájate. Encontrar el amor no soluciona nada.

Encontrar el amor, de hecho, es una experiencia bien rara.

No sé cómo explicarlo. Es verdad que han sido muchos cambios. Cambio de lugar de trabajo, de ciudad, de piso. Viajar a otro continente, conocer a Pablo y atraerlo con mis malvadas artes de escaladora hipnotista a esta tierra gallega que nunca le hizo gracia. Pero es mucho más que eso. Yo antes sabía dónde estaba el centro: justo en mi interior, en algún lugar entre mi pecho y mi espalda. Las paredes de mi identidad se construían alrededor de mi mundo y mis experiencias. Yo elegía qué compartir y qué no.

Ahora es como si en mi cabeza cupiéramos los dos, y los dos cupiéramos también en su cabeza y, de hecho, cuando me encuentro mal la experiencia de su amor me transforma, porque es como si yo viviera también de alguna manera en la mente de Pablo. Yo sé que él me quiere todo el rato, y es una sensación muy rara; como si alguien, en un lugar muy remoto, encendiera todos los días una velita por tu alma. Eso es muy bonito, pero también te obliga a buscar un nuevo centro: porque ya no está en ti, ni está tampoco en él; se encuentra en algún lugar muy íntimo, en mitad del espacio que queda entre los dos.

Lo que quiero decir es que estoy pasando una época difícil, incluso a pesar de haber encontrado el amor, y eso es lo más desconcertante de todo. Que no hay premios en esta vida; no hay ningún lugar a donde llegar. Y cada vez que reaprendo eso; cada vez que cambian las condiciones de mi vida y se convierte en lo que siempre quise que fuera y, aun así, la masilla gris y decepcionante de la realidad se filtra entre los ladrillos que yo coloco con tanto cuidado... bueno, entonces me pregunto, como Lionel Shriver, que todo esto para qué.

Pienso mucho en la muerte, últimamente. No me quiero suicidar, ni matar a nadie. Pienso en la muerte como experiencia inescapable, y es como si todos los días tuviera sentado a mi lado al fantasma de la transitoriedad. Hoy hablaba con Pablo sentada en la silla caletera, y lloraba porque me sentía inmensamente triste y, sin embargo, más allá de ciertos problemas con el coche que son sobre todo económicos, y de ciertos problemas laborales que se resumen en que ME ABURRO, lo más preocupante que podía contarle es que con el vestido que voy a llevar a la boda del sábado se ve la marca blanca que ha dejado en mi espalda la camiseta de escalada. "Cuando me pasa algo así - me explica él -, cuando me siento triste y no sé por qué, examino mi vida y me doy cuenta de que no tengo motivos. No hay ningún problema. Entonces me doy cuenta de que tiene que ver con algo más. No puede ser mi vida, porque mi vida está bien; debe ser algo más". 

Así que quizá por eso pienso en la muerte: porque en realidad toda mi vida va bien, va estupendamente bien si la comparamos con un 99% de las vidas humanas que han poblado alguna vez este planeta. Quizá ahí está la clave: he alcanzado algún tipo de meta, sé lo que quiero hacer y sé a quién amo, y ahora sólo puedo preguntarme si eso es todo. Y es una pregunta bastante existencialista y deprimente que hacerse a los 28 años, así que no sé si estaré al borde de algún tipo de importante despertar espiritual.

O quizá sólo es la vuelta al cole. Quién sabe.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Back home

A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.

Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.

Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.

Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.

Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.

Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".

El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.

Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.

Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.