massobreloslunes: abril 2014

lunes, 28 de abril de 2014

Un retrato

En la historia, ella encuentra su retrato escondido entre un montón de papeles antiguos. Es un dibujo a lápiz copiado de una fotografía. Él está de espaldas, tiene un cigarro entre los dedos y vuelve la cara, molesto, al oír el clic de la foto anterior.

En la realidad, ella encuentra su retrato escondido entre un montón de papeles antiguos. Es un dibujo a lápiz copiado de una fotografía. Él está de espaldas, tiene un cigarro entre los dedos y vuelve la cara, molesto, al oír el clic de la foto anterior.

En la historia, ella le pide su nueva dirección de correo postal sin decirle para qué. Manda el dibujo en un sobre grande acompañado de un sobre más pequeño con una carta. En la carta escribe a ordenador (porque su letra es horrible) que hace un tiempo empezó a dibujar caras, y que después de copiar unas cuantas que había encontrado en revistas, se dio cuenta de que dibujar es aprender a mirar de otra forma. Entonces se le ocurrió dibujar las caras de la gente a la que odiaba, para ver si así era capaz de mirarles de esa otra manera: diseccionando los rasgos hasta ver en ellos sólo algo neutro, una suma amoral de líneas. Por eso le dibujó a él. En el proceso, se dio cuenta de que había una ternura difusa en sus detalles, en las arrugas del ceño y en los ojos guiñados por el sol. Sintió los nervios del descanso del mediodía y la contracción de sus dedos sujetando el cigarro. Aprendió a perdonarle.

En la realidad, ella le pide su nueva dirección de correo postal y le cuenta por mail que hace poco estuvo aprendiendo a dibujar caras. Adjunta la foto que usó como modelo y le explica que es buena para dibujarla, porque el ángulo desde el que fue tomada no distorsiona tanto la imagen como para que tenga sentido en la foto y no en el dibujo. Añade unas breves notas autobiográficas, un par de buenos deseos y se despide. Después manda el dibujo en un sobre grande en el que no incluye ninguna nota.

En la historia, él observa el dibujo rascándose la cabeza. No ve esa ternura de la que habla la carta; más bien le parece que sus rasgos están torcidos y que ha emborronado las sombras con cierta perversidad. Se ve más cruel, más viejo. Después de mirarse un rato, arruga el papel y lo tira a la basura.

En la realidad, él observa el dibujo rascándose la cabeza. Sí que se le parece, aunque no recuerda el momento en que le hizo esa foto. Sonríe de lado pensando en ella, siempre tan llena de buenas intenciones. Después de mirarse un rato, decide que el dibujo no es tan bueno como para colgarlo y lo guarda bajo un montón de papeles.

En la historia, a ella le encantaría que la realidad fuera así de redonda y simple.
En la realidad, a ella le encantaría que la historia fuera así de justiciera.

viernes, 25 de abril de 2014

Mentiras Buenas


Hace algunas semanas vino a mi consulta una niña por un problema que no viene al caso. Lo importante es que, justo antes de terminar la consulta, la madre hizo el típico posyaque y me dijo que, posyaque habían venido, a ver cómo podía yo ayudar a la nena a que dejara de decir mentiras.

Sin entrar a fondo en mi intervención, que incluyó a un par de marionetas haciendo de Mentira y de Verdad y luchando a muerte sobre el escritorio, os diré que le puse como tarea que escribiera un cuento. No tengo muy claro por qué, y quizá fuera estúpido: podía haberme limitado a decirle que la Mentira es Mala y la Verdad es Buena, y que ella y la Verdad tenían que trabajar duro para derrotar a la Mentira. Sin embargo, consideré importante aclarar que uno puede decir Mentiras, y es malo, pero también puede contar Cuentos, porque los Cuentos son Mentiras Buenas. Y le propuse que escribiera un cuento.

Hoy me ha traído el cuento. Tiene portada y todo. Y dos ilustraciones, y en la última hoja, de cuadros y grapada a todo lo demás, una historia de un párrafo escrita probablemente por la madre, porque ella aún está aprendiendo. La historia habla de una princesa que se encuentra a un caballo y se lo lleva a casa. El cuento no tenía título, así que, después de debatirlo un rato, hemos decidido llamarlo "La princesa y el caballo". No había príncipes, ni bodas. Me gustó.

Hace unos días estaba yo dando vueltas por la librería, buscando casi cualquier cosa para relevar a Alice Munro. Me está encantando Munro. Tanto, tanto, que me la voy a dosificar, para tener una apuesta segura cuando todo lo demás me falle. Me decidí por el último libro de Javier Cercas, "Las leyes de la frontera". Llevaba un tiempo rondándolo, porque tanto "Soldados de Salamina" como "La velocidad de la luz" me gustaron mucho. Mientras paseaba entre los montones de libros, pensaba: y que todo esto sea mentira. Que tanta gente invierta el tiempo en inventar cosas, y tanta otra gente en leerlas con interés. Qué cosa más rara.

Acabo de interrumpir la escritura de este post para mandarle un whatsapp a mi padre y decirle que me ha gustado el libro de Cercas. Mi padre y yo nos recomendamos libros con cierta frecuencia. Seguramente es, después del genético, el vínculo más potente que compartimos. Siempre me asombra cuando coincido con alguien en las lecturas: creo que la capacidad para conmoverse con el mismo tipo de ficción es un indicador potente de algún tipo de vínculo espiritual. 

También he vuelto a Fante hace un par de semanas. Le leo con más interés desde que estuve en Boulder y puedo imaginarle en la ciudad, cubierta por la nieve, paseando por Pearl y Walnut Street y con los Flat Irons al fondo. Ya comenté ayer que estoy un poco tristona desde hace unas semanas, y cuando leí "Espera a la primavera, Bandini", y fui capaz de trasladarme por unas horas al Colorado de la Gran Depresión, pensé: qué locura, esto. Fante está muerto, muy muerto, y sin embargo aquí estoy yo, al otro extremo de una conexión que cruza años y kilómetros. Él vivió su infancia miserable de hijo de inmigrantes italianos hace ya un siglo, y yo vivo el final de mi veintena acomodada al sur de España, y sin embargo aquí estamos: compartiendo un rato después del trabajo, en el autobús, donde me siento de espaldas a la marcha para que no me salude nadie conocido.

Luego está García Márquez, que se ha muerto, y mi sensación de que en realidad, no me importa tanto que esté muerto. Esto va a quedar infernalmente insensible y no quiero que se me malinterprete. Claro que es una pena morirse, para todo el mundo, aunque es el ciclo de la vida y es igual para todos. Pero quizá da menos pena que se muera él, porque no lo perdemos del todo. No perdemos casi nada, de hecho, porque lo más importante se queda con nosotros durante generaciones. Gabo nos hablará sin parar a través de los siglos.

Yo sigo escribiendo poco a poco, como una tullida, avanzando por un cuento largo en el que trabajo y que está precisamente ambientado en Boulder. Sigo trabajando en mis Mentiras Buenas. Hoy, mientras leía a Javier Cercas, me ha asaltado una vez más la certeza de que mi vida va a ser un Fracaso, así con mayúsculas, porque total, tengo casi treinta años y estoy deseando terminar lo único importante que he hecho (el PIR) para no volver jamás a la sanidad pública. Entro en el estudio de Pablo envuelta en mi mantita, con cara de perro mojado. ¿Y si no soy capaz de ganarme la vida?, le pregunto. Él me consuela, me dice que escribo muy bien, que soy una buena psicóloga, que todo va a salir estupendamente. Yo asiento a regañadientes, salgo del estudio, me siento a meditar una hora y luego a escribir. Y bueno, la pura verdad, y se me cae la cara de vergüenza de decirlo, porque llevo meses con un bloqueo literario de caballo, es que mientras estoy escribiendo no pienso en nada de eso. No me siento ni bien ni mal, ni me preocupa el futuro o me parece prometedor; simplemente se me olvida. Las dudas salen de mi cabeza y estoy en Boulder, con mis personajes, intentando imaginar lo que dirán a continuación y reconstruir la disposición de las mesas de mi cafetería favorita.

La niña de la consulta de hoy me ha regalado el cuento que ha escrito. Yo no lo he metido en su historia clínica, sinceramente, porque le he dado a elegir entre hacerlo, quedárselo ella o dármelo a mí, y me lo ha dado. Digo yo que me lo he ganado. Está ahí en mi bolso, enrollado con delicadeza para no marcar dobleces en los dibujos. He bromeado con ella diciendo que si es una escritora famosa algún día, lo venderé por mucho dinero; creo que no me ha entendido. En cualquier caso, no voy a venderlo. No sé si será una escritora famosa, y lo más probable es que no lo sea. Sí estoy segura de que va a aprender algún día la diferencia entre la Mentira y la Verdad, y elegirá con buen juicio. Lo que si espero es que sepa distinguir las Mentiras de las Mentiras Buenas, y que no deje nunca de creerse con entusiasmo las segundas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Yeah

Hoy he escrito.

Tacháan.

Me siento un poco como esa gente que tiene un accidente gravísimo y comprueba cómo, después de toda una vida de normalidad, ahora considera que es un gran logro mover un dedo del pie. He escrito. Con lo que yo he sido.

Si os soy sincera, creo que he estado un poco deprimida últimamente. A lo mejor por eso no escribía. No sé por qué he estado (y quizá sigo estando) un poco deprimida. Quizá he llegado al tope de mi capacidad para escuchar las vidas de la gente. Creo, aunque seguramente es mentira, que si el PIR durara un mes más, me tiraría por mi maravillosa terraza de noveno con vistas al mar.

Ahora, por las mañanas, atiendo a niños en Salud Mental Infanto-Juvenil, y por las tardes leo ficción y pierdo el tiempo. He leído seguidos dos libros de Alice Munro, que es lo mejor que me ha pasado en los últimos meses. He aparcado temporalmente Psicosupervivencia y, muy despacito, he empezado a considerar en serio la posibilidad de que me apeteciera escribir.

Y hoy he escrito, viva y bravo.

Nada del otro mundo. El inicio de un cuento largo, inspirado por Munro y por una canción de Steve Vai. Un intento de artículo pseudo-feminista para este blog sobre las tetas de Scarlett Johansson. Pero no se me dan bien los artículos de opinión. Me lanzo pensando: esta vez voy a ser polémica, y punto; esta vez le van a dar a todo el mundo y voy a decir lo que pienso. Después me empiezo a sentir culpable por ser tan vehemente, empiezo a suavizarlo todo y parece que estoy pidiendo perdón. Así que ahí está el artículo, en el archivo de borradores, y nunca sabréis qué pienso exactamente sobre las tetas de Scarlett.

Pero he escrito. Insisto.

Así que bueno. Feliz día del libro, y tal. Quizá mi alma no esté tan perdida para la literatura como parecía últimamente.